8.9.10

El fantasma de John Keats, 2

No es muy frecuente salir decepcionado del cine, listo para olvidar, y acostarse pensando en otra cosa y a la mañana siguiente, cuando las imágenes han reposado, desandar los pensamientos, observar en la memoria la película como quien no admira pero se siente atraído, y no podérsela quitar uno ya de la cabeza como si le hubiese gustado mucho. Es lo que me ha pasado con Bright Star, aunque buena parte de culpa la tiene el poeta John Keats, claro.

Pero esa culpa ya la había yo expiado la misma noche de la película, cuando volví a casa y cogí el tomo de Odas y sonetos y escribí una bernardina tópica sobre por qué no me había gustado la película. Lo tópico es considerar que no han tratado bien a uno de tus poetas. Y eso hace que uno haya visto la película como de lado, como viendo solo la mitad de la pantalla en la que aparecía Keats, cuando la pantalla entera era de Fanny. “I finnaly wrote a screenplay of the love affair from Fanny’s point of view, entitled Bright Star”, dice Jane Campion, la directora de la película, en un prólogo que escribió para el libro So Bright and Delicate, una antología con cartas que Keats le escribió y poemas que compuso mientras duró su amor.

La cuestión es que Fanny tampoco podía ver, envuelta en gasas de amor, el poema que Keats estaba escribiendo con su vida. Las cartas son interesantísimas. Como un héroe griego que menta su destino con despreocupación juvenil, pero luego se cumple, en la primera carta ya entona, y al parecer todavía sin verdadero sentimiento, la sustancia de su tragedia: “Casi deseo que fuésemos mariposas y no viviéramos más que tres días, tres días contigo que yo iba a llenar de más felicidad de la que puedan contener cincuenta años de vida en común”. Estremece pensar que era eso exactamente lo que ocurría. Keats estaba siendo una mariposa que mariposeaba en torno a su amor durante los pocos meses que le quedaban de vida. La otra mariposa, Fanny, vivió cincuenta años más, y se casó y tuvo hijos. Keats fue para ella el gran amor de su vida, perfecto porque duró tanto como la breve juventud. Para Keats fue la inmolación, la pasión y muerte, porque la resurrección vendría cuando tiempo después empezase a ser reconocida su genialidad.

Las mismas cartas empiezan con estos mariposeos conceptuales en los que Keats no demuestra ser del todo sincero. Incluso juega con la idea de haber descubierto el amor: que un poeta trascendente te diga “No puedo concebir ningún comienzo para un amor como el que yo te tengo salvo el de la Belleza”, a poca desconfianza que una tenga en las palabras, no debe de ser como para volverla loca de pasión.

Mucho más impactante resulta esa manera de insistir en su destino: “Tengo dos lujos que rumiar en mis paseos, tu encanto y la hora de mi muerte. Ah, si pudiera poseerlos juntos al mismo tiempo”, un deseo, por cierto, que se cumpliría sin cumplirse. Keats todavía estaba en su mundo, quizás en esa parte de su mundo que Fanny no amaba especialmente. Por eso, para amar ese mundo, Fanny necesitaba que Keats le enseñase poesía. Del mismo modo Keats se habría burlado al principio de un amor tan clásico. Y así, como en esos proemios realistas con que Keats describe lo que ve antes de trascenderloen poesía, el poeta habla en unos términos que, aunque sinceros, no parecen verdaderos. Es decir, en esas primeras cartas Keats todavía no ha salido de la voluntad de amar, de esa elección quijotesca para la que la persona amada es la encarnación de un deseo, la prueba física. El poeta decide amar la Belleza y escoge su encarnación. Él cree amar, pero yo no sé si quien ama de verdad es absolutamente sincero cuando dice: “Si fuese a verte hoy, se destruiría este cómodo resentimiento de que ahora disfruto en absoluta perplejidad”. O bien: “Soy un cobarde, no puedo soportar la pena de ser feliz”.

La película quizá debería haber hurgado un poco más en lo que puede pensar una mujer cuando lee eso. El defecto que recuerdo ahora es que el amor de Fanny es tan constante y claro al principio como al final, y que en el dulce rostro de Keats no cabían estas macanas de poeta. En su amor también hubo un preámbulo realista, un baile nupcial conceptuoso.

Esto es así, en las cartas, desde principios de julio hasta mediados de septiembre de 1889. En octubre, el día 11, aparece una carta sin retórica floreada, hecha con la convulsa parataxis del amor. “Hoy sigue siendo ayer. Pasé todo el día en una fascinación absoluta. Me siento a tu merced. Escríbeme aunque solo sea unas líneas y dime que nunca jamás serás menos encantadora de lo que fuiste ayer. Me deslumbras. No hay nada en el mundo tan brillante y delicado”. No es casual que esta hemorragia de amor sin idealismos hegelianos haya dado nombre a la antología.

Quizá es eso lo que no vi en el Keats de Campion, lo que andaba yo buscando en esa poca expresividad, demasiado atenta a la economía emocional británica. Otro asunto, dicho sea de paso, sería considerar que Jane Campion es australiana. Quizá por eso el ritmo es deliberadamente más tendido. No recuerdo claras las líneas de la tragedia. Es más, por un momento tuve la incómoda sensación de que ni se muere ni cenamos, y eso es fatal para una tragedia. En Keats siempre hay una intensidad que lucha por manifestarse con toda su desnudez. Por momentos pensé que la exquisita puesta en escena estaba tapando un poco las vértebras de ese amor-poema que Keats vivió en su vida-poema.

Quizá es eso lo que me fallaba, que la película no terminaba de ser un poema. Pero es del tipo de fallos que me animan a volver a verla. No sería la primera vez que vuelvo a ver una película porque no me ha terminado de gustar. Me falta Fanny, ver solo a Fanny, ver la película como en realidad está hecha. Yo solo vi una chica que se enamora de un poeta, y que una hora después se echa a llorar. Obviando a Keats quizá vea las cambiantes aristas del sentimiento, las muchas facetas que la hacen brillar.

5.9.10

El fantasma de John Keats

Cada vez que voy a ver un brit, una película inglesa que sucede en el siglo XIX, preferiblemente, o como mucho a principios del XX, antes de ir al cine ya he amortizado media entrada. Disfruto de los jardines y de los muebles, de los suelos de madera y de la indumentaria victoriana, de esa calidad de paño inglés que tienen estas películas. Bright star se anunciaba como un brit tipo Austen, aunque solo fuera por las coincidencias en el tiempo. Y ello garantiza emotivos paisajes nublados y unas cocinas maravillosas, pero también hermosos diálogos de exquisita educación, con todos los rodeos que necesita la ironía y la firme voluntad de que cualquier momento y cualquier conversación deben guardar las formas, esto es, ser hermosas.

Jane Campion no quería esto, a pesar de que haya prescindido casi por completo de indagar en las entrañas de Keats y haya optado por la parte más austeniana de su vida, el amor imposible que profesó por la joven Fanny. Esta es la historia de Fanny, de una chica que se enamora de un poeta pobre, que no puede casarse con él ni asistirlo en sus últimos días de Roma, donde Keats murió a los 25 años. Uno pronto se acostumbra, no obstante, a que el Keats que iba buscando no haya tenido demasiado interés para la directora. Aquel sublimador de paisajes, buscador del éxtasis y de la voz suprema, corroboró con su vida el condimento trágico de su objetivo. Porque uno de los rasgos de esa excelsitud, de esa elevación al rango de lo que la propia naturaleza pudiera decir, es su levedad, su fugacidad. Éxtasis fueron también sus odas, el momento de componerlas, los dos meses aquellos de locura poética que terminaron con su vida, que vista en conjunto parece una pasión del poeta inmolado en aras de la literatura. El romanticismo de su vida consiste en creer que esa consunción era necesaria, que semejante reventón de poesía como son las Odas no puede dejar tan fresco a quien media entre la naturaleza y las palabras.

De todo esto, en la película, aparte de unos cuantos célebres poemas (la Oda a un ruiseñor cierra la película recitada sobre los títulos de crédito, como una garantía de que los espectadores van a salir del cine conmovidos), solo vemos a un poeta que parece un poco atontado, como más allá que acá, naúfrago de tormentas interiores para las que de poco sirve una historia de amor, que no hace más que empeorar las cosas; y junto a él a su amigo y hospedero Charles Brown, de un sorprendente parecido con Eric Cantona, empeñado en mantenerlo lejos de todo aquello que no sea escribir. Todo este personaje, zumbón, celoso del genio productivo y maleducado con las damas, parece sacado de las propias palabras de Brown, el real, cuando comentaba la composición de la Oda a un ruiseñor. Esas palabras son célebres porque nadie se las cree. Según Brown, a Keats le producía un placer continuo y sosegado escuchar a un ruiseñor que había puesto el nido en un árbol cercano. Una mañana sacó al jardín la silla de la cocina y se puso a escucharlo durante tres horas. Brown, que en la película siempre lleva el mismo pantalón a cuadros, dice que Keats vino, como transido, con unas pocas cuartillas que fue metiendo bajo la cubierta de algunos libros. Brown, cómo no, se arroga el haber buscado esas cuartillas y recompuesto las estrofas de aquella maravillosa oda.

Lo que dijo Brown es lo suficiente para caer antipático a la posteridad, que es lo que su personaje consigue desde la primera escena. Hay incluso un baño de barniz salieri en su trato con el gran poeta. Se podría decir que la película es ese proceso de composición, ese vía crucis para llegar hasta el ruiseñor y la esencia de su canto desde la naturaleza más tangible. Por algo Keats era desdeñado por algunos de sus contemporáneos porque lo veían demasiado realista.

No sé si era esta la intención de Jane Campion porque yo solo he visto un enamoramiento tan fulminante como paulatino desde los ojos de una muchacha cuya compostura me recordaba a la de El festín de Babette más que a las clásicas heroínas Austen. Keats está allí como de paso. Su pasión y muerte son otras, no comprendidas por la muchacha, que por eso le pide que le enseñe poesía. Esa escena se corta bruscamente y es lo que habíamos ido a ver, a Keats enseñando poesía. El drama recatado de la muchacha está bien, dice mucho del silencio obligatorio, del amor secreto, pero ese tema ya nos lo sabemos. Lo que muchos espectadores no saben es que el poeta es el intérprete de la naturaleza con la esencia de quien la contempla.

Pero, pese a la extrema lentitud del sentimiento femenino, lo que a la película le corresponde de brit está más que aprobado. Sin lujos pero con hermosas cocinas. Sin esos fluidos diálogos intrascendentes pero con un vestuario muy cuidado. Sin grandes carrozas, pero con bruma conseguida.


Esmeralda no está en París

Cerca de mi casa vive una familia de zíngaros. Llevan ya bastante tiempo instalados debajo de una pérgola franquista, y se asean en una fuente decorada con la estatua de Ramón Gómez de la Serna. De par de mañana salen de sus tiendas de campaña y en menos de media hora repliegan todo para que, cuando la policía municipal haga la ronda, tan solo queden, escondidos entre los aligustres, los cartones que usan para dormir. El resto, las mantas y los cacharros, todo lo que tienen, lo guardan en grandes bolsas de basura que meten en las bocas de las alcantarillas hasta que regresan por la noche. Más de una vez la policía se las ha quitado, o algún gracioso se ha entretenido en levantar la tapa de la alcantarilla y dejar esparcida su ropa por la calle. Los veo tomar un café en un vaso de plástico, sentados en un banco, o desfilar con sus carros de la compra rellenos de aquello que quizá no puedan guardar en las alcantarillas y exponerse a perderlo. También los pueblos nómadas tienen siempre algo que perder.

Van a la primera misa de la mañana en una de las muchas y ostentosas iglesias que pueblan el barrio viejo. Se sientan en el pórtico y mendigan, que es lo que se ha hecho en las puertas de las iglesias desde que construyeron la primera. Antes los mendigos nómadas podían llegar hasta San Pedro, a pedir misericordia, como una más de las muchas órdenes mendicantes con que casi todas las religiones han santificado la pureza espiritual. Ahora las órdenes están hacinadas a las puertas de Roma, y su alcalde se queja de que vayan también a venir todos los que Sarkozy quiere expulsar de Francia.

Poco a poco, el caso de los zíngaros se empieza a parecer al de los indios norteamericanos. Están en Europa desde antes que nadie, se dedican a lo mismo desde siempre. El mundo les ha pasado por encima y ahora son una excrecencia estética, algo que el liberalismo exquisito que nació del 68 no está dispuesto a tolerar. Se les reprocha que no trabajen, como si mendigar no fuese una actividad económica; se los identifica con los carteristas –no con los estafadores, que son más dignos–; se propala incluso que allá en su tierra (como si los zíngaros tuviesen tierra) construyen grandes palacios horteras con la explotación a que someten a sus criaturas. Uno lee los decretos de expulsión del siglo XV o los cargos que se les imputaban en la Alemania nazi y las cosas no son tan diferentes. Más hipócritas y menos salvajes, pero no tan diferentes.

Pero llamarlos mendigos no es exacto. Estamos acostumbrados a ver mendigos harapientos, enfermos mentales que nadie cuidó, alcohólicos que todo el mundo ha rechazado, excluidos de nacimiento que exhiben sus amputaciones. Esta familia de zíngaros va razonablemente bien vestida y no se la ve pasar hambre ni torturas psicológicas. Nunca los he visto beber alcohol ni montar grescas nocturnas. A veces, viéndolos desfilar por la mañana o sacar los cartones de los arbustos por la noche y freír tiras de tocino en el infiernillo, tengo la sensación de que sólo los diferencia de ciertas familias el hecho de no tener paredes. Los padres se sientan en las iglesias importantes, él con un rictus miserabile permanente y ella con pañoleta anudada en la barbilla, grandes sayas hasta los pies y una especie de toquilla, como vestían las mujeres humildes en España hasta hace no más de cuarenta años. Los hijos se apostan en los comercios. Son ya mayores, todos de veintitantos años, uno casado incluso, y en su modo de mendigar se nota que son de otra generación. Los padres componen el rostro medieval del mendigo, ese rictus de quien empieza a llorar, pero los hijos están sentados en su sitio viendo pasar a la gente o mirando al suelo. La hija, una muchacha de ojos luminosos, se sienta en la puerta de la panadería. No pide, saluda, y más de un parroquiano se queda un momento a charlar con ella, no para pensar en la explotación y el analfabetismo zíngaro sino para ver qué tal le va la vida. Es guapa y está bien alimentada. Mira pasar la gente con curiosidad, aunque se ve también en ella un velo de tristeza, o es eso lo que queremos ver. El hermano pequeño es más circunspecto, y el mayor, el que peor me cae, por las mañanas se dedica a rascarse y a fumar mientras su mujer recoge los enseres y carga con ellos. Eso ocurre en muchas casas, pero no todas están a la intemperie.

Con ellos no ha habido broncas, y mira que algunos vecinos paseados por sus perros ya lo han intentado. Les molesta, si acaso, que se comporten como si estuvieran en el campo, algo que ignoran las parejas de enamorados cuando se tumban a darse besos en el césped que los zíngaros tienen detrás de su campamento. Pero el tiempo hace entender su sencillo funcionamiento nómada. Ellos nunca han dejado de hacer lo que hacen. Somos nosotros los que, con el tiempo, nos hemos ido mostrando más y más intransigentes. Sarkozy ha abierto la veda. En Roma se frotan las manos. El Vaticano ni lo pisan. En España pronto alguien los señalará con el brazalete negro de la alarma social. Y se perderá ese recordatorio permanente a la puerta de las iglesias, ese resumen tan perfecto de lo que sigue siendo Europa desde hace más de mil años.

4.9.10

Los toros en invierno

Y celebraremos también la salida al ruedo del toro Pocapena subiéndolo en formato issu. Está en la barra de la izquierda.
Modelo sin dolor

Esta novela (pincha en el título para ver su contenido, o bien en la barra de la izquierda si prefieres el formato issu) fue escrita, creo recordar, en el año 2000. Algún bernardino que la ha leído me sugería que la colgase aquí.

Ideologías literarias, y 3
















Y también como en Guerra y paz hay en Las armas y las letras ese “sombreado final”, que decía José María Valverde, con la narración de algunas muertes que van apagando la luz de la novela, si es que eso fuera posible. En el caso de Trapiello, el final, tras interesantísimos capítulos llenos de nombres y de datos, de exhumaciones y de aquilataciones, lo forman cuatro sonoros, emotivos capítulos que suenan un poco a los cuatro cohetes potentes con que terminan las buenas sesiones de pirotecnia, y que de paso resuelven aquella ingenua pregunta que me planteaba un par de días atrás: ¿quiénes serían los siete magníficos de la izquierda que vivió la guerra?
Al hablar de la derecha, la pregunta era bastante fácil. Nombré entonces a Baroja, Cunqueiro, Pla, Gómez de la Serna, Solana, Torrente y Foxá. Me refería a autores a los que admiro en mayor o menor grado y cuya importancia, digamos, estilística me parece incuestionable. En el caso de Baroja, sin embargo, no me parece bien que Trapiello lo haya incluido en esa nómina de escritores afectos a la causa franquista. Si no incluyó a Unamuno, e hizo bien, no sé por qué metió allí a Baroja, aun a pesar (a pesar poco) de que cuestionase el libelo de Giménez Caballero, ese de Judíos, masones y demás ralea, interesada y torticera maniobra del corta y pega que cogió a Baroja por los pelos. Baroja y Unamuno merecían estar fuera por igual, del mismo modo que a Valle–Inclán lo sacó la muerte de este libro siete meses y doce días antes de que estallara la guerra. Los tres son otra cosa.
No es este el caso de Machado, el primero de esos cuatro pasajes finales con que redobla este magnífico libro de Trapiello. Machado (“uno de los más grandes poetas de todos los tiempos”, ya lo creo) recibe una despedida de discípulo, que si no es más exaltada es por no ser menos machadiana, y que se perfecciona en la hermosa unión de los dos hermanos cuando Manuel se entera de la muerte de Antonio y de su madre y acude desde Burgos a Colliure para llorar sobre su tumba. No faltan las collejas a Ian Gibson, por cierto, algo que siempre regocija al lector, que ya se sonrió bastante con el repaso que le da Trapiello a propósito de otro muerto enorme, Lorca. En el caso de Machado, aparte de intentar, con mimo, como sin estorbar en el duelo ni en la admiración, la reconstrucción de aquellos momentos finales, Trapiello se enfrenta a algo que va más allá del ensayo, a la visión emocionada, a ofrecer al maestro sus mejores armas, sus mejores letras.
Curioso es que, inmediatamente después, Trapiello se guarde al que en el fondo considera el mejor de los de la derecha, Sánchez–Mazas. El libro viene de un repaso a los escritores brigadistas, Orwell, Auden, Koltsov, etc., y a los otros escritores catalanes, de entre los que Trapiello, buen catador de literatura, por encima de cualquier otra consideración, saca lustre a las figuras de Sagarra o Carner. Para mí que en el gusto literario de Trapiello todavía laten aquellos ochenta neomodernistas, cuando después de mucha grisalla porguerrera Pere Gimferrer volvió a desideologizar el aristocratismo estético, como en su momento había hecho Valle–Inclán.
La cuestión es que el libro termina sus exhaustivos repasos con buenos escritores británicos y norteamericanos y un repaso a los buenos escritores catalanes de uno y otro lado. Un pelín frío lo noto al hablar de Rodoreda. Se limita a constatar la importancia de su obra, pero yo creo que en la reedición de 2010 merecían citarse las palabras de García–Márquez, que vino a señalar en ella la primera novela española de posguerra que le interesó. Sus palabras no eran solo una boutade, sino un aviso a navegantes del océano de los papeles, como enunciar un tema de historia de la novelística que nadie se ha parado a tratar. Yo creo que Trapiello habría sabido ver por qué Rodoreda fue tan importante para García Márquez.
El caso, digo, es que después de una nómina de brigadistas internacionales y catalanes de distinta implicación, y de comenzar el final por Machado, lo continúa con Sánchez–Mazas. La vida nueva de Pedrito Andía, novela que, o se me ha pasado, o creo que no cita Trapiello en el cuerpo del relato, es su gran aportación a la literatura, una de esas novelas de las que dices que “está bien”, como si le cupiera un honor inmediatamente mayor al de “no está mal”. Pero nada más.
Pero un escritor como Sánchez–Mazas no fue tampoco frecuente en la derecha. A nadie como a él le cabe un reconocimiento a la nobleza del personaje. Trapiello resume su novelesca resurrección en unas pocas líneas que a mí particularmente ya me parecen suficientes. Todo lo demás que cuenta Cercas en Soldados de Salamina resulta redundante para ensayo e impertinente para novela. A Cercas le cae, también es verdad, un poco de desprecio del que había usado en abundancia para con Max Aub, uno de esos autores polvorientos, sermoneantes y exageradamente narcisistas al que se suele dejar siempre para otro momento. Muñoz Molina lo adora, no sé por qué será. Trapiello, desde luego, no.
La contrafigura de Sánchez–Mazas es otro poeta de izquierdas al que intentó ayudar el padre del grande Ferlosio, Miguel Hernández. La mera curiosidad que nos hizo pasear por Sánchez–Mazas es ahora necesidad de que queden claras ciertas cuestiones. La primera, un extraordinario gesto de buen gusto por parte de Trapiello, la opinión que dio Juan Ramón Jiménez del joven poeta Miguel Hernández. Es de cuando publicó, en 1936, en el periódico El Sol, la Elegía a Ramón Sijé y unos pocos sonetos más, de los que Juan Ramón dijo: “Tienen su empaque quevedesco, es verdad, su herencia castiza. Pero la áspera belleza tremenda de su corazón arraigado rompe el paquete y se desborda, como elemental naturaleza desnuda. Esto es lo excepcional poético, y ¡quién pudiera esaltarlo con tanta claridad todos los días! Que no se pierda en lo rolaco, lo “católico” y lo palúdico (las tres modas más convenientes de la “hora de ahora”, ¿no se dice así? Esta voz, este acento, este aliento joven de España”.
La cita es magnífica, a pesar de ese extraño palabro, rolaco, una definición exacta no solo de la poesía de Miguel Hernández sino de la fuente Castalia, que es la fuente de la poesía. Y también es estupendo el último ajuste de cuentas con la vaya pareja que formaron Rafael Alberti y María Teresa León. Se merecen quedar al final del drama como el malo que se escabulle, el vergonzoso perdedor en la batalla de las letras. En la de las armas, los suyos habían perdido, pero él no: ya había vivido “los mejores años de nuestra vida”, como dijo la León, y viviría de las rentas federicas el resto de su vida. Ya sólo le quedaba a Alberti quedar como un traidor. La visita de Miguel Hernández al palacio de Heredia Spínola donde Alberti y señora se dedicaban a darse banquetes es un resumen definitivo no sólo de las dos clases de escritores que vivieron la guerra, los consecuentes y los aprovechados, sino del lastre que nunca se sacudirá la cultura española, siempre más atenta a la vida literaria que a la literatura.
Y el final, un poco largo, como si insistiera demasiado Trapiello en llegar a la formulación más cabal de lo que quiere decir y ello redundara en aproximaciones prescindibles, está dedicado a Manuel Azaña, un escritor sin lectores, sí, pero de quien, esta vez sí, exaltadamente reivindica sus diarios. Aquí el autor yo creo que barre un poco para casa, no porque no sea verdad cuanto dice de Azaña, una especie de torero que borda los naturales pero antes del paseíllo y desde el burladero está muerto de miedo, sino porque la buena literatura sólo pudo torearla de salón, en su casa, en su diario íntimo. Trapiello lo compara con Pierre, de Guerra y paz, “aturdido, alucinado, colérico ante la estupidez del mundo, tanto como conmovido por el dolor de los pobres y la tragedia de los desposeídos”. Rescata también Trapiello unas palabras suyas que muchos años después tradujo en versión libre aquel político culto y retorcido que se llamó Arzalluz. Azaña había dicho que si, cosa improbable, ganaban los republicanos, al día siguiente los simplemente demócratas tendrían que hacer las maletas. Arzalluz le echó un poco de sal a la cosa: “Si ganasen los abertzales”, dijo una vez, “los de la patera seríamos nosotros”. Azaña da mucho de sí a quien se toma la molestia de leerlo.
Llego al final del libro agradecido por esa mezcla de ciencia y literatura tan escasísima en nuestros pagos. “Un libro de ciencia”, decía Ortega, “debe ser de ciencia, pero también debe ser un libro”. Este lo es, desde luego, porque tiene la honestidad científica de aportar siempre datos de primera mano, de desenterrar valiosos autores olvidados y de distinguir, mal que le pese algunas veces, la ideología de la literatura. Pero es también un libro porque sabe narrar los datos y, llegado el caso, elevar las emociones. Está aquí el gran prosista del Salón de pasos perdidos, pero también, y solo cuando toca, el buen poeta.
La pregunta, en fin, queda sin responderse. Entre los autores de derechas uno puede siempre espigar sus propios hallazgos, o defender a quien empezó a leer cuando aún no sabía nada de su ideología, pero entre los de izquierdas uno tiene que elegir entre Machado, Juan Ramón, Miguel Hernández, Lorca, Cernuda… Lo incontestable de su grandeza deja por detrás esos otros autores equivalentes, acaso no mayoritariamente apreciados, pero sí muy importantes: Ramón Gaya, Merçé Rodoreda, Chaves Nogales, Sender… A ver quién quita a unos y pone a otros. Con la derecha estas cosas siempre son más sencillas.

El cielo de Madrid, 3

2.9.10

Las Bugonias

Me he encontrado con este puñado de ilustraciones de Juan Carlos Navarro para la serie Las bugonias, otro puñado de artículos que publiqué en el Diario de Teruel hace doce años, inmediatamente después de las Miniaturas del 98. Os sugiero que pinchéis en ellas para verlas con detalle.






















Ideologías literarias, 2

















“Pero ¿qué ha pasado entonces para que tan pocas novelas de ese tiempo nos parezcan verdaderas y por qué de las que nos parecen verdaderas casi ninguna resulta aceptable?”, se pregunta Andrés Trapiello al final del penúltimo capítulo de Las armas y las letras. Lo hace, de distinta forma, varias veces, algunas recurriendo a una frase que utilizó profusamente cuando presentaba esta estupenda reedición: “En España no ha habido una Guerra y paz”. En efecto, no la ha habido, y las causas creo que están bastante claras.
Tolstoi, como dice Trapiello, no escribió sobre una guerra civil sino sobre una guerra contra el invasor, y lo hizo, recuerdo yo, sesenta años después de que sucediesen los hechos que narra. Tolstoi no vivió aquella guerra, y eso es fundamental para que su novela fuera la gran obra que es. Cuando el autor ha visto de cerca el conflicto, o incluso ha participado en él, pueden salir grandes libros como el de Mijail Koltsov, el Diario de la guerra de España, grandes relatos como A sangre y fuego, de Chaves Nogales, o incluso títulos determinantes como el Homenaje a Cataluña, o memorias tan valiosas como las de Morla Lynch, o incluso piezas tan importantes para la historia de la lengua castellana como el San Camilo, por más que Trapiello lo moteje de “tosco”. Pueden incluso aparecer novelones populares como La forja de un rebelde, en el lado izquierdo, o Los cipreses creen en Dios y los otros dos tomazos de Gironella. Puede, en último término, decantarse alguna pequeña obra maestra como el Réquiem de Sender. Dejando al margen los meros ejercicios de estilo, ninguna de estas novelas, por más aparatosa que resulte, son la Guerra y paz que añora Trapiello.
La primera respuesta vino a darla el propio Gironella, muchos años después de su gran éxito narrativo: “Yo creía que era como Dostoievski, pero pronto me di cuenta de que no”. Ni tampoco Tolstoi, claro. Esta humildad tan rara en un escritor, si además es español, indica que, para empezar, no había material. Alguien puede decir que si no la hubo fue porque nadie podía escribirla. No porque ya estuviese escrita, como después demostró Vasily Grosman. Koltsov es, para el gusto moderno, el mejor con diferencia, pero entonces esa novela habría sido poco española, en la medida en que Guerra y paz es absolutamente rusa. Es, además, una novela sobre Rusia, escrita con la frialdad de un ruso, pero también con sus frecuentes debilidades sentimentales.
Lo que Trapiello pide exigiría una novela que, además de servir para explicar la guerra, sirviese también para explicar España. El baile de Natacha sería en esa novela una especie de jota ecuménica, o más bien el de unas cuantas Natachas malavenidas. Debería haber tenido esa novela la fluidez de Baroja, la honestidad de Chaves, la imperturbabilidad de Solana, la pasión de Sender.
Como ya explicamos en estas bernardinas por extenso, Muñoz Molina lo intentó con La noche de los tiempos y le salió un churro. (Creo que Almudena Grandes también lo está intentando pero leer su basta prosa me produce una pereza invencible, aparte de que tampoco leería una novela escrita por María Teresa León, anda ya…) La razón de la churrería también puede explicarse en términos tolstoianos. Tolstoi amaba el pueblo que vivía en su novela, y si un escritor empieza una novela con ánimo judicial, ya no está en condiciones de acceder al tuétano de lo que cuenta. Tolstoi, quitándose de en medio (reservando sus apariciones para compactos sermones prescindibles), ascendió a la categoría de supremo narrador, pero en las novelas de entonces, de cuando la guerra, el testimonialismo forzoso las invalidaba como novelas y en las de ahora, la de MM por ejemplo, la necesidad de ser juez además de novelista deja la empresa en nada.
Este testimonialismo, la inmediatez de los hechos, el protagonismo compartido, la autobiografía disimulada, es lo primero que hace imposible una Guerra y paz. Tolstoi creaba personajes para cada una de las actitudes del alma rusa. Pero se guardaba muy mucho de que todos tuvieran vida propia, que todos trascendieran incluso su condición rusa, que es con lo que ha enganchado y enganchará a millones de lectores esa portentosa novela.
Cada vez que uno se acerca a la Guerra Civil, más de 70 años después, se encuentra con que el movimiento historiográfico generado por aquella deflagración todavía no ha dejado de rodar. Últimamente se ha asentado la tesis de Cela (hablo de tesis novelísticas) en el sentido de juzgar a los dos bandos por igual. Cela los juzgaba igual de bestias y primarios, Trapiello los juzga en este libro como seres casi siempre circunstanciados. Todos los verdaderos grandes escritores se salvan por dignidad, y los demás culebrean como pueden en la miopía del momento y su buena o mala suerte literaria. Supongo que el siguiente paso, el paso tolstoiano, es mostrar esa igualdad sin juzgarla. Y replantearse unas cuantas preguntas que siempre se dan por sabidas.
Por ejemplo, ¿por qué prendió? No me estoy refiriendo a las causas políticas, sino al hecho de que un miliciano decida entrar en una iglesia para quemarla o un fascista en una masía para quemarla también y dejar sin nada a sus habitantes. Cómo prende la pólvora. Cuándo matar es natural. Tolstoi habría visto un gran movimiento de masas, una fatalidad autodestructiva que todo lo llenó de humo e impidió a los hombres verse a sí mismos mientras se mataban. Y lo habría mezclado con cientos de historias que dentro de la escabechina renuevan nuestro afecto esencial por el ser humano.
Demasiado tajo para aquellos escritores de la guerra, que escribían con el eco de las bombas, o de las copas de cristal, pero que, al menos en todos los casos que yo conozco, y en parte, por lo que deduzco, en los que comenta Trapiello, sentían la necesidad histórica de ser protagonistas de sus novelas. Hasta que no se pasa eso, hasta que no se disipa el humo, me temo que no brotan las grandes novelas. Y aun así, estimado Trapiello, me temo que tampoco.
De todas formas, me quedan muchas por leer. Igual sí que hay alguna Guerra y paz entre nosotros y no se ha enterado ni Trapiello, que ya es bien raro.

1.9.10

Ideologías literarias, 1






















Las armas y las letras, el libro que Andrés Trapiello dedicó a la literatura durante la guerra civil, ya ha cumplido quince años. Poco antes de aquel 1994, Francisco Umbral había publicado su novela Leyenda del César Visionario, una de las que más he disfrutado del autor, consagrada casi por entero a dar un repaso a la generación de los laínes, como los llamaba Franco, es decir aquellos literatos fascistas con los que el nuevo régimen trataba de taparse un poco el pelo de la dehesa. Se dijo entonces mucho que Umbral estaba imitando a Valle–Inclán, se supone que al Valle–Inclán de El ruedo ibérico, pero allí era mucho más visible la influencia de Ramón Gómez de la Serna, Agustín de Foxá o César González Ruano, los tres escritores fascistas, en distinto grado y convicción. Umbral los acribillaba con sus propias agujas de tejer la prosa, si bien es cierto que de los tres sólo hablaba, y muy bien, de Agustín de Foxá. No necesito buscar el libro para recordar las palabras que usa Umbral cuando compara a Foxá con Torrente Ballester: “Foxá escribe con cucharilla de plata, Torrente con cucharón de palo para las sopas aldeanas”. Sí, esto es muy Valle–Inclán, pero es la tradición del modernismo cínico, perfectamente rastreable en los Retratos de España de Ramón Gómez de la Serna, pero también en la cucharilla de plata del propio Foxá, y no digamos en la del inventor del Vuelo sin motor, como llamaba Ruano a los artículos que no decían nada, que no hablaban de nada, y que eran estilísticamente los más exigentes. (Por cierto, que la que se casó con Camilo José Cela publicó, hará unos diez años, unas pocas columnas en ABC con ese título general; pocas, porque sus limitados recursos duraron menos que la pleitesía del periódico para con su señor marido).
Me ha venido todo esto a la cabeza, digo, leyendo el libro de Trapiello, que sigue siendo igual de bueno. Aunque solo sea por su desmitificación del mamarracho de Rafael Alberti (que Muñoz Molina ha usado últimamente sin tanta gracia), ya merecería la pena. Pero Alberti es uno de los cientos de escritores que aparecen por esas páginas, todos ellos valorados en lo que hicieron y en lo que escribieron, que no tiene por qué coincidir. En la medida en que el autor tiene mucho cuidado en separar ambos juicios, su punto de vista no escamotea la calidad de un escritor por culpa de sus, más que ideas, actitudes políticas. Y, a la hora de considerar a un escritor, importa más la prosa que las fotografías. Trapiello tampoco deja de alabar al escritor Foxá, y describir con un tono entre reprobatorio, guasón y un punto admirativo su condición de aristócrata exquisito. Le atrae que Foxá supiese ver la vida con un cinismo tan decadente, lo cual tampoco es ninguna novedad, porque, un par de años antes de que saliera Las armas y las letras, recuerdo una antología de feísmo modernista que incluía poemas suyos. Lo que no recuerdo ahora es cuándo salió Las palabras de la tribu, de Umbral, con tantos puntos de vista coincidentes con los de este libro.
Con respecto a Ramón Gómez de la Serna, Trapiello es tan condescendiente que se regodea en cierto patetismo. Ramón es un excelente prosista y un pobre hombre, un virtuoso que no hizo más que contar chistes, y que cuando tuvo que pronunciarse sólo miró la lenteja galdosiana, las cuatro pesetas que le daban por babearle a Franco. En el caso de González Ruano, Trapiello es más cicatero con las virtudes estilísticas del interfecto. Siente Trapiello por Ruano un desprecio quizá diferido del infinito que siente por Cela, de quien publica la carta que, a los 21 años, escribió para postularse como soplón de los nacionales. De modo que lo mismo que pondera en Foxá como un gesto de dandismo lo trata en Ruano como una perversión moral. Lo malo de Ruano, la penitencia que lleva en el pecado, es que suele ser defendido por gilipollas tipo Prada, y eso desprestigia a cualquiera. Ruano será lo que sea pero tiene su sitio en cierta genealogía prosística española, que empieza en Valle pero también en el Juan Ramón Jiménez de Españoles de tres mundos (qué alegría coincidir con Trapiello en la admiración por este libro), y encuentra un lenguaje articulado brillante y superficial en la prosa de Ramón, cuya biografía de Solana es uno de los mejores retratos literarios que he leído, sobre todo porque me llevó al gran Solana, pero no sólo por eso.
Pero el de Ruano es un caso raro en este libro. Con Cunqueiro, pese a sacarlo con camisa azul, gana su literatura fantástica y erudita, y sobre todo sus artículos. En un verano de hace más de quince años me llevé a pasar un mes en Galicia los Papeles que fueron vidas y un par de libros más de artículos de Cunqueiro de los que publicó Tusquets, y desde entonces lo tengo como canon del tipo de artículo literario que con más placer saboreo. Claro que, si me pilla leyendo Las horas, de Pla, el canon se tambalea, o se enriquece. Cómo disfruto de lo que pudiéramos llamar el artículo eterno, al margen casi siempre de lo presente, vagabundo de noticias curiosas o inventadas, de mundos apartados, que sin embargo, levemente, con el desdén de un señorón que encuentra una noticia ridícula y ríe con una sola carcajada y sin abrir la boca, apuntan a situaciones que a todos nos resultan conocidas. El presente es secundario y está tratado para que pueda leerse en el futuro, para que no sea más que una anécdota ilustrativa, no el centro de ninguna divagación. En el caso de Pla la cosa es, digamos, más entrañable, porque siempre tiende al trato cotidiano, al detalle real. Es una lástima que La calle estrecha, su única novela, no se haya leído. La culpa, en parte, fue del propio Pla. La gente lo esperaba a él, a su vida cotidiana de señorito de pueblo muy viajado, no a sus ensoñaciones. Con Cunqueiro sucede lo contrario. Su vida son sus libros.
Trapiello le reconoce ser un escritor original y un soberbio articulista, sobre todo porque es el tipo de artículo que entretiene a los lectores como Trapiello y al propio escritor del Salón de pasos perdidos. Esa condición de buscador del Rastro, tan ramoniana, es la misma que le hace paladear la prosa de Cunqueiro, que, como el propio Cunqueiro decía del fray Antonio de Guevara, sabe a pan.
Volviendo a la frase de Umbral, la que compara a Foxá con Torrente, los dos exaltados fascistas, la verdad es que Trapiello es también bastante duro con Torrente. Umbral despreciaba a todo aquel que supiera escribir novelas. Para él, la vanguardia se quedó en combatir a los que siguen practicando el difícil arte de narrar. Lo que en los juveniles años treinta (setenta en España) podía parecer audacia, a la vejez parecía mero resentimiento. Pero no sé por qué Trapiello resume en “un escritor barroco” la trayectoria de Torrente posterior a la Guerra Civil. Es uno de los pocos casos en los que obvia la verdadera trascendencia de un autor.
Trapiello es más barojiano, ciertamente, que también era de mucho buscar entre la gente y tratar a los personajes como objetos que se miran por delante y por detrás, se atiende la explicación del buhonero y se mantiene una breve conversación con él, y luego se pagan dos duros por una parte de la historia de nuestra literatura a punto de perderse. Trapiello, en este punto, se marca los tantos que tiene derecho a marcarse. Él ha exhumado a varios escritores muy interesantes, algunos importantes, en sus paseos barojianos por el Rastro, y se ha sentido muy cerca de don Pío en la poética del chino–chano.
Ramón, Foxá, Baroja, Solana, Torrente, Cunqueiro, Pla: sólo he nombrado a escritores que colaboraron con los fascistas durante la guerra, o se pronunciaron a favor de los nacionales o en contra del otro bando; en el caso de Baroja, contra los dos al mismo tiempo. No incluyo a Cela, que entonces no escribía, y dejo aparte a Cansinos, que se hizo el sueco, y a Unamuno, de quien Trapiello traza un vibrante, emocionado retrato que también me ha emocionado a mí. Es verdad que Unamuno dio su visto bueno a la rebelión militar, pero también que demostró tenerlos mejor puestos que nadie cuando se enfrentó a Millán Astray, episodio que Trapiello reconstruye para mayor gloria de uno de nuestros mejores escritores de todos los tiempos.
Pero los demás son todos, ya digo, fascistas de vocación o conveniencia (política, literaria o geográfica). Si me hubiese dejado llegar por su ideología, los habría rechazado sin leerlos, pero lo cierto es que todos son buenos escritores, y en mi caso particular todos me han hecho disfrutar de lo lindo y se diría que han influido en mi modo de ver la literatura. ¿Quiénes serían, entonces, los siete magníficos de las izquierdas? Vuelvo a mirar la lista y señalo aquellos nombres sin los que mi vida de lector no sería lo que ha sido. Pero eso para otro momento.

31.8.10

Vindicación de John Irving

Bien avanzada la novela, cuando el protagonista, Daniel Baciagalupo, reflexiona sobre el hecho de escribir novelas, John Irving lanza un conmovedor alegato a favor de la ficción, harto de que los periodistas le pregunten sólo por qué hay de real en sus novelas, como si el hecho de imaginar las historias o inventarse los personajes obrara en detrimento de la obra. Es uno de los lados, digamos, melancólicos de la novela: Irving despotrica contra esta fiebre antificticia que sólo afecta a las novelas, habida cuenta de que en las series televisivas de factura industrial la ficción sí es aceptada. Pero en el arte de novelar, aquí y, por lo visto, también en Estados Unidos, se conoce que también los novelistas de genio, es decir, de imaginación, se ven obligados poco menos a justificar el hecho de que se inventen lo que escriben. Cómo explicar a esos ignaros periodistas que la ficción tiene una gramática distinta que la vida real. Cómo decirles que redactar o colocar tipos y ponerlos a charlar es algo que puede hacer cualquiera, pero que dejarse llevar por lo que la historia cuenta está reservado a los novelistas de verdad.

Irving se queja de eso y también de la tabarra que le han dado estos últimos años para que se posicionase (horribile dictu) en cuestiones políticas. Sería de esperar que con esta novela no volviesen a marearle, porque esta novela sí que estáposicionada, y mucho; no más, en cualquier caso, que Las normas de la casa de la sidra o Una oración por Owen Meany, por ejemplo. Pero aquí sí es muy explícito y hay algo que vincula la novela con otras bien conocidas en Europa comoBrooklin Follies, de Auster, o Firmin, de Sam Savage. En todas estas novelas (y también lo he visto en Doctorow) hay una especie de alegato a favor del afecto básico entre las personas. El tratamiento que Auster e Irving dan al 11-S viene a decirnos que lo único que puede salvar este caos es la solidaridad al margen de las familias o los estatus. Nos vamos reagrupando por afectos, y la amistad es bastante más sólida que el amor.

Última noche en Twisted River cuenta la historia de un escritor, muy obviamente trasladable a Irving, que sin embargo no se deja arrastrar por la autobiografía. La vida en los bosques en los años 40, el jipismo de los sesenta o la guera de Irak están tratados con soluciones ficticias y referentes reales. Casi todas sus novelas aparecen sugeridas. Tampoco hace falta una exégesis joyceana para encontrar las citas. Daniel Baciagalupo es John Irving, pero John Irving no es Daniel Baciagalupo. Reconocemos detrás al escritor pero lo que nos cuenta es demasiado novelesco para ser cierto. Afortunadamente novelesco, diría yo. Pertenecen a la gramática de la ficción, no de la vida, la historia del sartenazo en la frente del oso, la de la muerte del joven ganchero, la de la paracaidista desnuda, las de las múltiples mujeres abundosas que pueblan casi toda la novela, madres de anchas caderas, pechos frutales y una subyugante desinhibición. La única mujer con la que Irving se sobra, Keith, la madre Kennedy (qué buena historia, en su momento y ahora), es también la única delgada.

Irving nos puede hablar de su vida o del hecho de escribir. Puede usar elementos de cohesión estructural exageradamente literarios (como es el caso del final, que, cosa rara en Irving, no es buenísimo). Lo que le exigimos es que cree un mundo con su prosa transparente, que nos cuente cosas de los gancheros que desconocíamos, recetas culinarias exquisitas o técnicas para tatuar, pero que cuatro o cinco veces por novela nos cuente una gran historia, y que el conjunto, ese patch-work tan recosido que usa Irving, también sea una gran historia. Esto no es una cualidad específica de Irving: es la que debería poseer cualquier novelista. Por eso suena tan melancólico que un pedazo de escritor como él sienta la necesidad de reivindicarse.

Este método, al mismo tiempo, siempre protege al autor de cierta clase de crítica. Crea personajes demasiado buenos para el protagonista, que lucha por recuperar su papel contra los ecos de otros personajes sometidos por el autor a un cometido secundario. Es el caso de Ketchum, el buen salvaje, que se merecía una sola novela de la que fuese absoluto protagonista, o del padre incluso, o de un puñado de aquellas mujeres, la extraordinaria Pam La Seis Jarras, el Ángel del Cielo, incluso la prolífica Keith. Aquí las citas tampoco son difíciles de reconocer. Ketchum es el pueblo de Idaho donde se mató Ernest Hemingway, y Ketchum, el personaje, es, por así decirlo, la conciencia narrativa del protagonista, el que una y otra vez le insiste en que no evite los lados más oscuros de la narración. Ketchum, como Hemingway, caza osos y tiene una cultura intuitiva, tiene opiniones drásticas y escoge el momento de morir en soledad.

Pero el protagonista es la contrafigura del autor, que pasa por el libro contemplando a su galería de espléndidos personajes, y de paso su galería de espléndidas novelas. Irving ha querido atar toda esta pasarela de tipos interesantísimos con una historia demasiado literaria, la del alguacil loco, con escenas que más de una vez me hicieron pensar si Irving no está tirándoles los tejos a los hermanos Coen. Después de los palos que le dieron por la obsesión documental de Hasta que te encuentre, Irving no deja que las historias se le desparramen. Todo es un puzzle pero su encaje debe resultar ágil y claro. Lo que no sé es si Irving ya previó que el verdadero esqueleto del libro, aquello que lo maciza y lo hace uno, no es tanto la historia sino la, otra vez, melancolía que desprende el autor. Los hijos muertos, las mujeres imposibles, las madres perdidas, todo aquello que siempre ha atraído al novelista Irving ahora es un repaso emocionado y triste a su propia obra, es decir, a su propia vida. Lo que de veras le ha pasado a Irving son las grandes historias dickensianas que nos cuenta. Su certera opinión sobre los jipis, o sobre la guerra del Vientnam, o sobre aquel monstruo ridículo –pero mortífero- que se llamó Bush, o, en fin, sobre el 11-S, un asunto que se nota que Irving tenía pendiente y que no es ni de lejos la mejor historia de la novela, nos interesa porque todo está muy bien contado, pero mucho menos que ver en acción al cazador de osos, el hombre que, otra vez, se mira la mano con ganas de cortársela, o a cualquiera de las mujeres fellinianas que abarrotan la novela. Hay varias historias mejores que las que sirven para dar una opinión política. En realidad hay un buen puñado de ellas, que es a fin de cuentas lo que me interesa.


1.7.10

Los pantalones que llevaba Sócrates

Un clásico en estas bernardinas es el repaso a la moda deportiva del Mundial. Es de lo poco que nos quedará en el recuerdo, aparte de quién ganó. El hecho de que haya siete marcas en juego, pero sobre todo tres, reduce lo que pudiéramos llamar la moda nacional, las camisetas con solera. Adidas sólo lo ha conseguido con Alemania, naturalmente, que se ha dejado de tirantes y de rollos para ser lo más parecido a lo que siempre fue. Alemania debió de exigir que no le volviesen a calzar camisetas estandarizadas, que ninguna otra fuera como la suya. El resultado es que todas las demás de Adidas parecen versiones modernas y olvidables de la de Alemania, lo más parecida posible a la que llevó Bonhoff o luego Rumenige.

La de España, que no es fea, es sin embargo estándar, no es la propia, es la prestada de Alemania, otra vez Ángela Merkel diciendo lo que nos tenemos que poner. No me gustan los pantalones entubados. Tienen pinta de incómodos, estiran la figura del jugador, le dan un punto de hieratismo, actitud muy recomendable para el arte pero no tanto para el fútbol. Sin embargo, con ser bello y moderno, lo que menos me gusta es el color de la elástica. Es un rojo acaramelado, fresco y caduco. Echo de menos la zamarra brillante color granate, con todo el misterio del púrpura y de los forros de seda, y con el escudo en medio, como lo llevaba Checoslovaquia en tiempos de Panenka. No estoy hablando de aquel color ni del que suele llevar Dinamarca, sino del color sangre de toro, del color tinto rioja, de los tapetes de los cálices y de los clubes nocturnos. En cuanto a los pantalones, a España sí le pega el azul mahón, más que a Brasil. De cintura para abajo somos obreros esforzados. Antes llevábamos unas medias negras muy serias, pero también muy significativas. Ahora son azules, más juveniles, más optimistas. Está bien que de una vez por todas España se quite los lutos en un campeonato del mundo, pero hay esencias patrias que merece la pena conservar, y entre ellas no puede faltar ni el color de la sangre ni el del catafalco. Y si, además, se incluyeran los números Ibarra, o bien aquellos de imprenta galdosiana, aquel 7 de Juanito, la identificación estética sería inmediata.

Los otros modelos de Adidas no resultan convincentes. El de Nigeria, demasiado grande, parece esas equipaciones baratas que llevaban antes los equipos pobres. Grecia cayó al modelo B, el de rayas y cuchillos, y con Paraguay no han acertado: las rayas rojas bien puestas son las que lleva el PSV y el Southampton, algo que debería servir de aviso al Atlético y al Atletic aquí en España. Las demás (México, Dinamarca, Japón, Eslovaquia) están bien pero, salvo acaso la de México, son bastante vulgares. Japón iba vestido de Yugoslavia. Se lo tienen que mirar. Esos disparos de Honda se merecían un artista del manga que les diseñe la ropa.

Nike ha sido la más lista. Hace tres años compró Umbro, y bajo ese nombre ha vestido a los jugadores ingleses con una camiseta de rugby. Es, desde luego, la que mejor le sienta a Rooney, que con unos pantalones algo más cortos y ajustados sería un zaguero desdentado de Newcastle. No sólo han recuperado el cuello de suéter de toda la vida sino los preciosos números ingleses, también procedentes del rugby, que en la Premier permanecieron hasta los 80.

El mismo estilo, digamos, retronacional de Nike ha ideado la camiseta definitiva de Estados Unidos, la que lleva una banda bicolor como la de Jesse Owen y tiene el cuello carrado y los ribetes gruesos como las camisetas genuinamente americanas. Y algo parecido ha hecho con Holanda, cuya equipación es la que más recuerda a aquella estupenda del 74, cuando todo el mundo llevaba tres rayas en la manga y a Cruyff le bastaba con dos, las mismas dos que componían sus estilizados números. Aquel 8 del meta Jongbloed, aquel 14 irrepetible.

Luego Nike ha sacado una versión retroestándar cuyo producto más logrado quizá sea la hermosa camiseta de Portugal. Pero Eslovenia, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda llevan la versión común de una camiseta que es la que más se parece a la que todos llevamos en verano. Si acaso he notado en Serbia una concesión a la manga más ancha, más europea, más de brazos pálidos y entecos.

Pero donde Nike ha metido la pata ha sido en Brasil, y eso que ha pagado un Potosí para vestirla. Las camisetas están bien, son camisetas de muchacho que juega en calles de barro, la puerta por la que Nike ha entrado en tantas casas. Incluso los pantalones, demasiado grandes (los del portero dan risa), pueden pasar con ese color que debería llevar España, de cuando todos los pantalones de deporte eran de tela basta azul mahón, como los monos de los mecánicos. Pero lo que resulta intolerable es que le hayan puesto las medias azules. En general no me gustan, pero en Brasil las medias blancas son imprescindibles, así como un pantalón menos mundano y más celeste. Brasil será siempre la larga y hermosa zancada de Cerezo con largas medias blancas hasta la rodilla, o los pantalones que llevaba Sócrates, quizá un poco demasiado ajustados. Sí, esa talla daría también risa. Pero no ese color.

La tercera marca en discordia era Puma, que viste a casi toda África, lo que no deja de ser un contrasentido, porque en África no hay pumas. La Asociación de Felinos Africanos debe de estar que trina. De hecho, los comentaristas hablan en las retransmisiones repetidamente de leones o elefantes, los primeros de Camerún y los segundos de Ghana, no sé por qué, pero nunca de pumas. En todo caso, Puma no ha cometido los excesos de otros años (aquellas camisetas sin mangas, aquellas bandas exageradas) y la equipación de Ghana es una buena prueba de ello. La primera es también de cuello redondo y bordes gruesos y números enormes, muy bonitos, y la segunda es un diseño que igual da ideas a la selección catalana.

Pero Puma fracasó en Italia. Con Uruguay no queda mal, la hermosa combinación celeste y negra puede con todo, pero la equipación italiana, con cuchillos en los canesúes y rayas y cosas, más parecía la de un equipo nórdico que la squadra azzurra. La última marca que vistió bien a los italianos fue Kappa. Aquellos eran los pantalonazos de Paolo Rossi, o de la Juve, y la camiseta ajustada que ahora se ha vuelto a poner tímidamente de moda y con unas feas tiras de celofán. Con esa camiseta, no me extraña que se hayan ido a las primeras de cambio. A la marca le han hecho un favor.

Y quedan, en fin, los casos raros. Le Coq Spotive, que en tiempos vistió a España, y no mal, viste a Argelia (a la metrópoli la viste Adidas), y es mucho más elegante que la media. A Chile la viste Brooks, creo, con feos cuchillos y ribetes en un fondo más bien austero. A Honduras la viste Joma, como al Sevilla, con camisetas como pijamas de verano, aunque en el caso de Honduras han acudido a un diseño de doble línea en las bandas y en el escote muy retro que no está mal.

Pero el caso más peculiar ha sido el de Corea del Norte. No tenían contrato con ninguna marca capitalista, así que a última hora compraron unas de catálogo en la tienda de Legea, una marca italiana. Llevan bandas amplias en las mangas (el de la tienda debió de pensar en Koyi Kabuto cuando le vinieron con semejante encargo) y el cuello muy cerrado, son de rojo sobrio y donde quiera que las encuentres dirías que las han comprado en un chino. Son, junto a las de Inglaterra, las camisetas más modernas del mundial.


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