7.10.19

Catalpa


Las catalpas están alicaídas. Sus hojas grandes tienden a estar mustias, algunas empiezan a decolorarse. Plantamos tres catalpas en la época de la sombra ornamental, sin saber que su sombra es muy tenue, apenas una celosía de hojas leves que mancha el suelo con corros de luz. Yo las había visto en el jardín del instituto, en Madrid, donde trataban de apretar las ramas y sacar copas frondosas de un árbol que es de otra manera. Mientras las nuestras crecieron eran árboles destartalados, y más de una vez nos preguntamos si lo que hacían los jardineros de Madrid era lo más aconsejable. Pero las dejamos estar, afortunadamente. Ahora que ya tienen seis o siete metros de altura, su coherencia nos encanta. Las ramas se extienden muy abiertas, languidecientes, como los brazos de un poeta que hace el gesto de volar, y las hojas, que han estado tersas pero nunca rígidas, no la tiesura de la higuera ni tampoco el desmayo del sauce, tienen más bien un caerse como caen los dedos de la mano muerta, que nunca cuelgan verticales. Ahora ya están más frondosas, así que, cuando empiezan a desfallecer las hojas y a clarearse las ramas, adquieren una delicadeza japonesa, de trazos sutiles, lentos, como en precario equilibrio, momentos de un lento descender hasta ese ocre cobrizo que toman cuando ya están a merced del viento, y cualquier ráfaga un poco desabrida las hará caer.
 Pero todo es más veloz de lo que yo quisiera. Esta mañana no había más que media docena de hojas amarillas, y esta tarde ya han teñido buena parte de la copa. Nada ocurre lentamente en la naturaleza, todo son procesos súbitos, bajones repentinos y arreones fulgurantes, y entre medias esos mismos procesos escapan a nuestra atención pero son igual de bruscos. Ver crecer la hierba es un sinvivir de acontecimientos. Verla morirse, todavía más. Cuando empiece el concierto de ocres no daremos abasto para registrar los tonos, ese aspecto de bronce vulnerable, de armas caídas, pero también de una elegancia rara. Entre las frondas del cerezo y el nogal que la flanquean, por encima del tupido follaje de los membrillos, la catalpa exhibe su fragilidad, su resignación, su arte para ser bella y delicada en medio de un bosque de árboles monumentales.

6.10.19

Bicicleta



Desde la ventana de mi estudio no veo más que árboles y un pedazo de cielo, pero desde la cocina, mientras estoy fregando, diviso, a unos doscientos metros, el camino paralelo al río, una cinta blanca jalonada, entre el agua y el camino, por altos chopos de ribera. En las tardes de domingo veo pasar bicicletas que se deslizan lentamente por mi campo de visión. Son como esas películas pedantes en las que había que ver un coche desde que entraba en la verja de la mansión hasta que aparcaba en el suelo de gravilla, delante de la puerta. Pero tiene su punto, ver la bicicleta como un movimiento lineal, artificial, prolongado, entre los miles de movimientos mínimos de las hojas de los árboles. Disfruto cuando pasa alguien de paseo, erguido sobre su bicicleta holandesa, a veces una pareja, a veces la familia entera, con los patitos ciclistas detrás de la pata madre, mucho más que cuando atraviesa un deportista vestido de marciano y dando botes. Es más hermoso el movimiento único del ciclista dominguero y la bici de paseo, como si fuera por un riel, como los recortables que cruzan el escenario del teatrillo, a lo lejos, una silueta distinguible pero no identificable. En todo caso, son los únicos seres humanos que veo desde mi ventana. Lo demás son máquinas, tractores, camionetas, cosechadoras, que ahora pasan con más frecuencia (la frecuencia de las siembras y de las cosechas), y regresan a la ciudad por las noches con las luces encendidas. Ladran los mastines al verlos pasar. Si han estado hasta muy tarde, perturban el sueño como una noche de demasiado calor. Pronto llegarán los fríos y el camino quedará tranquilo. Volveré a ver entonces el movimiento de las hojas y de las tórtolas que cruzan el valle y el de los grajos que las persiguen, o el racimo de cabras que Carlos, el granjero de más abajo, saca a que devoren los rastrojos, o como mucho el criador de caracoles que va y viene por esa especie de camposanto de lápidas blancas rodeadas de hierba debajo de donde engordan los gasterópodos.
Los ciclistas no me ven a mí, y menos en esta época del año. Yo los veo a ellos entre las ramas de la catalpa y el castaño. En algunos tramos del camino es un movimiento discontinuo que aparece y vuelve a desaparecer detrás del cerezo viejo. Para ellos soy un cristal que brilla en la espesura cuando el sol ya va muy bajo.

5.10.19

Cardo


Nos pasó con las espinacas y con las borrajas, que de pronto brotaban por todas partes, como un hierbajo más, y luego desaparecieron, como si una rara conjunción climática hubiera hecho comparecer a las almas de las semillas durante una breve temporada. Y después está ocurriendo con los cardos, que acaban de terminar su primavera y de sus flores, esos cilios de color violeta que antiguamente usaban para cuajar la leche, ya solo queda un flósculo reseco con brácteas puntiagudas y una pelusa como los hilos de un cable quemado. Al principio los tomábamos por alcachofas, otra asterácea, pero esas pencas gruesas blanquecinas apuntaban directamente, otra vez, a Sánchez Cotán, y por eso los conservamos, más bien los toleramos en una colonia que han formado junto al castaño de Indias. Sin razones de peso, imaginamos que estarán más amargos que los que se cultivan en el huerto, y no los vamos enterrando ni tapando con bolsas negras a medida que llega el invierno para que no se hielen ni les dé la luz. Esa siniestra manera de conservarse es la que los hace tiernos y comestibles, convertidos en tubérculos cuando habían sacado los tallos al sol, y es, por otra parte, el proceso de cultivo que más se parece a la vida de un cartujo como Sánchez-Cotán. Su excelsitud se conserva cubierta de silencio, solo envuelto en su hábito y respirando el aire de los claustros se desarrolla un espíritu delicado, y eso que antes de guisarlos, por ejemplo, en salsa de almendras, hay que limpiarlos porque en las aristas del tallo acanalado crecen unas espinas romas. Estos nuestros son, por así decirlo, monjes sin hábitos, expuestos al desparrame de la intemperie, que tampoco es tanto, y a crecer emboscados en la multitud, y a que cada año los cortemos y los echemos al estercolero.

4.10.19

Arce


Cuando fuimos a comprar unos plantones de arce al vivero provincial, pregunté a un operario cómo de grandes se hacían. Él me señaló uno imponente que había en la entrada, y a mí me pareció que era lo que estaba buscando. En aquella época solo perseguía la sombra. Pero el hombre se sonrió como si me estuviera tomando el pelo, y compartió la sonrisa entre sus presuntos cómplices. Hace un par de años, los cuatro arces ya eran más grandes que el que me enseñó el listo aquel. Tanto, que habían creado una pantalla de hojas que hasta bien entrada la mañana no dejaba que le entrase el sol a los tomates.
Así que los podamos. Estas especies resistentes y meleables admiten, por lo que leí, podas salvajes, como las de los plataneros que se ponen en las piscinas, que acaban siendo un tronco con pelambrera. No dejé ninguna rama, y a la primavera siguiente el arce se erizó de varas muy rectas de hasta cuatro metros de longitud que luego sirvieron para rodrigar las judías. Como pasa con los chopos cabeceros, en el uso encontramos la ilusión del ecosistema. Los arces ya estaban como aquel que me enseñaron con guasa en el vivero, grandes, como espigados. Ahora el tronco engorda y en la cabeza cicatrizan las varas del año anterior y salen nuevas, cuyas hojas amarillean antes que las de los chopos y dejan pasar la luz pero no la visión. De vez en cuando pienso si estos arces estarán también quitando el sol a los pepinos. Hay árboles que entran en la categoría de talables. Con el majestuoso sauce ni me lo plantearía. 
Trajimos estos arces proletarios en la época de los árboles ornamentales, castaños de indias, plataneros, los odiosos ailantos, sin contar con «el chopo y el sauce de fronda verdicana», que dice Virgilio, a la que siguió la época de los frutales, como si el tiempo nos hubiera hecho pasar del frívolo jardín al hacendoso huerto, o estuviéramos adaptando las especies ornamentales a la humildad campesina. Ahora está la cosa en equilibrio. De la botánica bella y poco fructífera, todavía quedan, aparte de las flores, algún abeto traído del Baztán y unas lagerstroemias recién nacidas que solo dentro de muchos años dejarán de ser cursis arbolitos esmirriados y empezarán a parecerse a los monumentales arbustos que presiden la entrada de Itzea y que Baroja, por cierto, tampoco vio.

3.10.19

Piedra


Estaba recogiendo unos piedrolos para los alcorques y me acordé de los versos de Valle-Inclán:

Quiero una casa edificar
como el sentido de mi vida,
quiero en piedra mi alma dejar
erigida.

Claro que don Ramón estaría pensando en sillares de algún pazo, el granito verdoso de los linajes antiguos, y no en los humildes cantos de río que salen aquí, cuyo más alto destino ha sido el de ser enterrados en muros de hormigón. Antiguamente se amontonaban en los linderos, en las paredes de las terrazas, en el suelo de las cuestas, allá donde hubiera habido que sacar piedras del bancal para poder labrarlo, allá donde sobraban.
No empecé a ver la belleza de estas piedras cuando pensé en su metáfora rodante, sino cuando Federico, un pintor de paisajes que murió hace muchos años y vivía cerca de aquí, decidió cubrir el talud junto al que baja el camino, que tiene entre uno y cinco metros de altura, con piedras de río sujetas por detrás, de modo que al frente no se viera el feo cemento gris. Creo que fue la primera obra de arte que vi hecha con cantos rodados, más allá de los mosaicos de chinarros con que se pavimentan los patios de las ermitas. Pero sobre todo recuerdo la de años que empleó en levantar el muro, siempre con el mismo rito: traer un par de carretillos de piedras de los campos roturados, amasar una gaveta de mortero, y con una paleta pequeña, triangular, ir calzando piedras entre el silbido de sus cantinelas y el tintineo del metal. 
La obra se mantiene intacta, sobria, imponente, con todas aquellas piedras que antes de quedar milenios enterradas en zahorra fueron corriendo aguas abajo, esmerándose, redondeándose, hasta conseguir el hito moderno de no tener ni una solo línea recta en su superficie. Dicen más esas piedras tersas que el bloque de granito gris o arenisca rubia, porque los sillares dicen de la mano que las labrara, pero las otras nos hablan del mundo. Aquí se lleva mucho la mampostería de rodeno o de caliza, y cuando ves un pozo levantado en piedra redonda parece que su dueño las cogió del suelo, las que había al lado de la obra. Luego, con la luz oblicua, anaranjada del atardecer, emergen las vetas, los colores, las pulidas superficies por donde resbala el agua de los tiempos.

2.10.19

Almendro


Una vez muertos y talados los manzanos originarios, cuando esto era una ladera inculta, el almendro que hay junto a los ciclamores es el primer árbol que se plantó en la casa. Tiene dos ramas gruesas, una de las cuales hace años que está seca. En verano llaman la atención las ramas muertas, de un gris verdoso, mohosas, quebradizas, que penden sobre el huerto como memento mori al que todo el mundo reacciona preguntando por qué no las cortamos, por qué no evitamos esa presencia de la ruina, como si fuese feo, o inútil, o peligroso.
La razón es que, en invierno, cuando se queda sin hojas, es difícil distinguir las ramas muertas de las vivas, tienen todas una leve languidez que en los días de nieve componen una estampa japonesa, y no es la única, porque las catalpas y los cerezos tamibién orientalizan el jardín. Conforme avance el otoño, el espíritu de Sesshu nos irá reblandeciendo. 
No creo que la corte. Las podas severas alargan la vida solo de los árboles que tienen vida. La otra rama grande sigue echando hojas y da un puñado de almendrucos cada año. Prefiero, como con los cerezos enormes, observar su lento irse, esperar a que un día de viento la rama cruja y caiga sobre los bancales en barbecho. Ese día, como una hormiga, quebraré con la mano las ramas más finas y haré leña del resto, y ese mismo día encenderé la chimenea con el viejo almendro, y cuando al día siguiente vacíe las cenizas en el cubo, las verteré en su mismo alcorque, más que para rendirle homenaje con un rito de ciclos biológicos, para evitar que se le suban gusanos.
Su continuidad, de todas formas, está garantizada. Hace ya unos cuantos años dejamos un rebrote que había salido a un metro del alcorque (fuera chupón de la raíz o almendra que se hizo almendro), que ya cubrió la vara verde con corteza de arbolillo, y al que hemos dejado también dos ramas principales, como a su hermano mayor. Claro que nadie garantiza que el retoño vaya a hacerse tan longevo. Nos lo recuerda Góngora, cuando, en la Soledad Segunda, el pescador Micón canta sus quejas a Cloris, «escollo de cristal, meta del mundo», pero advierte: 

Mira que la edad miente, 
mira que del almendro más lozano 
parca es interïor breve gusano.




1.10.19

Dondiego


Se acabaron los dondiegos. Todavía están abiertos casi todo el día, pero ha habido que cortarlos porque este verano se habían salido de la jardinera y en los días templados de otoño tengo pensado pavimentar la entrada de la leñera, donde crecen como hongos. Pero ya decíamos que, como los tréboles falsos, los dondiegos son una hermosa mala hierba, un ornamento colonizador, con sus flores blancas, amarillas y rosadas, que al final del verano tienden todas al rosa oscuro, por más que intentemos separar las granas cada año y conservar, si se puede, los blancos, que no se tiñen de rosa, si acaso de azul.
Así que ayer tarde nos dedicamos a segarlos y sacudirlos encima de la acera para que cayese la semilla, cuyo aspecto, en negro, es el de una granada explosiva de medio centímetro. De un manojo salen cientos, que vamos clasificando en botes: blanco, amarillo, naranja, bicolor, rosa, que es, salvando el blanco, el proceso que suelen seguir los dondiegos. Luego esparcimos las ramas en una jardinera que estamos arreglando al pie del muro, para que se sequen y se pudran y la lluvia y la yerba entierren las granas que quedaron en sus cálices. Los bulbos siguen bajo tierra, y volverán a salir. 
Esta coloración cambiante da un suplemento de fugacidad a la ya de por sí fugaz flor. Si un año está moteada, o dividida en dos manchas, naranja y amarilla, al final del verano su color será más uniforme, y al año siguiente, lo más probable, se habrán oscurecido, y así uno de los colores más llamativos, el rosa fuerte, incluye la lástima de que haya cubierto otros dos tonos acaso más vulgares, pero, merced a su destino breve, incluso más hermosos.
Lo dice Virgilio: 

nec sum animi dubius uerbis ea uincere magnum
quam sit et angustis hunc addere rebus honorem

Que viene a querer decir:

Y no se me oculta lo difícil que es 
salir airoso de esta empresa con palabras, 
y añadir ese honor a las cosas sencillas. 

Es lo que Azorín llamó los primores de lo vulgar, que para el padre Virgilio es el fundamento de la belleza. Cuidamos flores extrañas, orquídeas delicadas, aparatosas dalias, pero esto de lo que no se necesita estar pendiente, que precisamente por ser abundante es despreciado, es lo que con más dedicación tratamos. 
Aunque aquí también se crían, estos dondiegos vinieron de Salamanca. Seguro que además son sabios.

30.9.19

Broza


Los mastines miran con recelo las brozas del cenador. Al levantar la alfombra de humus y raíces en la que se tumbaban después de comer ha quedado al descubierto el cemento verdoso. Me ven rascar los grumos de tierra con el palanquín y yo me acuerdo de cuando era pequeño y todos los vecinos hacían obras en sus pisos, y en el patio trasero quedaban montañas de escombros que recogía un señor con una gorrilla blanca que venía en un carro tirado por un burro. Recuerdo el burro, grande, legañoso, cárdeno entrepelado, y al hombre, que no hincaba la pala en el montón sino que también iba rascando el suelo y conforme avanzaba lo iba dejando limpio como la patena. No sé por qué verlo me daba placer, quizá por lo meticuloso del trabajo, la limpieza que usaba aquel hombre para trajinar con desechos y aljezones y emplear entera la mañana en llenar el carro, mientras el burro dormitaba. Pienso en ello cuando veo a los mastines tumbadazos, con el hocico pegado al suelo, mirándome sin pestañear, como si la coreografía  los hipnotizara, o la misma táctica minuciosa que me hace enredarme en cortar hasta los cilios aún visibles. Me ven serrar el tronco de una yedra muy desarrollada y levantar planchas de humus tramadas con raicillas que huelen a ellos, cómo un sol duro se apodera de su lecho cuando corto los mechones de hojas lacias que cuelgan del travesaño.
Por muy rasas que las deje, las yedras y las madreselvas volverán a brotar, y es posible, si no se cruza la Parca, que vuelva a verlas otra vez igual de alegres y desparramadas. Incluso es posible que los mastines, que son muy jóvenes, puedan volver a emboscarse entre ramúnculos de yedra, sobre las hojas muertas de otros años y la tierra que va arrimando la lluvia. Hasta entonces se irán a sus otros escondrijos, un sitio cerca de la comida y encarado a la verja de entrada, lo suficiente tupido y boscoso como para que nadie los vea observar. 
Les guardo un regalo, otro escondite perfecto, una terracilla delante del cuarto de las herramientas, cubierta de escaramujos, tablones de madera podrida y restos de microtubos, impracticable, que limpiaré y cubriré para que en días de lluvia se metan y se tumben a contemplar la vega.

29.9.19

Hortensia


Ya se apagan las hortensias. A las hojas les va creciendo una sombra cobriza, cuando no se queman de amarillo por las puntas, y los pétalos, por más que se riegue, no acaban de desplegarse y van cayendo en un tono, primero, de sangre de pichón, y luego verdoso, que va virando al ocre a medida que desfallecen. Luego cortaremos unas flores, floripondios secos que adornan los rincones del invierno.
Cuidamos con esmero las hortensias porque, como decía de la higuera, son emigrantes adaptadas. Las primeras vinieron de Galicia, cómo no, donde son tan prolíficas como aquí los dondiegos, en cada valla, en cada cuneta, setos de flores enormes, casi siempre azules, con esa exuberancia que parece también un poco indiana, como si los primeros gallegos de América se hubieran traído su casa de cuento y sus flores gigantescas.
Por esa razón han tenido, fuera del norte húmedo, una fama equívoca, como si fueran pomposas, como si estuvieran gordas. En Madrid se adaptaron sin dificultad y cuando las trajimos al continental extremo volvieron a conseguirlo. Y en ese tiempo hemos podido disfrutar de su hermosura, de la carnosidad de sus hojas y la delicadeza de sus pétalos, que no son un pompón llamativo sino ramilletes de flores diminutas que se repliegan nada más que la raíz deja un momento de beber.
El campo sigue verde, los hibiscos florecen con sus trompas moradas y sus estambres amarillos, al pie del nogal han crecido unas margaritas de color violeta, aún no hay hojas por el suelo. Pero antes de que llegue el otoño se marcha la alegría de las hortensias, su aspecto de infancia luminosa. No, no son pomposas. La pomposidad es sofisticación exagerada y con frecuencia chabacana. Las hortensias están lustrosas, guapetonas, rebosantes de salud, como ninfas rollizas que agasajan a la diosa de las frutas. La simplicidad con que lo hacen es donde radica su hermosura. Su abundancia no es barroca, más bien signo de felicidad. Igual que los dondiegos, pertenecen al género de la belleza elemental, popular, de las hermosas flores que pintaría un niño, y en ambos casos se puede llegar a una plasticidad insuperable sin perder su condición silvestre, de plantas que salen solas. Ahora empiezan algunas a estar feas, pochas, requemadas. Las flores aguantarán decoloradas, pero las hojas, más que secarse, se pudrirán antes incluso de caer al suelo, hartas de sonreír.

28.9.19

Uva


Estas uvas dulces y pequeñas, moscatel sin hueso, proceden de un sarmiento que trajimos de Tembleque, en la provincia de Toledo, no muy lejos de Orgaz, de donde era el gran Sánchez Cotán, toledano como Blas de Prado y Alejandro de Loarte. Vienen, pues, estas uvas de la cuna del bodegón barroco, en pintura y en literatura, porque en los Cigarrales de Toledo de Tirso de Molina encontré el que tiene fama de ser el mejor bodegón literario de la época, el de fray Plácido de Aguilar, origen, en cierto modo, de la idea que inspira este cuaderno. Quizá estas sean «las tempranas uvas de un majuelo mío", del también toledano Rojas Zorrilla, en su Del rey abajo, ninguno, porque las moscateles son las primeras que se vendimian. 
El caso es que las uvas toledanas se adaptaron a esta tierra con auténtica feracidad. Del tronco principal salen todos los años sarmientos de hasta tres metros de largo, y son las primeras que tenemos que embolsar, ya a principos de agosto, para que, como dice fray Plácido que ocurre con las brevas, no las devore «la parlera urraca», o las avispas las asalten con sus métodos de guerra sucia.
Hace tiempo que cada vez que queremos plantar una parra elegimos un sarmiento de estas moscateles. Las viejas que teníamos plantadas, más grandes, más ácidas, más negras, tienen el sabor de aquellos racimos gordos que nos ponían de postre, que llenaban enseguida. Son también muy ricas y tienen su antigüedad en la plaza, tardan más en madurar y son magníficas para compota. Pero estas dulces moscateles, aparte de que crecen muy deprisa mantienen la sencilla perfección originaria, la que no salta a la vista sino que se revela en la contemplación. Tienen una delicada pruina, apenas un vaho en el verde cristalino del hollejo, y un ombligo diminuto, pero se mantienen tersas en su esfera y es un placer hincarles el diente para sentir cómo la pulpa se desparrama, como si fuesen bolas de licor. Quizás a media tarde caliente en leche una onza de chocolate puro, y cubra las uvas dispuestas, sin raspones, en una bandeja de porcelana, y las deje que se enfríen para comerlas en memoria de Juan Fernández El Labrador, el gran pintor de uvas, que seguro que también era de Toledo.

27.9.19

Higuera


Nuestras especies protegidas son aquellas que no es lógico que estén, sobre todo dos, las hortensias y una hermosa higuera. Las primeras resistieron bien los fríos los primeros años con resguardos y protecciones, luego ya no necesitaron más. La higuera llevó más tiempo. Hará, por lo menos, quince años estuve en un tribunal y el presidente, hombre de espíritu campestre, me regaló unos hijos de higuera que acababa de cortar. Yo los planté a pelo, en el primer cuello que encontré, de cualquier manera, y durante años permanecieron las estaquillas, que crecían un centímetro en verano pero se secaban en noviembre con las primeras heladas. Incluso, si resistían el invierno, alguna sacaba una hoja tímida que volvía a caer en las rosadas de abril. 
Y así estuvieron las estaquillas, envueltas en zarzales, sin medrar. Pero los árboles son pacientes. En dos años de cuidados, de riegos frecuentes y limpiezas, la higuera reventó y las ramas se han hecho más altas que nosotros. De las estacas primitivas ha quedado un arbusto de tres ramas divergentes de los que a su vez brotaron ramones en forma de asiento. Como es sabido, las ramas de la higuera crecen más o menos paralelas al suelo unos centímetros, hasta que giran y empiezan a ascender. Eso hace que en muchas higueras hechas árbol las tres ramas grandes partan dejando unos brazos para sentarse. Cuando Zaqueo se subió a una higuera, en realidad se estaba sentando en butaca de platea. Y no me extrañaría nada que el dicho estar en la higuera se refiera a ese cómodo asiento, emboscado entre hojas grandes, ásperas, pero de un verde joven, brillante, tomado del amarillo de los peciolos antes de que se cubran de un color vinoso.
Este año, además, han salido higos. Duraron poco, se los comieron los pájaros (avibus praedam), más al tanto que nosotros. Vinieron las urracas vespertinas, que posan en las ramas altas de los chopos y en el cable de la luz, y desde allí ven nacer las brevas, y es posible incluso que esperen unos días hasta que ganen peso y volumen para zampárselas. Quién sabe. Pero ya nos hemos pertrechado de mallas verdes para protegerla, y los hijos los plantamos en macetas hasta que vuelven a brotar, y entonces los vamos añadiendo a la higuera mayor, la primera que se adaptó a los fríos, con el fin de crear una pared de hojas de higuera y mirarla desde la ventana.

26.9.19

Tomatera


El huerto está como despeluchado, exhausto del verano. Algunos tomates hermosos, de corazón de buey o rosas de Barbastro, siguen en la rama, grandes, duros, verdes, esperando a que el veranillo de San Miguel los termine de hacer. Todavía crece algún calabacín, quedan cebollas y el ritmo de recogida de las judías todavía da para comerlas con frecuencia. Tan solo los hinojos y las coles, plantados más tarde, siguen creciendo en silencio, porque las acelgas y las espinacas fueron pasto de los caracoles. Pero a los exquisitos puerros ya les ha salido la flor, pronto recogeremos la grana.
Los tomates, tan flamencos ellos, tan exuberantes, han cedido al peso de los frutos y ya no tienen suficiente con el rodrigón de vara de ciprés que les puse para que se sostuviesen. Hay ahora que levantar las ramas largas, atarlas otra vez al palo, enredarlas con otras un poco más tiesas. Los frutos se comen la planta, la desecan. Las cebollas asoman como si la tierra las escupiera, y sus filodios, todavía verdes, yacen flácidos unos encima de otros.  Las hojas del calabacín, esas hojas grandes, ásperas, granulosas, que parecen inundarlo todo, están blancas y agotadas, encanecidas de moho, como si recibieran más agua de la que necesitan para producir. 
De ahora en adelante, hablar del huerto es escribir la crónica de un deterioro, el invierno de las hortalizas, la decrepitud de la diosa Pomona. En agosto todo estaba en su apogeo. A principios de septiembre todo maduró a la vez, y cada día subíamos una cesta cumplida, y aún quedan judías y tomates, al menos, pienso yo, hasta principios de octubre, hasta el principio del frío. Pero luego el huerto quedará cubierto de pajas secas, sombreado con el verde oscuro de las gramas y los cardillos. Estamos terminando septiembre y todo aún parece vivo pero ya le pesa el cansancio. Las plantas están como asomadas a la galería, a entrar en calor, más que dándose baños de luz. Antes la gente no encendía hasta que llegaba el Pilar, ahora varían los elementos, pero el huerto me temo que sigue un ritmo parecido. Los hortelanos de verdad, salvo los amantes de los yerbajos, no dejan que esta sensación de agotamiento se apodere del bancal. Sus lechugas y sus escarolas son un rastro de vida, los nabos, las calabazas tardías. A nosotros tan solo nos quedan esas coles azuladas y los penachos de hinojo. Antes del plástico transparente los inviernos debían estar llenos de berzas y de cardos. Aquí a los cardos hay que cubrirlos de tierra y a las coles rodearlas de ceniza. Aquí el invierno es crudo.

25.9.19

Yedra


Íbamos a hacer algunos arreglos en el viejo cenador pero era imposible si no despejábamos su lado sur, una pared de yedra y madreselva que amenazaba con cubrirlo entero. Por su lado norte, cuelga el rojo de las parras bordes que se plantaron nada más construir el cenador, y que han ido retrocediendo ante la avalancha, sobre todo, de la madreselva. El caso es que había que quitarlas, y después de meditar sobre los años que hace que están plantadas y ver los gruesos troncos que se habían enroscado en las columnillas de cemento, empezamos por limpiar el suelo, una alfombra de humus con la trama de las guías rastreras de la yedra, hojas podridas, barros orgánicos, y a ver, a volver a ver, el primitivo pavimento del cenador.
Pero no me extraña que algunas terapias consistan en destruir. La yedra japonesa crece por más sitios, y aun así, antes de proceder a su arrasamiento, plantamos unos cuantos esquejes con los que después, en otra parte, podamos reproducirla. Crece muy rápida, sus troncos gruesos se cortan sin dificultad con la tijera, unos brotes bien enraizados pueden cubrir un muro en tres o cuatro años. No había, pues, dolores de conciencia. Con la madreselva es más fácil: crece como la espuma, y aunque resulta estupenda para enzarzarse en los linderos, va generando una madeja de tallos secos que recoge todo lo que vuela. Es hora de devolver sus proporciones al sombrajo, y de plantar otras especies de enredadera.
La tala y desbroce fue un placer. La yedra japonesa tenía dos troncos gruesos, como un antebrazo de gordos, que se subdividían en ramas pegadas a la pared. Unas subían a la cubierta del cenador, otras colgaban por la barbacana. Al cortarlas fue apareciendo un lienzo del antiguo muro, en una desnudez que a mí me pareció arqueológica, y eso que se levantó cuando yo era niño, y algunas de las piedras de río que asoman entre el cemento pasaron por mis manos antes de dormir allí. Volvió la pérgola tal y como fue concebida, sin zarzas que la invadiesen. Tan solo dejé un escaramujo muy alto, coronado de frutos rojos, que había sobrevivido a las dos depredadoras. Ahora el balcón limpio ya es un mirador. Por mucho que cubra de cemento los tocones, me temo que la yedra japonesa volverá a salir, al menos ahora en competencia con las glicinias y las bignonias jóvenes y las, de nuevo a sus anchas, venerables parras vírgenes.


24.9.19

Rosa


En el huerto hay al menos cuatro variedades de rosa. Están, de antiguo, las rosas grandes, de color muy claro, que ascendieron por el cenador y ahora asoman por encima de las parras, pero también las rosas romanas (no sé si centifolias o damascenas), rosas de pueblo que llamamos, de abundantes y apretados pétalos, el rosa fuerte casi fucsia que da nombre al color, y un aroma exuberante que perfuma el patio. Son anteriores a la hibridación general que generó cientos de formas nuevas pero eliminó el olor, o lo dejó en un aroma mínimo, como de terciopelo, que tanto ha influido en la interpretación poética. Estas rosas rústicas las multiplicamos con mimo, a ver si las hacemos endogámicas. A veces pienso que la esencia de la rosa no es esa idea multiforme sino el olor incomparable que nos endulza en un par de floradas a partir de mayo. El resto son imágenes rosáceas.
Pero hay otro, más parecido a la rosa del escaramujo, nacido del esqueje de un rosal que vimos en París. Es el último que florece, con rosas de un rojo encendido, en un macetón que fue invadido por las varas de piornal. El tronco, mellado por mil podas, torcido, como artrítico, puede pasar el verano escondido pero a última hora saca estas rosas perfectas que iluminan el paseo.
No sé lo que vive un rosal, pero veo rosas de distintas edades, y de distinto aroma, dos de los criterios que nunca se tienen en cuenta cuando se ve una rosa. Las rosas de pueblo, muy antiguas pero plantadas hace no más de cinco años con esquejes de rosales jóvenes y vigorosos, son las más favorecidas. Son el futuro, la garantía de que alguna vez sean las rosas de toda la vida, en ese devolver los ambientes a lo que imaginamos que fueron, el sagrado volver a lo de antes, sobre todo si huele tan bien. Las otras grandifloras son hermosas mientras brotan, pero enseguida se les abren las hojas y se ponen lacias, y así pasan unos días, como señoras mayores muy pintadas que dan una sensación de tiempo más cercana.
Esta rosa de color burdeos, más pequeña y más tiempo tersa y llamativa, debe de ser como las que veía Adalbert Stifter en su Verano tardío. Las otras muestran su vejez en plena primavera; esta, su radiante juventud en los comienzos del otoño. Para que luego digan que todas las rosas son la mismarosa.

23.9.19

Yerba


Todo está verde todavía. Los oxalis, tréboles falsos, tan extendidos que hasta el trébol del escudo de Irlanda puede que sea uno de ellos, pertenecen a esa especie de malas hierbas aceptables que también forman parte de la evolución. No se hace alta y crea espacios uniformes, sin otras hierbas más espigadas que crezcan entre ellas, y es un colchón inmejorable para los mastines, fresco y mullido. La grama de siempre, tan dura ella, sin embargo se seca a las dos tardes que se hayan tumbado los perros encima, pero este trébol al día siguiente ha vuelto a desplegar sus parasoles. Cuando se siega quedan muchos tallos sin hoja, lo que da muy buen olor, y ningún sentimiento de culpa porque a los cuatro días ya están igual de tiesos y entrebolados, pero hay más y están más extendidos.
Las plantas invasoras aceptables van desalojando su entorno de las hierbas de siempre, sobre todo los bledos (amarantus retroflexus), que tienen un aire a planta de patata desmedrada, y crecen varios palmos y dan siempre sensación de abandono. Una vez me puse a identificar con un manual ilustrado el tipo de malas hierbas que crecen en el jardín y me cansé muy pronto porque las tenía todas. Lo pienso cada vez que las he dejado crecer varias semanas. Ninguna significa una invasión dañina. Aparte de los odiosos ailantos, no ha habido ninguna hierba que, creciera más o menos, no se dejase segar o arrancar. Antiguamente crecían hinojos de más de un metro, con sus tallos gruesos, como de un azul decolorado, que había que arrancar todos los años. Daban un olor muy fuerte, olor a vega salvaje, a lagar de anís. No sé bien por qué desaparecieron. Las hierbas son cíclicas, su extensión va cambiando de año en año. Este año salió un corro de hierbas que tenían unas flores azules muy delicadas. Habría que mirar su nombre en el manual. 
A fin de cuentas, ¿por qué son malas? Solo deberíamos considerar malas a aquellas que se imponen sobre otras y las eliminan, los ejércitos arrasadores como los oxalis, que sin embargo regamos con aplicación para que nos mantengan el jardín más presentable. También hay quien lo llena todo de cemento para que no salgan hierbajos de ninguna clase, pero dentro del respeto al suelo el oxalis es como un cemento verde. Ha sabido disfrazarse de una de las pocas hierbas que incitan al romanticismo folklórico. Cualquiera la extermina.

22.9.19

Olmo


Estos olmos frágiles que amarillean antes que ningún árbol son en cambio una plaga benigna. Vinieron en macetas, acompañando a otras flores. Nacían en los tiestos de las dalias y de los rosales, una vara verde de un dedo de gorda, que se elevaba hasta tapizar el fondo de las flores. Las semillas volaban por los jardines de Las Vistillas, llenos de olmos añosos, de una especie resistente a la grafiosis y a la polución, y aparecían luego en cualquier sitio. 
Al llegar al campo, se disolvió la convivencia de los olmos con las flores. Un par de ramones ya mozos fueron trasplantados a la tierra del jardín, y se conoce que el aire puro les ha sentado muy bien. Sus progenitores tenían el tronco negro de los humos de los coches, y sufrían rutinarias podas salvajes, para que no creciesen más que las lentas acacias que dan sombra al busto de Zuloaga y a la fuente de Gómez de la Serna. Aun así, muchos sobresalían por encima de los edificios, las semillas de las copas se posaban en los áticos y en los tejados, y en pocos años alegraban las terrazas con sus hojas aserradas de negrillo. A veces imaginaba que alguno incluso había sobrevivido a las estufas de la guerra.
Aquí, a pesar de que amarilleen antes que nadie, parece que se crían sanos. Y aunque no sean tan lentos como las acacias, ya no es probable que los vea en su esplendor, cuando asomen por encima de la casa y den sombra a un buen pedazo del jardín. He visto ya morir de viejos árboles que vi plantar, aquellos primeros frutales, algún cerezo y más de un ciruelo, y otros que ya eran grandes cuando yo nací, manzanos sobre todo. El nogal que inunda de sombra densa la salida al río fue un brote que hace medio siglo prosperó en medio de chupones de membrillo. Ahora es uno de los árboles venerables.
Si este olmo ha de serlo también, ya no dependerá de mí. Uno va dejando de ver los retoños como proyectos de árboles monumentales. Más placer produce observar su crecimiento, viajar al tiempo de aquel brote casual junto a la acequia, pero ya no pensar en su sombra futura, tan solo en el presente de unas hojas leves, transparentes, lejos aún del áspero verde cuando el tronco ensanche, que ya van perdiendo el color. 

21.9.19

Parra


Mi padre, cuando llegaban estas fechas, solía mirar un chopo enorme que había aguas abajo, con el tronco ceniciento. «Es el último que se viste y el primero que se desnuda», decía, porque su gran llamarada ocre convivía con otros chopos más jóvenes todavía verdes. Era, en el gran lienzo de la vega, la primera gota de amarillo. El chopo lo talaron hace años, mucho antes de que se muriese. Del tocón salió un bosquecillo de brotes, era el momento de elegir algunos y dejarlos crecer, escamondar el resto e ir formando en el corte una cicatriz. Lo volvieron a talar aún más abajo, casi a ras de tierra, y los ramones volvieron a salir. Se afanaron en eliminarlo sin ninguna necesidad, porque aún le quedaban unos cuantos años de vestirse y desnudarse con parsimonia. Al final creo que lo rociaron con un bote de gasoil y le pegaron fuego, y por si acaso trajeron una pala excavadora y lo arrancaron de cuajo. Todo esto sucedió hace unos cuantos años. Ahora el otoño empieza por otra parte.
Las primeras hojas que cambian de color son las de la parra virgen de la pérgola, la más vieja de todas, plantada hace casi ya cincuenta años. Las hojas, aun sin perder su tersura, pierden el verdor y viran a rojo oscuro. A partir de entonces, más que perder la clorofila parece que vayan perdiendo la sangre. En muy pocos días se completa la paleta de ocres a partir del intenso bermellón. Y son estos los días en los que aún quedan verdes lozanos, rojos recientes, también efímeros, que se aclaran en rosas terrosos, algo violáceos, y en las hojas más delgadas, menos hechas, los primeros amarillos.
Estas parras viejas van secándose muy poco a poco. Quedan, de un año para otro, sarmientos con las ramas como garras. Son de madera oscura, y allí se quedan, sin vida, como rodrigones de las nuevas guías, que ya cuelgan como lianas. En la punta de las hojas tiernas quedan gotas suspendidas, como un rocío gordo que aguarda los rayos de sol para brillar por última vez y evaporarse. Son de la tormenta de anoche. Oíamos a los mastines caminar por el porche para guarecerse, el mosquetón de sus collares cuando al tumbarse golpeaba en las losas del suelo. No han sido las lluvias torrenciales que han anegado estos días buena parte del país. Esta era una tormenta de finales de verano, una traca húmeda y temprana que ha dejado las primeras hojas rojas en el suelo del cenador. 

19.9.19

Nota sobre el 'Bodegón de hortalizas y frutas' de Sánchez Cotán


No me había dado cuenta, y eso que lo sabía, de un detalle compositivo de Sánchez Cotán que ahora me parece de la mayor importancia, y es que el pintor, sencillamente, no utiliza la composición, al menos no a su antojo. En los bodegones de Sánchez Cotán las jambas y el alféizar que enmarcan los alimentos dentro del cuadro pertenecen a un hueco en la pared, el que se hacía antiguamente en las cocinas justo donde pasaba la corriente de aire, para dejar allí los alimentos y que se oreasen. Quizá es un hueco en el muro de la bodega, porque el fondo es muy oscuro, o arriba, en el granero, en un pequeño torreón con dos ventanas, como se secan los jamones. En esos huecos, según leo en el catálogo Pintura española de bodegones y floreros (Museo del Prado, 1983), los elementos más perecederos, las pomas, las uvas, las piezas de caza, se colgaban del dintel, una por una, para que no se tocasen. Ya se sabe que la podredumbre se acelera con el roce, por eso los fruteros habituales dan sensación de frescura pero también de finitud, de momento. ¿A cuántos de los fruteros que sirvieron de modelo no hubo que cambiarles algunas piezas, porque se ponían pochas o les salía el vello blanco de la descomposición, antes de que el artista terminase de pintarlos? Con esta disposición de Sánchez Cotán, sin embargo, las frutas duran más, y nunca más que una de ellas parece recién cogida. Las demás llevan días, distinto número de días, y están más o menos resecas, más o menos acartonadas, más o menos lozanas. Entre ellas establecen una línea de tiempos que es el tiempo que, como el aire fresco, discurre por el cuadro.
Sánchez Cotán se limitaba a pintar los frutos en su sitio, una actitud parecida a la que tuvo Antonio López cuando pintó un frigorífico abierto. Los cuadros de Cotán también están pintados en un frigorífico, en su lugar habitual, y su disposición no responde al capricho o el gusto del pintor sino que es la mejor manera de ponerlos si quieres que quepan todos y no se toquen unos a otros. Los grandes (los cardos) están a un lado para apoyarlos en la pared, y los pequeños cuelgan solos, a la misma distancia unos de otros, para que el aire penetre y abrace a todos los frutos por igual. Por supuesto que decidió que el lugar de la camuesa tenía que ser el centro y el del limón una esquina, porque necesitaba su luz, pero la posibilidad de poner en un lugar o en otro los alimentos estaba muy restringida. Solo tenía que pintar el bodegón que hubiese en la cocina, la despensa, la fresquera, tal y como allí reposan las hortalizas. Unas, las de piel más dura, las zanahorias, los cardos, los pepinos, pueden apoyarse en el alféizar y en las jambas, pero los más perecederos penden de una guita colgada en un dintel que solo se ve en uno de los cuadros, el último que se le atribuyó, el de los floreros.
El margen de maniobra es muy escaso, y eso le da al cuadro mucha verdad. No ha pintado frutas y hortalizas sino el bodegón que hay en la cocina, el hueco que va cambiando con las estaciones. Cada mañana, o cada tarde, el monje sube a la despensa, a lo más alto del convento, y entorna el cuarterón de una ventana y cierra todos los demás, hasta que consigue que la luz corte la sombra, pero no la inunde. O baja a la bodega, a la misma tierra, y regula el respiradero con una tabla o con una piedra. Y pinta.
Nada está amontonado, y si las zanahorias aparecen unas encima de otras es porque así todas, salvo una, la que descansa en el alféizar, reciben más aire que si uno entero de sus lados tocara el suelo. Me es imposible a partir de ahora no distinguir entre bodegones cuyos elementos han sido extraídos de su sitio natural, o cambiados de sitio, dispuestos por la mano del pintor, o aquellos que el pintor encontró en la naturaleza, por así decir, en los usos y costumbres del convento, en la manera de aprovechar el aire y alargar la lozanía de los frutos. No tuvo que tocar nada porque, por mucho que pusiera adrede el limón en la esquina, era una de las posibilidades de la costumbre, una de las combinaciones a las que un monje no pintor, el despensero, podría llegar quitando unos alimentos y poniendo otros. El autor contempla, no ordena. Queda su mirada, no sus manos. Sus manos están en la casi inverosímil precisión de sus pinceladas, eso sí, nunca hiperrealistas, nunca más allá de lo que podemos ver. Su mano gobernadora solo está, en todo caso, en el ángulo de abertura del cuarterón, pero hasta eso puede deberse a unas condiciones meteorológicas determinadas.
Es una lección de realismo. La realidad se hace a sí misma, no es necesario ponerle orden ni sacarla de su sitio. El misterio está en esa bendita sensación de tiempo y de silencio, en la humildad conservera. La verdad está en el frigorífico. Y así casi todos los otros bodegones realistas de pronto nos parecen abusos del pintor, abstracciones en el mejor de los casos. Los holandeses, además, empachan con su sobreabundancia, con sus cangrejos rojos y sus pescados azules, sus vacas hechas pedazos y sus floreros empavonados. Los caravaggistas fabrican centros de mesa, fruteros para comidas opulentas. Cualquier maca es un intolerable aviso de la muerte, que se queda para los pintores truculentos en cuyos cuadros todo está medio podrido. Lo de Sánchez Cotán, en cambio, es vida, es vida cotidiana, objeto estable de contemplación, tiempo en diferentes velocidades, amor a los frutos por sí mismos, en su aireada singularidad, y sobre todo a los frutos que nos dan de comer no en el abundoso final del verano sino en los lentos meses del otoño y del invierno. El demiurgo desaparece para que sus manos no rocen la vida y la puedan estropear.

25.8.19

Las buenas personas


Silas Marner es un cuento sobre la bondad que podría contarse como una fábula moral en muy pocas páginas, las que exige su argumento, pero que George Eliot amplió con abundantes —y exquisitos— diálogos y reflexiones perspicaces sobre la inseguridad («lo único constante entre nosotros», dice Galdós), las diferencias de clase, las injusticias recibidas con resignación y las compensaciones con gozo y sin soberbia. Y el caso es que, ya desde el principio (sobre todo si uno se deja llevar por las solapas engañosas) lo que plantea George Eliot es otra cosa que parece sustantiva pero solo es circunstancial, a saber, los verdaderos motivos de la misantropía. 
El tema es la superación de las tradiciones de Plauto y de Moliére. Sus respectivos avaros entierran el dinero en una olla, y su cómica desgracia consiste en que quienes les roban son más graciosos y aplaudidos que ellos. Silas Marner, en cambio, tiene buenos motivos para no querer saber nada de nadie. Lo desterraron de su ciudad natal, acusado de un crimen que no cometió, traicionado por un amigo, su único amigo, que no solo lo delató falsamente sino que se quedó con su novia. El tejedor Marner empezó una nueva vida, alejado del mundo, hilando sin descanso para que su vida tuviera algún sentido. Y empezó a acumular dinero, y a contarlo cada noche, y a esconderlo bajo las baldosas. Sin embargo, Eliot afina:

Pocas personas eran más inofensivas que el pobre Marner. En su alma sencilla y honesta, ni siquiera la avaricia creciente ni la adoración del oro podían engendrar ningún vicio directamente perjudicial para otros. Desaparecida por completo la luz de la fe, y convertidos en desolación sus afectos, se había asido con todas las fuerzas de su ser a su trabajo y su dinero; y, como todos los objetos a los que un hombre se consagra, ambos lo habían forjado a su imagen y semejanza. Su telar, mientras trabajaba en él sin cesar, lo había moldeado a su vez, hasta confirmar cada vez más el ansia monótona de su monótona recompensa. El oro, al contemplarlo desde lo alto y verlo crecer, concentraba su capacidad de amar en un completo aislamiento semejante al de su soledad personal.

A partir de aquí, Eliot optó por desarrollar una parábola de los buenos sentimientos sobre un nudo dramático muy interesante. Los dos hermanos ricos del pueblo, señoritos sin desbravar, se convierten en el símbolo de la prueba a la que es sometido Marner y la redención a la que le conduce su bondad. Uno de los hermanos, un joven disoluto, un modelo de cuadro romántico que cayó para siempre en el pozo de su noche oscura, le roba a Marner todo su dinero; pero el otro, un personaje contradictorio, tan consentido por su condición social como amargado por sus escrúpuos morales, tiene un oscuro pasado que le cae del cielo a Marner en forma de criatura. Y es esa niña, Eppie, la que devuelve las ganas de vivir al viejo Marner (un viejo, cuando la encuentra, de cuarenta años) y con ellas la alegría que solo nace y se alimenta de los buenos sentimientos.
Contar el cuento entero es, aquí sí, estropear la novela. Baste decir que Eliot ensaya el difícil tema de la bondad, que en el ámbito de la novela siempre ha parecido cursi o ingenuo y que en el siglo XX, solo gracias al concepto de protagonista que tenía Max Sheller, y que consistía en devolver al héroe bueno los ideales de belleza, de claridad espiritual, no esa perfección falsa y cargante a la que se dedican los melodramas, ocupó un —exiguo— espacio en la población de personajes de novela, casi siempre más crudos, más retorcidos y más desquiciados. Y Eliot acude para ello a la geometría popular, al anillo de Polícrates, el tirano de Samos, que probó a desprenderse de su valiosísimo anillo y un humilde pescador se lo devolvió metido en un pez. Claro que en Heródoto sirve para enseñarnos que, si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos, y en Eliot el héroe es un humilde tejedor al que la vida recompensa con mucha más generosidad de la que él era capaz de imaginar.
El hecho mismo de ser un cuento, de tener todo el aroma de las fábulas, es como la melodía que utiliza Eliot para dotar al texto de toda la ternura que de otro modo tendrían que suplementar las opiniones de la narradora, por regla general bastante cáusticas. Pero dentro de esa melodía está la escritora que cimenta la narración en diálogos armoniosos, prolongados, en los que cada cual se toma el tiempo y las palabras para decir con claridad, hondura y elegancia lo que quiere decir. Cuánto echamos de menos los diálogos tendidos en las novelas contemporáneas, cuando es el mejor y más ameno modo de que vaya avanzando la acción y no sea una acumulación de datos argumentales.
Pero hay más detalles que hacen de esta novela un anticipo de recursos que hemos alabado cuando otros los usaron mucho después. Sorprende, por ejemplo, la nitidez con que la escena de la cháchara de los lugareños en el pub, todos empeñados en hablar y en no decir nada, remite a la manera de narrar dialogada que usaría luego Joyce, largos capítulos en los que no se añade más que la certeza de cómo es un ambiente. En la ortodoxia narrativa victoriana, estas escenas de ambiente suelen ir decorando las primeras partes, antes de que el drama coja velocidad (aquí, para mi gusto, un poco tarde), pero pocas veces se sostienen a sí mismas con la sincera levedad con que aquí lo consigue Eliot.
Encima de la breve leyenda moral, Eliot va tejiendo escenas y comportamientos que nos hacen respirar el ambiente provinciano sin renunciar a lo que tiene de bueno, en especial la señora Dolly, que es como una lámpara que ilumina las escenas con una luz cálida y hogareña, pazguata pero comprensiva, temerosa pero decidida. La suegra perfecta, vaya.
Termina uno la novela satisfecho de que el reto de retratar la bondad desde presupuestos populares sin llegar a melosidades ni salmodias lo haya resuelto Eliot fundiéndolo con técnicas de lo más moderno. El que esa labor sea tan transparente, tan sin trampa ni cartón, es lo que da la impresión de que la novela es un relato desarrollado. Pero esa fue la apuesta, y le salió redonda. Por algo era la novela preferida de su autora.

George Eliot, Silas Marner, trad. José Luis López Muñoz, Alianza, 2014, 357 p.

21.8.19

Cuentos de ogros


«¿Cómo puedes inventar semejantes cuentos de ogros que la tienen tan aterrada que no se atreve a acercarse a mi casa?», le dice Heathcliff a la narradora, Ellen, y con ello seguramente formula la clave estilística que ha hecho de esta novela uno de esos modelos imperfectos que revolucionan la narrativa. Porque en Cumbres borrascosas uno tarda poco tiempo en hacerse la misma pregunta que se hizo con El corazón delator: ¿no será mentira todo lo que el loco este nos está contando, no se lo estará inventando para la ocasión? Cuando uno se hace esta pregunta es porque distingue, dentro de lo falsa que es la ficción, la verosimilitud como verdad, tiene que haber una verdad, ya sea que la narradora se lo invente todo, ya sea que cuente lo que en realidad  vio. Y la verdad de Cumbres borrascosas es, exclusivamente, la que cuenta Ellen, que es quien va narrando a Lockwood, el primer narrador, lo que ha ocurrido en aquella negra casa durante dos generaciones, desde que el niño Heathcliff apareció por allí y se comenzó a cultivar en él el resentimiento, hasta que vuelve algo así como la paz con la relación final entre Hareton y Cathy, después de años de brutalidades, de las que, si nos atenemos a lo que dice Lockwood, lo único cierto que sabemos es que Heathcliff es un misántropo, porque todo lo demás, su diabólico plan para adueñarse de las propiedades —y del alma— de los Linton, es lo que cuenta Ellen. De lo que disfrutamos es de cómo lo cuenta, nos entregamos a su oralidad narrativa, alcanzamos el placer al escuchar, y es ese placer es que nos hace navegar entretenidos —y apasionados— por una historia que, como todas las historias de tiranía, maltrato y sumisión, podrían haberse evitado desde el principio. Lo que nos cuenta Ellen es una crueldad terrible por evitable, precisamente porque nunca nos explicamos por qué no se pudo evitar, como fue posible que unos se dejasen llevar por la histeria, otros por el miedo, o por la desidia, o por la brutalidad, de modo que nadie abriera aquella cárcel antes de que a todos les fuera entrando una especie de síndrome de Estocolmo y de adicción al sufrimiento, a los ojos como platos y a las ojeras negras como la hematoma.
Ellen, la narradora, el ama de llaves (nunca mejor dicho), es uno de los grandes inventos de Shakespeare. El placer de escuchar el parloteo de la nodriza de Julieta puede con la verosimilitud de lo que cuenta, pero no con la verdad, con lo deliciosamente cercano de su personaje. Emily Brönte profundizó en lo que la gente corriente utiliza cuando habla, las palabras de los otros. Contar algo a alguien al que te encuentras en una esquina o vas a visitar es una forma de dramatización, y entonces dijo dice, y ese recurso, que siempre falsea lo dicho por el otro, lo exagera, lo deforma, lo ridiculiza, en Cumbres borrascosas sirve para rellenar lo que habría tenido que contar un falso narrador omnisciente. De ahí los largos parlamentos de Isabella, o ese apropiarse del primer plano de la narración de lo que se cuenta que se dijo. Ellen cuenta lo que vio, lo que le escribieron, lo que le dijeron, lo que oyó decir que otros habían escuchado, y todo lo cuenta con idéntica pasión y ritmo narrativo, de modo que todo suena igual de interesante.
Y eso, nos pongamos como nos pongamos, a pesar de la historia, truculenta, retorcida, exagerada hasta la risa de placer que nos produce la pasión con que lo cuenta todo —con la  voz impostada de Ellen—, la niña Catherine, en quien descubrimos a la autora, Emily, como si se hubiera puesto unas cuantas capas narrativas para esconder su inagotable frescura. Y quizá sea eso la frescura, el no pararse a describir, el no cortarse al repetir, el contar lo dicho y presenciado, sin más decorado que una silueta negra de cartón, esa poesía que le sale a la escritora en los momentos en los que uno se la imagina más apasionada con sus personajes, con aquella letra diminuta que utilizaba. 
Por eso sigue gustando a un porcentaje exiguo pero constante de alumnas adolescentes (no sé cuándo fue la última vez que vi a un chico leerla), porque mantiene una intensidad agotadora que es con la que ellas viven normalmente, porque no se para en barras, es morbosa y al mismo tiempo natural, y todo lo que pasa nos lo imaginaríamos en el cine aunque no se hubiera nunca filmado ninguna. Hoy parece una película de Tim Burton, más que el melodrama de sesión de tarde con el que falsamente la edulcoraron. Está más cerca de Bram Stocker que de Jane Austen, no deja de ser una pieza gótica muy teatral, atacada por una pasión narrativa que le impide detenerse nunca en nada, y menos en los detalles irrelevantes, o sea casi todos. Es la economía de la oralidad, que puede ser todo lo prolija que quiera, pero, como tiende a no aburrir, economiza en decorado y en reflexiones gratuitas. De la oralidad nace la narración pura, la que solo necesita un par de líneas para describir un sitio, pero puede emplear páginas y páginas recreándose en alguna historia.
A estas alturas, claro, la historia de Cumbres borrascosas nos conmueve tanto como cualquier otro cuento gótico, más bien poco, pero soy testigo de que ese cúmulo de barbaridades y ese ritmo desbocado —jamás precipitado— de la narración son adictivas en mentes de lectoras jóvenes y apasionadas. Ellas prescinden del aparato técnico, que es lo que a mí ahora me hace reverenciarlo más que nunca. Es Shakespeare, es una escritora hablando, escuchando a sus personajes, convirtiéndose en ellos, es un drama que divierte y aterroriza, y tiene el encanto de la inmensa fe de su autora en lo que nos está contando. Pero claro, si en vez de decirles a esas alumnas que es una historia tremenda, oscura, morbosa y llena de personajes monstruosos, les digo que es una joya del arte de narrar, no creo que nadie la escogiera como lectura voluntaria. Luego la devoran. La escena de Cathy plantándole cara a Heathcliff les pone unos ojos de lectora febril parecidos a los que Cathy tiene después, cuando se vuelve más emo…

Emily Brontë, Cumbres borrascosas, trad. Nicole D'Amonville, Penguin, 2015, 466 p.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.