1.6.26

El mal carnaval

Parece ser que el propio Ignacio Aldecoa consideraba Parte de una historia la mejor de sus novelas, y así lo atestiguan y lo ratifican las palabras de su viuda, Josefina Rodríguez Aldecoa, y de una buena amiga, Carmen Martín Gaite, según oportunamente se cita en la solapa de la edición de Alfaguara. No estoy seguro. Disfruté más de Gran Sol, y habría que volver a sus primeras novelas, El fulgor y la sangre y Con el viento solano, para formarse una opinión. Desde luego que hay elementos comunes con Gran Sol, y no solo el entorno marinero —en muy distintas latitudes—, sino, sobre todo, esa tendencia del autor a ir amalgamando personajes y esperar a que sean reconocibles por decantación, pasadas ya bastantes páginas, y esta novela no tiene muchas; pero también la de inmovilizar el desarrollo argumental, dejar quieta la historia, a merced de la descripción de ambientes unas veces y otras de un lenguaje que aúna la precisión técnica y localista con los neologismos más o menos poéticos (correntudas, pereciente, oblicuando…) que dejan paso a una prosa más clara, intensa y fluida cuando hay hechos que contar.
Todo sucede en una de las islas Canarias, aunque no se nombre nunca el archipiélago, pero sí a un vecino, el señor Mateo, al que apodan Guanche, o piedras volcánicas y rebaños de camellos, o ese distinguir entre «el Atlántico o el moro» cuando echan a navegar con la falúa. 

Estamos junto al mar, en una naturaleza en la que el hombre lleva una vida artificial, como si la isla no fuera un definitivo asentamiento ni una patria pequeña, sino lugar de paso que cualquier día abandonará por algo mejor. Arena, falta de agua, vegetación de desierto, incomunicación, soledad de supervivientes.

El narrador, hombre culto, dueño de ese idiolecto crucigramático, ha ido a parar allí no se sabe por qué, y retrata, desde una pasividad de poesía sugerida, el mundo de los lugareños pobres y de una pandilla de extranjeros, los «chonis» que están allí de paso, tomando el sol, emborrachándose sin conocimiento y escandalizando a la sufrida y recatada población local. Los autóctonos malviven de la pesca, enlutados de tradiciones, borrachos de superstición (y a veces de crueldad, como en el espantoso episodio de la mutilación del perro), avaros de miseria, como el dueño del tugurio donde se emborrachan todos, el Fardelero, que además hace las veces de Tiresias en la «sospechada tragedia» (raro pleonasmo) de uno de los chonis, a los que, como sucedía en Gran Sol, el narrador pasa revista antes de la borrachera y el naufragio: Jerry, «pordiosero Ulises en la arena de las Conchas»; Boby, «el hombre de la litera»; Beatrice «la mujer caída», mujer de Jerry pero también se supone que liada con Boby; Gary, «el hombre de la mano rota», y Laurel, la otra que escandaliza a las mujeres del pueblo, cuando las dos mujeres beben y «bailan con las tetas fuera» y se dan paseos procaces con Dominguillo, el galán del pueblo, en un «mal carnaval» que acaba con Jerry destrozado por las rocas de la orilla, en una imagen que da la medida del ambiente que se respira:
Beatrice se agacha y aparte el pico de lona que cubre la cabeza de Jerry, diseccionada por el arrecife, aniquiladas las facciones por rayas y cortes morados, negruzcos y blancos. Un ojo, arrancada la ceja, sin párpado superior, se dispara globular como en una lámina anatómica.
Esa muerte (el naufragio, la búsqueda, el entierro) es el clímax de la novela y en él se deja el narrador de pasamanerías léxicas, que en el resto del relato, sobre todo en las escenas de borrachera sudorienta y carnaval de pobres, recuerdan mucho al Valle-Inclán de El ruedo ibérico, algo que ya nos pasó como una ráfaga en Gran sol pero que aquí se hace más que evidente en fragmentos como estos: 

Las lámparas de petroleo decoran la tienda de Roque de luces teatrales. En las rinconadas lo oscura profundiza túneles, minas, cuevas por donde huyen, buscan o se refugian las miradas de los bebedores cansados del trago y de la fiesta. Los aromas de abacería se mezclan con el breote, la vinacha, el petróleo y el ron. Atufa la sudorina marinera. El jilguero, que cuida Luisita, se adormila hecho una bola de colores afianzado a la percha de su prisión de alambre pintado de verde.

O bien, incluso más:

La puerta abierta del tugurio del Fardelero recorta un bronco aguafuerte de bebedores y gentes del naipe, vagos personajes en la neblina de las cachimbas. El cielo colmena de estrellas. Se ha adelantado el señor Mateo hasta el umbral del chiringuito saludando con las peores palabras de su vocabulario y ha sido convenientemente respondido por el Fardelero y su clientela.

    Es curioso como los viejos del 98, sobre todo Baroja y Valle-Inclán, pasaron el vacío de la guerra reconvertidos en otras literaturas que muchas veces los desdeñaban. En todo caso es muy expresionista el trazo grueso con que Aldecoa pinta los dos mundos de la isla, el de los pobres aldeanos, bárbaros y tiernos, según, y el de ese mundo nuevo que en los años 60 empezó a verse en España, el de los extranjeros que venían a despendolarse a esta tierra de nadie, a beber las heces de sus vasos, a bailar descalzos sus alegrías y hacer lo que en sus prósperas patrias tampoco se tenían tan permitido. Son los vicios de los ricos, aunque «los ricos como estos no saben dónde van». Quizás al límite, al acantilado y mar profundo de sí mismos. Qué es peor, llega a preguntarse uno, qué borracho es más borracho, el que arrastra el carro del atraso, el económico y el moral, o el que se tira barranco abajo con el del progreso.
Sobre estas dos estampas, el blanco y negro árido de los isleños, el rojo cangrejo de los extranjeros, se superponen esos dos modos de narrar, el estático y lexicoso de las miradas, los olores y las borracheras y el mucho más impetuoso y novelesco de los percances y las travesías. Entre estas últimas destaca un episodio que no sé si es un cuento insertado, un magnífico cuento, desde luego, o acaso la raíz de la que parte la novela entera, quién sabe, pero sí escrito en el mismo lenguaje más transparente que las páginas veloces del desenlace, sin la calima verbosa de los otros episodios. Me refiero al cuento de la camella que transportan de isla a isla, atada a una barquilla, para venderla por un saco de patatas o algo de semejante valor. Habría que mirar en los cuentos de Aldecoa, pero no me extrañaría nada que esta escena hubiera servido para alguno. Yo la guardo como buen recuerdo para la novela entera.

Ignacio Aldecoa, Parte de una historia, Alfaguara 2022 (=1967), 244 p.

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