11.2.26

Más luz


El epicureísmo, el estoicismo, el escepticismo y el cinismo son las escuelas filosofóficas antiguas que tradicionalmente se han considerado menores con respecto a los colosos Platón o Aristóteles. Pero en Roma estos dos filósofos tenían el mismo valor que los demás (incluidos los presocráticos) y quizá incluso menos predicamento. La obra de divulgación filosófica de Cicerón, por ejemplo, se ocupa del aristotelismo como una más de las escuelas, pero no la más importante: él mismo se acogió al escepticismo moderado de Filón como la, digamos, más sensata de todas.
Suele decirse que el sentido práctico romano no casaba bien con la metafísica especulativa, pero lo cierto es que solo a partir del XIX la filosofía volvió a enclaustrarse en su torre conceptual, porque hasta entonces era, además de una explicación de la existencia, una forma de vida. La Edad Media es un ejemplo elocuente de cómo se desarrollaron estas dos formas de hacer filosofía: el platonismo o el aristotelismo nutrían la teología agustiniana o tomista, pero ello se hacía en congregaciones que funcionaban según la filosofía estoica o epicúrea. Junto a complicadas demostraciones lógicas, la religión cristiana se empapaba de un sentido de la providencia de raíz estoica. Incluso demostraciones de la existencia de Dios como la de San Anselmo parten de presupuestos del escepticismo clásico. Ya en el Renacimiento, con el descubrimiento de Lucrecio, Diógenes Laercio y Sexto Empírico, la influencia del estoicismo y del epicureísmo no dejó de crecer, y el escepticismo armó a los filósofos de su principal herramienta para pensar: la duda.
John Sellars resume y divulga los fundamentos de estas cuatro escuelas (el cinismo era anterior), que se desarrollaron entre el 323 a.C., fecha de la muerte de Alejandro Magno, hasta el 31 a.C., cuando Octavio, el futuro Augusto, ganó en la batalla de Accio. Es lo que solemos llamar el helenismo, que comprendió la filosofía «como algo práctico, existencial y transformador de la vida». Al igual que los poetas romanos, estos filósofos preferían la Grecia arcaica (Heráclito, Parménides, Demócrito) que la clásica, y se centraron en la búsqueda de la felicidad. Varrón registra 288 versiones filosóficas diferentes de en qué consiste esa felicidad. Y no es raro que sean tantas, porque estas escuelas están también impregnadas de esa búsqueda de conflictos lógicos que desde los sofistas había cuestionado cualquier apariencia de verdad. Ni tampoco lo es que un cínico como Luciano se burle del estoico Crisipo porque solo se dedica a «nimiedades lógicas».
Sellars organiza el libro a partir de temas generales según los tratan las cuatro escuelas (además de la academia postaristotélica): la epistemología, la naturaleza, la ética, el libre albedrío, la política, etc., lo que ayuda a resaltar lo mucho que comparten opciones que en algún momento pudieron parecer irreconciliables. Todas buscan una forma de llevar la mejor vida posible, cada cual con métodos no tan diferentes. 
De los epicúreos aborda su «proyecto terapéutico»: superar el miedo a los dioses, comprender el significado de la muerte y el del auténtico placer. Y sigue siendo muy reconfortante que insistan en que no merece la pena preocuparse por lo que no existe, y que nadie recuerda que ha estado vivo, o que una cosa es el «placer activo» y otra el «placer pasivo», y que más importante que disfrutar de la comida lo es de no tener hambre. Es poco lo que conservamos de Epicuro, pero tenemos la primera gran obra filosófica escrita en latín, el De rerum natura de Lucrecio, que Sellars cita profusamente, sobre todo en lo que se refiere al desprecio del miedo que inocula la superstición religiosa y al sistema de física atomista con el que los epicúreos interpretaban la naturaleza, algo que a Cicerón le parecía tan absurdo como nos puede parecer a nosotros ahora, si bien nosotros sí sabemos algo que él no sabía, que la materia es, en efecto, una combinación de átomos. Lo del clinamen o desviación que forma los seres, a él y a nosotros, nos parece más poético que otra cosa, pero sigue vigente la ética epicúrea, sobre todo la de Filodemo, contemporáneo de Lucrecio, maestro en no meterse en líos para preservar la ataraxia o tranquilidad de espíritu y la aponía o ausencia de dolor físico. La ley, por ejemplo, no hay que cumplirla porque sea justa, sino para que no te mareen por no cumplirla. Puede parecer, sobre todo en estos tiempos de falsos compromisos, una postura muy elástica, pero, además de razonable, es la que hace que el mundo no vaya todavía peor de lo que va.
De los estoicos Sellars destaca, además de unos fines éticos bastante parecidos, el concepto de providencia, que es como llaman a la cadena de causas físicas, y de paso al determinismo y a lo que los escépticos convertirían en argumento perzoso: un permanente encogerse de hombros ante las contingencias de la realidad. Sin embargo, así como las lucubraciones fantásticas de los epicúreos ayudaron con el tiempo a entender la realidad, el concepto de alma como aliento natural ayudó, por ejemplo, al desarrollo de los conocimientos sobre anatomía. Por lo demás, su idea de la virtud como limpieza de conciencia, del panteísmo como explicación determinista o de la necesidad de la armonía con la naturaleza son fundamentos que todavía dan de sí.
También los escépticos consideraban la filosofía una «medicina para la mente», y eso que partían de posturas más sofísticas como la del dogmatismo negativo de Carnéades, quien no solo decía que la verdad no puede ser conocida sino que incluso desconfiaba de que ello pudiera ser cierto, por lo que se sumía en una apraxia, una inactividad consecuente, no tan radical, desde luego, como para que no atrajese al activísimo Cicerón, que aceptaba las creencias razonables, incluso la utilidad de la religión, sin abandonar la resistencia al conocimiento objetivo. Según Enesidemo, el escéptico genuino no afirmará nunca nada, ni siquiera que no sabe nada. La serena indiferencia es su estado ideal, sobre todo en el escepticismo pirrónico que triunfó en la última etapa. No sabemos si Heráclito influyó en Pirrón (sí en Enesidemo), ni tampoco si en sus viajes a la India se trajo algo de los gimnosofistas hindúes o ya lo llevaba puesto, pero sí que su desconfianza en los objetivos no lo era en los métodos: puede que no demos en la diana, pero sí podemos dominar el arco. Eso sí, eran los maestros del argumento perezoso: si todo está determinado, no merece la pena que hagamos nada, ni ir al médico siquiera…
Estas deducciones escépticas no llevan a ninguna parte, pero de Pirrón no se admiraban sus volatines dialécticos sino su modo de vida, esa resignación altiva de raíz cínica. Diógenes, en el fondo, está detrás de todas estas búsquedas de la felicidad. Hace bien Sellars en citar aquella anécdota según la cual Alejandro Magno se encontró con él en un camino y le ofreció cualquier cosa que le pidiese. «Que te apartes de la luz», le contestó Diógenes. Eso es lo que buscaban todos, que nada ni nadie les tapase la luz.

John Sellars, Filosofía helenística, trad. Pablo Hermida Lazcano, Paidós, 2025, 370 p.

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