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15.5.24

Toponimia del atardecer


Melancólico mayo. Primero se nos fue Paul Auster y luego —en su versión traducida— se nos despide Frank Bascombe, el personaje de Richard Ford que me lleva acompañando también desde principios de los 90. Este tipo de coincidencias son también algo austerianas. La primera edición de El periodista deportivo que leí lleva fecha de compra de enero del 91. Desde entonces, aparte del resto de su obra traducida, fuimos leyendo, conforme salían, El Día de la Independencia (1998), Acción de Gracias (2008), Francamente, Frank (2015) y, ahora, Sé mía, que se acaba de publicar, con un Bascombe ya de setenta y cuatro años (quince más que yo, una generación por delante, por más que el lapso entre novelas se redujera más o menos a la mitad). En todo caso, y por lo que se ha podido leer en alguna que otra entrevista, no está previsto que Bascombe vuelva a las andadas, aunque nunca se sabe, porque superó con éxito un cáncer hace años y, salvo algún leve mareo y un par de ausencias sin mayores consecuencias, la verdad es que sigue en forma, se toma sus vodkas, hace sus pinitos sentimentales y es capaz de meterse en una caravana vieja y cochambrosa y cruzarse el Medio Oeste norteamericano, en medio de la nieve y a quince y veinte grados bajo cero, con su hijo Paul, de 47 años, enfermo de ELA, que cabalga por el abismo a tumba abierta y se agarra como puede con sus miembros muy disminuidos para no caerse antes de tiempo. Es como un viejo Anquises que llevase a cuestas al joven Eneas, el padre al hijo, a pesar de todo y sin sentirse por ello un héroe ni quejarse de su sino.
Porque eso es lo que siempre nos ha gustado más de Frank Bascombe, su capacidad para admitir las cosas como son, juzgarlas según su criterio pero también comprender los juicios de los otros. Siempre admitió el reproche de sus dos parejas, una cierta falta de implicación en la vida, eso que hay quien llama no entregarse. ¿Pero qué es entregarse? Se supone que hacer, por ejemplo, lo que hace en esta novela, llevar a su hijo Paul a la clínica Mayo de Rochester, Minnesota, y sacarlo de allí para emprender un viaje tan absurdo como interesante al monte Rushmore, en Dakota del Sur, esa inmensa escultura de cuatro presidentes de Estados Unidos que es una sublimación del gusto norteamericano por lo enorme y hortera. A Bascombe se le ocurre llevar a su hijo a la misma excursión a la que sus propios padres lo llevaron cuando era niño (y, una vez allí, discutieron gravemente), y pasar por edificios delirantes como el Palacio del Maíz, un gigantesco catálogo de toda la gama de chorradas que dan de comer al turismo de interior, y dormir en hoteles caros donde una abogada afroamericana pueda despreciar el servicio, y de paso al propio Frank, o moteles y negocios de alquiler de vehículos donde un catálogo de mideluésticas mozas, casi todas de armas tomar, supervivientes de los naufragios de otros, ya no son esas bobas que veíamos en Fargo en un concierto cutre de José Feliciano, sino gente conforme con su ropa estridente y sus pegatinas de Donald Trump, que compra packs de tarjetas de San Valentín y rifles de repetición para regalar a sus seres queridos. 

Padre e hijo atraviesan una América helada, inclemente y cerril, un más allá que es el más acá que no veían desde su cómoda New Jersey. Ford lo enumera con minuciosidad de atestado. La realidad se describe por lo que se ve desde la carretera, nombres de negocios, restaurantes, moteles, casinos, talleres, tiendas de cualquier cosa, nichos de cualquier mercado donde instalarse a llevar una vida de mala muerte, camiones de dieciocho ruedas, establecimientos profundos, llenos de orgullo interior, más algún complejo hospitalario como el de Rochester, lleno de científicos como astronautas que trabajan en su base espacial, y un horizonte inmenso y pelado. Todo lleva su marca, los coches, las parkas, las bolsas de cous-cous (o de risotto), las placas de identificación, los carteles de los desvíos a un lugar igualmente desolador. El realismo de Ford llega en esta novela a la apoteosis de la toponimia del atardecer. El lienzo se va llenando de un puntillismo de nombres y marcas que compone un cuadro tan espantoso como el mundo del que habla, sin necesidad de juzgarlo demasiado, tan solo con describirlo. No hay, creo, un solo momento en el que Ford diga que está pasando por un país habitado por una estremecedora mayoría de idiotas, pero tampoco que comprende que la gente funcione así en un sitio como ese, y sin embargo ambas sensaciones se respiran en el anticuado Dodge con semicaravana Windbreaker a bordo del que viajan padre e hijo. 

A Paul ya lo conocíamos de cuando estaba bien, si es que alguna vez ha estado del todo bien. Siempre fue un tipo rarito, pero ahora, gravemente deteriorado, su carácter lo forma esa mezcla de optimismo cínico y desesperación sin miramientos con que quizá se vea la muerte cuando está tan cerca. Tiene caprichos que inmediatamene desprecia, viste (cuando sale del hospital) del modo más chirriante, se empeña en comidas espantosas y souvenires marcianos, en llevarlo todo a un extremo que, por otra parte, es lo más natural en el mundo no menos marciano que le rodea. Con Frank es a menudo despiadado, con esa naturalidad con la que quienes ya se ven con un pie en el otro barrio tienden a perder la compostura con aquellos que se ocupan de ellos, con los únicos que se ocupan de ellos. Está también Clarissa, claro, la otra hija superviviente de Frank, lesbiana republicana (buena mezcla), con quien el padre no hila en absoluto y quien no lo cree capaz de ocuparse de su hijo.

Y sin embargo Frank se ocupa. Lo saca del coche y lo mete, lo arregla, le ayuda a vestirse, le aguanta las amargas impertinencias, lo lleva, lo trae, sin más tregua que algún trago de vodka o de cerveza y unos leves descansos en la sala de masajes de una treintañera vietnamita que ahorra para llevar una vida un poco más normal, la única con la que siente la suficiente paz (salvo al final, quizá, ya en plena y sosegada claudicación) como para dedicarle el título de la novela. Frank resiste porque es lo que hay que hacer, sin más, y porque sería peor no hacerlo. Homero nos mostró dos tipos de héroe: el triunfador aventurero, Ulises, ansioso de conocimientos, saludable y seductor, sin máculas en el pasado ni motivos para el resentimiento, con la dentadura íntegra y la sonrisa fresca, y una mujer que lo espera con la pata quebrada. Pero también está Héctor, rey por obligación, guerrero por destino, que se hace cargo de la inconsciencia de su hermano Paris y se enfrenta a los griegos porque tiene que hacerlo, no porque quiera, y despide a su mujer sin desear nada que no sea quedarse junto a ella y su hijo Astianacte, y sabe que va a morir, pero no puede planteárselo. De Héctor sacó Virgilio a Eneas, el que se recorre el mundo para fundar una patria porque está mandado, no porque a él le apetezca, y lleva a su padre Anquises a las costillas hasta que el viejo no puede más. Y eso es lo que hace Frank, llevar a su hijo a las costillas hasta que ya no puede más, enseñarle un mundo perdido mientras comparten una vida que se acaba, la una por vieja, la otra por enferma.

Aparte de todos los atractivos de la escritura de Ford, esa extraña poesía que nace del inventario permanente, esa sensación intensamente física de estar donde está él, de ver y tocar lo que no hay duda de que ha visto y tocado, hay algo implícito en cada página que envuelve la emoción del lector como la buena calefacción del Dodge en medio del paisaje congelado. Quizá sea que se añade la conciencia de que seguramente sea la última entrega de Bascombe, o que de todos modos es el final de un camino lector que empezó hace más de tres décadas. Lector y autor hemos llegado a un final de cierta paz y resignación. No es como para estar dando botes de alegría, pero tampoco cabezazos de tristeza. La vida es así, ha sido así, y conforme te acercas al final y entiendes menos cómo evoluciona, lo normal es recogerse bajo aquellas mantas que al menos te hagan reconocer tu propio calor, aunque afuera todo siga cubierto de nieve y sean otros los que nuevamente hayan de ver las grandes praderas florecidas y los campos de maíz.


Richard Ford, Sé mía, trad. Damiá Alou, Anagrama, 2024, 393 p.

5.7.23

El agua y el fuego


Una cosa es caerse y otra tirarse. La diferencia es la voluntad, la intención, que en algunos verbos queda enmascarada por una única forma, por ejemplo enamorarse, que puede ser con o sin intención, caerse en el amor o arrojarse a él. Incendios habla, entre otros muchos temas, de esa forma de amor voluntario, de gente que quiere arrojarse al amor como se arroja al fuego, bien porque ya le quede poca vida, porque crea que «la vida no es más que un asunto insignificante» y «hay que esforzarse por hacerla interesante», o bien —y esto no es del todo infrecuente— por simple despecho, por la sospecha de haber sido engañado y la necesidad de vengarse en el cuerpo de otro. Desde luego, nada de esto es excepcional, la gente tiene celos o necesita cambios o pasa facturas o paga deudas. Lo excepcional, lo novelesco, es que un muchacho de dieciséis años sea testigo directo de cómo ese tipo de inflamaciones se producen dentro de su propia familia, y además sea quien nos lo cuente.
Eso es, además de un sentido de la proporción y de la claridad verdaderamente asombrosos, lo que nos cuenta Incendios. Un matrimonio de treintañeros de los años 60 tienen una crisis sentimental que pilla en medio a un muchacho sensible y despierto que recuerda todo aquello años después. El padre, Jerry, es un instructor de golf al que despiden por error (desaparece una cartera llena de dinero y el primer sospechoso siempre es el más débil) y decide marchar a las Rocosas a sofocar fuegos. La madre, Jeanette, busca un trabajo como instructora de natación (el agua, el fuego) y allí conoce a un excombatiente cojo de la guerra de Corea, Warren Miller. El matrimonio no está pasando por un buen momento, y una de las causas parece ser que la mujer sospecha que su marido tiene una amiga india. El caso es que, mientras el padre está viendo cómo caen de los árboles osos ardiendo y los operarios deben limitarse a mirar el fuego porque no pueden apagarlo, la madre tiene un asunto con el cojo, un asunto chapucero, porque «las cosas suceden así siempre. La gente hace cosas. Las hace sin pensarlas, sin ningún plan». Y el muchacho, Joe, debe presenciar, en una escena larga y perfectamente construida, cómo su madre se incendia de amor delante de él, cómo trata malamente de disimularlo, y cómo paga con él la ira de haber sido descubierta.

Es una delicia cómo Ford dibuja los cuatro personajes, siempre a través de escenas, de diálogos, y de esa capacidad que tiene de tomárselo todo en serio, incluso cuando lleva las situaciones al extremo. Comprendemos a los personajes, por mucho que Warren se porte como un capullo, o que Jeanette dé una lección a medio camino entre la desesperación y la desvergüenza, o que Jerry sea un pobre hombre que solo hace daño por equivocación, o incluso que Joe, el narrador, se traicione a sí mismo y provoque la traca final. Todo está nítidamente contado, sin la exhaustividad que luego, de la mano de Basombe, Ford convertiría en norma, y por mucho que admire sus novelas largas, tan llenas, esta transparente sencillez me parece lo más difícil de conseguir, con elementos que dialogan entre ellos: el fuego en las montañas, el frío en la ciudad; el fuego en los corazones, el frío en las vidas, en una Montana que «no era un lugar donde la educación tuviera gran importancia para nada», ni la educación ni la ilusión, las ganas de que la vida se algo interesante.

Pero lo que nos cuenta Ford es un episodio, unas escenas que componen un acontecimiento, y que luego redefine en un final rápido de consecuencias muy posteriores que de algún modo hacen que las aguas vuelvan a sus cauces y los personajes nos den aún más razones para ser comprendidos. Hay un, digamos, sosiego comprensivo en el narrador, una tranquilidad que solo puede brotar del inmenso afecto hacia sus padres. No hay nada que perdonarles, pero sí todo que comprenderles. Somos frágiles, huimos hacia delante pero con eso no conseguimos que nuestras vidas no sean quebradizas. Los personajes comprenden a los otros personajes porque son conscientes de sus propios defectos. Warren no denuncia al pobre Jerry cuando se le va la mano con el fuego; Jeanette no renuncia a sí misma ni tampoco al amor que siente por los suyos, y su regreso, al final, nos lo imaginamos a medio camino entre la claudicación y la seguridad en sus propios sentimientos, como aquel célebre «vuelvo porque los quiero» de la María pombiana; y Jerry trata de estar a la altura de sus circunstancias, que no son más que las de un hombre impotente ante el fuego que de pronto, así porque sí, lo arrasa todo, la enfermedad y la insatisfacción y la impotencia que rodea nuestras vidas y las mira tan inerme como impasible.

Incendios es de 1990, la época en la que a Ford se le tomaba por algo así como el principal epígono de Carver, y sin embargo hay una ternura que no tiene nada que ver con esa deprimente imposibilidad de salir adelante que destilaban los cuentos del maestro. En Ford la gente lucha por salir adelante en la medida de sus posibilidades. La dignidad, la ambición de ser digno es su única arma. Luego se haría más cenizo, y eso que es el olor de la ceniza el que impregna esta magnífica novela, nacida, quizá, como una de esas novelas cortas que tan bien se le dan, pero rematada como una pieza redonda. Volvería al tema de los padres tanto desde el lado de la autobiografía (Entre ellos) como de la ficción (Canadá), pero iría dejando atrás esta admirable economía de medios, este hacer presentes las preguntas, no las respuestas, que era —esto hay que reconocerlo— lo que también admirábamos de Carver por aquel entonces. A la espera de Be mine, Incendios ha sido un volver a lo que hace treinta años nos gustó por otros motivos, quizá por esa sensación de realidad, y ahora degustamos por su perfección pero, sobre todo, por su capacidad de comprensión, esa agua bendita con que unge a sus personajes y que es el más alto don al que puede aspirar un novelista.


Richard Ford, Incendios, trad. Jesús Zulaika, Anagrama, 1991, 190 p.

27.6.23

La poca virtud


Mientras llega Be mine, la última novela de Richard Ford, me apetecía entretener la espera con alguno de sus libros. Iba ojeando tomos de la sección Ford y al abrir De mujeres con hombres, cuya traducción es del 99, encontré, en la página 63, subrayado el siguiente fragmento:


Las cosas, sin más, empiezan a ir mal, a desmoronarse… La vida toma una vía hacia la ruina, hacia el acabar en la calle y desaparecer de escena totalmente, y uno, pese a todos sus esfuerzos, a sus mejores esperanzas de que todo pueda enderezarse, no puede sino mantenerse a un lado, impotente, y mirar lo que le está sucediendo.


Es un buen modo de explicar la sensación que tengo últimamente, pero también la razón por la que me gusta tanto Richard Ford. En una entrevista, hace mucho tiempo (no sé, quizá por la época de Incendios, otro libro que me gustaría releer), Ford contaba que su esposa, después de leer un libro suyo, entre abatida y desconcertada, le preguntó si realmente pensaba que la vida era así de triste. No recuerdo la contestación, pero bien pudiera haber sido el párrafo que me ha llevado ahora a leer De mujeres con hombres, una colección de tres nouvelles sobre las difíciles, por no decir imposibles relaciones entres hombres y mujeres cuando cualquiera de los dos se empeña en mirarlas fríamente. 

El mujeriego habla de un tipo que viaja a París con la intención de echar una cana al aire. Ha dejado a su mujer en Estados Unidos y se ilusiona con una francesa separada y madre de un hijo con quien quiere hacerlo todo bien para tener una aventura en toda regla. La francesa es un poco escurridiza, y el hombre se presta incluso a hacer de canguro con el niño mientras ella resuelve unos asuntos. De las tres historias, quizá sea la más previsible, al menos en su planteamiento: al hombre solo se le ocurre, por su cuenta y riesgo, sacar al niño a pasear al parque… Pero lo importante no es eso. Lo importante es, en medio de un realismo de escenas y objetos elocuentes, descritos con tanta puntillosidad como delicadeza, la imagen que el narrador da de sí mismo, su demorada filosofía de la inseguridad, de lo cándidos que somos cada vez que nos atrevemos a algo, a veces a pensarlo siquiera. Ford tenía cuando escribió este libro cincuenta y tres años, buena edad para desear y al mismo tiempo avergonzarse del deseo, para soñar y a la vez refugiarse en el abandono, ese out of order que ya no hará sino crecer.

En Celos, para mi gusto la mejor de las tres historias, en parte también porque sucede en la desolada Montana, Ford nos cuenta el viaje que un joven de diecisiete años hace con su tía treintañera y borrachina para pasar unos días con la madre del muchacho. El chico vive en mitad de la nada con su padre, adiestrando palomas y pasando las tardes de los sábados entre rudos borrachos de camisas de cuadros. La tía, un estupendo personaje, bebe y viaja y suspira, y en un bareto de carretera se encuentra con un indio que no es quien parece ser. En el momento en el que cualquier guionista empezaría la traca de tiroteos y persecuciones, Ford resuelve la trama con la misma elegancia con que hasta entonces ha trazado los personajes, el ambiente, los lugares, esa capacidad de detenerse en los detalles significativos, de hacer de lo insulso algo potente y real. Viajamos por una país helado, de gente que sale adelante como puede, que no deja de cambiar, de separarse, de juntarse, de coger trabajos y dejarlos…, y de no moverse nunca de una misma desalentadora posición. Espléndido relato, y sin necesidad de moralinas de ninguna clase, por supuesto, pero cargado con esa materia de lo real que Ford maneja como nadie.

En el último relato, Occidentales, volvemos a París, donde un joven escritor acude con su pareja, los dos restos de sendos naufragios sentimentales, con más ilusión por estar en París que por quererse. El hombre, de hecho, piensa en su traductora al francés, incluso en una antigua novia que tuvo en América y que ha rehecho su vida con alegría, y ve con cierta distancia unos moratones de su pareja que pueden ser cualquier cosa del pasado, cualquier mancha de la vida, golpes, efectos secundarios, marcas de épocas que no han ido bien, que en algún momento descarrilaron y no está claro por qué. En el caso de esta mujer, pasó por un cáncer, y es posible que las marcas vengan de ahí. El hombre se pasa el relato pensando en algo que no es lo que se supone que les ha llevado hasta allí, y sin darse cuenta de que la mujer está haciendo exactamente lo mismo. Mientras él busca soluciones pobres aunque posibles (que le traduzcan su primer libro, reunirse con su antigua novia), la mujer está tramando un digno final para su propio viaje, sin complicarle a nadie la vida, ni siquiera por desesperación, quizá tan solo por hacer algo mientras lo normal es ver pasar a tu lado la tristeza. 

Qué bueno es Ford cuando habla de las enfermedades, de las incapacidades, de los sueños inútiles, de la poca virtud. Creo que fue el jueves pasado cuando se publicó en inglés Be mine, su última novela, última también de la serie de Frank Bascombe, en la que, por lo que ha trascendido, el argumento es que un hijo de Frank padece de cáncer. Cuando leí Acción de gracias se me quedaron pegadas al corazón las páginas dedicadas a la enfermedad. Ahora, por paradójico y literalmente morboso que resulte, me atrae la idea de que le haya dedicado al tema una novela entera, que sea la última y que él mismo se sienta en retirada. De todo eso, y tratándose de Ford, solo puede esperarse algo verdaderamente excepcional. Y si, encima, también la traduce Jesús Zulaika, pues miel sobre hojuelas.


Richard Ford, De mujeres con hombres, trad. Jesús Zulaika, Anagrama, 1999, 245 p.

1.12.20

El método Ford


Leí El periodista deportivo hace treinta años, nada más salir la traducción. Recuerdo con detalle dónde y en qué circunstancias lo leí, pero sobre todo recuerdo la impresión que me causó. Aquello era un modo de contar, es decir, uno de esos libros que enseñan lo más difícil para un novelista, cómo se puede captar la realidad contemporánea. Entonces me dejé llevar por el libro, como si me hubiera ido unos días a vivir al territorio de Frank Bascome. Ahora disfruto más del método, que sigue tan vigente como el primer día. Y el método es, en primer lugar, una situación más que un argumento: un ciudadano de clase media, 39 años, separado de su mujer a raíz de la muerte de su primogénito, que va dando tumbos sentimentales y laborales en la difícil tarea de encontrarse a sí mismo. A partir de aquí, Ford, en la tradición del dirty realism que se llevaba entonces (una denominación que creo recordar que no le gustaba), despliega su realismo topográfico, porque son los objetos, los coches, las carreteras, los establecimientos comerciales, la ropa, los materiales de construcción los que levantan el fresco de realidad. Ford idea unas escenas sencillas, verosímiles, de tensión discreta y creciente, como hacía Carver en sus cuentos, o como hizo el venerado Chéjov (Carver escribió un libro de poemas con fragmentos suyos, y Ford editó una antología de sus cuentos), o como después hicieron James Joyce en Dublineses o Sherwood Anderson en Winnesbourgh, Ohio, quizá los pioneros de este tipo de realismo. La narración transita por relatos independientes, escenas descritas minuciosamente, hasta que hay algo, una reacción, un detalle que aniquila la buena voluntad de los personajes y los vuelve a sumir en el vacío.

Bascome no es un sujeto ejemplar. La vida lo ha zarandeado y él apenas ha sabido sobreponerse, pero no por ello infecta el texto con jeremiadas. Su actitud es más bien la de quien pone al mal tiempo buena cara, quien se encoge de hombros e intenta que la sangre no llegue al río. Su inmensa desolación se revela precisamente en su intento de negarla, o por lo menos de tomarla como algo normal, en todo caso comprensible. Pero Ford introducía dos elementos más: sus hermosas descripciones, que en cierto modo rehabilitan la sordidez que late bajo el límpido cielo, y las reflexiones sin límite poético ni intelectual, o sin más límite que el ritmo sostenido que anima la novela entera. Es, desde luego, una novela «muy escrita», medida y pulida, sin apresuramientos monológicos y sin que el autor termine nunca una página porque se ha cansado sino porque ya ha llegado al tono general al que se sometió desde el principio.

El libro se publicó en 1986, cuando Ford (Rock Springs) había ascendido a la división de honor de Raymond Carver, y hay mucho en El periodista deportivo de episódico, de un cuento tras otro, unidos por el fino y resistente alambre de la historia general: la pérdida del hijo, los sentimientos resbaladizos hacia su exmujer, las ganas de salir a flote con nuevas compañías, los reveses, las capitulaciones. Tan solo hay un elemento argumental que, sin dejar de ser realista, suena un poco más novelesco: la nueva relación sentimental de su exmujer. Poco, ciertamente, porque también eso resulta ser la venganza de otra novia… El resto, más que realismo, es la misma realidad con sus elocuentes y minúsculos detalles.

Creo que sigue en pie esta forma de narrar. La mantuvo Ford en El día de la Independencia y en Acción de gracias, aunque en ellas ha crecido la sensación de absurdo con la que Bascome sigue mirando el mundo, la derrota como punto de vista, el fracaso como paisaje, la contradicción que anida en casi cada uno de nuestros movimientos. Se anuncia una nueva entrega de Bascome, después de que hayamos disfrutado, tras la estupenda Canadá, de un espléndido retrato de sus padres, modélico también, y de Francamente, Frank. Richard Ford es, ya hasta el final, un compañero de viaje. La realidad sigue pudiéndose contar así, sin panfletismos ni saltos mortales, sin ocurrencias ni sorpresas, sin extrañas casualidades ni esas rimas del azar que acaban resultando algo cansinas, cuando no falsas. La realidad transcurre desarticulada, inasible pero compacta, como el río que nos empeñamos en remontar porque nos parece una derrota dejarnos llevar por la corriente. Los héroes nadan río arriba, pero los ciudadanos comunes bastante tienen con seguir a flote.

Si comparamos, por ejemplo, El periodista deportivo con cualquiera de las novelas de Johathan Franzen, veremos hasta qué punto se mantienen vigentes sus respectivos modos de practicar el realismo. Lo de Ford parece escrito ayer. Lo de Franzen nunca pasará de ser escritos de juventud, adiposos, llenos de trucos infantiles, obsesionado con una brillantez sin interrupción que pronto hace aguas, y, desde luego, en absoluto perdurables. Ford, ya digo, juega en otra liga. Se le compara con John Updike, pero aquí es posible que me traicionen mis querencias generacionales. Es curioso: cuando la leí entonces, el protagonista tenía quince años más que yo, y ahora soy yo el que tiene quince años más que él. Lo que entonces me parecían miserias de la vida adulta, ahora me suenan a esa tierra de nadie que es el final de la juventud. Entonces la leía con curiosidad; ahora, con un poco de compasión incluso, no sé hacia quién. Lo que no ha cambiado es la certeza de que sigue siendo el camino para hablar de ciertas cosas. Me gusta recordarlo en tiempos de panfletos básicos, realismos ideológicos y reportajes dominicales, por no hablar del insoportable autobiografismo y la fraudulenta autoficción. Cuenta Ford (hace años) que su mujer leyó una vez unas páginas suyas, acaso mientras escribía esta novela, y con cierta desolación le preguntó: «¿De veras piensas que el mundo es así de triste?». Ford debió de explicarle que ese era su punto de vista, no su vida, y que no afectaba a su existencia verdadera. Pero al ver la inquietud de su esposa también debió de pensar que había acertado con el método.


Richard Ford, El periodista deportivo, Anagrama, 1991, 396p.

28.1.17

La edad de no ser nadie


La lectura, hace relativamente poco tiempo, de Francamente, Frank, y una bloguería de Marcelo, aparte de un ambiente propicio para las novelas largas, me animaron a leer Acción de Gracias, la tercera de la tetralogía Bascome de Richard Ford. De El periodista deportivo tengo buen recuerdo porque hacía que la propia vida, contada en esos mismos términos, tuviera un relato interesante: un americano medio, desengañado, ácido y culto, capaz de encontrarles a las situaciones normales su lado más patético sin usar jamás la brocha gorda. Era, recuerdo, el escepticismo mostrado con sarcasmo inteligente y tibio, un modo de encarar el mundo alrededor, incluido el que podía vivir quien lo leyese. Sin embargo el recuerdo de El Día de la Independencia no es tan estimulante. Creo que me cansé de verlo vender casas, aunque merecería una segunda lectura porque ahora, como el propio Bascome, estoy interesado por cosas que antes me dejaban frío.
Pero la edad anima a buscarle algún sentido a todo esto. En Acción de Gracias Bascome ya tiene 55, está en lo que él llama el Período Permanente, cuando cualquier variación de lo definitivo ya tiende a empeorarlo. Los cincuenta son, al menos narrativamente, más interesantes que los cuarenta, cuando se supone que aún se puede perfeccionar, al menos en madurez, en dominio de uno mismo. A los cincuenta, cualquier excepción a ese dominio es una vergüenza o una enfermedad. 
            Bascome tiene cáncer de próstata, está muy bien tratado en la clínica Mayo. Su segunda mujer, Sally, se ha largado con su anterior marido, al que creía muerto. La última, Ann, intenta acercarse compasivamente a él pero retira la mano antes de tocar el fuego (la venganza de Ford en Francamente, Frank es magnífica). Su hija Clarissa acaba de dejar una relación homosexual y está liada con un verraco. Su hijo Paul es gilipollas, un casi treintañero de diez años incapaz de procesar la importancia de las cosas, histriónico y desesperante, sin un pase. Aunque quizá el que más aparezca, y con más afecto, sea el hijo de nueve años que murió en El periodista deportivo y desencadenó su divorcio de Ann. 
        Mucho más que a todos ellos ve a Mike, su socio  en el arte de vender casas por la costa de New Jersey, en barrios donde cualquiera que se pasea por allí ha tenido acceso a una hipoteca de un millón de dólares o trabaja para ellos, un asioamericano que aspira a quedarse con el negocio, practicar el budismo, ganar mucha pasta y tirarse a cuantas más mejor. O al viejo Wade (ya Marcelo nos recordaba su aparición en El periodista deportivo), con quien asiste a una demolición controlada en, quizá, el mejor pasaje de la novela. O a una camarera neurótica de un bar de lesbianas de polígono, en el pasaje algo forzado de la ventanilla del coche. Todos personajes episódicos, por más que sus familiares (o su socio) entren y salgan de la narración. Frank Bascome está esencialmente solo, y la enfermedad lo he enternecido lo suficiente como para organizar un Día de Acción de Gracias en el que todo el mundo tenga la obligación de ser afectuoso con él. 
Frank ve venir la muerte, la entiende, la hace verosímil, hay una clínica Mayo que se lo demuestra con todo lujo de atenciones, aunque puede venir de cualquier modo, con cualquier error. Puede venir, por ejemplo, del error de creer que aún hay algo que queda en pie, algo tan romántico y pasado de rosca como llamarle la atención a un gamberro quinceañero. Eso también es muy cincuenta, creer que tu autoridad moral puede suplir tus ya evidentes mermas físicas. Uno se convierte en un señor, un ciudadano cada vez más frágil pero vestido de señor. Puede acabar peleándose con un borracho en un tugurio (en un arranque que choca con la actitud siempre reflexiva, previsora —aunque se equivoque— de Frank Bascome), o pelado de frío dentro de un coche, pero camina por un territorio para el que ya no le quedan fuerzas. 
Al personaje le van sucediendo cosas, y esas cosas apenas determinan el desarrollo de las posteriores. Están pintadas con el mismo tono gris metálico, pero son partes, en general, autónomas. Están hiladas en torno a un tiempo limitado, siguen en presente el transcurso del día. “Los momentos decisivos de la vida vienen a nosotros de manera enteramente caprichosa”, y la sorpresa de lo que podría haber salido mejor (o todavía peor), pero nunca como uno quisiera, es la fuerza que mueve la corriente del relato.
Richar Ford lleva la etiqueta de realismo exhaustivo. Y tanto. El personaje baja de un coche, pone un pie en el asfalto y, antes de que ponga el otro, el narrador nos ofrece un minucioso inventario de los establecimientos que hay en esa parte de la calle. Es un decir. Con frecuencia es llamativo el perfume a exactitud, como si Ford estuviera siempre tomando notas en el lugar donde suceden los hechos, tomándose su tiempo para averiguar lo que un vendedor de casas sabría después de mucho tiempo trabajando en la misma zona. Y sí, suena a exhaustivo, pero es agradable porque mantiene el lado panorámico de la novela. La prosa suena a reescritura permanente, con datos de ambiente de todos los colores, de un realismo pericial, reticular.
El realismo, en cambio, está más presente en los temas que en los hechos, aunque, tratándose de Estados Unidos, la extravagancia de los hechos suele ser del más crudo realismo. Pero sí: la familia descompuesta, casi imposible de zurcir (ni aunque creas que te estás muriendo), llena de víctimas de sus propios sueños, cerebros estragados por la fantasía de sí mismos. A Frank, aunque ya está demasiado acostumbrado a la soledad, le gustaría darle a la noche del pavo un sentido de recomposición, de presentación de bienes duraderos, pero todo es escurridizo y las piezas no podrían encajar aunque quisiesen.
Así que uno viaja en el Suburban de Bascome (con la ventanilla rota) y va viendo ejemplos de descomposición social, de locura colectiva, de pérdida de más referencia que la de uno mismo y el brillo de sus zapatos. Hasta que, después de tanta gente más bien rara, pero verosímil, irrumpe lo excepcional, lamentablemente también verosímil. Uno no debería preocuparse tanto por la salud en un país en el que un mocoso puede ir asaltando casas con una metralleta. Caminan bajo los tiestos en medio del ventarrón. Ocurre, y es un tema real y preocupante, pero es excepcional, contingente, que decía Ferlosio, no panorámico.
¿Es eso un defecto? Nada más terminar pienso que habría sido mejor la novela sin un final dramático y redondeador, más coherente quizá sin que a última hora no hubiera venido ese rayo de sol con la reaparición de Sally. No sé si guarda esa reaparición las proporciones con la ingente cantidad de detalles que puebla la novela, un días después que pone demasiadas cosas en su sitio. Las cosas no estaban en su sitio. Las cosas no tenían sitio. Pero debe de ser también muy cincuenta buscarle un sentido a lo inamovible, cambiar de residencia y volver a empezar aunque sea poco tiempo. En algún lugar Bascome dice que toda la novela norteamericana se sustenta en el hecho de que un personaje se cansa de vivir en una ciudad y se marcha a otra. En ese, y en unos cuantos otros sentidos más, no sé si será una genuina gran novela americana, pero sí, desde luego, una novela dispuesta a agotar las posibilidades de interpretación de un sentimiento, de una forma muy concreta de estar dentro de la vida. 
Richard Ford, Acción de Gracias, Anagrama, 2008, 731 páginas.

30.1.16

La sonrisa del jubilado

             

En una entrevista en Newyorker, mientras promocionaba este libro, Richard Ford cuenta que no tenía previsto volver a meterse en la piel de Frank Bascome hasta que, como suele suceder, los hechos lo pidieron, en este caso el huracán Sandy, que en 2012 devastó buena parte de la costa de New Yersey, el mundo donde Bascome había vivido. Esa imagen tan sorprendente para un europeo, la de grandes casas de madera que saltan por los aires como si no tuvieran cimientos (en realidad no suelen tenerlos), a Ford debió de parecerle un símbolo muy nítido de los pocos miramientos con que actúa la naturaleza para poner en su sitio ese castillo de naipes en que suelen consistir nuestras vidas. Y ese nuestras es posible que abarcase la vida de Richard Ford pero también la de un país capaz de autoflagelarse con gobiernos que tienen el efecto de un huracán. No creo que sea gratuito el hecho de que en Francamente, Frank los personajes, salvo el narrador, Bascome, son blancos adinerados con los que la naturaleza no ha tenido piedad: un rico inversor que compró a Bascome la casa donde vivía en Acción de gracias y el huracán la ha hecho trizas; su propia exmujer, enferma de párkinson, a la que Bascome trata con un sarcasmo solo totalmente comprensible en las últimas páginas del libro; su viejo amigo Eddie, enfermo terminal en su mansión de triunfador, con quien tampoco Bascome usa un gramo de misericordia. Todos son como esas casas que vuelan en remolinos, que se acuestan de un lado, que se vuelven del revés por efecto del vendaval. Viven en una burbuja de dinero, retoques faciales, residencias caras, cursos de feng shui, batas sueltas y recuerdos enmarcados que son un último refugio inconsistente contra el verdadero invierno que los va a despedazar.
Por este lado Bascome, un agente inmobiliario retirado, que vive con su tercera mujer, Sally, en una especie de ataraxia marital de la que ya han desaparecido las obsesiones y los delirios de grandeza, se dedica a salvarse por la vía de la aceptación. Su epicureísmo de jersey de lana lo ha librado del naufragio. Su mujer lo hace feliz. Sus hijos están lejos, sus ahorros y sus planes de pensiones le darán un pasar aceptable hasta el final. Ha salido de la jungla, por así decir, y dedica el tiempo libre a ver en el horizonte siluetas de pescadores y a esos trabajos comunitarios que hacen los jubilados norteamericanos y que sirven para nutrir su conciencia ciudadana con los desperfectos del sistema que tanto aman: los veteranos desasistidos, las familias sin recursos, la gente maltratada por la naturaleza humana. Bascome lee relatos en la radio local y reparte folletos a excombatientes del delirio de Bush en Irak.
Porque las cuatro historias que componen el libro (en realidad una sola, conectada por hilos firmes y bien distribuidos) tienen una primera lectura política. Entre tanto blanco desmantelado hay dos personajes negros muy importantes: una mujer, ya en sus sesenta, algo más joven que Bascome, acude a visitar la casa del narrador porque allí pasó su infancia y sufrió una de las muchas consecuencias desastrosas de la segregación racial. Esa mujer se nos aparece entre los fantasmas del neoliberalismo enloquecido como alguien con suficientes motivos para volverse loca que sin embargo forma parte del lado normal y necesario del país, del lado consciente y sensato que sobrevive al huracán. Es profesora de historia y sigue manteniendo la relación con aquellos que entonces no tuvieron prejuicios para socorrerla, y es una de esas personas (como la asistenta del moribundo, también negra) que nos hacen despreciar nuestras sofisticadas preocupaciones y al mismo tiempo, o quizá por eso, resultan necesarias para que todo tenga sentido.
Obama sale muchas veces en esta novela, en boca de los republicanos que lo fusilarían con un arma de asalto, en carteles de cuando su pelea con Mitt Romney se convirtió en un asunto moral, en retratos de besamanos que luego adornan las salas de billar de financieros sin escrúpulos, incluso en el coche de Bascome, un Sonata, coche de jubilado sin preocupaciones, en forma de pegatina que Frank comenzó a quitar pero en la que aún se ve la sonrisa del presidente. Y es Obama, en fin, el que da unidad a las cuatro historias, que se cierran con un ejercicio de contraste muy literario entre la cadavérica fastuosidad del viejo amigo, de la vieja América neocón, y la sonrisa del repartidor de gasoil, un muchachote negro, entregado a su familia y a su comunidad, que, como dice el propio Bascome, “es lo mejor que podemos ofrecer”, dicho sea con un último brillo de esperanza en la mirada. La propia Sally, su esposa, tiene algo de Michelle Obama, arremangada y solidaria, que no mira mal al marido porque coquetee con una rubia europea sino porque están en un entierro. Sally/Michelle no acabará en un hangar para élites, esa especie de incubadora de la muerte donde vive su última mujer. Y al propio Frank, si no quiere amargarse la vida, más le vale seguir saludando a la gente que reparte el gasoil y dejarse de viejos amigos perturbados por su egolatría.
Todo ello, como digo, en cuatro novellas perfectamente coherentes. (No sé por qué a las dos novelas distintas de Canadá las toman como una sola y a las cuatro tan homogéneas de Francamente, Frank por relatos independientes. Misterios de la edición.) Están escritas quizá con más humor del acostumbrado, con más buen humor general, quiero decir, ese que se convierte en divertido sarcasmo cuando algo viene a perturbar la paz. Bascome está en la edad en la que el único problema interesante es que se atasque la tubería del lavabo. Todo lo demás debe quedar fuera. Abres la puerta de tu algodonosa guarida y todo son zarpazos del pasado. La lectura moral, epicúrea de la novela, es un manual sobre cómo afrontar la jubilación. Como el propio Bascome dice varias veces, vivir es ir restando, podar lo innecesario. Ezequiel, el repartidor de gasoil, “es esencial”, pero las viejas traiciones y las ambiciones pasadas de fecha son perfectamente prescindibles. Quizá esta sea la más optimista de las cuatro que tienen a Frank Bascome como narrador y protagonista, al menos de las tres que yo he leído, precisamente porque el pesimismo, llegados a cierto punto, también es prescindible. Supongo que esa es la razón por la que los ancianos sonríen cuando hacen turismo, la misma que les hace racionar las amistades o mantenerse a una prudente distancia de la familia. No es egoísmo (Sally no para de ayudar a los afectados por el huracán) sino afán de perfeccionamiento, depuración de la felicidad.
De modo que esta novela de gente que se muere entre los escombros del lujo, que contrae una cruel enfermedad o que chapotea en la ruina resulta un libro incluso alegre, podado de la hojarasca sombría que, al menos en mi caso, apelmazaba la lectura de El día de la independencia. Ford se sigue dedicando al realismo exhaustivo, pero esa exhaustividad va tomando diferentes coloraciones según la época de su vida que retrate Bascome. En Francamente, Frank yo diría que se trata de una exhaustividad moderada, más ligera que en entregas anteriores pero no que en Canadá, una novela que a mi juicio puso ciertos límites a la entomología realista.
El método, con todo, no ha cambiado. Una situación presente (interesante lo que dice al respecto en la entrevista del Newyorker), ya sea encontrarse con el antiguo comprador, recibir a una amable desconocida o visitar a dos enfermos, cuya comprensión exige, por un lado, describir el contexto que da sentido a esa situación, y por otro el punto de vista minucioso con el que el narrador atraviesa por ella. “Hay que estar abierto a lo que no es evidente”, le dice Bascome al viejo amigo en las últimas, cuando este se queja de que en los libros de Naipaul (Narpool) suceden pocas cosas. En eso consiste el atractivo de la prosa de Ford, en la atención por lo desapercibido. El novelista es el historiador de lo que no se expresa pero sucede. La realidad no hace más que asomar. Tan solo la entrevemos, y el artista es el que abre un poco el hueco, el que hurga en lo escondido.
Dejé pasar Acción de gracias, la anterior novela de la serie Bascome, porque El día de la Independencia me había saturado. Canadá me reconcilió con Richard Ford, pero Francamente, Frank me ha reconciliado con Frank Bascome. Igual es el momento de volver a ella.

Richard Ford, Francamente, Frank, Anagrama, 2015, 228 páginas.

6.10.13

Canadás


Conviene hacer un alto al principio de la segunda parte de Canadá, de Richard Ford, por la sencilla razón de que la primera, de 250 páginas, no solo es extraordinaria (lo que más me ha gustado de Ford, sin duda) sino que no habría pasado absolutamente nada si la hubiesen publicado como novela autónoma. Pero, desde el momento en que la segunda parte, igual de larga, promete tanto como la primera, igual es preferible hablar de ellas por separado, sin tener en cuenta la una para la otra. Esto no es sacarle un defecto prematuro, valga la hipálage, sino doblar el placer y sobre todo retener lo más posible su frescura.
               Porque esta novela es fresca. Aparte de sus libros de relatos, Rock Springs o, más recientemente, Pecados sin cuento, que siempre me interesan, como novelista dejé de leerlo con El Día de la Independencia, que, para qué negarlo, me aburrió. Pero a principios de los noventa me había divertido mucho con El periodista deportivo, porque la manera de contar su vida de aquel Frank Bascome era perfecta para contarme lo que, recién llegado a Madrid, yo mismo veía. Lo leí, claro, llevado por la inercia de Raymond Carver, uno de mis grandes descubrimientos por aquel entonces. Mío y de todo el mundo, porque en los 90 solo se escribían cuentos Carver, escenas cotidianas, minuciosamente descritas, meticulosamente anodinas, llenas de gente con problemas que cada dos páginas abre una lata de cerveza. Era aparentemente fácil y casi todos los cuentistas lo intentaban, pero entrañaba un doble peligro: hacía pensar que cualquier cosa, incluso la propia vida, podía convertirse en cuento, y que la etiqueta de realismo sucio se refería al estilo, que no era producto de la depuración poética sino de escribir de cualquier manera. Richard Ford, si no discípulo de Carver sí su heredero, o al menos el mejor afín superviviente, siempre ha cimentado sus historias sobre esas dos columnas: buenas historias y un lenguaje muy depurado. En El periodista deportivo, además, había encontrado el modo de trasladar el mundo de aquellos cuentos a una narración continuada, con esa voz que, como digo, servía entonces para narrar el mundo.
               Luego Ford se hizo novelista exhaustivo. Es un sarampión adulto que también tuvo Irving con Hasta que te encuentre y tantos otros con esos novelones forrados de detalles que no parecían tener más objeto que llegar a las mil páginas, como aquel que al menos una vez en su vida decide recorrer un maratón. Así me supo El Día de la Independencia, con una profusión de detalles agotadora, sobre todo porque estaban al servicio de la descripción de los personajes y no de lo que se narraba. Era el mito del tour de force, que a veces sale bien (Gurganus), y a veces, como decía el otro, lo arrojas a la piscina.
               De modo que empecé Canadá (500 páginas de apretada tipografía, nada de letrajas) con la duda de si no sería otra nueva entrega de exhaustividad y matrimonios en crisis, y lo que me he encontrado ha sido una novela (de 250 páginas, la primera, ya digo) admirable, magistralmente construida, narrada con delicadeza y fluidez, minuciosa, sí, pero siempre justa, nunca pleonástica o cargante, con la misma sosegada lucidez con la que hablaba Bascome pero sin demasiadas reflexiones, tan solo las más oportunas, las que nacen de glosar escenas estupendas por sí solas.
Todo se cuenta desde la mirada de un chaval de quince años, a principio de los 60, en la Norteamérica profunda, a través de la memoria de un profesor ya jubilado que se empeña, y lo consigue, en no salirse de aquellos ojos de quince años, de lo que veía y lo que sentía, de cómo juzgaba las cosas entonces, cuando las encontraba, no ahora que todo puede juzgarse. Su realidad entrevista no incluye la verdad de nadie, sino lo que se puede ver de esa verdad, los datos que nos hacen imaginar la verdad. La infancia y la memoria ven los colores que flotan, las sonrisas que destacan, los gestos desde detrás de una puerta, el sudor, el miedo, el desamparo, todo ello pintado sin colores fuertes, con la suavidad de lo que se debe amar para que uno se reconozca como digno de ser amado. “Nuestros padres siempre nos quisieron”, “siempre quise a nuestros padres”, se repite alguna vez, y eso significa que la narración no se emponzoña nunca de resentimiento, jamás carga las tintas contra sí misma, la muestra en su desnudez, en su mirada limpia, narrada sin arrebatos pero con un profundo sentimiento que por ahí he leído calificar de elegíaco. Este no es un libro de lamentaciones. Con decir que es hermoso y profundo yo creo que nos habríamos entendido.
El chico, Dell, no juzga, comprende, y es eso sin duda lo que más me gusta de esta primera parte. Comprende al padre que huye jubilosamente hacia ninguna parte, a la madre que se dejó llevar, a la hermana que se marchó. Ford comprende incluso a los carceleros y a la amiga de su madre y a los indios que vigilan a su padre. Incluso lucha por comprenderse a sí mismo, cada día, mientras a su padre se le metía en la cabeza atracar un banco y su madre terminaba siendo cómplice de la chapuza y a los dos días ya los habían metido en la trena. No hay más narración, y el propio autor, como se hacía en las comedias clásicas, explica con claridad el argumento entero, para que nadie espere más de lo que hay, pero sí todo lo que hay. Excepto, quizá, una detallado y violento relato del atraco, que Ford ventila con ligereza, porque no es eso lo que íbamos buscando. No son los hechos los que forman la vida sino las circunstancias que llevan a esos hechos y las consecuencias que de ellos se derivan. Los hechos no son más que hechos, datos ruidosos, pero datos.
Y lo que hay, además de los hechos, es mucho: capítulos cortos, escenas descritas, pulidas, amparadas en detalles, en gestos, en miradas, en objetos, nunca más de lo debido, siempre con esa desnudez obligatoria que es lo contrario de la exhaustividad y lo propio del verdadero realismo. Ford termina las escenas como aquel que coloca la última pieza de un puzle con cuidado de no estropear las otras muchas que hay ya puestas, de modo que no sobre ni falte ninguna, o solo la que se come el protagonista en una escena memorable. Pero también se ocupa de que la novela nunca parezca el resultado de esa estudiadísima colocación de piezas sino del flujo narrativo, transparente y hondo, sobrio y natural, luminoso sin más alarde que el de la palabra justa en el sitio adecuado.
La segunda parte, en cambio, no tiene nada, pero nada que ver con la primera. Al chico, Dell, lo acaba recogiendo, por así decir, el hermano de una amiga de su madre, Arthur Remlinger, un tipo raro al que no podía dejar de imaginarme como el hermano superviviente, violento y suicida, de Sartoris, o como a aquel personaje de Leviatán que se dedicaba a poner bombas en las estatuas de la libertad. Lo que en la primera mitad del libro era proporción y desnudez, en esta segunda parte se embarra de descripciones inventariales, muchas de ellas repetitivas, y personajes que no parecen ir a ningún sitio: Charley, el criado de Arthur Remlinger, un sujeto medio salvaje que, sin justificación de ningún tipo, narra el pasado oculto de Remlinger, que hasta entonces, un poco demasiadamente, había sido como el Kurtz de la narración, el héroe ausente del que se van sabiendo atrocidades poco a poco. No es ocioso que cite al propio Conrad, casi al final de la novela, cuando en un epílogo tipo muchos años después retome la primera parte y nos haga pensar que o bien nos ha escamoteado la continuación de la primera, o bien ha empalmado dos novelas distintas.
Esta segunda historia se basa en un tópico mefistofélico: el anarquista huido (anarquista americano, más cerca del Tea Party actual que de otra cosa) que debe cargar con su pasado cuando viene a visitarlo en forma de dos sujetos bastante estúpidos que pagan por entrar en la ratonera donde los van a matar. Así como la primera parte es una historia redonda a la que no le falta de nada, esta segunda se queda debajo de una hojarasca de reflexiones pleonásticas y una carpintería de referentes clásicos que hurtan al lector, como se suele decir, el cuerpo de lo que se le cuenta.
Las últimas frases del libro, después de un final algo tedioso, un reencuentro forzado con su hermana melliza, medio siglo después, quizá sirvan para justificar este injustificable zurcido: “tendrás una oportunidad mejor en la vida… si te supeditas, como sugirió Ruskin, al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar”.
En este caso es bastante fácil. Lo bueno es la primera mitad, magnífica, y lo malo es ese apaño que solo puede justificarse desde la hipótesis de que alguien pueda encontrarle relación. La prosa trepidante, además, devora alguna de las mejores cualidades de la primera parte. Allí hacía calor, era verano, agosto. En esta segunda parte es Canadá, otoño cinegético, primeras nieves. Y, para asombro del lector, en la novela nunca llega a hacer frío. A lo mejor es que nos imaginábamos en algún repliegue de la conciencia el río Congo y no el lago Reindeer.
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