29.4.26

Las proporciones

«Cuando el tren llegó al destartalado apeadero del pueblo de sus antepasados, ella cogió de la mano a Manuel y le dijo: ‘Aquí seremos felices’. ‘Sí, algún día’, contestó él».

En este fragmento que me acabo de inventar está, al menos en potencia, todo lo que puede haber en una novela, incluido algún defecto grave. La narración es un conjunto de relaciones de escenas («el tren llegó»), explicaciones y antecedentes («antepasados»), descripciones («destartalado»), acciones de los personajes («cogió») y diálogos. Siempre es deseable cierta ambigüedad («algún día»), así como un esbozo de los caracteres que se desprenda de los mismos diálogos o descripciones, no de explicaciones añadidas por el narrador (en este caso, la condición remota del lugar o la ilusión de ella frente a la cautela o el escepticismo de él) pero no hasta el punto de caer en la confusión (¿la familia de quién nació en ese pueblo?).

Todo, en cualquier caso, debe guardar un equilibrio. Las malas novelas dan más explicaciones de las necesarias, o quedan enterradas bajo un aluvión de datos, o atascan el flujo narrativo con tediosas o irrelevantes descripciones, o presentan hechos repetitivos o insustanciales o diálogos que no llevan a ninguna parte, aunque lo peor es que uno de estos excesos destaque de los otros o que todo esté escrito y el lector no tenga nada que imaginar o suponer. La reina Esther, la última novela de John Irving, tiene todos estos defectos, salvo uno: se lee muy bien. 

Ya resulta un acto de fidelidad (y quizá por eso una licencia para la crítica) leer esta novela después de la insufrible El último telesilla, pero a Irving lo avalan los muchos buenos ratos que nos ha dado y que en La reina Esther actúan, la mayoría, como cameos narrativos, como si el autor pasara revista a sus novelas más queridas y a partir de ellas fuera tejiendo algo así como una antología. Desde el querido doctor Lester de Las normas de la casa de la sidra, con el que empieza la novela, al pequeño Winslow y la afición de Irving por la gente menuda que tuvo su máxima expresión en Oración por Owen; desde las indagaciones obsesivas en el mundo del tatuaje y la visita al Barrio Rojo de Ámsterdam (Hasta que te encuentre) a su devoción por Dickens y, sobre todo, Grandes esperanzas (la misma Oración por Owen o incluso El último telesilla); desde su aficion a la lucha grecorromana (al menos en media docena de novelas desde El mundo según Garp) a las familias poco convencionales o el tema judío (ya desde Hotel New Hampshire); o, en fin, esas mujeres complicadas, con relaciones sentimentales hasta hace bien poco tiempo fuera de la norma, de las que quizá su más acabado ejemplo (y la novela que a mí más me gusta de Irving) sea Una mujer difícil, pero que ya en El último telesilla, sin ir más lejos, formaban un tumultuoso gineceo lesbo-maternal en medio del que aquí se mece James Winslow, el protagonista, un joven que, más que ingenuo, parece tonto, y que al final de la novela, en un giro decepcionante por manido, resulta ser (ay, esos bucles) trasunto del propio Irving, de manera que el todo sería una autoficción real del autor paralela a la otra autoficción ficticia del narrador. Ah, y todo porque las sobreprotectoras madres (tiene dos) de Winslow quieren que tenga un hijo para no ir a Vietnam. Al final será una hija, lógicamente, porque en esta novela solo hay tres hombres con papel: el abuelo Winslow, experto en Dickens; un pasmado que se llama Claude, que anda como novillo sin cencerro, y el nieto protagonista, el futuro/pasado escritor, porque «el tiempo también es un personaje»…

Sí, es todo Irving: la muchedumbre de personajes, las historias que van saltando de aquí para allá, el detallismo documental, esa escritura como repentizada, que la hace tan fluida. En eso es el autor de siempre, y sin embargo… Volviendo a la necesaria proporción  —algo que en muchas de sus obras está tan conseguido que ni se percibe—, son ciertamente pocas las escenas con autonomía narrativa que uno encuentra en la novela: la del tatuaje de Esther (y homenaje a Charlotte Brontë), la de la casera que se insinúa a través de unos cristales biselados, la de la perra pastora alemana con miedo a las tormentas, que se alarga interminablemente, y con un final de tebeo, o la muerte de los abuelos, contada con excesiva precipitación, como un trámite narrativo más; pero el resto, casi todo, es relación de hechos y aportación de datos enciclopédicos, además de pasajes (el largo episodio de Viena) estirados mucho más de la cuenta y relaciones entre personajes que suenan un poco a catecismo libertario, algo que tanto nos cansó en su última novela. Uno no lee novelas para que le recuerden lo que ya sabe. Uno quiere preguntas, no respuestas. 

Entre las cuestiones de proporcionalidad tampoco está de más comedirse un poco en la coralidad cuando se convierte en un follón en el que pierdes el hilo de quién es quién, o en una densa ristra de nombres de persona y de calles y plazas que tapan con su insistencia lo que pudieran hacer o lo que pudiera ocurrir en ellas. Pero lo más desproporcionado, a mi juicio, es que se prometa una cosa y se dé otra. La novela se titula La reina Esther, pero Esther, la madre biológica (solo biológica) de James Winslow, huérfana de la casa de la sidra, judía convencida que lucha por el pueblo israelí en los años 60 contra los usurpadores palestinos e incluso se deja un brazo en el empeño (otro cameo, esta vez de La cuarta mano), solo aparece, y es vista y no vista, muy al principio y muy al final, pero en realidad es un personaje del todo secundario que solo sirve para que Irving nos endose unas cuantas páginas de historia del movimiento sionista, y a través de Esther defienda un izquierdismo alejado de las prácticas expansionistas de la época de Menahen Begin, tan parecidas a las que ahora, a escala monstruosa, contemplamos impávidos. Incluso llega uno a pensar que la novela era otra, la del mozo empanado entre mujeronas, pero que, teniendo en cuenta la declarada simpatía de Irving hacia el pueblo judío, decidió, a través de un personaje marginal, echar su cuarto a espadas en favor de la causa judía, una complicada defensa del judío israelí que se opone a los asentamientos por la fuerza o las escabechinas de criaturas del Averno como Netanyahu, quien en ningún momento aparece porque la acción llega hasta los años 70. Otra explicación no tiene, por más que intente abrochar la novela llevando a James a Jerusalem para promocionar sus obras doblemente autoficticias, y allí se encuentre con Esther, decididamente «una judía de verdad».

Irving tiene ochenta y cuatro años. Sus dos últimas novelas (por lo menos) son pesadas, como si cada mañana rellenase un folio con papeles viejos porque ya no se le ocurre nada nuevo, adiposas, repetitivas. Uno se cansa de escenas irrelevantes de una sola frase, amontonadas entre personajes que no se detienen para que al menos los podamos escuchar. A veces uno piensa en Philip Roth o Julian Barnes, que al cumplir los ochenta dijeron que hasta ahí habían llegado. Y, por otra parte, el hecho de haber leído toda la obra de Irving (y haberla disfrutado, y haberlo defendido y recomendado) casi que me exime de correr tupidos velos: lo que está mal está mal, y esta novela es un rollo macabeo. 


John Irving, La reina Esther, trad. Juan Trejo, Tusquets, 2026, 475 p.  

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