15.4.26

Maldito cura


Valle-Inclán dedica la tercera entrega de la serie a un retrato minucioso del cura Santa Cruz, a la ambición de reunir bajo su mando todas las partidas carlistas. Santa Cruz odia a los otros cabecillas, a Lizárraga porque ha concertado con los republicanos librarse de él, o al viejo Mendía porque el cura sabe que se está muriéndo y quiere a sus hombres, y porque es más noble de espíritu que él. El asunto histórico, según resume el duque de Ordax, es que se necesita que el cura «haga una degollina» entre los que dieron amparo a los republicanos para desacreditar al carlismo en las cortes europeas, en las que trabajan «por obtener la beligerancia». A eso se niega el general España, razón por la que será relevado, si bien, finalmente, sus tropas dejan de hostigar a la partida del cura.
De manera que Santa Cruz es como un lobo acorralado que no tiene remordimientos por fusilar a nadie, ni los quiere tener; un guerrillero áspero en el trato, sin piedad ni con el enemigo ni con sus propios fieles. Él es fuerista y no reconoce la autoridad de Carlos VII, y su crueldad es «como la del viñador que enciende hogueras contra las plagas de su viña». No le tiembla la voz cuando manda ejecutar a Miquelo Egoscué, a quien ya iba avisando el pastor Ciro Cernín en la novela anterior. Cuando llega a Otaín, apalea a sus pobres gentes por haber dado cobijo a la milicia republicana, y allí la novela entra en una fase que sirve de contraste argumental y estilístico y lanza cabos que suponemos habría que retomar en las dos otras novelas que no llegó a escribir, pero a mi juicio también la descompensan. 
    En Otaín está el palacio de la marquesa de Redín, a la que detienen y meten en un establo hasta que tres viejos borrachos la juzgan y, por pura y desalmada diversión, en vez de ejecutarla directamente la pasean montada en un burro y cubierta de plumas. A Santa Cruz no le hará ninguna gracia: «Ahora cumple castigar a los que hicieron de una sentencia un carnaval», dice, y condena a los tres viejos a ir al frente con el fusil al hombro. Todos siguen camino pero la novela se detiene en el palacio. Hasta ahora hemos disfrutado de un estilo sorprendentemente sobrio (insisto: de tono, en ocasiones, incluso tolstoiano), pero entre los liberales palaciegos vuelve otra música que ya nos suena. Jorge, el duque de Ordax, es una especie de Bradomín liberal. Cuando ve a Eulalia, la nieta de la marquesa de Redín, siente los efluvios de una estética pasada: 

Experimentaba una emocion dulce y familiar en aquella sala, tan distinta de los alojamientos que le solía deparar la vida de campaña. Era el renacer de un amor juvenil y lejano bajo el perfume de las rosas, marchitas en los grandes floreros de las consolas.

    Incluso deja caer Valle-Inclán ramalazos que hasta entonces había mantenido apartados de su realismo austero. Al hablar de la tía Rosalba, hermana de la marquesa (solo de padre: era hija de una criada), «la sombra de la vieja es muy grotesca en la pared, y la alcuza marca el garabato de una nariz bajo el borde pringado del manto». Esta mujer con alcuza da paso a un personaje que cabe sospechar que Valle-Inclán se limitó a presentar para desarrollarlo en un título posterior, el joven Agila Palafox de Redín, que tiene a su familia muy enfadada porque se ha ido a la guerra, un sitio al que, si no eres un general, solo puedes ser un pobre diablo. Este muchacho se enfrenta a su familia («hubiera querido que los carlistas incendiaran el palacio de su abuela»), huye, va a parar a un molino donde lo emborrachan…, y ahí le perdemos la pista. Teniendo en cuenta cómo iba hilando Valle las tramas, no es descabellado pensar que en Las banderas del rey o de La guerra en las montañas, las dos novelas que dejó sin escribir, el joven Agila tuviera su protagonismo del mismo modo que Miquelo quedó en suspenso en El resplandor de la hoguera, hasta que aquí lo ejecuta el cura.
Pero antes de que Agila desaparezca, Valle-Inclán da otro giro estético y argumental que sumar a su colección de contrastes: republicanos y carlistas, guerrilleros y generales, aristocratas y aldeanos, integridad y sevicia en los dos bandos, con jefes dignos y leales como España o Mendía y serpientes insensibles como el cura o el mismo Ordax. Y este otro contraste se produce cuando, en un delirio febril, el joven Agila se encuentra con el pastor Cermín, que va buscando el cuerpo de Miquelo, lo que da lugar a uno de los más hermosos pasajes de la novela. Después del decadentismo marchito y dolorido del palacio de Redín, Valle nos deslumbra con el relato de cómo un pastor salva el cadáver de su amigo de ser devorado por un lobo. No me resisto a copiar un fragmento de este episodio, que en sí es un magnífico relato breve.

—¡Capitán valeroso! ¿Qué enemigo te mató? ¿Qué bala traidora muerte te dio? 
El cuerpo ensangrentado y roto del cabecilla está clavado en el ramaje de las hayas. La cabeza, negra de sangre, le cuelga hasta posar en tierra. Ciro Cernín se abrazó con aquel despojo y lo subió hasta el camino. Estaba enterrándole al pie de un gran roble que tenía la copa vieja y armoniosa, toda llena de paz, cuando el frío de los párpados le advirtió que tornaba el lobo. Se apercibió requiriendo el palo. Venían por entre los árboles unos ojos en lumbre: Se detuvieron mirándole muy fijos, y comenzaron á cerrar camino, más despacio. Se le vinieron de pronto encima, con un gañido fiero. Ciro Cernín pasó el palo zumbando, al vuelo de la tierra. Era el molinete que hacen los pastores para quebrarle las patas al lobo. Comenzó una lucha de astucia y de fiereza. Ciro Cernín se esquivaba rodeando el tronco del roble, y alguna vez subiéndose á las ramas. Al fin, el lobo quedó vencido: Se arrastraba sobre la yerba, todavía con los ojos en lumbre, pero aullando lastimero. Ciro Cernín le dio un gran golpe en la cabeza, enarbolado el palo a mandoble, y luego, desenvainó el cuchillo, clavándoselo por el ijar, para llegarle al corazón. Acabó de echar tierra sobre el cuerpo del capitán, y cargó con el lobo, como un trofeo.

La casa de labradores donde va a parar el joven Agila no puede ser la de los Montenegro porque están en Navarra, pero don Diego, el padre, el «lobo cano», sí es como don Juan Manuel, y sus cinco hijos nos recuerdan a los hermanos de Cara de Plata, que aparece por allí con otros dos voluntarios, gente de Miquelo Egoscué, leales a su memoria, que huyen del cura sangriento. Es otra forma de enhebrar personajes y argumentos de novelas diferentes y dejarlas listas para otras por venir. Aquí la novela culmina con un espléndido agón final entre el moribundo Mendía, cabecilla carlista, y el sibilino cura, que va a verlo pero no lo mata (y se lo dice) para que no huyan sus soldados, como sucedió con Miquelo, y se junten con él. No los necesita, pero no quiere que los recoja Lizárraga. Prefiere esperar a que se muera Mendía de su «mal de piedra». Quiere ser único y señor. Impresiona en este final la dignidad del viejo Mendía, la melsa fría del maldito cura, quien sin embargo tiene un momento de flaqueza cuando se entera de que las tropas republicanas se retiran a Elizondo, como si, pasado el peligro, le viniera una débil sombra de humanidad.

Ramón del Valle-Inclán, Gerifaltes de antaño. La guerra carlista III,  Espasa-Calpe, col. Austral, 1980 (5), 139 p.


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