19.2.26

Las otras


Los amantes de la sangre y los esqueletos andantes quizá se sorprendan de que estas historias variadas y de un realismo tan concienciado pertenezcan al género gótico. La historia de la vieja niñera es quizás el casi único relato que se aviene con el lado fantasmal de este tipo de literatura. Niñas abandonadas cuyo espectro aparece tras los cristales en las noches de invierno, órganos destruidos por dentro que sin embargo tocan cuando arrecia la ventisca, pecados sin expiar, almas en pena, todo desde el punto de vista que más le gusta a Gaskell, el de la niñera (como en Cumbres borrascosas, por cierto), lo que siempre da al relato un aire de sospecha, de que lo cuente alguien aficionado a las historias con fantasmas que se alejan en la nieve y reproducen la escena cruel que los convirtió en ánimas del purgatorio, pero que acaso también se lo esté inventando.
Aun contando con que todo pueda ser una invención de la niñera Hester, esta es la historia más sobrenatural de todas, incluida Curioso, de ser cierto, la más fantástica sin duda, con un castillo en mitad del bosque, lleno de aristócratas franceses, decadentes y estrafalarios, tan ajeno al realismo contumaz de Gaskell que se remata con el párrafo más decepcionante de todo el libro, la única vez que he visto a la autora resolver una historia de la forma más tópica posible, aunque en su caso también sea un recurso para dejar claro que no cree en tan despendoladas fantasías.
Pero el resto del libro, incluido ese breve prólogo de historias de desapariciones, más propias de una novela policíaca, entonces en mantillas, ya no tienen fantasmas ni voces extrañas. Lo que tienen de góticas es su crudeza, a veces extraordinaria, y el lado sangriento del género, pero no paranormal. Así ocurre con La historia del caballero, el atrabiliario Robinson Higgins, capaz de hacer de la generosidad y acto cruel (calienta al fuego las monedas antes de dárselas a los niños, por ejemplo, a los que trata a fustazo limpio), un forastero con quien nadie sabe bien a qué atenerse. Bromista, dicharachero, amigo de la caza, Higgins pronto se mete a sus vecinos en el bolsillo. A todos menos a «una tal señorita Pratt», una Miss Marple primitiva que sospecha de tan admirado sujeto, que ha conseguido casi como un regalo a la hija de uno de los lugareños, pero que nadie sabe de dónde le viene la fortuna. El cuento es malo porque Gaskell comete un error bastante gordo: el tal Higgins, que asesina viejas, se delata a sí mismo con esa desesperación etílica que también había manejado Poe, pero en este caso diciendo más de lo que debe. El lector sabe que es culpable antes de que lo deduzca la incipiente detective. Y eso no queda nada bien.
Gaskell despliega toda su impresionante potencia narrativa cuando toma los elementos góticos como mera excusa para sus historias realistas, lo mejor y más abundante de esta colección. En La clarisa pobre cuenta la historia de Bridget, criada irlandesa, y católica, de un matrimonio inglés, y la difícil relación con su hija Mary, que marcha al continente y le escribe muy de cuando en cuando. Bridget queda sola, atormentada por haber perdido a su hija y con la única compañía de un perrillo, Mignon, con el que ocurre algo que a los lectores hispanos nos llama la atención. Un señorito cazador, de mal genio porque aquel día no se ha cobrado ninguna pieza, ve pasar al perrillo de Bridget y, por pura diversión, por matar algo, le descerraja un tiro. Y Azarías Bridget le echa una maldición al señorito y a toda su estirpe que da un giro ciertamente rocambolesco a la historia que tampoco hay por qué desvelar, salvo en lo que atañe a que se suceden las terribles coincidencias y paga el pato una criatura que sin comerlo ni beberlo acaba estando endemoniada, con doble incluido, por el tiro que su padre le pegó al perrillo de su abuela… El final, no obstante, es apoteósico. Bridget trata de curarse de sus negros poderes entrando en religión, entregándose a los otros, exprimiendo su alma en mitad de la peste, hasta que con ella se extinga su maldición.
Pero Gaskell brilla todavía más cuando sus referentes son los grandes clásicos. En La maldición de los Griffiths, una tragedia de reglamento, de aire shakespeariano, los padres iracundos chocan con los hijos insolentes (hay algo en ella que recuerda a los aristócratas de Madres e hijas), y los vástagos de la familia son conscientes de que de no van a escapar de su destino. En este caso se cumple de un modo no rocambolesco pero sí fortuito, y de todos modos consecuencia de la intransigencia y de la ira, la verdadera maldición de los hombres de esta familia, que, como en varias de estas historias, cuando no son violentos son borrachos, o si no ambas cosas, salvo algún bendito que cuenta la historia o recoge a las víctimas en el camino. Lo mejor, otra vez, es el final, el trágico cumplimiento, tampoco deliberado, pero sí como estaba escrito.
El libro se titula Cuentos góticos pero eso, como decimos, no hace demasiada justicia al contenido. Algunos son, sí, relatos de un solo golpe de lectura, como quería Poe; otros como este último son novelas cortas de la misma consistencia que otras de Gaskell que se publican y leen aparte, y aún hay otra, La bruja Lois, que es una novela hecha y derecha, aquí entremetida pero también publicada en libro aparte por Valdemar, por ejemplo, que es el formato que mejor le viene. La novela cuenta una historia que casi se convirtió en un género, y desde luego en un mito, la de las brujas de Salem, aquella despiadada matanza, fruto del desprecio y la ignorancia, que se ha convertido en símbolo del odio al diferente y de hasta dónde puede llegar una sociedad envenenada por los prejuicios. Gaskell aprovecha, además, para dar un repaso a la idea que muchos ingleses de su época tenían de los bárbaros norteamericanos. Cuando los doctores de la iglesia deciden que la nativa Hota es una bruja, la narradora cuenta que la iban a ahorcar «a la mañana siguiente, a pesar de haber confesado, aunque le habían prometido que le perdonarían la vida si reconocía su pecado; pues era oportuno dar ejemplo castigando a la primera bruja descubierta, y también estaba bien que fuese india, una pagana, cuya vida no supondría una gran pérdida para la comunidad». 
Este relato no solo es el más largo sino el que mejor refleja el sentido ético que Gaskell imprimía a la literatura gótica. Lois es una inglesa huérfana que cruza el Atlántico para reunirse con sus fanáticos parientes. Es víctima de los celos de su prima, del odio y de la envidia de sus vecinos, mientras que ella es un ejemplo de integridad y de firmeza, de sensatez inasequible a la estúpida superstición, por institucional y togada que fuera, y también de solidaridad con los oprimidos, en este caso los nativos a los que estos colonos protestantes aprendieron muy pronto a tratar como alimañas. 
Pero no solo es eso. Gaskell es una narradora ejemplar: los tiempos, las medidas, los fragmentos descriptivos, las acciones desencadenadas, y ese final tremendo que no por tristemente previsible resulta menos impactante, otra de las especialidades de la autora que en esta colección de relatos solo incumple en un par de ocasiones menores. 
Hablando de finales tremendos, pocos tan dolorosos y bien diseñados como el de La rama torcida, la historia de un vástago borde en el más amplio sentido del término. Un tipo desagradecido no solo con quienes lo acogieron, los ancianos Nathan y Hester, sino con su, a todos los efectos, hermana Bessy. Habría que buscarlo, pero esta historia del hijo descastado hasta el extremo no es infrecuente en la literatura de la época, y no sé si me suena de la propia Gaskell o de su amigo Dickens. Aquí es un ejemplo no solo del, digamos, feminismo de la autora, con mujeres siempre dignas, aun cuando sean víctimas de maldiciones, limpias de corazón, entregadas a su afecto natural, y hombres atolondrados y viciosos y, como en este caso, criminales incluso. No todos. El final de Nathan es una sobrecogedora muestra de honestidad, cuando la honestidad es más dolorosa –y más piadosa– que la propia mentira.
Igual de repelente es el hombre que se casa con Anna Sherer en La mujer gris, y además francés, el tipo de francés cruel y relamido que más podía detestar un alemán de finales del XVIII. Y también una inglesa. Aparte de, otra vez, magistralmente narrada, con un prólogo marco que satisface la inclinación de Gaskell por las casas y los jardines, por la pintura campestre, diríamos (y de que la trama y su desarrollo nos recuerda mucho a una novela de O’Farrell que triunfó estos años atrás, El retrato de casada), esta historia es otro ejemplo del triunfo de las mujeres solidarias, en este caso Anna y su doncella Amante, de la estirpe de las amas imprescindibles, y merced a las argucias de disfraz que emplean para escapar del odioso señor, incluso con un punto de ambigüedad que en la época victoriana tampoco podía ir más allá. Aquí lo gótico es francés, los chauffeurs, asesinos desvalijadores, y la intensa huida de su amenaza, por la que Gaskell navega a toda vela sin abandonar sus ironías de buena inglesa y sus convicciones de buena persona.
Queda la sensación de que Gaskell despliega su magisterio a partir de la novela corta, y de que la brevedad de lo que llamamos cuento es un jardín demasiado exiguo para sus frondosas habilidades narrativas. Así decidieron titular estas historias cortas –y no tan cortas– tanto en su edición inglesa como en la española. Quizá el anzuelo de góticos no sea del todo exacto. Es posible que sorprenda, pero no que decepcione.

Elizabeth Gaskell, Cuentos góticos, trad. Ángela Pérez, Alba, 2019, 541 p.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.