En nuestra peregrinacion otoñal a los santos lugares barojianos, estuvimos hace unos días en el Malerreka o Alto Bidasoa, entre Ituren, Zubieta, Santesteban y demás pueblos de esa parte de la Arkadia. Para descansar a la caída de la tarde me llevo cada año un tomo el tío o del sobrino, este viaje le tocó al sobrino, don Julio Caro, una reedición de su primer estudio de conjunto sobre cultura vasca, La vida rural en Vera de Bidasoa, de 1944, que treinta años después la editorial Txertoa, en su colección de Estudios vascos, publicó con «advertencias preliminares, glosas y ampliaciones intercaladas», según anotacion de su bibliógrafo Antonio Carreira en la papeleta correspondiente. Esta edición de 1974 que yo he leído se titula De la vida rural vasca, y uno de sus atractivos, en efecto, es leer, en cursiva, los comentarios del Julio Caro ya sesentón a la obra del Julio Caro que aún no había cumplido los treinta pero ya llevaba años dedicado al estudio de los temas vascos, y cinco años después alumbraría su fundamental Los vascos, «escrito de una sentada», aunque ya llevaba veinte años, desde 1929 por lo menos, trabajando en un asunto que al final habría de ocupar algo así como un tercio de su vastísima obra. De 1929 es, en efecto, ‘Algunas notas sobre la casa en la villa de Lesaka’, escrito con catorce añicos, aunque para entonces ya su tío le había presentado al sabio Barandiarán, con quien solo un año después Julio Caro se iría «de marmitón» en alguna de sus excavaciones.
De la bibliografía recopilada por Carreira saco algunos títulos anteriores a este libro del 44 que me amenizó las noches ya un poco frescas en un caserío de Ituren. Entre el 32 y el 36 hay trabajos como los de ‘Monumentos religiosos en Lesaka’, ‘Tres estudios etnográficos relativos al País Vasco’ o ‘El tocado antiguo de las mujeres vascas’. Esa precoz dedicación se vio interrumpida y no aparecen artículos nuevos hasta el año 41. Uno de los últimos testimonios de vecinos del pueblo recogidos para La vida rural en Vera de Bidasoa es de junio del 36… Pero en el 41, y con un elocuente obituario de J. G. Frazer, Julito —como lo llamaba Rosa Spottorno cuando él y su tío Pío iban los domingos a comer a casa de Ortega y Gasset— recuperaba el tiempo perdido con una porcion de trabajos (hasta diez títulos recoge Carreira) que desembocarían en este estudio.
Merece la pena leer la reedición de Txertoa del año 74 porque, sin necesidad de explicaciones añadidas, se percibe la distancia entre el joven que tiene decidido, desde que era un crío, cuál es el camino que ha de seguir en su dedicación intelectual, y el hombre desengañado de las frivolidades teóricas y sociológicas y hastiado de un progreso ciego que estaba convirtiendo su amado Bidasoa en un «río cloaca». Si no fuera porque lo cuenta con esa gracia suya contenida, o sea retranca, aún daría más pena lo que cuenta del casero que ya no enciende fuego en el hogar majestuoso, ni siquiera la cocina económica, y tiene que ir calentándose por partes con una mísera estufilla de butano.
Esa sensacion, no tan amarga, ya la tenía en los años 40 cuando se daba cuenta de que las tradiciones no son estancas, que el antiguamente pertenece a un pasado difuso, aunque más o menos estable, que con la revolución industrial se transformó hasta lo irreconocible. A mediados del siglo XX la etnografía ya empezaba a ser historia, y a la altura del 74, tras la mecanización del campo y la generalización del suministro eléctrico y el agua corriente, no más que materia de museo. «Muebles viejos solo tenemos», le decía la casera a los hermanos Baroja cuando iban buscando reliquias del país. El menos aplicado en la conservación de las tradiciones es el que las ha seguido no por rememorarlas cuando se han perdido sino como una costumbre de toda la vida. Escribo esto debajo de un precioso uztarria, un yugo antiguo de roble, labrado con motivos florales, y con su urtedia de correas para sujetar la lanza. Lo que Julio Caro dibuja y describe minuciosamente, en este caserío de Ituren preside el salón, enfrente de la chimenea, y sirve para que los turistas colguemos nuestros forros polares. Aquellas búsquedas de los Baroja ya no son extravagancias de señorito urbano sino señas de identidad, o por lo menos patrimonio pintoresco.
En otro libro que leí hace muchos años, La aurora del pensamiento antropológico, en el que Julio Caro rastrea esa preciosa colección Loeb de clásicos griegos y latinos que todavía está en su despacho de Itzea, se dice que Heródoto, cuando va a los sitios, da fe, no juicio, porque la verdad de los pueblos no está en que sus costumbres sean lógicas o disparatadas, sino en el hecho de que tengan esas costumbres y no otras. Y lo que a Heródoto le valía para los egipcios, a Julio Caro le vale para los vascos de los caseríos. El etnógrafo hace de la descripción objetiva una cuestión moral. Su minuciosidad es una forma de respeto, lejos de las teorías que a Caro solo le interesaban para explicar, no para especular.
Esa actitud, mezcla de ciencia y afecto, ya está en este libro temprano: ciencia porque recoge documentos poco accesibles, sobre todo de los siglos XVII y XVIII que el joven investigador lee con esmero, y dibuja y describe aperos e instrumentos que ya no se usan o ni siquiera se encuentran; y afecto porque habla de una tierra que se nota que ama sin necesidad de decirlo: basta con que sea tan constante su presencia en todo lo que analiza, él en los archivos y en las casas, él hablando con los viejos del lugar y anotando con fidelidad sus consejas y recuerdos, él mismo jugando de chico detrás del Olentzero en el solsticio de invierno. Y todo lo que aquí el joven investigador ha recogido resulta ser un plan de buena parte de su trabajo posterior: sus estudios geórgicos, sus trabajos sobre mitología y religiosidad, sobre brujas, sobre literatura oral, o ese análisis de la colectividad vista en sus ritos de paso, en su vida en común.
Llevo tiempo buscando materiales para una idea un tanto peregrina, la de cómo en literatura se muestra la belleza sin adornos, sin explicitudes, trasladando sensaciones sin recurrir a lo que solemos entender por literario. Ese respeto es lo primero, desde luego, pero también un estilo tan austero como cercano, heredero en muchos aspectos del de su tío. A veces incluso (y tiendo a imaginar que deliberadamente) usa registros típicos de Baroja, por ejemplo el uso de la palabra ‘carácter’, que no es tanto mentalidad como rasgo distintivo, individualizante, orgullosamente propio. En Baroja tienen carácter algunas ciudades o edificios, pero también los paisajes, sobre todo si son el ámbito y el resultado de la vida humana. Aqui Julio Caro usa varios de veces la palabra carácter en ese sentido. En uno (p. 156), hablando del ajuar de un caserío, aporta un inventario de 1772 y da la siguiente explicación:
Mas como un caserío de ahora, fuera de algunos aperos de labranza, ya descritos, y de ciertos útiles domésticos, que se describirán, apenas si conserva, por lo general, muebles, ropas, etc., con interés tradicional y folklórico, sustituiré una descripcion falta de carácter, que escasamente podría interesar a lo sociólogos, por un inventario de otra época, en el que se enumera parte del ajuar de una familia casera rica recién constituida.
En otro caso, hablando del ideal de la virginidad, dice que «obedece a concepciones de cierto carácter poético, a una exaltacion de la personalidad», aunque deja caer, a pie de página, una broma sobre los premios que se daban a las mujeres que llegaban vírgenes al matrimonio, y que no eran demasiado frecuentes (los premios). Pero hay otro pasaje del todo barojiano en el que se habla de la fiesta de los gansos (antzara yoku), esa que consistía en arrancarle el cuello a un pobre bicho colgado de las patas. «La fiesta», concluye Caro, «es de lo más salvaje que puede darse», pero luego añade: «En Vera se ha sustituido por una carrera inofensiva en bicicleta en vez de a caballo, y los gansos se han suplantado por unas cintas con aro. Esto tiene, indudablemente, menos carácter».
Julio Caro Baroja, De la vida rural vasca (= La vida rural en Vera de Bidasoa, 1944), Estudios vascos IV, Txertoa, 1974, 367 pp., 75 ilustraciones.
