7.3.26

El talento y el prodigio


Uno puede criarse en un ambiente plácido y adinerado, pertenecer a una familia culta y ser educado en las más prestigiosas instituciones académicas, tener maestros, padrinos, amigos que facilitan el camino para que desarrolle sus ambiciones literarias, y aun así puede acabar siendo un escritorzuelo de tres al cuarto, un oportunista que en vez de inventar tramas utiliza las enciclopedias, cuando no un insomne letraherido que ahoga sus exquisiteces en alcohol de quemar. O puede ser una muchacha desnutrida, poco agraciada, aislada de más gente de su edad que sus hermanas, recluida en un páramo ventoso y en una casa fría y húmeda en la que penetran los miasmas putrefactos del cementerio que tienen al lado, y que cada año hacen que casi toda la familia caiga enferma. Pero esa chica puede tener fuerza de voluntad suficiente para sobreponerse a la inclemente severidad de un padre viudo, a la enfermedad y muerte de cuatro de sus hermanas, a un hermano inútil que no da más que problemas, al constante trabajo diario, en las labores domésticas y en el odioso papel de institutriz, y aun así arañar unos ahorros para procurarse una buena educación en el extranjero y, antes de morir muy joven, escribir algunas de las mejores novelas de la literatura inglesa.
La pregunta recorre toda esta extensa biografía que Gaskell escribió sobre su amiga Charlotte Brontë: ¿en qué consiste, entonces, el talento?, ¿cómo se cultiva? En esa familia había tres grandes escritoras, Charlotte, Emily y Anne, sin contar las dos hermanas mayores, muertas antes de que tuviesen la oportunidad de demostrar nada. Su padre, que en el libro sale bien parado pero en los apéndices, con documentos que Gaskell no incorporó (a fin de cuentas, era el anciano señor quien le encargó la biografía) se ve el tipo de individuo egoísta que era, no creía que sus hijas pudieran llegar muy lejos. Las envió a un internado criminal para hijas de clérigos pobres en el que dos de ellas murieron de tisis y las otras estuvieron a punto, aunque no resistieron mucho más. Eran ellas las que luego, en casa, por las noches, cuando el viejo dormía, se contaban sus historias, sus argumentos, sus ilusiones; ellas las que vaciaban sus fantasmas en cuadernos de caligrafía diminuta, cada una con su toque personal: la bondad frágil de Anne, el tormento testarudo de Emily, el inagotable sentido del deber y la responsabilidad de Charlotte. ¿Fueron grandes escritoras gracias a la indecente presión que tuvieron que soportar? ¿Era necesaria tanta sangre para que salieran letras tan impresionantes? O, al revés, ¿qué habría sido de esas hermanas con un padre que no fuera un clérigo fundamentalista, severo, tacaño e insensible para con sus hijas?, ¿qué habría pasado si se hubieran criado entre hopalandas? ¿Habría entonces Charlotte, por ejemplo, merecido la admiración incondicional de un gigante como Thackeray? ¿Nos habría regalado esas novelas si ya desde el principio se hubiera casado con el bueno de Scott, con quien por fin encontró una paz que no le duró más que nueve meses?
El caso del hermano, una verdadera alhaja, sirve para reavivar el fuego. Como único varón de seis hermanos, Branwell era el destinado a triunfar, el que pudo seguir estudios, el que quiso ser poeta y pintor, el que alternó con la sociedad elegante de Londres, de todo lo cual sacó lo peor que podía sacar. Como pintor era, más que malo, pobre, sin fundamentos, sin habilidad. Como poeta era un ripioso vulgar entre cuyos versos Gaskell tiene que hurgar mucho para que no den risa y solo produzcan pena. Encontró trabajo en el gran monstruo de la época, el tren, pero pronto lo perdió y se hizo amante de una dama rica, bastante mayor que él (a quien Gaskell atiza sin contemplaciones: que sea una gran escritora no quita para que tuviera estrictos criterios morales), que lo dejó tirado cuando el marido moribundo amenazó con desheredarla si no rompía con él. Eso provocó que Branwell se llenara de deudas, se diera al opio y al vidrio y fuera un tormento permanente para sus hermanas, sobre todo para Charlotte, que en su rigurosa bondad lo soportó –y lo mantuvo– hasta que el pobre hombre se acabó de consumir. Como personaje, desde luego, es inmejorable: un hombre que lo tiene todo para ser un gran artista, mientras sus hermanas se mueren de asco allá en el páramo. Él acaba siendo una piltrafa, y esas chicas que no pueden salir de casa se entretienen, el poco tiempo que les queda, en revolucionar la literatura universal. 
Gaskell expone los hechos como fueron, sin cargar las tintas más que en dos aspectos que luego le trajeron dolores de cabeza y la necesidad de publicar algunas correcciones (aunque no de desdecirse): el infame abandono en el que estaban las muchachas del colegio al que fueron enviadas las Brontë, un antro insalubre y despiadado, y la opinión que le merecía la amante de Branwell. En todo lo demás, la autora se ocupa, sobre todo, de ordenar la documentación que obraba en su poder: las cartas de Charlotte a sus amigas, a sus editores, a la misma Gaskell, una profusión de testimonios que por una parte quizá enlentezca un tanto el flujo narrativo, pero por otra salvaguarda un archivo documental imprescindible para entender a la fascinante familia Brontë.
Pero, aparte de cargar con esa, digamos, responsabilidad histórica, Gaskell es, por encima de todo, una excelente narradora. La evolución de Charlotte como personaje no descuida todos los recursos que pueden aumentar la emoción con que nos acercamos a ella. Su misma condición trágica, la de quien sabemos que lucha por una victoria tan grande y tan efímera, hace que, bien distribuida, la intensidad no decaiga por más que no se deje papel por transcribir. Mientras Charlotte tiene que luchar con la pobreza, la enfermedad y la muerte, vemos a una mujer digna, fuerte, decidida, pero cuando su Jane Eyre triunfa sin reparos, cuando su calidad literaria es tanta que ya no merece la pena que se escude en un seudónimo ambiguo, cuando Thackeray le dedica toda clase de agasajos y la alta sociedad literaria la admira incluso con envidia, entonces Charlotte es la mujer menuda, poco agraciada, tímida, como agobiada de tanta mirada puesta en ella; la chica que tuvo que sacar adelante una casa cuando le tocaba jugar a las muñecas que no tuvo, y que se siente más a gusto imaginando historias a la luz de una vela en su casa lóbrega que viajando en volandas de la admiración. Le duró poco, en todo caso. Pero lo suficiente para que Gaskell sepa contagiarnos todo el afecto y la admiración que sintió hacia ella. 
Una feliz casualidad hizo que empezase a leer a Elizabeth Gaskell con Norte y Sur. Después he leído todas sus novelas, largas y cortas, y un buen puñado de relatos. Termino ese viaje con esta biografía, que no fue lo último que escribió pero sí un buen resumen de todas sus virtudes: como gran narradora, como gran persona, como gran amiga.

Elizabeth Gaskell, Vida de Charlotte Brontë, trad. Ángela Pérez, Alba, 2016, 634 p.

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