Eso de estar muy bien documentada era uno de los elogios que más crédito daban antes a una novela. Eso era válido sobre todo para las reconstrucciones históricas, pero también para las novelas que recreaban ambientes cotidianos o épocas concretas. Internet ha introducido lo que suelo llamar la wikinovela, tramas flojas, sin apenas desarrollo, cuando no desplegadas sobre un armazón de tópicos, pero, eso sí, profusamente documentadas con datos que raramente pueden proceder de la memoria, una bisuteria erudita que sustituye lo que de auténtico debe tener una novela para impresionar, emocionar o divertir. En la novela contemporánea, ese tipo de documentación es un recurso para rellenar páginas y sustituir desarrollos de personajes, para no meterse en figuras con las tramas y entretener contando cosas curiosas. Y eso por no hablar de la entrada de la IA en la ficción, claro. A menudo pienso que para escribir una novela decente la primera obligación del autor debería ser la de desconectarse de la red mientras la escriba, fiarse solo de sí mismo, de su sensibilidad y su memoria.
Digo esto porque El colibrí, premio Strega del 2019 en Italia (que debe de ser algo así como el Goncourt en Francia o el Booker en Gran Bretaña) es un paradigma de la wikinovela contemporánea, un libro hecho no «de libros, sobre otros libros y en torno a otros libros», como decía Umberto Eco en las Apostillas a ‘El nombre de la rosa’, sino de datos, sobre otros datos y en torno a otros datos, todos ellos extraídos de internet: largos inventarios de objetos de variada índole, personajes e iconos de ficciones japonesas, diagnósticos de enfermedades y procedimientos para curarlas o para practicar la eutanasia, curiosidades del tenis, del alpinismo, el psicoanálisis, la fotografía, el cine o la arquitectura, un permanente adorno para el collage de momentos desgraciados que va hilando el protagonista, Marco, un hombre que no se mueve, como el colibrí, y no deja de estar en el aire, que se esfuerza en aletear a una velocidad casi inverosímil, casi invisible, para mantenerse en el mismo sitio o incluso retroceder, volar hacia detrás.
La familia de Marco es un desastre: un padre humillado que se dedica a sus maquetas ferroviarias, una madre promiscua que lo engaña y lo desprecia, una hija trastornada que se suicida, otro hijo que huye ofendido por una acusación antigua, producto de la angustia y del dolor, una mujer adúltera y enloquecida, una amante fallida, una hija enferma… Las desgracias, cuando se acumulan de ese modo, cuando no dan tregua ni cabida a nada que no sea un horror, acaban produciendo el efecto contrario, se acaban desactivando en su insistencia, como si fueran piezas muertas de un juego previo en el que no hay margen para que ningún personaje se sacuda las amarras de sus designios. Solo hay tres personajes, más o menos secundarios, que se salen un poco del rigor: el psiquiatra de la mujer de Marco, que se hace amigo suyo, o más bien es la excusa narrativa para que Marco hable de sí mismo; el amigo gafe de la infancia, que no tiene mucho desarrollo pero abre y cierra la obra con una de esas rimas del azar que tanto gustaban a Paul Auster, y la nieta, de un nombre japonés que no recuerdo ni voy a mirar, una suma de virtudes, la destilación de los horrores y las desgracias en una belleza inmarcesible y una virtud a prueba de calamidades. Es el triunfo final del Marco abuelo, del que ha intentado mantener a la familia, comprender a sus miembros descarriados, cuidarlos cuando estaban enfermos, mantener su memoria y su legado, atraerlos cuando habían huido, guiarlos cuando se perdían…, y que por ese no moverse de sus buenos sentimientos recibe el premio de una nieta maravillosa y de una muerte tan dulce como melodramática y alambicada. Me acordaba de aquella campaña que lanzó Benetton en lo más crudo del SIDA, una familia abrazando a un hijo moribundo, el espectáculo de la piedad y del dolor, el atractivo de las lágrimas, el negocio de la compasión. No me gustan esas muertes con violines, ni las emociones sensibleras, ni los finales alargados con sermones virtuosos, y en esta novela hay de todo eso para dar y tomar.
Y eso que hay un fondo japonés en todo lo que cuenta, y sobre todo en ese estilo límpido tan atractivo, que por sí mismo ya tendría su atractivo. Más que las historias del insulso Murakami, que tambien flotan en esta manera de deconstruir la novela en pasajes curiosos y emotivos, en estampas bonitas, se me aparecía en la lectura el mito del Sinnin, aquel cuento de Akutakawe (el de Rashomón) en el que alguien quería aprender a volar y se dejaba llevar por su fe en el ser humano y su buena voluntad, y a pesar de que todo se le volvía en contra y amenazaba con venirse abajo, él conseguía, al final, subido a lo alto de un pino inseguro, «soltarse y volar». Vuela aquí Marco, después de esa eutanasia irritante que consigue reunir a la familia, como un sacrificio por los vivos y los muertos (todos de cáncer, que abunda en la novela) para redimirlos en el amor fraterno y tal y cual.
La muerte (y el cáncer) es más fría y sencilla. Los sacrificios violinescos son de púlpito dominical y de sesión de tarde. La tristeza y la piedad son una categoría estética, pero si uno se pasa de rosca pueden resultar entre tediosas y patéticas, con lo que además se desactiva ese otro vicio del mensaje, que queda reducido a pasto para lágrimas de cocodrilo.
Me gustó mucho Septiembre negro (ya con la salvedad de los deslices wikipédicos), tanto que me decidió a buscar más novelas de Veronesi, pero El colibrí me ha parecido un canto a la ñoñería, un collage de wikidatos, un ajaponesamiento relamido. Para hablar del dolor y de la muerte quizá prefiera pájaros más grises, no tan bonitos.
Digo esto porque El colibrí, premio Strega del 2019 en Italia (que debe de ser algo así como el Goncourt en Francia o el Booker en Gran Bretaña) es un paradigma de la wikinovela contemporánea, un libro hecho no «de libros, sobre otros libros y en torno a otros libros», como decía Umberto Eco en las Apostillas a ‘El nombre de la rosa’, sino de datos, sobre otros datos y en torno a otros datos, todos ellos extraídos de internet: largos inventarios de objetos de variada índole, personajes e iconos de ficciones japonesas, diagnósticos de enfermedades y procedimientos para curarlas o para practicar la eutanasia, curiosidades del tenis, del alpinismo, el psicoanálisis, la fotografía, el cine o la arquitectura, un permanente adorno para el collage de momentos desgraciados que va hilando el protagonista, Marco, un hombre que no se mueve, como el colibrí, y no deja de estar en el aire, que se esfuerza en aletear a una velocidad casi inverosímil, casi invisible, para mantenerse en el mismo sitio o incluso retroceder, volar hacia detrás.
La familia de Marco es un desastre: un padre humillado que se dedica a sus maquetas ferroviarias, una madre promiscua que lo engaña y lo desprecia, una hija trastornada que se suicida, otro hijo que huye ofendido por una acusación antigua, producto de la angustia y del dolor, una mujer adúltera y enloquecida, una amante fallida, una hija enferma… Las desgracias, cuando se acumulan de ese modo, cuando no dan tregua ni cabida a nada que no sea un horror, acaban produciendo el efecto contrario, se acaban desactivando en su insistencia, como si fueran piezas muertas de un juego previo en el que no hay margen para que ningún personaje se sacuda las amarras de sus designios. Solo hay tres personajes, más o menos secundarios, que se salen un poco del rigor: el psiquiatra de la mujer de Marco, que se hace amigo suyo, o más bien es la excusa narrativa para que Marco hable de sí mismo; el amigo gafe de la infancia, que no tiene mucho desarrollo pero abre y cierra la obra con una de esas rimas del azar que tanto gustaban a Paul Auster, y la nieta, de un nombre japonés que no recuerdo ni voy a mirar, una suma de virtudes, la destilación de los horrores y las desgracias en una belleza inmarcesible y una virtud a prueba de calamidades. Es el triunfo final del Marco abuelo, del que ha intentado mantener a la familia, comprender a sus miembros descarriados, cuidarlos cuando estaban enfermos, mantener su memoria y su legado, atraerlos cuando habían huido, guiarlos cuando se perdían…, y que por ese no moverse de sus buenos sentimientos recibe el premio de una nieta maravillosa y de una muerte tan dulce como melodramática y alambicada. Me acordaba de aquella campaña que lanzó Benetton en lo más crudo del SIDA, una familia abrazando a un hijo moribundo, el espectáculo de la piedad y del dolor, el atractivo de las lágrimas, el negocio de la compasión. No me gustan esas muertes con violines, ni las emociones sensibleras, ni los finales alargados con sermones virtuosos, y en esta novela hay de todo eso para dar y tomar.
Y eso que hay un fondo japonés en todo lo que cuenta, y sobre todo en ese estilo límpido tan atractivo, que por sí mismo ya tendría su atractivo. Más que las historias del insulso Murakami, que tambien flotan en esta manera de deconstruir la novela en pasajes curiosos y emotivos, en estampas bonitas, se me aparecía en la lectura el mito del Sinnin, aquel cuento de Akutakawe (el de Rashomón) en el que alguien quería aprender a volar y se dejaba llevar por su fe en el ser humano y su buena voluntad, y a pesar de que todo se le volvía en contra y amenazaba con venirse abajo, él conseguía, al final, subido a lo alto de un pino inseguro, «soltarse y volar». Vuela aquí Marco, después de esa eutanasia irritante que consigue reunir a la familia, como un sacrificio por los vivos y los muertos (todos de cáncer, que abunda en la novela) para redimirlos en el amor fraterno y tal y cual.
La muerte (y el cáncer) es más fría y sencilla. Los sacrificios violinescos son de púlpito dominical y de sesión de tarde. La tristeza y la piedad son una categoría estética, pero si uno se pasa de rosca pueden resultar entre tediosas y patéticas, con lo que además se desactiva ese otro vicio del mensaje, que queda reducido a pasto para lágrimas de cocodrilo.
Me gustó mucho Septiembre negro (ya con la salvedad de los deslices wikipédicos), tanto que me decidió a buscar más novelas de Veronesi, pero El colibrí me ha parecido un canto a la ñoñería, un collage de wikidatos, un ajaponesamiento relamido. Para hablar del dolor y de la muerte quizá prefiera pájaros más grises, no tan bonitos.
Sandro Veronesi, El colibrí, trad. Juan Manuel Salmerón, Anagrama, 2026 (=2020), 316 p.

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