7.9.26

El fin y el por fin

Tiene todo el sentido, al margen del riesgo que supone volar tan alto, que John Banville decidiera dedicar una novela a lo que le ocurre a Isabel Archer, la protagonista de El retrato de una dama, una vez que se acaba la novela de Henry James. Esa novela no termina con un final sino con un por fin, y no porque uno tenga ganas de que se acabe: habríamos seguido leyendo encantados otras ochocientas páginas, y de hecho, en cierto sentido, las echamos de menos, porque lo que ocurre es que por fin Isabel Archer se desengaña, ve las cosas como son, ya no hay excusas para dilatar las consecuencias. Ha llegado su hora, y esa sensación, y el placer frondoso de haber llegado hasta ahí, hace que el lector se quede con ganas de más. Ya ha visto a Isabel Archer crecer en firmeza y amargura, no en «la obcecada credulidad, el deplorable candor y el incurable buen corazón» que le reprocha, en silencio, su doncella Staines al principio de la continuación de Banville, porque eso lo tuvo en grado máximo desde el principio, desde que su tía Lydia Touchett decidió sacarla de Albany, no lejos de Boston, donde había quedado huérfana y vivía con sus hermanos en espera de tiempos mejores.
Porque la historia que cuenta James es la de un desgraciado golpe de fortuna. Con ese planteamiento inicial, y teniendo en cuenta que la novela se publica en 1880, las alternativas que el realismo psicológico había desarrollado podían reagruparse en dos grandes temas: el de la muchacha huérfana que lucha por salir adelante y el de aquella a la que, una vez que ha salido adelante, la pierden los delirios de grandeza. Claro que ni Dickens ni Flaubert eran del gusto de James, ni mucho menos cualquier forma de naturalismo posterior: él era un entusiasta de George Eliot y de Iván Turgueniev, según declara con rotundidad en el prólogo a la edición de 1908. Lo que le interesa, entonces, no es ni la mujer víctima del destino ni de sus propias fantasías, sino algo así como hasta dónde puede llegar la bondad y la libertad sin convertirse en perniciosas.
A Isabel Archer la recoge su tía Lydia y se la lleva a Inglaterra, a una mansión campestre, Gardencourt, prototipo del palacio que tanto decorado british aportó y sigue aportando a la ficción señorial. En este caso lo ocupa un norteamericano rico (y viejo, y enfermo), Daniel Touchett, a quien su esposa, Lydia, mujer arisca y directa, ve solo unos días al año porque ella  no lo soportaba e instaló Florencia un campamento base para sus viajes por el mundo elegante. Isabel es esa joven encantadora, tranquila, cariñosa y de buen conformar de quien todo el mundo se enamora. Me he acordado más de una vez de María, la de El metro de platino iridiado, en el sentido de que a ella también todos la adoran como a un ser perfecto desde sus perspectivas insuficientes o defectuosas. En el caso de Isabel, el primero es su primo Ralph Touchett, gran personaje, heredero sin ganas, enfermo de tuberculosis, culto y afable, y una de esas raras personas que concibe el amor como una forma de hacer el bien a la persona amada sin necesidad de exigir nada a cambio. Lo que Ralph hace por Isabel es convencer al anciano Daniel de que le deje la mitad de su herencia, que es colosal, y este acto de generosidad, el de darle a Isabel la posibilidad de ser libre, de no depender más que de su propia voluntad, no tener que casarse por obligación ni aguantar a ningún dueño, es el que determina, también para mal, el futuro de la dama.
La galería de pretendientes sirve a James para confrontar, no sin ese tipo de humor de quien se ríe con la boca cerrada, los dos mundos a ambos lados del Atlántico. El primer pretendiente, Casper Goodwood, es el prototipo de americano tan emprendedor como falto de refinamiento. Es noble y demasiado plano, en el sentido de que es mucho más directo de lo que un inglés podría soportar. No concibe la ironía ni el sentido estético de la vida. Sus grandes manos de self made man no sirven para sostener una joya delicada. Isabel no lo quiere por marido, y el lector tampoco, por mucho que el terco Casper, que no es mala persona, esté dispuesto a dar su vida por conseguirlo. También le pone mucho empeño lord Warburton, que es todo lo contrario, un noble inglés, un dechado de buenas maneras, de la estirpe de los galanes austenianos, pero además inmensamente rico y con un prometedor futuro como estadista. No es concebible mayor bicoca, porque además el hombre no solo no parece tener ningún defecto sino que renunciaría a una esposa con su mismo pedigrí en favor de alguien a quien, sencillamente, ama. Pero Isabel tampoco lo quiere. Antes de ser rica ya era libre, y ahora mucho más, tanto que se empeña en no ser consciente de su posición si es que se ha de enamorar. Y ahí se equivoca.
La novela entra en un conflicto lleno de matices. Conocemos a Isabel a través de quienes la aman, más que por lo que ella haga o deje de hacer. Comprende, es muy dulce, pero no se conmueve. Sabemos de ella porque formamos parte del coro que sin saber por qué se siente atraído por ella. Pero ella valora sobre todo la solvencia intelectual, la libertad y el saber estar, por ejemplo la de madame Merle, una pájara piparra, que diría Umbral, que hace de casamentera para regalársela a su querido Gilbert Osmond, por una serie de motivos que forman parte de la traca final y sería poco fino comentar. Y este Osmond tiene, para Isabel, un atractivo que se alimenta, precisamente, de su escasa solvencia económica; eligiéndolo a él se impone a su condición de mujer muy rica, como si pudiera, también, permitirse vivir libre de prejuicios. 
No queda claro por qué se enamora de él, esa es la verdad. Con lo meticuloso, preciso y profundo que es James para cualquier gesto de la cara, para cualquier matiz de la conversación o cualquier descripción del estado de ánimo (por no hablar de su maestría para hacernos estar en el sitio donde ocurren las cosas, sea en la campiña inglesa, en Londres, en Venecia o, sobre todo, en Roma); con lo macizo que es para todo, sorprende que no dedique páginas a describir ese sentimiento, aunque no tanto si tenemos en cuenta la técnica elusiva de retratar a partir de los otros, de verla sufrir porque vemos a otro hacerle daño, de verla sonreír porque vemos a otro siendo afectuoso. En Isabel vemos reflejos, consecuencias, más que procesos. Su evolución es el resultado de lo que vemos hacer a los demás. La conocemos por deducción, por lo que la quiere su resolutiva amiga Henrietta, otro tipo rampante americano, o su hijastra Pansy, una niña que siempre nos da la sensación de que tiene un poco de retraso mental, de tan exagerado buen conformar que tiene, de tan enfermizamente buena que es («yo obedezco muy bien», decía de niña, pero sigue siéndolo —y haciéndolo— a los veinte años, martirizada por su desalmado padre). Pero no conocemos a Isabel, salvo en el dramático y emocionante final, por sus hechos, por sus iniciativas. Más bien nos desespera lo que no hace, cómo es posible que mantenga la dignidad cuando debería salir pitando de la sombra fría de su marido, o por lo menos clavarle una mirada.
A todo esto, uno vive sumergido en una historia tan densa como ligera, lo uno porque no deja sentimiento que diseccionar y lo segundo por absorbente, no en absoluto por ligera. Es, como decía, maciza, generada desde dentro, a partir de los personajes, no de una trama previa, de un itinerario previsto, cosa que James detestaba («‘la trama’, nombre nefario», dice en el prólogo), pero sí tejida con hilos muy tupidos, es decir con una trama orgánica, que se va haciendo a sí misma, algo que se nota mucho en las novelas de la época (en España es lo que distingue, sobre todo, al vivísimo Galdós del mortecino Clarín), por más que James incluya sorpresas, revelaciones, anagnórisis, recursos que nacieron como una forma de sostener tramas y alborotar finales. Da igual: por mucho que también el final sea redondo, no pasaría nada porque un fenómeno de tan buena salud narrativa hubiera seguido creciendo. Leer ahora a Banville, aparte de apasionante, viene a ser una forma de consuelo. 

Henry James, El retrato de una dama, trad. María Luisa Balseiro, Alianza, 2023 (=1984), 794 p.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.