1.7.07

UNA FLOR DE HIERRO, 2


Capítulo segundo
Las fiebres ondulantes

Guillermina estaba desesperada. En aquel pueblo no había más que mosquitos. La carrera del prometedor arquitecto con el que se casó estaba empantanada en un pueblo de huertanos cuyo ayuntamiento ni siquiera le pagaba el sueldo. Habían tenido ya que prescindir de casi todas las doncellas, y a este paso acabarían robando coles por los huertos para poder comer; cualquier cosa antes que dirigirse a su padre, don Sebastiá Oriol i Claramunt, a pedirle dinero. ¡Ella que se había empeñado en casarse con un artista, que había desdeñado a los jóvenes notarios que le presentaba su padre! Ella sabía que la vida del artista no es un camino de rosas. Pero, puestos a pasarlas canutas, ¡por lo menos que las pasasen en París, en un ático del Barrio Latino, y no en Tortosa, provincia de Tarragona, que estaba llena de mosquitos!
Se pasaba el día escribiendo a sus amigas de Barcelona largas cartas de caligrafía mustia en las que Guillermina introducía toda clase de insinuaciones para que acudiesen a rescatarla. Escribía las cartas junto a la ventana que daba al corral de la casa de al lado, y cuanto más hiriente resultaba su desesperación más largas le salían las misivas, lo suficiente para que el cansancio emocional la terminara relajando y arrojase al fuego los papeles. No llegó a mandar ninguna. Fueron días de llorar apoyada en la repisa de la chimenea, alimentando el fuego con sus pensamientos y deshaciendo después las pavesas con el atizador, hasta que se confundiesen entre las cenizas de la madera.
Esta tortura, sin embargo, era estrictamente privada. Pau Monguió nunca notó nada. Cada vez que se hacía la hora de volver de su despacho en el Ayuntamiento, Guillermina se lavaba la cara y ponía la mesa para dos con la vajilla de la boda, aquellos platos de loza con ciervos asaeteados que corrían por el borde del plato hasta morir de amor. Lo único que no abandonó a Guillermina fue un consejo de su padre, también el único que quiso seguir: nunca perder la compostura, nunca exhibir la debilidad. Guillermina bajaba por las mañanas a las callejuelas de Tortosa y se metía en las tiendas con las criadas y curioseaba en los puestos de pescado, y aprendía el arte de la resignación. Se había equivocado de hombre. ¡Y pensar que lo conoció en la misma fiesta que a Josep María Jujol, que ya estaba triunfando en Barcelona y era inseparable de Gaudí! Le dolía la cabeza de pensarlo, y de despreciarse a sí misma mientras lo pensaba, así que, cuando Pau Monguió se colgaba la servilleta en el cuello duro de la camisa, Guillermina se limitaba a sonreír con la dulzura que le habían inculcado. ¿Alguna novedad?, decía, sonriente, antes de que la criada repartiera en dos platos una fuente repleta de col.
Unos días le afectaba más la ira y otros menos. Se relajaba en la lectura de novelas francesas y en una muy moderada vida social, si por vida social podían entenderse aquellas comilonas de tenderos que alicataban las fachadas de sus comercios con azulejos de colorines. En una mujer peor educada, su carácter habría sido, como se suele decir, de rompe y rasga, pero Guillermina supo desde niña cuáles eran los indicios para barruntar los ataques de ira, y también qué remedios la sosegaban. La lectura solía ser un buen termómetro para su angustia. Si la velocidad con la que leía era la misma que la velocidad con la que pensaba, Guillermina estaba tranquila. Pero cuando, después de comer, cuando Pau se marchaba al Casino de Tortosa y el niño, el pequeño Raimon, se sentaba en el secretaire de su gabinete para rellenar las hojas de caligrafía, cuando Guillermina, en fin, descansaba en la mecedora junto a la ventana, si entonces la lectura le proporcionaba más alivio que otros días, si notaba remansarse el pensamiento con las idas y venidas de las heroínas, entonces Guillermina se preparaba para un ataque sin tregua del que nadie debería notar nunca más que la simpatía que se le supone a una joven y bella esposa. Y eso era dolorosísimo.
Las tardes de lectura se alargaban porque le daba miedo salir a la superficie no leída y sentir que su pensamiento se había desmelenado. Entonces aparecían uno por uno a desfilar por su cerebro en llamas los fantasmas, sentía punzadas en las sienes y lo normal habría sido tomarse unas sales y retirarse a la penumbra de sus habitaciones, a pasar la tarde sin mirar a nadie, devorándose por dentro, pero Guillermina, en esos momentos, lo que hacía era ponerse a limpiar. No estamos diciendo que asumiese las funciones de la servidumbre. Guillermina sólo limpiaba los muebles de madera de plátano que su padre, íntimo del señor Güell, le había regalado para cuando ella y Pau se instalasen en Barcelona. Aquel sillón vegetal tallado en madera de Argelia, con enredaderas que subían por las patas y macizos de rosas que colgaban de los brazos, y que exigían usar el plumero como en las excavaciones arqueológicas y meter la punta del dedo envuelta en un trapo por los instersticios de las flores. Todo esa minuciosidad de ir quitando el polvo mota por mota la relajaba mucho. De momento, la pieza más hermosa, el aparador estilo Vaillin, lo tenían metido en la cuadra, tapado con forros de mantas, al lado de la tartana, porque no cabía por la escalera.
En Tortosa vivían en una casa estrecha del carrer de l’Om, de espaldas al río Ebro. La única estancia agradable, y tampoco con demasiada luz, era un salón que además usaban de comedor, de despacho y de gabinete. Los muebles de madera de plátano se amontonaban en un espacio de techos bajos y humildes proporciones, para ir de un sitio a otro tenían muchas veces que caminar de lado. El Ayuntamiento de Tortosa debía ya unas cuantas mensualidades a Pau Monguió. Él y su mujer estaban liquidando el patrimonio, pero sobre todo él estaba trabajando gratis y ella no vivía en Barcelona. Guillermina, para resolver estos conflictos, o al menos apaciguarlos, leía o limpiaba o seguía las normas previstas: ella debía seguir confiando, si es que eso servía, por lo menos, para dominar algo mejor su pensamiento.
A sus cuarenta y cuatro años, el arquitecto Pau Monguió había perdido el optimismo. En su obsesivo huir hacia Barcelona tuvo que enfrentarse a circunstancias muy desagradables. Ya ni siquiera era posible regresar a Tarragona, donde había firmado algunos de los edificios más modernos de la ciudad. Desde que se marchó de Teruel, en 1902, su obra iba dando vueltas a una noria que iba estrechando su propio cerco como un sumidero. Había fundado una familia y los muebles no cabían en el comedor. Su esposa, no obstante, aportaba la tranquilidad necesaria para no desesperarse. Su dulzura imperturbable disipaba cualquier nube, pero a Pau, en las horas muertas del café, cuando las conversaciones sobre el Riff ya le asqueaban, o cuando alguien, con más o menos retintín, mencionaba al maestro Gaudí, y sobre todo al gran Jujol, su compañero de estudios, gran triunfador, y otrora, quién lo diría, rival de amores, en esos momentos Pau Monguió notaba la sangre írsele piernas abajo y que un silencio vacío se apoderaba de su cuerpo, pero siempre lograba recomponer la sonrisa, colgarla otra vez de sus bigotes engomados, y a la mínima gracia que alguien dijera batir la panza con sus carcajadas.
Pau Monguió pasaba las mañanas en su despacho del Ayuntamiento, un cuarto del sótano donde se amontonaban rimeros de legajos. Como trabajaba mucho más deprisa de lo que aquel ayuntamiento era capaz de construir, el arquitecto acumulaba los proyectos. Guardaba el desánimo absoluto para cuando estaba solo, metido en aquel agujero de paredes abombadas y olor a salitre. Luego, cuando se sentaba en el comedor, mientras se ajustaba la servilleta al cuello duro, Pau Monguió sonreía otra vez.
Una mañana de marzo el correo le trajo dos cartas al Ayuntamiento. Una de ellas tenía el peso y el aspecto de las reclamaciones denegadas y los concursos perdidos. La otra tampoco llevaba remite, pero los rasgos de la letra subieron el pulso del arquitecto. Era su hermana Monserrat, que vivía en Barcelona. Lo normal era que Monserrat le pusiese al corriente de la vida cultural barcelonesa y le avisara de algún encargo particular. La letra de su hermana siempre le hacía sentir que acababa de visitarle la gran oportunidad de su vida.
Esta vez, sin embargo, las noticias eran muy tristes. Rosser, su sobrina, la hija de su hermana, había contraído las fiebres ondulantes. Al parecer había sido la leche de unas cabras que pastaban junto a las obras de la Sagrada Familia, adonde Rosser había ido, como siempre desde que era casi una niña, para copiar los nuevos edificios modernistas de Barcelona y enviárselos a su tío Pau, metidos en las cartas de su madre.
La noticia le llenó de dolor. Rosser ya no era la niña que pintaba monigotes en la escuela. Había cumplido ya los diecisiete años, y llevaba tiempo dándole disgustos a su madre. Otras veces, en tono de discreto reproche, Monserrat había afeado a Pau la costumbre de mandar a la muchacha a que dibujase los portales de las casas. Siempre había ido acompañada, naturalmente, pero Monserrat, cada carta con mayor frecuencia, insistía en que la niña estaba viendo mucha calle, demasiada calle. Pau Monguió se sintió culpable de haber inducido a su sobrina Rosser a probar la leche de las cabras de la Sagrada Familia. La madre no sabía qué determinación tomar con ella, ni cómo corregir su extremo comportamiento, ya de por sí de lo más imprevisible, ni, por encima de todo, como atacar la brucelosis. Al final, tras unas cuantas consideraciones finales en torno al amor fraterno, Monserrat pedía a Pau dinero para llevarse a la niña a la sierra, para curar allí sus fiebres ondulantes con el aire sano del monasterio de Poblet.
Pau quería mucho a su hermana, y también a Rosser. No poder ayudarlas era peor que no haber triunfado en Barcelona, mucho peor que no haber vivido en París. Aquella carta entre sus manos húmedas era un aviso del diablo, el momento después de un silencio largo y feliz en que suena por sorpresa el picaporte. No podía ayudarlas, a no ser que prescindiera de la criada, que le volviesen a pagar su sueldo, o que, en último término, vendiesen a un burgués de Barcelona el aparador estilo Vaillin y todos los muebles inmensos que no le dejaban pasear por casa con las manos en la espalda.
Sólo había empezado a pensar en una solución y ya se sentía agotado. El salitre del despacho le sofocaba los pulmones. Como primera tregua de sus desvelos, abrió la segunda carta. No llevaba sobre oficial, pero el membrete era del Ayuntamiento de Teruel. La palabra Teruel lo volvió a poner en guardia. Monguió se sentía orgullosísimo de sus trabajos en aquella primera época, pero aún no había digerido el desprecio y la humillación con que fue desposeído de su cargo de arquitecto municipal, aquel hundimiento inesperado del que, con los planos en la mano, Monguió siempre defendió que no era el culpable.
Pero aquel accidente acarreó un sinfín de requerimientos y evasivas que llegaban cada pocos meses con el correo. Esta vez, para su sorpresa, nadie le negaba nada. La nota era muy breve. El Ayuntamiento le invitaba formalmente a cubrir la vacante de arquitecto municipal de la ciudad de Teruel. Ofrecía un sueldo anual de tres mil pesetas.
Pau Monguió se quitó el blusón que usaba en su despacho para protegerse de los ácaros, y apañó con él un hato donde llevarse los enormes rollos de papel con sus proyectos de los últimos seis años. Mientras bajaba por la rambla de Pedrell, con el maletín de cuero en una mano y en la otra el bolsón lleno de tubos que asomaban, Pau Monguió casi no tuvo tiempo de pensar en la buena administración de las noticias. Los problemas económicos habían quedado resueltos, y también, en cierto modo, los artísticos. ¿Pero y Rosser? El que Guillermina fuese de tan buen conformar sólo implicaba un sacrificio cada vez. Ella no diría nada, pero Pau, un hombre de su tiempo, con proyectos de patriarca bonachón, pero sin un pelo de tonto, notaría sin duda la mella en el rostro de Guillermina. Antes de llegar al portal de su casa, Pau volvió a atusarse los bigotes, y metio un poco la barriga, y desplegó su sonrisa cotidiana. Cuando se hubo ajustado al cuello la servilleta, se detuvo un momento, congeló la sonrisa, y luego dijo:
−¡Bueno, familia, se acabaron las estrecheces!
−¿Ya te han pagado? −dijo Guillermina, con un leve quiebro de la voz, como sujetando el tono violento que salía de su alma.
−Me han subido el sueldo, encargos aparte. Y lo mejor −dijo Monguió, y esperó a que la criada hubiera puesto la sopa para continuar−, y lo mejor es que nos cambiamos de casa. Amplios salones, vistas al río, habitaciones para el servicio. ¡Te van a faltar muebles, Guillermina! ¡Vas a ver cómo te lucen! La casa tiene luz a todas horas del día.
Guillermina sintió la noticia como una puñalada. El único consuelo de vivir en aquella casucha con el aparador en la cuadra era su condición de insostenible, de que aquello no podía ser el resto de su vida. Pero una casa más grande, un palacio incluso con todos los detalles que Pau Monguió seguía recitando con su jerga de arquitecto, sólo podía significar que el camino había terminado. Junto al río, pensó mientras a duras penas mantenía la sonrisa, seguro que hay más mosquitos. Como pudo recompuso el gesto y preguntó a su marido.
−¿Y en qué calle está?
−No lo sé −dijo Pau Monguió−. Aún no lo sé. No es aquí.
Las cucharas se posaron sobre los platos. Sólo se oía comer al niño.
−Es en Teruel −dijo, y antes de que Guillermina contestase nada siguió enumerando las estancias de la nueva casa, sobre todo aquellas que pudiesen ilusionar al pequeño Raimon.

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