Pasé muchas tardes de la adolescencia en la biblioteca pública. Todavía hoy, de vez en cuando, recorro el camino desde allí hasta mi casa de entonces, sobre todo en invierno, ya de noche, tratando de aspirar algo de aquel tiempo, y si digo aspirar es porque ningún sentido me transporta al pasado con tanta precisión y con tanta plenitud como el olfato. La bibilioteca, por ejemplo, olía a papel, claro, pero mezclado con el olor de la calefacción de carbón que impregnaba el mobiliario, y también, a lo lejos, el de la tagarnina que el funcionario de la biblioteca, un hombre canoso, muy mayor, por lo menos de cincuenta años, llevaba siempre colgando de los labios. En esa biblioteca, además de preparar trabajos que ahora se hacen solos, sin pasar por los ojos ni mucho menos por la mente del alumno, iba rastreando mi futuro. Había dos libros que para mí eran sagrados: no solo leía su contenido; los olía, los tocaba, memorizaba fragmentos, con la pena, o el aliciente, de que pertenecían a una sección fuera de préstamo. Uno era Poesía española, de Dámaso Alonso, en edición de Gredos, de la Biblioteca Románica Hispánica, aquellos volúmenes intonsos en origen y luego sin desbarbar, encuadernados en cartón amarillento, todavía no plastificados, con el nombre del autor en azul y el título en rojo; y el otro, La España imperial, de John Elliott, editorial Vicens-Vives, de cubierta blanca, con un galeón dibujado en la tapa, debajo del título, en grandes mayúsculas rojas, y encima de las fechas, «1469-1716», en letras negras de palo seco, que entonces eran la tipografía moderna de los libros de texto. El libro estaba publicado el mismo año de mi nacimiento, algo en lo que entonces no caí. Pero no pasó mucho tiempo antes de que los dos estuvieran siempre a mi alcance, el de Alonso en una reimpresion de cubierta ya plastificada y hojas guillotinadas de 1981, cuando ya me había decidido por los estudios de filología, y el de Elliott algo después, en una quinta edición de 1986, ahora con tapas azules, el galeón en blanco y la tipografía unificada en letra Times. Pero mientras los acariciaba en la biblioteca y los leía con la boca entreabierta eran como los estandartes de dos expediciones diferentes entre las que aún no me había decidido, si bien la cabra tira al monte y mis ensueños tenían forma de literatura.
Sirva este preámbulo excesivo para contar que muchos años después he vuelto al libro de Elliott, su letra más bien pequeña en páginas levemente satinadas que el tiempo no ha deteriorado, y ha sido un placer doble, el de leer un clásico que sigue siendo imprescindible y el de volver a aquellas tardes de la biblioteca. Digo imprescindible no porque maneje siquiera una mínima parte de la bibliografía al respecto, sino porque es el tipo de libro del que, si los planes de estudio fueran sensatos, debería examinarse cualquier estudiante de letras al poco de llegar a la universidad. A mediados de los años 60 resultaba, si no sorprendente, al menos sí muy estimulante que un joven treintañero (educado en Eton y en Oxford, eso sí) regalara al hispanismo una obra típicamente inglesa por lo que tiene de visión panoramica, de resumen que no excluye nada esencial, que registra los hechos fundamentales y plantea los problemas más importantes, los estudiados y los aún por estudiar. Quien la escribió no aspiraba a la profundidad del Erasmo y España, pero lo conocía palmo a palmo. Más de medio siglo después, los repertorios de estudios históricos sobre los siglos XVI y XVII en España siguen empezando por aquí. Y no me extraña, porque es un libro admirable.
Y lo es tanto que sería entre ridículo y ocioso ponerse aquí a glosar sus virtudes, si acaso recordar que con este libro aprendí lo que era una historia más allá de las fechas y los acontecimientos políticos, que abarcase cuestiones sociales, culturales, económicas y religiosas, lo que luego hemos disfrutado en libros de historia total. Para el lector de hoy, saturado de fantasías históricas a la medida de las ambiciones políticas del momento, no está mal recordar con Elliott lo que era España durante el reinado de los sacrosantos Reyes Católicos, una nación de naciones, una corona de reinos, tan variados como independientes, y con frecuencia tan ajenos, o que intentaron integrarlos a todos practicando lo mejor de cada uno, aunque sus esfuerzos de unidad llevaran muchas veces el precio de la intolerancia y el rastro del dolor. Y eso no cambió en esencia en los dos otros reinados del siglo XVI, el del manirroto y megalómano Carlos V y el del austero pero igual de megalómano (y a fin de cuentas de despilfarrador) Felipe II. De sus ascensos y caídas, sus enriquecimientos y sus bancarrotas, sus conquistas y sus derrotas, hubo algo que compartieron y que a fin de cuentas quizá fuera lo que mantuvo sus reinos en pie: no confiar en aristócratas para sus cargos de confianza, a no ser para los estrictamente militares, algo que Felipe III no cumplió con el duque de Lerma y aquello fue el principio del fin.
Cuando digo que no soy aficionado a las novelas históricas es porque frente a libros como el de Elliott me parecen pobres no solo desde el punto de vista documental sino del estrictamente literario: la claridad de la narración, la intensidad del relato y la calidad de la prosa de Elliott no necesitan de ficciones añadidas, antes bien la estropearían. Sus alicientes son muchos, pero me quedo con la de veces que me he acordado de asuntos que en esta España nuestra nos parecen contemporáneos y llevan detrás una muy consolidada tradición, sobre todo esa inclinación que tenemos a dividirnos en dos: los castellanos frente a los aragoneses (y catalanes), los nacionalistas castellanos y los nacionalistas mediterráneos, los cristianos viejos y los nuevos, los tradicionalistas y los renovadores, los Albas y los Ébolis, los ricos y los pobres, los tecnócratas arbitristas y los marmóreos privilegiados, el trigo y la lana, la plata de América y el cobre sin valor, el campo vaciado y la ciudad repleta; todo, siempre, sin término mediano, como algún autor de la época llamaba a la inexistente clase media en un país en el que trabajar era cosa de miserables, y en el que un duque podía tener hasta 700 criados, quién sabe para qué.
El libro, con todas sus bancarrotas, con lo milagroso de dirigir un imperio cuando una orden escrita tardaba ocho meses en llegar a su destino, mantiene una, digamos, rancia grandeza hasta que muere Felipe II y el país se despeña en el más espantoso fracaso. Es la España de los favoritos, inútiles aprovechados como Lerma o ingenios febriles pero al cabo igual de ineficaces como el fascinante conde-duque de Olivares, a quien Elliott dedicaría otro gran clásico del hispanismo. Ese hombre quiso arreglarlo todo y se volvió loco de ver cómo todo se hacía pedazos. España nunca había sido un país, y si no se lo repartieron los lobos fue porque no solo Castilla y Aragón estaban enfrentados, sino porque incluso dentro de Aragón ni Cataluña ni Valencia estaban dispuestos a ponerse de acuerdo entre ellos. Este ha sido siempre país de, por así decirlo, individualismos colectivos, al que los borbones tratarían de meter en cintura con resultados que todavía hoy resultan discutibles. País de grandes lumbreras y ejércitos de curas lerdos, de astutos cardenales e inquisidores despiadados, de aristócratas insaciables y holgazanes y pecheros hambrientos y sufridos; imperio de riquezas excesivas al otro lado del océnao y de la damnosa hereditas de los Países Bajos; tierra de pícaros que trabajan por no trabajar y de soldados que arrastran la espada por el suelo, de místicos humildes y gloriosos y del más presuntuoso aquí estoy yo.
La España imperial es, sobre todo, un punto de partida, y por eso digo que debería ser temario estudiantil. Es el índice, el mapa necesario, ese que cada día se echa más de menos en un conocimiento que desprecia las visiones amplias. A partir de aquí apetece leer, ya digo, a Bataillon o a Parker o a Braudel, o a Julio Caro, cuyo libro Los moriscos del reino de Granada ya me está mirando desde la estantería, y ya puestos, y teniendo en cuenta que Elliott no desdeña la literatura como fuente de comprensión histórica, al mismo Calderón, quien junto a Cervantes quizá sea el escritor al que más veces acude, quizá porque fueron los dos que mejor nos supieron calar. Es ese apetito inmoderado, el hilo que nos lleva a otras lecturas, lo que vuelvo a recorrer entusiasmado mientras disfruto de este libro, como aquellos tiempos en los que a uno le preocupaba si tendría tiempo de leer todo lo que había que leer.
J. H. Elliott, La España imperial, Vicens-Vives, 1986 (5), 454 p.
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