Igual que no había película de Berlanga en la que no apareciera por alguna parte el imperio austrohúngaro, no hay novela de Mendoza en la que los personajes no se encuentren a la hora convenida. Es una marca de fábrica: el dominio de la fraseología y del vocabulario específico, pero también de una jerga novelesca que por sí sola nos transporta a un género concreto y a un modo de leer, a las historias de policías y ladrones, por estrambóticos que sean, y a la fruición del lector enjugazado. Mendoza siempre ha sido un maestro en ese mundo metaliterario, las novelas que llevan añadido el placer de otras novelas que las inspiraron o siguen flotando en la memoria, y también en el dominio de un castellano que yo no sé si no será en sí mismo ya un recuerdo. Nos hemos pasado muchos años divirtiéndonos con sus novelas de el detective sin nombre y dándolas a leer a nuestros alumnos, para que vieran cómo puede hacerse reír con una lengua tan clásica y tan colorida. El tiempo hizo que a los alumnos fueran dejando de hacerles gracia, y ahora me temo que no solo no entenderían el idioma en el que están escritas, sino que a sus propios nuevos profesores les costaría entrar en esa clase de humor, cuando no en ese lenguaje. Hace unos años, en unas oposiciones a profesores de Lengua, se pidió a los candidatos que analizasen la fraseología de un texto, y no es que la inmensa mayoría lo hiciese mal: es que ni siquiera sabían qué se les estaba preguntando.
Pero el caballero Mendoza sigue ahí, provecto y lozano, y a sus ochenta y tantos años hace tiempo que dijo que su carrera literaria ya estaba cerrada pero desde entonces no deja de escribir libros. Y sus lectores que se lo agradecemos, por más que a veces las carcajadas de las primeras páginas, que son como la alegría del reencuentro, del saber que sigue vivo, se vayan apagando en sonrisas flojas, más fieles que divertidas.
Es lo que sucede con La intriga del funeral inconveniente: un arranque que da mucha risa, una segunda parte algo confusa y repetitiva y un final que es un reencuentro, de manera que la verdadera intriga no radica en una trama que casi suena a versión bufa (y tan bufa) del destino de Stuart Pedrell en Los mares del Sur, ni en el episodio de altas esferas catalanas con que se enreda, sino en dónde está el personaje al que todos echamos de menos, el detective loco. Hasta entonces no ha aparecido el comisario Flores sino un tal inspector Jarana, ni el doctor Sugrañes ni Fábregas; tan solo la sufrida y atolondrada Cándida nos ha hecho concebir la esperanza de que la novela no sea el entierro del célebre personaje. De manera que a una intriga tan deliberadamente cochambrosa y embrollada se le superpone el suspense de lo que los lectores habituales esperamos, y en esa tercera y última parte se nos da cumplida satisfacción, ya lo creo.
Mendoza nos había tendido la trampa del cadáver, esta vez no en una piscina sino en un tanatorio, pero igual de desconocido. Las dos primeras partes son tan diferentes que uno tiene por momentos la sensación de que el autor empleó dos relatos independientes y los empalmó hilvanando algunos personajes. En el primero aparecen algunos (el empleado de pompas fúnebres, su sensata mujer, el cura cantante de rancheras o, sobre todo, la hija del funerario, Titina) que en la segunda se quedan en episódicos o directamente son sustituidos por otros (la empresaria Pía, el negociante en apuros, Allibei creo que se llamaba) y el único vínculo de unión es un excomisario que está entre Torrente y Villarejo, con un toque de aquel señor Braulio de La ciudad de los prodigios que por las noches se vestía de mujer, y un joven periodista, Ramoncito Valenzuela, para quien Mendoza reserva un sonoro guantazo final.
La primera parte, muy divertida, recuerda incluso a novelas como La isla inaudita; la segunda, bastante más sosa, no aporta mucho a la trama (quién es el muerto al que están velando), o lo que aporta podría haberse condensado sin tanta broma repetida. A mi modo de ver, en ella echamos de menos a esos buenos personajes del principio que podrían haber sacado adelante la novela entera. Y la tercera, la anagnórisis del detective loco, esa sí nos devuelve a territorio conocido, a la primera persona, al despiporren mental de un sujeto tan sensato como estrambótico, quizá lo uno por lo otro, y a otra hornada (nunca mejor dicho) de personajes nuevos que hacen pensar en que ese final era parte de otra historia: el pastelero y su señora, el zagal de la moto, Xuxo, cruce del célebre Biscúter con el ladronzuelo que protege Montalbano, más algún otro monigote de súbita y fugaz aparición. Disfrutamos esta tercera parte porque es un regreso convincente al ambiente de las primeras novelas de la serie, y porque Mendoza sigue aprovechando el humor desmadrado para repartir mandobles a diestro y siniestro, desde la epidemia de los móviles a la pedantería estúpida de los nuevos barbarismos, pero sobre todo al penoso periodismo escrito que sufrimos en nuestros días. De la mano del tontaina Ramoncito Valenzuela, un periodista de tres al cuarto, Mendoza compone el contraste más espectacular de toda la novela, el que enfrenta su escritura rica y matizada, con esa precisión irónica de revistero antiguo, de redactor de atestados, esa gracia nunca pesada del escritor redicho que maneja la lengua como le da la gana, y por otra parte la bazofia de escritura burda, nacida de las oquedades del guásap, que ilustra ahora los periódicos y, como casi todos son digitales, no sirve ni para envolver sardinas. El artículo final de Ramoncito es la verdadera resolución del misterio: por qué ahora ya no podemos dar a leer estas novelas tan divertidas a la gente menuda. Con el follón iletrado que llevan en la cabeza, sería imposible que entendieran nada. ¿Oye tú, y qué puto random es eso de convenida?
Pero el caballero Mendoza sigue ahí, provecto y lozano, y a sus ochenta y tantos años hace tiempo que dijo que su carrera literaria ya estaba cerrada pero desde entonces no deja de escribir libros. Y sus lectores que se lo agradecemos, por más que a veces las carcajadas de las primeras páginas, que son como la alegría del reencuentro, del saber que sigue vivo, se vayan apagando en sonrisas flojas, más fieles que divertidas.
Es lo que sucede con La intriga del funeral inconveniente: un arranque que da mucha risa, una segunda parte algo confusa y repetitiva y un final que es un reencuentro, de manera que la verdadera intriga no radica en una trama que casi suena a versión bufa (y tan bufa) del destino de Stuart Pedrell en Los mares del Sur, ni en el episodio de altas esferas catalanas con que se enreda, sino en dónde está el personaje al que todos echamos de menos, el detective loco. Hasta entonces no ha aparecido el comisario Flores sino un tal inspector Jarana, ni el doctor Sugrañes ni Fábregas; tan solo la sufrida y atolondrada Cándida nos ha hecho concebir la esperanza de que la novela no sea el entierro del célebre personaje. De manera que a una intriga tan deliberadamente cochambrosa y embrollada se le superpone el suspense de lo que los lectores habituales esperamos, y en esa tercera y última parte se nos da cumplida satisfacción, ya lo creo.
Mendoza nos había tendido la trampa del cadáver, esta vez no en una piscina sino en un tanatorio, pero igual de desconocido. Las dos primeras partes son tan diferentes que uno tiene por momentos la sensación de que el autor empleó dos relatos independientes y los empalmó hilvanando algunos personajes. En el primero aparecen algunos (el empleado de pompas fúnebres, su sensata mujer, el cura cantante de rancheras o, sobre todo, la hija del funerario, Titina) que en la segunda se quedan en episódicos o directamente son sustituidos por otros (la empresaria Pía, el negociante en apuros, Allibei creo que se llamaba) y el único vínculo de unión es un excomisario que está entre Torrente y Villarejo, con un toque de aquel señor Braulio de La ciudad de los prodigios que por las noches se vestía de mujer, y un joven periodista, Ramoncito Valenzuela, para quien Mendoza reserva un sonoro guantazo final.
La primera parte, muy divertida, recuerda incluso a novelas como La isla inaudita; la segunda, bastante más sosa, no aporta mucho a la trama (quién es el muerto al que están velando), o lo que aporta podría haberse condensado sin tanta broma repetida. A mi modo de ver, en ella echamos de menos a esos buenos personajes del principio que podrían haber sacado adelante la novela entera. Y la tercera, la anagnórisis del detective loco, esa sí nos devuelve a territorio conocido, a la primera persona, al despiporren mental de un sujeto tan sensato como estrambótico, quizá lo uno por lo otro, y a otra hornada (nunca mejor dicho) de personajes nuevos que hacen pensar en que ese final era parte de otra historia: el pastelero y su señora, el zagal de la moto, Xuxo, cruce del célebre Biscúter con el ladronzuelo que protege Montalbano, más algún otro monigote de súbita y fugaz aparición. Disfrutamos esta tercera parte porque es un regreso convincente al ambiente de las primeras novelas de la serie, y porque Mendoza sigue aprovechando el humor desmadrado para repartir mandobles a diestro y siniestro, desde la epidemia de los móviles a la pedantería estúpida de los nuevos barbarismos, pero sobre todo al penoso periodismo escrito que sufrimos en nuestros días. De la mano del tontaina Ramoncito Valenzuela, un periodista de tres al cuarto, Mendoza compone el contraste más espectacular de toda la novela, el que enfrenta su escritura rica y matizada, con esa precisión irónica de revistero antiguo, de redactor de atestados, esa gracia nunca pesada del escritor redicho que maneja la lengua como le da la gana, y por otra parte la bazofia de escritura burda, nacida de las oquedades del guásap, que ilustra ahora los periódicos y, como casi todos son digitales, no sirve ni para envolver sardinas. El artículo final de Ramoncito es la verdadera resolución del misterio: por qué ahora ya no podemos dar a leer estas novelas tan divertidas a la gente menuda. Con el follón iletrado que llevan en la cabeza, sería imposible que entendieran nada. ¿Oye tú, y qué puto random es eso de convenida?
Eduardo Mendoza, La intriga del funeral inconveniente, Seix Barral, 2026, 251 p.
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