Después de podar la parra vieja les llega el turno a otras más silvestres y desmelenadas. Hay una, también bastante antigua, que para que no trepase por los cipreses la encaramos a un ciruelo seco que en verano se corona de pámpanos y lo adornan racimos dionisíacos, como una sombrilla injertada, como un paraguas conceptual. Luego, cuando caen las hojas grandes y coriáceas de la parra, se despeja el esqueleto carcomido del ciruelo, como un ovillo nudoso, hasta que le metemos la tijera con cuidado de no tirar muy fuerte de las guías, no vayamos a tronchar alguna rama de la percha que las sujeta.
5.3.24
Parra
Después de podar la parra vieja les llega el turno a otras más silvestres y desmelenadas. Hay una, también bastante antigua, que para que no trepase por los cipreses la encaramos a un ciruelo seco que en verano se corona de pámpanos y lo adornan racimos dionisíacos, como una sombrilla injertada, como un paraguas conceptual. Luego, cuando caen las hojas grandes y coriáceas de la parra, se despeja el esqueleto carcomido del ciruelo, como un ovillo nudoso, hasta que le metemos la tijera con cuidado de no tirar muy fuerte de las guías, no vayamos a tronchar alguna rama de la percha que las sujeta.
4.3.24
Yedra
El tópico amoroso de la yedra, «trepando troncos y abrazando piedras», como dice Góngora, dicen que procede de Catulo, del epitalamio de Manlio y Junia:
…y llama a casa a la dueña
que encadena con su amor
al esposo enamorado,
como la hiedra tenaz
al árbol todo se enreda.
A este abrazo constrictor de los amantes, indesatable, subyugante en el peor y más abrumador de los sentidos, ya Horacio le dio un toque amargo cuando, en el Epodo XV, se dirige a la amada que le engaña con dulces palabras y falsas carantoñas,
con tiernos brazos más ceñidos que la hiedra
se abraza al alto roble.
Y luego, en el Renacimiento y más allá, es difícil encontrar algún poeta que no hable de la hiedra como ejemplo de amor apasionado. La yedra entonces es frescor y celosía, pared de laberinto, tapia de rincón secreto. El locus amoenus de Garcilaso no tiene nada de tétrico:
Cerca del tajo en soledad amena,
de verdes sauces hay una espesura,
toda de hiedra revestida y llena,
que por el tronco va hasta la altura,
y así la teje arriba y encadena
que el sol no halla paso a la verdura…
Miro, sin embargo, el viejo ciclamor del patio, que va cubriéndolo la hiedra casi al mismo paso que se va muriendo. Veo el tronco ya tupido de hojas verdes, envueltas las ramas grandes, algunas que ya crujen cuando sopla el viento, y todavía vivas, a lo que parece, aquellas a las que no ha llegado aún la yedra, que ya pronto sacarán su flor magenta ensangrentada, sus hojas como blandos corazones.
Y lo mismo pasa en el camino umbrío de la acequia, que la yedra va alfombrando y atrofia los vástagos de los membrillos, y también, menos mal, mantiene a raya a los ailantos. Allí donde la yedra cubre el suelo ya no hay tallos ni hierba siquiera, y en los muros a los que se agarra va desencajando las piedras y deshaciendo los cementos. De modo que embellece y asfixia, adorna y estrangula. Su abrazo es el abrazo de un morir fresco y lozano, casi es posible adivinar cuándo el ciclamor acabará de secarse, cuando las guías se encaramen a la copa y las ramas tengan hojas en invierno. Aquí la yedra, volviendo a Góngora, más bien es un sudario:
Perdí la esperanza
de ver mi ausente.
Háganme, si muriere,
la mortaja verde.
3.3.24
Plegaria
Qué pereza da la primavera. El frío se ensaña con sus últimos zarpazos. Eran las ocho de la mañana y los mastines, otras veces inquietos como esos purasangre que se revuelven en el arrancadero, estaban dormidos como ceporros, alargando el sueño y el calor antes de salir al día gris. Por la noche ha llovido y medio nevado y las noticias sacan carreteras blancas y narices coloradas. Uno aprovecha para estarse quieto, antes de que venga la odiosa obligación moral del pasear alegre, ese esfuerzo supletorio de captar a cada momento la grandeza del mundo, tediosa como un bello atardecer. No, hoy no se oyen pájaros, habrán vuelto a emigrar, y el campo está paralizado. Basta con echar un par de troncos en la chimenea y abrir el libro que leímos de muy jóvenes, cuando soñábamos. El invierno es un tiempo interior, unos meses antiguos, una tregua. Escucho crepitar los leños y pienso en esa definición de melancolía que tantas veces habré repetido, una tristeza placentera, no apta para emprendedores, renuente al vitalismo hiperactivo y conforme con que el día se termine. «Mane nobiscum, quoniam advesperascit, et inclinata est iam dies», quédate con nosotros, porque atardece, y el día ya declina. No te adentres en la noche, no vayas todavía al territorio de las sombras, estate aquí, sosegado, al amor del fuego, en compañía silenciosa. No te metas en bosques oscuros en busca de un amanecer que si llega tendrá que ser como el de cualquier otro día, no ninguna novedad primaveral. Y esta sensación pretérita me abriga, como si vivir y recordar fuesen lo mismo. Ya llegará la mala conciencia de no corretear entre los campos de amapolas. Déjanos, invierno, ser tranquilamente viejos. Danos la perfecta excusa del cansancio, haz verosímil la decrepitud. La vida está aquí dentro, en este libro antiguo que nos hacía sonreír de gozo en aquella deslumbrada juventud, cuando no nos importaba que su autor llevara mucho tiempo muerto porque lo sentíamos uno de los nuestros. Hemos ardido como ese leño, claro. Pronto quedarán solo las brasas y vendrá la negra noche y habrá que descansar. Pero déjanos un rato más de no sentirnos miserables, de no desear ni reprocharnos nada, aquí recogidos, posar el libro abierto en el regazo y cerrar los ojos antes de hora, como el perro tranquilo que no se quiere dar por enterado de que ya ha salido el sol.
2.3.24
Yerba
Vivimos en el entretiempo imprevisible. En mañanas de sol hay que quitarse la zamarra para las labores del jardín, y en las tardes de lluvia meterse en casa, cebar la estufa y mirar por la ventana. Con lo lento que aparentemente ocurre todo, la sensación de estos días es que se echa el tiempo encima. Si se levanta el cierzo hay que dejar la quema y volver a los yerbajos, que algunos empiezan a verdear entre los tallos secos de los anteriores. La mancha del boliche, esos tréboles grandotes, ya parece que se extiende, y no hay manera de bajar al huerto y no volver con colas de zorra pegadas a la chaqueta, que por algo se llaman setarias adhaerentes. En el huerto da cierto gusto arrancar las verdolagas, gruesas, blandas y rastreras, como si fueran de goma, o escarbar un poco en la tierra y buscar con las puntas de los dedos las raíces de la grama, que corren pegadas a las paredes de madera del bancal; cuando has podido agarrar bien agarrados tres o cuatro de estos tallos, estiras con fuerza y salen guías de más de un metro que van abriendo un surco por la tierra. Es lo que más cuesta, porque no basta con estirar desde afuera, como pasa con los bledos, o segarlos con el azadón como a los estramonios, que son grandes como coles, llenos de púas, sino que hay que arrancarlos desde bien abajo. Son como la «zizania in medio tritici», que dice el Evangelio, con aspecto de hierba normal y corriente pero raíces profundas que amenazan con emponzoñar el suelo.
Pero da lo mismo, porque vuelve a encapotarse el cielo, caen las primeras gotas y volvemos a dejar a medias la labor. Esta vez han dicho en el parte que hasta puede nevar y todo. Igual me preparo una infusión de estos yerbajos y se me cura la murria.
1.3.24
Viaje
Muy de vez en cuando, irremediablemente, uno tiene que salir de casa. Pero no es un cambio tan drástico del panorama si el destino es la estación de tren, río abajo, a donde deberíamos haber ido en un tílburi para no cambiar el mobiliario del espíritu, con un caballo mohíno y cabizbajo cuando fuésemos a despedirnos, y de alegre trotecillo al reencontrarnos. No haría falta dejar el camino viejo hasta llegar al otro lado del andén, que en las ciudades pequeñas conserva ese aire fantasmal y recoleto del apeadero. Oiríamos el silbato entre los álamos, aunque ya no viéramos cómo asciende una nube de humo que se disipa entre los árboles del valle. A pesar de no tener ni siquiera dos siglos, el tren sigue metido en una cápsula ficticia, en un pasado atemporal. Entre las fotos de su inauguración en el siglo XIX y las de ahora no hay tanta diferencia como entre el camino que nos llevaría por el río y la carretera por la que tenemos que circular. Pasear por el andén, en ese silencio solo interrumpido por algún chirrido, por el aldabonazo de un cambio de agujas o por los pasos del jefe de circulación, es lo mismo que pasar unas horas en las páginas de una novela antigua. De todas las construcciones modernas que asolaron la vega, la única que no desentona es la estación, levantada con sillares de rodeno, ni los viejos hangares donde duermen las locomotoras. Pero en el aire se sigue mezclando el aroma del río con la brea de las traviesas, y las líneas del paisaje apuntan al mismo punto de fuga, igual la vía férrea que las farolas, lo mismo la tapia que los árboles de la ribera. Una curva blanda cierra el horizonte con promesas de aventura, un vacío relleno de adioses y de pájaros, que a la caída de la tarde anuncian la inminencia de la primavera. Cuando llega el tren, ese mínimo trasiego de sonrisas y maletas es el mismo que hace un siglo. Todo vuelve a despejarse de inmediato, cuando el tren vuelve a perderse por la fronda del río y uno imagina heroínas de novela diciendo adiós desde la ventanilla. Y sube contento al coche el equipaje o regresa solo y silencioso, y vuelve a remontar el río sin haber abandonado del todo este territorio de ficción en el que más a gusto se respira.
Echarse a perder
El otro día echaron por la tele (me encanta ese verbo, tan pecuario) un reportaje sobre Francisco Umbral, a quien leí mucho en mis años mozos y de quien ahora ya casi nadie se acuerda, y eso que escribió más que El Tostado. A principios de los 90, cuando estaba en su apogeo, Umbral escribió unas Memorias eróticas que, un tanto en la estela estética de su venerado Cela, estaban llenas de tías buenas, cachondas y follaoras. «Erotismo de taberna», las llamó mi gran amigo Fernando Maniá, argentino de gustos refinados, que no había leído nada de Umbral y fue a empezar por ahí… Lo que no había hecho Cela, nunca, es exhibir su propia vida como materia literaria. Escribió unas deliciosas memorias infantiles (La cucaña, La rosa) y una serie más o menos formal (Memorias, entendimientos y voluntades) , pero no sacó sus intimidades al mostrador de la casquería, al menos con tanta explicitud. Umbral sí, y en ese libro en concreto dio la sensación de cumplir fielmente con la norma del buen seductor: el que más ha fornicado es quien de menos conquistas presume. Y al revés, claro.
Carne gobernada, el último y breve libro de Fernando Savater, se ha hecho famoso por algunas opiniones que le han costado que lo echasen (en otra acepción) del periódico El País, pero es un libro de encargo que, por más que lo edite Ariel y que uno lo encuentre en los estantes de filosofía, está lleno (relleno, más bien) de ese tipo de desvergüenza, que no es lo mismo que ausencia de prejuicio: una buena parte está dedicada a la enfermedad y muerte de su mujer, a la que él llama Pelo Cohete, tema sobre el que ya escribió un libro, creo, y al que cada año dedicaba una columna en El País, alguna de las cuales vuelve a colocar aquí. Y otra parte se la lleva una buena moza con la que a Savater, a la vejez, le han salido las viruelas eróticas. Estupendo, piensa uno, hay gustos para todo, pero uno no se gasta veinte pavos en cotilleos de alcoba, y preferiría no asistir al desdén con el que habla de sus premios literarios, con los que presume de haber ganado dinero suficiente con el que salir corriendo al Houston de turno para curar a su Laura. No hay mucho petrarquismo en ello. Unas memorias de senectud de Ortega Cano habrían sido menos engañosas.
Lo que el lector va buscando del libro es otra cosa que se reduce a un capítulo y a unas cuantas opiniones dispersas. Savater se ha emancipado de la obligación moral de ser de izquierdas, ha trascendido la idea de que la derecha en España es retrógrada por definición, para lo que le ha servido de inestimable ayuda el mejunje que con el sagrado título de progresista muchos socialdemócratas de toda la vida nos tenemos que tragar. Así lo explica en un par de largos artículos que aquí también coloca y que deberían, piensa uno, haber servido como punto de partida para una reflexión más profunda. Lo que hay, en cambio, es una enunciación interesante pero sesgada, en la medida en que no se desarrolla.
Hay asuntos en los que Savater da en el clavo pero escamotea su complejidad, primera obligación de un filósofo (de la que él, por lo que dice aquí, se siente libre porque ya le aburre la filosofía). Un ejemplo claro es el asunto del feminismo. No es difícil estar de acuerdo con Savater en que cierta izquierda iletrada introdujo una especie de dictadura caprichosa de la discriminación positiva en la que hasta el mero hecho de hablar, de usar la gramática, ya sirve para definirse y de paso destajar los buenos de los malos. No se me olvidará jamás la sentencia que un líder provincial y provinciano del PCE le echó (otra acepción) a un tipo inteligente y libre: «Es que no se define». Eso fue a mediados de los 80… Pero volvamos al asunto. Dice Savater: «Ahora lo que prevalece bajo apodo de feminismo es el erotismo más anticuado y reaccionario que pueda imaginarse, inventado por mujeres que consideran a todos los hombres que las desean como violadores a los que hay que domesticar», dicho a propósito del resbaladizo concepto del consentimiento, falacia que da por hecho que la mujer está siempre a verlas venir y es el hombre el que tiene que pedir permiso. Pero sabe Savater que usar así el diccionario no es más que otra imprecisión. Lo importante es de qué armas legales puede disponer una mujer para defenderse de la fuerza bruta. El asunto exigiría hilar más fino, pero Savater dispara por elevación: «Es evidente que vivimos en plena cruzada contra la heterosexualidad, que ahora siempre resulta algo sospechosa y en el fondo poco digna para la mujer o quien se autodetermine como tal». Otra vez habría que darle la razón, pero solo en principio: por mucho que lo defendiera en su momento Lidia Falcón (y hoy en día Beatriz Gimeno), ser lesbiana no es un deber moral de las mujeres. No podemos dejarnos llevar por las falacias generalizadoras, ni creer que la espuma de las olas contiene los mismos elementos que el fondo del mar.
El propio Savater incumple así uno de los pocos principios referidos estrictamente a la filosofía de que habla en este libro: «…enseñar filosofía puede inculcar el aprecio por lo discutible, y eso sí que es provechoso». Lo malo es que casi todas las opiniones críticas que vienen después son demasiado tajantes para tenerlo en cuenta, pero no para montar el jaleo que de paso ha publicitado este libro, y de qué modo. Las entrevistas promocionales agotaron el contenido polémico, unas pocas páginas en las que se queja del giro sumiso que ha dado El País, teledirigido por el PSC, obediente ante los escandalosos privilegios que el separatismo tiene en España. A mí también me pone de los nervios que sea un partido obrero el que dé carta de naturaleza al supremacismo identitario. «¡Los enemigos no son esos, son los otros!», gritaba el bueno de Francisco Frutos a estas nuevas generaciones telefónicas cuando exaltaban el nacionalismo, avaricioso y clasista, como una conquista de la izquierda. El viejo dirigente comunista se murió sin que le hicieran ni caso, y Savater, si no se lo tomase tan a la ligera, dejaría de pasar por un Tamames más y daría contenido intelectual a la mala leche que mucho votante de izquierda lleva acumulada. Así ganará mucho dinero con sus encargos, pero, en cuanto a lo que de veras importa, el otrora filósofo no parece estar por la labor. Quienes lo leíamos en El País seguimos disfrutando de su prosa viva, rica y perspicaz (Cabrera Infante decía que Savater era quien mejor usaba el castellano), pero también nos irrita un poco esa superficialidad tan desganada. El libro termina con una, esta sí, hermosa oda al mar. Lástima que antes haya echado por la borda buena parte de nuestras ilusiones.
Fernando Savater, Carne gobernada, Ariel, 2024, 173 p.
29.2.24
Sarga
Después de la barrida general de ayer, nos han sorprendido las sargas cargadas de flores, los sauces grises que crecen por toda la ribera. Ya habíamos visto verdear algún desmayo, que es el sauce lánguido y vistoso de los jardines privados, el sauce decorativo, babilónico y prerrafaelita. Estos otros, las sargas, son como parientes pobres, asilvestrados y resistentes, de hojas más pequeñas, de flores más duras, arbustos de rama tiesa que no se cimbrean hasta el suelo ni los mece cualquier brisa. No son sauces para piscinas de riñón, como esos que se ven cuando te asomas por las celosías de las casas de postín, sino para remansos del río. De hecho, un poco más abajo, en un recodo del Alfambra, está el famoso Pozo de la Sarga, donde antiguamente acudían los zagales a darse un chapuzón. No muy lejos estaban las piscinas de tapias altas y plátanos amaestrados, de damas ociosas y camareros con pajarita, pero en el río se juntaba la chiquillería ruidosa y temeraria, que se colgaba de las ramas de la sarga para tirarse al pozo igual que Tarzán se columpiaba con las lianas. El sol se reflejaba entre las aguas removidas, los muchachos salían con la sonrisa chorreante y los pies manchados de tarquín, alguno con un cangrejo en la mano. Entre los sauces de las piscinas, los niños de casa bien estrenaban bañador y se acercaban al bordillo con cautela, siempre con un aya pendiente de que no se resbalaran. La naturaleza también parece guardar estos extraños equilibrios: el árbol suntuoso es más frágil y enfermizo, víctima de plagas y de heladas, pero el arbusto silvestre crece haciendo frente a las adversidades; sus flores no son campánulas fragantes, pero no hay ventisca que las arranque; sus ramas no dibujan sentimientos, pero sirven para que los niños se agarren en tardes de risa y aventura.
28.2.24
Ventolera
Todos pensábamos, también los árboles, que esto había terminado. El ciruelo ruin no sabíamos si aguantaría porque, además de desmedrado, el pulgón se ceba con él, y sin embargo se cuajó de flores como nardos, y el sauce se estaba tiñendo de un verde azulado y asomaban las hojas de los membrillos, antes incluso de que nos diera tiempo a podar los vástagos chupones. Pero un cierzo criminal volvió a poner las cosas en su sitio. Había que caminar encorvados, con las manos a resguardo para que no se nos abriesen los nudillos, cuando salíamos a comprobar que el viento rabioso no había destrozado nada, y lo que nos encontramos fue el suelo cubierto de semillas de arizónica, todo alfombrado de granos amarillos, como si se hubiera volcado un cargamento de mijo. El viento había sacudido los cipreses y el plátano enorme, donde siempre quedan unas cuantas hojas tiesas, testarudas, estaba limpio como la patena, tan esquelético como un frutal recién plantado. Hace falta una noche de ventisca para barrer las huellas del pasado, incluso aquellas hojas que se habían quedado milagrosamente colgadas del cerezo, momificadas de un año para otro, o las que se habían arremolinado en los alcorques como dispuestas a quedarse allí hasta que las sacáramos nosotros. Todo fue aventado por un airazo inclemente. Cuando subimos a ver si había desperfectos en la acequia, nos encontramos una empalizada de capitanas, esas grandes bolas como lámparas de pita, leñosas y punzantes, que habían caído rodando hasta el valle desde el páramo abierto y los campos de secano. También los sembrados han quedado limpios de polvo y paja, y por un momento parecían un campo de batalla en el que un ejército de escarabajos se hubiera lanzado al ataque. Hemos ido sacando con la horca las capitanas que dando botes llegaban a saltar la tapia y se quedaban atascadas en el cauce. El viento había también derribado un chopo muerto que llevaba años esperando a que lo arrancásemos. Ha habido que serrarlo y apilar los tarugos para quemarlo en la chimenea.
27.2.24
Oro en paño
Al volver a Femeninas, tantos años después, uno no se encuentra con nada parecido a un libro primerizo, pero tampoco, simplemente, con el decadentismo con el que se ha resumido esta primera etapa de Valle-Inclán. La muy medida construcción de las historias ya es obra de un escritor sin prisas, y el modernismo no se limita a la fastuosidad exótica y musical sino que llega a los orígenes mismos de la modernidad. Los críticos han encontrado en Salammbó (más que nada porque la cita el propio Valle-Inclán en La niña Chole) el origen de esta nueva mujer fatal, sádica y distante, con la que los decadentistas se emplearían a fondo, pero no he encontrado referencias a Poe, un autor que impresionó a los jóvenes noventayochistas (su huella en algún cuento de Baroja es evidente) y que estableció los fundamentos estructurales de la narración moderna, aquella que ocupa casi toda su extensión en ambientaciones estáticas que se resuelven en finales súbitos e impresionantes, que es como están diseñadas, por ejemplo, todas las narraciones de Femeninas.
En ocasiones, esa narración descriptiva reduce a lo mínimo el desenlace sorprendente (algo que frecuentará después en Corte de amor), como sucede en Tula Varona, una mujer que reúne «todas las excentricidades y todas las audacias mundanas de las criollas que viven en París: jugaba, bebía y tiraba del cigarrillo turco…». Tula seduce con juegos equívocos a Ramiro Mendoza, quien, por cierto, habla como un Rubén Darío de ocasión, y quizá por eso Tula lo despache con desprecio: «Tiene usted contestaciones de almanaque», le dice, y el lector se acuerda del Valle siempre distante, jamás meloso ni complaciente con la misma estética por la que transita.
Femeninas es también una fragua donde Valle-Inclán moldea por primera vez temas sobre los que volverá de manera brillante. Octavia Santino es un ejemplo muy particular. La historia de la dama moribunda a la que acude a ver su amante dará lugar a la Sonata de otoño, y una primera versión anterior a la de Femeninas ya la había publicado Valle-Inclán en México, en El Universal, en 1892, con el título de La confesión, que alude al macabro final en el que Octavia, en sus últimos estertores, confiesa a Perico Pondal que le ha sido infiel y el amante trata de sacarle con violencia el nombre de su rival… Valle-Inclán ya había publicado un relato anterior a esta escena muy poco antes, ¡Caritativa!, que desechó para esta versión final, todo lo cual da idea de que hizo y rehízo desde el principio, desde antes incluso de publicar su primer libro. El buen artista es el que sabe podar, y salvo esos excesos (brillantes, por otra parte) de La condesa de Cela, la verdad es que Femeninas es una pieza de orfebrería, pensada y compuesta con meticulosa paciencia, donde no falta el humor cínico que ya será para siempra una marca de fábrica no amparada solo en las exquisiteces modernistas sino en un oído muy fino para el desparpajo popular y teatral. Baste la reacción de Octavia cuando cree morir y Perico le ofrece llamar a un sacerdote:
—Entonces, ¿quieres que venga un confesor? Yo también había pensado en ello… Gravedad no la hay, eso no…
La enferma vaciló un momento; luego, volviendo a él los hermosos ojos, nublados por la calentura, exclamó con dolorosa resolución:
—¡No, no!… Prefiero condenarme así… ¡Anda, dame un beso!
Quizá el más flojo de los cuentos sea La generala, tanto por el tema (la joven dama, casada con un viejo, que se divierte con jovencitos modernos) como por el desarrollo, esa seducción bruscamente interrumpida que ya hemos visto en Tula Varona. Valle-Inclán también había publicado una primera versión de este cuento con el título de El canario, pues es la excusa de alta comedia, que se ha escapado un pájaro, la que Curra pone cuando está tonteando con el joven Sandoval y el general Rojas llama a la puerta. Lo más interesante quizá sea el motivo novelesco por el que se encapricha de Sandoval, que solo en su presencia Curra permite que el general fume, y la conversación sobre literatura en la que Sandoval defiende a d’Aurevilly y Curra a Alphonse Daudet, al mismo tiempo que desdeña el naturalismo de escritores tan olvidados hoy en día como López Bago.
Pero Femeninas también atesora dos obras maestras definitivas, inexcusables en cualquier antología, La niña Chole y Rosarito. La niña Chole, para cuya ambientación Valle-Inclán emplea reportajes de sus andanzas en México y, sobre todo, de su travesía a bordo del Dalila, ya forma parte desde sus inicios de un empresa mayor. Su subtítulo, Del libro Impresiones de tierra caliente, por andrés Hidalgo, ya indica que esta brillantísima narración no parará en convertirse en la gran novela de tierra caliente que es la Sonata de estío. Y también, como decíamos, es evidente que Valle ha trasladado al Caribe el ambiente lujoso y demoníaco de la Cartago de Salammbó, una libro que, por lo que dice algún especialista, formaba parte de sus más queridas lecturas infantiles. Y es verdad, no solo por el aire sacerdotal y desalmado de la niña Chole o su trato con los esclavos, sino por esa prosa recamada que sin embargo no cae en los vicios de la prolijidad o el abigarramiento. Las descripciones del gentío que llena el barco son impresionantes, la misma escena final del gigante negro lanzándose al mar a por un tiburón para regalárselo a la niña caprichosa es un prodigio de escritura, no compuesto de ornamentaciones modernistas al uso, como se suele dar por hecho, sino por una precisión verbal y un sentido del ritmo que nadie de su tiempo había conseguido. No es extraño que Murguía, en el prólogo, alabe tan sinceramente la madurez del estilo de Valle y le augure un brillante porvenir, con esa mezcla de sensibilidad y malicia, de oropel y mala leche que tanto partido le supo sacar don Ramón.
Pero si en La niña Chole ya está definida esa prosa insuperable, tan precisa y sensorial como poco recargada, que llegará en las Sonata a una de las cumbres de la prosa castellana, en Rosarito se juntan otros elementos sobre los que Valle-Inclán volverá una y otra vez hasta el fin de sus días. Aparece aquí, por primera vez, a pesar de la Brumosa compostelana en la que transcurre La condesa de Cela, ese territorio mítico de la Galicia de las Comedias bárbaras, de tantos cuentos y piezas teatrales y de tantos pasajes de La guerra carlista, y se nos presenta, todavía no del todo definido, el gran don Juan Manuel de Montenegro, que aquí es todavía una mezcla del hidalgo tremendo con el que acaban sus propios hijos y el malévolo seductor que fraguará poco después en El marqués de Bradomín. De hecho, el final recuerda bastante al de la Sonata de primavera, por más que el viejo don Juan Manuel también vaya detrás de las mozas jóvenes, aunque formen parte de la familia. Pero la prosa de Rosarito, aun perfumada con la misma esencia modernista, ya va más allá, a una cadencia galaica, a un timbre heroico que no podía encontrarse en las filigranas decadentes. Leer ese cuento es abrir el portón del gran pazo valleinclanesco. No es raro que volviera una y otra vez sobre él, que lo rehiciera y lo reutilizara. Es el emblema de lo que habría de conseguir.
El libro de Espasa que dormía en el estante, junto a las obras completas que editó Sánchez Zas para la Biblioteca Castro (y que debo decir que pecan de exceso de fidelidad a las primeras ediciones, sobre todo por lo que atañe a la puntuación, errática en ocasiones, ni sintáctica ni rítmicamente justificable) se completa, además de con un prólogo de Zubiaurre, con la novela corta Epitalamio, más tarde reconvertida en Augusta, que ya hemos comentado que es una variación de La condesa de Cela, más larga pero menos prolija, más provocativa y descarnada, llena de perturbadores elementos eróticos y retazos de, esa sí, decadente crudeza. La historia de Augusta y Attilio Bonaparte ya pisa los terrenos prohibidos que descubrió Valle-Inclán en Rosarito, y si recurre a la pastorela al estilo de Daudet, también vuelve al tema de la mujer enloquecida de aburrimiento y deseo, pero no al estilo de Gautier sino, otra vez, al de Flaubert, de quien solo he podido encontrar una alusión en boca de Valle-Inclán: «¡Flaubert, ese mal empleado de Hacienda!», dijo allá por 1929. No era raro en él, ni en ningún dandy de cualquier época, echar tierra sobre sus maestros.
Ramón del Valle-Inclán, Femeninas. Epitalamio, ed. Antonio de Zubiaurre, Espasa-Calpe, 1978, 205 p.
Nocturno
Hace tiempo que cayó la noche y los mastines no dejan de ladrar. Salgo a ver qué pasa, con el tiempo se aprende a distinguir el tono y la frecuencia del ladrido. Es noche de luna y sopla un viento pelado, y lo normal es que ladren a las sombras que se mueven en la noche clara, o que hayan escuchado cómo un gato se rebulle entre las hierbas para hacerse la cama, o que aproveche una rata la ausencia de los gatos para buscar comida entre los tronchos de berza que les tiran a las cabras. Puede ser también que les alteren las bombillas de los gallineros, las dejan encendidas para dar calor a los polluelos o para que las gallinas pongan más, o bien que haya entrado un coche en alguna finca con las luces apagadas, a echar de comer a los animales o abrir el tajadero. Pero en todos esos casos los ladridos son de alerta, no de alarma: sirven para advertir a los de fuera, no a los de dentro, y en este caso son más cortos y agudos, más inquietos, como si hubieran visto algo infrecuente. Galán ladra junto al ribazo y puedo ver el vaho de su aliento en el aire congelado. Incluso Morena, menos alterable, más siempre a la sombra de Galán, se desgañita con su ladrido fino y mueve la cola con energía. A veces, si ha llovido, hay buscadores de caracoles que caminan sin linterna por el ribazo, pero no en este tiempo, ni con una noche tan desapacible.
26.2.24
Masía
En su tiempo debió de ser impresionante. No era solo el caserío agrícola de las masías. Cada uno de los edificios tenía porte de casona señorial, desde la balconada corrida y encarada al mediodía del piso alto del patio, al muro semicircular de poderosos contrafuertes que sujetaban en lo alto la era y el jardín; desde la reja curva de barrotes con punta de flecha entre pilares de ladrillo, a los altos palomares de planta octogonal, con tejadillos árabes y veletas historiadas. Una fea tapia de bloques grises ciega la entrada de los carros que venían de la vega, y salvaban el barranco por tendidos caminillos con barandas de hierro. La casa grande mira al sur, los aleros conservan las hiladas a serreta y los balcones los dinteles de ladrillo a sardinel con claves rematadas en mensulillas, como si fuera la fachada de un palacio de verano, una villa de recreo, cerca del río pero lejos de los mosquitos, donde airearse los veranos y curar la tisis en invierno. Se mantienen firmes los anchos muros encofrados con ladrillo y las paredes de mampostería de los pisos bajos, pero los tapiales de cal y canto se han hundido sin remedio, y algunos parece que perdieron sus alféizares adrede, cuando los animales sustituyeron a las personas y había que tirar pacas de paja desde las ventanas.
Preside la ruina un hermoso chopo que quizás aún se alimente con los canalillos sobterráneos por donde se filtran los residuos húmedos de los ganados. Aunque todo siga funcionando, aunque en esta época no tenga hojas y alrededor el terreno esté descarnado y cubierto de piedras que se siguen desprendidendo de los muros, ese chopo es la única señal de vida.
25.2.24
Cautiverio
Mientras, en un cruce del camino, me pasa un rebaño por delante, pienso cómo sería una explotación de ganado lanar o caprino si solo se usase la lana o la leche y no se mandara ningún animal al matadero. Los machos solo están para cubrir, algo para lo que no hace falta más que uno en buenas condiciones. El resto muere al poco de nacer y son asados en las trébedes. Las hembras sobreviven, se quedan preñadas y llenan las ubres de leche hasta que, como dice Virgilio, ya no caben por la puerta del corral. En la granja de abajo había un macho grande y feo, de pelo rojo, sátiro con barba hirsuta entre media docena de cabras. Me preguntaba, al verlos en el cobertizo, qué pasaría en una explotación si no se sacrificase ningún animal antes de tiempo, bien por enfermedad contagiosa, bien por demasiado viejo. Los machos son buenos guardianes, pero, aparte de eso, solo sirven para pelearse. Apacientan los rebaños, establecen sus jerarquías, comen, pero en términos de productividad resultan innecesarios. Una vez, paseando por el río Guadalopillo, vimos que había bajado a la vega un rebaño de cabras monteses, con machos y hembras de todas las edades. Al advertir nuestra presencia emprendieron el regreso a las alturas de los peñascales, y fue interesante presenciar el orden de evacuación, por así decirlo, cómo primero jopaban los más jóvenes, después las hembras, más lentas las preñadas, y cómo los chivos más viejos, de cuerna larga y retorcida, esperaban vigilantes a que todas hubieran emprendido la ascensión y después cerraban la comitiva. Salvo las águilas y los halcones (y algún cazador desaprensivo), nadie altera el ciclo natural de las camadas, y todas son útiles entre ellas para la pervivencia del grupo. La domesticación deshace cualquier equilibrio, los ganados se convierten en harenes aburridos, las hembras se acostumbran a que les arrebaten a sus crías, los machos languidecen solos, con hastío de semental, sin conciencia de vejez ni de juventud. Cuando un cabrito se queda sin madre, otra cabra que perdió a su cría le tiene que dar de mamar a la fuerza, amarrada por una pata, en volandas casi. Los machos miran atontados, afortunadamente ajenos a la posibilidad de que el ganadero use sistemas avanzados de inseminación y decida eliminarlos por completo. Pero a veces los modos de producción, ay, generan pautas de conducta entre sus propios dueños.
24.2.24
Laurel
«El invierno lo vuelve gandul al labrador», dice Virgilio, aunque también explica que es tiempo, entre otras faenas, de recoger bellotas y bayas de laurel, las dáphnides, como las llamaban los griegos. En casa siempre ha habido un macetón bien grande de laurel del que cortamos alguna rama para dejarla que se seque y cuando las hojas ya estén amarillentas y acartonadas echarlas a todos los guisos imaginables. La carne sin laurel nunca está buena; si se trata de cordero, ya es directamente incomestible. Antes las arrancábamos del árbol, que son más aromáticas, pero alguien nos contó que también pueden resultar más tóxicas, no sé. Con los años que lo llevábamos haciendo, ya nos habría entrado alguna enfermedad, porque no creo que aparte de la sal haya otro condimento que usemos tanto. Los recetarios hablan de un sabor entre dulce y amargo, lo que tampoco es decir mucho, pero también le encuentro un lejano toque como cítrico, en todo caso nada exótico, pariente de tomillos y ajedreas, de aromas de monte, intensos sin llegar a empalagosos.
23.2.24
Hortensia
Después de algunos días de engañosa primavera, de tración casi estival, ha vuelto el tío Paco con la rebaja, el viento crudo que llenaba el camino del río de polvo y de ceniza. A más de un labrador he visto correr detrás del fuego del ribazo, no fuese a saltar a la arboleda. Se conoce que una lengua de frío se desparrama por la costa atlántica y no tardará en mojarnos con el Bóreas, «el frío penetrante», los cierzos afilados y las lluvias brunas. Para el fin de semana, por de pronto, más vale que echemos una buena calda. El viento ya menea los troncos de los álamos, a rachas brama el temporal, suenan los canalones como el órgano de un templo en ruinas… Y en estas que salgo a ver si quieren algo los mastines y me encuentro con que han brotado las hortensias, pobres imprudentes, confundidas con el sol que a mediodía les iba templando la tierra.
22.2.24
Susto
21.2.24
Sarmiento
Íbamos a esperar, como es costumbre, a las vísperas de San José, pero viene todo tan adelantado que ya hemos empezado a podar las parras. Todo ha de ser que empiecen los sarmientos cortados a llorar antes de tiempo y una noche la savia se les congele. Dicen que el lloro no les viene hasta que la tierra coge un poco de temperatura…
En otros lados del jardín, en otros sombrajos y cenadores, pusimos moscateles sin pepita, la mar de dulces. Estas otras hay que pelarlas y la pulpa es ácida pero sabrosa. Son las uvas con que antiguamente se hacía el vino casero, no sé yo si el mismo que antes de la filoxera llenaba los trenes de toneles, aquel potente vinazo que debía de ser como un suplemento alimenticio para las magras vituallas de diario. Nosotros no hacemos vino pero he probado alguno hecho con uva similar, y más vale acompañarlo con bocados contundentes que llenen el estómago si uno quiere mantener el equilibrio cuando se levante de la silla. Preferimos las mermeladas, que salen muy ricas sin apenas echarles azúcar.
Siempre estuvieron ahí, y algún año hubo, por esas cosas de la vida, que dejamos los sarmientos sin podar. Se hicieron enormes, pero ya llevamos una larga temporada cuidándolas para que sigan produciendo esa reliquia de sabor. Ahora ya están viejas y de vez en cuando alguna rama seca termina haciendo brasas para las chuletas, pero queremos que nos sobrevivan, que estas uvas recias sigan siendo un fruto del pasado.
20.2.24
Flor
Solemos comparar la vida con las estaciones. Cada cual la empieza por la que más le conviene, casi siempre por la primavera. Otros renacemos en otoño, maduramos en invierno, decaemos en primavera y en verano nos apelmazamos. Por eso los primeros anuncios clásicos de la primavera me producen más astenia que alegría. La flor del almendro, que antes era un aviso lejano, ahora es el anuncio del calor. El mundo pierde sus matices. Todavía queda un tercio del invierno pero como no venga una borrasca despistada ya podemos ir barriendo la leñera. Apenas hemos quemado las varas de la poda y ya se ve crecer la hierba entre las cenizas.
Pero la falta de entusiasmo no les quita la belleza. Son las primeras y también la medida de la hermosura simple, de líneas claras, el blanco intenso con el morado leve, los sépalos de un verde claro, de un verde todavía verde, que asoman entre los pétalos y rodean el ramillete de estambres amarillos. Nos atrae por lo que nos queda de insectos, como si fuésemos a libar en ellos una vida más larga, sin tanto calor. Nos consuela ser abejas que se afanan en su dulce trasiego, por más que cada año el panal se vaya derritiendo más temprano.






