1.7.07

UNA FLOR DE HIERRO, 1

Capítulo primero
La casa de cristal

El marquesito se llamaba Leopoldo, don Leopoldo, el marqués de Valdeavellano, el marquesito. Acababa de cumplir los treinta y hacía muchos años que nadie le apeaba el don, y lo de marquesito no era porque fuese joven sino por ser el hijo único de la marquesa de Valdeavellano, y además soltero, en situación de prolongar la infancia y fundirla en una ociosa imagen de rentista, de niño perdis con espolones. La gente siempre se había deshecho en lenguas con el marquesito, pero también cundía en torno a él una cierta simpatía servicial, una especie de agradecimiento patrio por el hecho de que el marquesito jamás, salvo cuando se fue a estudiar, se hubiera marchado de la provincia. No era lo normal. Los jóvenes modernistas como él eran aves de pluma voladora. Todo les venía pequeño y se instalaban en algún palacete de Valencia, o de Barcelona, y muy de vez en cuando, poco menos que para recoger los diezmos, nada más, volvían a la ciudad y pasaban unos días muy aparatosos, llenos de reverencias y actos públicos, para volverse a marchar con los primeros fríos y dejar la casa como un mausoleo abandonado. En el mismo Teruel había varias casas así, terratenientes que no se dignaban siquiera compartir el aire del que vivían. Esto la gente lo llevaba mal. De fuera vendrán..., comentaban a la mínima.
Así que el caso de los marqueses de Valdeavellano, de la marquesa sobre todo, que necesitaba para ella sola y para su servidumbre casi todo el palacio de la calle de San Miguel, era muy apreciado entre la ciudadanía. La marquesa no era ruin, sorprendentemente, pero aunque lo hubiera sido siempre habría estado a su favor el hecho de vivir en la ciudad. Siempre la habrían perdonado por ser como de casa, tan campechana ella paseando por la carretera de Cuenca con sus criadas. Y algo parecido sucedía con el cabraloca del marquesito.
La marquesa, doña Dolores, se lo dejó bastante claro cuando Leopoldo terminó sus estudios de abogado. “Muy bien”, le dijo, “ya te han regalado el título y, como no creo que lleves intención de trabajar jamás –y menos mal, por otra parte–, lo único que te pido, hijo mío, es que vivas con discreción”. El marquesito dijo que sí. “Sí, mamá, no te preocupes por eso; tú a mí hazme el favor de no preocuparte por mí, y yo no te daré ningún escándalo, te lo prometo”.
El marquesito casi cumple su promesa. El marquesito era un hombre de palabra, pero la vida se interpone. Como él mismo solía repetir en momentos de especial decadentismo, la vida es una breve primavera. Debió añadir, al decirlo, que nunca sabes cuándo estallarán los truenos, cuando vendrá la tormenta; cuando, sin esperarlo, sin darnos tiempo a cobijarnos, nos anegará la lluvia.
Pero en aquel momento, en 1906, nadie lo habría dicho. Como esos mozos juerguistas que de la noche a la mañana se recogen y sientan la cabeza, y en pocas semanas su imagen, sus movimientos incluso, ya no son los de un gaire bebedor sino los de un padre de familia, así el marquesito, en cuestión de días, adoptó el aire grave de un señor: se encargaba trajes negros, usaba bastón, capa española y bombín de paño, y cualquiera hubiese dicho que era esa la imagen que cultivaría durante los siguientes cuarenta años, hasta que fuera rematadamente viejo.
En la cabeza del marquesito estaba el alternar la imagen que deseaba su madre con algunas escapadas en las que hartarse de vino y rosas. Y así lo hizo, los primeros años. El señor severo que daba prestigio en los entierros se convertía en un pimpollo con las puntas del bigote retorcido que se pintaba los ojos y se perdía en francachelas de poetas. Su imagen pálida, su semblante adusto, esa forma digna de ir al lado de su madre, sujetándola del bracete, esa manera tan seria de intervenir en las conversaciones, todos esos achaques de solterón eran perfectos para las reuniones vespertinas de la marquesa y para el complejo entramado de actos piadosos con que la señora rellenaba su vejez. La marquesa era madrina de casi todas las cofradías de Semana Santa, ella en persona se encargaba de diseñar los mantos de flores de la Virgen. Bueno, ella no. El que lo hacía era el marquesito, pero su faceta de florista era una de las que su madre le había pedido que no sacase a pasear. A cambio, una vez al año, el marquesito podía asomarse al balcón de los Ferranes, solícitos amigos suyos, y ver una procesión de Viernes Santo que en realidad era un desfile con sus diseños florales, como aquel que asiste a una pasarela de moda de esas que un par de veces al año el marquesito veía en París.
Lo de las flores era un secreto. A tres o cuatro leguas de la capital, según se remonta el Guadalaviar, en una de aquellas vegas que bajan del páramo hasta el río, Leopoldo cuidaba sus flores en una masía fluvial que él había convertido en invernadero. En los últimos tiempos, entre que su madre andaba un poco renqueante y que su pasión botánica lo absorbía, Leopoldo apenas iba perezosamente a Zaragoza, pero las grandes juergas valencianas iban distanciándose en el tiempo. Ahora ya se estaban pasando los fríos y en el invernadero había que trabajar a destajo. El marquesito empleaba a estudiantes pobres de los Hermanos de la Salle, venidos de los pueblos, a los que durante casi todo el invierno metía en la biblioteca para que estudiasen junto a la estufa.
Todos lo llamaron siempre el invernadero, empezando por la marquesa, a la que le horrorizaba una casa que en verano pudiera estar infestada de bichos del campo y que en invierno sólo fuese frecuentada por labradores. Era una de esas casas con forma de gallina clueca que pueblan las masadas de los pueblos, pero estaba cubierta de octubre a mayo por una cristalera que daba la vuelta a las cuatro fachadas. Durante los meses de invierno sólo se veía desde el camino que bordea el río una cristalera de reflejos plateados entre la maraña de las ramas de los sauces, que cuando echaban hoja la emboscaban y ya no se veía nada.
Al principio Leopoldo sólo iba para recoger las flores. En la parte más baja de la finca, al nivel del río, había sustituido las antiguas plantaciones de pipirigallo por hileras de dalias y de crisantemos, y los huertos que bañan en terrazas las acequias se poblaron de clavelinas. Hubo una época en Teruel, a principios del siglo XX, en que a todos los muertos se les echaba en la fosa un ramo de flores de Leopoldo, cuya oscura silueta figuró en la cabecera de la mayoría de los entierros.
La jardinería no era solo un pasatiempo. Poco a poco, casi sin darse cuenta, un libro ahora, unas zapatillas de paño después, Leopoldo fue trasladando al invernadero las habitaciones que ocupaba en el palacio. Una tarde, como tenía por costumbre, mientras tomaban el té desde los balconcitos que daban a la plaza de la Bombardera, Leopoldo anunció a su madre que se iba de viaje. La madre nunca ponía el menor inconveniente. “Sí, hijo, sí”, le decía, “sal y desfógate un poco, y no te olvides de traerme unas botellas de agua de Vichy”. Esa vez, sin embargo, en vez de alojarse en el pisito del paseo de Colón, o en su apartamento del Park Güell, Leopoldo se marchó al invernadero y allí pasó, protegido por la enorme cristalera que brillaba entre las ramas de los sauces, un par de semanas en las que gozó de la felicidad morbosa del silencio y del cuidado constante de las flores. Ayudaba a sus ayudantes en sus deberes, un chico de Alfambra, Luisín, y otro de Fuentescalientes, Isidoro, pasaba revista minuciosa de las flores o se sentaba en el sillón de orejas frente al fuego bajo, a leer un tratado de Celestino Mutis.
Y pensaba. La situación le hacía gracia. “Me parezco al emperador Tiberio cuando se retiró a las espeluncas de Capri”, bromeaba junto al rododendro, pero lo más gracioso era que aquellos dos muchachos, a su edad y con sus circunstancias, habrían estado al servicio de cualquier otra familia pudiente, y desde luego no los habrían empleado en ponerlos a estudiar. Y sin embargo, como tantas otras cosas, había que ayudarlos en secreto. ¡Un solterón con dos muchachos, y allí en el huerto! El escándalo que se imaginaba le hacía reír de emoción a Leopoldo, pero la promesa de no afligir a su madre y un cierto olfato para la prudencia que había heredado de su padre lo convencieron de llevar siempre consigo a un criado de la casa, alguien de la absoluta confianza de su señora madre, el más viejo y leal de los criados, Fermín, un anciano fibroso que escardaba los gladiolos con la mano.
Estas medidas de protección ante el escándalo sólo lo abandonaban en la más absoluta soledad, lo que sintió aquella tarde que los muchachos ya se habían ido a sus pueblos y Fermín estaba en un entierro humilde, representando a la familia, y él se marchó al invernadero y las horas iban más despacio y más deprisa, lo primero porque pudo disfrutar todo el tiempo de sí mismo y su silencio y lo segundo porque al terminar aquellas dos semanas se sintió mucho más joven, menos cínico, con más ganas de vivir.
Nada más volver a casa, como si viniera del extranjero, entró frotándose las manos al gabinete de su madre, dispuesto a contarle bellas mentiras y a proponerle proyectos interesantes.
–Se me ha ocurrido que no estamos dejando en la ciudad, aparte de este palacio, ninguna huella arquitectónica, mamá.
–¿Ah, sí? Pero querido, ¿y quién te piensas que pagó el panteón?
–No seas tan estricta, mamá. Yo pensaba en algo un poco más visible.
–Una estatua de tu padre, ni lo sueñes.
–¿No? ¿Y por qué no? Una estatua tipo Castelar. O bien tipo Flaubert. ¿No te parecería mejor así? Papá fue un prohombre de la ciudad. A los prohombres se les hacen estatuas de bronce con barriga y bigotes largos. Papá gastaba bigotes de moco, mamá.
La madre fingía enfados de madre, y el hijo se sentaba en el brazo de su sillón, mientras probaba las tortas finas.
–No te rías de tu padre. ¿De dónde has sacado esas tonterías?
–No te enfades, mamá. Yo estaba pensando en algo mejor. ¿Qué te parece un asilo para ancianitos desamparados?
–Carísimo.
–¿Y no te haría ilusión, mamá?
–Llama a Josefina y dile que me caliente la tetera, que está helada. No sé yo dónde querrás ir a parar, hijo mío.
Leopoldo tiró de la campanilla.
–¿Y una iglesia?
–¿Otra?
–Mamá, si te refieres al mausoleo, nadie se va a acordar jamás del dinero que pusiste.
–¿Y se puede saber por qué una iglesia? ¿No te parecen pocas, que nos pasamos la vida en ellas?
–Esto va a ser la fe, mamá. Esto va a ser que me he caído del caballo.
–Yo no sé si tú te habrás caído del caballo, Leopoldo, pero yo, del guindo, hace mucho ya que me he caído. Así que tú verás lo que haces, pero las facturas las voy a seguir firmando yo.
–¡En qué concepto me tiene, señora marquesa!
–No me vengas con pamplinas. Si no sujeto a tu padre, nos deja en la puta calle. Así que como para ponerle estatuas.
Leopoldo dio por cumplimentado el protocolo y se puso manos a la obra. Hacía tiempo que pensaba en un arquitecto catalán que vivió durante algunos años en Teruel pero tuvo que volverse a Cataluña y ahora trabajaba, según sus últimas noticias, para el ayuntamiento de Tortosa. Este arquitecto, Pau Monguió, había traído un aire nuevo a la ciudad. Sólo había estado tres años en Teruel, entre 1899 y 1902, pero en ese tiempo participó en la reconstrucción del convento de los Franciscanos y construyó el panteón del Capítulo Eclesiástico, aparte del nuevo Depósito de Cadáveres, todo ello en un estilo muy moderno.
Leopoldo lo conoció en la Sociedad Económica Turolense de Amigos del País, donde pronto Monguió había sido nombrado presidente de la Sección de Instrucción y Bellas Artes. Leopoldo pensaba en él como el artista al que se podía dejar suelto para que desarrollase lo que no había tenido la oportunidad de crear en un mundo tan saturado de genios como el de Barcelona. Pensaba en él para el invernadero, para levantar una hermosa villa floral, una villa como la de Adriano, mejor que Tiberio. La llamaría, eso lo supo desde el principio, La Villa de Pomona.
Pero Leopoldo era todavía un estudiante que escribía versos en los libros de derecho mercantil. Entonces era sólo una ilusión modernista, y su padre, que aún vivía, nunca quiso saber nada de arte. Pero ahora era él. Y él quería decorar el invernadero. Había que averiguar qué había sido de Monguió, que salió a escape de la ciudad, víctima de un turbio asunto que Leopoldo no vivió y que ahora no le importaba en absoluto. Puesto que no había sido posible una revolución moral, por lo menos iba a darse el gusto de una revolución estética, aunque tuviera que vestirse de negro para siempre.

29.6.07

MATERIALES MODERNISTAS, 11


El domingo, pues, empezará la redacción de Una flor de hierro. Me tranquiliza el convencimiento de que, en las dos ocasiones anteriores, el día antes de empezar estaba en las mismas que ahora, y la cosa salió adelante. Otra cosa es el subtítulo, tan importante, que hasta ahora fue, en el periódico, Folletín romántico por entregas, y que ahora debería llamarse Folletín modernista por entregas, si no sonase tan mal. No. Seguirá siendo romántico porque en las tres novelas cierto tipo de romanticismo es el vínculo de unión. En principio lo pensé como una tetralogía, cada una con una estación del año, lo que quiere decir que al año que viene debería ser una novela otoñal, con este calor.
Lo único seguro es que este año va a ser primaveral y modernista, y todo, los personajes, los paisajes y las peripecias, ojalá el cuento entero, pueda ser, con toda la ironía que se quiera, calificado de primaveral y modernista. Me excita la idea de tratar con un material que a la mínima degenera en cursi. Sí quisiera ensayar un lenguaje modernista, pero ahí quizá cobre sentido lo que he ido pensando a través de los Materiales modernistas: quisiera que, estéticamente, fuera una síntesis de Sorolla y Zuloaga, una mezcla de Solana y Rusiñol.
Todo eso, además, para que lo lean los jubilados de mi barrio durante el mes de agosto, y lo entiendan todo y les haga cierta gracia. Ellos son mis jueces, mis lectores espirituales. Nadie me apeará de la idea de que si alguna vez escribo una pieza verdaderamente buena será porque ellos también la entienden y la saborean.
Pomona me guía. Será una novela llena de frutas y hortalizas. Pero será una Pomona en ciernes, una Pomona reventona. Las casas estarán llenas de flores, y cuando hable un personaje detrás de él habrá un búcaro azul. Hay algo de desmelenado, de desvergonzado en el cascabeleo modernista que me sigue cautivando. Otra cosa es cuando ese cascabeleo se ha constituido en un fin en sí mismo, y no como la parte musical de la decoración. Por ejemplo, hay un capítulo, todavía no sé cuál, en el que se celebra una velada wagneriana en la sede de la Liga Tradicionalista de Teruel, y tan solo, en principio, por escribir wagnerianamente ya tendría sentido. Otra cosa es que ese sea el único sentido, y entonces practicamos el umbralismo, no la novela. Por cierto, útil el libro sobre el wagnerianismo de Valle que escribió cuando aún le funcionaba el motor de la luz, tampoco hace tantos años.
En fin, wagas ideas. Antes tengo que escribir, mañana, aunque lo colgaré como aperitivo del folletín, un encargo de lo más estimulante: una melopea. (Oye, ¿y qué tal Melopea modernista?). En fin, termino esta dubitativa entrada preguntándome si Materiales modernistas no sería el título más cabal.
La imagen es la del ex−libris del marqués de Loscos, dibujo de Juan Carlos Navarro sobre mi propia firma.

26.6.07

SARAO

Continúan los festejos y la buena voluntad de los colegas. El próximo jueves, día 28, a las 8 de la tarde, nos juntaremos en la Librería Aviraneta (calle San Bernardo, junto al metro Quevedo) para charlar un poco de Fabricación Británica y, sobre todo, tomarnos unas copas en el bar de al lado. Será mi último día de vacaciones, porque el 29 dormitaré y el sábado 30, a las 8 de la mañana, empieza la redacción de Una flor de hierro, título provisional del folletín de este verano. Juan Carlos Navarro ya está sacando punta al lapicero y en breve tendrá lista la nueva cabecera del nuevo blog para el nuevo folletín. De hecho, no sé si aproveche la reunión de Aviraneta para sondear a los colegas sobre el nuevo título. No me acaba de gustar Una flor de hierro, pero los otros títulos provisionales sólo indican que debo esperar a que surja uno mejor. Entre los engendros que pasaron por mi mente, quizá los más extravagantes sean Ausencia de amor, El escándalo del picaporte o Primavera modernista. Con esta falta de inspiración, cualquiera sabe lo que saldrá el sábado de estos dedos que se ha de comer la tierra.
Pero la cosa, ahora, es celebrar aquí en Madrid FB, antes de que las corrientes subterráneas del olvido envíen algún ejemplar al último rincón de la gloria, la calle Carlos Arniches, donde el domingo vi con estupor y temblores en las rodillas una edición completa de Galdós en Aguilar y la Antología de poetas líricos castellanos de don Marcelino en edición cruelmente asequible.
A los que podáis ir os seguiré agradeciendo lo bien que os estáis portando conmigo, y a los que no también. No se puede hacer más por una novelilla recién parida, pero, claro, todo tiene sus pegas: ahora es ella la que debería defenderse sola, y sin excusas ni victimismos. En el último sarao, el de Teruel, la irrealidad de las circunstancias me llevó a una bochornosa pérdida de modestia de la que no me arrepiento: dije allí que FB era una novelucha, “pero una buena novelucha”. La gente sonreía.
Cuelgo también la
entrevista que sacó Diario de Teruel, y en la que dije unas cuantas tonterías que me enseñaron algo fundamental: cualquier cosa que digas podrá ser usada en tu contra. Afortunadamente, no ha sido así, y lo que a mí me parecen ahora patochadas de madrileño ha resultado ser una muestra de “orgullo y modestia a partes iguales”, en palabras de Antonio Losantos, a quien también incluyo en la tabula gratulatoria.




PAPELES PARA UNA IDEA, 1

Todas las bernardinas que respondan a este pomposo título serán también publicadas en el blog del Círculo Solana.

Los fundadores del Círculo Solana vuelven a pensar en el realismo, en un cierto tipo de realismo que no sólo no requiere adjetivos sino que requiere no tenerlos. La miopía retrospectiva de nuestros escritores les autoriza a jactarse de no ser realistas, aunque algunos lo son demagógicamente y también se jactan de ello. Siempre se burlan del realismo social y del realismo costumbrista y del realismo galdosiano y siempre añaden un adjetivo al realismo, como una banderilla más, ignorante y umbraliana, en una cuestión que no es de gusto sino de profesión. Galdós no es nuestro más grande novelista porque escribiera novela realista, sino porque técnicamente no tiene rival. La intuición que se necesita para describir el mundo y no aburrir, para gobernar ese carruaje con docenas de caballos cada uno de los cuales querría tirar por un camino distinto, esa intuición es una colosal muestra de oficio cuya técnica se puede aplicar a cualquier género, incluido el realista.
Pero el realismo de Galdós consiste en describir el mundo para que se sepa cómo es, y también para rescatarlo, para consagrarlo en palabras. Lo que intentó (y consiguió) Galdós con Madrid se ha intentado muy pocas veces después por la sencilla razón de que es muy difícil, y que sólo con una magistral combinación de todas las técnicas posibles se puede conseguir la gran obra de arte. Lo demás es un realismo parcial, mediatizado muchas veces por su modernidad.
Una parte de ese realismo es la capacidad para nombrar las cosas y darles vida, que es lo que aquí alabamos de Solana. La realidad es muy compleja y acometerla una empresa que requiere demasiada destreza, en tiempos de Solana y ahora. Nuestra literatura contemporánea no es muy capaz de separar por completo al escritor del narrador, ni de practicar esa lírica de inventario que practicaba Defoe hasta conmovernos con listas de objetos. Defoe no creaba metáforas, pero sabía describir las metáforas generadas por la realidad.
Nadie va buscando realismos ideológicos sino la capacidad de comprender la realidad como Antonio López comprendió al conejo desollado que pintó en un plato. Ese conejo es la realidad piadosa y la realidad carnívora, nuestra doble, contraria mirada sobre el mundo. Y esa piedad y esa crudeza, esa ternura y ese cinismo, es lo que hace que las descripciones de Solana trasciendan al ámbito de la gran literatura.
Como decía Gabriel Miró, aquí el único problema es el de quien no sabe hacerlo. Hablamos del realismo y hablamos de la literatura como forma de mirar, del verbo al servicio de la cosa. Realismo es todo aquello que ayuda a describir un mundo, real o imaginario, da lo mismo. El realismo juega con las estructuras de la realidad, con la forma natural de recordar o desear. La verbosidad y la egolatría son malas amigas de esta clase de literatura. Pero, bien administradas, pueden resultar útiles. Todo dependerá de la distancia exacta a la que se mantenga el autor, del punto desde el que el pintor contemple su obra.

23.6.07

MATERIALES MODERNISTAS, 10

Llevo unos días estudiándome el libro de Antonio Pérez y Jesús Martínez sobre el modernismo en la ciudad de Teruel. Más que leerlo, lo aspiro. Los datos de atrezzo son todos tan importantes que si los anoto corro el riesgo de copiar el libro entero, de modo que me limito a incorporarlos a la hormigonera que ya está dando vueltas en mi cabeza. A veces los datos son tan llamativos que no sólo se incorporan al papel pintado del gabinete sino incluso a la conversación importante. Así, por ejemplo, he descubierto un edificio que desapareció con la guerra, el Colegio de las Teresianas Franciscanas, que estaba en la plaza de San Juan, y que, según la minuciosa descripción de Antonio Pérez, ya apuntaba a la modernidad. Ya la proporción era más esbelta y la fachada se engallaba en su estrechez. Ya se jugaba con motivos tradicionales y las líneas no eran sólo una casualidad producto de las medidas. Las ventanas ya eran símbolos, los dinteles y las arquerías retomaban la memoria como elemento decorativo, y dibujaban las flores de alrededor.
Curiosamente, todo se debió a un obispo, un cura con sensibilidad, el prelado Juan Comes y Vidal, que a la altura de 1905 ya había sentado las bases del modernismo en la ciudad. Pero también se debió a un detalle cuya formulación tópica nos aparta de su sencillo significado. Antonio Pérez explica con claridad cómo hasta esas fechas la ciudad era un conjunto de pocos palacios de piedra y muchas casuchas de adobe, con las dos torres mudéjares presidiéndolo todo. La llegada de las familias creó una nueva clase media constructiva. Casi todos eran comerciantes que habían hecho dinero y se lo gastaban como ahora los contrabandistas de las Rías Baixas se construyen pazos calcados de los antiguos. Pero ellos, en vez de competir con los aristócratas y sus sillares, apostaron por un modo nuevo de arquitectura civil que en el fondo no era más de lo que había en las casuchas de adobe: ladrillos, yeso, madera y hierro, pero elevado a su máxima expresión floral.
De modo que los tenderos construían casas tan modernas como en Barcelona y los aristócratas financiaban iglesias y colegios que respondiesen al mismo canon de modernidad. Hay, sin embargo, fachadas modernistas en Teruel que no fueron vivienda de ricachones sino casuchas de barrio, y eso sólo significa que el arte nuevo no era una cuestión de dinero sino de gusto. Los ricos se ponían florones de yeso en la entrada, y algún que otro no tan rico trazaba líneas entre las ventanas y alicataba las fachadas con azulejos de colores.
En medio de semejante primavera, las casuchas seguían siendo casuchas. La huelga del carbón en Inglaterra vomitaba cada día cifras que daban miedo. En las grandes ciudades españolas las bombas caían como frutas tempranas, el orden público era un follón permanente y las algaradas eran tan frecuentes como las misas. Esa primavera modernista florecía en un campo de minas. Pero esas flores, andando el tiempo, servirían de sutura para el feudalismo provinciano. Ser marqués era difícil, pero ser moderno era posible.




20.6.07

BONDAD

Los niños son muy útiles. Cuando todo está perdido, cuando el descrédito de un ser humano es absoluto, siempre hay un niño al que socorrer, un cuerpo indefenso que exhibir. Cicerón cuenta que, en un juicio, cuando el acusado tenía las de perder, su mejor recurso era sacar a unos niños pequeños y decir que eran sus hijos, y que los iba a dejar abandonados. Era un arma retórica, como lo han sido para el ejército norteamericano esos niños abandonados en Irak, desnudos, moribundos, atados a un camastro, cubiertos de moscas. Primero fotografiaron las moscas con todo lujo de detalles, y después les compraron ropa y los lavaron y se volvieron a fotografiar con ellos y les dejaron sus cascos mortíferos para que jugasen a la guerra y olvidasen su pasado atroz, mientras un responsable del Departamento de Defensa miraba entusiasmado cómo subía el índice de popularidad del ejército norteamericano. Eso sí, los niños han sido enviados a otro orfanato de Bagdad, a la espera de que sea necesario volver a retratarlos.
El asunto me recuerda al del fotógrafo aquel que retrató a un niño desnutrido junto a un buitre que aguardaba con paciencia su agonía. La imagen era cruda, espantosa, inmoral, y la presión que cayó encima de su autor pudo influir, dicen, en su posterior suicidio. Esto que han hecho los soldados norteamericanos es tan inmoral o más, porque aquel fotógrafo pudo actuar movido por las ansias de gloria o por una profesionalidad hipertrofiada, pero estos soldados −sus jefes, supongo− sólo buscaban confundir, pasar por buenos, maquear los desmanes y las salvajadas que llevan cometiendo en Irak desde que a unos cuantos iluminados se les ocurrió invadirlo.
Ya sé que me pongo un poco meapilas, pero no hay bondad en un acto que sólo busca la rehabilitación moral de quien lo ejecuta, no la dignidad del que sufre la maldad. Por cada niño agónico y abandonado que fotografiaron los soldados, hay cientos que por su culpa se han quedado sin familia, sin país y sin futuro, y en muchos casos sin vida. Pero, como no están cubiertos de moscas, no les sirven para estremecernos.
Vivimos instalados en un fariseísmo repulsivo que institucionaliza la falta de escrúpulos como norma de conducta. La obligación de los soldados era devolver la vida a esas criaturas, pero no exhibirlos ni aprovecharse de ellos, ni mucho menos dejarlos después tirados. En un mundo en el que todos somos pasto de todos, debería ser un crimen de guerra lavarse la cara con las lágrimas de un inocente, diga lo que diga Cicerón.

13.6.07

LAGARTA

Angélica Morales publica un libro de relatos, Piel de lagarta, y con él un espectáculo de fábulas circenses. Nada hay más barroco que un circo, ninguna imagen real tan cerca de los sueños. El circo invita a eso tan sano de que todo, historias y personajes y técnicas y estilos, esté vestido con las lentejuelas de los trapecistas, que vuelan, por encima de nuestras cabezas, a la distancia exacta de la literatura. No llamamos barroco a algo por recargado (el estilo de Angélica Morales puede estar, todo lo más, tan recargado como el de El hombre perdido, de Ramón Gómez de la Serna, una maravilla), sino al rigor de no abandonar el territorio del distanciamiento teatral, circense, fabuloso.
Hay en Piel de lagarta un perfume de sátira clásica que deforma y aísla, que pinta con vivos brochazos, una modernidad que no cede un momento en su fenomenal impulso surrealista: es muy gratificante leer un relato como Ni gota y comprobar cómo se puede sostener por todo lo alto un difícil ritmo de imágenes descoyuntadas, de cabezas parlantes y zapatos desesperados, y envolver al lector en el sentido profundo de aquellos monigotes sin necesidad de darle explicaciones, tan solo con el arte de retratarlos.
La sátira, desde luego, es un género moral que se lleva estupendamente con el surrealismo; de hecho, los grandes satiristas (Petronio, Quevedo, Swift) son los verdaderos padres del surrealismo, y la escritora mantiene su estética sin asomo de decaimiento cuando ataca el purgatorio de los vicios, ese largo relato, Un viaje por tus zapatos, que absorbe el espíritu de todos los demás y al mismo tiempo los ilumina. Un personaje de inocencia kafkiana (un Kafka del revés, finalmente) viaja por un purgatorio de patios grises que es como un catálogo de fracasos, de pecados capitales contra la dignidad, la duda y la desidia, el sueño robado y el remordimiento. Dentro de aquel mundo, siniestro y desmadejado como el hotel de Barton Fink, encontramos un revelador par de zapatos: “Los pies son el vínculo que te une a la tierra (…) A los pies se baja todo lo que has despreciado en la vida. Los sueños se quedan en los pies”.
Es moral, también, su apoteosis de la “insolencia barroca”, el ramonismo amargo (a veces pelín explícito y sermoneante), sobre el tema del ponga un pobre a su mesa que inspira el relato Niño con mosca. La diferencia entre la sátira moral y el surrealismo puro es la que separa, a mi juicio, este cuento de Ni gota, una pieza de primera categoría, un buen primer capítulo de una espléndida novela. En ambos palos, el satírico y moral y el circense y afilado, Angélica Morales se maneja con idéntica destreza, desde el tipo de fábula que haría las delicias de Javier Tomeo (“Ayer encontré en una carta sellada los felpudos reales que pertenecían a mi linaje”), hasta ejercicios de locura que albergan, como un eco de los antepasados, la poesía de Mrs. Caldwell, quién lo diría de alguien que escribe un cuento tan poco equívoco como En memoria de King Kong.
Esa destreza llega también a la sólida construcción de los relatos, cada cual en su tamaño, desde el pequeño poema en prosa de El cielo de mi pensamiento, una de las mejores páginas de todo el libro, a esa media distancia de Ni gota y por supuesto al relato central. La autora es muy escrupulosa con la construcción y por eso dibuja elegantes finales, delicados encajes, a veces brutales, que rematan el poderoso fluir con un giro final que es, también, como esos remates barrocos que disparan los ojos hacia el cielo.
Piel de lagarta es uno de esos títulos afortunados que además sirven de huella, nunca mejor dicho, del estilo de su creadora. Llamo estilo a la voz inevitable, al ingenio en el sentido de que sea el lenguaje quien genere los hallazgos con su fluir irremansable. El título remite a la condición menuda, escurridiza, aparentemente frágil de un bicho que asusta y atrae al mismo tiempo. Esta condición ágil y punzante, cercana y viperina, es lo que hace que por todo el libro discurra siempre la misma inconfundible voz. A veces se mantiene deslumbrante con la piel estática de sus historias, el momento de absoluta detención fascinadora, antes de que la lagarta enganche las verdades con la lengua, como en fogonazos de magnesio, y se las coma. El libro entero es ese permanente mosaico de la piel, el arabesco que admite un solo trazo maestro, el rabo que vuelve a crecer en otra metáfora caleidoscópica, la lengua que se menea y que, mientras la miramos embobados, nos llena los ojos de veneno, para que nos vayamos enterando de que a estas lagartas no se las puede coger con la mano, ni acariciarles el lomo con el dedo.
Al poeta Ovidio le salían los versos sin querer (por cierto, magnífico pastiche troyano, envidia de Baricco, como si Ovidio hubiera podido leer a Poe), y lo mismo les ocurre a todos los que saben escribir como quien lava, naturalmente, con una brillantez que nace de la curiosa felicitas, la abundancia minuciosa, del control absoluto del ritmo narrativo y de esa cosa tan complicada que es colocar las palabras donde mejor luzcan y pronunciarlas como si llevasen juntas toda la vida. Es, como el estilo, algo nítido, evidente, llamativo: eso tan sencillo que, generalizando, podríamos llamar talento.

10.6.07

MATERIALES MODERNISTAS, 9

La Cuesta de Moyano abre sus casetas a las nueve de la mañana. En realidad sólo abren a esa hora el gran Alfonso Riudavets y un cardo de señora que tiene su caseta un poco más arriba. En la caseta de Riudavets hay un grupo de gente que espera fumando pitillos a que abra, igual que antes se juntaban los reventas a las siete de la mañana junto a la taquilla de Las Ventas. Esperan a que Riudavets vaya dejando rimeros de libracos en el tenderete de afuera, y se arremolinan todos como moscas en torno a los ejemplares que haya podido el librero comprar durante la semana: son delicatessen recién traídas, novedades de hace un siglo, antiguallas recién desenterradas.
Riudavets es peligroso. Hoy he visto más azul su guardapolvo, un azul mahón más nuevo, como si con la nueva pavimentación de la cuesta don Alfonso se hubiese decidido a cambiar el célebre guardapolvo azul descolorido, que era como un gris payne al que le hubiera dado el sol durante todas las mañanas de una vida. Antes de que me diese cuenta ya había picado, y sin que él dijera más palabras que “déjenme trabajar, por favor”, cuando intentaba abrirse paso en el tumulto de bibliófilos, o comentara con los asiduos el extraño minuto futbolístico que se vivió anoche. Riudavets comenta la jugada y en seguida, con ese espíritu de librero viejo, pregunta qué tal le ha ido al Rayo Vallecano. Desde luego no intenta venderte nada, pero de pronto mis manos ya han apartado unos cuantos libros y pago antes de que me suba la bilirrubina. Riudavets me da una bolsa de El Corte Inglés usada, llena de ácaros librescos, cadáveres de insectos que murieron hartos de literatura. Pero yo ya sé cuándo hay que poner un libro viejo en cuarentena; nada más tocarlo me sube un picor por las venas del antebrazo que no falla. En Riudavets los libros no pican, es como si los bichos se limitasen a leer.
Total: una preciosa edición en dos volúmenes de La locura del erudito, de José Mas, uno de los novelistas populares que circulaban en época de Monguió, y, junto a López de Haro, quizá dos de los mejores representantes de la novela sicalíptica. La novela está dedicada por el propio autor a José Yagües, “con verdadero afecto”. Pero también estaba, y también en dos volúmenes, El triunfo de la muerte, de D’Annunzio, ¡en una edición barcelonesa de 1910! Y también El abuelo del rey, de mi querido Gabriel Miró, en edición de Biblioteca Nueva, también de principios de siglo.
Me he largado de allí con mi botín de ácaros dormidos porque me también estaba La orgía de José Mas y para mí ya era demasiada promiscuidad. Unas casetas más arriba, el cardo borriquero que atiende la única otra caseta que había medio abierta me dice que no sobe sus libros (estaba mirando el precio de uno) y que no ha terminado de abrir y que me largue, o es que no tengo otra cosa que hacer más que ir a joder allí.
De vuelta, consigo no detenerme otra vez en la caseta de Riudavets, pero más abajo paro en la de Méndez. Allí un par de breviarios de arte me sirven de forraje para la bisutería estética que necesito, esos nombres de artistas italianos antiguos que quedan tan bien en boca de un marqués. Salgo al centro de la cuesta, pero antes de bajar hacia los jardines del Ministerio de Agricultura me doy la vuelta. Lo que me temía. Desde la Cuesta de Moyano no se ve la estatua de Baroja. La tapa un árbol. Debes llegar al final de las casetas para verla. No debe de haber muchos casos de personalidad célebre que preside un paseo escondido detrás de un seto.

8.6.07

TONGADA

Ya he comentado alguna vez los divorcios y las reconciliaciones que de vez en cuando sufren las bernardinas que cuelgo en este blog y las que salen publicadas en el periódico. Ahora llevo casi un mes sin colgar las del Diario, me parecen de mala calidad, pero casi todas eran lo que pudiéramos llamar un deber ciudadano. Una para antes de las elecciones, otra para después y luego, sin suelo bajo los pies cuando la ETA volvió a infectarlo todo con el infalible prestigio de la muerte, lo del himno, como si nada hubiera pasado. Lo único que me consuela es que mis bernardinas son, en el más amplio y multidimensional sentido de la palabra, puramente gratuitas. Pero las tres juntas, y en orden inverso a su aparición, casi hasta me hacen gracia.



Poesía (7 de junio)

Sólo hace tres días, y parece ya tan lejano, desde que salió la especie de que había que ponerle letra al himno nacional. Se conoce que a las autoridades les gustaría que los futbolistas la cantasen como Gennaro Gattusso canta el Fratelli d’Italia, sujetándose el pecho y pegando unos berridos que se escuchan desde fuera del estadio. La música suena, incluso con su voz, optimista y partisana, como si sólo hablase de las flores y de las muchachas. Luego lees la letra, siam pronti alla morte, l'Italia chiamò, y ves que de serenatas nada. La salva el pegadizo romanticismo de su música, el aire de pueblo en fiestas patronales, pero la letra habla de lo mismo que casi todos los demás, de la guerra, de dar la sangre con pleitesía y de odiar al enemigo hasta la muerte.
Muchos himnos nacionales están transidos de siglo XIX, de sables y bigotazos, incluidos algunos de raigambre popular. Las excepciones son, como siempre, las de aquellos himnos que se han impuesto al oficial sin más fuerza que la de su acogida. Es lo que le pasó a la Marcha Granadera cuando el general Prim quiso quitarla pero la gente la seguía silbando; o lo que, en el divertido poemario de los himnos autonómicos, sucedió en Canarias con un pasodoble, o en Asturias con una canción de taberna de insuperable simplicidad, perfecta para que la memoricen los deportistas. Algunos, más originales, empiezan con una pregunta, como el gallego, pero enseguida se abandonan al victimismo. Los de Euskadi y Cataluña son ejemplos de cómo ni los más grandes poetas han podido con las elegías belicosas, el Eusko gudariak y Els Segadors, aunque sea raro que un pueblo poco violento como el catalán se emocione aún con las corbellas.
Los himnos de las otras comunidades son bastante flojos, con mucho subsecretario de turismo metiendo mano en el poema. El que García Calvo compuso para Madrid tenía mucha gracia pero Gallardón se dio cuenta y lo prohibió. El de Aragón es un rollazo, sólo habla del cierzo y lo repite todo, es como si el poeta tuviera las manos llenas de pegamento, y encuentras cosas como el inmarchitable olivo de la paz, que es como aquello de “paloma de la paz, vuela sin cortapisas”. Una pasada.
Yo no es por nada, pero la letra de un himno nacional es el más antiguo y el más difícil de los géneros poéticos: hondo y pegadizo, emocionante y genuino, fácil y canturreable, festivo y popular. Una cosa como el pasodoble Suspiros de España, vaya. De momento, ningún poeta oficial ha levantado la mano. Ninguno se atreve.


Desmoralización (31 de mayo)

Los votantes de izquierda de Valencia y de Madrid están desmoralizados. Ojalá. Ojalá se replanteen los momentos para estar moralizados. La democracia es un sistema clientelista que se rige por estudios de mercado, no por criterios morales. A los votantes se los gana con ofertas de verano, no con exhibiciones de honradez intelectual. En Valencia hubo barrios cuyos vecinos se manifestaron por la calle porque las escuelas están en barracones. En Madrid los hubo donde armaron broncas por el asunto aquel de los parquímetros. Bueno, pues ambos barrios votaron al PP. Así que no me extraña que Carlos Fabra dijera que el pueblo ya lo ha juzgado, que le quiten la denuncia. Es posible que al político no le parezca bien que haya barracones (es posible), pero su director de marketin le dice que aquí lo importante es Bernie Eccleston, no los barracones, y no se lo dice por falta de conciencia sino con números, con pruebas científicas.
Pero esto ha sido siempre así. ¿Qué es antes, la guerra o la revolución? La derecha siempre ha tenido claro el orden de prioridades. La izquierda, nunca. Ayer mismo, aún cansados de cifras, sale la ministra Salgado a darnos la charla moral porque seguimos fumando y porque algunas autonomías incumplen la ley. Para los votantes de esas autonomías el asunto no es una cuestión moral. Estar unidos en política implica practicar una indulgencia infinita, y en eso la derecha es un modelo de perdón. Implica transigir con los agresivos métodos de sus ejecutivos, que no se cortan en aprovechar las enseñanzas de Goebbels o del rey Salomón si al final del ejercicio el balance es positivo.
En la izquierda somos unos beatos existencialistas. Estoy seguro de que los 90.000 votos en blanco que hubo en Barcelona eran de izquierda. La izquierda, impía, poco cristiana, no se perdona nada, ni los lapsus. No perdona postular como alcalde a un banquero, ni perdona haber consentido que dos ratas parlamentarias (Tamayo y Sáez) se le colasen en la lista, ni perdona el exceso de glamour, ni el populismo barato, ni la rigidez militar de las federaciones. Tengo amigos más rojos aún que yo que cuando les digo que voy a votar menean la cabeza como si con eso hubiera terminado de decepcionarlos.
Y esa soberbia moral, esa integridad intelectual, que es lo que, por cierto, más fastidia a la derecha, es también lo que, paradójicamente, más le favorece. Son católicos, no puritanos. Tienen la fe firme, pero la manga ancha. La moral la guardan para después de la guerra.


Municipio (24 de mayo)

Imaginemos que el Partido Popular firma tal día como mañana, delante de un notario, que aumentará el porcentaje de vivienda protegida, y que al mismo tiempo invertirá en el engrandecimiento del patrimonio arquitectónico. Supongamos que se compromete por escrito a eliminar el ruido y a perseverar en una observancia implacable contra los sujetos inciviles. O bien que, con el Evangelio en la mano, decide que todos los hombres somos iguales y que debemos garantizar una educación de alta calidad, sin exclusiones ni privilegios. Pongámonos en el supuesto de que un letrado certifica su voluntad de respetar el paisaje y meter mano a los especuladores. Exageremos con la idea de que el nuevo consistorio, de salir, se compromete a no construir ninguna plaza de catálogo con aspecto de mausoleo, y a tasar la naturaleza de los materiales: sólo arcilla, cerámica y piedra rodena. Fantaseemos, en fin, y por hablar de algo rigurosamente municipal, con la idea de que el PP decide dejar en paz el Polideportivo San Fernando.
Aunque todo eso fuese cierto, aunque viese con mis ojos la firma del notario y la factura, no podría votar al PP. Soy de la media España que no puede ver a la otra media, según dijo Aznar, y me tendría que conformar para que nadie pensase que yo, con un jodido papelito en el que no escribo ni mi nombre, estoy suscribiendo todas las burradas que salen por esa boca cada vez que se acerca a una comarca vitivinícola. Y menos mal que fue a Calatayud. Si se llega a pasar por Cariñena, nos anuncia la fin del mundo.
Da la sensación de que hemos llegado a un final de trayecto. Durante años creímos que la democracia sería real cuando todos pudiésemos castigar a todos con nuestro voto. Yo mismo no soy menos cautivo de la izquierda que lo es de la derecha una monjita de la caridad cuando su moral la obliga a votar a Carlos Fabra. Hay catedráticos de economía que votan a Martínez Pujalte, y ciudadanos de izquierda que votan a Carmen Calvo y su mafioso canon digital. Se acabaron los matices. Hay jueces que votan a Esperanza Aguirre cuando dice sin rodeos que si ella gana se saltará las leyes de educación a la torera, y artistas libertarios que se tapan la nariz para votar a Miguel Sebastián.
El PP está tan convencido de que ya da igual lo que proponga o lo que demuestre, que sus mensajes faltan el respeto a sus propios votantes, y les obligan a transigir con todo tipo de chorradas y artimañas inmorales en cualquier religión decente. Así me obligan a votar a sus contrarios, no a pedir cuentas a mis afines. Ellos sabrán por qué.


P.S.: De hecho, lo sabían.

3.6.07

MATERIALES MODERNISTAS, 8

Las nuevas tecnologías coartan la creatividad. No tengo excusa para no zamparme todos los números de El Mercantil de Teruel correspondientes a 1912, año de autos. Empecé situando el folletín en 1906 porque fue un año muy caliente, pero luego lo trasladé a 1908 porque fue cuando regresó Monguió a Teruel, y más tarde a 1912 porque es entonces cuando se levanta la Iglesia del Salvador en Villaspesa, pero sobre todo el primer año, después de 1906, del que la hemeroteca digital guarda una colección completa de periódicos. También 1912 es el año en que florecen en Teruel más casas modernistas, en la estela de la que en 1910 supuso su, quizá, gran obra civil, la casa de Ferrán (quien, por cierto, andaba a la greña con la redacción de El Mercantil). Es decir, que prefiero coger a Monguió cuando ya ha triunfado en su regreso a Teruel. Es entonces, en medio del triunfo, con encargos de los burgueses más pimpantes de la ciudad, cuando llega Roser, mi heroína.
El nombre de Roser reúne las tres características que buscaba: es catalán, no empieza por a y es nombre de flor. Es terrible pasarse un libro entero escribiendo para Ana. Roser, que se pronuncia, más o menos, russé, suena catalán aunque lo pronuncies en castellano. Las dos erres obligan a pronunciar una s más vibrante y es casi obligado pronunciar la o y la e como se pronuncian las anchas vocales catalanas. Y no sólo es nombre de flor sino de flores, de plantas. El rosal genera flores, las rosas se marchitan y se mueren. Las espinas no están en la rosa sino en el rosal, y también los capullos. Decidido.
El periódico El Mercantil trae algunas secciones fijas: el horario de misas, los anuncios de comercios de la capital, el número de reses que han llevado los tablajeros al matadero, un comentario sobre la cuestión de Melilla, algunos artículos verdaderamente crípticos en los que se habla de un asunto sin mencionarlo, como si fuera un artículo escrito en voz baja; además de un cuento pésimo cada día, de una melosidad muy poco sicalíptica, algún artículo de curiosidades y notas parisinas, programas de actos del Círculo Tradicionalista de Teruel, lleno de jaimistas aficionados a la ópera, o elogiosos e inacabables comentarios a la decisión del Pío X de que en Semana Santa sólo se cantase gregoriano, un asunto que da pie al autor a resumir en dos columnas la historia de la música occidental.
A los seis o siete números ya sabes unas cuantas cosas: quién manda en la ciudad, quién tiene el dinero en la ciudad, quién es tan célebre como para que salga en el periódico que ya se le está pasando el catarro, o para que se celebre con una esquela que ocupa toda la primera página el decimo tercer aniversario de don José Torán (su viuda fue la que sufragó la iglesia del Salvador). Los delitos más comunes en los pueblos son por robar la madera o por amenazar a alguien con un cuchillo, y todos los días, cuando llega la primavera, se repasa la situación en las minas inglesas de carbón, una huelga monstruosa que está diezmando las fuerzas de los trabajadores.
En fin, que se llamará Roser, y leerá el periódico.

2.6.07

MAYO, MIÉRCOLES, RETIRO

Ya sé dónde está Pío Baroja. El otro día subí por la calle Doctor Velasco y no me di cuenta de que presidía la Cuesta de Moyano, como luego me indicó Conde−duque. El cambio de unos pocos metros no está ni bien ni mal, pero no deja de tener su cosa. Antes, en el Retiro, Baroja estaba no sólo en muchas de las páginas de sus novelas, sino en su devoción por el mes de noviembre, en aquellos escenarios en los que su imaginación coincidía con decorados reales.
Ponerlo en la Cuesta de Moyano significa no dejarlo lejos del Retiro pero celebrar al Baroja libresco, acaso el que paseaba por las orillas del Sena buscando estampas de veleros, pero sobre todo el Baroja de los papeles abandonados. Es decir, el Baroja de la curiosidad, el de la melancolía de lo no vivido. El Baroja del Retiro es también el de las quermeses juveniles, vividas en sus carnes, pero el Baroja de la Cuesta de Moyano es un viejo escritor con abrigo, el abuelo que pasea por su invierno, que en el caso que nos ocupa estuvo plagado de desengaños.
De modo que habría que dejar esa estatua en Moyano y colocar en el Retiro alguna de sus personajes, a poder ser Aviraneta, aunque ya sé que sería más propio el joven Carlos Hermida, el héroe de Las Noches del Buen Retiro, pero yo me sentiría más a gusto si el monumento se lo ponen a Aviraneta, al héroe y, sobre todo, a la librería. Y si, además, lo pusiesen este verano, a mí me serviría para recordar la tarde del miércoles pasado, una de las mejores tardes de miércoles de toda mi vida.
Ya ironizaba yo el otro día con lo de firmar libros en la Feria, los parientes perdidos y así, pero no contaba con algo con lo que en una ciudad como Madrid no se suele contar: la gente, esas reuniones festivas que sólo consisten en hacer a alguien feliz. Durante dos horas pasan delante de ti tus representantes en la tierra, mucha más gente de la que uno jamás había creído merecer. Son una forma más del rito del afecto que se suele reservar para las bodas y los cumpleaños, pero esto es mucho más delicado. Aquí no hay otro parentesco que el aprecio, no hay riesgo de desaire, todo es voluntad. A los cinco minutos de sentarte a firmar te das cuenta de que no has ido allí a vender libros sino a contar amigos. Si empalmasen todas las dedicatorias que escribí tendría ya unos cuantos capítulos del próximo folletín. Me salían largas porque me parecían poco, porque seguía intentando ser más preciso en mi agradecimiento, más elocuente con mi afecto. Una dedicatoria es una buena prueba de los límites del talento, como una partida rápida de ajedrez en la que cada movimiento sabe a poco.
Sí, sí, es muy romántico esto de la insuficiencia de las palabras, pero ganas me dan de detallar los motivos de cada uno de los libros que firmé para hacerme feliz por sí solo. Además, prefiero haber enumerado esos detalles en cada uno de los ellos, y confío en haber sido transparente. Juntos compondrían un relato escrito con temblores de la mano que diría más de mí mismo que todas las noveluchas que pueda escribir jamás. Pero este relato despedazado sólo servirá de auténtico agradecimiento si se queda cada uno con su libro, si permanece secreto.
Al salir del Retiro, entrada ya la noche, rumbo a la estación de Atocha, volvimos a pasar junto a Baroja. A mí esta insólita demostración de aprecio no me ha pillado ni tan intrépido como Carlitos Hermida ni tan desengañado como la estatua. A mí esto me ha pillado cuando había ya perdido la costumbre de pasear por el Jardín Botánico, cuando ya solo regaba los geranios de mi balcón.
Tan sólo faltó Güino, que me mira sorprendido.

27.5.07

MATERIALES MODERNISTAS, 7

A pesar de todo, sigo con Rusiñol. A pesar no sólo de Fabricación Británica, sino de la Vida de Samuel Johnson, que es como comer pipas, si empiezas no paras, y hay que parar. Dejé a Rusiñol en un momento crítico. Sus cuadros de la época de París, todavía, según Pla, con la grisalla Whistler, se banalizaron de goticismo y, sobre todo, de colorines. Es como si el pintor hubiera renunciado de pronto a la condición vital de lo retratado, a buscar en la naturaleza artificial, la naturaleza de los jardines, una manera cómoda y abstracta de alejarse de este mundo en la que la huella del hombre sin embargo es absoluta, desde el momento en que ningún paraje crece así en ningún sitio vivo. Antes, en París, pintaba jardines sucios, patios descascarillados, como el maravilloso patio de la foto; después, metido de lleno en la abstracción del colorín, pinta paisajes contradictorios, jardines impecables, que se nota que están vivos porque no tienen vida. El jardín romántico cuenta con la greña del tiempo. En un jardín romántico no puedes barrer las hojas hasta marzo por lo menos, y las enredaderas hay que dejarlas que se desmelenen, los setos deben ser irregulares, nada de bojes esféricos, con arriates y parterres desordenados, y rincones de sombra, y fuentes con bestiarios medievales. Se trata de que la naturaleza actúe sobre el jardín, invada su condición humana.
Para un hombre tan sentimental como Rusiñol, es raro que pierda el aprecio por los callejones, que abandone los retratos, que ya nunca pinte bragas tendidas, que se sumerja en esa clase de jardines tan francesa en la que todo es humanidad. Allí sí son esféricos los bojes y los aligustres crecen rectilíneos, y abundan los árboles esquemáticos y jamás hay nada muerto, nunca encuentras un rincón oscuro, jamás pisas una hoja seca. Nunca tampoco hay nada vivo, y en eso consiste la presencia del hombre.
De momento me resulta más interesante el Rusiñol de los 90, antes de irse a Italia, y antes de fundar La Meca del Modernismo en Sitges. Lo que Pla no traga bien, pero no por eso deja de entenderlo, es que Rusiñol aceptara una máxima capital del modernismo: la mejor forma de cultivar la hiperestesia es vivir al margen del sentimentalismo, y no hay nada menos sentimental que un jardín francés. Esa distancia, ese permanente desapego, ese vivir al margen construyendo aposentos herméticos es el verdadero modernismo, y una forma, al cabo, de desnudar la realidad, que es de lo que se trataba.
A Pla le molestan los excesos goticistas porque ya están completamente al margen de la realidad. Pla forma parte de esa clase de personas para las que el arte termina donde empieza el decorativismo. Defiende que el impresionismo no es más que una tabula rasa en cuanto a las posibilidades de ser bellos que albergan los objetos de este mundo: no solo son bellos los sentimientos, ni las catedrales, ni los momentos históricos, ni las personas importantes. También es bello, igual de bello, un zapato vacío, unas yerbas del campo, un plato de pescado. Por eso le fastidia un poco el modernismo, porque para él significa dar la espalda a la realidad, crear una nueva, artificial, ajardinada.
Y no es así. Gaudí miraba la naturaleza para que sus diseños fueran compatibles con ella. Me tengo que meter, en cuanto termine con Rusiñol, con un estudio sobre este punto, la inspiración en la naturaleza. Gijs van Hensbergen lo trataba por extenso (lo anoté en la bernardina Brucelosis), no sólo en cuanto a la armonía de formas y el convencimiento de que en la naturaleza no hay líneas rectas, sino en lo que atañe a las estructuras de los edificios. El ejemplo de la bóveda del Park Güell es fascinante.
Quizás haya un punto intermedio en ese desapasionamiento. Desde el momento en que el modernismo es una actitud (y debe serlo), ya está humanizada.
Pero es una lástima que Rusiñol abandonara el retrato. Pla dice que fue por respeto a su amigo Casas, gran retratista. Y también que Casas, por el mismo motivo, dejara de pintar paisajes. Yo me he guardado dos de aquellos retratos, la mujer de La Morfina y el retrato de Utrillo, para imaginármelos vivos.






26.5.07

FERIA

Bueno, ya está. Fabricación Británica ya es libro, ya es cosa, ya ha regresado del limbo de la hemeroteca. En Madrid se puede encontrar en la Feria del Libro, caseta 118, la de la Librería Aviraneta. Estos amigos han tenido la amabilidad de guardar unos ejemplares por si algún familiar lejano escucha, el próximo miércoles día 30, a partir de las seis y media, mi nombre por los altavoces de la feria. Yo estaré allí para charlar un rato con él de los parientes desaparecidos.
En Zaragoza estará, supongo, en cualquier librería, y me imagino que en Teruel no será difícil de conseguir. Casi estoy por asegurar que en la librería de mi barrio tarde o temprano estará.
Luego vienen los festejos. El 14 de junio estaré en el Museo de Teruel a las 8 de la tarde para presentarla en sociedad junto a Piel de lagarta, un libro de cuentos de Angélica Morales del que ya daré noticia cuando lo reciba. Luego, aún con fecha sin fijar, he quedado en ir al Maestrazgo, preferiblemente a La Iglesuela del Cid. Y los amigos de Aviraneta quieren organizar para después de la feria una presentación en su librería de la calle San Bernardo. En fin, bastante más de lo que imaginaba.
Todavía no he recibido los ejemplares que me corresponden, así que esta tarde tuve que acercarme a la feria a comprarme uno. Ha sido gracioso. Hacía tiempo que no entraba en el Retiro por la Cuesta de Moyano, hasta la estatua del Ángel Caído, y desde allí, a mano izquierda, al Paseo de Coches, donde está la feria. Nada más entrar he echado en falta, por cierto, la estatua de don Pío. Queda una peana de cemento circular y ahora no sé dónde la han colocado. Pero durante un año, nada más llegar a Madrid, trabajé dentro del Retiro. Vivía en Lavapiés, en la calle de los Tres Peces, y todas las mañanas lo saludaba.
Hacía unos cuantos años que no iba por la Feria. Está la ventaja de encontrar fondos infrecuentes en las casetas de las editoriales, pero de siempre me ha parecido siniestro el espectáculo del firmador de libros (“en la caseta 287, doña Margarita Chamorro firma ejemplares de su obra Recuerdos de mi niñez en Guarromán”), sobre todo el que se pasa la tarde entera sentado mirando a la concurrencia, como un busto parlante que se hubiera callado, con cara de escritor, con atuendo de escritor, cuando la conversación con el librero ya se ha terminado y la tarde anubarrada se posa sobre el rimero de libros sin tocar. Voy a ver lo que se siente.

22.5.07

UNA NOVELA


Un día de estos, según mis últimas informaciones, saldrá a la venta Fabricación Británica, el folletín con el que estrené este blog. Lo publica la editorial Certeza, con la colaboración de la Comarca del Maestrazgo. A sugerencia de esta última institución añadí un subtítulo que me alegro de haber puesto: Folletín Romántico del Maestrazgo.
Lo de folletín es una de esas verdades que cunden mucho. Es verdad no sólo porque se publicó en forma de folletín, sino, sobre todo, porque fue escrito en forma de folletín. Costó el mismo tiempo escribirlo que leerlo. Cada tarde del mes de julio iba colgando un capítulo nuevo en el blog, y el primero de agosto empezó a publicarse en el periódico. Desde luego que llevaba meses dándole vueltas al asunto, pero el acto físico de la escritura puedo decir que sí duró los mismos días que el de la lectura.
Lo hice porque siempre dejo todo para el final, pero, una vez hecho, al año siguiente repetí la operación y este año volveré a usar el mismo método. Tiene sus ventajas. Cada mañana, 150 líneas. Había pocas jornadas de descanso, y por otra parte nunca invertía dos días en un capítulo, a no ser que el segundo empezase otra vez de cero. Para mí era fundamental que saliesen de golpe para que fuesen también un solo golpe de lectura. Casi todas las mañanas era necesario huir hacia delante, y era ahí, en ese terreno improvisado, en la solución urgente que no admite demasiados miramientos, donde yo, paradójicamente, me sentía más libre escribiendo. Iba con un guión que a cada momento era imprescindible rehacer; era como tener una gran alfombra arrugada en la cabeza e ir alisándola poco a poco con la mano sobre el teclado. Las escenas que yo ahora considero más divertidas no estaban en ese guión, salieron casi todas ese mes de julio, mientras escribía o mientras paseaba a Güino, con la alfombra lisa o arrugada.
A veces he pensado en el arte según las diferentes disciplinas admitieran más o menos urgencia. En la música y en la interpretación esa urgencia suele resultar creativa. En la poesía dicen que no, pero yo, que no he escrito un poema en mi vida, creo que sí. Me imagino a un poeta clásico componiendo versos sin parar, y después escogiendo las primicias, dejándose llevar por los momentos de euforia visionaria, aprovechando bien las depresiones. Pero esa doble tarea de la improvisación seguida de la orfebrería, de la paciente ordenación del exabrupto, en algunas ramas sólo afecta a la preparación, a la idea, no a la ejecución. La pintura necesita que sea de vez en cuando el pincel el que pinte, no la mano. Quizá por eso sospecho siempre de la monumentalidad, porque la libertad urgente y absoluta no ha pasado de la idea, no ha formado parte de la obra.
En cuanto a lo de ser un folletín romántico, creo que tampoco habría escrito nunca nada tan romántico si no hubiese sido en forma de folletín. Es algo que como tema para una novela normal siempre se deja para otro momento. En todo caso, desde el principio lo tomé por el lado más decadente, como una pose, la de quien diseña sus sentimientos en función de la estética de su personaje. Charles Lamb nació con el cinismo que sería moneda corriente cincuenta años después (que es, más o menos, cuando cuenta la historia). Ahora creo que ese decadentismo es una cáscara que conforme avanza la novela va dejando paso a capítulos que se acercan más al romanticismo de 1837. De todas formas, no sabría decir si el Charles Lamb que cuenta la historia lo hace en serio o en broma, la verdad. Si parece que habla en serio es que me ha salido romántico (y espero que no cursi), pero si asoma la guasa entraña menos riesgo de cursilería, aunque también se vale de la parodia, que es, en el fondo, una forma más de ocultación.
Y lo del Maestrazgo, en fin, es un lugar conocido, pero no porque lo conozca bien, sino porque puedo inventármelo sin miedo a cometer errores de bulto. De todas formas, si para algo sirven los libros es para ahorrar en gasolina. Los stanislavskis de la literatura siempre me han dado mucha risa.
Estos días, leyendo el libro Teruel, paisaje del tiempo, me encontré con que Antón Castro, bondad infinita, me había metido en una lista de escritores que hablaron del Maestrazgo. Su erudición extrema compite a veces con la guía telefónica. La cosa no deja de tener su gracia. Me consta que Antón Castro conoce a Charles Lamb, porque también lee todos los periódicos del mundo, incluido el Diario de Teruel, hasta en el mes de agosto. Este hombre es una mina de jápax.
En fin, en esa lista de escritores hay muchas formas de ver el Maestrazgo. Yo, que adoro a Galdós, no veo el Maestrazgo en el Episodio nacional que le dedicó. Las andanzas de aquel Juan Lupo, creo recordar, me parecían demasiado frías, demasiado desapercibidas. No hay en ellas nada de lo que a Baroja le salía sin querer, y que podemos llamar el carácter entrañable. Baroja describe Mirambel en términos severos, pero con su prosa y las historias con que va rellenando los muros vacíos uno termina encariñándose con el paisaje. Baroja es el primero que ve en el Maestrazgo un paisaje en el que sucedieron cosas pero, sobre todo, que pudieron suceder. Ese romanticismo de ver un convento y pensar en historias de túneles y de muchachas amordazadas es muy de Pío Baroja. Galdós estaba más a la Historia, y la Historia, siempre, es bastante triste. Pero Aviraneta es un individuo que se adorna con la historia, que la mira desde fuera y, más que describirla, la pinta. Galdós iba recorriendo paisajes después de la batalla y Baroja inspeccionaba lugares donde fuese verosímil su imaginación. Y lo que siempre repito del Maestrazgo, la mezcla entre lo sobrio y lo apacible, lo duro y lo bueno, es la fórmula que también funciona en Baroja, el hombre que, mientras habla como enfadado, te hace sonreír.
Esta fórmula de Baroja es la que le ha dado continuidad al Maestrazgo como territorio literario. Y es la fórmula que siguió Antón Castro cuando lo rescató como tal en su Patricio Julve, por más que su estilo, su ritmo más bien, en parte su coloración, me recuerden más a García Márquez. En todo caso, y como dice en la presentación de Teruel, paisaje del tiempo, él vio allí su Macondo, su Yoknaphatawtha (o como demonios se escriba), su Santa María, etc. Es muy raro que un gallego escriba mal, y en su Maestrazgo a veces sobrevuelan también deliciosos aires de Cunqueiro, otra de mis debilidades absolutas.
Al hecho barojiano de que pudieran suceder episodios románticos se une el hecho galdosiano de que sucedieron cosas horribles. La guerra carlista, la cantada por los viejos maestros, es una; la guerra civil del 36, la más frecuentada entre los contemporáneos. Jiménez Corbatón (nuestro Luis Mateo Díez, y si no al tiempo) ha buscado en una guerra que no sólo estaba llena de maquis románticos, sino del inmenso vacío que dejó Franco en el Maestrazgo para exterminarlos. Ahora mismo tiene una exposición en Fortanete sobre masías abandonadas, sobre los objetos que quedaron en medio de la ruina.
Es decir, el Maestrazgo conserva suficiente concentración de polen histórico en el aire como para que las fantasías más desmelenadas sigan encontrando un cañamazo verosímil. En términos objetivos, es el paisaje más romántico de la provincia, y mantiene una condición que a Baroja seguro que fue la que lo sedujo: es un territorio pequeño en el que resulta muy difícil ir de un sitio a otro. Era su ideal de recogimiento.

Por lo demás, esta novela es un encargo, y en ello radica su gracia, si es que la tiene. Se trata de algo real. No está escrito para críticos ni para profesores ni mucho menos para lectores de editoriales, sino para un ciudadano indeterminado que el día uno de agosto perdió diez minutos, mientras tomaba un café, en leer el primer capítulo. Para conseguir que ese ciudadano no específico aguantase la mirada durante 150 líneas y al día siguiente le apeteciese repetir la operación, lo primero que había que dejar a un lado era las ambiciones literarias, y lo primero de lo que había que echar mano era del sentido común narrativo. En un periódico pequeño, y en el mes de agosto, no puedes escribir lo que te dé la gana. En realidad no cabe casi nada de lo que modernamente se suele admitir como novela, ni las largas reflexiones ni las amplias preparaciones ni los diálogos inacabables. 150 líneas. Nada más, y cada día debe tener sentido por sí mismo. Cada día es un vagón del mismo tren pintado con motivos diferentes. El juego entre capítulo autónomo e historia continuada reclamaba constantemente demasiados recursos como para ponerse estupendo. Para que la novela funcionase, en fin, había que ser extremadamente humilde y saber que estaba escribiendo un folletín, una novelucha. Si de veras ha salido bien, si de veras es una buena novela, es porque supe someterme a tantas limitaciones, algo que, a partir de este momento, deja de ser asunto mío.






20.5.07

MATERIALES MODERNISTAS, 6

¿Puede haber una novela modernista sin bohemia? Difícilmente, pero a estas alturas ya me pasa lo mismo que a Pla cuando tiene que tratar los años bohemios de Santiago Rusiñol, que pasa por ella de puntillas, como tapándose la nariz. Su opinión sobre la bohemia barcelonesa (que no vivió) viene a coincidir con la que manifestó Baroja con frecuencia respecto a la bohemia madrileña (que sí vivió). Lo que más les llama la atención, sobre todo a Pla, es la guerra contra la higiene que libraban los bohemios. Pla menciona el detalle de Els Quatre Gats, cuyo dueño, Pere Romeu, prohibió a los empleados que quitasen una sola telaraña del café. El dato no es del todo significativo porque yo conozco a personas que se duchan todos los días y también prohíben a su asistencia que quite las telarañas. Estamos equivocados con la suciedad de las arañas, pero ese es otro cantar.
El ser un guarro parece haber sido marchamo del artista bohemio español. Emilio Carrere se vestía en las funerarias, y los perros aullaban en la calle cuando les llegaba el hedor de la cadaverina. Cansinos−Assens, un formidable arsenal de anécdotas de este calibre, cuenta que, cuando fue a visitar a Alejandro Sawa en su casa, lo recibió vestido como una estatua griega, con una sábana anudada sobre uno de los hombros. La razón, no obstante, era que había tenido que empeñar los pantalones. Últimamente recordaba Ian Gibson en su libro sobre Antonio Machado que cuando Juan Ramón visitó al gran poeta vio que en el culo de madera rota de una de las sillas había un par de huevos fritos. (Más vale no hablar de la higiene de los poetas españoles: uno de los versificadores oficiales de la izquierda recordaba no hace mucho que en el sofá donde Alberti decía mil veces ¿verdá? solía haber peladuras de plátano y tomates despachurrados).
De todas formas, Pla me da una clave muy interesante para entender aquella bohemia de principios de siglo:

La vida bohemia imperó en la época de prosperidad que reinó en Europa entre 1850 y 1914. La alimentación no costaba prácticamente nada, se nadaba en la abundancia y las monedas eran duras, y aunque uno lo intentase, no podía morir de hambre. Desgraciado el artista que probase a vivir hoy como vivieron sus semejantes sesenta o setenta años atrás. No duraría dos días.

Es decir, la bohemia era un modo de vida tampoco tan heroico, pero tampoco tan marginal. A pesar de que casi todos estaban más enamorados de la vida literaria que de la literatura, y que, como dice Pla, muchos son bohemios “de segunda categoría”, no implicaba pérdida de dignidad. El caso de Valle−Inclán (un bohemio, este sí, de primera categoría) es extraño porque persistió en un modo de vida que a cierta edad ya sólo admite los tonos patéticos. Pero, otra vez, esa condición miserable que vemos ahora en ellos no era tal en su época. Pla describe así a los de “segunda categoría”:

Los bohemios auténticos, los personajes de las aburridas Escenas de la vida bohemia de Murger, son los de la segunda categoría. Esos individuos van vestidos de artistazos, llevan unos sombreros imponentes, e impresionantes barbas y cabelleras, pero generalmente su actividad transcurre al margen de cualquier producción artística. En la conversación afirman que aspiran día y noche a escribir una melodía, a pintar un lienzo o a realizar una escultura, pero en realidad unos se dedican a las pasiones del amor, otros a pasear por las calles y otros a una forma y otra de comercio. No es cierto que sólo hubiese bohemios en el ámbito artístico; los hay en todos los estamentos, entre los albañiles, tenderos, médicos, escribientes. Lo único que les distingue es que no se disfrazan, pero todos pueden pasar algo de hambre, sea más o menor: es el riesgo de ese temperamento. Ahora bien, el hambre auténtica, siempre la pasarán los padres de familia.

Rusiñol, por supuesto, es de los de la primera categoría. Le gusta la francachela, el ir disfrazado, el montar pollos estéticos y la vida nocturna, pero pinta sin descanso, y tiene talento. Su indumentaria se fue reduciendo con el tiempo a una hermosa síntesis de este tipo de bohemios: pantalones de pintor, chaqueta de pana corta y sombrero de paja de ala ancha, es decir, el traje que llevaba cuando hacía lo único que, cada vez más obsesivamente, a Rusiñol le interesaba, sentarse en un jardín y pintar un cuadro.
Rusiñol nunca pasó por estrecheces económicas. En cierto modo es el tanto por ciento artístico de la familia industrial catalana, el hereu, que le ha dado por pintar. Pla, poco amigo de los malos olores, vincula muy sibilinamente un cierto orden conservador con el hecho de que Rusiñol, a pesar de ser un bohemio, no fuera un cantamañanas. Las actitudes que desdicen en él las leyendas astrosas de los bohemios son las mismas que cuadran con el tópico del seny.
En todo caso, a mi marquesito tampoco le gustan los malos olores, aunque algún paseo por el mundillo modernista turolense habrá que dar. ¿Cómo se reunían los bohemios modernistas de Teruel en 1911? ¿Cómo iban de higiene personal?

19.5.07

MATERIALES MODERNISTAS, 5

A Pla lo he leído aquí y allá. Y no sé por qué nunca me ha dado por leerlo con cierto orden, porque de cada una de sus lecturas guardo un grato recuerdo. Pero sobre todo hay dos que me entusiasman: Las horas y, sobre todo, por encima de todas, Santiago Rusiñol y su época, que este fin de semana estoy volviendo a leer lapicero en ristre. En realidad hay muchas cosas que anotar, pero es divertido que no son ni las más importantes ni siquiera las más significativas, ni mucho menos aquellas que sirven para indicar un párrafo que resuma lo anterior. Todo eso, a su vez, se resume en un placer que conservo intacto desde la primera vez que paseé por este delicioso libro. A mí ahora lo que me interesa es cuánto valía la carne en las carnicerías de Barcelona, o el itinerario que Rusiñol y Casas, subidos en una tartana, siguieron en su viaje por el interior de Cataluña. Lo demás es una mañana tibiamente soleada, el alegato a favor de la sencillez de un escritor que describe de manera sencilla la sencilla vida de un artista que sólo buscaba el latir íntimo de los paisajes que pintaba, quizá demasiado bueno, o demasiado pobre de espíritu, como para seguir las huellas maestras de su amigo Casas, pero consciente, como el propio Pla, de que la inmediatez, la limpieza en la mirada, el temblor de lo cercano, son aspiraciones que forman por sí mismas un género capaz de atravesar todos los ismos y todas las modas. Me hago la idea de un Rusiñol que ha sabido ver el secreto más profundo de la relación estética entre el creador y el modelo, y por lo tanto ha conocido sus límites y los lleva con muy buen humor. A su lado, en su tiempo, pululan unas vanguardias que, por fructíferas y necesarias que fuesen, siempre nacían de una cierta ingenuidad, de no entender algo que Rusiñol ya sabía. Y lo mismo puede decirse que le sucedió con el modernismo, que es lo mismo que a Pla le sucedió con la vanguardia. Pla nos viene a decir que la nitidez, la amenidad, los breves momentos de emoción, las descripciones melancólicas, las anécdotas jugosas o la pimienta socarrona, algo aplicable igual a su prosa que a la pintura de Rusiñol, suelen ser la seña de un espíritu independiente cuyo talento consiste, sobre todo, en saber en qué consiste el talento, incluso el suyo.
Rusiñol endulza los tonos del paisaje y su vida es un dechado de epicureísmo con panellets. Incluso en sus desmayos, en sus arranques flojos, en ese llorar en los bautizos y reír en los entierros, en ese tedium vitae pone sus huevos la desgana, que a Rusiñol, por otra parte, lo protege de cualquier forma de sentimentalismo.

16.5.07

EMBELLECIMIENTO

Diario de Teruel, 17 de mayo de 2007

Cuando la Diputación de Teruel encargó a Peña Verón la ilustración de un libro sobre la provincia, se supone que todo el mundo estaba de acuerdo en el tipo de fotografía más adecuado. Desde luego es una elección coherente, una apuesta estética determinada, un trabajo profesional. Pero había otros modos de hacerlo.
Lo que uno espera cuando abre el libro y empieza ojeando los santos es ver sitios conocidos, nada más, pero se encuentra con fotos de momentos infrecuentes, trabajadas y pulidas y abrillantadas con luces cantosas y contraluces espectaculares, sorprendidas en posturas de postal y con el ancho cielo de un cobalto exagerado. La esquina de cemento de una nave industrial está sometida al mismo tratamiento estético que el clásico contraluz sobre el polvo que levantan las ovejas. Son muy bonitas las fotos de la devastación abandonada de las minas, las siluetas de las espadañas y ese momento en que un rayo escapa entre las nubes e ilumina las faldas de Gúdar bajo un cielo color tiburón.
Todo es muy bonito, pero Fuentes Calientes podría estar en un libro sobre Siberia, Alcañiz en uno sobre Santiago de Compostela y Villastar en una guía del Cañón del Colorado. Esto es lo que uno le reprocha a la elección del estilo, que no a la fotógrafa: el hecho de que se haya querido sacar una provincia mejorada estéticamente, como vestida para una boda. Porque, de pronto, tras unas fotos de pinturas rupestres de J. Picazo, en el apartado de Cultura Popular, aparece una foto de las Bodas de Isabel que por fin pertenece a la realidad. De pronto la luz es esa luz y entendemos los gestos de las caras, y los ladrillos son del color ladrillo que todos hemos visto desde niños y el sol borra las estridencias del cielo. A partir de entonces, ya no es necesario mirar el pie de foto para saber cuál es de Peña Verón y cual de F.J. Sáenz. Hay una sencillamente espléndida, la de los Diablets de La Fresneda, cuyo autor podría hacer el favor de colgarla en la red para ponérmela yo en el blog. Y lo mismo sucede con una romería en fila india de Villarluengo, que entiendes el color grisáceo de los hierbajos, la palidez de unos muros derruidos; o con alguna foto estupenda de Jorge Escudero. En las otras, las endomingadas, cuando desaparecen los colores chillones aparece lo que son, fotos de turista.
Son dos modos distintos de entender el arte. En uno, lo importante es la pericia del artista, su huella cromática. En el otro, lo importante es el objeto retratado. Supongo que todos tenían muy claro qué era lo importante en este libro, además de leerlo, claro.



11.5.07

MATERIALES MODERNISTAS, 4

No sabía dónde poner a un personaje del folletín de este verano, si en un balcón o en la calle. Desde el principio pensé que para describirlo bien tenía que ponerlo en el balcón, es decir, para que fuese él quien describiera en tono decadente la procesión que pasa por debajo. Pero ese tono puede ser solanesco o dannunziano. O una mezcla de los dos, ya veremos.
En el estilo dannunziano, un personaje decadente necesita ver el mundo con imágenes del Renacimiento italiano. Lo mejor de estas imágenes son las palabras que las nombran. Cuando uno escribe, por ejemplo, “y aquellos prados de la aldehuela me recordaban vagamente a los paisajes de Sannazzaro”, lo importante no son los paisajes sino el nombre propio, su sonoridad. Esto es igual en D’Annunzio que en Valle−Inclán: pedrería. Casi todos los nombres de madonnas y de mecenas son versos por sí mismos. Basta la, esta vez sí, vaga imagen de algún autor italiano, pero estoy seguro de que si fuésemos a comparar los colores tal como los citan los modernistas nos llevaríamos un chasco. Es, como siempre, la historia del nenúfar. En España hay decenas de poetas que estuvieron con grandes maestros que empleaban mucho la palabra nenúfar y no habían visto nunca ninguno. El último, que yo recuerde, que se apropió de la tontería creo que fue Villena. Por cierto, que alguno de sus poemas de los 80 me vendrá bien también, En el invierno romano, por ejemplo, y por supuesto los libros neomodernistas de Antonio Colinas, que a mí me siguen gustando mucho.
Además de las imágenes de madonnas y pajaritos, esta pedrería verbal encontraba su perfecto acomodo en las genealogías. Hay una página de El placer, el inventario de antepasados ilustres de Andrea Sperelli, que parece una casaca cuajada de charreteras. Merece la pena copiar unas líneas:

Un Alessandro Sperelli, en 1466, llevó a Federico de Aragón, hijo de Fernando, rey de Nápoles, y hermano de Alfonso, duque de Calabria, el códice in folio que contenía algunas de las poesías “menos ásperas” de los antiguos escritores toscanos, y que Lorenzo de Medici en 1465 le había prometido en Pisa; y este mismo Alessandro escribió, con ocasión de la muerte de la divina Simonetta, siguiendo la moda de los doctos de su tiempo, una elegía latina, melancólica y lánguida, a imitación de Tibulo. Otro Sperelli, Stefano, en ese mismo siglo, estuvo en Flandes, en medio de la pomposa vida, de la exquisita elegancia, del inaudito lujo borgoñón; y allí se estableció, en la corte de Carlos el Temerario, emparentando con una familia flamenca.

Esto es lo que llamo “pedrería”. Esta tarde, en la librería Aviraneta, he comprado medio kilo de la mejor bisutería para los antepasados de mi marqués. Se trata de la España en la vida italiana del Renacimiento, de Benedetto Crocce, deliciosamente publicado por la editorial Renacimiento. Con el capítulo VII, ‘La sociedad galanta italo−española en los primeros años del ‘cinquecento’’, ya tendríamos para un párrafo muy apañado. Benedetto Crocce investiga los personajes en clave de la Cuestión de amor, libro de autor valenciano de 1513, cuyo enrevesado argumento de novella plantea la pregunta de “si se debe considerar más infeliz a quien ama sin esperanza o a quien la muerte le ha arrebatado el objeto de su amor”.
Esta frase, por ejemplo, puede leerla en el nuevo folletín Guillermina, la esposa neurasténica que me he inventado para el arquitecto Pau Monguió, cuya vida privada no tengo intención de husmear; de hecho, creo que soy más respetuoso inventándomela que diciendo la verdad, cualquiera que sea ésta. Pero, además, la clave que según Crocce esconde la novela nos llevaría a un divertido trapisondista valenciano que hizo carrera entre los apellidos ilustres y las ciudades con estatuas romanas (aunque a Andrea Sperelli, el de El placer, no le gustaba tanto el Foro romano como el palacio Farnesio, por una estricta cuestión decadentista, es decir, los Farnesio disfrutan de un lujo lejano, la reinvención del romano, mientras que los romanos sólo disfrutaban de sí mismos).
No voy buscando bradomines sino, en cierto modo, todo lo contrario. Por ese lado no corro el peligro de hacer el ridículo; por otros, quizá sí, pero por ese no. El decadentismo de don Leopoldo, el marqués de Posos, es de otro corte más floral, el de la doble vida. En la Probatura escribí que cultivaba todo tipo de flores que luego veía en el manto de la Virgen cuando pasaba debajo de su palacio las procesiones de Semana Santa (tengo que mirar a Gabriel Miró, las Escenas de la Pasión, otra página). Las flores son para el marqués el símbolo de sus dos vidas, el clavel que puede ir en el ojal de un banquete de promiscuación de los que organizaban los blasquistas en Valencia contra las procesiones, y el que puede ir en el manto de la Virgen María, seguido de autoridades y prohombres vestidos de negro. El marqués no procesiona porque prefiere verlo todo desde el balcón. Por lo menos esa duda ya la tengo resuelta.

7.5.07

MATERIALES MODERNISTAS, 3

Gabrielle D’Annunzio es como el ruiseñor de Ramón, que todo el mundo sabe lo bien que canta pero nadie lo ha oído cantar. Estos días de primavera húmeda pasé una tarde junto a los visillos leyendo El placer, la única obra suya que conozco. Me llamaron la atención las anotaciones de los márgenes. Con frecuencia trato de descifrar lo que anoté hace años en mitad de una lectura, o de descubrir la gracia que pudo hacerme cualquier tontería subrayada. En este caso me acuerdo de a qué responde que, durante toda la novela, unas veces aparezca junto a un párrafo subrayado la letra P y otras la letra V.
La P es de Proust, y la V es de Valle, y ambas responden a la época en que a mí me fascinaba la genealogía literaria, los caminos del estilo, las influencias ocultas. Pensaba en la historia de la literatura como en un gran río cada una de cuyas gotas pertenece, sigue perteneciendo a una fuente muy concreta. El caso es que, si quitas a D’Annunzio lo que tiene de cómico, si te quedas con el sibarita grave que de vez en cuando se toma en serio sus palabras, el resultado es Proust; pero si le quitas lo que tiene de serio, de autocomplaciente, lo que te sale es Valle−Inclán.
Así, por ejemplo, una frase Proust sería: “¿Qué amante no ha experimentado es indecible gozo por el que casi parece que el poder sensitivo del tacto se afina hasta tal punto que se siente la sensación, sin necesidad de la inmediata materialidad del contacto?”. O bien: “Al igual que un esenciero sigue exhalando después de largos años el aroma del perfume que contuvo en el pasado, así ciertos objetos conservaban también una indefinible parte del amor, allí donde aquel imaginativo amante los había iluminado y penetrado. Y de ellos le llegaba una incitación tan fuerte que a veces le turbaban como si estuviera en presencia de un poder sobrenatural”.
Pero hay otro D’Annunzio más canalla, más desmitificador de sus propias fantasías, cínico y guasón, adorablemente falso, que es el que le vino al Valle−Inclán de las Sonatas como anillo al dedo: “Sabía, en el ejercicio del amor, obtener de su belleza el mayor goce posible. Esta feliz actitud del cuerpo y esta aguda búsqueda del placer era lo que precisamente cautivaba el espíritu de las mujeres. Tenía dentro de sí algo de Don Juan y de Querubín: sabía ser el hombre de una noche hercúlea y el amante tímido, cándido, casi virginal. La razón de su poder estaba en esto: en el arte de amar no le repugnaba fingimiento alguno, falsedad, ni mentira alguna. Gran parte de su fuerza radicaba en su hipocresía.”
Ahora bien, ¿cuál de los dos escribe “el viento enfurecido le arrancaba las palabras de los labios”?. O esta otra perla de microrrelato: “Todas las cosas volverían a oír su voz, quizá también su risa, después de dos años”.
Genéticas aparte, volvería a subrayar todas las descripciones marcadas en el margen con un signo (o dos, o tres) de admiración, porque tienen mucho que ver con lo que decía de la exactitud descriptiva de Solana. D’Annunzio (y Valle−Inclán tampoco) no se pierde en metáforas. Las metáforas metidas a capón dan grima. La imagen no real debe ser como un salmón que salta en mitad de la corriente, producto del fragor de las palabras, o incluso de la casualidad. El resto es descripción objetiva de un mundo imaginado, detallado inventario de un cuadro en el que podrían suceder escenas tan hermosas. Este párrafo es sencillamente perfecto:
“Reaccionó y se dirigió hacia la ventana, la abrió, respiró el viento. Reanimada, volvió de nuevo hacia la habitación. Las pálidas llamas de las velas oscilaban agitando ligeras sombras sobre las paredes. La chimenea ya no ardía pero los tizones iluminaban parcialmente las figuras sagradas de la mampara, hecha con un fragmento de vidriera sacra. La taza de té había quedado al borde de la mesa, fría, intacta. El cojín del sillón conservaba todavía la huella del cuerpo que en él había reposado. Todas las cosas exhalaban una melancolía indefinida que fluía y se condensaba en el corazón de la mujer. El peso crecía en aquel débil corazón, se convertía en una dura opresión, en una ansiedad insoportable.”
D’Annunzio, como todos los artistas de su época, leyó a Baudelaire y se empapó de los Ensayos de Bourget, la biblia del decadentismo. Formaba parte de su pose rechazar como a una mosca ese gris diluvio democrático de hoy en día, razón por la que, quizá, tuvo encendidos amores con Mussolini. Pero yo voy buscando un estilo, y por otra parte eso, el volverse tan fascista, le pasó, avant la lettre, por su lado Proust, por tomarse las cosas en serio. También Valle−Inclán dijo después que era carlista y nadie se lo tuvo en cuenta, porque todos entendieron que era una broma.

6.5.07

PERSPECTIVA


Alguna vez he comentado la sensación de maqueta gigantesca que me suele provocar buena parte de la arquitectura contemporánea, como si el arquitecto sólo hubiera trabajado con planos y con escalas y jamás se hubiese puesto en los ojos de quien debe pasar junto al edificio, o visitarlo, o habitar en él. Luego las autoridades legas inspeccionan la maqueta con las manos en la espalda y disfrutan otra vez más de su perspectiva poderosa, de su condición de Gulliver entre votantes diminutos. Es lo único a lo que aspiran, porque luego la parte real del edificio se rellena de vulgaridad, de atentados contra el sentido de la proporción y de copieteos de catálogo.
Por eso me gusta Moneo. Sus edificios son más hermosos desde cerca, y mucho más dentro de ellos. Todo aquello que sólo puede verse desde el cielo parece subordinado a lo que se puede tocar con la mano. La impresión que me causó el museo de Mérida, esa sencillez de infinita complejidad, esas tapias lisas sin dos ladrillos cocidos a la misma temperatura, aquellos majestuosos arcos, de antes de que las bóvedas pareciesen cañones, se puede percibir estos días, de un modo completamente distinto, en el nuevo Museo del Prado, desnudo de cuadros, antes de que lo inauguren en octubre.
Aquí lo que me impresiona es el sencillo respeto a dos edificios tan vulgares, pero tan representativos, como la Academia de la Lengua y la iglesia de Los Jerónimos, incluso a las pilmas y añadidos de Chueca Goitia, un arquitecto que se ha pasado la vida construyendo pastiches de un pasado falso que terminan por no ser de ninguna época. Y es también el respeto a los muchos edificios mudejaroides con remates de escayola y fachadas de ladrillo colocado a tizón que hay en Madrid, y particularmente por aquella zona.
Ah, los límites, siempre los límites. Desde que entras por la puerta de los Jerónimos se impone la sensación de un hermoso paseo entre perspectivas agradables, un recorrido por la dulce serenidad de quien cuida la nobleza de los materiales. Un estudiante de arquitectura explica las complicaciones de meter un museo bajo tierra para que su parte visible no desdiga de unos edificios lisamente dieciochescos. Comenta que Moneo suele recrear ambientes nórdicos, de limpios suelos de roble y puertas de bronce listas para iniciar su envejecimiento, su condición histórica. Allá donde te pares a mirar, notas que esa persepectiva tuya concreta también ha sido tenida en cuenta, de que el arquitecto sabe qué estarás mirando en cada momento del paseo, e incluso conduce amablemente tu mirada.
Pero hay algo todavía mejor. La desnudez de una rehabilitación consiste en que se respeten ambas construcciones, la rehabilitada y la que rehabilita. El claustro, así, parece uno de esos frisos traídos de oriente piedra a piedra y expuestos en su situación original dentro de un museo moderno. Es de lo que se trataba, porque el claustro estaba hecho una ruina. Lo han traído de lejos, lo han traído de la ruina, y lo han envuelto en luz. Además, lo han colocado donde estaba. Casi todas las arcadas exteriores de cemento, de las mismas que las antiguas e interiores de granito, llevan cristales biselados, precisamente para dirigir la perspectiva hacia otras que nos ofrecen las vistas que mejor cuadran con el aire que se respira en el museo. Lo que se ve es siempre parte del edificio, aunque sea el cielo.
Una de las arcadas del claustro antiguo está ciega, tapada por un muro de hormigón basto, sin pulir, casi con las rebabas del encofrado. Ese hormigón de color cálido es parte de la entraña del edificio, de lo que el edificio es, y también participa de la belleza del mismo modo que son bellos muchos enrejados de cimentaciones y muchas cimbras de puentes que luego se destruyen. No hay nada oculto en este cálido lugar. La obra es lo que fue y lo que ha sido hecho. La obra es tiempo, construcción. Desde la linterna del claustro también se ven pasillos acristalados donde circularán con batas blancas los restauradores. El arte no sólo se nutre de su función sino de su propia construcción, y cada nueva decisión transparentemente tomada, para que de ningún modo se oculte a nuestros ojos, es una forma más de disponer el cerebro en la actitud que requiere ver una obra de arte: ver lo que es, todo lo que es, sin trampa ni cartón, con la sencillez de una pincelada única y bastante, trazada con talento.
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