Es imposible prescindir de las circunstancias en las que se vio envuelta Charlotte Brontë mientras persistía contra viento y marea en la redacción de esta novela. A su alrededor la enfermedad se cebaba con su familia. Sus hermanas Anne y Emily murieron en el intervalo de unos pocos meses. Ella misma conoció los síntomas que no muchos años después, antes de cumplir los cuarenta, terminarían con su vida. Pero después del éxito de Jane Eyre, y aun con un pseudónimo ambivalente, Currer Bell, que pudiera seguir los cánones de pertenecer a un varón o la sorpresa de que fuera una mujer, la escritora se enfrentaba a la complicada tarea de estar a la altura de sí misma. Su biógrafa, Elizabeth Gaskell, o figurones como Thackeray, que tan atento fue con ella, elogiaron Shirley o, más bien, no la criticaron ni se empeñaron en compararla con la anterior. Es posible que ellos también tuvieran en cuenta el esfuerzo que tuvo que suponer para la autora en mitad de semejante sufrimiento, porque lo cierto es que el relato tiene algo de insatisfactorio, pero al mismo tiempo muy ilustrativo de qué es lo que hace que una novela tan larga funcione como funciona Jane Eyre.
Y sin embargo hay algo interesante y novedoso por encima del peso que arrastra el relato. En tiempos de Shakespeare (y esta novela está escrita por alguien que lo ha leído y disfrutado mucho) los personajes femeninos eran interpretados por jóvenes actores, y podía darse la circunstancia de que un personaje femenino (la Porcia de El mercader de Venecia, por ejemplo) fuera disfrazado de hombre, es decir, que un actor representara a una mujer que fingiera ser varón. Es de suponer que esta ambigüedad representara un aliciente jocoso para el público, al tiempo que esa ironía cómica que provoca en el espectador ser cómplice de un lío que no entienden los personajes.
Algo de esto hay en el fundamento de Shirley, en lo que se dice a medias y en lo que acaba dejándose a criterio del lector. Habría que mirarlo, pero no me extrañaría que en los últimos tiempos esta novela haya gozado de una cierta rehabilitación feminista más allá de sus virtudes narrativas. Porque Shirley, la «leoparda», como la llama Louis, es, en efecto, esa fierecilla indomable que solo vemos verdaderamente afectuosa con su amiga Catherine. Hay escenas entre ellas en las que, si en vez de Shirley se llamase Stanley, estaríamos presenciando una clásica escena de amor heterosexual. ¿Significa esto que detrás de Shirley hay un amor homoerótico reprimido? No lo sé, pero me juego un café a que alguien ya lo ha propuesto en alguna tesis doctoral.
A mediados del XIX, cuando se publicó esta historia, el tiempo y la moral no daban para tanto (y quién sabe si tampoco la voluntad de la autora), de manera que la novela se articula sobre el conflicto entre dos amigas enamoradas de un mismo hombre, Robert Moore. En el arranque de la novela nos da la sensación de que vamos a asistir a un conflicto realista entre obreros luditas, los que en la segunda década del XIX se dedicaban a destruir la maquinaria de las industrias textiles, y un joven empresario que no puede dejarse llevar por la compasión si quiere sacar adelante sus telares. Pero el asunto, después de un retrato social en el que Brontë repasa los distintos estratos, sus privilegios y sus padecimientos, se diluye en una cuestión romántica tras la que solo de vez en cuando se escucha algún disparo que nos lo recuerda, sobre todo cuando tratan de asesinar a Robert. Y eso, como nos aclara la autora (p. 776), es una decisión consciente.
Y sin embargo hay algo interesante y novedoso por encima del peso que arrastra el relato. En tiempos de Shakespeare (y esta novela está escrita por alguien que lo ha leído y disfrutado mucho) los personajes femeninos eran interpretados por jóvenes actores, y podía darse la circunstancia de que un personaje femenino (la Porcia de El mercader de Venecia, por ejemplo) fuera disfrazado de hombre, es decir, que un actor representara a una mujer que fingiera ser varón. Es de suponer que esta ambigüedad representara un aliciente jocoso para el público, al tiempo que esa ironía cómica que provoca en el espectador ser cómplice de un lío que no entienden los personajes.
Algo de esto hay en el fundamento de Shirley, en lo que se dice a medias y en lo que acaba dejándose a criterio del lector. Habría que mirarlo, pero no me extrañaría que en los últimos tiempos esta novela haya gozado de una cierta rehabilitación feminista más allá de sus virtudes narrativas. Porque Shirley, la «leoparda», como la llama Louis, es, en efecto, esa fierecilla indomable que solo vemos verdaderamente afectuosa con su amiga Catherine. Hay escenas entre ellas en las que, si en vez de Shirley se llamase Stanley, estaríamos presenciando una clásica escena de amor heterosexual. ¿Significa esto que detrás de Shirley hay un amor homoerótico reprimido? No lo sé, pero me juego un café a que alguien ya lo ha propuesto en alguna tesis doctoral.
A mediados del XIX, cuando se publicó esta historia, el tiempo y la moral no daban para tanto (y quién sabe si tampoco la voluntad de la autora), de manera que la novela se articula sobre el conflicto entre dos amigas enamoradas de un mismo hombre, Robert Moore. En el arranque de la novela nos da la sensación de que vamos a asistir a un conflicto realista entre obreros luditas, los que en la segunda década del XIX se dedicaban a destruir la maquinaria de las industrias textiles, y un joven empresario que no puede dejarse llevar por la compasión si quiere sacar adelante sus telares. Pero el asunto, después de un retrato social en el que Brontë repasa los distintos estratos, sus privilegios y sus padecimientos, se diluye en una cuestión romántica tras la que solo de vez en cuando se escucha algún disparo que nos lo recuerda, sobre todo cuando tratan de asesinar a Robert. Y eso, como nos aclara la autora (p. 776), es una decisión consciente.
No dudo que un público amante de la justicia habrá advertido ya que hasta ahora he exhibido una negligencia criminal en perseguir, atrapar y conducir a su merecido castigo al aspirante a asesino del señor Robert Moore. Tenía ahí una buena excusa para llevar a mis bien dispuestos lectores al retortero de una forma digna y estimulante a la vez: pasando por la ley y el evangelio, la mazmorra, el puerto y los últimos «estertores de la muerte». Puede que a ti te hubiera gustado, lector, pero a mí no; y muy pronto mi sujeto se habría resistido y yo me habría derrumbado…
En vez de eso, Brontë hurga en la personalidad frágil pero firme de Catherine, y en la firme pero frágil de Shirley. Como si de una comedia de enredo se tratara (o de una novella cervantina), las dos mujeres aman a Robert, pero Robert ama solo a una, a Shirley, y el hermano de Robert, Louis, también. Eso hace que la historia vaya navegando, muy paulatinamente, todo hay que decirlo, hacia un hermoso drama de doble sacrificio: el de Shirley por que su amadísima amiga Catherine se case con Robert y el de Robert por que su querido hermano Louis se case con Shirley, por no hablar del sacrificio más grande de todos, el de la propia Shirley por renunciar a sí misma. Y todo ello entre interludios algo manidos como el descubrimiento de la madre de Catherine en la persona de la señora Pryor, la oposición del tío y tutor de Shirley a su defensa de la independencia y de la libertad de elección, los algo tediosos papeles de Louis en los que se nos da una versión de los hechos que ya nos hemos podido imaginar, o el quizá excesivamente largo y no del todo gracioso excurso del adolescente Martin (entre Falstaff y Mercucio) burlando a la pobre Catherine cuando quiere preguntar por su amado Robert.
La idea es buena, desde luego. Catherine, que es la bondad personificada, rehabilita al intransigente Robert, que acabará marchándose de Yorkshire igual que Brontë dejó la novela social para huir a la sentimental. Y Shirley, un alma libre, difícil de tratar porque no vive en un mundo que consienta su naturaleza, doblega sus inclinaciones, se entrega al matrimonio con un hombre de menor rango social pero muy buena persona, lo que en otras novelas habría sido un triunfo del amor pero en esta es una dulce claudicación. Sería su biógrafa Gaskell la que desarrollaría más el conflicto del empresario en Norte y sur y el de los dos hermanos con pretendientes equivocadas en Madres e hijas. Aquí sentimos que no es suficiente con que Robert se las arregle para, a través de Yorke, conseguir un empleo de jardinero a un trabajador que esta pasando hambre por culpa de su afán reindustrializador, porque lo cierto es que el conflicto se olvida antes que las batallas de Wellington, que en esos días, junio de 1812, está triunfando en Salamanca.
¿Qué es entonces lo que falla en la novela?, ¿en qué consiste la tensión indeclinable de Jane Eyre que aquí echamos de menos? Pienso que es una cuestión de proporciones. Entre los episodios intensos (el conflicto con los obreros, la relación entre las dos mujeres, la enfermedad de Catherine, el drama interior de Shirley) Brontë incluye otros, innecesariamente largos, que no aportan mucho al desarrollo general. Nada hay peor en una novela larga, y mira que me gustan, que la sensación de que algo se lo podían haber saltado. Con Eliot, con Gaskell, con Dickens incluso, con lo que le gusta dormirse en la suerte, es difícil tenerla, aunque en cierto modo aquí la suple la certeza permanente de que Brontë se encadena a una prosa espléndida (y traducida por Gema Moral con el ritmo poético que necesita) para que no se acabe de hundir el barco en el que estaba naufragando. Ella se agarra a los buenos sentimientos, y si hay alguno que sería demasiado escandaloso dejar más claro, al terminar el libro parece sugerírnoslo con su sonrisa triste, con esa moraleja que invita a que cada lector saque con su mejor voluntad.
Charlotte Brontë, Shirley, trad. Gema Moral, Alba, 2021, 790 p.
No hay comentarios:
Publicar un comentario