13.8.26

Veramente insulso


En una entrevista interesante de hace unos días, Alessandro Piperno, que presenta novela en España, hablaba de los escritores italianos que él cree que van a quedar. Nombraba a Sandro Veronesi, del que tengo pendiente Septiembre negro, pero me llamaron la atención sus palabras sobre Giorgio Bassani, quien, «muy atacado en los años 60, es un autor que se ha mantenido bien. El jardín de los Finzi-Contini aún conserva su clasicismo». La novela de Bassani es una de esas que no lees cuando compras y luego se les va pasando la vez, de modo que fui a buscarla para rellenar ese —otro— hueco intolerable de obras maestras que corres el riesgo de no haber disfrutado.
Y lo cierto es que, leída la novela, me sorprenden las palabras de Piperno, sobre todo porque él es profesor de literatura francesa y apasionado lector y estudioso de Marcel Proust. Me sorprenden porque, bien, sí, desde el principio de la novela de Bassani uno se instala en ese amor por el detalle, en las descripciones impresionistas de paraísos abandonados, en viejos amores que para ser bellos debían ser dolorosos, etc., etc. Como decía Ungaretti (y cita Bassani), «sufrimiento, no me dejes todavía». Luego he leído que el propio Bassani se defendía de esos ataques esgrimiendo al propio Proust como modelo de su empeño narrativo, algo que tampoco dice mucho en favor de su defensa, porque los ataques estoy seguro de dónde venían: desde las primeras páginas hay otra novela que resuena inconfundiblemente, Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, hasta el punto de que uno se plantea cómo es posible que un libro haya sobrevivido al tiempo con tan descarada dependencia de otro que, además, es bastante mejor. Para compararse con Proust le avalan las minuciosas reconstrucciones del pasado y alguna que otra reflexión, por ejemplo esta:

…para mí, como para ella, más que el presente, lo que contaba era el pasado; más que la posesión, su recuerdo. Frente al recuerdo, toda posesión solo puede ser decepcionante, banal, insuficiente… ¡Cómo me entendia! Mi ansiedad por que el presente se convirtiera «inmediatamente» para poder amarlo y soñarlo a mi manera era igual que la suya, idéntica a la suya. Se trataba de «nuestro» vicio: ir siempre hacia delante con la cabeza vuelta hacia atrás. ¿No era así?


En su caso hay un componente dramático, disperso en la novela con una proporcionalidad un tanto rígida, que tiene que ver con el futuro de los personajes: los Finzi-Contini son una familia de aristócratas judíos en los tiempos en los que el fascismo no deja de sacar nuevas leyes raciales que los van arrinconando. El narrador, proustianamente anónimo, es un joven burgués, también judío, que entra en contacto con los Finzi en la universidad a través de Alberto, el hijo enfermizo, por quien conoce a Micòl, la hermana un poco perro del hortelano que va tirándole cañamones al narrador pero lo rechaza cuando él, en una escena un poco ridícula, trata de, como se diría entonces, hacerla suya. Y sí, Alberto y Micòl suenan demasiado a Sebastian y Julia Flyte, que no eran judíos sino católicos pero también veían cubrirse su mundo de yedra polvorienta mientras iban sonando a lo lejos tambores de guerra. Y el narrador es como ese Charles que, de maniobras con el ejército durante la II Guerra Mundial, encuentra la mansión de Brideshead y en ella su juventud dorada, del mismo modo que aquí el narrador encuentra entre unas tumbas etruscas el recuerdo del jardín cuya tapia quiso escalar. En la novela de Bassani, en vez de pintar frescos juegan al tenis (un poco repetitivamente), y en la cancha se cuela otro joven más bien gordo, Malnate, que sin embargo está a la altura de Micól y de quien el narrador sospecha que está liado con su amada. 
Gilberte o Julia, Saint-Loup o Sebastian, el narrador o Charles, hay sin embargo dos diferencias que alejan la novela de Bassani de las de Proust y Waugh. La de Bassani es muy meticulosa, muy estática, pictórica, con ese método de narrar no acontecimientos sino situaciones en las que se van intercalando noticias, la mayoría históricas, que hacen avanzar la acción; pero le falta esa hondura fluvial de Proust, esas largas reflexiones estéticas a partir de detalles siempre significativos, casi nunca meros efectos de atrezo, como aquí es el caso. Para ser proustiana le falta, digamos, sustancia. Si la comparamos con Brideshead revisited, en cambio, nos queda el punto de vista, el ambiente de aislamiento histórico, su contacto con una clase superior (en un pasaje se cita El rojo y el negro, por algo será) y unos personajes muy similares, pero en la novela de Waugh hay mucha más chicha, mucho contenido argumental. Los personajes no se quedan en el muchacho enfermo y medio mudo y en la joven insatisfecha y caprichosa: Sebastian y Julia evolucionan, se desarrollan, el uno hacia el fondo del mar y la otra hacia los yates de recreo; el propio Charles mezcla la melancolía con la aceptación, la comprensión con la distancia… Y, sobre todo, no dejan de pasar cosas. En la novela de Bassani todo es un cuadro de niños bien jugando al tenis cuya máxima preocupación es ensanchar un poco la cancha sin salirse del jardín cerrado, del sitio en el que ellos mismos se encierran para estar por encima de sus vecinos de Ferrara y en el que la historia los va encerrando por su condición de judíos. El final, además, después de tanta parsimonia, tiene dos defectos graves: es medroso y precipitado, lo primero porque termina con suposiciones, sin atreverse a contar, a cerrar con acontecimientos claros, con hechos, y lo segundo porque la aparición del supuesto rival de amores no estaba lo bastante preparada, y el tenebroso final que les aguarda a todos los personajes no es algo que durante la novela nos haga sentir lo que se nota que el narrador quiere que sintamos. 
Supongo que las críticas de entonces irían por ahí, aunque también sé que las otras novelas del ciclo de Ferrara, sobre todo Las gafas de oro, tienen fama de obras de arte. Habrá que leerlas.

Giorgio Bassani, El jardín de los Finzi-Contini, trad. Juan Antonio Méndez , Acantilado, 2017, 295 p.

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