Click en la foto para escuchar la banda sonora de la novela.
29.7.12
Nota princeps
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20.7.12
Afortunado tropezón
El toro Pocapena no tuvo mucha suerte, pero el caballo Severino sí, y la novela Caballos de labor ha ganado el premio de novela corta Comarca del Maestrazgo. La escribí el pasado mes de marzo, con un dedo de la mano izquierda, porque el brazo derecho me lo acababa de romper en un tropezón estúpido. Lo malo (un mal del que me alegro) es que no podré colgarla en este blog, pero ya daré noticia de su publicación. Al final, la antología de versos de Labordeta y los manuales de working horses han tenido su recompensa.
22.6.12
Dos objeciones a 'Pastoral americana'
Después
de Némesis he continuado rellenando lagunas
con Pastoral americana. Mi caso con
Philip Roth es el clásico de haber empezado por donde no debía, por el
principio. La trilogía de Zuckerman
encadenado no me podía gustar porque en ella viaja, en primera clase, buena
parte de lo ya no leo. No leo autobiografías ni mucho menos novelas
protagonizadas por un escritor que escribe. No le encuentro la gracia al
manierismo y las historias posmodernas suelen pecar de autocomplacientes. Así
que lo fui dejando estar, y eso que a mi alrededor la gente leía La mancha humana y Me casé con un comunista y me decía que me estaba perdiendo algo
que seguro que me iba a gustar. Cuando,
hace unos días, dieron a Roth el Príncipe de Asturias, tuve que escuchar el
argumento definitivo: ¿cómo es posible que te gustasen Una mujer difícil y Libertad
y no quieras leer Pastoral americana?
Ahora he
comprobado que la novela de John Irving se publicó dos años después de la
novela de Roth, y la de Franzen, como aquel que dice, acaba de salir. En el
reducido mapa genealógico de mis lecturas, las dos le deben algo a Pastoral americana, desde luego. Más
incluso la de Franzen, en casi todos los sentidos, incluidos los que menos me
interesan. El Irving que se ceba en la documentación exhaustiva en torno a un
tema menor que le sirve de símbolo y de itinerario, el de la pesadota Hasta que te encuentre, llena de
erudición tatuada, viene a estar representado aquí por la fábrica de guantes de
Lou, el patriarca, el padre del Sueco. Y el tema del hombre bienintencionado al
que se le acumulan los errores y las desgracias, las mujeres locas y los hijos
inflamables, que es el asunto de Libertad,
es el que da cuerpo a Pastoral americana, y en ambos casos con parecidas
intenciones. Se trata de retratar, a través de un triunfador desgraciado, el decline and fall del sueño americano,
que por otra parte debe de ser el tema de otro millón de novelas contemporáneas,
por lo menos.
Es
decir, que tenía que gustarme y en efecto me gustó, y sus quinientas y pico absorbentes
páginas me hicieron vivir en el mundo que me proponía la novela, una familia
cada uno de cuyos miembros representa una forma de ver el mundo. El abuelo Lou
es el viejo emprendedor americano, el hombre que se jacta de haber trabajado
duro y sobre todo haber mirado la calidad del trabajo por encima de la
rentabilidad, el judío que no entiende que su hijo se case con una católica
irlandesa, y su abnegada esposa, una señora insignificante que cuando aparece
con una frase, como los figurantes, es siempre para templar gaitas, apagar
fuegos, seguir corrientes y asistir a su fogoso marido, uno de estos americanos
que a los ochenta y tantos años conservan intactas las dotes de mando y los
criterios morales.
El hijo,
el protagonista, el Sueco, es el rigor de las desdichas. Todo le sale mal, y en
la vida, cuando todo, absolutamente todo sale mal, tanta desgracia junta solo
puede mover a la compasión, pero difumina un poco la idea de verdad. Hacia el
final de la novela, cuando el Sueco ha visto cómo se destroza la mente de su
mujer y cómo la ya destrozada mente de su hija destroza lo que encuentra, sufre
un ridículo ataque de celos que ya no pertenece a la novela ni al personaje
sino al autor. Hay un momento en la
novela, a unas cien páginas del final, en buena parte de la larga última cena
en la que no se sabe quién va a traicionar a quién, en que la lógica narrativa
deja paso a la ingeniería finalizadora. El personaje deja de vivir y empieza a
ser contado, y emerge, ominosa, la figura del autor para empalmar todos los
hilos y dejar a todo el mundo sin posible redención. Es una decisión suya, no de la novela.
Los
otros personajes de la edad del Sueco flirtean demasiado a menudo con la
caricatura. El vecino rico, Orcutt, diseñador de la nueva vida a la que aspira
la mujer del Sueco, está visto con los ojos de un celoso y en ese sentido es
bastante creíble. Lo que no es creíble es que, después de todo lo que lleva
encima, el Sueco tenga tiempo de caer en el lodazal de los celos, o sacar a
pasear a última hora una aventura suya, otro pecado, con la psicóloga de su
hija. Es como si ninguna novela pudiera terminar sin rendir tributo a la
obsesión sexual que corroe la moral americana. Pero Leviatán, de Auster, anterior a Pastoral
americana, usaba un punto de partida parecido sin necesidad de decorar su
alrededor con el muladar sentimental de siempre. La hija del Sueco es aquel
Sachs de Auster, pero mucho menos sujeto al croquis simbólico de Merry, el
tristísimo personaje de Philip Roth. Me da la sensación a veces de que
sobrecarga a los personajes de simbología, que no hay nada que no signifique
algo, que no sea un ejemplo para explicar algún problema social, laboral,
personal o amoroso. Los personajes no son contradictorios en la medida en que
han nacido para martillos y del cielo les caen los clavos. No hay redención, y
las buenas novelas, incluida la Biblia, necesitan para sostenerse un acto de
redención. El lector necesita querer, no solo compadecer. Al final del libro
tenía que afinar la vista porque la sombra inquisitorial del autor impedía que
entrara un solo rayo de luz.
El
paradigma del paradigma (dicho sea no como superlativo hebreo sino en sentido
estricto) es esta muchacha, Merry, que a los 16 años se escapa de casa y se lía
a poner bombas, y acaba en un agujero inmundo convertida en psicópata jainita,
de estos que no se lavan para no matar los seres vivos que habitan nuestra
piel, como franciscanos de la vida que habita en la putrefacción. Es curioso
que suceda en los años de la guerra del Vietnam, la última vez en que una
generación joven se mostró dispuesta a inmolarse en aras de la ideología. En Libertad, de Franzen, la descomposición
es de otra índole, y el hijo, en vez de salir revolucionario, se va a la guerra
de Irak a hacerse millonario. Pero en Franzen sí hay redención, y esa redención
hace que el personaje sea el mejor de todos, el más vivo.
Tampoco
había que ser tan crudo. Es el tópico de las tres generaciones de empresarios,
tan frecuente: el abuelo, de la nada, con esfuerzo y rigor, levanta una gran
fábrica de guantería; el hijo, un americano sano, trata de seguir ganando pasta
con el mismo entusiasmo, pero el ambiente ya es otro y los usos y costumbres
también; el nieto (la nieta) ya no quiere saber nada, aunque lo normal es que
sí quiera saber y destroce la obra de sus antepasados. Pero eso ha sucedido
siempre, no en los 70 por primera vez, y volverá a suceder porque comienza otro
ciclo de vacas flacas, pioneros y hombres cerriles y sacrificados.
Y eso si
son hombres, porque las mujeres, en esta novela, lo tienen bastante crudo.
Varias de ellas (la progre Umanoff, la psicóloga con aventura, la compinche de
su hija) están pintadas con tanta mala leche que al final resultan un poco
mamarrachos, y en el caso de Rita, la compinche, directamente inverosímiles.
Pero su mujer, ex miss New Jersey, es de una debilidad que penetra en la moral
hasta envilecerla, y Shelly, la mujer del pomposo Orcutt, es una borracha a la
que Roth describe con verdadero asco, y a la que da un papel relevante al
final, en el más puro final, que, lo siento, me ha parecido del todo gratuito.
Pero hay
otro pero más que me ha dejado su lectura. Es lo mismo que empasta de absorbencia
la lectura, pero que en términos narrativos no deja de ser un truco. Roth
escamotea la narración a favor del jucio moral, no deja que se desarrollen las
secuencias sin someterlas a un veredicto meticuloso que tapa lo que de pura
novela debería haber. Uno pronto deja de ver
para reflexionar, y la misma carga simbólica que tienen los personajes es
la que le falta a lo que hacen los personajes, a lo que Roth les deja hacer. Uno
disfruta sabiendo cómo se siente el Sueco y como funciona una fábrica de
guantes, cómo eran los concursos de miss América en los años cincuenta y cómo
la vieja Newark se viene abajo. Algunas conversaciones son incluso largas (la
última con Sheila, la psicóloga, muy pleonástica), pero no hay acciones
concretas. Los personajes están colocados en la situación pero no actúan, o han
actuado y tienen miedo, o van a actuar y también tienen miedo. Yo diría que
Roth es un maestro en mantener la novela sin necesidad de que el lector exija
más encarnadura dramática, no más acción sino más situación. Pero, llegados al
culo de pollo final, esa misma velocidad, esa misma atención empieza a mosquear
un poco. Demasiado tarde, en cambio, para no haber disfrutado.
16.6.12
Objetos gongorinos, 2
Velázquez
pintó a Góngora en 1622, al poco de llegar a Madrid. Tenía veintitrés años y ya
había pintado la Vieja friendo huevos
y El aguador. Era muy joven, aún no
había viajado a Italia ni desarrollado su técnica de fondos luminosos,
pinceladas sueltas y toques de pigmento en los detalles; aún no había dejado
que el cuadro se pintase a sí mismo, sin premeditaciones. Y sin embargo no se
puede decir que Velázquez aún no sea Velázquez. No se puede aplicar ningún aún no a ninguna de esas tres obras. Las
tres son plenitud. A los diecinueve ya había pintado la gota de agua eterna
sobre el cántaro del aguador, a la que también se dedicó aquí, en tiempos, una sentida
bernardina cuando me enteré de que había muerto Ramón Gaya.
Lo que
se dice de esa primera etapa sevillana importa poco ahora: que si los colores
terrosos, que si el claroscuro, que si la precisión de la pincelada, anterior a
la soltura Velazqueña, como si
Velázquez aún no se hubiese soltado.
Y así se dice, un poco gratuitamente, que el retrato de Góngora está un poco tieso; o bien, desde el otro
lado, que el que estaba tieso era Góngora, y Velázquez se limitó a pintarlo como
era.
Llevo
muchos años mirando reproducciones de ese cuadro y el otro día pasé un rato
contemplando el original, el que han traído de Boston a la Biblioteca Nacional,
no las copias del Prado o del Camón Aznar. No desaproveché la oportunidad y,
con un libro que llevaba en la mano, lo miré tapando, alternativamente, la
visión de cada una de las dos facetas de su cara, la oscura y la iluminada.
Cuando aplicamos a algo el concepto de claroscuro solemos quedarnos en lo que,
por otra parte, se quedaron muchos, en que la luz tapa y las figuras son más
intensas cuando emergen de la oscuridad, pero con ello descuidamos ese interior
oscuro, ese cuarto del que apenas se ven contornos y sombras grises, como
ocurre en las habitaciones cerradas cuando afuera es de día pero entra una gota
de luz. Lo único negro del cuadro es el abrigo, manteo o lo que sea, rematado
por un cuello de camisa de un blanco féretro que le llega hasta las orejas.
Góngora está remetido en su atuendo de clérigo de provincias, racionero de la
catedral de Córdoba, poeta célebre, aspirante a cortesano, un hombre que por
aquellos días tenía que hacer los recados de noche, “a lo murciélago”,
dice en sus cartas, porque no tiene dinero para tunear la carroza o comprar
caballos más lustrosos o darles de comer a los que tiene. Si fuese por el día a
pedir un privilegio eclesiástico para el “imbécil” de su sobrino Saavedra (Alonso
dixit), o a reclamar al conde duque de Olivares una pensión que siempre le
prometió y nunca le concedió, la gente, por la calle, se le reiría: los
cortesanos eran la rechifla del pueblo cuando no lo deslumbraban, un sino muy
español: "porque me es fuerza, muchos días de concurso, no parecer en el mundo por no encarecer los silbos y las voces del vulgo", escribe el cinco de julio.
Esa camisa de anafaya tapa más
que ilumina. Pese a estar Góngora tan abrigado, nada nos dice que no pintase Velázquez el cuadro en verano. El dos de agosto escribe: "yo ando que es vergüenza de vestido, con la misma ropa que el invierno, que diera calor a no estar rota". Hasta el 16 de agosto, que recibe 528 reales "para trastejarme", no puede hacerse ropa nueva. Si se mira el cuadro tapando el blanco desalmado de ese cuello,
emerge un personaje inquisitivo y receloso, de hombre que escucha con atención.
La boca está cerrada pero los músculos dispuestos a abrirla, como esas personas
que cuando miran a alguien parecen pronunciar la primera p de alguna palabra,
un pero, seguramente, o una broma que está a punto de salir. Góngora no posa:
ve hacer. Góngora está mirando con más curiosidad que desconfianza, si bien el
belfo levemente montado (como si estuviese acariciándose la parte interior de las
encías con la lengua) puede inducir a que mira con un punto de hastío. Ese
mismo belfo, si retiramos la mano con la que tapábamos el cuello blanco frío,
vuelve a ser distante, severo, encopetado.
Y, sin embargo, Góngora conserva,
con cuello y sin cuello, los ojos de poeta, un punto entrecerrados, del
cansancio acumulado de afinar la vista, de los estragos de la lectura. Esos
ojos los ponen mucho los poetas, pero no en esta versión penetrante, analítica,
sino en la tópica rojez del éxtasis y la emoción. Miran como cansados de ver
belleza. Góngora no. Góngora mira como habituado a tratar con ella, como
miraría un lector vicioso que no tuviera mayor interés en impresionar a las
damas. Es verdad que a esas alturas Góngora ya no quería impresionar a nadie,
pero también es verdad que durante el verano de 1622, poco antes de pintarle el
retrato, había enfermado de los ojos, y la memoria de lo
inmediato no tardaría en empezarle a fallar. "Yo quedo de los ojos tan mal parado que escribo a tiento. Excuso sangrías, contentándome con la dieta que vuesa merced me hace pasar; espero en Dios que ella solo sea medicina", escribe al licenciado Heredia el 6 de junio.
La dieta, por supuesto, es de dinero, y la enfermedad continúa por lo menos hasta agosto, agravada por la necesidad que tiene de que la honra vaya sobre ruedas a pedir mercedes: "Socórrame, que está mi coche que es vergüenza y no pueden parecer los caballos con aquellas guarniciones que vuesa merced vio, ni tengo qué comer, porque cuando viene un socorro, lo debo", escribe el 14 de junio. Las circunstancias del señor severo que Velázquez se encontró en Madrid eran de creciente ruina. Góngora estaba abrumado por las deudas, despagado por los nobles, maltratado por los mismos sobrinos cuyo futuro estaba gestionando en la corte con el aval de su fama. Son pocos los poemas de ese año, pero entre ellos hay versos desengañados, tan descarnados que acaso suenen poco gongorinos:
La dieta, por supuesto, es de dinero, y la enfermedad continúa por lo menos hasta agosto, agravada por la necesidad que tiene de que la honra vaya sobre ruedas a pedir mercedes: "Socórrame, que está mi coche que es vergüenza y no pueden parecer los caballos con aquellas guarniciones que vuesa merced vio, ni tengo qué comer, porque cuando viene un socorro, lo debo", escribe el 14 de junio. Las circunstancias del señor severo que Velázquez se encontró en Madrid eran de creciente ruina. Góngora estaba abrumado por las deudas, despagado por los nobles, maltratado por los mismos sobrinos cuyo futuro estaba gestionando en la corte con el aval de su fama. Son pocos los poemas de ese año, pero entre ellos hay versos desengañados, tan descarnados que acaso suenen poco gongorinos:
¡Cuánta esperanza
miente a un desdichado!
¿A qué más
desengaños me reserva,
a qué
escarmientos me vincula el hado?
Es el segundo terceto de un
soneto célebre, lo más recordado de aquel año, Al tronco descansaba de una encina, dedicado a los últimos tres
amigos con influencias que le quedaban en la corte y le protegían: Rodrigo
Calderón, que murió ajusticiado, y los condes de Lemos y Villamediana, los dos
pasados a espada por las calles de Madrid. A este hombre que mira se le han
muerto los amigos, le han defraudado los cortesanos y lo han traicionado los
suyos, no solo sus sobrinos pedigüeños sino su propio administrador, que llena
de sacos de grano las estancias de su casa en Córdoba pero no le manda dinero
para darles de comer a los caballos. Por cierto que el relato del asesinato del conde de Villamediana, en carta del 23 de agosto, da idea de lo que hubiera dado Góngora de sí si le hubiera apetecido escribir una novela.
Merecería la pena comentar las
cartas que escribió por esa época, “deprimentes”, al decir de Dámaso Alonso. Y
también tapar ahora con la mano la visión de la parte iluminada de su rostro,
la más severa, la más adusta y recelosa, la más inquisitiva y grave, y
luminosa, y ver solo la que queda en sombra, esa sombra terrosa, verdosa que
pinta Velázquez. Y ahí solo se ve un hombre cansado, mucho más transparente que
el de la faceta iluminada, más desvalido. Frente a la luz, en cambio, Góngora
es todo dignidad, brillantez, maciza perfección. En la misma exposición está el
célebre cuadro de Quevedo, el de la melena de escarola y los quevedos, que al
lado de este cuadro da un poco de risa. Góngora, en sombra, en la sombra
melancólica de su jardín de Córdoba, es un poeta sin afeites, por más que
digan, porque el afeite es siempre prescindible y en la formidable fábrica de Góngora
todo tiene su sentido, con frecuencia más de uno.
Bajo los brazos, vuelvo a la
imagen completa del cuadro. La descripción de Dámaso Alonso es muy precisa: “calvo,
con el pelo aún oscuro, frente despejada, nariz fina, aguileña, pero un poco
colgandera, rostro alargado, fuerte entrecejo (dos intensos pliegues verticales
y uno horizontal, ya muy bajo), la boca hundida, obstinada, fuertes pliegues en
las comisuras y en la barbilla y sobre el bigote; un lunar en la sien derecha.
Nos mira de lado. Todo en él indica inteligencia, agudeza, fuerza, precisión,
desdén”.
Pero creo que Dámaso Alonso, más
que mirar el cuadro, mira la poesía, y aun así le ve una obstinación que a mí
se me escapa, pero esto tiene más que ver con Velázquez que con Góngora.
Velázquez no pinta a nadie obstinado porque la obstinación es un pobre atavío,
una burda capa que tapa la realidad.
Góngora no es un poeta obstinado. De haberlo sido, habría terminado las Soledades. En lo que sí se obstinó, como mariposa que se acerca al fuego, fue en pasar malos tragos en Madrid. Nueve
años escuchando insultos y recibiendo malas noticias, con algún breve lapso de
cielos aparentemente despejados, alguna boda conveniente, alguna promesa
esperanzadora, pero ello en un ambiente doloroso para el provinciano que vivía estupendamente
bien con mantequillas y pan tierno (y las mañanas de invierno naranjadas y
aguardiente). Eso había dicho Góngora en una célebre letrilla de 1581, cuando
tenía veinte años, casi los mismos que el joven Velázquez cuando pintó ese retrato,
y en su obra ya anidaba la alegría íntima del verso por sí solo, de las
palabras desatadas, no esa emoción de pega con que con
tanta maestría nos engaña Quevedo. Ese recelo amable de Góngora es desconfianza
de buena persona; la gente de pueblo, cuando le hacen un retrato, piensa en toda su cara menos en los labios, que siempre tienen un fruncido de sencilla satisfacción, de querer salir bien, a pesar de todo. Esa mezcla de cautela de provincias, de hastío no aparente sino profundo, a pesar de la solemnidad del gesto, es lo que se ve en el retrato, y esa “boca
hundida, obstinada” es más bien el amago de puchero de aquellas buenas personas
que ya están hartas de una crueldad tan gratuita. "Deseo salir de aquí decentemente", dice a finales de 1622. Y eso que solo llevaba cinco
años en Madrid.
14.6.12
El veneno de los dioses
No suelo hacerlo, pero advierto
de que voy a destripar el argumento de una novela que basa en la sorpresa parte
de su brillantez, de modo que quien quiera leerla y no le guste saber demasiado
de antemano, más vale que no siga.
Némesis, de Philip Roth, es una parábola, un enxiemplo, una novela ejemplar, con moraleja y todo. El héroe,
Bucky, toma una decisión que le atormenta porque le parece cobarde, huir de su
pueblo, de su trabajo, en el momento en que una epidemia de polio está
masacrando a los mismos niños a los que él instruye en un campamento de verano.
Huye porque lo reclama su novia, Marcia, pero, una vez allí, la venganza del
destino en castigo por su cobardía hace que sea él el Edipo que sin saberlo es
el culpable. La culpabilidad primera ya no hace sino engordar. Bucky necesita
una expiación, y lo que es una desgracia (las tragedias casuales son desgracia)
se vuelve contra él: contrae también la polio, y ese sufrimiento le proporciona
la excusa perfecta para lavar sus culpas. La moraleja del final lo resume
bastante mejor:
“El sentimiento de culpa en un
hombre como Bucky puede parecer absurdo, pero de hecho es inevitable. Una
persona así está condenada. Nada de lo que haga estará a la altura de su ideal.
Su responsabilidad no conoce límites. De hecho no confía en sus límites porque,
cargado con una severa bondad natural que no le permite resignarse al
sufrimiento del prójimo, nunca reconocerá que tiene límites sin sentirse
culpable. El triunfo de semejante persona es librar a su amada de tener un
marido inválido, y su heroísmo consiste en rechazar su deseo más profundo al
renunciar a ella”.
La cuestión está, a su vez, en el
límite. Confundir causa con culpa y azar con destino no es un juego que a la
altura de 2010, cuando se publicó el libro, pudiera dar mucho más de sí, después
de tanto Auster en nuestros corazones, pero el verdadero giro final narrativo
es esa moraleja, el hecho de que no se trata del azar o de la culpa, sino de la
extrema bondad. Por la misma razón por la que muchos se sentirían víctimas,
gastarían mala uva de por vida o exigirían una fidelidad aherrojada de
conmiseración, otros sienten que amar a una persona significa estar dispuesto a
dar la vida por ella, que es exactamente lo que hace Bucky. Dar la vida no solo
significa morir, como morían sus hermanos sin dioptrías que se fueron a morir a
Europa en la II Guerra Mundial, sino también entregarla entera para lavar una culpa que no lo es tanto.
A dos novelas de Ian McEwan me ha
recordado esta novela. A Expiación,
que habla de eso, de cómo entregar la vida para reparar un crimen involuntario,
y, sobre todo, a Chesyl Beach, en
cuanto a sus proporciones, a su lenguaje, a cómo está narrada, incluso a ese
casi amor, a ese futuro roto desde el principio que tan magistralmente narró
McEwan. Estructuralmente responden a parámetros parecidos, desde luego. Pero resulta
que son los parámetros de siempre, el arte refinado de narrar.
Hay un par de cosas que me han
gustado mucho. La primera es cómo yo mismo he caído en el viejo truco de ir
sacando posibles y verosímiles culpables (sobre todo Horace) y al mismo tiempo
creando una trama que puede resolverse perfectamente sin salir de ellos. Cuando
Bucky huye, la atmósfera de tragedia inminente está conseguidísima, y también
con el mismo método: las escenas de saltos de trampolín nos hacen presentir que
va a ser Bucky, conscientemente, quien provoque o no evite un accidente, una
caída, un desnucamiento (cuando el chico dice que va a dar un último salto
“hacia detrás”); es decir, nos hace presentir en las páginas lo que va a
ocurrir de un modo en el que ya nos hemos olvidado de que podría ocurrir. El
niño no se parte la crisma por seguir los consejos de Bucky, pero enferma de
polio por estar a su lado. Qué bien hecho está eso, y qué bien guardada la
última aparición de Marcia, esa discusión que se va postergando, ese contar las
cosas desde el punto de vista de Marcia, hasta que, en la última página, Roth
nos regala el punto de vista de Bucky para coronar el relato.
La realidad, minuciosa pero no
cargante, precisa más que detallista, va envolviendo en verosimilitud un relato
trazado con la encarnadura de los mitos, en este caso el de una venganza que
tiene mucho que interpretar. La misma irreligiosidad de Bucky hace que, en
venganza contra un dios cruel, se comporte como un mártir religioso, con un
sentido trascendente de lo que venimos a hacer en esta vida. Pero tampoco está
claro cuánto hay de sacrificio y cuánto de autodesprecio. Tampoco es tan raro,
ni tan heroico, el que alguien sufra daños irreversibles en alguna parte de su
cuerpo y eso entierre su autoestima para siempre. Y quienes hacen eso se
sacrifican porque no pueden soportarse a sí mismos entre los demás, mucho más
que porque quieran liberar a los demás de su presencia. Roth quizá piense que
se apartó del mundo y rumió su amargura para siempre por amor, pero quizá solo
fue porque se avergonzaba de sí mismo. Un muchacho no demasiado inteligente
pero íntegro hasta el extremo y enamorado del deporte, un héroe que fascinó a
los niños y cuyo comportamiento fue tan irreprochable que se ganó una vida
mejor de la que en principio le correspondía, alguien así no puede soportar así
como así ser otro de quien, muy probablemente, ni Marcia se habría enamorado ni
los niños lo admirarían. Su cuerpo atlético era lo más importante que podía
ofrecer a los demás, junto con su responsabilidad a prueba de bombas (pero no
de polio), y sin eso se siente un sujeto despreciable, sin más. Convertir todo
eso en hermosa expiación, en acto de amor, hay que ponerlo en el haber de la
literatura, cuyo cometido, casi siempre, consiste en elevar lo humilde, en
tratar como un héroe griego a un pobre monitor de verano al que ni siquiera han
permitido ir a la guerra, que es donde van los héroes. Ah, esa última escena,
Bucky recordado por el narrador cuando era niño, lanzando la jabalina como solo
Céfalos la sabría lanzar, sobre todo porque era, la jabalina, un arma
infalible. Es ella, la infalibilidad que le han otorgado los dioses, la
verdadera responsable de la epidemia. Ella es la polio y Bucky el perfecto
lanzador, incapaz de imaginar siquiera que la jabalina está envenenada. No, no
fue Bucky. Fueron, en todo caso, los dioses, los mismos que conducen a Bucky a
entregar inútilmente su vida.
12.6.12
Objetos gongorinos, 1
Un poco
deslavazada encuentro la exposición sobre Góngora en la Biblioteca Nacional,
más allá del buen rato que pasé mirando el retrato que le pintó Velázquez y las
primeras ediciones de los comentarios de Salcedo Coronel y compañía. El resto
es una biblioteca gongorina en la que están todos los que son pero no son todos
los que están. Quizá esperaba un muestrario de documentos gongorinos y no solo primeras
páginas de primeras ediciones; supuse que iba a ver notas a pie de página en
versión original y tuve que conformarme, como era lógico, por otra parte, con
tapas de libros. Cierta vanidad bibliomaníaca me hacía sonreír al ver una
primera edición de Las fuentes y los
temas de Antonio Vilanova (yo tengo una, la misma de 1957: hace unos años
la vendía de saldo un librero andaluz), o el importantísimo Cancionero musical de Góngora, de Querol
Gavaldá, que me costó lo mío encontrar. Algunas secciones las iba viendo como
el que mira un álbum de fotos de su propia vida. Qué alegría ver por fin, en
carne y hueso, la defensa del Abad de Rute contra el Antídoto de Jáuregui, que también está.
Pero sí,
estaban allí los objetos, debajo de un cristal, libros que pudo leer Góngora (y
cualquier poeta de su época), pero no ediciones antiguas de clásicos. En vez de
buscar una edición de la época de Ovidio, han llenado las paredes de cuadros
mitológicos de diferentes épocas y estéticas heterogéneas, sobre todo de Píramo
y Tisbe, más tres o cuatro que tienen tanto que ver con el Polifemo de Góngora como tendría que ver un fotograma de La Bella y la Bestia en dibujos
animados. La sensación de que a la magnífica exposición bibliográfica la han
rodeado de relleno temático es creciente, cada vez que levantas la vista de los
preciosos manuscritos, sobre todo el Manuscrito Chacón, del que por lo menos
queda una edición facsímil para encandilarnos con la mejor péndola para la más
bella pluma, o para cargarme de razones con mi teoría sobre dónde hay que poner
las comas en su poesía.
El programa engaña un poco. El contexto
que se ofrece es una colección de cuadros escogidos por el título, por el tema,
pero no por la estética ni por el sentido. Y así caben cuadros venerables del
Madrid de la época en vez de los de aquellos otros artistas que trataron, antes
y después, de escuchar la misma musa. Ni los retratos de escritores de la época
ni los paisajes ni los mapas de Córdoba, bellísimos, tienen nada de gongorino.
Para diseñar esta exposición había que interpretar a Góngora, o bien, con más
claridad, presentarse como un catálogo bibliográfico, en cuyo caso diríamos que
es espléndida, aun a pesar de que uno ve de lejos y no tiene al lado del
original un facsímil digitalizado que pueda consultarse con el dedo, como se
hace ya en cualquier museo de barrio. Pero el programa está lleno de pomposos
títulos que hacían esperar otra cosa. Por ejemplo, uno ve más a Góngora en
Patinir que en Pagani, a pesar de que este último tenga un cuadro, otro, de
Píramo y Tisbe, amén del rollo claroscúrico y tizianesco. Eso si nos limitamos
a los antiguos, porque la exposición, como cabría esperarse, de pronto se
olvida de Góngora y se ocupa del coro de grillos del 27, de modo que, si no
llega a ser por el impresionante retrato de Velázquez, la joya de la exposición
amenazaría con ser otro retrato de García Lorca, ese que sale en los libros de
texto que no me acuerdo quién lo pintó, o cualquiera de los múltiples retratos
que estos chicos bien se pintaban los unos a los otros para pasar a la historia
por la cara, como así ha sido.
Para reivindicar la memoria de
Góngora lo primero que hay que hacer es desvincularlo del 27, prescindir de la
gongorinidad de todos sus miembros menos de la de Dámaso Alonso. Un poema
gongorinoso de Rafael Alberti no pinta nada en ninguna parte, pero mucho menos
en una exposición dedicada al maestro. Los hubo, y excelentes, claro, cómo no, pero para ellos no era estética, era juego. Lo único que respecto a Góngora dejaron
claro la mayoría de estos poetas de ocasión es que no lo habían entendido, y se pensaron que
cualquier cosa que no se entendiese ya sería gongorina; componían adivinanzas
pedantescas y se echaban la melena para atrás, que es lo que le pasó, desde el
primer día, a la gran mayoría de sus imitadores. Pero en su tiempo los hubo
buenos. Mucho más Cossío falta en esa exposición, mucho Polifemo de la época,
mucho Silvestre, mucha tradición virgiliana, mucha Circe lopesca. Anda que no
había poemas hermosos (y graciosos) que poner por todas partes, y no los de los
señoritos del 27, que en vez de luz poética gastaban brillantina.
La exposición, en fin, tiene
versos de Góngora escritos por las paredes. Como Góngora no tiene versos malos,
todos quedan muy bien, pero no obedecen a más criterio que el del relleno que
la decora, que a su vez se desarrolló con un criterio superficial, de cuatro
cosas. Es muy completo el apartado de producción crítica, pero volvemos a lo
mismo: son objetos, no textos; son nombres, no ideas. El espectador sale de
allí después de haber visto algunos cuadros viejos (me refiero a los del siglo
XX) y haberse entretenido con hermosos instrumentos de la época, pero, ya en la
salida, se topa con el cuadro de Velázquez, y, como suele suceder en estos
casos, se siente con creces recompensado. A la muy completa colección
bibliográfica se le añade una obra maestra de la pintura. Lo demás solo revela
que el comisario de la exposición ha reunido un material bibliográfico
inmejorable pero se ha dejado llevar por los tópicos de siempre y no ha sabido mostrar a Góngora. Sin embargo allí
estaba Velázquez para arreglarlo todo. Los minutos que pasé mirando el cuadro
servirán para otra bernardina.
10.6.12
Columnata
Dejé de escribir columnas porque ya había dejado de leerlas.
La columna tradicional, el artículo de
opinión, está pasando a mejor vida. Los domingos leo casi con nostalgia las
contraportadas de Vicent, que en los tiempos en que había buenas columnas me
parecía demasiado manierista y ahora me parece el último de Filipinas. Quedan,
sí, algunos articulistas interesantes, sobre todo en la red, pero no es lo
mismo.
La
columna de periódico, las veinticinco líneas diarias o semanales, sólo tenía
dos alternativas, o convertirse en un microensayo plagado de información
reciente, o aspirar al texto autónomo, alejado de la obviedad y
espectador distante de lo que ocurre no solo en las portadas de los periódicos.
La red ha facilitado el primer tipo de columna, la, digamos, erudita, pero el
segundo, que es el que a mí me gustaba, está en las últimas.
Sigo
leyendo, por ejemplo, las columnas de Diego Manrique, más bien
reportajes exprimidos, pero a una altura muchos pies por encima del resto.
Salvo el domingo, ya digo, las columnas de contraportada de El País son pura
opinión gratuita, artículos retóricos, anuentes, cabeceantes, escritos en un
castellano plano correctamente redactado, pero nada más. No me interesa leer
que Elvira Lindo vive en Nueva York o que Almudena Grandes es de izquierdas. No
me interesan los opinadores ni aunque piensen lo mismo que yo, sobre todo si
piensan lo mismo que yo. Detesto esta retórica de lo obvio redactada con
lenguaje administrativo.
La crisis
está pegando fuerte en muchos sitios, y uno de ellos es el pelotón de
columnistas españoles no especializados, o sea, por completo ignorantes de
aquello de lo que hablan. Todos sabemos en qué consiste la crisis: en que, como
dijo Álvarez Cascos cuando era ministro, “si la gente compra tantos pisos, es
porque tiene dinero”. Todo lo que se añada a esa frase ya es materia de
experto, no de columnista. El columnista debe bajar al ultramarinos y escuchar
a las abuelas; debe ir, un poco umbralianamente, a comprar el pan. Pero los
columnistas españoles son demasiado soberbios como para reconocer que van ellos
a comprar el pan. Y opinan. Y dicen unas memeces que de tan patéticas empiezan
a tener una gracia insana, la risa que nos producen los tontos, a pesar del respeto
que tenemos a sus circunstancias.
Tampoco
ha jugado a su favor el hecho de que, como ellos hubieran deseado, todo el
mundo los lea. La red hace que consulte varios periódicos al día, nacionales y
provinciales, y que mi curiosidad enferma visite de vez en cuando las tonterías
y barbaridades que se dicen por ahí. Y, por si era poco, El País ha tenido una
gran idea, la de El ojo izquierdo, el
repaso a lo que dice el otro. Leer al ignorante de Dávila pontificar sobre la
situación financiera española sería divertido si no representase con tanta
nitidez un tipo de ciudadano muy español. Encontrarse, después de muchos años,
con algún párrafo amojamado de Alfonso Ussía o con los comentarios de borracho
de José Luis Alvite o con la nueva hornada de insultadores losantianos solo
produce tristeza. Esto es, piensa uno, lo que leen los abuelos en los centros
de día. Esta mezcla de esputo verbal y redacción pedestre dan de comer a los
peatones conservadores.
Como no
hay sitio para la opinión porque ya solo interesa la del especialista, el
columnismo español se ha especializado en hacer el bestia. Es el género del chúpate esa, subgénero con dos cojones, sujetos a los que les
pagan por atreverse a decir las burradas que piensan los editores del periódico
pero no se atreven a decir tan crudamente. El columnista que no dice alguna
salvajada no tiene sitio en estos periódicos nuestros tan dictatoriales, tan
rigurosamente contrarios a la libertad de expresión. El día que se murió
Umbral, su inefable señorito dijo, en el obituario, que Umbral también había
obedecido a lo que le mandaban, que había apoyado “las investigaciones de
nuestro periódico”, creo recordar que decía, o sea el 11-M. A Umbral se la
sudaba porque Umbral no era tonto, pero fue desagradable verlo tragar de esa
manera, y sobre todo cómo su jefe, aún de cuerpo presente, certificaba el
trágala.
Ya sabía
yo que acabaría hablando de Umbral. Todos estos deslenguados que hablan de lo
que no saben y dicen lo que les mandan proceden de Umbral, pero Umbral no era
como ellos, tenía un tipo diferente de ruindad, más bodeleriana que tabernaria,
más gauche, y por supuesto nada
franquista. Y escribía infinitamente mejor que ellos. Y sin embargo ahora la
columna Umbral, la columna ramoniana, la columna Pla e incluso la columna
Cunqueiro, el hermoso vuelo sin motor,
como decía González Ruano, la prosa rozagante, semoviente, perla de literatura
inútil en un fajo de papeles graves, mejor cuanto más irónica y distante,
cuanto más ajena, ese tipo de columna está en manazas de viejos latosos
convencidos de que tienen cierto gracejo, pero incapaces de volar, de
trascender, de sacudirse la cadena que les tiene presos en lo obvio. Parten de
la bananera concepción de que todo es susceptible de ser visto desde esa mezcla
española de liberalismo y totalitarismo católico tan genuina. Les ha dado por
ser sofistas, borregos cuya opinión modorra no se separa un milímetro de la
del resto de la tropa, cuyo trabajo consiste en darle la vuelta a cualquier
cosa. Umbral tenía una culturilla general con la que iba decorando las
columnas, pero estos bárbaros ya no han leído a Baudelaire. Estos bárbaros ya no han leído nada que merezca la pena.
Hoy he
visto las portadas en el kiosko y cualquiera diría que hemos ganado la Eurovisión o que nos ha tocado la lotería. Podía haber ocurrido exactamente lo
mismo en la otra acera y habría que estar haciendo acopio de laterío y
preparándose para ir al frente. Es ridículo. Pero es el ridículo alimento
intelectual de una porción incalculable (no por grande, solo por incalculable)
de ciudadanos convencidos de que saben lo que ocurre por boca de semejantes
mentecatos. Me comentaba esta mañana el kioskero que estos tontorrones de
las columnas le recuerdan al general que había en su escalera cuando era pequeño,
un señor mayor que tomaba todas las decisiones y opinaba de todo lo que hubiera
que opinar, el que decía, sin tener ni puta idea, que la viga aún podía
resistir, y lo decía con tal solvencia y autoridad que todo el mundo lo daba
por bueno. Hablan así. Y hablan para gente así.
Lo
cual, en todo caso, es asunto de los votantes. A mí lo que me fastidia es que
la columna umbraliana se haya muerto con Umbral. He echado un vistazo en el
Huffington y no había una jodida entrada que no fuese de rabiosa actualidad, casi todas bizantinizadas por el fácil
acceso a la información decorativa, y por supuesto (estamos en España) todas
firmadas por políticos y personajes de la tele. Cualquiera que haya visto el
Huffington inglés o americano sabe que por ahí no van los tiros, pero también
sabe que allí y aquí ha quedado desterrado el post inactual, llamémoslo así, el
texto literario que detiene al lector del periódico en un par de minutos de
abstracción, o le permite ver una esquina insípida de su vida como un reducto
más de la hermosura. Pero la columna que reparte juego, la que opina, debe afinar mucho si no quiere
desleírse; si, por comparación con las wikicolumnas, no quiere resultar irrelevante.
Unos salvan esta gratuidad con perspicacia y otros diciendo sandeces. Los
primeros están en franco retroceso. Yo ya solo los leo en los blogs. En los
periódicos no disfrutan de la suficiente libertad.
6.6.12
El problema del IBI
Cuenta
Gibbon que la principal característica del pueblo judío, en tiempos de los
romanos, era que no se sometían a las cargas fiscales del resto del imperio
porque se las exigía un gobierno politeísta. Sería un crimen subvencionar al
diablo. A los romanos de los tiempos de Adriano les sorprendió, después de
siglos de un politeísmo civilizado (víctimas aparte) en el que todo el mundo
respetaba los cultos de los demás, que una raza tan impermeable como la judía
despreciase el laissez faire de la
religiosidad romana. Gibbon llama la atención sobre el hecho de que fuera un
emperador tan sosegado como Adriano quien, como represalia por las matanzas que
practicaron los judíos contra sus vecinos no judíos, organizase a su vez una
escabechina de judíos como la que nos cuenta Flavio Josefo. Claro que si uno
lee antes a Dion Casio estará también al tanto de cómo se las gastaban unos y
otros contra sus más inmediatos vecinos. Hoy en día el pueblo judío paga sus
impuestos, como dice Rubalcaba, religiosamente, pero entonces, en los primeros
años de nuestra era, como pueblo irreductible, incluso consiguieron que se les
obligase a no propagar la costumbre de la circuncisión más allá de sus
fronteras.
Los
cristianos, a los que Gibbon llama secta mosaica, conservan de su estirpe la
negación de todo lo que no sea propio. La idea de un solo Dios no corresponde a
una concepción global del universo sino a ser más que los demás, ser la única
verdad. Pero, entre los herméticos judíos, esta soberbia religiosa es de
consumo interno. No pagaban impuestos, pero tampoco abandonaban su reducto monoteísta.
Los cristianos, en cambio, debían anunciar al mundo entero la buena nueva, es
decir, que todas las demás religiones eran impías menos la suya, y penetró por
una razón que cuenta Gibbon y que es la que me ha llevado a escribir estas
líneas. Los romanos cultos, si es que descendían a mencionarlos en sus
escritos, consideraban a los cristianos nada más que “…entusiastas obstinados y
perversos que exigían una sumisión absoluta a sus doctrinas misteriosas, sin
ser capaces de alegar un solo argumento que pudiera reclamar la atención de
hombres sensatos y cultos”[1].
Cuando, tiempo después, aportaron sus argumentos, eso que se llama teología, “la
adopción del fraude y la sofistería en la defensa de la Revelación nos recuerda
demasiado a menudo la conducta imprudente de aquellos poetas que cargaban a sus
héroes invulnerables con el peso inútil de la incómoda y frágil armadura”[2].
Pero la
gran baza de los cristianos fue otra: mientras el imperio romano trataba igual
a todas las religiones pero no a todos los habitantes, la religión cristiana
penetró entre los pobres, los esclavos y las mujeres, es decir, todos aquellos
que no tenían derecho a beneficiarse de los privilegios de la ciudadanía. La
misma marginalidad social facilitaba la penetración de las ideas, en tanto que
se trataba de un sector de la población inculto y dispuesto a creerse toda
clase de prodigios y milagros (¡con qué fina ironía constata Gibbon que ningún
escritor romano de la época da noticia de las célebres tinieblas de la Pasión,
ellos que recogían como un funesto presagio cualquier tormenta de verano!), de
la misma manera que hoy en día la religión que más rápidamente gana adeptos es
la iglesia Pentecostal, especializada en pobres, ilusos y desesperados, y dolor
de cabeza crónico del Vaticano, incapaz de reconocer que fue exactamente así
como ellos empezaron. El pentecostalismo es algo así como un cristianismo a la
medida, atomizado casi en tantas ramas como templos, donde, dicen, abundan los
milagreros. La sorpresa que se está llevando con ellos el culto y refinado
Vaticano es la misma que la culta y refinada Roma se llevó con los milagreros
cristianos.
La
iglesia siempre ha estado muy satisfecha de haber ido, desde el principio, a
los pobres, a los excluidos, a los desgraciados, e incluso de haber restaurado
entre ellos cierta forma de politeísmo a la que naturalmente tienden. Las
diferentes advocaciones de la Virgen en la Semana Santa de Sevilla no se
distinguen mucho de los diferentes dioses lares a que cada cual honraba en
Roma. El santoral en pleno es una forma encubierta de politeísmo. El problema surge
cuando los devotos de la virgen de la Macarena se constituyen en secta,
diferente de la de los devotos del Cristo del Cachorro, y a veces, incluso,
enemigos irreconciliables, como en el fútbol.
El tema
no es la descomposición natural de las creencias, sino que lo único que queda
de todo aquel trasiego de apóstoles que daban ejemplo de austeridad es una
Iglesia que, cuando a los desposeídos los asfixian con hipotecas o los echan de
su casa y les suben los impuestos, declara su derecho divino a no pagar el IBI,
exactamente igual que los judíos se negaban entonces a pagar impuestos a
recaudadores impíos, o los cristianos porque hacerlo significaría que no son
diferentes ni superiores ni están en la posesión de la verdad.
[1] “as obstinate and perverse
enthusiasts, who exacted an implicit submission to their mysterious doctrines,
without being able to produce a single argument that could engage the attention
of men of sense and learning”. La traducción es de Atalanta fugiens.
[2] “the adoption of fraud and
sophistry in the defence of revelation, too often reminds us of the injudicious
conduct of those poets who load their invulnerable
heroes with a useless weight of cumbersome and brittle armour”. (Ídem).
31.5.12
Inmundicias al sol
Qué
bien, por fin un motivo para salir de casa. La Biblioteca Nacional ha
inaugurado una
exposición sobre el entorno literario de Góngora y su influencia posterior.
En el catálogo de la exposición vienen artículos de Robert Jammes y Antonio
Carreira e incluso Andrés Sánchez Robayna, así que habrá que comprarlo y de
paso ver la exposición. La lectura de La
obra poética de don Luis de Góngora y Argote, de Gongoremas e incluso de Silva
Gongorina, respectivamente, me hizo admirar a Jammes (sobre todo cuando luego
leí su edición de las Soledades en
Castalia), hacerme admirador de Antonio Carreira (definitivamente, lo que debe
ser un filólogo, a la altura del mejor de cualquier época) e incluso
divertirme, que ya tiene mérito, con Sánchez Robayna. Los tres son imprescindibles
en mi biblioteca gongorina, sección que va nutriéndose de tiempo y obras
maestras, en una pared a espaldas del sol, para que se mantenga umbría, que
bastante luz despiden los poemas de don Luis.
Góngora
es un poco así. Su poesía es rubia, luminosa. Salvo en el romance de Píramo y Tisbe, nunca soy capaz de
pensar en paisajes oscuros o nocturnos. Aun cuando esté describiendo la gruta
de Polifemo, en el tono más negro posible, el efecto es restallante, soleado, y
desde luego no llueve. Así que el príncipe de las tinieblas viste de blanco
permanente, por más que los dos tomos de su obra completa que editó Carreira en
la Fundación Castro, encuadernados en tela gris clara (el color más claro de
toda la colección; a Quevedo se lo pusieron negro), estén ya tan manoseados y
ennegrecidos de la fiebre estética que podrían tomarse por un oscuro tratado.
Hasta que lo abres y el podenco se despierta deslumbrado por la luz. La
exposición de la Biblioteca Nacional, cómo no, se titula La estrella inextinguible.
Entre
los objetos que veré en la colección (Góngora es tan importante para mí que
creo que en un par de días reuniré las fuerzas suficientes para ir) hay un
autógrafo de Góngora al que se ha prestado atención en el telediario y en
la prensa en general. Se trata de una confesión delatoria contra el
inquisidor Alonso Jiménez de Reynoso, que se estaba cepillando a una señora. Este
Jiménez de Reinoso es un viejo conocido entre los aficionados. Aparece en un
documento que exhumó Dámaso Alonso y nos ayuda a calcular, aproximadamente, el
tipo de vida que llevaba Góngora. “El 31 de enero de 1607”, dice Jammes, a
propósito del documento, “el licenciado Baltasar de Nájera de la Rosa se
compromete a pagar una pensión anual de 1050 ducados al doctor Alonso Jiménez
de Reinoso, quien le cede a cambio su ración entera de la catedral de Córdoba.
Nájera reconoce que el cambio es ventajoso para él porque la ración vale 1500
ducados”. Cuenta, además, que limpios le
quedan unos cuatrocientos y que con eso puede funcionar. Góngora cobraba, por
racionero de la catedral de Córdoba, 2500 ducados, y tenía otras rentas e
ingresos. Pero en 1607 Góngora tenía 46 años, y la delación firmada procede de
1597. Según otro documento publicado por Artigas, en esta fecha, amén de los
2500 ducados en concepto de racionero, Góngora ingresó los pingües beneficios
de una cosecha excepcionalmente buena, que no rebasaban los 1294 ducados de
renta. Es decir, que después del sorprendente documento, ¡Góngora delató a un
inquisidor!, las cosas, en puestos y en ingresos, diez años después seguían más
o menos igual.
Más
importancia tendrá el documento, supongo, como prueba de la gracia que les
hacía en esa época que los inquisidores se cepillasen a las señoras. El
extracto que he podido leer invita a pensarlo:
“Ýtem, e oýdo decir a Álualo de Vargas,paje que
fue del dicho ynquisidor, como la dicha doña María era su amiga y entraba y
salíade su casa muy de hordinario, y la tenía veinte y treinta días en un
aposento alto que llaman de la Torre, donde la entraban por una escalera falsa
que está en la principal, que sube a su quarto, y para tener correspondençia a
su aposento hiço romper a costa del Rey la muralla de nueve pies en ancho,y el
dicho Vargas la bio abrir y trabajar en ella como agora se puede ber por vista
de ojos; y que quando el dicho ynquisidor dormía con la susodicha doña María lo
echaba él de ver en quatro y seis camisas que había él mudado la noche y
estaban tendidas a la mañana en el terrado para enjugallas del sudor, donde
hallaba en las delanteras de las dichas camisas las inmundiçias y suciedades
hordinarias de semejantes actos, como lo dirá el dicho Áluaro de Vargas”.
Qué guarros eran en aquella época. No metían las camisas a lavar
sino que las sacaban a secar. Y de paso, supongo, las almidonaban.
30.5.12
Gran faena a José Manuel Perera en Las Ventas
Cada San Isidro vuelve a verme un largo período de mi vida en el que no solía perderme ninguna corrida de feria. Una de las últimas veces que asistí, hace ya algún tiempo, dediqué una bernardina a José Manuel Perera que titulé Verdad, un término muy taurino del que ayer, en Las Ventas, se conoce que Perera volvió a dar una lección, aunque esta vez el protagonismo se lo arrebató Julio Aparicio, que al final del festejo pidió a sus compañeros de terna que le cortaran la coleta. A Perera y a Tejela, que cerraba el cartel, los he leído declarar su respeto por Aparicio, su comprensión del trago que debía estar pasando y sus mejores deseos de que el malhadado torero se venga de nuevo arriba. Por dentro, pensaba yo, Perera estará pensando que se ha vuelto a jugar el tipo, pero entre que no anduvo diestro a espadas y que el otro estaba montando el número, nadie lo habrá de recordar.
En la
fotografía del asunto (un buen trabajo de Domingo Álvarez para el ABC de
Sevilla) están todos los protagonistas: Perera mira contrariado, mientras Tejela,
oculto, procede al despojo. Aparicio mira al suelo como la víctima del sacrificio,
con rictus de entereza trágica. Detrás, con gesto de muy medida desolación, Ortega Cano. Los únicos que no tienen cara de foto, los únicos a quienes les han robado un gesto no compuesto,
verdadero, obedezca al sentimiento que obedezca, son Perera y el banderillero, que mira cauto y sorprendido, con esa mirada que ponen los subalternos cuando el maestro no
ha tenido su tarde y nada más cerrar la puerta del coche se acuerda del
santoral en pleno.
Aparicio
va vestido de fucsia y azabache, o sea de Rafael de Paula, pero de un Rafael ya
pasado, regordío, plateresco de alamares, barroco de tiempo y de posturas,
saturado de gitanería, de cuando hasta sus más encendidos admiradores habíamos
perdido toda esperanza de que volviese a brotar en él una buena faena pero nos
conformábamos con su presencia. Paula tuvo unos
pocos momentos redondos, definitivos, los suficientes para que el recuerdo y la
esperanza lo siguiesen manteniendo en los carteles. Y el morbo, que de todo
hubo. Pero Paula siempre estaba, siempre era el poder ser, en él siempre
asomaba el arte por algún sitio. Y además era, en sí mismo, un mito, es decir,
y en términos narrativos, un personaje arquetípico.
Y un
arquetipo que tuvo y tiene sus imitadores. Desde el insólito Javier Conde, de
quien no se sabe que haya hecho nunca nada (me refiero en el ruedo, porque
fuera vive en un teatrillo ambulante), a Morante de la Puebla, que como es tan
bueno se está independizando míticamente, se ha salido del arrebato cañí para
incorporar un dandismo refinado, que se puede permitir porque de vez en cuando
sigue poniendo la plaza en pie. El caso de Aparicio es otro. Como recordaba hoy
un crítico, aquellos diez minutos de 1994 le han servido de currículum para el
resto de su carrera, por más que, hace no mucho, sufriera una de esas cornadas cuya
foto acaba entre la casquería gráfica de la taberna taurina de la Plaza Mayor. Fue terrible, formidable y espantosa, seguramente un precio
demasiado alto para lo fácil que le resultó pasar durante tantos años por una
figura de culto, pero no tanto como para que olvidemos el camino de rosas fucsias y
azabache por el que ha transitado este torero desde que nació.
Los
aficionados recordamos con rencor aquellas temporadas en que resultaba difícil ver
en plazas grandes a novilleros buenos porque todos los carteles estaban copados
por los hijos de papá. El hijo de Aparicio, el hijo del Litri y el hijo de Paco
Camino. A los dos últimos hubo que ponerles hasta un profesor particular
cuando, solo por la cosa del nombrecito, ya tenían firmada la temporada. Los
toros son un espectáculo excesivo. Los agravios, el nepotismo, las
arbitrariedades y las injusticias son el pan de cada día. Litri y Camino no
aprendieron nunca a torear, pero Aparicio sí sabía, o al menos así lo demostró
en aquellos diez minutos de gloria, de los que el maestro Vidal dijo en su
crónica lo siguiente:
Fue el toreo soñado.
Fue el toreo que los diestros con torería intensa rumian en las duermevelas de
las corridas, cuando se amalgaman en los vericuetos del pensamiento los sueños
de gloria y los presagios de tragedia. Así fue, como un sueño, el toreo cumbre
que recreó Julio Aparicio ante el asombro de la cátedra, en el centro
geométrico del redondel.
Fue también el toreo
que había soñado la afición. El toreo perfecto, el toreo mágico; la suma y
compendio de cuantos retazos de toreo profundo, emotivo y bello se hayan podido
ver en toda una vida de aficionado. Aquellos muletazos de dominio, aquellos
pases de suavidad infinita, la galanura de las trincherillas y de los cambios
de mano, los naturales en su expresión más pura, los redondos convertidos en
exquisitez; el broche deslumbrante de las suertes cabalmente ligadas, resuelto
mediante el revoloteo jubiloso del pase de pecho el embrujo del ayudado; la
estocada en la cruz a volapié neto, volcándose el matador sobre el morrillo del
toro. Todos esos retazos de la tauromaquia excelsa —con marca exclusiva y
autoría precisa cada cual—, que se hubieran llegado a ver en toda una vida de
aficionado y se mantenían frescos en el recuerdo, de repente se ensamblaban y
fundían convertidos en una sola y monumental creación artística, en el centro
geométrico del redondel de Las Ventas.
Julio Aparicio fue el
creador. Ocurrió de súbito. Trasteado el toro en unos armoniosos pases de
tanteo, debió venirle de golpe la inspiración, corrió al centro geométrico del
redondel, citó desde esa distancia, embarcó al toro que acudía vivo y fijo a
tranco alegre, y de ahí en adelante obró el prodigio de transfigurar el toreo
técnicamente perfecto en una explosión de fantasía.
¡Qué locura, entonces!
El público pasó del pasmo al delirio.
Palabra de maestro. Razón suficiente para que Aparicio
demostrase, ¡el día de su confirmación!, que era un grandioso torero. El
problema es que, terminada la faena, se creó el personaje. A partir de entonces
ya se anunciaba, con vestidos cada vez más recargados, junto a Curro Romero en
corridas de arte y ensayo como la de la alternativa de Uceda Leal, a la que
Vidal, el mismo que se había deshecho en elogios con el faenón aquél, le dedicó
una crónica en la que se intuye (si se lee bien, se ve) la diferencia que
Vidal establecía entre los dos artistas pintados, el “torero y maestro”, Curro
Romero, y Julio Aparicio.
Aparicio ya era entonces como esos poetas albertianos que
escribieron un buen libro a los veinte años, pero que luego la vida, el malditismo
y el afectado mundo del artista pintaron bastante más que sus poesías. O que,
como le predijo Alexandre a Claudio Rodríguez cuando le llevó el Don de la ebriedad, ya no podrían
alcanzar nunca la misma altura. Alexandre metió la pata, pero es una pata contumaz
que ha determinado, para mal, la biografía de Claudio Rodríguez (esa pata que
metió Ortega en las novelas de Miró, que el pobre Gabriel ya no se pudo quitar
de encima), y en el caso de Julio Aparicio quizás aquella faena fuera tan
superior al propio artista (así es buena parte de las más grandes obras) que el
resto de su carrera se convirtió en un colgar más caireles en el vestido y
sentir el peso de la impotencia.
Ese
cuerno que le sale a Aparicio por la boca le inhibe a uno de hacer sangre de la
coleta caída. A fin de cuentas, quitarse la coleta no es nada. Por detrás, la cara
de falso duelo de Ortega Cano está diciendo que eso no es nada, que la coleta
es publicidad, programas del corazón, lágrimas de cocodrilo, el diestro está
muy animado porque ha encontrado un nuevo amor, así hasta que, como hizo él,
vuelva y se vaya pero antes de irse se despida más que los payasos, y diciendo
adiós y abrazándose desde el centro del ruedo con un ramo de claveles irá sumando contratos. Pero no. Yo creo que Aparicio había optado más por el
malditismo estético, no por las actuaciones de circo. El día que se ponga al
mismo nivel que el zángano de Rafi Camino borraré de mi memoria aquella crónica
de Joaquín Vidal. La faena de Perera, por lo que se ve en las crónicas, ya está borrada.
28.5.12
El misterio del plano fijo
Los premios del festival de
Cannes han sido concedidos a los siguientes temas: una pareja de ancianos
cultos que se ayudan a morir; un hombre cuya obsesión por participar en Gran
Hermano le hace perderlo todo; “un relato sobre perdedores que buscan una
salida y la encuentran” (en palabras del Boyero); un hombre al que arruina la
mentira de una niña, que lo acusa de pederastia; “una mujer desequilibrada
recurre a su amiga de la infancia buscando refugio”; esa misma mujer cuya amiga
es una fanática religiosa que se empeña en exorcizarla; y, como premio al mejor
director, una cosa surrealista.
El propio Boyero se queja un poco
de lo negro del panorama. Pero no lo interpreta. Si la más optimista de todas
es una de Ken Loach, no quiero pensar cómo serán las demás. Ahora bien, si el
jurado de Cannes se creía con una cierta relevancia no solo cinematográfica
sino, digamos, histórica, es decir, de prestigioso fedatario de los tiempos, de
premiar películas que nos expliquen, el palmarés queda de lo más sugerente.
Ayer mismo me quejaba de que en España seguimos pensando que el arte no tiene
que ver con la vida que vivimos. A nosotros que tan bien se nos da retratar con
gracia la crudeza, estamos dejando pasar los temas importantes para que se los
apropien tipos tan solventes como Haneke, de quien no me alegra que le hayan
dado la Palma de Oro sino que haya rodado una nueva película.
Con el cine nunca siento la
obligación de estar al día, algo que me depara placeres no premeditados como,
de pronto, ver La cinta blanca y
salir rebosante de entusiasmo y convencido de haber visto una obra de arte. Estos
alemanos (como los llama el traductor de Gibbon), lo que no hacen pesado, lo
hacen muy grave, y el resultado va marcando épocas, mojones de la historia
estética de Europa, con la misma frecuencia, más o menos, con que ganan campeonatos
de fútbol. Es lo que me sucedió en los ingenuos ochenta con Fassbinder, que
ahora tengo tan lejos, o en los noventa con Herzog, sus películas de los
setenta, desde Fata Morgana a, ya en
los 80, Fitzcarraldo, que es la que
me hizo reparar en él varios años después. Sigue fresco en mi memoria el pobre Gaspar
Hauser, y los ojos de Klaus Kinski, que son como los de Marujita Díaz pero en
alemán, no se me borrarán en la vida, y mira que me cae mal ese sujeto. Luego ya me pareció que se pasaba de listo, pero Fitzcarraldo (aquella misión
imposible del barco subiendo montañas, que luego he sabido que tomaron, cómo
no, de Faulkner y sus cuentos de cheksaws y chikasaws) obró en mí la adhesión
incondicional que hace un par de años provocó Haneke con esa perfecta explicación
del nazismo.
Iranzo, que conoce toda su obra
desde el principio, la vio pero me dijo que viera La pianista, que la echaron la otra noche por la tele, más incluso
que Funny games, que, conociendo mi
extrema sensibilidad para las barbaridades, quizá me resultaría excesiva. La pianista también me resultó excesiva,
el último cuarto de hora me lo pasé haciendo viajes por el pasillo (con parada
en la nevera: cuánto engorda la sensibilidad), pero la disfruté igual, si bien
en las escenas de vómitos y humillaciones me sentía reclamado nuevamente por
las fresas. En todo lo demás, sobre todo en la primera hora, me había
encandilado con sus planos fijos. En La
cinta blanca me habían gustado mucho, pero aún no sabía por qué. Cierto es
que descubrir cuál puede ser la máxima duración de un plano sin que deje de
hacerse corto debe de ser la fórmula de cualquier director, máxime si es
alemano. Pero en La pianista creí
adivinar por qué. El plano fijo se hace corto porque no se acaba; es decir, no
se acaba más allá del tiempo, solo tienes unos segundos para una imagen tan
clara y tan compleja que no invita tanto a contemplarla como a recorrerla
minuciosamente con la mirada. Cuando uno aparta la vista del primer plano de
Isabelle Huppert (que ya es delito), de inmediato tropieza con algo, con un
tablón de anuncios, con un mueble, con una ventana, tan sugerentes, tan
significativos que uno hace un alto para pensar en ello. Uno se ha ido de Isabelle Huppert como yo me voy a la nevera, pero la nevera del plano es interesantísima,
y más allá hay alguien, algo, una ropa tirada, una cartera abierta, que vuelven
a reclamar mi atención ya con cierta urgencia porque supongo que el plano no ha
de durar mucho más, y ya con prisas, después de un rato, vuelvo a la cara de la
protagonista, y el plano, después de mucho tiempo, se acaba antes de que yo
haya podido terminarlo de ver. La mayoría, en aras del efectismo, suele
desenfocar el fondo de los primeros planos, pero eso se ve enseguida, ese plano
se hace largo enseguida.
Recuerdo una escena de La cinta blanca que me provocó parecida
sensación, si bien luego, con La Pianista,
ya fui consciente de en qué consistía. Un hombre está sentado en silencio a los
pies de la cama de su mujer, que acaba de morir. No se ve el cadáver, sólo el
hombre, y se le ve desde fuera, desde la otra habitación, como si hubiesen
dejado la puerta abierta y nosotros fuéramos el vecino, el médico, el pariente.
Los marcos viejos de las puertas van encuadrando la distancia, y al mismo
tiempo llenan de preguntas la imagen silenciosa, seria, encallecida del hombre
viudo. Fue un plano larguísimo, pero no hubo tiempo para plantearse todo lo que
sucedía. Me sentí como si estuviera viendo un cuadro de Rusiñol y una horda de
impacientes japoneses me llevase a empujones hasta el siguiente cuadro. Eh,
oiga, que no he terminado, daban ganas de decir. Aunque terminar implica haber
hecho algún mínimo esfuerzo, y el misterio, el verdadero misterio, es que la
imagen nunca era excesiva, resultaba cómodo sentarse frente a ella. No te
miraba a los ojos. Estaba allí.
Mitos para una crisis
Qué pereza nos da, después de treinta años de imaginación pueril, enfrentarnos literariamente al asunto de la crisis. Cuando los historiadores explican la literatura del último cuarto del siglo XX dicen muchas cosas pero no la fundamental: que la gente empezó a vivir mejor, que los escritores elegidos para serlo no tenían más necesidad reivindicativa que la de un pasado al que se acercaban con conciencia crítica para disimular su verdadera condición folletinesca. Leíamos, en todo caso, novelas de bajos fondos porque era un género, no una realidad. Eso que se llamó el testimonialismo no era tal sino afición a ponerse medallas. Mucho luchador antifranquista profesional hubo entonces que practicaba el toreo de salón, pero se guardaron muy mucho, unos y otros, de escribir nada que pudiera pasar por realismo coñazo.
¿Y
ahora? Más de una vez he comentado que es la hora del realismo, que la
literatura se está quedando en el recreo, en la sala de espera, en la terraza
para fumadores, pero el negocio editorial impide su paso al aula, al quirófano,
a la verdad del tiempo en que vivimos. Ya he criticado eso bastante y alabado
su contrario, pero también hay que ponerse en el pellejo de los novelistas
profesionales: cómo atacar, ahora, una novela realista, una novela que sirva
para entender cómo estamos pasando años difíciles. Para empezar, hay que
descartar la competencia. Los documentales comprometidos
se llevan el material y tampoco es que causen mucho impacto. El naturalismo sensacionalista es un terreno machacado.
Quien quiera escribir una novela sobre Mercamadrid se encontrará lectores que
para eso ya ven la tele, a no ser, claro, que tenga el arte de Josef Winkler.
Los escritores ya no se van con papel y lápiz a la Rosilla, a informarse de
primera mano, y en todo caso ese es el terreno de la miseria estable, de las
desigualdades globales, de las contradicciones de los países desarrollados,
etc., cosa que tampoco es como para dedicarle 500 páginas, al menos en España.
No. El
camino es, más bien, íntimo. La última novela que, por lo que yo conozco,
intentó, antes incluso de la crisis, un hondo retrato contemporáneo fue El miedo, de Isaac Rosa. Pero la novela
vino a un mundo literario en el que, aun los pocos que sobreviven, están como
piojos en costura, y la gente prefiere las costuras a los piojos. Ese es un
problema: la gente está padeciendo la crisis. El poco tiempo que le queda para
no pensar en la crisis es el que se dedica a zambullirse en un novelón de serie
B. A la gente que lee en el tren no la veo con muchas ganas de leer historias
sobre gente que lee cuando va en tren a trabajar, de verse de algún modo
reflejada como era imposible no verse reflejado en El miedo, si bien la novela me desencantó por otros motivos, por
eso que pudiéramos llamar exceso de
control estilístico y presencia opinadora. Pero yo es que soy
un maniático. Y en todo caso estamos hablando de una novela legible en el tren,
capaz de rellenar ese mismo formato de serie B con sustancia de primera clase.
Sí, sí, estamos hablando de una Libertad
a la española.
¿Pero
qué vamos a denunciar? Uno de los rasgos más desesperantes de esta crisis es
que todo el mundo ve lo que pasa a pesar de que se lo enmascaren, pero
nombrarlo, denunciarlo, es caer en lo obvio, en lo que todo el mundo sabe y no
tiene ganas de que se lo repitan. Así que fuera la historia del banquero sin
escrúpulos, la del cura intrigante, la del liberal-fascista, la del político
mentiroso. Todo eso se echa de comer al cine, que convierte la realidad en maldad
y esta en fascinación y todo en 16 euros, algo menos el día del espectador.
Me
pregunto qué le queda, aparte del miedo, a la literatura. Qué historia sin
historia sería suficiente para trazar el mito de nuestro tiempo, o bien qué
mito antiguo reciclado serviría para contarlo. Socialmente sufrimos la torpeza
de los que no han tenido que buscarse la vida. Llevamos treinta años sin
quejarnos, y ahora nos damos cuenta de que era con razón. No estamos preparados.
Cuando lo del corralito argentino, me llamó la atención una mujer que, con ese
sentido lapidario que solo tienen los argentinos, lo resumió todo bastante
bien: “Es muy difícil ser pobre”. El gran cuerpo social solo inicia movimientos
retráctiles, como los animales cuando perciben el fuego, nosotros incluidos; por eso casi es más interesante imaginar cómo tendrá que arreglárselas la gente
cuando la gran obra del conservadurismo español esté consumada y haya, como
toda la vida de Dios, cuatro señoritos y una mayoría de seres inferiores. Qué
vamos a hacer en la vejez nublada sin pensiones. Cómo nos lo vamos a montar con
la artrosis cuando lo único asequible sea un analgésico. A dónde van a parar
los que tienen que volver, como se decía antes, con una mano delante y otra
detrás.
Yo
no creo en la solidaridad sino en la conveniencia, aunque sea una conveniencia
moral. Me imagino una subsistencia basada en el trueque, un ir a cuidar al
amigo enfermo, un dar unas clases por un saco de patatas, un abrigarse en lo
que de auténtica familia, hecha o heredada, de parientes o de amigos, haya
podido quedar. Llevo tiempo dándole vueltas, y creo que, más que un mito
clásico, nos merecemos una parábola dominical, la del hijo pródigo. España
entera empieza a ser pródiga de sí misma, y cuando no hay futuro se camina
hacia el pasado, a lo que no se ha llevado el río.
27.5.12
El fútbol se me lleva
He visto que la editora de AS va a reeditar, siquiera sea en
versión digital y pasando por taquilla, la colección de su AS Color, el
semanario de fútbol de los años 70, que salía los martes y ofrecía reportajes
fotográficos de la jornada. En el granero de casa debe de estar todavía la
colección completa, porque cada martes, al pasar por la librería Sánchez, en la
calle del Salvador, cerca del colegio de las Navarretes y paredaña de la
carbonería de Pedro Conde, yo compraba el número y me sentaba en un bordillo
hasta que abriesen la escuela, pero no a ojear las fotografías de la jornada
sino mi sección favorita, Fulano cuenta su vida, Paulino Uzcudun cuenta su
vida, Ricardo Zamora cuenta su vida, y una vez dejó el fútbol pero paseando por
el Barrio Gótico de Barcelona le dio una patada a una cáscara de naranja y
comprendió que debía volver a los campos de juego. Han pasado cuarenta años, yo
tendría siete u ocho, y recuerdo el párrafo como si lo estuviera leyendo ahora.
Al lado, también en blanco y negro, un jugador antiguo daba su selección ideal:
Zamora, Ciriaco, Quincoces, Cilaúrren, Gamborena, Lecué (de memoria solo llego
hasta ahí), jugadores de los años 30, de cuando mi padre era niño y, con la que
había montada en Teruel, no creo que estuviera muy al tanto de los partidos. Mi
padre tuvo siete años en el año 38, y no se sentaba en los bordillos de las
calles por si caía una bomba. En todo caso es como si ahora un hijo mío que
hubiera nacido en 2005 leyera con delectación la biografía de José Ángel
Iríbar. Todo se ha retrasado tanto que cuando uno dice estas cosas debe añadir
que entonces era lo normal.
Pero
son actitudes distintas. Entonces aquellas páginas consistían en la edificación
de mitos clásicos. Había muy poco donde escoger: Mariano Haro, Urtain, Ocaña,
Ángel Nieto, que se mosqueó con José María García porque se empeñaba en ponerle
mote, El huevero de Vallecas, mote de banderillero, como El morrosko de Cestona
o El cojo de Manizales, un personaje de Cela que sí era banderillero. Eran
deportistas nacidos directamente de la naturaleza, no de una escuela de
atletismo ni mucho menos de un gimnasio de boxeo. Mariano Haro era un señor
mayor con mucho pelo que corría como los africanos, con el culo bajo, y tenía
unas garrillas entecas de ir corriendo a la era desde el pueblo en pleno mes de
julio, en Castilla la Vieja. Urtain era un levantador de piedras, en una época
en la que todavía se confiaba en la fuerza más que en la astucia. Ocaña era un
personaje trágico de la emigración, y Ángel Nieto se ataba a la moto por las
noches, para coger la postura, en el taller donde trabajaba de pinche. Era la
España de los Botejara, una serie de TVE que ya es, veo ahora, del año 78.
El caso
es que ahora los chavales no buscan mitos más allá de la poquedad presente sino
que los generan al instante de la misma exuberancia en que se crían. Tienen
donde elegir. Pero son muy poco consistentes. Raúl se llevará una sorpresa
morrocotuda cuando vuelva de jugar con los flojos sabeos y se dé cuenta de que
los niños aquí lo han olvidado, o no lo han conocido. Solo ahora que empiezan a
no poderse comprar cada año una camiseta distinta quizá se estabilicen un poco
las fidelidades míticas. Uno solo guarda mitos cuando es pobre.
Recuerdo, en fin, sin necesidad de mirarlas, algunas portadas
históricas. Pirri (al que se dedica ahora el primer número del revival) dándole
la mano a D’Alessandro, portero del Salamanca, que vestía con medias blancas,
calzón negro y zamarra de color de rosa, y le daba la enhorabuena no porque
hubiese acabado el partido sino porque había hecho una parada impresionante. No
eso que ahora llaman paradón, que es cualquier parada, sino una verdadera
parada impresionante que no se conocía por imágenes sino por testimonios. Yo
aprendí el significado de la palabra ‘antología’ con una foto del As Color en
la que aparecía Velázquez de espaldas, después de meter “un gol de antología”.
El fotógrafo había echado la foto cuando había pasado todo, el gol y los
abrazos y todo, de modo que había que reconstruir la hazaña en la imaginación
sobre el relato de unos periodistas que aún creían en el poder de la epopeya.
“La clave del partido”, decía una célebre contraportada en la que Iribar para
un penalti a un jugador escocés. Recuerdo ese color intenso que se quedaba
pegado a los dedos.
Nosotros
éramos como Escocia o como Yugoslavia, engrandecíamos a nuestros iguales porque
eran los únicos que nos daban cierto margen para el heroísmo, que es lo que
siempre se ha hecho en los juegos y en las competiciones entre mozos. Internet
nos ha invitado a devorar el pasado, a rehacerlo, a revivirlo. Lo instantáneo
absoluto nos indica el camino de lo diferido, nos invita a disfrutar, en la
distancia, de cuando se necesitaba un pequeño esfuerzo de imaginación para
saber, esfuerzo que luego resultó ser el adhesivo que necesitaba la memoria. La
gracia de AS Color es que saliera los martes, cuando todo había terminado e
importaba menos saber que recordar. El rimero de revistas permanece en el
armario del granero y en esa memoria que empieza a aparecerse incluso a quienes
no han querido nunca mirar atrás. La biografía de Paulino Uzcudum desvela sus
contornos como si estuviera disipándose la niebla que la cubrió durante tantos
años. No sé si es que hemos decidido vivir en otra época como quien cambia de
canal, si el efecto Huysmans no solo permite la documentación rápida sino la
reconstrucción virtual de la existencia, más allá del coleccionismo, o es que,
sencillamente, me estoy haciendo viejo.
26.5.12
Nostalgia del aldea
Ayer en Madrid hubo una nostalgia generalizada de lo bien
que se vive en provincias. Un río de vascos bajaba por la calle Segovia rumbo a
la carpa del Manzanares. Iban todos contentos y tenían aspecto de comer muy
bien y de vivir sin mayores preocupaciones. Claro que si fuesen a un entierro
tendrían otra cara, pero era llamativo el aire tribal, familiar, cuadrillero.
En un mismo grupo podías ver hasta cuatro generaciones con sus atavíos
correspondientes, sobre todo esa preciosa zamarra clásica (la de los cordones
en el cuello, la de las franjas anchas), con un aire de excursión familiar que
nunca he visto en otras aficiones. El resto de hinchadas que yo he visto son,
por así decirlo, de generaciones separadas, juntos pero no revueltos,
normalmente cuadrillas de mozos o de machuchos, también alguna pareja joven con
sus crías, pero no este ir todos a la vez como si estuvieran en una boda y los
novios fueran parientes de todos. Incluso la manera que tenían de preguntar por
las calles me hacía gracia, me provocaba esa nostalgia, porque preguntaban sin
protocolos, con la soltura y la confianza con que pregunta quien da por hecho
que los demás saben que si le preguntan algo se va a desvivir por serles útil. ¿Vamos bien p’aquí, eh? Una cosa un poco
rara que solo se entiende si has nacido en un lugar pequeño.
Soy
firme partidario de que en el futuro la historia de la humanidad se rescribirá
con arreglo a las circunstancias meteorológicas de cada época y de cada país.
Esta forma tribal de vivir siempre juntos y contentos y honrar a los dioses
lares y ponerse hasta los ojos de comer es algo que sucede más en los países
lluviosos. Ni gallegos ni asturianos ni cántabros ni vascos tienen
políticamente nada que ver, pero en mayor o menor medida siguen practicando el
rito del aldea, aunque sea un pueblo de trescientos cincuenta mil habitantes. Y
más, por lo que yo he visto, los asturianos que los cántabros y más los cántabros
que los gallegos, pero mucho más los vascos que todos juntos. Había una foto ayer
de Iríbar (oh Iríbar, cómo caminaba, cabizbajo y descoyuntado, cuando le
acababan de meter un gol) con un pañuelo rojiblanco al cuello junto a dos mozos
bilbaínos, y no era la imagen del gran portero con dos hinchas sino del hombre
mayor con dos vecinos en las fiestas del pueblo. Incluso llevaba el pañuelo un
poco almidonado, como lo llevan en las juergas los que ya no las disfrutan como
antes. Luego, ganen o pierdan, monten o no el impactante espectáculo de la
gabarra, se sientan a la mesa y se ponen tibios de cocochas.
San Mamés es para ellos la
iglesia parroquial donde se entonan cánticos telúricos. Sólo he ido una vez en
mi vida a un campo de fútbol con césped (de pequeño sí iba al de tierra negra
del Adolfo Masiá, en Teruel), y el partido duró tres horas porque los salvajes
del fondo sur del Bernabéu derribaron una de las porterías. Ya no he vuelto,
pero la experiencia de ver un partido en San Mamés debe de ser muy especial.
Como dijo anoche Bielsa (qué hombre, qué deliciosamente redicho), “estoy feliz
de haber elegido el Athletic porque es una experiencia que cualquier hombre que
quiere el fútbol celebra haber vivido”. Y la experiencia es eso, la sociedad
orgánica, los abuelos que van a Lezama a ver entrenar a los cachorros, los
mozos que llegan al primer equipo y se amarran a él de por vida, las madres
que, como dice Oteiza en ese gran libro que me hizo entenderlo todo, Quousque tandem, elevan a sus hijos al
sol, en este caso a la bruma del estadio, al cielo denso y a las montañas
prietas que los cubren y los protegen.
La sociedad orgánica es algo más
allá de la rancia familia católica. En Levante, por ejemplo, se estila mucho la
cena familiar coñazo. En los restaurantes del Mediterráneo, sobre todo
valencianos, es frecuente ver la larga mesa presidida por ancianos silenciosos,
ruidosa de conversaciones de cuñadas, menos mal, pero con un rollo católico y
peñazo, de comida por obligación, de mañana me toca comer con la abuela que
cumple noventa años y nos soltará una pasta. Llega el postre y los jóvenes
desaparecen, las mujeres hablan con las mujeres y los hombres con los hombres,
y los abuelos se aburren. No hablo de ese tipo de familia sino de una entidad
superior, eso que llamamos tribu y que no tiene por qué ser salvaje.
En este
caso es todo lo contrario. Dan un poco de envidia. Eran la séptima parte de
toda la población de Bilbao, que es como si a un partido del Madrid acude un
millón de aficionados. Uno se ha criado en la lectura de filósofos
individualistas. La familia empezaba y terminaba en la puerta de casa. La tribu
sólo se juntaba para las fiestas, que, como en toda la meseta norte, todo
Aragón y Rioja, tienen algo de sanfermineras. Y así tomaron los vascos Madrid
como tomarían la Plaza del Castillo, ya fueran abertzales o garciaserranos, con
un txikito en la mano y cantando con voz de pelotari. Madrid ha sido siempre un
lugar perfecto para la misantropía. Los vascos de Bilbao no han oído nunca el
sobrecogedor silencio de un vagón de tren en la estación de Embajadores a las
siete y media de la mañana, atestado de viajeros que no tienen espacio libre ni
para mirarse el reloj. Aquí la gente se mete en su oráculo digital, en su
periódico gratuito, en sus cascos, en sus párpados, en su perfume. La gente se
introduce en sí misma cuando sale de casa y vuelve a salir cuando regresa y
pasa el cerrojo de su hogar. Siempre me ha parecido el modo de vida más
civilizado, my house is my castle, más
inglés, pero los ingleses siguen dando margen a la tribu, y un verdadero pub no
lo es de jóvenes o de viejos, sino de gente que quiere beber cerveza, reunirse
como se reunían en tiempos de Dickens, a escuchar el último capítulo de Oliver
Twist, o a ver al Southampton, que, por cierto, lleva la misma camiseta que el
Athletic. Igual es por la lluvia, o igual no es en Madrid por culpa de los
franceses, por ese desprecio a lo tribal que nos metieron los borbones. A lo
mejor pitaban el himno por eso, quién sabe.
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