28.9.08

VICKY CRISTINA BARCELONA


Llevo un par de semanas leyendo malas críticas de Vicky, Cristina, Barcelona, muy poco de fiar porque cuando ves la película te das cuenta de a qué melindre hispánico responden. Es un caso de papanatismo clásico, esa obligación moral que tienen muchos de criticar todo lo que sea demasiado claro. Les parece que si no hay sopor no hay tuétano, pero si además se erigen en jueces de cómo ha retratado Woody Allen Barcelona, resulta que casi nadie se atreve a dar un veredicto a favor, como si fuese, todavía, demasiado poco cool.
Para ellos es reprobable que un director americano convierta Barcelona y Oviedo en un mismo paisaje toscano, bañado con luces de Bertolucci y amenizado por la guitarra de Paco de Lucía, o que a una mujer española la vista de rompe y rasga y de ni contigo ni sin ti, con lo que abunda la especie, y lo divertida que puede ser. Los cinéfilos encorvados reprochan que un narrador plantee la escena con sencillez insuperable, o que los personajes se sienten y se pongan a hablar, y digan cosas comprensibles y profundas, y enuncien sus pensamientos con claridad. A uno le gustaría hablar con todo el mundo como hablan los personajes de Woody Allen, que siempre son correctos y precisos pero nunca se cortan un pelo. La buena educación de sus criaturas les permite plantear sus dilemas sin subterfugios ni medias tintas ni miradas que duran medio minuto. Hablar correctamente y con diálogos fluidos los hace más libres, a ellos y a mí que los escucho.
A los catadores de cine diplomados no les gusta, en fin, que un director haga películas con la minga, como se suele decir. Da la sensación de que ha aceptado el encargo de Jaime Roures y con un toque aquí y otro allá lo ha convertido en una buena película. Los personajes se dedican a lo más conveniente para el contenido de las postales junto a las que tienen que posar. Pero, al contrario que a tantos otros directores, Woody Allen no da la paliza con el verdor de las frondas asturianas ni con las filigranas modernistas de Gaudí. Son postales, son el decorado, nunca más que el decorado. La sustancia, la chicha, Woody Allen, es la historia, dibujada siempre en cuatro trazos rápidos, amenos, suficientes. Las chicas están guapísimas y todas son creíbles. Todo es tan agradable que ni siquiera odiamos a Bardem por estar tirándoselas a todas. Un donjuán simpático es de lo más difícil que hay en cuestión de mitos.
La noche anterior, el viernes, había estado viendo, por fin, La soledad, ese peliculón que iba a revolver los cimientos de la narración cinematográfica contemporánea. Vaya castaña. Parecía un anuncio de puertas. Los diálogos están más tiesos que la mojama, nadie dice nada con naturalidad. Todo son medias palabras, frases que habría que decir de otra manera, o por lo menos doblar la película para que la cosa se pueda escuchar. Creo que en Tiro en la cabeza los diálogos ya ni se oyen. Sabia decisión, porque contratar a un dialoguista le habría salido más caro.
Dejé a mitad la película porque además era un rollo. Vi a un tipo pedir dinero a su exmujer con una frase con la que nadie jamás ha pedido dinero a nadie y apagué la tele. Ayer, sin embargo, daba igual que hablasen en inglés o en español. Qué pocas veces un director español ha filmado diálogos tan naturalistas como las broncas de Bardem y Penélope, y eso que hacían todo lo posible para no hablar en español, un idioma cercano en sus bocas, reconocible, como reconocibles eran todos los impulsos y todos los sentimientos, esculpidos con la sustancia del mito, esa mentira que sirve para decir la verdad.
Daba igual dónde estuviesen. Rebeca Hall habría estado igual de luminosa en Villaverde Bajo. Scarlett Johansson (a pesar de un leve toque peggy que no me termina) se lo pasa como se lo tiene que pasar un turista americana en Barcelona o en Sebastopol, en un territorio de nadie donde los impulsos se congracian con los sentimientos. La última escena, el regreso a lo que les espera, es el final de siempre en el género vacaciones locas de estudiante americana, y es ahí donde aparece lo único que merece la pena juzgar: si todo estaba bien contado, si hacía gracia, si había luz.
Ser un artista de encargo es más difícil de lo que parece. Que te den las cartas muertas y tú las tengas que barajar y darles vida es el método por el que han surgido buena parte de las más grandes creaciones estéticas. Es posible que Vicky, Cristina, Barcelona no esté entre las películas que protagonizan la carrera de Woody Allen; quizá solo sea como esos secundarios que te alegran cada vez que vuelven a aparecer, cuya presencia siempre se te hace corta y cuya manera de hablar siempre resulta perfecta para usarla cuando acaba la película. ¿Alguien da más?

23.9.08

BALONTIRO


Bajo a la calle con el podenco y veo que en los jardines de enfrente, en una pista de cemento descarnado, hay unos niños de no más de diez años jugando a balontiro, eso que otros llaman, creo, balón prisionero. Dos mujeres mayores (madres o cuidadoras o ambas cosas) les están explicando cómo se juega. Ellas rondan los cuarenta, seguramente están probando a ver si los juegos perduran o sencillamente no saben cómo entretenerlos y tiran de biografía.
Al principio me ha llamado la atención porque me costaba incluso acordarme del nombre. Luego ha venido una ola de recuerdos callejeros. No, no es un juego tan inocente. El que pierde paga con el peor de los castigos, no jugar. Un niño tira el balón al alto y dice el nombre de otro niño, que tiene que recogerlo sin que caiga al suelo para eliminar al que se lo ha tirado. Si el balón bota, cuando por fin lo coge todos los niños, que corren desperdigados como si en vez de un balón fuese un bomba, tienen que quedarse donde están. El dueño del balón, entonces, da tres pasos hacia uno de ellos, el que le pille más cerca, y le tira un balonazo que el otro debe esquivar sin mover los pies o cogerlo sin que caiga al suelo. Si le aciertan de cintura para arriba y no lo coge, se va a la calle.
Es tan implacable como todos los juegos callejeros. Los primeros que se quedan sin jugar son los gordos y los torpes, los unos porque nunca van muy lejos con su descontrolado perneo y los otros porque nunca cogen la pelota sin que caiga al suelo. O los tontos. Recuerdo uno que hacía flexiones y se cimbreaba para despistar al lanzador, pero el lanzador, si era listo, sólo tenía que esperar hasta que se cansase, y después darle de lleno.
Los niños, afortunadamente, siguen siendo niños. Esta tarde casi todos eran zagales veloces y flexibles, pero había una niña, algo más joven que ellos, que siempre se quedaba a tiro. La primera vez ha tenido suerte porque el lanzador era más torpe que ella, pero la segunda vez le ha tocado a un chaval con cara de pito, de estos que jugaban estupendamente al fútbol y en las peleas siempre desaparecían, que no eran los jefes de la pandilla porque no necesitaban halagos ni pleitesías, pero tampoco se dejaban llevar por nadie; es más, solían tener bastante mala leche.
A un chaval de estos lo han nombrado y él ha salido como una liebre a coger la pelota antes de que cayese al suelo, tan ligero que otro niño, algo más alto que él, se ha quedado a unos cinco metros, más cerca de él incluso que la niña, que estaba tres o cuatro metros más lejos, pero también a tiro, como siempre. El chaval del balón ni se lo ha pensado. Ha puesto rumbo a la niña y ha dado tres pasos que lo han dejado a pocos metros de ella. La niña no pensaba en coger el balón al vuelo ni mucho menos en esquivarlo. Se limitaba a estirar los brazos y enseñar las palmas de las manos y los dedos apretados para protegerse del golpe. Pero el niño no ha dudado. Es más, creo que se ha regodeado en apuntar, ha estirado el cuerpo todo lo que podía para coger el mayor impulso posible y luego, al más puro estilo Laudrup, mirando para otra parte, le ha estampado en la cara un balonazo al chico que tenía más cerca, y que hasta entonces miraba la escena relajado y sonriente, testigo excepcional de una de esas escenas de abuso que tanto gustan a los imbéciles.
No sé cómo habrá seguido la contienda, porque el perro ha terminado de mear y hemos seguido camino. No sé qué habrán dicho las madres.

22.9.08

Doctorow, La gran marcha



La gran marcha
narra el último gran episodio de la Guerra de Secesión, la expedición de las tropas unionistas del general Sherman a través de los estados de Georgia y de las dos Carolinas hasta el armisticio final en Raleigh, incluidos el asesinato de Abraham Lincoln y la renegociación que llevó a cabo el general Grant porque Sherman, al final, había sido demasiado compasivo con Johnson y sus tropas sudistas.Como ya hizo en Ragtime, Doctorow utiliza la estructura de mosaico y acumula breves escenas alternando los protagonismos entre unos cuantos personajes que van fijando su actuación al tiempo que otros se diluyen o mueren. Es el caso de Will, un soldado rebelde que muere cuando le tocaba desplegar su contenido dramático, o de la señorita Jefferson, dama del sur que marcha con las tropas del norte y se supone que es por amor. Otros personajes sobreviven a la acumulación de acontecimientos históricos, bien porque sean testigos de algunos muy importantes, como el cirujano Wrede, o porque ellos mismos son ya un acontecimiento histórico, como es el caso del propio general Sherman.Hay, no obstante, un puñado de personajes muy interesantes, rematados sin embargo con desigual fortuna. Quizá el mejor sea Arly, un buscavidas que no deja de ampararse en la Biblia para sofocar el miedo y justificar su alegre falta de escrúpulos. Es uno de los tres o cuatro personajes que lamentamos no tengan una novela para ellos solos. Otro, quizá, sería el cirujano Wrede, demasiado plano en su obsesiva profesionalidad, o la negra de piel blanca Pearl, excesivamente cinematográfica, demasiado color púrpura. Todos ellos, por cierto, muy atractivos, en una novela en la que la maldad es un dato histórico pero todo el mundo va buscando emociones blandas en mitad de la batalla.Porque la batalla que plantea esta novela no es tanto entre las tropas de unionistas y confederados como entre la propia novela contra la historia que tiene que narrar. A Doctorow no le duelen prendas en presentar los ejércitos del norte como grandes héroes de la libertad y a los del sur como un hatajo de desharrapados. Si lo que estás narrando es cómo un ejército libera a todos los esclavos que encuentra a su paso, el propagandismo es, más que comprensible, tópico. El problema viene cuando, con una extensión tan limitada (no llega a las 400 páginas) el autor no sólo debe contar con propiedad histórica uno de los episodios más importantes de la historia de su país sino contar también una novela que lleva a cuestas un arsenal de documentación histórica. La Historia la rodea por el flanco izquierdo, por el derecho la ambientación, y por el frente una cantidad excesiva de personajes cuyo desenvolvimiento dramático es mucho más lento que el discurrir de los hechos. Así la novela avanza replegada en una voluntad de concisión que con frecuencia degenera en el resumen. De vez en cuando vienen a rescatarla buenos personajes con buenas historias, pero la necesidad de seguir siendo fiel a la verdad vuelve a nublarlo todo con el humo de la pólvora.
No la he disfrutado por eso, por lo apretado que está todo, y porque cada vez que un personaje me hacía disfrutar de su condición literaria venía la Historia para que ningún detalle de la verdad quedara sin mencionar. Creo que la sola historia de Arly bastaba para una buena novela, teniendo en cuenta que es un hombre que, a poco de terminar la novela, descubre una faceta tan novelesca como la posibilidad de convertirse en aquella persona de la que vaya disfrazado. Pero eso no dura más que lo justo para que la historia venga a encargarse de su triste destino.
Novelas de semejante envergadura se solventan en novelones como La última viuda de la Confederación lo cuenta todo, de Allan Gurganus, absolutamente fascinante, pero aquí al juego de proporciones le tira un poco la sisa. A mi personaje favorito, Arly, le pasa lo mismo. Se pone el uniforme azul de un muerto que le viene pequeño durante doscientas y pico páginas. Los novelistas deberían ser más respetuosos con el lector: si a mí me dicen eso en las primeras páginas, ya no me siento cómodo hasta que se quite la chaqueta. Luego te das cuenta de que la que llevaba una chaqueta estrecha era la novela entera.

20.9.08

HAPPENING


Lo primero que me sorprende cuando pasan unas cuantas semanas y vuelvo a leer el folletín que publiqué en agosto es una reconfortante sensación de incredulidad. No termino de creerme que un año más haya sobrevivido al empeño (doscientas páginas en aproximadamente un mes de trabajo), y mucho menos que la cosa se deje leer. De los amigos siempre espero el mismo comentario: “se me ha hecho corta”, no como crítica a la desproporción, eso que tanto desagrada de las novelas que son como un arranque brioso de un viaje que termina demasiado pronto, sino como cuando ves una película en el cine y no te da tiempo a cambiar la postura.
Puestos a buscar un objetivo, ese sería el primero. Umbral escribía todo de golpe, y se jactaba de ello, por más que sus novelas dé la impresión de que se acaban porque a su autor se le ha terminado la gasolina o ha llegado ya al número de páginas que estipulaba el contrato y resuelve de cualquier manera. Es lo que sucede, por ejemplo, en Leyenda del César Visionario, cuyo final está directamente sin hacer. En su caso, sin embargo, la ración de brillantez es tan densa que no nos importa quedarnos sin el postre. Pero sí, es como una novela que va perdiendo altura, sufriendo turbulencias hasta que se le apagan los motores, entre otras razones porque su prosa es también un vuelo sin motor, que es, por cierto, como el maestro de Umbral, César González Ruano –leer ahora su reeditado Baudelaire aclara muchas dudas al respecto-, llamaba a las columnas sin tema previo, a los libros que se hacían solos, a la prosa circunstanciada, ingrávida y luminosa.
La cuestión es que la mejor manera de que una novela se haga sola es escribirla de golpe, y eso, para los orífices como Umbral y para los anónimos folletinistas de provincias como yo, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La primera de las ventajas es que la cosa sale más fresca, sale traducida a su gramática interna, no a mis planes previos. Entre lo que yo quería contar cuando escribí el primer capítulo de Otoño ruso y lo que salió al final no creo que haya más que un par de anécdotas secundarias en común. La necesidad de ser variado y de que todos los capítulos tuvieran la misma cantidad de lubricante y de autonomía narrativa me impide siempre seguir los planes. El primer capítulo me gustaba mucho, pero dos en ese mismo tono habrían desanimado a los lectores del periódico, a los pocos que reciben el folletín con ganas de que les guste. A partir de ahí la cosa se torció definitivamente. Ese segundo capítulo, casi sin quererlo, me hizo hueco para otro que ya tenía escrito y sólo había que cambiarlo de persona narrativa. Después ya nada estaba escrito y los días iban cayendo con la rapidez que los caracteriza. Unos días me sentí fluido y brillante, otros transitorio y desustanciado, pero no me podía parar a replantearme nada. Me limitaba a juzgar el grado de fluidez de lo que había salido, el hecho fundamental y eliminatorio de que la cosa fuese más o menos buena pero resultara entretenida.
Cuando tomas el pasado como tema esto es mucho más llevadero, pero las novelas contemporáneas te tienen siempre al borde del abismo. La botella de vodka que desencadena el final yo la vi al mismo tiempo que el protagonista. La estructura de ir adelante y atrás surgió porque en un capítulo había mencionado algo que me parecía una buena historia pero había sucedido antes. La improvisación es absoluta, y mi sensación la de ir subiendo una pared en la que siempre, sorprendentemente, encuentras un hueco donde meter los dedos de las manos y las puntas de los pies, pero que resulta un poco inquietante cuando ves que ya no hay ninguna posibilidad de volver atrás. Estás en manos de tu imaginación, pero sí puedes controlar otros factores, sobre todo el de la amenidad. El oficio, sin embargo, no se ocupa también de los hechos, sino solo del modo de contarlos. Los hechos son necesidades que no pueden esperar a mañana porque no hay tiempo y porque si te paras es poco probable que encuentres suficientes razones para retomarlo. Este funambulismo provoca inevitables altibajos, pero te garantiza el hecho de que nada sea previsible. No se ve la carpintería porque no la hay.
Eso sí, después de cuatro folletines seguidos, la necesidad innegociable de no pegar un petardo (un autopetardo, o sea, porque a la poca gente que lo lee le viene a dar lo mismo) hace que el oficio adquiera un mayor protagonismo. Ya el año pasado me sorprendía eligiendo escenas porque determinados detalles ya sabía que iban a funcionar. No se trata de que lo hayas leído en tal o cual libro, que también, sino de que ese registro ya ha pasado por tus manos y sabes que en determinados momentos enfosca muy bien la historia.
Por ejemplo, en los dos primeros folletines noté que la historia bajaba mucho al final del segundo tercio, antes de variar el ángulo para iniciar las maniobras de aterrizaje. El año pasado me concentré mucho en esa zona, pero necesité de varios capítulos y al final tuve que descartar alguno que no habría venido mal para terminar. Este año comencé el final a siete capítulos de terminar para que me diese tiempo a todo, y eso me obligó a acelerar un poco en los capítulos anteriores, y tampoco vino mal. El resultado es que si partes en tres la pieza y dotas a cada parte de ritmo autónomo, los bajones no se notan tanto. Bueno, esto ya se sabe desde Homero, pero hasta que no te lo encuentras no lo terminas de entender.
El resultado, lo que yo opino del resultado, con esa libertad que da haber escrito algo tan fugaz (en el fondo, el folletín es un happening literario), es, más o menos, lo siguiente:
1. Está bien acabado.
2. Es fluido.
3. Los bajones pueden tomarse como adaptación del estilo al argumento.
5. La historia tiene sentido.
4. Hay cuatro capítulos buenos de verdad, algo más de un 20% del total, cuatro piezas que seleccionaría sin ningún rubor para una colección de cuentos.
5. No he contado lo que pensaba, pero sí he dicho lo que quería.
6. Creo que no me he equivocado en el estilo.
Como veis, me basto para darme ánimos. Pero ya tituló el periódico, antes de empezar a publicarlo, que Otoño ruso era un fin de ciclo. Y no por el hecho de que vaya a dejar de escribirlos, sino porque voy a cambiar el método. No estoy seguro en absoluto de que si empiezo por los planos la cosa vaya a quedar mejor, pero este año el plan de trabajo exige empezar a finales de enero y escribir un capítulo cada semana en vez de cada día, y partir de un argumento mucho más detallado en el que ya estoy metido.
Vuelvo al pasado y quiero dibujar el cuadro antes de pintarlo. Será un artefacto literario en vez de un happening. No obstante, antes de empezar, lo que más me preocupa es que no se vea el apresto, que parezca que también lo he escrito a toda hostia. No dejo el método del mes febril porque crea que puede salirme mejor, sino porque eso no puede ser bueno para la salud lo mande quien lo mande. Acabo hecho migas.
Pero vaya, sigo defendiendo el valor de la repentización, siempre y cuando uno tenga que estar sometido al principio de los dictados de cualquier forma de expresión estética: no hacerse pesado.

13.9.08

BOB DYLAN, CRÓNICAS I


Uno de los episodios más aleccionadores de la vida de Camarón es su costumbre, desde que empezó a cantar, de viajar allí donde le hubiesen dicho que había una vieja que cantaba tangos de un modo propio, grabar su cante con un magnetófono y escucharlo y estudiarlo con todo detalle. Es toda una declaración de principios. El artista se busca a sí mismo en lo más hondo de su arte, en lo que todavía permanece nítido y salvaje, pero dentro de su edén se ha perfeccionado en una complejidad sin fisuras. Cabe pensar que Camarón sólo se sintió con fuerzas para desgarrar sus estremecedores gritos cuando escuchó hacerlo a algún viejo cantaor perdido por la serranía. Cuando encontró el espejo que buscaba.
No, nadie nace enseñado, y Bob Dylan tampoco. Me acordaba de esta especie de tópico hagiográfico de Camarón leyendo este primer tomo de memorias, uno de los libros mejor escritos por un autor vivo que he leído últimamente. Esa búsqueda de la fuente de la sabiduría es la médula de todo el libro, ya fuese cuando dormía en patios traseros de Minneápolis o cuando empezaba a conseguir buenos contactos en Nueva York, o cuando, casi treinta años después, mantiene la misma pelea para llegar al fondo de sí mismo, de sus propias fuentes, su propia condición silvestre, aunque para ello tenga que cambiar el modo de tocar o de cantar, o tenga que trabajar a brazo partido con el productor Daniel Lanois como si estuviera empezando otra vez desde el principio.
Hay memorias en las que el autor trata de justificarse, de engrandecer su vida, de acumular experiencias que nadie más habría podido vivir, de resumir en agotadoras listas de nombres cada uno de los días de su vida, en la idea de que cualquier cosa que se deje sería una verdadera lástima. Esta de Dylan, desde luego, podría rebasar todos los límites, pero no se acerca ni de lejos a ninguno. Dylan sabe que, antes de estar escribiendo un libro sobre Dylan, está escribiendo un libro. Casi toda la mucha información que da se refiere al objeto primero y último de su historia: la música. No hay un solo nombre que no tenga que ver de un modo u otro con esa búsqueda por ríos subterráneos y jardines abandonados. La misma estructura está determinada por ello. Muy poco antes de terminar, Dylan es capaz de resumir en muy pocas líneas todo lo que nos ha contado:
En algún momento Suze me introdujo en la obra del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud. Aquello también fue muy importante para mí. Me crucé con una de sus cartas llamada Je est un autre, que se traduce como “Yo es otro”. Al leerla, sonaron campanas. Tenía perfecto sentido. Ojalá alguien me lo hubiera mencionado antes. Encajaba estupendamente con la noche oscura del alma de Robert Johnson, con los encendidos sermones sindicales de Woody Gouthrie y con el esquema de Pirate Jenny. Todo estaba en transición, y yo en el umbral. Pronto iba a salir a la palestra, bien equipado, lleno de vida y con el motor revolucionado. Pero todavía no.
En efecto, aquí están metidas las horas de búsqueda, de confiarse al olfato y sostenerlo con determinación. Hay algo muy americano en este párrafo que yo siempre he envidiado. Dylan trata a Rimbaud como a Robert Jonson, un cantante sureño que había muerto en los años treinta y había dejado sólo veinte canciones, las suficientes como para construir sobre ellas un edificio tan monumental como el que luego construyó Dylan. Los dos son genios puros y superdotados de la técnica. Sin embargo, ya nos es difícil pensar en el primero sin someterlo por instinto a categorías históricas o literarias, ni en el segundo sino como un objeto de arqueología cuyo encanto reside en su condición remota, para iniciados. Leo simbolista en la pluma de Dylan y no pienso en toda la carga teórica de la palabra. Está claro que era un tipo al que le gustaban los símbolos, e importa poco que hubiese vivido cien años atrás, que fuese francés o que ya se hubiese construido para él una mortaja erudita que casi no lo dejaba respirar.
A los clásicos no los entendemos mientras no prescindimos de su condición de clásicos. A los cantantes callejeros, a la vieja de Camarón, no los entendemos si no prescindimos de su condición pintoresca. Esto es lo que yo veo muy americano. Muy anglosajón, en general. En Europa el enciclopedismo lo sepulta todo. Qué más quisiéramos, que los poetas jóvenes de ahora leyesen lo que dice Rimbaud, no a Rimbaud.
Esto es lo mejor que nos puede ofrecer un músico: sus fundamentos, sus raíces, su lucha contra su propio genio y contra la parálisis del prestigio. Dentro del tono tan cercano de la prosa, casi resulta chocante la naturalidad con que Dylan cuenta cómo trató de defenderse de quienes lo consideraban un mesías, lo hacían doctor honoris causa con veintitantos años o lo perseguían enloquecidos de casa en casa. La sensación es la de que todo aquello era ruido y lo importante salía siempre del mismo sitio: de la voz, de la guitarra.
Quizá esta contundencia en un único objetivo es la que ha cimentado su imperio. Recuerdo el desprecio con que se hablaba de Dylan en los ochenta y hasta bien entrados los 90, a pesar de que ya había dado un tremendo puñetazo en la mesa con los tres primeros volúmenes de sus Bootleg series. Hasta Time out of mind, creo que la gente no volvió la cabeza de nuevo hacia él y empezó a escuchar de nuevo lo que cantaba Dylan, no a Dylan. Y eso que ya había sacado Oh Mercy. No lo sé. Pertenezco a una generación que sólo supo ver a un jipi forrado de pasta. Es posible que escuchar Hurricane de adolescente me hubiera conmovido los cimientos estéticos como lo hace ahora, pero entonces yo estaba muy bien abastecido con los Golpes Bajos y los Smiths. Había una infancia en la que los hermanos mayores de tus amigos ponían canciones de Dylan, una adolescencia tierna de posjipismo en la que a las chicas les gustaba el blues, pero la juventud ya comenzaba con zapatones de psicobilly. Dylan era un anciano de cuarenta años.
Es curioso el giro, porque cuando, en los 90, salieron las Bootleg series, casi todo material muy viejo, desechado en su momento, el bofetón de autenticidad me dejó en el sitio. Desde entonces he escuchado a un Dylan reconstruido, como si me hubiera encontrado a un Robert Johnson, sin prejuicios ni recuerdos, por el puro placer de escuchar buena música y unas letras estupendas. Dylan va a sacar ya el octavo volumen de sus Bootleg, quizá el que ayude a mucha gente a replantearse su denostada trayectoria en los 80. En mi reconstrucción encuentro preciosidades en álbumes que a juzgar por los críticos no deberían haberse grabado nunca. Pero él tampoco es demasiado complaciente consigo mismo. Me ha chocado la crudeza con que habla de sí antes de Oh Mercy, como si él fuera mismo el primero en despreciar no sólo su música de aquella época sino todo el pop circunstancial que se hizo entonces. Hasta Ice-T, cualquiera diría que no ha encontrado un bardo nuevo que merezca la pena. Pero todo ello se aliña con unas interesantes disertaciones sobre maneras de tocar la guitarra o de manejar la voz, es decir, con el interés épico de la búsqueda, la necesidad que tiene el artista de no trabajar nunca al pairo de su pasado. Las Bootleg no es una forma de vivir de las rentas sino una declaración de intemporalidad: nos invita a que hagamos con él lo mismo que él hizo con Rimbaud o con Robert Johnson.
He nombrado la palabra bardo, uno de los pocos tópicos dylanianos que me parece tan vigente como al principio. Un bardo no puede escribir unas memorias de cualquier manera. No se trata de lo que haya vivido, sino de que lo sepa contar, y Dylan da aquí unas cuantas lecciones de literatura que hacen a los narradores jóvenes tanta falta como sus canciones a los cantantes que empiezan.
La primera, como siempre, que narrar es contar: uno, dos, tres, etc. El arte es un juego de proporciones. El narrador va y viene de lo general a lo particular, de la escena a la época, de las impresiones a las anécdotas. Dentro de las escenas, todas parten de una breve ambientación poética, algo como los “sedales ensangrentados” que, para Dylan, es una observación real que trasciende cualquier metáfora. En efecto, eso es literatura. El Dylan de Blonde on Blonde sigue sonando a surrealismo de hallazgos casuales, pero la estilización y el pulimento vienen de la sustancia narrativa. En todas las escenas nieva y hace frío, pero cada manera de decirlo brevemente es un soplo de poesía completamente diferente. Dylan descubre que la literatura no está en las asociaciones ocurrentes. Las metáforas surrealistas tienen un valor efímero, hay en ellas más ruido que nueces, pero la descripción de metáforas reales exige, sobre todo, enfrentarse al mundo, mirarlo, resumirlo en un verso, darlo a conocer, darlo nuevamente a luz. En esto el narrador Dylan es espléndido. Habla con entusiasmo cuando es eso lo que nos quiere transmitir, y con un estanque de recuerdos negros cuando es ese el estado de ánimo del momento que recuerda. Como buen aficionado a la pintura, divide el libro en episodios que no llevan orden cronológico sino dramático, como debe ser. Resulta lo más natural del mundo conocer sus luchas de cuarentón antes que sus obsesiva curiosidad cuando era un chaval. Puestas en el orden adecuado no dejarían de caer en el tópico narrativo del que lucha por triunfar. Así cambiadas, resulta que todo es siempre lo mismo, la lucha no termina, el genio no te abandona ni tampoco te sigue a todas partes. La gloria invita al descanso, pero el destino es la música, no la gloria.
El libro acaba como empieza. También Dylan ha terminado vestido de Cisco Houston, un tipo enfermizo que conoció al principio, de quien aprendió todo lo que pudo y que era como un tahúr del Mississippi. Así son sus últimos dos discos. Recuerdo el día que le dieron el Óscar. Apareció en un vídeo con su banda, todos uniformados como una orquesta sureña para un buque de vapor. Sonreían protocolariamente, como si hubiesen acabado la actuación de las 7. Ese uniforme de orquesta de pueblo era también un disfraz que ocultaba las plumas y las pinturas, las gafas negras y las giras revolucionarias, el nombre y la leyenda. Era un disfraz que lo dejaba desnudo, convertido en un bardo del Mississippi. El tópico no es para fusilarlo en canciones de misa sino para descansar en una cantina llena de gente común.
Consecuentemente, su prosa es limpia, sentida, ligera, llena de frases rotundas y luminosas que no se agotan en sí mismas ni terminan por empalagar. Hay dos recursos narrativos muy americanos que también los emplea Auster y en los que Dylan se revela como un maestro. Se trata, por un lado, de la modulación de la frase que anticipa las subordinadas adverbiales. En Español nos parece poco serio poner las condicionales o las concesivas antes del verbo, y con ello nos perdemos un brote de empatía que funciona estupendamente. Casi al azar copio un fragmento que podía haberlo escrito perfectamente Paul Auster:
Lo que me vino a decir Lanois es que trabajaba en las afueras de Nueva Orleáns y que si pasaba por allí, que le hiciera una visita. Le prometí que así lo haría. En todo caso, no estaba en absoluto impaciente por grabar. Lo que tenía en mente por encima de todo era actuar. Si jamás volvía a hacer otro disco, tendría que guardar algo en común con ese proyecto. El camino se extendía expedito ante mí y no quería echar por la borda la posibilidad de recuperar mi libertad. Necesitaba que las cosas volvieran a su cauce y evitar caer de nuevo en la confusión.
Ese uso sutil de la fraseología pleonástica también es muy de Auster, y consigue tensión narrativa y cercanía con el lector. Y al mismo tiempo es muy popular, que es en lo que estamos. Hay algo que pone en contacto a Dylan con Woody Allen, que es esa conciencia casi religiosa de que la cultura popular tiene unas reglas muy antiguas que conviene conocer perfectamente. Para cantar o para escribir. Para rodar películas o para tocar el clarinete. Para lo que sea.

9.9.08

Las mujeres


En el Madrid de 1880, José María Bueno de Guzmán es un señorito que roza la cuarentena, vive de las rentas y se entretiene con los cambalaches de la bolsa. Tiene tres primas. La más atractiva, Eloísa, está casada con el curioso Carrillo, un hombre obsesionado con hacer obras de caridad cuyos modales producen a José María una aprensión parecida a la que los hombres muy afeitados producían en Baroja. Pero Eloísa tiene un vicio: el lujo, un poco en el estilo de aquella mujer legal de Pierre Bezújov. Es capaz de llevar sus sentimientos hasta más allá de toda cautela, pero también de replegarlos cuando de lo que se trata es de mantener su insostenible tren de vida.
   La segunda es Camila, heredera de la aldeana que se encontró don Quijote y trató como a una reina. Es tosca, rabanera, chillona, y está casada con Constantino Miquis, el más bruto de la familia. Es la quintaesencia de la mujer sin desbastar, pero también de la que no ha echado a perder en vanidades un gramo de su corazón vacuno. Es fiel a quien la quiere, noble y silvestre, y su concepto del dinero, algo importantísimo para Galdós, es el de la mujer hacendosa que tiene como una deshonra dejar algo a deber, siquiera pretenderlo.
   La tercera, en fin, es María Juana, una mujer sabia y bien casada, culta y prudente, sin los delirios de grandeza de su hermana Eloísa ni el pelo de la dehesa que suelta Camila. Las tres, por orden de prudencia, nos llevan al Madrid de los aristócratas caprichosos y de las damas de muchos pujos a las que desaprensivos como Torquemada iban desplumando a base de préstamos y que se rifaban a los marqueses viejos y pintados para llegar a fin de mes. También nos llevan al Madrid de los negociantes, de las obligaciones y las acciones de Cuba, que van ya en franca decadencia, a ese ideal mesocrático de cuentas claras que Galdós finge despreciar pero que forma parte de su sentido del orden narrativo. Y nos lleva por último, si bien muy fugazmente, al Madrid de patio y vecindonas, de mujeres que lavan su propia colada y hombres sentados a la puerta.
   La estructura de Galdós está clara. Dentro va la peripecia, la odisea moral de un señorito que se encapricha de la caprichosa, se entrega a la abnegada y no hace demasiado caso de la única que habría podido hacerle feliz. Pero hay algo que falla. El arranque, los amores con Eloísa, es extraordinario. Pocas veces llega Galdós a un estatismo tan brioso, por así decirlo, y a plantear morosamente en cien páginas una historia cuya complejidad se nos deshace cuando le toca el turno a la segunda prima. Me he creído a pies juntillas sus amores con Eloísa, incluso que la deje cuando ve que es imposible enderezar sus despilfarros, pero no me creo en absoluto la loca pasión por Camila, y uno diría que Galdós tampoco, porque insiste una y otra vez en fórmulas entre cervantinas y chistosas que no sirven para ver el corazón del protagonista y narrador en carne viva. Entendemos por qué quiere a Camila, pero nos parece falso cuando lo cuenta. De hecho, la catarsis final, el juego de simetrías con la enfermedad de Eloísa, creo que se desata sin estar madura del todo, precisamente porque la relación con Camila no ha sido del todo convincente.
   Vamos hacia la idea, y se puede decir que Fortunata es una mezcla, al 50% incluso, de Camila y Eloísa, tan basta como la primera y tan destarifada como la segunda. Jacinta, en cambio, no tiene nada que ver con estos tipos complejos, débiles, pecadores, que suben y bajan y enferman y se curan, que pueden con todo en su determinación de hierro y se dejan llevar por una pluma que vaya nadando por el desagüe. Jacinta es otra cosa que no aparece aquí.
   María Juana, la tercera (¡y cuánto eché de menos doscientas páginas más para que José María se liase con ella!), no tiene defectos, pero eso hace más interesante que pueda dejarse llevar por la pasión. Se puede pensar que Galdós lo tenía previsto, porque la escena de los botines es un cabo que queda suelto para siempre. José María, ciego de pasión no correspondida por Camila, se guarda sus botines bajo la almohada, en un acto de fetichismo que, en tratándose del casto don Benito, tampoco va mucho más allá. Un día María Juana entra en casa de su primo y cambia sus botines por los de su hermana Camila, y se ríen los dos mucho del rasgo, pero ninguno de los dos va más allá.
   Y esa relación sí habría sido convincente. Habría venido como de molde con la poética que a poco de terminar nos expone muy seriamente Galdós:

Bien quisiera yo que estas Memorias ofreciesen pasto de curiosidad e interés a las personas que buscan en la lectura entretenimiento y emociones fuertes. Pero no he querido contravenir la ley que desde el principio me impuse, y fue contar llanamente mis prosaicas aventuras en Madrid desde el otoño del 80 al verano del 84, sucesos que en nada se diferencian de los que llenan y constituyen la vida de otros hombres, y no aspiran a producir más efectos que los que la emisión fácil y sincera de la verdad produce, sin propósito de mover el ánimo del lector con rebuscados espantos, sorpresas y burladeros de pensamiento y de frase, haciendo que las cosas parezcan de un modo y luego resulten de otro.

Lo prohibido es una de las novelas más largas de Galdós, quizá una de las más ambiciosas, pero definitivamente una novela inacabada. Entre la enfermedad de Eloísa y la de José María hay demasiado poca novela. Es como traer a una heroína que merecía la tragedia entera y sustituirla de pronto por otras heroínas quizá no tan atractivas literariamente. Teniendo en cuenta lo que Galdós hizo luego con Fortunata –o antes con Isidora-, Camila es muy convincente, pero no lo es el narrador que nos cuenta su amor por ella. Se vale de demasiada hagiografía discursiva y demasiado pocas escenas elocuentes. Él nos cuenta su amor, pero no nos lo enseña. Una cosa es hacer payasadas porque te has enamorado y otra que esas payasadas difuminen la fuerza narrativa de tus sentimientos, vaya.
En general, creo que la estructura de fuertes contrastes, de clavos que caen del cielo y demás rimas de la realidad deja la novela un poco tiesa, como con el apresto de los símbolos y de las correspondencias, como si hubiese llovido nada más plantar la imagen y se transparentasen las maderas que la sostienen. ¿Por qué, al pintar a los más humildes, Constantino y Camila, Galdós no logró aquí ser tan convincente como al pintar a los más poderosos, o a los más depravados? ¿Por qué, en realidad, nunca sale del tópico chocarrero, de un Pigmalión que se da por vencido, y se deja de escenas con grito y profundiza en la pasión por la pureza que representa Camila? Ese amor por Camila necesitaba más tacto, menos carbón grueso. Aquí Cervantes me temo que no le favorece.

6.9.08

Septiembre


Septiembre
Por Toni Losantos.

Diario de Teruel, 5 de septiembre de 2008

Antes de que se nos haga tarde quiero rendirle un homenaje al cuarto folletín de Antonio Castellote y Juan Carlos Navarro, que han llenado una vez más de literatura ilustrada las páginas centrales de este Diario durante el mes de agosto. He aguardado a septiembre no sólo para ver cómo terminaba Otoño ruso, sino a la espera de que algún lector tan devoto como yo enviara al periódico una carta de felicitación o algo así, pero en esta tierra ingrata nadie elogia a nadie, como no sea esperando una dádiva.
Titulo ‘Septiembre’ porque septiembre –tiempo de nadie, primer zarpazo de la realidad- da paso al otoño, que es la estación de la novela, ese Otoño ruso en el que Castellote ha sabido conjugar el día a día del Teruel de ahora mismo, el reloj analemático de Alfambre, los viejos combatientes de la Guerra Civil y una inopinada consecuencia de aquella lenta agonía de los marineros del Kursk, el submarino soviético cuyo trágico naufragio en el mar de Barents tuvo en vilo a medio mundo durante unas cuantas semanas de agosto del 2000. Todo eso encajaba en el relato con un ajuste tan virtuoso que ya definitivamente entiendo que Castellote es un profesional.
No estoy pidiendo que le pongamos una calle, pero es necesario que se sepa –sabedlo los culturetas y los que no lo sois- que Teruel se ha hecho literatura en la prosa de Castellote. El verano pasado fue el Teruel de hace cien años, con Pablo Monguió y su parentela habitando páginas y calles. Algunos capítulos me parecieron memorables, un certero retrato del ambiente social del novecentismo provinciano y una metáfora magistral de la creación a partir de la experiencia de los artesanos de la forja. Este verano, decía, el Teruel de ahora mismo, con más riesgo pero no menos calidad literaria.
Urge que Otoño ruso se convierta en libro encuadernado, acaso de lectura obligatoria en el instituto Vega del Turia, donde este septiembre buscaré a Kolia entre los pupitres, ese alumno pálido y retraído que lleva “el abrigo de campesino siberiano de su abuelo”.

2.9.08

UN HOMBRE EN LA OSCURIDAD

Paul Auster ha tenido siempre predilección por los personajes náufragos y las manos tendidas. Brooklin Follies es quizá el compendio más acabado de esta estética solidaria, de confianza entre vecinos, de parientes que se juntan para darse calor. Un hombre en la oscuridad sigue por ese camino, con el pesimismo de fondo que todavía late en las imágenes del 11-S y un compromiso político mucho más nítido que nunca. Es como si Auster pintase con tonos bélicos apocalípticos las próximas elecciones norteamericanas, quizá las primeras en las que las opciones incluyen la posibilidad de que nadie se muera por ser pobre, o que nadie quede sin educación por haber nacido en un barrio concreto. La lectura puede ser poética o siniestra. Puede ser la gran batalla que a partir de ahora libra en las urnas Estados Unidos, la de suturar las dentelladas neocón, o bien puede que Auster no sea tan ingenuo y piense que ni con una catarsis como la de la Guerra de Secesión se podría conseguir algo tan sencillo como una Sanidad Pública en condiciones.
Algún tiempo después de leerla, es este compromiso explícito la impresión más clara que guardo de la novela. Es curioso que haya pasado de la abstracción política de Leviatán a mensajes tan concretos como el de Un hombre en la oscuridad. Allí era un personaje trágico que se inmola en una idea radical de la libertad, pero aquí es un enfermo, una familia doliente, un escritor sin ganas, una mala pesadilla. Si esta novela que acaba de publicar es tan buena como dice su promoción, es con aquella obra maestra con la que hay que compararla.
Pero sería una comparación difícil. Leviatán es una novela, un gran relato autónomo, una historia en la que las partes discursivas no escamotean las narrativas sino que profundizan en ellas y las engrandecen. En Un hombre en la oscuridad da la impresión de que la idea inicial se acaba justo cuando más exigente se vuelve para el autor. Los sueños se acaban en lo más interesante, y eso es muy realista, y quizá también lo sea dar luego una larga explicación del sueño, o sustituirlo por la realidad de la vigilia, pero al final uno tiene la sensación de que es Auster el que no ha querido explotar hasta el final el hermoso cuento de historia ficción, y de paso asumir la responsabilidad narrativa que implica trabajar con un par de tópicos tan universales como las historias que sólo son un sueño y el personaje que necesita matar a su autor. Todo eso está brillantemente planteado, pero Auster deja de narrar y discursea. A la posibilidad de una novela difícil y apasionante le sigue un final de oficio, un resumen del contenido. Los personajes mueren y ya sólo se nos da relación de lo que hicieron, pero no los vemos hacer igual que vimos al inverosímil personaje al que ya nos habíamos creído.
Auster es muy brillante, y esta segunda parte se lee incluso con más entrega que la primera, pero las dimensiones no casan. Sería un majestuoso final para una larga novela, del mismo modo que la primera es un majestuoso principio para una ficción pura. ¿Se cansa el escritor personaje o se cansa el escritor autor? ¿Era el cansancio lo que quería transmitir?
A Auster no se le puede reprochar nada. Este tipo de novelas de recurso, de narraciones de oficio, de libertades de veterano forma parte del work in progress del escritor, pero desde luego no es uno de sus grandes libros. A lo mejor es que no tenía ganas de embarcarse en otro país de las últimas cosas, ni tampoco de narrar todo lo que al final precipitadamente cuenta. Pero incluso páginas tan poco sustantivas para la narración como la interpretación de películas se convierten en pasajes interesantísimos, tanto que deja de importarnos que tengan poca o mucha relación con lo que se está contando, como suele suceder con este hombre, y es uno de sus encantos. Por cierto, que en uno de esos pasajes el narrador habla de la necesidad de contar a través de los objetos, es decir, de la necesidad de narrar. Está tan bien explicado que cuando uno ve que la novela se acelera en la relación de acontecimientos, en contar sin que aparezcan los objetos, sin narrar, piensa si no es otra nota más de pesimismo que quería incluir Auster, o por lo menos su personaje, el escritor que escribe.

31.8.08

GEÓRGICAS 14



14. Avisos del mal tiempo, vv. 351-392.

Y todas estas cosas, a fin de que pudiéramos
por signos precisos conocerlas, los calores
y las lluvias y los vientos que traen los fríos,
Júpiter dispuso cómo nos ilustrarían
en cada mes las lunas, en qué signo los Austros
se sosiegan, viendo qué señal a sus ganados
cerca del establo guardarán los labradores.
De pronto, revueltas por los vientos encrespados,
ya empiezan a hincharse las olas del mar
y en las altas cumbres un ruido seco se escucha,
o bien rompe el mar y resuenan las orillas
y entre los bosques el estruendo se recrece.
Mal se resisten las olas a curvos navíos
cuando del mar un revuelo de rápidos mergos
lleva hasta la playa sus graznidos, y cuando
las gaviotas juguetean en la playa seca
y la garza deja las lagunas conocidas
y por más arriba vuela de las altas nubes.
Verás a veces, cuando amenaza la tempestad,
cómo las estrellas se deslizan desde el cielo,
y tras ellas una larga estela en llamas
blanca se ilumina entre las sombras de la noche,
y a veces un remolino de pajas livianas
y de hojas muertas, o cómo, encima del agua,
van las plumas nadando y giran unas con otras.
Mas si vienen los relámpagos del crudo Bóreas
o truena en la casa del Céfiro y del Euro,
el campo se inunda entero, las zanjas rebosan,
y en el mar las velas húmedas el marinero
se apresta a recoger. Nunca sorprendió la lluvia
a quien no se la esperaba. Cuando asomó,
las grullas de alto vuelo en los profundos valles
buscaron su refugio, o bien fue la novilla
la que alzó la vista al cielo y aspiró la brisa,
hocicos de par en par, o bien la golondrina
voló estridente en círculos sobre el estanque
y las ranas cantaron sus quejas en el cieno.
También la hormiga, labrando un angosto sendero,
solía sacar los huevos de sus escondrijos,
y bebió el enorme arco iris las aguas,
y en gruesa columna, con denso aleteo graznó
huyendo del pasto un ejército de cuervos.
Las varias aves del mar y las que en dulces lagos
exploran del Caistro sus asiáticas praderas
con ardor el dorso de las alas se rocían
y a veces zambullen la cabeza entre las olas
y a veces corren hacia ellas, y verás cómo,
ansiosas por lavarse, saltan de impaciencia.
La terca corneja llama a gritos a la lluvia
y a solas se dispersa entre la arena seca.
Ni aun las mozas que hilaban vellones de noche
dejaron de barruntar tormenta, cuando viesen
cómo echa chispas en la lámpara encendida
el aceite y crece el moco del pabilo.

10.8.08

OTOÑO RUSO, XXI


Capítulo vigésimo primero, último.
Cuento de Navidad

Dos meses después. La casa de Alfambra. Una cocina comedor bastante amplia, con mesa grande en medio, recia mesa de firmes patas y seis sillas de formica. Detrás están las encimeras y las pilas de granito, y el escurreplatos de hierro y armarios de chapa para guardar las copas. A la izquierda de la entrada, sin embargo, hay una antigua alacena verde que restauró la tía Angelita con las amigas de la asociación cultural. La tía Angelita dice que poco a poco irán cambiando los armarios viejos por otros más viejos pero restaurados. A la derecha, debajo de la ventana que da a la calle doctor López, hay una mesa camilla con tapete de estrellas de colorines, y en ella están sentadas la tía Angelita y su amiga Iluminada, que la ha subido a ver. En una radio muy pequeña, en voz muy baja, suenan las voces de los niños de san Ildefonso cuando van cantando la lotería.
-Me da pereza irme, Iluminada. Andar ando ya bien, ya no se me encasquilla, pero aquí es que me encuentro muy tranquila y muy bien. No echo de menos Teruel nada, te lo puedes creer, Iluminada, y mira que aquí hace un frío que se jode el basto. Además, para qué nos vamos a engañar. En Teruel veníais a verme tú y el padre Florencio, y mi sobrina, que mejor que no viniera. Aquí hay más movimiento.
-Qué disgusto, Matildín.
-De disgusto nada. Ahora está más centrada. Viene a verme y por lo menos hace algo y le quita un poco de faena a Tatiana, porque antes con llorar ya tenía bastante. Lo único malo es que la Virginia esa con la que se ha abierto la tienda es tonta perdida. Yo ya le digo a Bernardo que les mire bien las cuentas porque esa loca los arruina antes de empezar.
-Es verdad, y la madre de Virginia, la señora Federica, ¿te acuerdas?, también era un poco tonta.
-No me voy a acordar, y su abuelo, que parece que lo estoy viendo en el casino sentado siempre en la esquina de las mesas de guiñote, era también un poco bobo.
-Ay qué memoria tienes, Angelita.
Arriba se oyen los pasos de Tatiana, que está arreglando las habitaciones.
-¿Y qué tal está? –secretea Iluminada, mirando hacia arriba.
-Pues jodida, tú qué crees. Lo que pasa es que entre todos la vamos animando y oye, que no todo van a ser desgracias. Le va a costar porque le va a costar, porque es muy gordo. Nosotras Iluminada no lo sabemos porque somos solteras, pero tiene que ser un trago que...
-A mí es como si se me hubiese muerto antes de conocerlo –admite con resignación Iluminada?
-¿Te pongo un poquico más de café?
-Chica, sí –se consuela Iluminada-. Luego no duermo pero si tomo tilas tampoco duermo, así que qué más da. Me paso la noche rezando el rosario, hasta que tocan las campanas de la catedral.
-¿Y no has probado a leer? Yo estoy leyendo mucho desde que me he venido a vivir aquí. Ya no veo la tele ni nada. Desde que no veo programas de enfermedades yo creo que estoy más sana, y con la papeleta que hay aquí, que bastante sombra lleva encima la pobre muchacha... Tienes que leerte Guerra y paz, Iluminada.
Por la puerta biselada de la cocina se ve pasar el bulto enorme de Bernardo, que
se mete en el corral. El abuelo está sentado en un silla bajo el cobertizo. Está remendando una jaula para los conejos, con un retal de malla y unos alambres sueltos está tapando un agujero. Bernardo camina con precaución. El suelo del corral está helado, las pisadas hacen crujir el barro y el estiércol. Se ve el aliento al hablar, y una lluvia fina va engrosando el hielo en vez de derretirlo.
El abuelo saluda como siempre, con la mano en alto y una amplia sonrisa desdentada bajo sus bigotes de mujik. Bernardo se sienta a su lado. Hace frío. Las manos del abuelo conservan su piel enjuta y tostada. A Bernardo se le ponen coloradas del frío si las saca del tabardo. Bernardo ya no usa el Barbour. Lleva chirucas y pantalones de pana y un gorro de estibador.
-¿Saldremos hoy? –dice Bernardo, y lo acompaña, casi sin darse cuenta, de los gestos precisos para que lo entienda el abuelo: señalar el monte con el dedo, componer con el dedo de la otra mano la actitud del que dispara una escopeta.
-¡Cómo! –dice el abuelo, y se señala la pierna y compone un rictus de fastidio, de dolor fingido, aunque sea real. Hoy le duele un poco la pierna al abuelo.
A Bernardo casi le alivia. La lluvia es aguanieve. Si el corral está helado, por el monte no se debe de poder andar siquiera.
-¡Frío! –dice Bernardo-.
El abuelo sonríe como si por fin hubiera una buena noticia. Con los dedos endereza los alambres y arquea la boca más o menos, según la fuerza que tenga que hacer. Bernardo se enciende un cigarro. Está pensando aprovechar la mañana y desatascar un poco la calefacción gloria. En la casa instaló radiadores de agua y una caldera de gasoil, pero él se acuerda del calor que subía del suelo cuando era un zagal, antes de marcharse a estudiar a Teruel. Recuerda que su padre se sentaba en el suelo y apoyaba la espalda en la pared para echar la siesta. La tapa de hierro de la caldera está debajo de unas alpacas. Bernardo ensaya el movimiento de riñones con el que, según recuerda, se mueven las alpacas de paja para cargarlas en la era. Abre la tapa y con un palo rompe las densa capa de telas de araña que tapa la boca de las galerías. Por lo demás, no hay nada que desatascar. Está limpia. Su padre murió en abril, ya la había limpiado y la había dejado lista para el invierno, pero en los siguientes treinta años nadie la volvió a abrir, nadie volvió a pasar un invierno en esa casa ni cubrió las paredes con el aroma de las comidas y los cuerpos y las conversaciones, con el dulce aroma del corral cuando está lleno de animales.
El abuelo mira divertido la faena de Bernardo, cómo coge un par de puñados de paja seca y los echa en la caldera, y aplica el mechero para darles fuego. Baja la tapa y espera unos momentos, como si con eso hubiese sido suficiente. La vuelve a abrir, está todo apagado. El viejo dice algo incomprensible y deja los alambres en el asiento, y le señala a Bernardo un montón de broza mojada que hay en un rincón del corral. Son las hojas amontonadas de la noguera, que el frío y la lluvia han ido aplastando hasta formar una especie de muladar. También señala el carretillo, y él mismo le ofrece una horquilla para que lo cargue.
Es verdad, recuerda Bernardo. Así lo hacía su padre, con pajuzos húmedos y aliagas que rodaban por la calle, con hojas podridas y paladas de gallinaza. Bernardo está entusiasmado con la idea de sentir de nuevo el calor de la gloria en los pies. Pronto adquiere la compostura del trabajador del campo, la parsimonia sin interrupciones, la economía de movimientos, el ritmo de pasar el día con pequeñas cosas, de pasar la vida con pequeños días. La caldera saca una tufarrada de humo que envuelve el aire del cobertizo. Bernardo deja caer la tapa de hierro y una nube amarilla sube por encima de las tapias y se disipa en la mañana gris.
Una voz en ruso se oye desde el piso de arriba. Es Tatiana. Ha abierto la ventana de su cuarto, alarmada por el humo. Bernardo sale de debajo del cobertizo.
-¡Soy yo!
-Ah, hola. Es que he visto mucho humo.
-Es la calefacción, no te preocupes –dice, y se vuelve al abuelo y le indica que se metan dentro, a ver qué tal funciona. Antes de volver a meterse en el cobertizo que da a la casa Bernardo vuelve a levantar la vista y sonríe.
-¡Qué tal ha ido!
-Bien. Ya le van a dar la nacionalidad.
Bernardo se vuelve al viejo y le ofrece la mano.
-Ya eres español, Rodión. Enhorabuena.
Bernardo le da la mano subiendo el codo, como en las sinceras felicitaciones. El abuelo se la estrecha sin saber a qué viene todo eso. Tatiana, desde arriba, se lo explica en ruso. El abuelo no modifica la sonrisa, como si lo que le alegrase fuera la mano de Bernardo, no la noticia de Tatiana. Si Tatiana no hubiese dicho nada habrían celebrado exactamente igual el funcionamiento de la calefacción gloria. Sin soltarle la mano, Bernardo se vuelve hacia Tatiana.
-Tengo una cosa para vosotros, Tatiana. Ven, baja y te la enseño. Vamos dentro.
Bernardo vuelve a entrar en la cocina y toca el suelo de baldosas de barro algo más pálidas por donde corre la galería. Ya va cogiendo calor. El soniquete de los niños de San Ildefonso pespuntean los bisbiseos de las dos viejas, que al llegar Bernardo recobran el tono normal.
-Si no dejas de abrir y cerrar puertas aquí nos vamos a congelar, Bernardo –dice la tía Angelita.
-¿Y Julia?
-Se ha ido, y también se ha dejado la puerta abierta. Me va a dar una pulmonía. ¡Y hacer el favor de limpiaros las botas de barro, que luego hay que limpiarlo!
El abuelo, que ya está instruido, deja en el pasillo las botas y se calza unos lapti, una especie de abarcas hechas con corteza de álamo y suela de esparto. Tatiana entra en la cocina.
-¡Qué calor hace aquí! –dice, y mira a todos lados como si hubiera notado el tipo diferente de calor y estuviera buscando la fuente. Después se agacha y pone la palma de la mano encima de los ladrillos más pálidos. Se gira hacia Bernardo, y sonríe como si hubiesen descubierto que el suelo está vivo.
-Mira –dice Bernardo.
Se saca un sobre del tabardo y antes de dárselo a Tatiana explica a todo el mundo el asunto.
-Me han dado un premio de fotografía. Bueno, es un concurso local, tampoco os penséis que me han dado el Pulitzer. Y el caso es que...
Bernardo carraspea, está un poco nervioso. No está nervioso porque lo esté diciendo delante de su tía y de Iluminada. De ningún modo habría buscado un aparte con Tatiana para decírselo. Su amabilidad va siempre acompañada de testigos. No quiere que Tatiana lo rehuya ni lo malinterprete. Él quiere cebar la gloria, dar paseos por el campo. Quiere volver. En los pueblos ya no huele a animales pero en su casa sí, y ese olor es todo lo que va buscando. Quisiera escuchar por las mañanas los cascos de las mulas y las ruedas de los carros y los gritos de los arrieros. Los pueblos ya están vacíos de su condición de pueblo, las calles están llenas de cemento y por las mañanas apenas se escuchan los gallos. Pero esto es muy parecido. El viejo Rodión lo ha devuelto a los mejores años de su vida. La casa está viva.
Bernardo adopta un tono serio. Atento y serio. Delicado, respetuoso y serio.
-¿Te acuerdas de las fotos que hicimos cuando íbamos buscando los sitios donde luchó tu padre?
Tatiana está tranquila. Las ojeras no se le han borrado todavía. Son como las cicatrices de aquellos días. Su luto es físico. Su cuerpo, su rostro, su cabello está de luto. No necesita fingir dolor. Al contrario, cualquiera que no la hubiese visto hace dos meses pensaría que es una mujer que irradia paz. Por mucho que conteste movida por la curiosidad y no por el recelo, es su cuerpo entero el que se duele, y Bernardo lo sabe, lo siente.
-¿Con una de aquellas has ganado?
-Sí, con esta –dice Bernardo.
Tatiana saca la foto del sobre y su rostro vuelve a velarse de tristeza. Bernardo se apresura. No es una foto que pueda traerle malos recuerdos. Si acaso el día, ese nerviosismo que Bernardo nunca supo interpretar. Pero Bernardo ha ganado el concurso con la foto de la nave pintada mil veces con el número cinco mil, y piensa que algo curioso, tan absurdo, no puede traer más recuerdo que el de la grata coincidencia de haberlo presenciado. Tatiana, sin embargo, se repone enseguida. Su semblante no se alegra pero no está consternado.
-Muy bonito –dice, y tose un poco y ya no dice nada más.
-He pensado, Tatiana, que, bueno, en realidad todo este mundo está lleno de casualidades, pero la verdad es que si no hubiese sido por vosotros no habría visto esto. De hecho, al día siguiente volví para sacar más fotos y ya la habían pintado toda de blanco, y yo antes también había visto esa nave sin pintar. Quiero decir que fue algo fugaz, casi una visión. Lo vimos nosotros y es posible que no lo viese nadie más.
-¿A ver, a ver? –dice la tía Angelita.
-Lo que quiero decir –dice Bernardo, y para decirlo se dirige a su tía y a Iluminada- es que yo creo que este premio es, debe ser para vosotros.
-No, no –dice Tatiana, y se vuelve como buscando algún plato que fregar en la pila.
-¡Cómo que no! ¡Eso está muy bien! ¿Cuánto te han untado? –dice la tía.
-Mil quinientos euros.
-Pues ya está, mira, para el coche, que Tatiana está ahorrando que se quiere comprar un coche.
-No, no, de ningún modo –insiste, seria, Tatiana.
-Pues entonces para Nicolás.
La tía Angelita nunca ha sido capaz de pronunciar la palabra Kolia.
-Míralo, Tatiana, está decidido –dice Bernardo.
Tatiana calla, mira a Bernardo y hace amago de sonreír.
-¿Cuánto vale una tumba? –pregunta.
-¡Uy, están por las nubes! –dice Iluminada-. Paulita se compró un nicho a perpetuidad y le costó un dineral.
-Guardaba las cenizas de Mijaíl para llevarlas a Irkutsk –dice Tatiana-. Pero él murió aquí, no en Irkutsk.
-Eso Bernardo te lo arregla inmediatamente –dice la tía Angelita-. Bernardo, ve de mi parte a Ferrer el marmolista, que es el que nos ha hecho siempre las lápidas a la familia.
-Sí, sí, yo me encargo.
Iluminada se revuelve en la silla.
-Oye, Angelita, ¿y no tenéis un poco mucho calor aquí?
Bernardo se vuelve al abuelo y da un pisotón en las baldosas y luego mueve los brazos como si estuviera subiendo aire.
-¿Ve cómo funciona?
En ese momento se abre la puerta y cuatro cachorros de podenco del terreno mezclado con galga rusa entran en la cocina con las patas manchadas de barro y se caen y se resbalan y ladran sin descanso mientras los niños de San Ildefonso cantan en la radio un tercer premio.
-¡Pero bueno, pero bueno, pero qué es esto! –grita la tía Angelita-. ¡Pero mira cómo lo ponen todo!
-Ay ay ay que me muerde –chilla Iluminada. Un perrillo blanco con manchas de color canela, despeluchado y con cara de oveja se le ha encaramado a las haldas y le está lamiendo la cara. Los otros han ido directamente a las cortinas de cuadros que tapan las baldas de debajo del fregadero, o se encaraman en las piernas del abuelo y se sientan delante de él esperando que les haga una caricia.
Detrás entra Julia con Kolia y Esther. Entre risas persiguen a los perros y cogen uno a cada uno. El otro lo coge Tatiana. El abuelo dice algo en ruso.
-Dice que no los toquen mucho ahora, que primero hay que enseñarlos.
-¡Pero si son tan monos! –dice Julia. Se ha pintado los ojos con un cerco oscuro y lleva el pelo revuelto y lo que, en otras circunstancias, su tía llamaría unos andrajos. Luego se dirige a su padre-. Nos quedamos a comer aquí, ¿verdad? Pues entonces nos vamos.
El torbellino de la muchachada sale como ha entrado. Lo han dejado todo lleno de perfumes frescos y de barro.
-Andaros, iros al corral mientras fregamos esto. Iluminada, échame una mano que esto tú y yo lo limpiamos enseguida. Les han dado las vacaciones y se han vuelto locos. Ay, que se me encasquilla.
-Quietas, quietas –dice Tatiana- Váyanse todos al comedor, déjenme a mí.
-¿Lo ves, Iluminada? Todos los días igual. Esta chica se me está matando a trabajar.
Salen. Tatiana apaga el tubo fluorescente y a los niños de San Ildefonso. Queda la luz del día, la débil penumbra gris de un día de lluvia. Tatiana escurre el mocho en el cubo y empieza a fregar la cocina. Donde las baldosas son más pálidas se seca enseguida. Hace mucho calor. Tatiana abre una ventana. El viento helado de finales de diciembre anega la cocina entera. Tatiana cierra los ojos y lo aspira. Sonríe y cierra los ojos y aspira el cierzo que huele a nieve. Después cierra la ventana y termina de fregar el suelo.

5.8.08

OTOÑO RUSO, XX


Capítulo vigésimo
Dragón de blancas escamas

Mijaíl Denísovich piensa que se ganaría bien la vida como transportista. La carretera lo relaja, la línea blanca discontinua y el traqueteo de la camioneta. Salió de casa hecho una furia pero satisfecho de no haber perdido los papeles. Esta vez no ha ofendido al viejo Rodión ni se ha reído amargamente de su abrigo. Sin dejar que estallase su ira y Tatiana decidiese cumplir sus amenazas y abandonarlo se ha subido a la camioneta de Huevos los Amantes. Antes de llegar al pueblo ya había recuperado el control de sí mismo, tanto que se sometió a un examen de paciencia y detuvo la camioneta y ayudó a un nacional a cambiar una rueda. Hay algo de manifiesto ético en cambiarle la rueda a un hombre asustado, alguien que confunde los rasgos con los sentimientos y que da por hecho que un extranjero en mitad del páramo te puede robar, o matar. No, Mijaíl no ha levantado nunca la mano a nadie, pero a veces el miedo en el rostro del otro es una pe-queña recompensa, el precio que los nacionales pagan por su desconfianza. Y fue como un ejercicio espiritual, la salvación abnegada, el detener el tiempo y ocuparlo en lo más inmediato. Se imaginaba que sería Bernardo, pero de pronto Bernardo no le pareció el tipo capaz de tontear con la mujer de un inmigrante. Le pareció un cobarde, y eso lo tranquilizó bastante. Además, si él era capaz de pensar que un nacional con dinero podía seducir a Tatiana, tampoco podía reprocharle a Tatiana que dudase de él.
Mijaíl Denísovich conduce la camioneta cargada con cinco mil huevos hasta Teruel pero en vez de subirse a la autovía en el desvío a Cantavieja se mete por la ciu-dad. Por la Ronda de Ambeles llega hasta el viaducto nuevo, poco antes del paso de cebra de la Glorieta, y lo cruza camino del hospital Obispo Polanco. No quiere marchar-se sin preguntar por Ilia, el compañero rumano cuyos moratones han cubierto el cuerpo entero y su cuerpo hiede en una cama de la segunda planta. Va casi todos los días. No entiende a la mujer ni a sus amigos porque son todos rumanos. Se siente extranjero en medio de extranjeros, pero ellos saben que va a preguntar por Ilia y le ponen la mano en el hombro como si lo consolasen a él, o le agradeciesen haber venido.
Pero allí no hay nadie. Mijaíl pronuncia varias veces el nombre de Ilia y la en-fermera de la recepción niega con la cabeza y lo mira.
-Ha fallecido –dice la enfermera.
Mijaíl no entiende las palabras pero sí la condolencia.
-¿Dónde ahora? –dice Mijaíl.
La enfermera dibuja en un papel con la palabra Salud en el membrete un plano para llegar al tanatorio. Junto a la palabra tanatorio dibuja una cruz.
Pero a Mijaíl le cuesta mucho entender todo lo que no esté escrito en cirílico. Se va a perder y todavía tiene carretera por delante. Tratará de buscar a su viuda, presentará sus respetos para que nadie diga nunca que sólo vinieron rumanos al duelo.
La camioneta vuelve a relajarlo. Sigue sin dificultad los carteles azules, y sin dificultad alcanza la autovía casi en La Puebla de Valverde. A partir de ahí conoce bien el camino. Tan sólo hay un descenso largo y pronunciado en el que tiene que retener la camioneta, y más en estos días húmedos en los que ya blanquea el hielo en las umbrías. El hecho de estar trabajando demora sus preocupaciones, algo que durante años, en la juventud bravía, le pareció una prueba de servidumbre, cuando el sovjoz funcionaba como tal y los tractores estaban engrasados de resignación. Y sin embargo ahora es la única posibilidad que tiene de salvarse. Mañana por la mañana el cliente debe ir al mue-lle a recoger los huevos y volverá a limpiar la nave de gallinas afligidas y el jefe verá el blanco denso de los muros restallando desde lo lejos. Es lo único que puede ofrecerle a Tatiana, no mentir y trabajar. No beber vodka y no mentir. Trabajar y ser el padre de familia que lleva ocho años perdido en un marasmo de dolor.
Cuando pasa por Sarrión, los faros y las luces de la pasarela iluminan un dragón de hierro que hay incrustado en las piedras. Es el primer hito importante de sus viajes a Puçol, el primer sitio que le resulta familiar. Es un dragón como los que dibujaba el gran Bilibin, la encarnación del mal que pasa a cuchillo Dobrynia Nikítich, la bestia moribunda en manos del héroe salvador, según el libro de leyendas rusas que leían de pequeños en la escuela. A Dobryna Nikítich luego lo llamaron San Jorge, y por eso lle-va una cruz estrecha y alargada, como la cruz que trazó la enfermera, que no era una cruz para marcar un sitio sino para nombrar la muerte.
El dragón adquiría en esas bylinas tradicionales formas diversas y con frecuencia de hombre apuesto que visitaba por las noches a las mujeres y se alimentaba de la leche de las madres hasta que las dejaba secas. A Mijaíl le hace gracia la coincidencia. Ber-nardo se le acaba de aparecer en una escena infantil, en uno de los múltiples recuerdos que consuelan a Mijaíl cuando lleva los cadáveres a la buitrera. Pero se aparece menos. Ese hierro no es San Jorge, es Nikítich. Tatiana emerge en cada curva como esa foto suya y de Kolia que llevaba en el salpicadero del Lada, con un letrero debajo que decía No corras. Quiere a Tatiana y la necesita, y está dispuesto a hacer las paces con Kolia, a dar su brazo a torcer y aceptar que lleve por Teruel el abrigo de mujik que le prohibió a su abuelo. No, no ha sido un atentado a la autoridad, pero a Mijaíl le preocupa que em-piece a comportarse con ese aire fantasmal que tienen los emos rusos, que tuvieron que prohibirlos porque en Rusia la apología del suicidio es más peligrosa que en otros luga-res. Aquí no, aquí parece algo reivindicativo, quizá un desplante, una deuda no saldada, el desprecio que necesita para reconciliarse con sus propios sentimientos. Lo ve claro Mijaíl cuando deja atrás el dragón, reduce la marcha y se mete en el restaurante que hay en un desvío con carteles en los que hay esquís dibujados y estrellas que significan nie-ve. Las luces enfocan sombras de montes a lo lejos, almendros que se asoman a las cu-netas. A Mijaíl le gusta conducir por la noche. Salvo por los letreros, que no entiende, en muchos tramos podría estar viajando hacia Moscú.
El aparcamiento está lleno de camiones de cinco ejes con matrículas de colores. Es la hora de la cena cosmopolita. Mijaíl ha pasado varias veces por aquí y el comedor está lleno de conductores de transportes internacionales, quizá sea el único sitio donde Mijaíl no se siente extranjero. El comedor podía estar en un apeadero de Francia o de Checoslovaquia. Hombres que no se conocen de nada y que no hablan la misma lengua están comiéndose un filete con patatas en la misma mesa. Otros compatriotas han que-dado y en una mesa donde no hay alcohol se oye hablar en una lengua que puede ser turco, quién sabe. Mijaíl no conoce nadie y por eso camina con las piernas abiertas y el andar cansado de quien trae un cargamento de hierro desde Polonia en vez de una ca-mioneta destartalada desde Alfambra. Allí no cuentan las razas ni los camiones. Hay botellas de vino y de orujo por las mesas, pero es la cena frugal del trabajador a quien todavía queda una larga noche de carretera, hasta que crucen la frontera al amanecer. Él se limita a pedir un café en la barra, y a buscar con la mirada un rostro del que no quepa duda de que es ruso. Muchos han dejado la mirada perdida en el plato lleno de restos de grasa y peladuras, están tomando fuerzas o descansando la mente, pero todos se condu-cen como si estuvieran en su patria y ningún complejo de inferioridad hubiese modifi-cado su forma de repasarse los dientes con un palillo.
Sí, piensa Mijaíl, esto estaría bien, viajar de noche por carreteras cuyo asfalto es del mismo color que en Rusia, cenar en zonas francas como esta. La camarera sudame-ricana sirve chupitos de anís y de orujo a otro camarero quizá rumano que los lleva por las mesas. Allí sólo es español el jefe, un tipo calvo, gordo y congestionado que sin em-bargo no parece un español normal sino el dueño de una cantina en el lejano Oeste. Y tan lejano. En uno de los viajes el camarero pide dos copas de vodka, y Mijaíl sigue la bandeja con la mirada para ver quién las ha pedido. Son dos tipos que hay detrás de la mampara de marquetería. Mijaíl camina hasta la máquina tragaperras, la mira y se vuel-ve, pero se coloca unos metros más allá, de modo que pueda ver a los bebedores de vodka. Sí, son rusos, o por lo menos ucranianos. Mijaíl no distingue bien a los rusos de la frontera con Europa. Quizá sean lituanos, piensa. No se oye lo que dicen, pero los gestos y los movimientos de los labios le resultan familiares.
Si no estuviesen bebiendo vodka se acercaría a saludarlos, pero así paga el café y se vuelve a la ruta. Tampoco tiene tiempo que perder en conversaciones patrióticas, y menos con ucranianos. No hablar con ellos forma parte de lo que debe demostrar a Ta-tiana, aunque ella no pueda verlo, aunque no se lo crea cuando esta noche se lo cuente. Se lo va a demostrar poniéndose mañana mismo a estudiar español cuando vuelva de la granja. Ella quiere seguir aquí mientras Kolia nos necesite, porque da por hecho que su hijo sólo ha de volver a Rusia con una carrera cursada en una universidad europea, y más vale que entonces sólo vuelva como turista. Kolia tampoco dio al principio su brazo a torcer, pero lleva ya unos días estudiando. Hasta el viejo habla mejor que él, o por lo menos parece entenderse con ese amigo anciano que se ha echado en el pueblo. A sus años tiene que ponerse otra vez a estudiar, pero de algún modo está seguro de que es la mejor forma de mantener a su familia unida.
Ese es el problema, que Mijaíl no entiende nada en castellano. No entiendía la ruta del tanatorio que le dibujó la enfermera ni tampoco entiende unos enormes carteles amarillos que hay al principio del Ragudo. Nada dice, sin embargo, que por el hecho de entender las palabras PELIGRO DE DESPRENDIMIENTOS o DESVÍO PROVISIO-NAL Mijaíl fuese a conducir con más cuidado aún, concentrado en las líneas de la carretera y guardando incluso una postura rígida al volante. Casi es mejor que dé igual entenderlos o no, y que con ningún aviso ni cautela tampoco hubiera podido esquivar una piedra pequeña, del tamaño de un huevo, que cruza botando la calzada como la cru-zaría un zorro asustado. Mijaíl agarra el volante y da un pequeño giro brusco para sal-varla, pero ese giro, en la umbría blanquecina de las curvas, ya no vuelve a su sitio. La camioneta derrapa y Mijaíl siente que no va a ninguna velocidad controlable. No iba a más de ochenta y lo más probable es que la camioneta frene en el quitamiedos y se que-de acostada en la mediana. La instintiva concentración que despliega Mijaíl para tomar de nuevo el control del vehículo le hace prever que todo acabará sin daños unos metros más abajo, y así es como a una velocidad que no parece ni poca ni mucha y que se con-funde con la sensación de ingravidez la camioneta se frena en la mediana y Mijaíl re-cuerda en ese momento que las medianas tienen forma de talud para escupir de nuevo los vehículos a la carretera. Y en efecto así es, pero al volver a la carretera la camioneta no se apoya sobre las cuatro ruedas y la inercia puede más que la gravedad y después de girarse por completo los palets de la carga vuelven a desplazarse y finalmente vuelca por el lado del conductor. La parte izquierda de la cabina se pliega como un acordeón aunque lo que siente Mijaíl es que es él el que está a punto de empotrarse con el volante. No ha habido golpe seco. Mijaíl no ha perdido el conocimiento. Llevaba el cinturón atado y no lleva clavado el volante, pero la barra delantera de la cabina se ha cruzado y le impide moverse. Ha sentido un par de golpes secos en la espalda y en el hombro iz-quierdo y una rozadura en el cuello. El salpicadero también se ha hundido y no puede mover las piernas.
Estoy vivo, piensa Mijaíl. Todavía se ampara en la idea de que la velocidad era muy moderada y el golpe no ha sido frontal. No ha perdido la noción del tiempo ni le duele la cabeza. El corazón le late tan fuerte que siente como si necesitase más espacio, como si necesitara más aire. Mijaíl piensa en su brazo, no le duele. Lleva un golpe muy fuerte en el hombro, pero no en el brazo, y esa es buena señal. Las lunas han estallado y el aire frío y el olor de la noche y del asfalto húmedo son otra prueba más de que está vivo. Ha quedado en posición horizontal sobre el costado izquierdo. Puede mover la mano derecha, pero no la izquierda, que sigue aplastada entre su cadera y la manivela de la ventanilla. Su cabeza reposa en el techo combado de la cabina. Puede mover la mano derecha pero el antebrazo está atrapado bajo la palanca del cambio. Sólo puede mover los dedos como una araña movería sus patas y sería señal de que está viva.
Mijaíl se ha concentrado en sosegar su corazón, como si, en el caso de que llega-ra a producirse, fuera posible parar un infarto. Siente un fuerte dolor en las piernas y en el antebrazo derecho, e intenta abrir mucho la boca para que entre el aire frío mezclado con la niebla. Desde su posición puede ver esquirlas brillantes del asfalto y un manto de niebla que cuaja entre los matojos de la mediana. Por alguna extraña razón, por la mis-ma razón por la que una persona puede entretener la mente en cosas agradables mientras a su alrededor todo se viene abajo, Mijaíl recuerda el último día que estuvo en Irkutsk. Aún faltaba tiempo para las olimpiadas, pero los chinos decían no temer a la lluvia por-que estaban capacitados “para modificar la estructura de la niebla”. Qué estructura ten-drá la niebla que lame sus heridas y refresca su boca pastosa. Mijaíl respira con dificul-tad, pero no pueden tardar en venir a rescatarle. Pronto verá las luces amarillas de las ambulancias y un bombero aserrará la barra que le oprime el pecho. En algún lugar del suelo, quizá debajo del asiento, por la parte de la puerta que aplasta su mano, Mijaíl escucha el timbre del teléfono móvil, la entrada de un mensaje. Será Tatiana. Tiene que ser Tatiana. Tiene que ser Tatiana que pregunta por él, que le pide que vaya con cuida-do, que vuelva pronto y no se entretenga. Mijaíl trata de moverse pero lo único que con-sigue es que el esfuerzo le haga toser y le falte más aire todavía. Al toser ve que sobre la barra blanca mojada de escarcha reciente, de hielo sin hacer, han salpicado dos gotas de sangre. Mijaíl se pasa la lengua por los labios. La boca le sabe a sangre. El frío lo ador-mece. ¿Será así morirse por falta de aire? ¿Murió así Serguéi, esperando que unas luces amarillas bajasen a las profundidades, reprimiendo los gritos y los llantos para no gastar el aire en vano? Mijaíl cierra los ojos y se concentra en el rostro de su hijo Serguéi. Su imagen le aleja de la desesperación. De algún modo le conforta sentir lo mismo que él, haber bajado a las profundidades del mundo y aspirar la niebla. Se obliga a mantener los ojos abiertos. Durante aquellos horrorosos días de Vidiáevo aprendió que la falta de aire anestesia y adormece. Siempre lo había sabido, pero entonces deseó con todas sus fuer-zas que Serguéi no cerrase nunca los ojos, con las mismas fuerzas con las que ahora mira la superficie del asfalto y observa cómo la niebla va ocupando la noche como un ejército de espectros que avanzaran como en una cápsula sin gravedad. Brillan las es-camas blancas del dragón, piensa Mijaíl, la serpiente que se arrastra entre las cáscaras de huevo. Si los dragones viven más de cien años se convierten en culebras blancas que sólo hacen el bien. Quizá esta serpiente blanca deshilachada que refresca la sangre de su boca sea el hada buena en la que Mijaíl confiaba cuando estaba en la escuela, y cuando él mismo contaba historias a Serguéi para que se durmiese, y le enseñaba las estampas de Bilibin que adornaban el relato. Los ojos de la serpiente giran como las luces de las ambulancias. Sus manos en forma de tenaza entran en la cabina y en su respiración Mi-jaíl oye sonidos humanos que no entiende pero sabe que son la salvación que nunca tuvo Serguéi. Mijaíl mueve los dedos de su mano, por si el teléfono estuviese cerca y pudiera tocarlo, por si pudiese tocar con ellos el rostro de Tatiana, la cabeza de su hijo Kolia, o la mano de Serguéi. Después de pensar esto, Mijaíl Denísovich Breskovski sigue mirando la estructura de la niebla, pero ya está muerto.

OTOÑO RUSO, XIX


Capítulo décimo noveno
Lo inhóspito y lo desabrido


Tatiana Illínichna Tsetvínskaya está muy enfadada. Desde que salieron de Rusia quedó claro que aquello era un paréntesis, un modo de huir de los 10000 rublos que ganaba Mijaíl en la central lechera, cuando se los pagaban, o de los poco más de 8000 que ganaba ella. Los dos sueldos juntos no sumaban los 700 euros que cobra por cuidar a la vieja, algo así como 28000 rublos. Cuando el dueño de su piso de cuarenta metros les ofreció comprárselo, les pidió treinta millones de rublos, al mismo tiempo que Praskovia, amiga de toda la vida y madre de Luzmila, que fue al colegio con Kolia desde que supieron andar, dejaba el mismo piso siete plantas más abajo y se iba a una mansión a orillas del Baikal. Así ha pasado el hacha en Rusia la economía, así de caprichosa se mostró la fortuna con los emprendedores como Nikífor, el marido de Praskovia, que pasó de pastorear turistas por el lago a organizar safaris de caza mayor para europeos y americanos capaces de pagar lo que sea por posar junto a los cuernos de un venado gigantesco.


Pero ellos no tuvieron opciones. La muerte de Serguéi les había extirpado el entusiasmo, el arrojo mínimo para la aventura. El capitalismo entró en sus vidas como una lengua extraña que muy pocos entendían. Tatiana sólo encontraba razones para seguir luchando en Kolia y en su padre, porque Mijaíl se hundió desde el principio. A veces piensa Tatiana que decidió venirse a España para darle una oportunidad. No soportaba la idea de seguir con él cuando Kolia ya tuviese sus estudios, si es que tenían dinero para procurárselos. Mijaíl había entrado en una postración emocional inamovible. Se amparaba en un absurdo sentimiento de culpa por haber empujado a su hijo mayor a enrolarse en el Kursk, pero eso no era más que una justificación para pasar las horas tumbado frente a un televisor borroso, arrastrarse por su trabajo en la central lechera como un presidiario sin más futuro que el suelo de mierda negra que tenía que sacar con palas por las mañanas. Los días de fiesta se sentaba a ver partidos del Zénit y vaciaba lentamente una botella de vodka, hasta que se quedaba dormido. Ni siquiera bajaba al bar del barrio ni a la iglesia ni al antiguo centro social del sovjoz, ni mucho menos acudía a las reuniones del sindicato y de la asamblea de vecinos. Había renunciado a salir de su fracaso. Veía salir a Tatiana con los papeles para reclamar los sueldos atrasados de la lechería y la miraba con la frialdad sin alma de quien ha visto ya el futuro, adónde van a ir esos papeles y el fango por el que tras ellos han de arrastrarse sus vidas.


Pero todo eso habría sido soportable si Kolia hubiera sabido encajar la muerte de su hermano. Apenas era un crío de 8 años cuando aquellos horrorosos días de Vidiáevo, cuando nadie era capaz de ocultarle su horror. Aquellas tres semanas de angustia, mientras el gobierno mentía y retrasaba su intención primera, la de no acudir al rescate del submarino, los días en que naves extranjeras eran anunciadas a los padres desesperados como la prueba de que estaban haciendo todo lo posible, los gritos y los llantos de los padres en las reuniones en las que un oficial trataba de apaciguarlos con mentiras, todo eso tuvo que estallar en sus oídos cuando Tatiana y Mijaíl volvieron a Plíshkino, la aldea de su padre, a quien, a sus ochenta años, habían dejado al cargo del pequeño.


Desde entonces Kolia no volvió a sonreír más que con los labios. La mirada risueña, pícara, tierna, cómplice o traviesa que Tatiana había visto tantos días de fuerza y de felicidad se había quedado en un mirar entre asustado y recriminatorio, una mirada que parecía penetrarlos, compadecerlos, desnudarlos en una desdicha cada día más irreversible. El único que no cambió su vida, su mundo de conejos y abedules, sus paseos nocturnos por el bosque y su modo de vivir como un mujik de hace cien años fue su padre, el viejo Rodión. Esta misma mañana, cuando Bernardo los acompañó a buscar los sitios por donde anduvo en la guerra de España, Tatiana no era capaz de explicar que su padre ha pasado por el mundo como un animal del bosque, y gracias a ello ha salvado su alma. Incluso lo traicionó al final, cuando pasaron junto a aquella nave pintarrajeada que sumió a Tatiana en el más negro de los presentimientos. Su padre contó entonces cómo le había quitado las botas a un muerto, cómo cazó después a cuchillo una cría de jabalí y cómo la descuartizó y la envolvió en nieve junto al cadáver descalzo. Su padre contó eso y Tatiana improvisó una traducción estúpida, un tumulto de obsesiones sin sentido, algo que pudiese servir como prueba de que ni su padre ni el Ejército Ruso mienten cuando dicen que Rodión Íllich Nikoláievich Tsetvínski luchó en España con las Brigadas Internacionales. A ningún jurado histórico le serviría el recuerdo de su padre, quizá porque no es el recuerdo de los mapas que busca Bernardo ni de los libros que lee ni de las páginas que consulta, sino el de un hombre que lucha por sobrevivir. Tatiana siente que en cierto modo traicionó a su padre no traduciendo exactamente lo que dijo, de igual modo que Mijaíl no acepta que si en esa familia se ahorra es porque el viejo Rodión Íllich, a sus ochenta y nueve años, les garantiza el alimento igual que se lo proporcionó en los meses de la aldea, donde quizá debieran haberse quedado, aprendiendo a vivir como viven los animalillos en el bosque.


Y sin embargo han seguido adelante y Kolia tiene una amiga, y por la mirada de Kolia cuando hoy ha dicho que se iba con ella para un trabajo sobre un reloj o algo así, a Tatiana le ha parecido que le brillaban los ojos, que quería ir, y por eso le ha dolido tanto que su marido no lo presenciase, que se olvidara de su cumpleaños y hubiese vuelto a las andadas. Otra vez esas pintadas furtivas, esa estupidez del arte nihilista que a Mijaíl sólo se le ocurre recordarla cuando se emborracha. Todos están haciendo lo que pueden para empezar de nuevo. Ella tiene que soportar que la miren en el supermercado como si fuese a robar, que la vieja la mire como si fuese a quitarle las joyas, que Matilde le hable como si fuese a robarle el marido. A la condición de pobre se une la de extranjero, una continua inexistencia salpicada de sospechas. Tatiana soporta eso y está dispuesta a soportar mucho más si es verdad ese brillo que ha visto en los ojos de Kolia. En dos meses ha sido capaz de ahorrar ochocientos euros. Tatiana ha echado muchas veces la cuenta de lo que necesitaría para llevar a Kolia a Madrid a estudiar matemáticas, cuántas horas de desprecio son necesarias para pagar un colegio mayor, uno como esos de los que habla todos los días la vieja que van a llevar a su sobrina Julia.


Así que, al poco de irse Mijaíl, otra vez hecho una bestia, jurando por todos los santos no haberse llevado la botella de vodka, con la misma mirada de loco que la última vez que le dio por pintar una pared de la central lechera, con miles de hoces y de martillos, cuando Bernardo llega con el jeep y trae a su padre y le cuenta que Mijaíl se ha parado a cambiarle una rueda, Tatiana cierra los ojos y respira. Quizá he sido muy dura con él, piensa. No le he dado ni la mínima oportunidad de defenderse. Tiene un trabajo cómodo con las gallinas aristócratas de la provincia, podría ganar más, podría ser más útil y causar menos problemas, piensa. También podría ella quererlo más. Ha despreciado su ofrecimiento de bajarla a Teruel con la camioneta de las gallinas. Tatiana le ha dicho que no se preocupase, que ya se bajaba con Bernardo. Menos mal que no le dijo también que llevaba su mejor ropa para que no se le arrugue en la bolsa y que no quiere que se le pegue el olor a estiércol y a tabaco de la camioneta. Ni se le pasa por la cabeza que Mijaíl pueda estar celoso del tal Bernardo. Para ella es inconcebible que Mijaíl, después de todo, pueda dudar de ella. Sería otra ofensa, suficientemente grave como para pedirle que se vuelva solo a Rusia, a tumbarse en un sofá.


Y el caso es que, teniendo en cuenta lo primitivos y susceptibles que son los hombres sin distinción de razas ni de nacionalidades, Mijaíl tendría motivos para estar celoso. Tatiana no se fía de Bernardo, pero es muy difícil no fiarse de la única persona que te ayuda. También el lenguaje de la seducción es igual en todas partes. Bernardo le ha buscado los papeles de la nacionalidad y la ha contratado para cuidar a la vieja pero Tatiana sólo recuerda cómo le miraba las tetas cuando estaba pelando aquellos langostinos. Es muy amable con su padre, el domingo pasado se fue con él a por rebollones y trajeron una liebre y dos perdices, pero Tatiana sigue convencida de que se inventa trámites para estar con ella. No le gustó nada que intentase secretear con ella a espaldas de su mujer, que se le ve a la legua que está celosa perdida, y sus razones tendrá. Por eso Tatiana sonríe y contesta pero está rígida sobre el asiento y sólo mira la carretera, los muros de cal y los arbustos de acacia que jalonan el asfalto en la noche cerrada. Le agradece que la lleve a Teruel, pero teme que en cualquier momento le ponga la mano en la pierna. Claro que no es ningún gañán. Si es buen cazador, sabrá esperar a que la presa se le entregue. Pero Tatiana es hija y nieta de grandes cazadores y tiene olfato para las alimañas. Sabe que su cuerpo hace girarse a los hombres, que disimulan menos su salacidad en la medida en que se trata de mirar a una extranjera. La misma transparencia que parece condenarla a no existir es la que libera de cualquier remilgo a quien le mira el culo.


No, no es buen momento para bromear con Tatiana, ni mucho menos para tirarle cañamones. Bernardo es muy ceremonioso y muy atento. El jeep huele a cuero fino y a plástico caro, en el salpicadero hay números y agujas que sólo necesitan los ricos. Sólo para ellos es imprescindible un GPS, por muy cartógrafos que sean. Ella vive en una masía vieja a varias verstas del pueblo y se orienta perfectamente. Bernardo habla más relajado, no como el cobarde que le dio aquellos papeles en el patio, sino con la voz una octava más grave, voz de cantante de barco, piensa Tatiana, y se acuerda de Dimitri, un antiguo novio, que se ganaba la vida cantando piezas populares en los restaurantes del Baikal. Tatiana entiende ya todo en castellano, pero aun así Bernardo habla con sílabas despaciadas, como rebajando su expresión para que la entienda ella, y sonríe. Dice maravillas del marido, que menos mal que le ayudó a cambiar la rueda, que él es un poco inútil, todas esas cosas que dicen los que presumen de no perder el tiempo en vulgaridades. Luego habla de la hermosa tierra roja de este pueblo, de los montículos de arcilla con crestas de cal, y baja todavía más la voz para decir que durante mucho tiempo Alfambra le pareció un lugar inhóspito, pero que cada día le gusta más, que si por él fuera se vendría a vivir aquí.


-¿Qué es inhóspito? -dice Tatiana, como aprovechando la única mínima oportunidad que se le brinda de mostrar su ira.


Bernardo mueve mucho las manos para contestar.


-Inhóspito es que... Inhóspito es que hace mucho frío y hay poca gente. Lo que nosotros llamamos desabrido. ¿Sabes, desabrido?


Tatiana todavía duda un momento antes de contestarle. No fiarse de alguien también implica no fiarse de cómo va a encajar los golpes.


-Desabrido es que no lleva sal, ¿no? –dice Tatiana.


Tatiana lo estudió la semana pasada en su libro de castellano. Siempre sospechó que era un libro anticuado, lleno de palabras que ya no se usan, de textos clásicos que un español actual tardaría en entender. Pero de pronto, como todo en Rusia, resulta que no es tan inútil.


-Sí, sí, es verdad. Pues eso, saborío, je, je. –dice Bernardo, como saliendo del jardín.


-Para los rusos la sal es muy importante. El pan y la sal. Es un gesto de hospitalidad –dice Tatiana. Está seria y sonriente, algo que en ella no implica contradicción. Bernardo calla. No vuelve a decir nada hasta Peralejos. A Tatiana le asaltan las dudas. Es ella y su condición de extranjera, es su estado de extrema susceptibilidad, pero Bernardo, salvo mirarle las tetas con disimulo y la escenita del patio, no ha hecho nada malo. Pero Tatiana no puede quitarse de la cabeza a Mijaíl.


-¿Y qué tal tu hijo? –dice Bernardo, casi ya en Cuevas Labradas.


-Bien –dice Tatiana -. Tiene un amiga en el pueblo.


-Dos –puntualiza Bernardo, satisfecho de lo que va a decir-. Mi hija también es amiga suya. Esta tarde la he dejado en casa de Pascual, un amigo mío de la infancia, porque me ha dicho que tenía que hacer no sé qué trabajo con su hija y con el tuyo. ¡Vamos, digo yo que será tu hijo, no creo que haya muchos rusos en Alfambra, ja, ja!


Tatiana sonríe lo imprescindible. Kolia sólo le ha hablado de Esther. Está tan recelosa que no se alegra tanto como cuando Kolia le contó que iba a ir a casa de Esther, la primera vez en muchos meses que Kolia no hablaba sólo con adultos y se negaba a hacer nada en el instituto, la primera tarde que al llegar a casa Tatiana lo sorprendió estudiando castellano.


-Kolia está bien, está contento–dice, mucho menos tensa, mucho más simpática.


-Mi hija Julia dice que es muy tímido.


-Sí, pero ya es un poco menos.


-¿Cómo era antes?


Tatiana duda, para contestar a esa pregunta necesitaría abrirse en canal. Y no quiere. Forma parte de su orgullo no pasear nunca sus miserias, no emplear la memoria de Serguéi para salir del paso en una conversación incómoda. Sería fácil contar el episodio del Kursk. Incluso habría sido necesario podérselo contar a alguien otra vez, expulsar cada cierto tiempo la corrosión que sigue produciendo su recuerdo.


-Bueno –dice-, los rusos somos muy serios. En general.


Bernardo habla un poco de su hija. Se la está presentando como una niña modelo, nada que ver con los calificativos que le dedicó Kolia cuando contó a su madre lo del trabajo del reloj. También la niña rica quiere solidarizarse con los inmigrantes. Pero Tatiana prefiere a Esther. La ha visto. La ha mirado a la cara y ha visto un rostro limpio. Tatiana sonríe.


Ya han encarado la Ronda de Ambeles. Queda bajar hasta el Óvalo y subir por la calle Nueva para girar a la derecha luego, a la calle de las Murallas.


-Si no te importa –dice Bernardo, cuando están en el paso de cebra de la Glorieta-, te dejo aquí. Es que me viene mejor y...


-Sí sí –se apresura Tatiana, y se pasa la correa del bolso por el hombro y despliega el anorak para ponérselo nada más bajar del coche-.


-Es que... –insiste Bernardo-. Bueno, te parecerá ridículo. Pero es que...


Tatiana no está dispuesta a escuchar más. Hay coches esperando. Da las gracias a Bernardo y se va.


-¡Pues no se lo que vas a comprar a estas horas, maja! –le dice la tía Angelita, nada más entrar Tatiana, desde su sillón al lado de la ventana.


Tatiana saluda y se mete en su cuarto para cambiarse de ropa. Es como cuando se ponía la cofia y las botas de goma para entrar en la central lechera. Durante las próximas horas se centrará en las cuestiones mínimas de su trabajo y vestirá su pensamiento con un impermeable soviético. La vieja insiste. Hay cena de sobras, pero insiste. Tatiana está sentada encima del camastro. Todavía no se ha quitado el traje chaqueta. Saca el teléfono y le escribe un mensaje a Mijaíl: “Ven a recogerme cuando vuelvas. Dejo este trabajo. Me vuelvo a Alfambra. Te quiero. Os quiero”.


Tatiana se levanta y sale al comedor.


-Voy a hacer la cena –dice, en el mismo tono neutro de siempre-. Voy a dejar también comida para mañana, y cena. Me voy a marchar esta noche. No puedo quedarme más tiempo. Se lo digo por si quiere llamar a su sobrina Matilde.


La abuela está despeinada. No puede subir bien el brazo derecho y su peinado parece un dulce de algodón a medio comer. Ha ido apretando el morro y abriendo los ojos conforme hablaba Tatiana. Al final, después de un momento de mirar a Tatiana como si fuera un bicho raro, su mirada cuando algo no le cuadra, la vieja explota.


-¡Pero bueno! ¡Pero cómo que te vas! ¿Es que tú no sabes que las cosas en este país se avisan con antelación?


-Lo siento. Es una urgencia.


-Uy urgencia, urgencia, ¿pero cómo que urgencia? ¿Pero tú qué te has creído? Ah, no, no, rica, no. En este país estamos civilizados, aquí las cosas no se hacen así de buenas a primeras. Tú tienes un contrato.


Tatiana desprecia mucho más a Matilde y a Bernardo que a su estruendosa tía. En ellos las palabras son amables y las miradas furtivas, y en ella las palabras son basura permanente pero tiene un mirar cercano que a Tatiana no le desagrada. Por eso no la manda a la mierda.


-Angelita, me tengo que ir. Mi familia me necesita. Yo también tengo familia.


-¡Yo no tengo familia! –dice la tía Angelita, y se asusta un poco y todo de haberlo dicho, pero sus facciones ya no son capaces de recobrar el gesto agresivo de hasta entonces. A Tatiana Illínichna casi le corre un sarpullido de rubor cuando la vieja cambia el tono de voz y la mira y le dice:


-¿Es que te he tratado mal? ¿Le digo a Bernardo que te ingrese más dinero?


-No, Angelita. No me ha tratado mal. Pero tengo que volver a Alfambra. Soy madre, hija y esposa. Hay tres hombres que me necesitan. Tenemos que trabajar mucho y estar juntos. Necesitamos estar juntos.


La tía Angelita ha vuelto a la calle la mirada, pero sigue sin cerrar la boca. Tatiana está por acercarse a consolarla, pero prefiere recoger sus cosas. No quiere que le llore, no quiere que la convenza. La decisión está tomada. Cuando termina de hacer la bolsa, se mete en la cocina para preparar la cena. Entonces oye que la vieja la llama. Tatiana vuelve al comedor, pero no pasa de la puerta.


-Dígame.

-¿Y si yo me voy a vivir a Alfambra, a la casa de Bernardo?
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