12.4.26

Los ojos del fuego


El proyecto de La guerra carlista se quedó en tres entregas que iban a ser cinco, por lo que no merece la pena conjeturar sobre cuestiones de uniformidad. De las tres que tenemos, sí es verdad que las dos últimas tienen la unidad temática y argumental de una sola novela, que es lo que, años después, le ocurriría a Baroja con algunas entregas de sus Memorias de un hombre de acción, que dos libros forman una sola novela, por ejemplo en el caso de La veleta de Gastizar y Los caudillos de 1830 o en el de La senda dolorosa y Humano enigma. En el caso de Valle-Inclán, El resplandor de la hoguera prepara el terreno para desenlaces que veremos en Gerifaltes de antaño, como es el caso de los sucesos en el palacio de Redín o el encuentro de Miquelo Egoscué con el cura Santa Cruz, que en El resplandor es un bordón de avisos trágicos para que no acuda, como los del molinero de Argiña o, en dos ocasiones, el pastor Ciro Cermín, el de las siete cabras, un Tiresias de pueblo «con los ojos llenos de niebla».
Esa historia culminará en la siguiente novela, pero esta se vertebra sobre la epopeya trágica de Roquito, de quien ya se sospechaba, en Los cruzados de la Causa, que había delatado a los contrabandistas de fusiles, y que aquí expía sus culpas de manera trágica y grotesca: primero, haciéndose pasar por oveja descarriada, degüella a un soldado republicano y prende fuego al caserío en el que se alojan los militares; luego le alcanza un tiro en la espalda («la carne aterida gustó como un regalo correr la sangre tibia»), y es apresado poco después, pero salva la vida porque la mendiga Josepa sigue la cuerda de presos, y los militares que custodian a Roquito tienen escrúpulo en matarlo delante de ella, en cualquier pinar del camino, antes de que lleguen al presidio; de allí Roquito logra escapar, confundido entre los otros fugitivos, entre ellos el carcelero, y va a parar a la venta en cuya chimenea lo esconden porque llega un destacamento de republicanos con boleta. Allí, negro de humo, medio abrasado, pierde la vista, y la misma que lo salvó, la mendiga Josepa, le reprocha su mala cabeza: haber confesado, en un delirio de fiebre, que fue él quien prendió fuego al caserío.
La venta, las varias ventas a donde van a para los personajes, desprenden su fragancia teatral y cervantina. Hasta una de ellas llega, viajando desde la novela anterior, desde la Galicia de los Montenegro a la Navarra invernal y carlista, Cara de Plata con su tía, la monja Isabel, y Eladia, la muchacha sorda, en un carro de contrabandistas en el que no se dice en ningún momento que vayan los fusiles de Los cruzados. De hecho es inspeccionado y se certifica que va de vacío. En la venta reconoce Cara de Plata a Roquito, de quien ya sospechó en su momento, y en la venta, en otra venta, terminará la novela.
Las dos mujeres también pasean su carro de venta en venta, y curan heridos de un bando y de otro, y se preguntan qué es aquello de la guerra, «¡un olvido de la vida y del fin! ¡Un resplandor que calma todos los pensamientos!», pero la monja comprende, a su manera fanática, que la guerra y la sangre son signos de redención, si bien «la guerra comenzaba a parecerle una agonía larga y triste, una mueca epiléptica y dolorosa». Ese y otros resplandores de hogueras en las que se abrasa la vida forman también un motivo que estructura la novela. La guerra se identifica con la hoguera, Roquito juega con los tizones de una hoguera que acabará quemándole los ojos. En su venganza brilla el resplandor del fuego que acaba con la ebria soldadesca. La partida de Egoscué asa las cabras de Ciro, cuyas cabezas degolladas «eran de aspecto brujesco bajo el resplandor de la hoguera, con sus ojos lívidos, y sus barbas sangrientas, y sus ojos infernales». 
La accion se desata en una escaramuza final entre carlistas y republicanos, impresionantemente bien narrada, que comienza con un zagal subido al asno del capitán (siempre la fatal audacia de los inocentes) al que «una bala le abrió un agujero en la frente», y él «siguió sobre el asno con las manos amarillas y un ojo colgante sobre la mejilla, sujeto de un pingajo sangriento. Fue inclinándoselas lentamente hasta caer, y el asno quedó inmóvil a su lado». Su padre lo venga de inmediato, y arrastra un herido a la cuneta, y se suceden las cornetas y los tiros, los cadáveres y las banderas, las heridas tumefactas y esa rara insensibilidad que hace que el infierno sea un estado natural. Cara de Plata demuestra su valor recuperando a una yegua, cabalgando como un héroe por los peñascales, las monjas no miran a quien atienden y Egoscué demuestra su valor y desoye las funestas predicciones. 
Nadie quería al cura Santa Cruz, como se verá en la siguiente novela, pero los militares tienen esa cosa de la lealtad… Pero ya los viejos carlistas le acusan de que con sus barbaridades solo hace que desacreditar a los carlistas. Sabemos que la acción ocurre en 1874, aunque el duque de Ordax, al brindar por la república, dice que «hubiera sido mejor un responso que un brindis», y otro apunta que «ahora debe brindarse por el hijo de doña Isabel», es decir por Alfonso XII. Están en el palacio de Redín, en un interludio anterior a la batalla en el que suena esa «música ligera que el viejo clavicordio desgrana lleno de pesadumbre». Estos contrapuntos entre los salones galantes y los caminachos llenos de sangre se harán más evidentes en Gerifaltes de antaño. Aquí solo son preludio de trompetería, la calma que precede a la batalla. 
Por este y otros detalles, más evidentes en la siguiente novela, uno tiene la sensación de que Valle-Inclán apuntaba a una especie de Guerra y paz a su manera, con su distancia, esa que hace que acontecimientos ocurridos tan solo treinta y tantos años antes se narren con el brío épico de las hazañas y de las leyendas. El lenguaje, sin perder la estética grotesca, se apoya mucho más en la precisión y el ritmo poético para conseguir una brillantez casi siempre apabullante, pero Valle-Inclán lleva firmes las bridas para no dejarse llevar por esos retorcimientos que oscurecerán un tanto algunas otras novelas. No estamos aún en los desparrames de El ruedo ibérico. Pero incluso con el freno tirante su prosa resplandece, su fuego nunca se apaga. 

Ramón del Valle-Inclán, El resplandor de la hoguera. La guerra carlista II, Espasa-Calpe, col. Austral, 1961.


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