1.2.26

Los «reavivantes»


Al placer del sarcasmo elegante que sigue practicando Julian Barnes, de su prosa pulida, ese aire de charla intelectual sobre detalles extraños de la ciencia o la actualidad que explican nuestras vidas, o enseñan sus paradojas, a todo eso se suman algunas coincidencias que han hecho de la lectura de Despedidas una perfecta tarde de sábado. Primera coincidencia: en algunos pasajes me acordaba de Sábado, de su coetáneo McEwan, también con mucha ferralla médica.
Despedidas es, como se ha publicitado (él mismo lo hace en el libro y en las entrevistas de lanzamiento), su último libro, interesante y conmovedor en muchos aspectos, sobre todo, como siempre, por lo bien escrito que está. En realidad se trata de una novela corta encuadernada por dos capítulos autobiográficos y otro, más breve, que separa las dos partes de la historia. La ficción es la de una pareja de amigos del autor/narrador que se hicieron novios a los veinte años, se separaron y, con la mediación del propio Barnes (llamarlo alcahuete sería excesivo para un premio Booker oxoniense), se volvieron a juntar cuarenta años después, se casaron incluso, aunque la cosa no funcionó porque él amaba más de lo que ella estaba dispuesta a tolerar, y a ella, como dice en una brillante y no tan enigmática frase, la felicidad no la hacía feliz.
Esta historia, estupendamente narrada, con diálogos que podrían haberse dilatado con variaciones y peripecias durante cientos de páginas, sin embargo se queda en eso, en un relato, flanqueado y entreverado por otra historia, nada ficticia, con la que la vincula un hilo acaso demasiado fino. Al tiempo que anunciaba la novela, Barnes también ha dicho que padece cáncer, una neoplasia mieloproliferativa, lo que en términos más asequibles es una leucemia no letal: la tendrá hasta que se muera, pero no se morirá por ella. Claro que Barnes ya ha cumplido los 80, y en el Reino Unido la esperanza de vida está en los 79 y pico. A pesar de que los ricos suelan pasar de los 90, se diría que J. B., pase lo que pase, morirá de viejo, no de cáncer. (Dicho sea de paso, ya no es raro escuchar una frase tan reveladora como «murió de cáncer a los 95 años».) 
En todo caso es el cáncer y sus efectos secundarios los que llenan el principio y el final de la novela, más ese interludio entre los dos encuentros de sus amigos, el de la juventud y el de la, digamos, madurez de los sesenta años. Y ahí ya no hay nada de ficción: es el propio autor enfermo (y viejo) quien nos habla, y se nota que lo hace un buen escritor porque si hay algo que no soporto son las historias cancerosas que siempre tienden al patetismo, tanto por el lado del victimismo lacrimógeno como por el de las ansias de lucha y de confianza en la victoria. Barnes es más listo, y también más consciente, porque sabe que estas cosas hay que tomarlas como llegan, que nadie lucha contra un cáncer (si acaso, como dice en la novela, el cáncer contra él, y casi siempre lleva las de ganar), y que una cierta distancia irónica, cínica incluso, es lo que a mucha gente más ayuda a sobrellevarlo.  
Entre esos efectos secundarios está, quizá el primero, la memoria, y eso en varios sentidos, porque la enfermedad es siempre como abrir la espita del recuerdo, incluso –sobre todo– de aquellos que permanecieron prudentemente ocultos durante casi toda nuestra vida, y porque la vejez es una recuperación de los principios, pero también una pérdida del tiempo intermedio. «Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro», el mismo agujero que hubo en la relación entre Stephen y Jean, los personajes ficticios de esta novela y el vínculo que lo une todo, por más que la propia Jean le diga al autor lo que muchos lectores han pensado de su obra: «Esa cosa híbrida que haces… creo que es un error. Tendrías que hacer lo uno o lo otro». Es decir, mezclar la ficción de un reencuentro con la realidad de un acabamiento. Barnes puntualiza que él si sabe «lo que se lleva entre manos», de hecho lleva medio siglo haciéndolo y le ha ido estupendamente. Pero el resultado a veces es, quizá, un poco heterogéneo. Aquí la reflexión primera sobre la memoria recuerda mucho a 'Funes el memorioso', más incluso que a Proust, que es el único al que cita por extenso a propósito de la memoria involuntaria. Y tiene razón en que «sin memoria no hay identidad», y que lo único que nos queda por vivir es aquello que ya hemos vivido. El enfermo (y el viejo), relee, revisita, reencuentra, revive. Hay mucha vida vivida pero no registrada, o no disfrutada con toda la intensidad que merecía. Dice Barnes que le apetece un viaje para ver, en las ciudades donde están expuestos, los cuadros que más le han gustado. Ya no se trata de ver lo que no viste antes de morir, sino de volver a estar donde sí estuviste, y has sido feliz. Ese es otro vínculo con la historia ficticia. Los dos amantes de jóvenes (los dos «reavivantes») quieren revivir, pero ellos quizá no sean lo bastante viejos para disfrutarlo. 
El final, a mi juicio el único defecto del libro, es algo tedioso y un punto repetitivo. Si algo tiene de realista es que los crepúsculos, el del día y el de la vida, son demasiado breves pero contemplarlos fijamente siempre se nos hace un poco largo. La tristeza, esa sombra final, esa despedida se apodera del libro, y a pesar de que sigue sin pisar jamás los barros del patetismo, la sensación es que ya estaba dicho todo, y bien dicho además.
Termino la novela y me doy cuenta de otra coincidencia. En el año 86, hace cuatro décadas, las mismas que separan los dos noviazgos de los protagonistas, leí El loro de Flaubert. La novela me gustó mucho, tanto que me la llevé como una especie de guía de viajes cuando visité los santos lugares flaubertianos. A través de ella conocí la obra de Anthony Powell, de quien Barnes se reía entonces por su afición a las coincidencias. Auster aún no era famoso… Lo curioso, lo coincidente, es que de esa novela sí me acuerdo, incluso de escenas y escenarios, pero después he leído dos o tres más (Al otro lado del canal, El ruido del tiempo…) que tendría que releer para volver a hablar de ellas. 
Hay más coincidencias, claro, no todas tan gozosas. El otro día, charlando con un buen lector amigo mío, estábamos de acuerdo en que últimamente, salvo excepciones que nos suelen decepcionar, solo leemos a escritores vivos que pasan de los 80, y nuestra sed literaria ya casi solo se calma con los clásicos. Barnes está ahí, como esa generación suya que tanto ha dado de sí, bastantes de cuyos miembros ya hace tiempo que se han muerto (casi todos de cáncer). Pero esta es la última novela que escribe, de modo que, si vuelvo a leer El loro de Flaubert, y tengo muchas ganas, lo haré por volver a la juventud, pero también por leer a un clásico, aunque el cáncer conviva con Barnes unos cuantos años más.

Julian Barnes, Despedidas, trad. Jaime Zulaika, Anagrama, 2026, 212 p.

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