14.6.11

Utilidad de los árboles

Geórgicas, II, 420-457
Los olivos, en cambio, ningún cultivo piden,
no esperan curva hoz ni pertinaz rastrillo
porque se sujetaron a la tierra para siempre
y los vientos supieron aguantar. El terreno,
si abierto con azada, se abasta de humedad;
si con la adunca reja, de abundosos frutos.
Así se crían ricas, pacíficas olivas.
Los árboles frutales, así como han sentido
los troncos vigorosos y tienen sus nutrientes,
también crecen lanzados cara a las estrellas
por su propio impulso y sin esfuerzo nuestro.
Se carga mientras tanto de fruto la arboleda,
y los sotos incultos, refugio de los pájaros,
de sangre enrojecen con bayas coloradas.
Se pacen los codesos, de tedas la alta selva
suministra y se ceban nocturnas las hogueras 
y derraman su luz. ¿Y aún dudan los hombres
de plantar y poner todo su esfuerzo en ello?
¿A qué seguir con árboles más grandes? Los sauces,
las humildes genistas o aquellos que abastecen
de hojas al ganado y de sombra a los pastores,
de cercas al sembrado y de pábulo a la miel.
Da gozo contemplar la montaña Citerea,
que del boj se ondula, los bosques de Naricia,
que dan pez. Sin rastrillos da gozo ver los campos,
no sujetos al cuidado de hombre alguno.
Las mismas selvas bordes en las cumbres del Cáucaso,
que fuertes Euros barren y destrozan sin cesar,
dan cada cual su fruto: dan útil maderamen,
pinos para los barcos y cedros y cipreses
para subir las casas; de aquí los labradores
los radios desbastaron de las ruedas; de allí,
ruedas para carretas, y a las barcas curvas quillas
les pusieron. Los sauces son fértiles en varas,
los olmos en forraje, y buen arma de guerra
son los palos cereños del mirto y el cornejo;
los tejos se doblegan para arcos itureos,
también los leves tilos o el boj que se pule
con el torno toman forma y con gubias afiladas
son tallados, y flota el álamo liviano
arrojado al río Po sobre aguas bravas,
y crían en cortezas huecas las abejas
enjambres y en la entraña podre de la encina.
¿Qué dádivas de Baco atán son memorables?
Ocasiones dio Baco también para la culpa:
castigó con la muerte a los centauros furiosos,
Reto y Folo e Hileo, el que amenazaba
con una gigantesca copa a los lapitas.

9.6.11

Laudato ingentia rura, exiguum colito



Geórgicas, II, 397-419

Y queda la faena, que nunca se agota,
de cuidar los viñedos: entera hay cada año
la tierra tres y cuatro veces que labrar
y destripar terrones con la azada del revés
y enteras descargar las parras de hojarasca.
El ciclo del trabajo retorna al labrador
y el año vuelve tras sus pasos al principio,
y así, tiempo después, cuando la vid ha perdido
las más tardías hojas y el frío Aquilón
los bosques despojó de su ornamento, ya entonces
el tenaz campesino extiende sus cuidados
al año venidero, y sigue escamondando
con la hoz de Saturno el resto de la viña,
podando la compone. Sé el primero en cavar,
el primero en quemar los sarmientos recortados,
y el primero en guardar bajo techo las estacas.
Y vendimia el último. Se cierne sin respiro
la sombra en los majuelos, sin respiro las hierbas
de prietas zarzas cubren la tierra de labor.
Duras son labores. Alaba el campo grande,
cultiva el reducido. Se cortan por el bosque
también varas de áspera retama, y juncos
a la orilla del río, y el sauce silvestre,
que lleva su cuidado. Atadas están las vides
las cepas a la falce ya dan tregua, ya canta
los liños vendimiados el último viñador.
Pero la tierra hay que atenderla, binarla
y, con las uvas ya maduras, temer a Júpiter.

6.6.11

El chivo expiatorio (sacer hircus)



Geórgicas, II, vv. 371-396.


Hay también que levantar los setos y el ganado
tenerlo recogido si la fronda es tierna
y aún poco sufrida, pues pueden maltratarla,
amén del sol potente y el invierno crudo,
las cabras testarudas y los toros salvajes,
y pastar la oveja y la voraz novilla.
Los fríos que se cuajan en la escarcha cana
o el calor que cae sobre peñascos secos
no la ofenden tanto como esos rebaños,
el veneno del diente duro, la cicatriz
que queda en el tronco mordido. Por tal crimen
se inmola en altares de Baco al cabrón
y suben a escena las sátiras antiguas,
y la estirpe Tesea entregaba el trofeo
por pueblos y aldeas a hombres de talento,
y entre copas de vino, sobre grasientos botos,
en muelles praderas eufórica saltaba.
Y entre los Ausonios, que vinieron de Troya,
también con versos malos y risas desatadas
juegan los campesinos, y horrible careta
se ponen de cortezas vaciadas, y a ti, Baco,
invocan con su canto alegre, y en tu honor
del alto pino cuelgan figuritas de vellón.
La viña entera desde entonces se hace moza
y los cóncavos valles y los bosques profundos
se cubren con sus frutos generosos, y allá
doquiera que el dios vuelva su noble cabeza.
Y así cantaremos, como manda el rito,
a Baco himnos nativos, y le honraremos
con páteras de ofrenda y con pasteles; de pie,
traído por un cuerno, estará junto al altar
el chivo expiatorio y nosotros asaremos
          sus vísceras untosas en llandas de avellano.

4.6.11

Gobierno de la parra



Geórgicas, II, 346-370
Diré también que, sean los vástagos que sean
los que quieras plantar por los bancales, rocíalos
de mantecoso fiemo y recuerda que los cubra
la tierra en abundancia, y no dejes de echarles
también piedras porosas o conchas arrugadas;
se escurrirán las aguas entre las hendiduras
un aliento sutil se meterá hasta dentro,
se animarán las plantas. Y hay quienes colocan
encima una piedra o un grueso ladrillo,
defensa esta contra lluvias desatadas
y cuando la Canícula, el ardiente estío,
resquebraja los campos que ha abierto la sed.

Plantados los mugrones, aporcar queda las cepas
una y otra vez, tirar de fuerte agalla,
o remover el suelo a fondo con la reja
y meter por las viñas los bueyes renuentes,
y luego aparejar las cañas finas, las varas
tiesas y repeladas, las estacas de fresno
y las valientes horcas, para que los pimpollos,
al recio rodrigón encaramados, se hagan
a soportar los vientos y de rama en rama
seguir trepando hasta las copas de los olmos.

Y mientras la infancia medra con hojas nuevas,
con los tiernos pámpanos hay que tener cuidado,
y si el sarmiento sube alegre a las alturas,
disparado a rienda suelta en el vacío,
no hay ni que arañarlo con el filo de la hoz,
sino pinzadas arrancar las hojas con la mano,
e ir así escogiéndolas. Cuando, tiempo después,
la parra se extienda abrazada a los olmos
con sus fornidos troncos, arráncale el cabello,
pódale los brazos. Antes temen al hierro,
gobiérnalas ahora con rigor, y mantén
a raya los ramajes que se te desparramen.

31.5.11

Primavera



Geórgicas, II, 315-345


No hay autor tan ducho que a mover te anime
cuando sopla el Bóreas la tierra endurecida.
El invierno entonces cierra los campos de hielo
y habiendo echado la simiente impide
que las prietas raíces se agarren a la tierra.
Lo mejor es plantar vid cuando a la primavera
le salen los colores, y cándida regresa
el ave que las largas culebras aborrecen,
o bien en el otoño, con los primeros fríos,
cuando impetuoso el Sol con sus caballos
la región no alcanza del invierno aún,
mas ya pasó el verano. Cuánto beneficio
a la fronda del bosque trae la primavera.
Cuando es primavera el terreno se hincha
y demanda semillas productivas, y el Éter,
el Padre Omnipotente, vuelto lluvia fecunda,
penetra en el seno de la feliz esposa,
y uniéndose grandioso con el grandioso cuerpo
nutre los frutos todos. Resuena la espesura
de pájaros cantores, y en días señalados
de Venus el consuelo imploran los rebaños.
La tierra nutritiva está dando a luz,
el campo a los aires calientes del Zéfiro
abre su corazón; todo está rebosante
de tibia humedad y seguras las plantas
se entregan a soles nuevos, y no da miedo
al pámpano el embate de los Austros, la lluvia
que trajeron del cielo violentos Aquilones:
antes abre las yemas y las hojas despliega.
No imagino distintos los días que alumbraron
los primeros albores en la infancia del mundo
ni que curso distinto siguiesen: fue aquello
primavera que el mundo entero disfrutaba,
acallaban los Euros sus vientos invernales,
entonces los cachorros bebieron de la luz
y sacó la cabeza entre los campos duros
la estirpe terrena de los hombres, y fueron
las fieras a la selva y al cielo las estrellas.
No habrían podido tan recientes criaturas
dar fin a este trabajo de no haber tal sosiego
entre el calor y el frío, si la bondad del cielo
no hubiese acogido a la faz de la tierra.

24.5.11

Voces de fondo



Se ha publicado el número 8 de la revista Cabiria, con artículos de Gonzalo Montón sobre las drogas en el cine, Juan Villalba Sebastián sobre la actriz, guionista y productora Natividad Zaro, Francisco Javier Millán sobre la obra de Alejandro González Iñárritu, amén de un artículo mío, Voces de fondo, sobre mi experiencia como redactor de voz en off en algún que otro documental.

22.5.11

Posibilidades de un folleto


La etapa turística de Woody Allen (que los críticos, faltaría más, tachan de “crepuscular” con la originalidad que los caracteriza) me está enseñando más de narratividad que mucha hueca pompa e incluso que otras películas célebres del propio Allen. Desde que filmó la gran Match Point, y con algún interludio neoyorkino que no me gustó del todo, las películas de Allen son como folletos turísticos en forma de película, cada vez más radicales, es decir, más depuradas. Vicky Cristina Barcelona fastidió a muchos porque repartía postales barcelonesas sin caer en la cuenta de las sensibilidades idiosincrásicas de la vecindad, es decir, que dio una visión ilustrada, distanciada, la que pueda reconocerse desde lejos.
En Midnight in Paris la cosa llega al extremo, pero es un extremo muy divertido. A Woody Allen le pagan a cambio de que enseñe una ciudad. Si, como en Vicky…, son varias ciudades las que pagan, allá se marcha Allen, rueda un plano en el hotel donde se hospeda y se vuelve. Aquí pagaron por exhibir la Ciudad de la Luz (creo que se dice así) y Allen planta cinco minutos de postales antes incluso de los títulos de crédito. Las imágenes tienen esa melancolía que va virando al sepia tan típica de Allen, y aparecen yuxtapuestas según las horas del día sobre una pieza de jazz vagamente parisina. Ya está. Ya puede empezar la película, que usa un par de museos, una callejuela, un par de escaparates antiguos y unos estupendos interiores que nos sacan y nos meten del presente en el pasado como en las mangas de un tejido natural. Y en esos interiores más audaces que fastuosos, garantizados por el gancho que tienen los cameos históricos (Kathy Bates haciendo de una Gertrude Stein más simpática de lo que nos imaginamos, Adrien Brody de Dalí, etc.), Allen utiliza las páginas interiores de la guía turística, la Belle Epoque o los años del surrealismo, con un humor que nace precisamente de los tópicos (la silla de Touluse Lautrec, el peinado de Picasso, el mechón clarkgable de Hemingway o el sombrero de Djuna Barnes) y que, casi sin proponérselo, da una versión exacta del pasado: exagerada, imposible, y finalmente tan simple como el propio presente.
Una vez que Allen ha saqueado el folleto turístico procede a saquear su propio catálogo de personajes: la novia de buena posición que se enrolló con un artista pero en lo más profundo de su corazón necesita un banquero pedante, el novio Woody Allen (en este caso, a mi juicio, mejor que Cushack, el último que me gustó cómo lo hizo), los padres educadamente insoportables, ese antagonista estúpido, el advenedizo pedante e insensible, el odioso señor por el que se pirran tantas mujeres, o algo tan sencillo como difícil: sacar una conclusión de novela popular, una moraleja sensata que da sentido a la película.
Y con esos mimbres, que son todo, Allen esboza unos diálogos muy divertidos, llenos de humor más que de chistes, con ese hablar correcto y extendido que tanto echo de menos en el cine contemporáneo, esclavo de la esticomitia. Y, aun habiéndolos, esos chistes tienen más recorrido del que parece. Por ejemplo, el chiste con Buñuel, un tipo retraído, con cara de susto, que es como yo me lo imagino en aquella época. El protagonista, que ya juega a ser un yanqui en la corte del Surrealismo, le sugiere el argumento de una película: unos burgueses que no pueden salir de la habitación. “¿Y por qué no pueden?”, pregunta Buñuel. El americano de 2010 se lo intenta explicar pero Buñuel se encastilla en un “no lo entiendo” que le hace parecer un poco tonto. Ahí el sarcasmo no va con Buñuel sino, me temo, con el surrealismo entero. Lo más probable es que en el folleto turístico dijera cómo escribían Buñuel y Dalí sus guiones: cuando uno imaginaba una escena, si el otro la entendía, la descartaban, y sólo la dejaban si el otro decía “no lo entiendo”. Buñuel rodó esa maravilla, parece decirnos, porque, según las normas del surrealismo, no la entendía.
Yo creo que eso es algo más que un chiste, por no hablar del mejor Hemingway que he visto nunca en el cine, un macarra seductor, o de, en el presente, las mezquinas obsesiones de los americanos cuando salen de viaje: acaparar visiones como acaparan el dinero, hollar el mito para relativizarlo como un país donde las cosas son más baratas. Y todo ello hay que articularlo según el catón de la comedia: un giro, otro giro, otro giro, y una pirueta final. Los giros de Allen son tan sencillos como ingeniosos, tan usuales como sabiamente reutilizados, y todo fluye con la naturalidad precisa, sin tedio y sin prisa, con ligera parsimonia, a la medida del momento que deseamos pasar, que anoche fue delicioso.
Porque cuando voy a ver una película de Woody Allen, por muy disparatada que sea la idea, o ya utilizada, lo que quiero es entrar en su mundo y escucharlo un rato, dejar que me diviertan sus imágenes y luego, con la misma levedad con que pasaron por delante de mí, esperar a que refloten y extiendan su verdadero, inteligente significado.  Allen lleva muchos años sin esconder las cartas. Con el escorzo de la novia mientras mete las maletas en el coche queda resumida mucha estética contemporánea: el resto es hablar, pensar, soñar. Y no ser plasta.

12.5.11

El Lenin marroquí


Estoy leyendo, entre arcadas, el tomo de Paul Preston sobre la violencia antes, durante y después de la guerra civil. Por más que habla de hechos conocidos –y probados-, su articulación histórica produce verdadero pasmo. El arsenal de datos que incorpora es un repicar constante sobre la misma pregunta: cómo fue posible llegar a semejante grado de salvajismo. Por eso Preston arranca desde la misma proclamación de la República, y deja claro que allá por el 34 la suerte estaba echada.
               A su modo de ver, las razones del conflicto fueron, como es sabido, las luchas sociales, el hambre contra el poder y la igualdad de los ciudadanos contra el régimen católico feudal, pero hay un detalle que se suele pasar por alto y al que Preston da la importancia que tiene. Solo con la propaganda fascista y su enaltecimiento de la violencia o con la retórica del miedo al célebre contubernio judeomasónico (sobre todo en un país en el que apenas había masones y casi ningún judío), no se termina de explicar semejante pudridero de conductas. José Calvo Sotelo, según recuerda Preston, llamaba al socialista Largo Caballero “un Lenin marroquí”, expresión en la que se condensa toda la base teórica de los desalmados que provocaron semejante carnicería. Lenin representa al demonio, las costumbres licenciosas, el anticlericalismo, la sola sospecha de que puedan terminarse de golpe y porrazo privilegios conservados placenteramente durante siglos; es el miedo y el peligro, un ejército invisible de judíos que corrompen a las naciones que sí tienen estado. Cuando uno repasa las ideas, por llamarlas de alguna manera, de los teóricos del régimen como Onésimo Redondo o Ramiro Ledesma, lo único que en su favor puede concluir es que les interesaba una retórica para iletrados. La otra conclusión es que eran así de tontos, lo que añade más espanto a lo que sucedió después.
Pero marroquí representa el verdadero fondo del asunto. Preston explica minuciosamente cómo se comportaban los generales africanistas, acostumbrados a matar moros como conejos y a desfilar con despojos de sus cuerpos ensartados en la bayoneta, un tipo de desfile que, por cierto, y dicho sea con dolor, durante la guerra también recorrió las calles de Teruel, aunque en ese caso las orejas, testículos o cabezas ensartadas por los legionarios no eran de moro sino de campesino de la sierra o soldado republicano. Moro representaba para aquellos generales una denominación de algo que no llegaba a ser persona, y que por lo tanto no computaba para el quinto mandamiento ni para el segundo del resumen. Se puede jugar al fútbol con la cabeza de un moro rebelde y luego rezar un rosario como se pueden cazar codornices y luego asistir a misa y comulgar. Al llamar a Largo Caballero Lenin marroquí estaba reafirmando una cuestión de casta: Largo Caballero, y con él todos los socialistas y, por extensión, todos los que no tenían fe ni propiedades, eran una raza inferior de ser humano para con la que no valían los versículos del evangelio. Matarlos era tan higiénico como acabar con las alimañas.
Sólo así se comprende que se llegase a extremos de sadismo como aquel “Come República” con el que los terratenientes dejaban perder su cosecha antes que dar trabajo a los campesinos, o las jornadas de caza con que ciertos señoritos empezaron desde muy temprano a solazarse. La nómina de los reyezuelos sanguinarios parece a veces un cartel de toros: Parladé, Murube y el Algabeño, podría ser uno en la muy machacada Andalucía. Y más al norte: cuando el diputado comunista por Málaga dijo que los trabajadores tenían hambre, “un diputado de la derecha le gritó que él y el resto de la mayoría también tenían hambre, y con esto concluyó el debate”.  Se mencionan en el libro toneladas de crímenes horrendos, pero anécdotas como esta son las que más duelen. No sólo las bestias pardas africanistas tenían menos consideración por el trabajador y el campesino que por los animales silvestres, sino que los señorones de Madrid, que solo habían tenido un moro cerca en los vistosos desfiles de Regulares, tampoco eran mancos. Poco podían esperar los desposeídos de radicales como Salazar Alonso, un acémila que sustituía consistorios a capricho y restauró la españolísima tiranía del terror, amén de contribuir al alzamiento, o derechistas como Gil Robles, empeñado en recrudecer el castigo del hambre precisamente para forzar una revolución que convirtiera la hecatombe en lo que los obispos de entonces llamaban la cruzada necesaria. Gil Robles no ha pasado a la historia por crímenes de guerra. Su papel fue llevar al extremo la desesperación de los unos y la sed de violencia de los otros. Para él el problema estaba más cerca de una revuelta de esclavos que de un conflicto civil. Para lo primero, desde tiempos de los romanos ya se sabía cómo actuar, sobre todo si los esclavos eran bárbaros.
Muchas veces me he preguntado cuándo terminó esa conciencia de casta, de superioridad racial entre compatriotas, eso que me decían en la escuela que sucedía en la India. Supongo que hasta los años setenta no vencimos esa distrofia social, pero aún tuvo que pasar mucho tiempo antes de que algunos campesinos y trabajadores dejasen de hablar del amo y todos cobraran conciencia de que la ley les protegía de los abusos y los atropellos. Al menos don Miedo ha venido a guardar la viña, y ya no es concebible que un empresario o terrateniente se comporte como se comportaban aquellos sin que se enfrente a las leyes o a la posibilidad de una respuesta igual de despiadada. La crueldad es ahora más formal, más legalista, más homologada con el neoliberalismo internacional. La dignidad compartida (al menos de iure) es, en apariencia, un acuerdo definitivo. La derecha española disimula como puede su conciencia de superioridad racial, de que el poder les corresponde por ley natural y de que a este mundo se viene a ser jefe o empleado. Il duce ha sempre ragione, pero, por regla general, ya no es tan salvaje.
¿Y la izquierda? En esa primera parte de la obra de Preston sólo se habla de las raíces, las excusas, los deseos. Muchos de los protagonistas de esta sección acabarán fusilados en páginas posteriores, como el energúmeno Salazar Alonso, ejecutado por un tribunal popular, o como Antonio Plano, alcalde de Uncastillo, ejecutado por el ejército de Franco. Algunos, como el general Batet, también pagarán el haber evitado que Franco bombardeara Barcelona durante la revolución de octubre. O como el también general López Ochoa, que se atrevió a protestar ante Yagüe (su subordinado entonces) por las macabras celebraciones del ejército, que se paseaba con orejas de minero ensartadas en collares, y a quien Yagüe, como toda justificación, le puso una pistola en la cabeza. En tétricos números redondos, por cada asesinato cometido por la izquierda, la derecha cometió tres, un dato que Preston aporta con la suficiente cobertura y precaución como para que, por un lado, empecemos a matizar la teoría del empate a crueldad, y por otro no perdamos la noción de que todos los muertos, los unos y los treses, estaban y podían haber seguido estando vivos. De momento, en los sucesos de Asturias murieron 256 guardias civiles y soldados y 2000 obreros asturianos.
En el libro de Preston todavía no ha triunfado el Frente Popular ni la guerra misma. Tan sólo se oyen tiros en los mítines fascistas de Valladolid, tumultos entre jóvenes peinados. En algún pueblo la gente se ha rebelado, la FAI ya no comulga con la tibieza socialista. La crueldad gratuita en el bando republicano aún no ha hecho acto de presencia. En Guadix los campesinos tenían que comer hierba, como las cabras, y en Baena un testigo llegó a escribir: “Aquellos señores que se gastaban ochenta mil duros en comprarle un manto a la Virgen o una cruz a Jesús escatimaban a los obreros hasta el aceite de las comidas y preferían pagar cinco mil duros a un abogado antes que un real a los jornaleros, por no sentar precedente”. Según el propio Azaña dejó escrito, en 1934 “la Guardia Civil se atrevía a lo que no se había atrevido nunca. La exasperación de las masas era incontenible. Los desbordaban. El Gobierno seguía una política de provocación, como si quisiera precipitar las cosas”.
Me quedan casi seiscientas páginas de sangre. Los acontecimientos aún no se han precipitado. Las bayonetas están limpias todavía, sin despojos de ser humano. Pero ya está claro quién pertenece y no pertenece a la tribu del Lenin marroquí. En la página 150, a los confeccionadores de listas de moros ya les duele la muñeca. Todas esas listas, como en las tragedias clásicas, se corresponden con asesinatos cometidos dos o tres años después. En ese sentido el estilo de Presto es impecable. En el libro siempre da la sensación de que están al caer, que todo está permanentemente a punto de estallar. El torrente de datos se cruza con cuadrillas sedientas de violencia y proclamas delirantes. Uno casi se aparta un poco mientras lee, no tanto porque vaya a explotar el libro cuanto por la desazón que, por muy bien escrito que esté, produce semejante aluvión de horror. 

4.5.11

Sarcasmo contemporáneo


La última novela de Ian McEwan que pensé que podía cosiderarse menor fue Ámsterdam, que disfruté pero no dejó de parecerme un divertimento posmoderno. Las cuatro que siguieron (o que yo he leído), Expiación, SábadoChesyl Beach y, ahora, Solar, no solo son piezas mayores sino la clase de novela que queda fija en el imaginario, que sirve para nombrar una época, un momento, una actitud.
            Claro que una novela solo puede aspirar a la ejemplaridad si se enfrenta al más difícil de sus retos, que es ser una buena novela en todos sus extremos, tan ambiciosa como técnicamente dotada. Solar va más en la onda de Sábado, más ligera que Sábado, que era asaz exhaustiva, pero con la misma música científica. Cuenta la historia de un premio Nobel de física prematuro al que las circunstancias, tan azarosas como cómicas, le llevan a una especie de pacto involuntario con el diablo que acaba volviéndose en su contra. Va de mujer en mujer y de adulterio en adulterio, y su punto de vista científico contamina de una cierta falta de escrúpulos su caótica existencia moral, la barniza de cínica resignación. Beard, el protagonista, ha abandonado en aras de su prestigio cualquier forma de consistencia cotidiana. Su vida es una lucha constante contra y a favor de sus gónadas, del abandono de quien lo tiene ya todo hecho, de esa ortodoxia filosófica que si te descuidas te inocula el síndrome de Diógenes. Por él pasa la edad adulta y se asoma la provecta, y su cuerpo se deforma y se degrada pero, afortunadamente para él y desgraciadamente para su equilibrio emocional, siempre consigue que haya un roto para un descosido.
            La carambola narrativa empieza a chocar con elegancia cuando asiste a la muerte casual (una muerte de piel de plátano) de un estudiante de física que, aparte de estar acostándose con su mujer, tiene unas ideas tan extravagantes como interesantes para crear una máquina de fotosíntesis con la que crear energía limpia y barata. Beard rehace su vida con ese proyecto para salvar el mundo, y de paso consigue que por un tiempo lo dejen en paz.
Los detalles merece la pena disfrutarlos en el libro. La trama tiene la virtud de no complicar las cosas más allá de lo puramente cómico. Es una trama en el tiempo, veinte años, que permite ir desarrollándola a base de episodios autónomos, algunos memorables. La historia de la barra de labios en el Polo es un relato espléndido, generosamente desarrollado, y la del tomatazo a la activista fanática (con ese detalle maravilloso de la temperatura de las esposas) ya la hubiera querido para sí Tom Wolf. Esta narración en el tiempo plagada secuencias divertidas y mujeres sensuales me ha recordado más de una vez a John Irving, por más que el personaje se parezca más a los de Tibor Fisher, limpios por fuera y chinaskys por dentro. Su lado donjuanesco emparenta a Beard con el ciudadano medio, no premio Nobel, pero toda su vida reo de las ambiciones más primarias, el tipo bajo y calvo que se defiende de las frecuentes catástrofes a base de colesterol, que ha llegado a un cierto nihilismo por pura lógica y sentido de la equidad. Pero por el lado del invento, de la máquina de fotosíntesis, McEwan se propone retratar toda una sociedad, este extraño mundo en el que las nobles aspiraciones se financian con dinero negro y los héroes del conocimiento se tiran puñaladas por los pasillos, donde la ortodoxia progresista puede conducir al fanatismo imbécil y el prestigio científico se ventila entre sábanas de hotel. La vida íntima de Beard es la del ciudadano común, y la pública la del mundo que le toca vivir. El primer gran logro de McEwan consiste en que hacer premio Nobel a ese ciudadano representativo parezca de lo más natural.
Lo de Irving no sólo afecta al tipo de historia, por así decirlo. El referente genérico que utilizó en Expiación (como en El inocente y en Chesyl Beach, que llega un poco más lejos) es el mundo dolorido, asustado todavía de los años cincuenta, pero en Solar aborda el presente que acaba de terminar, la entrada en el siglo XXI de una generación que ya no había conocido la guerra y despreciaba la época de sus padres, que transitó por el jipismo y las autopistas financieras y se instaló en un mundo de triunfadores lamentando, en la vejez, que se empezase a terminar lo bueno. Ese arco iris de los folladores años sesenta hasta los despiadados años diez es una ruta que ha emprendido varias veces Irving, aunque el método, el profesional que nos enseña el mundo con su trabajo, el Frank Bascome de Richard Ford, el Conejo de Updike, en un tono minucioso y desconsiderado (aunque con bastante más sentido del humor que Ford) es un tipo de novela muy americana, uno de los arquetipos más integradores para quienes aspiran a la máxima distinción posible: crear mitos del presente. Cada época necesita un tratamiento que excede las competencias de la historiografía y de cualquier otra ciencia. Se trata de escurrir la realidad y recrearla luego en forma de arquetipo, en sacarle un retrato al mundo en el que se vive y dejarlo para la posteridad. Sólo la ficción puede llevar a cabo una selección arbitraria y caprichosa cuyo significado, sin embargo, esté más cerca de la verdad que el estudio científico. 
No creo que pueda haber mayor ambición en un novelista, sobre todo si es de tradición posmoderna: encontrar un género (la novela americana a lo Irving), un personaje sarcástico y complejo y un buen puñado de historias bien contadas en medio de una trama entretenida, y todo ello maravillosamente narrado, sin que el maestro de la dosificación aparezca por ninguna parte.
Como la he disfrutado tanto, me creo con licencia de ponerle un par de peros. Tan solo torcí el morro la primera vez que, como de pasada, el narrador nombra a Turpin recién salido de la cárcel y Beard no hace ni caso. Es un indicador metanarrativo, una cuña de guión, que se disuelve pero convierte la espera en previsibilidad. Y lo mismo, a mi juicio, sucede con las cartas del padre: cuando los abogados ingleses llegan al pueblucho norteamericano donde va a tener lugar la gran demostración, lo que van a decir ya nos lo esperamos, porque de lo contrario nada de la trama de Aldous, el joven científico muerto por accidente, habría tenido mucho sentido. No es totalmente previsible, pero teniendo en cuenta el excelente nivel de sorpresa que anima la obra entera, suena a cierre técnicamente impecable pero, ay, sin ese punto de vitalidad creativa que nos ha llevado en andas por toda la novela. Yo hubiera preferido que la posibilidad de ser descubierta la superchería de Beard fuera algo más ostensible, más mortificante. Beard olvida la trama como prescinde, en la medida de lo posible, de castigarse con moralinas. Pero el lector yo creo que no. El lector yo creo que se lo espera, lo que, bien visto, da un toque de ironía trágica, de tragedia bufa.
Da igual. Las buenas novelas se disfrutan hasta en sus aparentes defectos, que no son más que ganas de discutir, inercia del entusiasmo, plena satisfacción.

26.4.11

El detalle del sostén


            Para felicitarle por el Año Nuevo de 1880, Turgueniev regaló a Flaubert un edición en tres volúmenes de Guerra y paz. A vuelta de correo, más o menos, Flaubert escribe: “Gracias por haberme hecho leer la novela de Tolstoi. Es de primer orden. ¡Qué pintor y qué psicólogo! Los dos primeros volúmenes son sublimes, pero el tercero decae horriblemente. Se repite y filosofa. En fin, se ve al señor, al autor, al ruso, mientras que hasta ahí sólo habíamos visto la naturaleza y la humanidad. Me parece que tiene a veces cosas a lo Shakespeare. He lanzado gritos de admiración durante su lectura... ¡y es larga! Sí, es extraordinaria, ¡muy fuerte!”
            Estas palabras son famosas por muchas razones. Entre los muchos que las han citado, si no recuerdo mal, se encuentra Javier Marías, a cuya novela Los enamoramientos cabría aplicarle las que más fortuna tuvieron, quizá por ser las más precisas, las más concentradas y las más reveladoras: “Se repite y filosofa”. En el caso de Tolstoi, al comentario de Flaubert habría que reprocharle puntillosidad y, sobre todo, el hecho de que Tolstoi, el ruso, sólo aparece cuando la novela se detiene, como invitándolo a que no lo escuchemos si no queremos, pero no se entromete en “la naturaleza y la humanidad”, en la pura novela. En el caso de Marías, habría que decir que la novela es una pura repetición, y que, en efecto, filosofa, es decir, hace frases abstractas para explicarlo casi todo, y que todo lo que no es filosofada y repetición, es decir, todo lo que es novela, no creo que alcance, pese a las 400 páginas del volumen, la extensión de la nouvelle de Balzac que se cita una y otra vez y que ha sido editada por Reino de Redonda al mismo tiempo que Los enamoramientos, y traducida por una de las destinatarias de la dedicatoria, Mercedes López-Ballesteros, desde mi punto de vista la que le contó lo del sostén.
            Es decir, Marías ha escrito una nouvelle sobre el tópico del dueño del secreto, y la ha inflado de Javier Marías. Ambas cosas pueden juzgarse por separado, porque la prosa de Marías no sirve de engrudo suficiente como para que la narración y la filosofada sean toda una. Es más, en este caso se ha dejado llevar por algunos vicios del apresuramiento como es el abuso de la anáfora, al estilo de la basta Almudena Grandes, cuando parece no haberse encontrado a la primera la frase definitiva. O de la corrección superficial, como es el uso abusivo del ‘a buen seguro’ o el de frases bimembres, o en general de un aspecto que fumiga cualquier sombra de naturaleza y humanidad como es que Marías, el autor, el señor, aparezca por todas partes y lo inunde todo hasta unos extremos casi ridículos.
            Marías no es muy de trabajarse al personaje, pero en sus anteriores novelas, en general, cuando los personajes hablan parecen ellos, no Marías. Bien es verdad que en todas sus novelas el protagonista y narrador es él, su voz, su prosa sinusoide, reticular, pero Cromer-Blake suena a Cromer-Blake, y Peter Russel e incluso Tupra, el espía sin escrúpulos de Tu rostro mañana, e incluso fantoches como Custardoy o el tontaina ese de la redecilla en el pelo que aparecía en su gran trilogía, al que Tupra amenazaba en el lavabo con un espadón. Incluso Clare Bayes o las muchas Luisas suenan a ellas, quizá porque el narrador es cuando ellas hablan un hombre que escucha, no que se escucha.
            Pero aquí Marías ha decidido incorporar un narrador femenino, nunca mejor dicho, porque jamás es una narradora. Por momentos me hacía gracia fabular sobre cuál de las dos destinatarias del libro, Carme López Mercader o Mercedes López-Ballesteros, es la que le ha contado esos detalles propios de mujer, como el asunto del sostén, que, dicho en boca de la narradora, parece como si esa misma mañana se lo hubieran contado al narrador.
            Tomar la voz de una mujer no es cualquier cosa. No consiste en saber de mujeres, porque entonces los psicoanalistas y los donjuanes las imitarían a la perfección, y ambos suelen demostrar que no las entienden en absoluto. Consiste más bien, supongo, en haberlas escuchado lo suficiente como para ponerse a pensar con ese mismo flujo verbal, que no es el resultado de su pensamiento sino el que lo determina. Al narrador entonces le da lo mismo qué hacen las mujeres con el sostén para estar más atractivas, porque dependerá de la mujer, de su voz, de su manera de contar, el que eso tenga o no tenga importancia. Es inútil buscar detalles femeninos en las heroínas de Pombo o en la de Ángel Vázquez. Son mujeres, y esa condición previa de su voz es la que va desgranando detalles mucho más femeninos en los que el narrador quizá nunca haya reparado. Cuando escuchamos a la Marcela del Quijote estamos escuchando a una mujer, no a Cervantes. Y lo mismo nos ocurre con Isidora Rufete. La escuchamos como la escuchaba Galdós, solo que él anotó lo que decía.
            Marías, definitivamente, no demuestra ser capaz de abandonar su voz para escribir con la voz de otro, con sostén o sin sostén. Es un recurso tan lícito como cualquier otro, pero hay que andarse con cuidado, porque más de una vez uno se imagina a Marías con la falda y el sostén de María, del mismo modo, por otra parte, que se lo imagina disfrazado de Ruibérriz o del propio Javier, que es quien más propio resulta cuando habla. Están muy bien esos giros del punto de vista (la narradora imagina lo que se imagina que habla un personaje con otro que no está, y cosas así), y es ahí donde la total uniformidad del estilo hace que en ocasiones no sólo el lector pierda de vista al que está hablando (o pensando, o conjeturando) sino que venga a dar lo mismo porque todos hablan igual y piensan de la misma manera y con las mismas frases.
            Todo esto, muy Marías, sería soportable si nos compensase con algún capítulo brillante. El clímax de la narración (lo que viene después es apaño, cierre forzado, hilatura), la escena del sostén, también es un ejemplo del gusto de Marías por lo inverosímil (aquel marido que se encontraba en Mañana en la batalla piensa en mí con su mujer en un coche sin que ella lo reconociera), por los personajes tiesos, abstractos, blanquecinos, pero nunca como en esta novela había echado tanto de menos una mínima ambientación que no se desprende de las machaconas conjeturas. Hay una escena al principio que vale por toda la novela. La narradora ve cómo Luisa da de comer a su hijo los últimos restos de helado que quedan en el vaso. Están en los veladores de un kiosko frente al Museo de Ciencias Naturales. Es la única vez en que he tenido la sensación de estar en un sitio y de escuchar una historia en boca de alguien que sabe mirar y describir, y también comprender y transmitir. La emoción contenida de ese principio es verdaderamente admirable, pero luego se esfuma, el ringorrango hipotáctico lo devora todo como si Marías hubiera dispuesto de una partitura mínima sobre la que dejaba llevar sus dedos sin el menor esfuerzo.
            Ni siquiera las, digamos, escenas graciosas, generalmente muy graciosas, tienen aquí ninguna gracia. Lo del Profesor Rico es patético, una sátira colegial, de compañones, no hay escena propiamente dicha, ni acción, ni momento, ni nada: solo peroraciones, soliloquios compartidos y frases poco naturales. Pero tampoco sus célebres ritornellos shakespearianos, esas rimas que van tejiendo a lo lejos la narración, eran en otras novelas tan repetitivos –tan gratuitos- como o son en esta, a excepción, quizá, del recurso a la nouvelle de Balzac, una obrita que tiene la extensión que debería haber tenido esta novela, y que apetece leer cuando se acabe el rollo. 
            Porque eso es lo peor, no el tratamiento sino las proporciones. El argumento no se va desgranando en la historia sino que, cada veinte o treinta páginas, avanza un pasito para dormirse otra vez en la suerte de la sintaxis y del manierismo marianista. La novela no nace de sí misma. Es un argumento previo de serie de televisión, sin verdadera grandeza dramática, quizá porque sólo está planteado y resuelto, pero no desarrollado. Y si hablamos de argumento es por no hacerlo de historia, porque la historia, lo que tenía que aportar la voz de la narradora, en realidad no es tal, se pierde en la artificiosidad deliberada de un escritor que lo ha fiado todo a su estilo, como si él mismo hubiera sido víctima de un enamoramiento (quizá con la que le contó lo del sostén) que le ha alterado el instinto autocrítico y el sentido del exceso y del pudor. 

3.4.11

Suspenso en retórica, aprobado en narración


En el arte de narrar es muy importante que los hechos no aparezcan porque los ponga el autor sino por sí solos, y que las evidencias no nazcan de aclaraciones o explicaciones sino de la propia inercia de los hechos. Hasta hace unos días, cada vez que alguien nombraba a Carme Chacón como futura candidata a la presidencia, me parecía una de esas ideas de bombero que tanto se han vuelto contra el presidente (o preexpresidente), ese aire de capricho naïf con el que tan sarcásticamente se ha cebado la derecha y, en general, todos aquellos que solo necesitan un argumento, por peregrino que resulte, para juzgar a todo un gobierno. Sin embargo, el día que Zapatero se manifestó diciendo que no repetiría como candidato, la gramática narrativa iluminó de pronto la imagen de Chacón, en un proyecto que cobra sentido y al que aún le quedan unos capítulos de despiste, aquellos en los que harán creer a la derecha que el próximo candidato es Rubalcaba, cuando no lo será porque, narrativamente, no puede ser.
            Lo que ambos, Zapatero y Rubalcaba, parecen estar haciendo en alternancia coordinada es esa maniobra futbolística cuyo nombre tantas veces aplico a las propias narraciones: están barriendo a los centrales. La derecha salvaje está muy entretenida tirándoles dardos como al toro de Coria, al uno porque han conseguido instalar el adjetivo inútil entre los votantes, y al otro por el difícil equilibrio estratégico para acabar con ETA que alcanzará sus objetivos pero al día siguiente querremos que metan en la cárcel a quienes los consiguieron. Detrás, viendo la jugada desde la media punta, esperando el pasillo directo a la portería, ¡y al frente del ejército!, estaba Carme Chacón.
            La crisis ha terminado con Zapatero y todavía no ha conseguido reducir a una expresión divulgable cuáles han sido sus criterios para salir de la crisis: minimizar los daños. Las tortas le llegaban por los dos carrillos, del lado de quienes veían bajar su nivel de vida y del de quienes querían bajarlo todavía más. Nuestra derecha hipócrita jamás ha explicado que sus recetas para salir de la crisis tenían más que ver con los tratamientos de choque que con el buenamente que tantas iras le ha granjeado al presidente. Hay que ver, cómo nos irrita la bondad. Era un personaje trágico y estaba condenado a no salir indemne de una crisis tan morrocotuda. Perdió la batalla ya desde el principio, el día que no quiso nombrarla. Desde entonces, haya hecho lo que haya hecho, sus detractores le han acusado siempre de lo mismo, de blando, de flojo, de tonto.
            En todo caso, si alguien pensaba que después de la experiencia de González y en medio del berenjenal en el que estamos un presidente podía aspirar a un tercer mandato, es que no se da cuenta de cuándo sobran capítulos en una novela. Su aviso de retiro ha sido una obviedad argumental. No podía ser de otra manera, y casi nadie, empezando por él, quería que lo fuese. Ahora le toca seguir recibiendo palos durante un año mientras se va alejando a las inmediaciones del área. En un año, el ministro de Fomento debe construir una autopista retórica que lleve a Carme Chacón, si no a la Moncloa, sí a ser una candidata con garantías. Entretanto, Rubalcaba se los irá llevando al córner del Faisán, dará de comer a las fieras, algunas de las cuales lamentan que no se le lleve a la horca por alta traición. Y si la cosa sale bien dejarán a Mariano Rajoy en la soledad del portero ante la jefa de las Fuerzas Armadas.
            Rubalcaba no va a presentarse a unas primarias, a hacer el ridículo como Almunia, pero tampoco debe decir que no se presenta hasta que le toque actuar a Chacón. Lo ideal, desde el punto de vista del argumento, es que Rubalcaba extendiese su papel trágico hasta las últimas consecuencias haciendo como que se presenta, fingiéndose cabeza de la vieja guardia derrotada por las nuevas generaciones, que es exactamente lo que le pasó a Bono con Zapatero. Es un papel que luego se recompensa bien: a Bono lo hicieron maestro de protocolo, que es lo que más le gusta, y a Almunia lo mandaron al espacio europeo. Pero creo que Rubalcaba, por más que quiera cumplir con su papel trágico, no se lo merece. Ni se merece echarlo a los caballos después de haberse echado el equipo a la espalda cuando peor estaban las cosas, ni se merece cuatro años de presidencia colgado del cuello en el centro de una diana.
            De modo que narrativamente las cosas se han hecho mejor de lo que parece. Preparan el bólido del año que viene. Desde el punto de vista retórico, en cambio, siguen siendo un desastre. La izquierda entera se reanimó cuando tomó el mando un político que sabe hablar, actuar, mirar, estar, contestar. Ese discurso sincopado, nunca vibrante, siempre anodino de Zapatero, o el hablar como un cura que dicta los apuntes de José Blanco, eran compensados por la facundia de Rubalcaba, que hilaba frases sintácticamente complejas, las refrescaba con por ciertos aparentemente improvisados, y era contundente sin llegar a la vehemencia desaforada de los cazadores de pluma en el sombrero que tenía en los bancos de enfrente.
            El PSOE necesita con urgencia desde hace veintitantos años una asesoría retórica que empiece desde abajo, enseñando a escribir y a no caer mal a los dirigentes provinciales y parando los pies a los endiosados dirigentes regionales, y obligándoles a todos a no creerse más listos de lo que son ni con más atribuciones de las que tienen. Desde un punto de vista propagandístico, el paso por el ejército le ha dado a la próxima candidata un barniz de austeridad, de órdenes terminantes y emociones castrenses. Desde el día que alguien le hizo la foto embarazada y pasando revista a las tropas, la foto que mejor resumirá el mandato de Zapatero, la trama había por sí sola comenzado a funcionar.

1.4.11

Ya estamos con los artistas


Estoy haciendo unas catas previas en el tomo séptimo de la Historia de la literatura de Mainer, escrito por Jordi Gracia y Domingo Ródenas. Le clavo huesos afilados como a los jamones, a ver cómo huele. El anterior tomo, el también escrito por Mainer, de literatura anterior a la guerra, lo leí como un libro. Este lo leo por el índice, porque creo que también así ha sido confeccionado. Es una especie de wikilibro, de wikimanual, más bien.
            Y alguna de esas primeras catas, a un libro que se reputa de canónico (está llamado a serlo, es casi una exigencia), traen sorpresas desagradables e inesperadas rancedumbres. El libro llega hasta lo que se escribió ayer por la tarde, pero de Chaves Nogales, por ejemplo, sólo se menciona, muy de pasada, la biografía de Juan Belmonte, y con cita incluida La agonía de Francia, a la que se concede valor como documento periodístico. De A sangre y fuego y de El maestro Juan Martínez que estuvo allí, nada de nada. Tan solo se lo nombra, con leve retintín, a propósito de “quienes han vivido una revaluación muy alta en los últimos tiempos, como el periodista Manuel Chaves Nogales”.
            La cosa tendría más sentido (un sentido coherente dentro del error) si después, en las postrimerías del tomazo, los autores no se deshiciesen en elogios con Javier Cercas, a quien poco menos que invisten como faro de la modernidad narrativa. Si tanto les ha impresionado el éxito de Anatomía de un instante, su obligación académica era tratar a Chaves por lo menos con el mismo detenimiento con que trataban a Cercas. Tampoco parecen haberse dado cuenta (es decir, considerado en su debida importancia) de que la influencia de Chaves en Muñoz Molina ha sido determinante en su carrera porque, me temo, ha dado su medida real como novelista. Aunque bien es verdad que tampoco se han dado cuenta de que la influencia de Max Aub en Muñoz Molina no se limita a la “actitud ética” o a las “reivindicaciones hispánicas” sino que ha estado presente en su obra desde Beatus Ille, según el propio autor ha comentado en varias ocasiones, cuando ideó una versión moderna (la otra solo tenía veintitantos años) de Josep Torres Campalans. Es gracioso que hasta citan aquellas piezas teatrales de Max Aub que más han nutrido el imaginario de Muñoz Molina, pero pasan por encima.
            ¿Y por qué todo esto era importante en un manual de literatura? En primer lugar, el redescubrimiento de Chaves Nogales es, a mi modo de ver, un acontecimiento de primera magnitud. Si repasamos la novela española de los años cuarenta, a los inicios de la Santísima Trinidad y la visión fulgurante de Carmen Laforet hay que añadir la literatura del exilio, Sender y Aub sobre todo, mucho más Sender que Aub. Es curioso que los autores del manual traten con cierta displicencia una obra para la que en otros momentos no escatiman elogios. Para ellos lo mejor que escribió Sender fue la Crónica del alba, y no toda, mientras que una obra que tanto da que pensar sobre el concepto de novela histórica como Mr. Witt en el cantón es despachada con el solitario sambenito de decimonónica. Pero cuando hablan de La tesis de Nancy lo hacen en unos términos condescendientes que apestan a una forma de historiografía literaria que yo creía ya superada, eso que Manuel Vázquez Montalbán expresó con precisión y gracia a propósito del crítico Rafael Conte. “Quiere a la literatura como a una hija, tiene miedo de que se la vayan a estropear”, vino a decir, y eso que Conte, el de los últimos tiempos, creo que ya se había desmarcado de esa exquisitez que en términos socioliterarios sólo forma un género, pero no por sí sola una tradición.
            Ha pasado el tiempo y si le das a un lector de diecisiete años alguno de los campos de Aub te lo tira a la cabeza, pero A sangre y fuego, lo certifico, les llega como si hubiera sido escrito ayer. Y La tesis de Nancy sigue divirtiendo exactamente igual que divirtió hace treinta y tantos años a mi hermana Pilar, cuando la leyó en el instituto. La perdurabilidad es una categoría literaria que no deben desatender sus historiadores. También la Crónica del alba tiene buena aceptación en ese sector tan insultantemente sincero. Estoy hablando de un tipo de joven concreto, el alumno lector, casi siempre alumna, que lee por placer y sin esfuerzo, abierto a cualquier sugerencia, pero que juzga sin contemplaciones y arroja a la papelera lo que no le gusta por mucho que lo bendiga el libro de texto y los santos mártires del claustro; el mismo, por ejemplo, que no puede con Madame Bovary pero se lo pasa en grande con La desheredada.
            Hablando de Galdós, también Ródenas y Gracia (ahora no voy a mirar quién ha escrito qué) despachan a Sender con una frase que merece forzar la vista un poco: “Decenas de novelas, libros de cuentos y ensayos completan su ingente obra, que responde a la ejecutoria de un escritor profesional –en el sentido en que lo fueron Galdós, Blasco Ibáñez o Baroja- más que a la de un artista, con independencia de los valores estéticos que alcancen determinados títulos.” ¿Es esto un halago? ¿No eran artistas Galdós, Blasco Ibáñez o Baroja? ¿Qué hace falta, entonces, para ser artista?
            En términos novelísticos, el artista es el que interrumpe, unas veces para bien y otras muchas, la mayoría, para mal. Para que una novela perdure el artista debe emplear su arte en desaparecer. ¿Por qué mis alumnos de catorce años, algunos, siguen leyendo Huckleberry Finn con un placer similar al que ha producido durante generaciones en Estados Unidos? Y no estamos hablando de un libro para niños sino de la biblia de Faulkner o de Salinger, su punto de partida. También a los primeros críticos de Twain les pareció que el hablar desmañado de Huck no era artístico, cuando en realidad era lo más artístico de todo, el arte de transubtansciarse en un ser imaginario que cobra corporeidad mítica, presencia real. Pero ese arte exige dejarse de rigores poéticos y mandangas y narrar, narrar, narrar. Mi lectura de las novelas de Chaves era un reencuentro con ese modelo de escritor con el que siempre hemos sido tan mezquinos en España. Aquí solo llegaban las peores consecuencias del plaisir du texte, pero no ha habido manera de dar la importancia que tenían a los que mejor practicaban el arte de narrar. A sangre y fuego es, en efecto, lo que va a quedar de la guerra civil. Lo que leerá la gente dentro de cuatro siglos cuando quiera leer algo de ficción sobre la guerra civil. Leerán eso y a algunos autores extranjeros. Lo demás está cubierto por los huesos del estilo. Lo adoraremos en altares académicos pero a la gente le parecerá un ejercicio de manierismo gratuito.
            Por lo que a mí respecta, me parece relevante que las dos obras de ficción (o de no ficción, lo que se quiera) de Chaves no solo caigan bien entre lectores precoces y desprejuiciados sino entre público culto no académico. Llevo meses regalando El maestro Juan Martínez que estuvo allí a lectores cultos no académicos, a lectores sin obligaciones, y está siendo un éxito. A ver qué otra obra de los años 40, que no sea de Sender, les regalo yo para que no les entre la pesadumbre de la oficialidad y el olor a salitre y a mierda de gato de la posguerra. Más espacio dedican Ródenas y Gracia a psicópatas como García Serrano que a este hombre que murió en el momento de asentarse como narrador y aun así dejó un puñado de obras maestras que, como si hubiesen tenido que tocar fondo en una sima de desprecio, han acabado reflotando precisamente cuando a la modernidad narrativa se le llena la boca con lo que ya había hecho él. Murió joven y no sé si nosotros nos perdimos al mejor novelista de la segunda mitad del siglo o él se perdió el espectáculo del ninguneo académico con que lo iban a condecorar quienes siguen sin ver la literatura al natural, en manos limpias, que son las que mejor preservan contra los efectos de la edad. 
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