6.8.09

La enfermedad sospechosa, 2

El aroma del suicida

“Odio los polisones”, se dijo la señorita Amparo cuando Pascuala, la criada, había terminado de peinarla. Pese a que la irritante moda de los perifollos estaba tocando a su fin (la señorita Amparo recibía revistas de París que así lo acreditaban), el llamado estilo tapicero era todavía una obligación entre las damas de buena familia. El inminente baile de Cuasimodo, recién terminada la Semana Santa, no admitía otro tipo de atavío.

Eso significaba que había que llevar un par de vestidos a la planchadora, probarse los frunces, dobleces y caracolillos, y mantenerlos tan protegidos como un pájaro cantor hasta el día en que hubiera que ponérselos. Lo del pájaro no es broma. Antes de alguna celebración importante, no era raro encontrarse a mozos que cruzaban la plaza del Mercado con un extraño artefacto: una vara al hombro de cuyo extremo posterior colgaba una especie de nasa para pescar cangrejos gigantescos, dentro de la cual viajaba el vestido con su polisón recién almidonado.

El baile de Cuasimodo se había pospuesto hasta el día de San Vicente. Ya se habían terminado las procesiones y las lluvias. La ciudad era un lodazal de arcillas y catalinas por el que a la señorita Amparo le daba asco atravesar. Después del verano, según las últimas noticias, iba a comenzar el adoquinado de la plaza, pero de momento la señorita Amparo tenía que ponerse perdida de barro cada vez que quería salir a la calle. El recogimiento propio de los días de pasión se debía en su caso más a la lluvia que a la piedad. Pero esa mañana era necesario salir. También podía haber mandado al mozo a recoger el vestido, probárselo y volverlo a enviar a la costurera, pero, casi tanto como el barro, a la señorita Amparo la incomodaban las jovencitas tiquismiquis que pasaban el tiempo dándose a entender. Iré yo, se dijo.

Nada más salir a la escalera casi se cae. Pascuala, la criada, había embadurnado el suelo con jabón de sosa.

-Pero Pascuala, ¡otra vez! ¿No te das cuenta de que un día nos vamos a partir la crisma?

Pascuala, de rodillas en el rellano, levantó la mirada.

-El señor ha dicho que lo friegue con jabón todos los días.

-¡Todos los días! Mi padre se ha vuelto loco. ¡Pero cómo vas a fregarlo todos los días! ¡Nos vamos a matar! En fin, ya hablaré yo con mi padre.

-Tenga cuidadidco, señorita, y pase por aquí por este corro, que ya se puede pisar.

Amparo trató de apoyar los botines en los atoques de los escalones. Su alta figura, acaso un poco demasiado alta, parecía, en situaciones delicadas, más torpe de lo que era, sobre todo si, como de costumbre, iba pensando no en lo que estaba haciendo sino en lo que iba a hacer o en lo que acababa de leer. Ahora iba pensando en lo que le diría a su señor padre pero reparó en que había olvidado algo, de modo que se volvió hacia Pascuala cuando ya había pasado por delante de ella.

-¡Todos los días! –dijo-. ¡Igual se piensa mi padre que no tienes otra cosa que hacer!

Pascuala, sin levantar la vista del suelo, sonrió agradecida. Amparo llegó al piso principal, un ancho corredor de baldosas pintadas de flores con muebles oscuros a los lados. La consulta estaba en el gabinete de la izquierda, justo enfrente del saloncito donde a esas horas su madre debería estar rezando el rosario. Había olvidado los propósitos de reprender a su padre, pero al pasar por la puerta de la consulta notó un olor extraño, mucho más extraño que el olor dulzón y bituminoso del ácido fénico con que su padre se empeñaba en perfumar la casa entera. Era un olor habitual en las calles y en las casas, pero no en la consulta de su obsesivo padre. Eran más de las doce, la hora en que los pobres acudían a consulta gratuita. Por eso no se molestó en llamar con los nudillos.

-Pero, padre, ¿se puede saber que es esta pes…?

No terminó la palabra. Un fogonazo de rubor le incendió la cara. Sentado en la camilla, cabizbajo, había un hombre desnudo, y su padre le aplicaba unos emplastos en la espalda.

El doctor Benito miró a su hija por encima de los lentes.

-Ven, ven, Amparín, ayúdame.

Amparo no sabía si mirar o no mirar. Tampoco era la primera vez que veía en la consulta un cuerpo medio desnudo, porque casi todos los días ayudaba a su padre a la hora de los pobres, pero esta vez tuvo la sensación de que estaba violando la intimidad de aquel hombre.

-Toma, sujeta esto.

El doctor Benito tendió a su hija una palangana de metal llena de agua. El paciente llevaba la espalda en perdición, como si lo hubiesen azotado: rasguños, moratones, despellejamientos e incluso una herida abierta como una boca pequeña a la altura de la paletilla.

Amparo contuvo la respiración. El paciente desprendía un olor nauseabundo, pero no propio, no suyo, pensó Amparo; más bien era como si se hubiera caído en algún albañal.

-Ahora tú, hija mía. Limpia bien las erosiones y después las untas con este ungüento –dijo mientras se lavaba las manos en la jofaina. El doctor Benito siempre se estaba lavando las manos. Sus colegas lo llamaban el doctor Pilatos.

-Tiene que aprender -dijo, dirigiéndose al herido, que aún parecía más turbado que Amparín.

El doctor Benito, un poco a espaldas de su mujer, trataba de enseñarle a su hija siempre que podía los fundamentos de la ciencia médica. Hasta ahora le había ayudado a entablillarle la pierna a un niño, y también asistió a un parto difícil en el que se ocupó de tranquilizar a la madre mientras la criatura venía al mundo. Pero era el primer hombre que tocaba con las manos. Aunque no se sabe qué le habría dado más pena, si encontrarlo en cueros vivos o con aquellos calzones amarillentos y remendados, chorreantes de un líquido verdoso que era, pensó Amparo, de donde procedía la pestilencia, y que, por así decirlo, no era suyo.

El torso al aire del herido le produjo una fuerte sensación de desvalimiento. Se le notaban los huesos del hombro, y los brazos eran, así como las piernas, largos y delgados, y muy blancos, igual que un tórax menudo, lampiño, como recogido en sí mismo. Era como si la cara, el mentón pronunciado y el enorme bigote que le tapaba los labios, la mirada entre sombría y consternada y la mata de pelo revuelto tuvieran que pertenecer a un cuerpo de más envergadura. Tenía perfil de héroe y cuerpo de anacoreta.

Amparín sacó las tenazas y el hilo de la cubeta que había hirviendo sobre el infiernillo.

-Esta es la más fea –iba diciendo el doctor Benito, mientras palpaba con el dedo el labio abierto de la herida, de por lo menos tres centímetros de larga, justo debajo de la clavícula.

Amparín dejó las tenazas sobre un pañito, encima de la camilla. Supo que era el momento de desinfectar la herida. Nunca había visto tan de cerca una brecha tan profunda. Con sumo cuidado, sacó el tapón de corcho de la botella de fenol y la volcó para empapar una venda. Cuando fue a tocar la carne viva, su padre la detuvo.

-No, no. Echa un chorro, echa. ¡Esto nos va a escocer un poco, amigo, pero más vale un dolor a tiempo que una septicemia para siempre! –dijo, con aire jocoso.

Pero su hija no se sentía con ánimo de vaciar la botella en aquella carne rosa como la carne descuartizada que traían los tablajeros. Hasta se le pasó por la cabeza preguntar a su padre si no daría lo mismo lavarlo con agua del Carmen, pero finalmente se hizo al ánimo.

Para su sorpresa, el herido no emitió el más leve lamento. Ni siquiera se le contrajeron las mandíbulas. Era como si en efecto le hubiesen echado agua del Carmen, o como si hubiera perdido la sensibilidad. Aunque, pensó Amparín, tampoco habría sido de extrañar. Entre rascones, brechas, heridas y magulladuras, apenas quedaba sitio para la piel blanquísima del cuello y de los brazos. Parecía que lo hubiesen azotado con un látigo romo. El hombre llevaba las manos enlazadas, en actitud casi de oración, y la mirada fija en un lugar indefinido. No pronunció una palabra, ni cuando Amparo dejó caer el chorro de fenol sobre la herida ni cuando el doctor Benito procedió a coserla. Amparo casi se desmaya cuando llegó a sus oídos el momento en que la aguja traspasa la piel como una lona y avanza entre la carne y asoma ensangrentada muy cerca de lo que ya debía de ser el hueso. El hilo le corrió a ella por las entrañas como una cuchillada. Y sin embargo sintió alivio cuando su padre fue estirando los hilos y los ató luego con los dedos, cuando la piel volvió a cubrir la carne y quedó una línea oscura por donde iría en adelante una señora cicatriz.

La muchacha siguió lavando y desinfectando las heridas de aquel hombre inconmovible. El ácido fénico lo estaba usando a espuertas, y una cantidad de vendas fuera de lo normal. Pronto se había familiarizado con las magulladuras. El color de la sangre desaparecía y Amparo decidió que lo mejor era vendarlo entero, como a un penitente. El doctor Benito, entretanto, se volvía a lavar las manos.

-Este hombre es un héroe, Amparín. Tengo que redactar una nota para el periódico en la que cuente lo sucedido con pelos y señales, si a usted no le parece mal. Pero yo creo que lo que ha hecho es digno de que lo sepa todo Teruel.

El hombre miraba al suelo fijamente, y no decía nada.

-Pero eso luego, luego. Lo primero es descansar, querido amigo. Le recomiendo que guarde cama un par de días. Y no se preocupe, yo mismo avisaré al Ayuntamiento de las circunstancias por las que no ha podido incorporarse al trabajo, y pediré que, como muestra de agradecimiento por su heroica conducta, no le sea descontado de sus honorarios. Más adelante, si le parece, celebraremos una entrevista. ¡Noticias como esta no dependen de la urgencia para ser igual de aleccionadoras!

El hombre levantó una mano y giró la cabeza hacia Amparo, que había ya empezado con el vendaje. Amparo se detuvo al instante.

-¿Le hago daño?

-Un poco –dijo el hombre, como amortiguando el dolor con las palabras.

El ácido fénico se había sobrepuesto al hedor del agua verdosa. Sobre el suelo de madera crujiente aún caían gotas de los calzones. El hombre temblaba.

-Ahora mismo, en cuanto llegue usted a casa, se pone ropa limpia y se mete en la cama. De lo contrario me temo que puede coger un enfriamiento.

Las ropas del hombre, un traje de paño ajado, estaban en un rincón de la consulta. A su alrededor se había formado un charco viscoso, como si su propietario se hubiera disuelto en ácido sulfúrico. Amparín terminó de atar los vendajes y salió al pasillo. Una vez fuera de la vista de su padre, aceleró el paso, casi corría, pero sin apoyar los tacones de los botines, para no hacer ruido, y se asomó a la escalera.

-¡Pascuala! –gritó en voz baja.

La criada se asomó a la barandilla del piso de arriba.

-Corre, ve a buscar una muda limpia y un traje de calle del señorito Julio. Y unos zapatos viejos.

Pascuala desapareció de la barandilla.

-¡Y unas toallas limpias! –gritó Amparín.

Cuando volvió a entrar en la consulta, el hombre estaba intentando ponerse los pantalones empapados de salitre. Le resultaba muy difícil doblarse para metérselos por los pies.

-Oh, perdón –interrumpió Amparín-, enseguida estará preparada una muda limpia y unas toallas para que se asee.

El hombre, de pie, encogido, tenía un aspecto aún más indefenso. Los calzones sucios y pegados a las garrillas le garantizaban no sólo un enfriamiento sino casi cualquiera otra enfermedad. Lo cierto es que Amparo no estaba dejándose llevar por la compasión sino por las enseñanzas de su padre y el amor de éste por el ácido fénico.

-Ah –dijo el doctor Benito-, muy bien hecho, hija mía, y cuando se ponga un poco presentable me sigue contando lo sucedido. ¡No quisiera perder detalle!

Luego, un poco azorado por su escasa sensibilidad, caminó rápido y erguido, como los grandes hombres cuando tienen que cruzar en diagonal el escenario, y descolgó el mandilón de hule de las intervenciones quirúrgicas.

-Tome, póngase esto, haga el favor, y vaya donde le diga Pascuala.

El hombre se lo echó a la espalda, como un capote de torear. Amparín notó una ligera contracción de sus mandíbulas cuando la punta de un pliegue del hule se le clavó en alguna herida. Parecía una fantasma.

Mientras se secaba las manos, el doctor Benito dirigió un gesto de abrir mucho los ojos a su hija para que se quedase, cuando la muchacha ya se había sumado a la comitiva del héroe.

-¿Sí, padre?

-¿No querías escribir algo para el periódico, Amparín? Pues ahí tienes una buena historia. Intentó salvar a un suicida que se había tirado a un pozo. Bajó apoyándose con las piernas y con la espalda. Casi se desuella vivo. Luego subió al hombre, pero cuando llegaron arriba ya se había muerto.

Amparín quedó suspensa, hasta que se dio cuenta de que sus deseos inmediatos coincidían con lo que tenía que contestar.

-Lo que usted diga, padre.

-Deberías ser tú la que lo entrevistases. No, no te preocupes, es un hombre educado. Es maestro de escuela. Te atenderá con amabilidad. Yo lo he visto alguna vez con Plácido, el catedrático de biología. Creo que es muy aficionado a las plantas. Por cierto, querida: es más pobre que las ratas, pero no tanto como para no poderse comprar una muda. Si encima que atiendo gratis a los pobres los tengo que vestir… ¡Tú me dirás, hija mía!

-Sí, padre. Yo lo vi temblar y…

-Sí, sí, ya lo sé. Pero para ser buena enfermera debes ser más práctica. Así que ahora dile a Pascuala que friegue bien con sosa cáustica el suelo de la consulta y lave todos los paños y lo rocíe todo bien con ácido fénico. ¡Cualquiera sabe lo que le pegó el suicida!

La enfermedad sospechosa, 1

El morbo asiático

En 1885, el año de la muerte de Su Majestad Alfonso XII, Teruel era una ciudad apacible tomada por la muerte. Una epidemia de cólera cuyas causas seguían siendo un misterio entraba por el hilo de cochambre que unía entonces a la población. La gente pisaba con toda naturalidad boñigas de caballo que podían provocar su muerte fulminante. Pero no lo sabía. La amenaza, sin embargo, no era nueva. Dos años antes, el morbo asiático había llegado a Francia y las autoridades españolas decretaron, con todos los defectos de la improvisación, cordones sanitarios, cuarentenas y fumigaciones; tan sólo habrían de incomodarse, aparte de los franceses, las familias de posibles que viajaban a pasar el verano en Hendaya o en San Juan de Luz. Pero fue la comidilla, y también el hecho inexorable de que tarde o temprano el cólera pasaría los Pirineos.

A un invierno demasiado crudo, de cielos grises y carámbanos en los aleros, habían sucedido varias catástrofes naturales que proporcionaron casa y alimento al asesino, y un hambre voraz. Un terremoto de dimensiones desconocidas se había llevado por delante pueblos enteros en Málaga y en Granada, había partido árboles en dos mitades y enderezado el cauce de los ríos. En el pueblo de Guevéjar, las casas fueron corriéndose ladera abajo hasta una distancia de 27 metros. En toda la región las pobres paredes de adobe se habían deshecho con los estremecimientos de la tierra. Debajo del barro y la paja quedaban muchos vecinos que las autoridades se resistían a contar como muertos para que no cundiera todavía más el pánico.

En Valencia, el deshielo tormentoso provocó inundaciones, arrasó aldeas, engulló ganados, separó familias, y cuando el monstruo hidráulico cesó en sus acometidas, los cadáveres sirvieron de húmedo sustento a toda clase de infecciones. Cualquiera que hubiese mirado un mapa se habría dado cuenta de cuál era el itinerario previsto de la epidemia, pero en el resto del país, en la parte no infectada, no sufrir aún el cólera se confundía con no sufrirlo ya. La idea generalizada de que se trataba de un miasma y no de una bacteria hizo que los habitantes de las ciudades se encomendasen a la providencia en vez de practicar una adecuada profilaxis. Se evitaban los sitios cerrados, pero la gente vivía en sitios cerrados. Se recomendaban ciertas normas de higiene, pero en la mayoría de los casos habría que haber cambiado las costumbres de la vida entera.

Pese a que el doctor Koch, después de un arriesgado viaje al Ganges, la cuna del cólera, hubiese dictaminado que no se trataba de ningún miasma que viajase por el aire sino de un microbio que se propagaba por las deyecciones, la comunidad científica española no lo consideró nada nuevo y por tanto nada útil. Quizá era demasiado duro pensar que, tal y como se veía entonces, era imposible atajar la epidemia, así que se multiplicaron las teorías y las recomendaciones. Alcanzó cierta fama una que atribuía la infección a la falta de nitrógeno, y por ello recomendaba vivir cerca del estiércol y de los mataderos.

En Teruel, entre los pocos vecinos alarmados por la situación estaba el doctor Benito, que tenía su consulta en la calle de Los Amantes, la que comunicaba la plaza del Mercado con la Torre de San Martín. No sólo su profesión de médico le impulsaba a reclamar una mejora en las condiciones higiénicas de la ciudad, sino sobre todo su condición política e incluso periodística. Debajo de la consulta, en la planta baja del edificio, el doctor Benito había inaugurado meses atrás el periódico El Ferro-carril, firme partidario de los conservadores de Cánovas y, por consiguiente, enemigo acérrimo de los fusionistas de Sagasta. Por las tardes escribía la mayor parte de los artículos del semanario, o se dedicaba a solicitarlos a los prohombres de la ciudad y a sus más afiladas plumillas.

El médico era un hombre afable y dicharachero, optimista y conciliador. Nunca dejaba que se extinguiesen las conversaciones pero tampoco las monopolizaba. Es más, cuando notaba que ya se había prendido de nuevo la discusión, contemplaba satisfecho con una mano en el bolsillo del chaleco, adelantaba satisfecho la barriga, se atusaba los bigotes y se encendía un puro. Era miembro conspicuo del grupo de don Mariano Muñoz Nogués, adalid del movimiento que pretendía una línea férrea para unir Teruel con Calatayud. La imprenta de El Ferro-carril se convirtió en salón de tertulias regeneracionistas y cuartel general de la expedición que un grupo de notables, con don Mariano a la cabeza, iban a emprender en breve por todos los pueblos de la futura línea férrea para que se comprometiesen, por así decirlo, en la economía de su construcción.

Si la tertulia se celebraba en la consulta del piso de arriba, el doctor Benito y el doctor García, amigos del alma y rivales científicos, trasladaban a la ciudad la polémica entre contagionistas y anticontagionistas que había contagiado a media España. El doctor García era firme partidario de los experimentos del doctor Letamendi, empeñado en demostrar que no había ningún producto químico capaz de matar a los microbios. Ni el vacteridio carbuncoso ni el diplococus de los puercos ni el bacilo de la tisis sufrían el menor daño por muchos sulfatos, cianuros, trementinas, aguas regias o ácidos arseniosos que se les suministrase. El nitrato de plata los dejaba como si nada. Sólo el fuego purificador podía con ellos, de modo que -argumentaba el doctor García- casi era preferible que el cólera fuese un miasma que volaba por los aires.

Pero el optimismo del doctor Benito halló refugio en las tesis de un ilustre contrincante, el doctor Olavide, que no sólo se jactaba de matar microbios como moscas con el gas suponítrico, sino que había llevado a cabo un experimento revolucionario que llenaba de proyectos la mente de sus discípulos. Todos estaban de acuerdo en la efectividad del ácido fénico y en que el láudano mitigaba los síntomas del cólera, de modo que el doctor Olavide se propuso fumigar microbios con cada uno de los elementos del láudano por separado, a saber, opio, azafrán, canela, clavo y vino blanco. El vino no les hizo mucho efecto, ni el clavo ni la canela, y con el opio, todo lo más, se adormecieron un poco; pero el azafrán había causado efectos fulminantes en la tribu microbiana, como por otra parte ya se podían imaginar todas las madres que untaban de briznas rojas las encías inflamadas de sus criaturas cuando les empezaban a salir los dientes. El doctor Benito, al leer el resultado de las investigaciones, pensó de inmediato en sus parientes de Monreal del Campo, tierra rica en azafrán. Imaginó las virtudes curativas a gran escala, y las empresas productoras, y las masas esbrinadoras. En casa del doctor Benito la planta baja olía a tinta y a papel reciente, a humo de puro y a grasa; la primera, donde tenía la consulta, a ácido fénico, que era un olor dulzón desagradable que a su señora le producía vómitos; y la segunda, el piso donde vivía la familia, a esencia de azafrán. Las costumbres culinarias se hicieron valencianas. Todo sabía a paella.

Nada más terminar la Semana Santa, cuando ya no había miedo de ofender al Sagrado Sacramento, el doctor Benito se decidió a publicar, sin nombre pero con todos los indicios de ser quien era, un informe sobre la desastrosa situación de la salud pública en Teruel, y lo acompañó con un ataque frontal a las más altas instituciones de la ciudad. Dijo que el Junta de Salud Pública estaba formada más por individuos de cierta relevancia social que por expertos en la materia médica.

El doctor Benito había cumplido con Dios y con Hipócrates, pero estaba intranquilo. Lo malo no era que sus palabras fuesen atribuidas a la tradicional arrogancia de los médicos, sino que se interpretasen como que los había llamado tontos, incluido el cabildo de la Catedral. Eso de solicitar que se revisase la composición de la Junta eran palabras mayores. Bien podía ser que muchos de sus miembros, algunos conmilitones fusionistas, se sintieses ofendidos, dejasen de mandar artículos al periódico o abandonasen su consulta. Su familia le felicitaba por su gallardía y altura de miras, pero él sentía el cosquilleo del miedo.

Dentro de aquel grupo de regeneracionistas, al doctor Benito le había sido asignado el regeneracionismo de la higiene. La Junta de Salud Pública intercambiaba chismes sin fundamento y se despedía hasta la próxima semana, pero a finales de marzo, en Játiva, casi en la provincia de Teruel, se había producido un caso de lo que entonces se llamaba la enfermedad sospechosa, y el doctor Benito se apresuró a divulgarlo en su periódico. El efecto fue como el del vino blanco en los microbios. Las calles siguieron embarradas de orines. En la calle de Carrasco, paralela a una calle como la de San Juan, no por estrecha menos principal, los cerdos hozaban entre los transeúntes, las inmundicias se arrojaban por las ventanas, los niños chapoteaban en el fiemo. Se necesitaba con urgencia limpiar la ciudad de pozos ciegos, y acometer de una vez por todas una red de alcantarillas conectada con todas las casas. Pese a que todos los esfuerzos de su periódico iban orientados a una misma vía férrea, el doctor Benito asumió este nuevo papel sanitario como uno de los principales de la obra regeneracionista.

El doctor Benito vivía con su mujer, doña Emerenciana, que estaba muy delicada, y con sus dos hijos, Julio y Amparín. El mayor, Julio, había pasado unos cuantos años en San Carlos, estudiando medicina, y debió de hacerlo muy bien porque volvió con un título, pero escuchar el mundo a través de un fonendoscopio no le entusiasmaba lo más mínimo. Era un hombre todavía joven, de veintiocho años recién cumplidos, fuerte y guapo, de alicatada sonrisa y ademanes expeditivos. Su vida era la caza y el cultivo de la trufa, pasear por los bancales propiedad de la familia y sentarse bajo la parra de la masía para que la masovera le sirviese un buen almuerzo. Había flirteado con todos los poderes del Estado, pero le tiraba la tierra. A fin de cuentas era hijo de médico y por lo tanto un joven deseado entre las familias burguesas de la capital, pero su forma de ser prohombre se orientó desde el principio a las fanegas y las cabezas de ganado, a las perdices que abatir con la escopeta y las rehalas de perros que le acompañaban en la cacería. No era mal administrador, y en poco tiempo el doctor Benito se dio cuenta de que su hijo no seguiría sus pasos científicos, pero tampoco le daría dolores de cabeza. No sólo sabía manejar las pistolas y las vacas sino que supo exprimir su título de médico para desesperación de quien quisiera litigar con él.

Su hija, la joven Amparín, sí le daba quebraderos de cabeza. El que Julio siguiera soltero era una cuestión de tiempo y de cálculo, no de amor. Pero Amparín era todo lo contrario. Había devorado la biblioteca del doctor Benito a una edad en la que debería haberse preocupado por elegir las telas de los vestidos. Pasaba las horas en un sillón de leer de su padre que consiguió subirse a la buhardilla mientras forraba de libros las paredes como un gusano va forrando una crisálida, o una araña tejiendo su red.

La muchacha era un poco más alta que sus amigas, pero de mejor porte. Al hablar miraba con serenidad británica, obedecía a su padre en sus lecciones de enfermería y no provocaba más preocupación que el hecho de no provocar ninguna. La palidez de sus facciones y la oscuridad de sus labios reclamaban paseos por el campo, aire puro, probarse vestidos para el baile de Cuasimodo, hablar con algún mozo de su edad. A los veinticinco años, en materia sentimental, una mujer tenía que estar ya despabilada, y Amparín no llevaba trazas de dejar por un momento la lectura. Su actitud desenvuelta y agradecida era la alegría de la casa, pero de vez en cuando, en mitad de un segundo plato, a la hora de rezar el Ángelus, Amparín decía cosas inquietantes.

En cierta ocasión en que la salud de doña Emerenciana la tenía postrada en cama y eran muy frecuentes las visitas, Amparín las agasajó con su saber estar y jarras de limonada y almojábanas rellenas de cabello de ángel. Apenas intervenía en la conversación, salvo que acudiesen a ella temas por los que sus ojos enfermos de literatura hubiesen merodeado últimamente. Una tarde, entre las visitas se encontraba don Remigio, el diácono de la Catedral, el mismo al que ahora, eso sí, sin señalar, el doctor Benito acusaba de incompetente en sus artículos de El Ferro-carril. Salió el asunto de los estremecimientos de la tierra, la ruina y la muerte que había caído encima de los pueblos andaluces con el último terremoto. Al diácono se le ocurrió decir que la desgracia uniría a las víctimas, y que, entre unos y otros y la providencia de Nuestro Señor Jesucristo, mal que bien saldrían todos adelante.

Amparo, que llevaba un buen rato recta en la silla, sonriendo al que hablaba, dijo entonces con dulzura las siguientes palabras:

-El hombre es para consigo mismo el más cruel de los animales; y en todo lo que a sí mismo se llama pecador y dice que lleva la cruz y que es un penitente, ¡no dejéis de oír la voluptuosidad que hay en ese lamentarse y acusar!

De todos los presentes, sólo el diácono la entendió a la primera, y allí mismo se diagnosticó que Amparín sufría de algún tipo de desquiciamiento, pues una muchacha lista y sensata como ella jamás habría llegado, en el uso pleno de sus facultades, a excederse con semejante falta de respeto ante una alta jerarquía de la iglesia y ante su propia madre, que estaba en la cama. El doctor Benito lo arregló con recetar a su hija paseos por el campo y aire puro, quizá los últimos que se pudiesen dar antes de que el cólera los aguardara en cualquier parte de la ciudad.

El incidente se había ido desdibujando con el paso de los días. Tan sólo lo recordaba el propio diácono, que no pasaba domingo sin preguntar después de misa al doctor Benito si la niña había experimentado alguna mejoría. Gracias a Dios, y quizá porque no cayeron en la cuenta de decirlo en su momento, nadie habló de que Amparín pasase las tardes en la biblioteca. Cuanto menos supiese el microbio de la Santa Inquisición, mejor para todos.

Quizá el que menos importancia dio al incidente fuera el propio doctor Benito, que sabía las costumbres de su hija y tampoco le parecían mal. La frase seguramente había salido de alguno de los libros que de un tiempo a esta parte ella misma encargaba a los libreros de Zaragoza. El doctor Benito se propuso investigar el microbio literario que había infectado a su hija, pero la campaña del ferrocarril y las necesarias medidas higiénicas, además de atender a los enfermos, le ocupaban todas las horas del día.

Nada más acabar la Semana Santa, sin embargo, Amparín tuvo otra salida de tono, esta vez más preocupante. Eran las dos de la tarde. Padre e hija permanecían en la consulta, cuando ya se había terminado el turno de los pobres. Ya casi había terminado de rociar con fenol el suelo de la consulta cuando apareció don Mariano Muñoz Nogués acompañado del joven Serafín Adán, que venían a celebrar con el doctor Benito la derrota sin paliativos del diputado Rodríguez del Rey, el enemigo del progreso número uno, que pedía al ministro de fomento trazar la línea férrea desde Teruel a Sagunto, y no desde Teruel a Calatayud. Las risas y los comentarios autocomplacientes de sucedieron mientras don Mariano leía el discurso del ministro.

-¡Adónde te llevan, hijo del Ganges, con ruedas de hierro! –dijo, de pronto, la señorita Amparín. La intervención causó sorpresa y silencio incómodo entre los presentes por su carácter extemporáneo. Nada más pronunciar tan enigmáticas palabras, la señorita Amparín recompuso la dulzura de sus facciones y volvió a mirar con la sonrisa, pero el doctor Benito pudo ver clarísimamente cómo don Mariano enarcaba las cejas y, molesto por la interrupción, tosía y reanudaba su lectura. Y también vio cómo el joven Adán trató de quitarle hierro, si no a las ruedas, sí al asunto, y se apresuró a preguntar a la señorita si eran versos de su admirado Campoamor.

-No –dijo la señorita Amparín-. Es la pura verdad.

2.8.09

El folletín en PDF

Me acabo de llevar una alegría. Este año, La enfermedad sospechosa sale en PDF en la web del Diario de Teruel. Es mucho mejor que colgarlo aquí, así que quitaré los capítulos de adelanto para que, si alguien quiere, lo siga por el periódico.

25.6.09

Recreo

Me repito un poco, pero es que aún no había dicho en el DDT mis propósitos para este verano, así que la columna que aparece hoy jueves en el periódico viene a ser como alguna de las bernardinas últimas que colgué aquí


Llevo un año viviendo en el siglo XIX. Oigo los cascos de los caballos que pasean por la calle, y las vendedoras de pavos que se arremolinan en la plaza del Mercado, justo en el momento en que por fin se decidió cubrirlo de adoquines. Los tablajeros arrastran cuartos de vaca por el barro, las familias pudientes montan bailes en el Casino Mercantil, en los periódicos hay vivos debates sobre esto y aquello, siempre dividido en dos, el esto de los progresistas y el aquello de los conservadores. España entera presumía de ser leal a sus ideas, es decir, de perdonar las tropelías que pudieran cometer los suyos. Pero por lo menos no había luz eléctrica. Galdós añora de vez en cuando los tiempos de antes de las farolas, cuando al atardecer sucedía el silencio y la noche oscura. Cuando pasaba un hecho grave, o había que dar una noticia urgente, las cartas de caligrafía redondilla tenían que ir en una diligencia hasta Calatayud, que como era una subcontrata y quería cumplir los horarios, se saltaba pueblos o arreaba las caballerías a todo meter, tanto que provocaba quejas airadas de viajeros que volaban aterrorizados a veintitantos kilómetros por hora. Salvando la velocidad, más o menos como ahora. Las fiestas de julio, en fin, eran como antes del bakalao, o como volverán a ser si es que la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Aragón no se queda en agua de borrajas.

El propósito de leer tanta novela decimonónica era ir empapando mis oídos con aquella vida sin tecnología. En 1885, el año que murió Alfonso XII, Teruel era una ciudad apacible tomada por la muerte. Un cólera cuya propagación seguía siendo un misterio entraba por el hilo de cochambre que unía entonces a la población. Si algo malo tenía el siglo XIX es que la gente olía mal, no había una buena red de saneamiento y los cerdos se criaban en las azoteas de los edificios. No había conciencia de virus, de modo que seguir vivo podía ser una perfecta lotería. La gente pisaba con toda naturalidad boñigas de mamífero que podían significar su muerte fulminante.

Ha sido muy divertido leer todo eso. Pero ahora hay que escribirlo. Será, si no se tuerce la cosa (y si se tuerce qué le vamos a hacer) el contenido del nuevo folletín, el quinto ya, el próximo mes de agosto. Hasta entonces, creo que voy a dejar de darles la paliza con las bernardinas y voy a retirarme a mis aposentos, a ver qué se me ocurre.

17.6.09

Baño


Otra vez Sorolla. En el plazo de un año hemos podido ver una deliciosa exposición de miniaturas en Burgos, la monumental de la Hispanic Society, que ya glosamos aquí, y ahora, en el Museo del Prado, un muy abundante recorrido por toda su obra, incluidos los paneles regionales que ya vimos en Valencia. Da la impresión no solo de que ya se le ha perdonado ser un pintor figurativo sino de que los modernos incluso babean con su época fauve. No sé si puede montarse una exposición tan deslumbrante de la obra de Zuloaga, de modo que podríamos ir deshaciendo la parejita: Zuloaga era el 98, el pesimismo, la seriedad encapotada, y Sorolla era el colorido modernista, un baño con grandes luminarias por las que asoman matas de geranios, alicatados blancos y amarillos y paredes teñidas de azul. Esa pintura burguesa que los pacatos de la modernidad no soportaban porque sufrían fotofobia espiritual: demasiada luz, demasiada belleza, demasiado poco mal rollo.
El visitante, ahora, puede ver cómo esa valencianidad tan luminosa es en cambio un halo de comprensión y de verdad. Hay un cuadro que quizá resuma lo que quiero decir: en una playa mediterránea, un fraile vestido de negro acompaña a una parva de muchachos que se bañan en las aguas tibias y algo turbias de la orilla. Entre los niños hay muchos ciegos y tullidos, su carne blanca sin salud, apoyados en muletas de palo, en el momento en que la luz intensa y la brisa del mar les van dando un poco de color en sus pieles de criaturas abandonadas. Sólo el cielo y el mar los bendicen, pero ellos están contentos, casi se les oye gritar cuando sienten el primer frío de la espuma y chapotean y se tiran agua unos a otros. La realidad es la enfermedad y es la miseria, pero también el sol, la algarabía.
Impresionado quizá por ese cuadro, luego tuve parecida sensación con el famoso baño del caballo, y con las odaliscas de carne verosímil, y con las niñas que sonríen bajo el sol. Las madres duermen felices y desmejoradas. Los pescadores son héroes griegos que ganan un jornal mísero. En las postales folclóricas hay siempre algún rostro terrible, en medio de las flores nos perturba la resignación. Las vidas están más claras, su intimidad mejor iluminada. Las figuras están, más que bañadas, redimidas por la luz.

14.6.09

Preparativos de viaje

Quedan quince días para que empiece La enfermedad sospechosa, título provisional del folletín de este verano. Casi he terminado de leer cuanto me había propuesto. Los recortes de prensa y las notas de las lecturas ya están a punto. Tengo ya seguras dos o tres líneas flotantes, es decir, ideas para el argumento que, en el caso de que no me salga nada mejor, podrían sostener perfectamente la narración. Este año el problema no es llegar al final, porque la materia es mucha, aunque sería triste agarrarme a la pura verdad a falta de buenas fábulas con que contarla. De momento somos fundamentalistas de la ficción.

El título provisional podría ser La enfermedad sospechosa pero también El huésped del Ganges o incluso El morbo asiático, porque de las tres maneras llamó el periodismo de 1885 a la última epidemia de cólera que ha sacudido España, y que se cebó con especial saña en todo el Levante (se propagó a raíz de un terremoto en Murcia), buena parte de Aragón y lo que antiguamente se llamó Castilla la Vieja. El propio Alfonso XII, que moriría en noviembre de ese mismo año, se paseó por el lazareto de Aranjuez para pasmo de cuantos creían que una naturaleza tan floja no podría resistir la invasión. Esa invasión la resistió, aunque durase poco. El que no la resistió, pero también murió en noviembre, fue Francisco Loscos, ilustre botánico que a la sazón compartía su ciencia desde la Agencia de Castelserás a todo el mundo botánico civilizado. Se conservan unas cartas muy emocionantes en las que Loscos relata cómo se pasa las jornadas mezclando recetas mientras la epidemia se recrudece vertiginosa y violenta, mientras la muerte pasa por sus dedos.

La cuestión es más interesante si se piensa que muchos médicos de aquella época huían como ratas cuando el cólera pisaba sus dominios. Algunas órdenes mendicantes (los hermanos de San Juan de Dios y los franciscanos capuchinos, muy especialmente) se zambullían en aquel infierno para consolar moribundos y jugarse el pellejo, porque aún no estaba claro qué había que hacer para protegerse de la enfermedad. La discusión entre virus y miasmas llegó hasta Ramón y Cajal y el célebre doctor Ferrán, cuya polémica sobre cómo curar el cólera sigue poniendo los pelos de punta.

Este es el ambiente en el que se desarrolla la historieta, de la que, por supuesto, no voy a decir ni pío, salvo que, así como hace dos años el folletín se subtitulaba Folletín modernista por entregas, este año será un Folletín naturalista por entregas. La idea de jugar con el naturalismo no es un método, pero sí un punto de referencia. Ya sabemos que nada de eso se tiene luego en cuenta, pero viene muy bien para amueblar la concentración.

Lo que no haré este año es publicar los capítulos a medida que los escriba, sino, si acaso, la crónica de su escritura, que seguramente resultará más entretenida. De momento intentaré desperezarme de estos largos meses de no escribir más que lo imprescindible para el DDT. Hace calor. Pronto terminará junio. Llega el Tour.

13.6.09

Pardo Bazán, La madre naturaleza

Acabo de leer La madre naturaleza, precioso título de una pésima novela de Pardo Bazán, sobre todo si poco antes acabas de leer Teresa Raquin, de Zola, o entretienes los viajes en metro con Josef Winkler. La novela es mala porque está muerta. Es un caso clínico de escritor que se siente por encima de lo que escribe; que, más que partir de un método científico para escribir, rellena una herrumbrosa partitura, en cada uno de cuyos movimientos la autora no tiene más ambición que lucirse. No hay punto de comparación con Galdós. En Galdós todo está vivo, el lector es transportado sin conciencia de tiempo y sin que ninguno de los infinitos detalles parezca superfluo ni mucho menos un ejercicio de retórica vacía. La madre naturaleza es una lección dictada por una señora un poco plasta que demuestra no entender el fondo de lo que está contando. Galdós, con Tristana, le daría sopas con honda. En la novela de Pardo Bazán hay una niña estúpida, un estudiante de anuncio de turrón y un viejo verde, Gabriel, tío de la niña, con la que se quiere casar. Es una versión de la fábula de Polifemo y Galatea llena de tecnicismos agropecuarios, tiesa de apresto, almidonada de teoría, asfixiada por la convicción con que escribe la señora Pardo. A veces es gracioso porque hay momentos en que la narración exige cambios de proporciones que la autora le niega con inflexibilidad de Rotenmeyer. En esas –pocas- ocasiones, cuando se exige un tramo de acción continuada, o incluso cuando un diálogo ha prendido y es el momento de desarrollar sus posibilidades dramáticas, Pardo Bazán lo alicata todo de su idea de la novela científica. Todo es previsible, pero antes de que llegue te tienes que zampar un paisaje de juego floral, o cientos de aclaraciones y opiniones gratuitas que te acaban dejando dolor de cabeza porque la lógica de la lectura invita a los ojos a una velocidad que le niega constantemente la severa dama.

Este Polifemo debería ser un elegante señor de provincias, un hombre poderoso que cree parte de sus atribuciones casarse con la hija de su hermana, Nucha, la de Los Pazos de Ulloa. Pero resulta que es un sosainas, y que entre tanta fronda retórica apenas tiene tiempo para frases que en un contexto dramático serían interesantes y aquí suenan ridículas. La escritora era demasiado de derechas como para explicar con crudeza otra cosa que no fuera el aspecto de sus despreciadas campesinas. Galdós es otra prueba de que la compasión no está reñida con la verdad; al contrario, se aproxima más a ella porque trata de verla desde los ojos vivos de sus personajes, no desde unos doctos lentes de condesa.

Se podría decir que es la prosa de la época. Pero el caso es que no estamos hablando de prosa. La oratio numerosa de Pardo Bazán es impecable pero redicha. El problema no es ese. También algunas obras de Pereda se duermen en la suerte pero hay en ellas otro tipo de aliento. El problema está en la circulación de la sangre. El naturalismo necesitaba cierta imperfección que no se puede impostar, que nace de la urgencia, de la tensión al narrar. El narrador naturalista no puede andar explicándonos nada. Debe limitarse, como dice Zola, como hace cualquier buen novelista, a describir. Su escritura es urgente, mirad lo que está pasando, y al mismo tiempo minuciosa, acumulativa, en una retórica de inventario que sin embargo tiene siempre sus propias reglas narrativas. Modernamente hemos dejado que pasasen por alardes lo que no eran sino hipertrofias, sin pensar que el verdadero alarde no consiste en cumplir un programa previo ni en exhibirse sino en entregarse a lo narrado, en darle vida.

Y eso no sólo es independiente de las épocas sino muy frecuente en la novela que Pardo Bazán leía y que trataba de imitar de manera científica. Lo peor es eso, que en lo claro que lo tiene todo da la exigua medida real de su talento. No obstante, al final la novela corre un poco más, digamos que como los caballos cuando barruntan la cuadra, y en ese tramo más intenso y dialogado está lo que debería haber sido la novela desde el principio. Más que encontrar un final ad hoc, hubiésemos querido que la autora se hubiera encontrado con un tono con el que rescribir entera la novela.

En ese final hay un monólogo sorprendente, un fragmento que se sale de la pulcritud apelmazada del resto para entrar en un territorio mucho más moderno. Casi al final, cuando ha conseguido mandar al joven pretendiente lejos de la muchacha, Gabriel tiene un arranque en el que ya se huele al Augusto Pérez de Unamuno, pero también a esos personajes de Turguéniev que cambiaron, esos sí, el rumbo de la novela en Europa. No sería este mal momento para leer Padres e hijos.

El fragmento de marras dice así:

La verdad es que deseaba estar solo, como todos los que lidian con preocupaciones muy serias. Pesado silencio llenaba la salita, y lo interrumpía sólo el zumbido de un moscardón, que se aporreaba la cabeza contra los vidrios de la ventana. Gabriel Pardo acercó su silla a la mesa, y apoyando en esta los codos, dejó caer sobre las palmas de las manos la frente, experimentando algún consuelo al oprimirse los párpados y las sienes doloridas. Ni él mismo sabía por qué, después de dos o tres días de febril actividad, de lucha encarnizada con una situación espantosa, le entraba ahora tan inmenso desaliento, tales ganas de echarlo todo a rodar, meterse en un coche y volverse a Santiago, a Madrid...

Tres noches llevaba sin dormir y tres días sin comer casi, y tal vez por culpa de la vigilia y abstinencia le parecía en aquel instante que su cerebro estaba reblandecido, y que sus ideas eran como esos círculos que hace en el agua la piedra arrojadiza; no tenían consistencia alguna. A fuerza de encontrarse frente a frente, de lidiar cuerpo a cuerpo con uno de los problemas más tremendos que pueden acongojar a la razón humana, ya había perdido la brújula, y el desbarajuste de su criterio le amedrentaba. -Vamos a ver (y era la centésima vez que repetía aquel soliloquio mental). Aquí se han tronzado moralmente dos existencias; se les ha estropeado la vida a dos seres en la flor de la edad. Los dos se causan horror a sí mismos; los dos se creen reos de un crimen, de un pecado espantoso... y los dos, bien lo veo, seguirán queriéndose largo tiempo aún. ¿Son delincuentes en rigor? Por de pronto, que no lo sabían; pero supongamos que lo supiesen, y así y todo... No, dentro de la ley natural, eso no es crimen, ni lo ha sido nunca. Si en los tiempos primitivos, de una sola pareja se formó la raza humana, ¿cómo diantres se pobló el mundo sino con eso? ¡Ea, se acabó; está visto que yo no tengo lo que llaman por ahí sentido moral! ¡A fuerza de lecturas, de estudiar y de ejercitar la razón, me he acostumbrado a ver el pro y el contra de todas las cosas...! ¡Me he lucido! Lo que la humanidad encuentra claro como el agua, lo que un niño puede resolver con las nociones aprendidas en la escuela, a mí me parece hondísimo e insoluble... Sólo en el primer momento, guiado por mi instinto, procedo con lógica; así cuando quería matar a Perucho; entonces era yo un hombre resuelto, no un divagador miserable; pero, ¿cuánto me dura a mí esa fuerza, esa convicción? Diez minutos; el tiempo que tardo en echarme a filosofar sobre el asunto y empezar con porqués, con atenuaciones, indulgencias y tolerancias... ¡El cáncer que me roe a mí es la indulgencia, la indulgencia! ¿Me casaría yo, aunque fuese lícito, con una de mis hermanas? No, y estoy disculpando el incesto. Como aquella vez que encontré mil excusas a la cobardía del famoso Zaldívar, el que se guardó varios bofetones y no quiso batirse... ¡y luego tuve que echármelas yo de matón para que no se figurasen que defendía causa propia! Aún me río... ¡Cómo me puse cuando el otro botarate de Morón me dijo con mucha soflama que era cómodo tener ciertas teorías a mano...! Aún se deben acordar en el café de la que allí se armó... ¡Ay, y qué cansado estoy de estas dislocaciones de la razón, de este afán de comprenderlo y explicarlo todo! La calamidad de nuestro siglo. Quisiera tener el cerebro virgen, ¡qué hermosura! ¡Pensar y sentir como yo mismo; con energía, con espontaneidad, equivocándome o disparatando, pero por mi cuenta! Ese montañés me ha inspirado simpatía, cariño, envidia, admiración. Él se cree el hombre más infeliz de la tierra, y yo me trocaría por él ahora mismo... ¡Con qué sinceridad y entereza siente, piensa y quiere! Vamos, que ya daría yo algo por poder decir con aquella voz, aquel tono y aquella energía: -¿Soy algún perro para no creer en Dios?

10.6.09

Atrezzo

Las recreaciones históricas que triunfan por nuestros pueblos ya no sólo se dedican a la Edad Media fantasiosa y belenita, ni a imitar los juegos patrióticos americanos que conmemoran la Guerra de Secesión. Para empezar, ya no recrean algo de hace más de cien años, sino que se visten como quizás algún abuelo del pueblo fue vestido alguna vez. En un pueblo de Polonia se recrea la Segunda Guerra Mundial con miles de turistas que sonríen y hacen fotos a un destacamento nazi. En Torre de Arcas, asociaciones que se dedican a estos menesteres teatrales llevan varios años tomando el pueblo y disparando tiros bajo el balcón de quien quizás entonces salvó el pellejo de milagro, y aún está vivo. Los actores no se visten de delatores, de asesinos o de muertos de miedo, de hambrientos ni de desesperados. Son a la realidad lo que las películas americanas de los años 50 a la II Guerra Mundial. El juego consiste no en meterse en la historia sino en el celuloide, en jugar a ser partícipes de una ficción que representa, como una fiesta dominical, una barbaridad cuyos estragos aún no están limpios del todo. Es más, nos ponemos de acuerdo en la memoria histórica y al mismo tiempo la relegamos a su lejana condición de mito histórico, de juego infantil.

No juzgo; contemplo. Loores sean dadas a los organizadores de tan turísticos eventos y que cada cual se divierta como mejor le pete. Pero no deja de ser curioso que en vez de compañías ambulantes de teatro ahora rueden por los pueblos grupos que representan ante sus vecinos lo peor, lo más triste y doloroso de su propio pasado. La Memoria Histórica no consiste en que aún te duelan las balas, y estos grupos levantinos se las ven que ni pintadas cuando se trata de disfrazarse, aparte de que en su afición hiperrealista desarrollan una interesante labor de atrezzo y vestuario que puede resultar hasta instructiva. Son ciudadanos de la época del rol. Juegan a estar viviendo una aventura que ha sido previamente desinfectada de todo lo que pueda herir la sensibilidad del espectador. La mejor manera de superar las llagas del pasado y montar una buena compañía es, como al principio, que yo era el indio y tú el vaquero, y tú ahora te morías porque yo ya me he muerto antes. En estos casos el Ayuntamiento es esa madre que interrumpe el juego para que todos vayamos a merendar.

Diario de Teruel, 11 de junio de 2009

3.6.09

Vaca

Todavía llevo encogido el corazón de ver las obscenas fotos que publicó el martes pasado este diario. Todavía me produce escalofríos la imagen de la vaca muerta en Linares de Mora, recién parida, la vulva deshecha y tumefacta, como si a base de estirones y mordeduras los buitres hubieran intentado sacarle las tripas, y el ternerillo, a su lado, al final de un reguero de placenta ensangrentada, herida la párvula boca, porque al primer vagido le arrancaron la lengua a picotazo limpio.

La crudeza naturalista de aquellas imágenes nos aflige porque las vacas tienen alma. Ves un coleóptero y no sientes nada, pero con los mamíferos es fácil identificarse. Una vez consulté con una mujer que se había criado entre vacas y me dijo que desde que habíamos entrado en la Unión Europea las vacas eran más estúpidas. Claro que ella hablaba de las pobres vacas lecheras, que, más que tontas, parecen haber renunciado a plantearse fríamente su penosa situación de nodrizas enjauladas. Las vacas que se crían en el campo abierto y matan moscas con el rabo adoptan actitudes más comprensibles, dicen mucho con los ojos, y no es igual su indiferencia cuando pasa el tren que cuando al lado tienen un becerro que no se puede aún tener en pie. Su maternidad es proverbial. En una postal no puedes poner a un buitre regurgitando la lengua de un ternero para dar de comer a sus crías, pero una vaca es síntoma de sosiego pintoresco, de buena salud.

Ni tampoco quisiera haber estado en el pellejo de la veterinaria que acudió a socorrerla y se encontró a cien buitres polvorientos con los picos rojos de carne. Cualquiera se mete con ellos. La naturaleza tiene sus normas y cuando no hay carroña los carroñeros se adaptan a escape. Atacan a todo lo que no se mueve, esté vivo o muerto, como sabe cualquiera que haya leído novelas de vaqueros o esos tebeos en los que el explorador agita los brazos para que los buitres no lo tomen por fiambre antes de tiempo. Las que no se adaptan son las vacas, pobrecicas, y por eso urge volver al burro muerto de Buñuel, a los esqueletos desperdigados, y levantar de una vez, que ya va siendo hora, el artificioso protocolo de las vacas locas. Esa pobre vaca muerta en el momento más hermoso de su vida seguramente ya no sirve ni para filetes. Los buitres se la comerán entera. No dejarán ni la lengua, con lo rica que está.

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