22.2.26

Qué va a ser de nosotros


Leer es estar leyendo. El acto importa más que la memoria. Pasar las páginas con ansiedad, esperar con impaciencia el desenlace, querer que ocurran cosas, todo eso disuelve las novelas en un acto fallido, sus páginas desaparecen como el agua entre las manos. Lo que sujeta una novela, lo que la hace presente, placer sin prisas, es que esté bien escrita (que dé gusto leerla) y que de algún modo el lector pueda ser personaje, o haya vivido (o imaginado) historias que pudieran contarse así. La buena prosa es la lengua franca del lector, lo que le ayuda a instalarse en un mundo privado, igual que la historia de don Cecilio, el personaje que trasladó su oficina anticuada de máquinas vetustas y escribientes con manguitos a un sótano de su negocio, mientras arriba, a la vista de todos, instalaba ordenadores asépticos y veloces, insípidos pero modernos.
Ese personaje aparece en Coloquio de invierno y es uno de los que no solo sirven como símbolo de la novela entera sino de la forma de escribir en la que felizmente sigue instalado Luis Landero. Esa oficina de don Cecilio «recuerda a la pequeña aldea de Astérix, una aldea irreductible en medio del Imperio romano», según dice Adela, otro personaje, o Santos, que sueña con «retirarse a algún rincón del mundo donde el fragor del progreso no haya llegado aún». Así son estos «enemigos acérrimos de la modernidad», los personajes que se cuentan historias mientras pasa la borrasca, escondidos entre el blanco de la nieve, en torno a una mesa que podría ser la de una casa de comidas de los años sesenta o setenta, y contando historias que también los trasladan a esa época. Pío Baroja llegó un momento en que situaba sus novelas en un tiempo difuso, un pasado que podría estar entre finales del XIX y principios del XX, en todo caso un tiempo literario, no cronológico, y así le pasa un poco a Luis Landero, que sus historias y sus personajes fuman farias y se perfuman con Varón Dandy, en una época inconcreta en la que a cualquier humilde menú se añadía el café, copa y puro. E igual que le pasó a Forges cuando tuvo que jubilar a doña Concha, que era gorda y con rulos, y la sustituyó por una mujer delgada que siempre está leyendo, los personajes femeninos de Landero son ahora profesoras de filosofía, o dueñas de una librería, pero siempre con esa pátina de cuero desgastado, como aquella cartera de llevar los libros que hubo que retirar antes incluso de que se jubilara quien la llevaba usando desde que era niño. Viven en esa prosa como antigua, en esa retórica vejestoria, y pertenecen, todos, a «la entrecana zona media», esa vulgaridad de la que Landero se ha hecho contumaz especialista, lo que no deja de tener su gracia porque él es un escritor que ha triunfado contando los fracasos de sus criaturas. Me cuesta recordar un personaje suyo que no fuera un pobre iluso, o alquien que no decida huir de su infortunio, asustado por un crimen que no sabe si ha cometido, avergonzado por algo en lo que quizá nadie se paró a pensar, harto de una vida demasiado honrada. Uno de ellos (personaje de una historia, narrador metido en una narración) es un profesor, don Claudio, que da voz a un tipo de ciudadano decididamente actual, el que se encoge y se aísla de una modernidad que le aturde o le aburre: "Entonces echó una mirada rápida, panorámica, a la actualidad de su época, y no le gustó lo que vio. Referentes que unos años atrás eran válidos y respetados –el filósofo, el escritor, el profesor, el periodista, el político, el propio saber, el legado de la tradición, las buenas formas, la cortesía, la cordialidad del diálogo…–, en poco tiempo habían quedado obsoletos, desautorizados, carentes de sentido, y nadie los echaba de menos, cautivos como vivían casi todos en el vocerío de la actualidad y de las realidades virtuales".
Es verdad. Si algo bueno tiene la modernidad es que te permite huir de ella, instalarte en un mundo ficticio, lleno de aparatos que te concedan la ilusión de vivir en otro tiempo. Landero lo recrea con sus «entrañables estampas costumbristas» (buen endecasílabo), o con restos de historias ya contadas de algún modo, la de la vieja maga que embolica al novio el día de su boda, la del cuadro flamenco con guitarrista antiguo y un bailarín que se vuelve loco, la del descubrimiento de la libertad allá en una aldea perdida, aunque también hay alguna más, digamos, actual, y ciertamente perturbadora, con visos incluso de reto a la ortodoxia moral, como es el caso del profesor ligón que de buenas a primeras se encuentra con la avalancha del Me too.
Los personajes van contando historias como los que se recluyeron en Santa María de Novella mientras la peste arrasaba Florencia, pero aquellos eran jóvenes y hablaban de amor e inteligencia, y estos van para viejos, si no lo son ya, y hablan de lo mal que les ha ido en la vida. Si hubiera que ponerle un pero, quizá fuera el de que la voz de los distintos personajes, hasta ocho, casi no se distingue, más allá de algún rasgo marcial del comandante, de las retahílas o congeries del hostelero (siempre reprimidas por su sensata esposa), o el tono algo más sobrio de las otras dos mujeres, la librera y la profesora, que hablan como una sola, que por algo son compañeras. 
Todos despliegan ese lenguaje melódico, salpicado de construcciones bimembres, dos adjetivos, dos verbos, dos aposiciones, que dotan de precisión en la medida en que privan de naturalidad. Porque un narrador es, ante todo, una voz, y en este tipo de historias corales lo bueno es que no haya siquiera que decir quién está hablando, que se sepa su nombre por cómo usa el lenguaje, que se lo distinga por la forma de hablar. Claro que en este caso es una opción, no un defecto, porque cuando Landero ha querido tirar de oralidad naturalista, como en Lluvia fina, también ha dado una lección, lo que quiere decir que si aquí no lo ha hecho es porque no le ha dado la gana, porque prefería que todo sonara con la misma música de aquellos bailes, con el mismo tono sepia de aquellas fotos que se guardaban en la caja de galletas, y que duraban porque valían, porque eran testigos del tiempo, igual que duraban las pocas cosas que uno usaba, los pocos regalos que a uno le hacían, igual que duraba la cartera de ir a la escuela, aquella hermosa cartera de cuero con la que ahora, en este tiempo de mochilas de plástico, daría vergüenza ir por la calle.
Uno quisiera que alguna vez los personajes de Landero fueran, si no héroes o triunfadores, al menos no la quintaesencia del pobre hombre. Y más ahora, ya setentón él, cuando se cierran los círculos y vuelven los malos recuerdos a cobrarse la deuda de tantos años de saludable olvido. Pero por tristes que sean las historias, por pringados que sean siempre sus personajes, siempre los dignifica esa prosa más allá del tiempo, esa vida sin contornos precisos, sin cables, sin neones, sin pantallas, como cubierta por la misma nieve que vimos cuando éramos niños, como si por unos días, los que cuesta leer un libro, el mundo no hubiera cambiado, al menos no tanto.


Luis Landero, Coloquio de invierno, Tusquets, 2026, 303 p.

   

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