8.10.19

Parra, 2


Las hojas de la parra vieja empiezan a deteriorarse. El limbo amarillea, solo los nervios retienen un verdor que parece concentrarse antes de desaparecer, y han aparecido ya las primeras manchas de quemadura. Mientras las otras parras, más recientes, se llenan de motas de color de bronce que van acartonando la hoja, estas ya no pasan por esa herrumbre, sus colores son más violentos, algunas parecen fractales, secuencias del camino hacia la muerte.
Esta parra tiene sus heridas de guerra. Hace veinte años, cuando el tronco ya se había retorcido y le colgaban hilachas de la corteza, y llenaba el portal de una sombra voluptuosa y todos los años nos daba racimos gordos de uva negra, unos niños que había de visita encontraron en alguna parte una sierra y se pusieron a practicar… A lo que se dio cuenta mi padre, la parra colgaba sin pies de los cables de la pérgola.
Pero volvió a brotar, y en estos veinte años el tronco ha alcanzado un grado de retorcimiento parecido, y se han hecho viejas sus hojas nuevas. Aunque quizá ese limbo pálido sea una secuela de aquella salvajada. También es cierto que esta parte de la parra bebe del sol del sur, y, como la parra virgen que envuelve la fachada, tiende a requemarse por los bordes y a que le salgan manchas en la piel. Hace bien poco hubo que cortar una de las dos ramas gruesas que partían del tronco, la que apoyaba en el dintel, porque estaba casi toda seca y porque entorpecía los canalones, pero antes, muy respetuosamente, habíamos plantado un sarmiento y cuando lo vimos con suficiente vigor lo pusimos enfrente de la vieja, para que cubra la zona que esta rama ya no puede abarcar. Me pregunto si en el código genético de los sarmientos todavía suenan los dientes de la sierra. 
Este año le quitaremos peso. Las parras viejas ya no quieren mucha prole, los largos sarmientos que se enredan con la parra virgen, los que le salen por el tronco y forman sus ramas leñosas entre las barras del barandado. Tan solo dejaremos una, grande, gruesa, que cruza el emparrado en diagonal, para que acopie toda la savia que le queda y en los meses de verano nos siga regalando ese verde traslúcido que en la canícula tiene reflejos cítricos, de anuncio de frescor. La cuidaremos como a un bonsai gigante para que siga dando sombra mientras crece su retoño.

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