Casi al final de El hombre invisible, el viejo Marvel, que logró huir de las garras transparentes de Griffin y se llevó consigo sus secretos científicos, dice que, si lograra entenderlos, «no haría lo que él hizo; haría… ¿quién sabe?». Se lo plantea Marvel y se lo plantea el lector, porque lo verdaderamente inverosímil de esta novela no es que alguien se convierta en invisible, que a fin de cuentas es una fantasía que todo el mundo ha tenido —o ha sentido—, sino lo que hace Griffin para ocultarse, es decir, para que no se note que es invisible… En vez de ponerse un hábito de capuchino para protegerse del frío, unos guantes, unas sandalias con calcetines y un sencillo pasamontañas, se viste poco menos que de dandy, la cabeza vendada, patillas postizas, gafas oscuras, nariz de cartón y un sombrero con un ala imposible que le tapa casi todo el rostro. Así que no es de extrañar que, ya desde el moroso principio, la gente desconfíe de él: «Con esos ojos ocultos detrás de las gafas, esa cabeza vendada y el no ir nunca a misa los domingos…».
Podría parecer un humor a lo Quincey, pero me temo que el humor en Wells es involuntario, y no hay asomo de comicidad en las variadas escenas de tropezones con paragüeros, hachas volantes, persecuciones de la nada, ni siquiera de una sombra, siempre por jardines cerrados, caminos y carreteras, con lo ancho que es el campo, y una divertida turba de paisanos que corretean armados de cachiporras como los personajes de los tebeos. Como dice Griffin, «la invisibilidad, en resumen, solo sirve en dos casos. Es útil para escapar, es útil para matar». Y él demuestra ser bastante torpe para ambas cosas.
Las buenas ideas narrativas suelen ser como la carta robada de Poe, algo tan evidente que nadie ha caído en que podía utilizarse como tema para una novela. Este caso ya lo había tratado Platón en la República cuando nos cuenta el mito de Giges, quien encontró a un cadáver desnudo con un anillo, se lo puso y se volvió invisible, lo que inmediatamente usó para usurpar lo que no era suyo. Borges anota que en el relato de Platón falta «ese sentimiento de angustia», así como en la historia hindú de un tal Nagarjuna, descubierto, igual que el personaje de Wells, por las huellas que deja en la nieve. Wells no va más allá que Platón en la explicación del mito, que solo somos justos por miedo a que nos castiguen, y que si nadie supiera lo que hacemos dejaríamos que el más depravado egoísmo se apoderase de nosotros. La idea del hombre invisible era muy buena por su ya probada sustancia mítica, y no estaba en ningún libro escondido como para que nadie antes se hubiera puesto a fabular con ella. Otras tradiciones lucianescas como la de El diablo cojuelo venían a tratar asuntos parecidos. Lo que Wells aportó, o añadió, es la idea romántica de la metamorfosis científica, del aparato, de la pócima que al transformar al hombre lo convierte en monstruo, empezando, cómo no, por Mary Shelley y su Frankenstein y acabando por Stevenson y su Mr. Hyde, publicado solo una década antes que El hombre invisible.
Las fronteras entre la originalidad y el oportunismo no siempre son visibles, pero Wells manejaba un rico material cuya sola mención, y una idea aproximada de la historia, ya daba para toda clase de interpretaciones existenciales, empezando por la de la invisibilidad social, la tragedia del hombre contemporáneo, etc., o bien, volviendo a Platón, los peligros de la impunidad, la negación absoluta de Rousseau y todas las connotaciones terencianas y angloprotestantes que acarrea: homo homini lupus.
Ahora bien, una buena idea no tiene por qué ser una buena historia. La idea es la invisibilidad, pero la historia es la tragedia de Griffin y cómo Kemp y los vecinos del pueblo logran atrapar al monstruo. Aquí la historia tiene dos elementos que la complican y la hacen más interesante: el hombre invisible solo puede serlo cuando va desnudo (y limpio), y lo que come, bebe o fuma puede verse hasta que su cuerpo lo asimila. De aquí salen escenas brillantes como la del puro cuyo humo sube y baja en forma de cilindros de diferentes tamaños, grosores y orientaciones, aunque las relativas al alimento quedan tras un discreto y pudoroso velo. Tiene su gracia verlo buscar calzoncillos de lana por unos grandes almacenes, o cómo trata de evitar los inevitables estornudos que lo delatarían, algo no muy sencillo cuando se va desnudo por Londres en pleno invierno. Sin embargo, y tras un principio bastante repetitivo, deliberadamente costumbrista, la historia se vuelca en las calamidades del pobre hombre y en un flash-back metido con calzador, desde el momento en que por casualidad se encuentra con Kemp, compañero de la facultad, y le cuenta de forma menos clara que prolija sus investigaciones para «rebasar el índice de refracción de una sustancia sólida, o líquida, hasta lograr alcanzar el del aire en lo que a fines prácticos se refiere». A partir de ahí, todos son carreras, gritos y cristales rotos, una lenta vertiginosidad que aburre un poco por la misma razón que me aburren las películas de acción, porque suelen ser una acumulación de tópicos para un final previsible, como es el caso. Algunos de esos tópicos, todo hay que decirlo, como el de las seis únicas balas del revolver suspendido en el aire con el que quiere matar a Kemp, también dieron luego mucho de sí.
La historia, pues, resulta demasiado previsible, demasiado gobernada por la moraleja, y ya decía Kipling (y repite mucho también Borges) que el escritor es dueño de la historia, pero no de la moraleja, porque ese ya es asunto del lector. Nos quedamos con las ganas de que el hombre invisible hubiera sentido que tampoco había mucha diferencia entre ser o no ser visible en una ciudad como Londres, y que las ventajas serían de índole práctica, por ejemplo no trabajar. Eso sí que habría sido heroico.
Pero Wells eligió esa historia, y con ella debía construir un relato. No toda novela parte de una buena historia (ni siquiera de una buena idea, ya quisieran); algunas incluso prescinden de cuanto se pueda resumir, o acumulan historias, o no desarrollan un punto de partida sino que se dejan llevar por el azar que se van encontrando. Don Quijote es una excelente idea y una gran novela; sin embargo, ¿es una buena historia? En todo caso, son unas cuantas buenas historias, no una. En el caso de Wells, esta novela era una gran idea (no suya) y una historia mejorable, demasiado complaciente con los gustos populares. Él mismo decía que un relato fantástico debía tener un único elemento sobrenatural o inverosímil, y el resto ser rigurosamente realista. Ese tratamiento, ese relato, Wells lo sigue al pie de la letra, hasta el punto de que lo más entretenido de la novela, para mi gusto, son los cuartos, las tabernas, los tipos populares, los paisajes de Sussex, ese ambiente de un XIX tardío, pero todavía libre de inmundos artefactos, con guisotes tradicionales y viejos que fuman en pipa. Pero eso no tiene nada que ver con el hombre invisible; es un decorado, el ámbito del relato, que otra vez se diluye con las carreras y los gritos y las cachiporras, es decir, con las necesidades de la historia.
No soy lo que se dice un devorador de novela fantástica, qué le vamos a hacer, y seguramente por eso El hombre invisible, lejos de parecerme una profunda reflexión sobre la existencia humana, me parece una historieta que ilustra uno de los grandes misterios de la literatura: cómo es posible que relatos ciertamente mejorables se conviertan en grandes clásicos universales. Yo creo que es por la buena idea y por el resumen de la historia, no por el relato. La extrema calidad nunca ha sido una condición imprescindible para alcanzar la gloria.
Podría parecer un humor a lo Quincey, pero me temo que el humor en Wells es involuntario, y no hay asomo de comicidad en las variadas escenas de tropezones con paragüeros, hachas volantes, persecuciones de la nada, ni siquiera de una sombra, siempre por jardines cerrados, caminos y carreteras, con lo ancho que es el campo, y una divertida turba de paisanos que corretean armados de cachiporras como los personajes de los tebeos. Como dice Griffin, «la invisibilidad, en resumen, solo sirve en dos casos. Es útil para escapar, es útil para matar». Y él demuestra ser bastante torpe para ambas cosas.
Las buenas ideas narrativas suelen ser como la carta robada de Poe, algo tan evidente que nadie ha caído en que podía utilizarse como tema para una novela. Este caso ya lo había tratado Platón en la República cuando nos cuenta el mito de Giges, quien encontró a un cadáver desnudo con un anillo, se lo puso y se volvió invisible, lo que inmediatamente usó para usurpar lo que no era suyo. Borges anota que en el relato de Platón falta «ese sentimiento de angustia», así como en la historia hindú de un tal Nagarjuna, descubierto, igual que el personaje de Wells, por las huellas que deja en la nieve. Wells no va más allá que Platón en la explicación del mito, que solo somos justos por miedo a que nos castiguen, y que si nadie supiera lo que hacemos dejaríamos que el más depravado egoísmo se apoderase de nosotros. La idea del hombre invisible era muy buena por su ya probada sustancia mítica, y no estaba en ningún libro escondido como para que nadie antes se hubiera puesto a fabular con ella. Otras tradiciones lucianescas como la de El diablo cojuelo venían a tratar asuntos parecidos. Lo que Wells aportó, o añadió, es la idea romántica de la metamorfosis científica, del aparato, de la pócima que al transformar al hombre lo convierte en monstruo, empezando, cómo no, por Mary Shelley y su Frankenstein y acabando por Stevenson y su Mr. Hyde, publicado solo una década antes que El hombre invisible.
Las fronteras entre la originalidad y el oportunismo no siempre son visibles, pero Wells manejaba un rico material cuya sola mención, y una idea aproximada de la historia, ya daba para toda clase de interpretaciones existenciales, empezando por la de la invisibilidad social, la tragedia del hombre contemporáneo, etc., o bien, volviendo a Platón, los peligros de la impunidad, la negación absoluta de Rousseau y todas las connotaciones terencianas y angloprotestantes que acarrea: homo homini lupus.
Ahora bien, una buena idea no tiene por qué ser una buena historia. La idea es la invisibilidad, pero la historia es la tragedia de Griffin y cómo Kemp y los vecinos del pueblo logran atrapar al monstruo. Aquí la historia tiene dos elementos que la complican y la hacen más interesante: el hombre invisible solo puede serlo cuando va desnudo (y limpio), y lo que come, bebe o fuma puede verse hasta que su cuerpo lo asimila. De aquí salen escenas brillantes como la del puro cuyo humo sube y baja en forma de cilindros de diferentes tamaños, grosores y orientaciones, aunque las relativas al alimento quedan tras un discreto y pudoroso velo. Tiene su gracia verlo buscar calzoncillos de lana por unos grandes almacenes, o cómo trata de evitar los inevitables estornudos que lo delatarían, algo no muy sencillo cuando se va desnudo por Londres en pleno invierno. Sin embargo, y tras un principio bastante repetitivo, deliberadamente costumbrista, la historia se vuelca en las calamidades del pobre hombre y en un flash-back metido con calzador, desde el momento en que por casualidad se encuentra con Kemp, compañero de la facultad, y le cuenta de forma menos clara que prolija sus investigaciones para «rebasar el índice de refracción de una sustancia sólida, o líquida, hasta lograr alcanzar el del aire en lo que a fines prácticos se refiere». A partir de ahí, todos son carreras, gritos y cristales rotos, una lenta vertiginosidad que aburre un poco por la misma razón que me aburren las películas de acción, porque suelen ser una acumulación de tópicos para un final previsible, como es el caso. Algunos de esos tópicos, todo hay que decirlo, como el de las seis únicas balas del revolver suspendido en el aire con el que quiere matar a Kemp, también dieron luego mucho de sí.
La historia, pues, resulta demasiado previsible, demasiado gobernada por la moraleja, y ya decía Kipling (y repite mucho también Borges) que el escritor es dueño de la historia, pero no de la moraleja, porque ese ya es asunto del lector. Nos quedamos con las ganas de que el hombre invisible hubiera sentido que tampoco había mucha diferencia entre ser o no ser visible en una ciudad como Londres, y que las ventajas serían de índole práctica, por ejemplo no trabajar. Eso sí que habría sido heroico.
Pero Wells eligió esa historia, y con ella debía construir un relato. No toda novela parte de una buena historia (ni siquiera de una buena idea, ya quisieran); algunas incluso prescinden de cuanto se pueda resumir, o acumulan historias, o no desarrollan un punto de partida sino que se dejan llevar por el azar que se van encontrando. Don Quijote es una excelente idea y una gran novela; sin embargo, ¿es una buena historia? En todo caso, son unas cuantas buenas historias, no una. En el caso de Wells, esta novela era una gran idea (no suya) y una historia mejorable, demasiado complaciente con los gustos populares. Él mismo decía que un relato fantástico debía tener un único elemento sobrenatural o inverosímil, y el resto ser rigurosamente realista. Ese tratamiento, ese relato, Wells lo sigue al pie de la letra, hasta el punto de que lo más entretenido de la novela, para mi gusto, son los cuartos, las tabernas, los tipos populares, los paisajes de Sussex, ese ambiente de un XIX tardío, pero todavía libre de inmundos artefactos, con guisotes tradicionales y viejos que fuman en pipa. Pero eso no tiene nada que ver con el hombre invisible; es un decorado, el ámbito del relato, que otra vez se diluye con las carreras y los gritos y las cachiporras, es decir, con las necesidades de la historia.
No soy lo que se dice un devorador de novela fantástica, qué le vamos a hacer, y seguramente por eso El hombre invisible, lejos de parecerme una profunda reflexión sobre la existencia humana, me parece una historieta que ilustra uno de los grandes misterios de la literatura: cómo es posible que relatos ciertamente mejorables se conviertan en grandes clásicos universales. Yo creo que es por la buena idea y por el resumen de la historia, no por el relato. La extrema calidad nunca ha sido una condición imprescindible para alcanzar la gloria.
H. G. Wells, El hombre invisible, trad. Julio Gómez de la Serna, Penguin, 2022, 219 p.