10.5.26

La mar, la mar

Pocos se atrevían a ponerle peros a Miguel Delibes en los años 80, pero sí su gran amigo Francisco Umbral, que cuando apareció Madera de héroe (precedido entonces el título por un número de chapa militar) dijo que en las páginas dedicadas al barco se veía que Delibes sabía nombrar los imbornales, el barlovento, el mastelero y todo eso, pero que no se veía el mar. La novela es mucho más que eso, pero Umbral daba en el clavo de un defecto que no sé si tiene esa obra, pero sí algunas que ven en el mar un idioma técnico, más incluso que una sensación. Con ellas uno debe decidir entre una lectura a trompicones, intervenida cada tres palabras por el diccionario, o un dejarse llevar por lo que quiera que signifiquen todos esos palabros, en la medida en que suponen una forma de decir que la acción ocurre en un barco, sin más. Cuando al escritor le mueve solo el afán de precisión, el mar se pone cuesta arriba, pero cuando el lector entiende que esa lengua es como la de los nombres y los apellidos, palabras exentas, significante puro, materia para la música, la novela entonces alcanza latitudes poéticas en las que todo se entiende sin necesidad de diccionario. Es el caso de Gran sol.
Publicada en el 57, Gran sol elabora materiales de primera mano: Ignacio Aldecoa se embarcó en un pesquero en el verano del 55 y allí anotó las costumbres, las palabras, las faenas. Las fechas remiten, por supuesto, a otra novela nacida de la observación y del oído atentos, El Jarama, publicada el año en que Aldecoa se echó a la mar. Ambas comparten el retrato tan preciso como en principio desapasionado, la fidelidad al habla y a su escaso contenido dramático, el refugio poético en las descripciones o el desastre trágico que cierra la novela. Pero también hay algunas diferencias muy notables, sobre todo dos: Aldecoa interviene de manera explícita con frecuencia, a través de pensamientos y deseos, de recuerdos e intenciones que en El Jarama se dejaban al criterio deductivo del lector y aquí se llevan buena parte de la carga poética de la narración; y, sobre todo, Aldecoa no se afana en distinguir a los personajes, por más que cuente la vida de alguno: salvo dos, Macario el Matao y el patrón de pesca Simón Orozco (los dos que arman la historia), a los demás cuesta reconocerlos, y eso que, siguiendo la costumbre celiana, a todos se los nombra una y otra vez por su nombre y su apellido. Pero así como en El Jarama Ferlosio utilizó la técnica de los distintos planos y en cada secuencia hay un protagonista que se aísla de los otros con sus propios rasgos y así cobra suficiente consistencia como para que lo reconozcamos cuando vuelve a aparecer, en Gran sol los personajes no tienen ese algo que los distinga, o no está lo bastante marcado, dispuesto para que el lector los individualice sin dificultad hasta bien avanzada la novela. Las faenas, las palabras, se lo comen todo. En El Jarama disfrutamos la divina transparencia, el estar ahí, y sin dejar de saborear el rico idioma no sentimos que se nos velen las escenas, antes bien la lectura es un discurrir paralelo a la realidad, unido a ella; en la novela de Aldecoa todo está calafateado de palabras, húmedo de tecnicismos: «Macario Martín sujetaba la estecha del arte a un alitón de la amura», «la puntas de la red, engarfiadas a un cable empoleado en el mastelerillo del estay del galope, patinaron por la regala hasta el comienzo de la obra muerta…». Al mismo tiempo, el impulso poético, con ese fatalismo marinero, resulta en ocasiones algo disonante con respecto al propósito de realismo estricto: «Estela hecha, tiempo vivido, también borrada. La mar no tiene sendas, no guarda huellas». Para ser un reportaje, tiene demasiada poesía; para ser una novela, tiene demasiado reportaje. Y eso que Ferlosio fundía maravillosamente, aquí se queda, sobre todo en la primera parte, en una epopeya verbal, que sin embargo cobra vuelo cuando barco llega a Bantry, en la costa sudoeste irlandesa, y el autor deja un poco de lado el diccionario. 
A partir de entonces la figura de Macario (y pronto la del patrón Simón Orozco) acapara casi todo el protagonismo, por más que los otros vayan desgranando sus penas y sus historias, a veces en un repaso de sus tristes vidas y otras en lo que ya podríamos llamar monólogo interior. Vibran las escenas previas y posteriores a la pelea de Macario y Sas (con sabia elipsis del combate), y la pesca de pájaros en alta mar, espléndida secuencia de realismo crudo y delicado; pero también el paseo del patrón por el cementerio de Bantry, con muchos náufragos paisanos, y ese dejarse de rencores que es la única manera de sobrevivir.
En esa segunda parte la novela sostiene un ritmo absorbente, como si se hubiera deshecho el autor del lastre técnico y lo hubiera reemplazado por la poesía de altura. Se le acusó a Ignacio Aldecoa de virtuosismo, como si eso fuera un defecto, pero no cometió el error de mantener el alarde cuando lo que manda es la tensión. Antes del amargo desenlace, el autor pasa revista: 

En la punta de proa paleaban los hermanos Quiroga. Afá ocupaba su puesto habitual junto al palo. Macario echaba bacalaos a sus espaldas para trabajo de los engrasadores [Manuel Espina, Juan Arenas y Gato Rojo] que carneaban sobre unos cajones. Sas, Artola y Ugalde trabajaban en hilera pegados a los carretes. Desde el puente contemplaba Paulino Castro, sin oficio en la pesca. Simón Orozco llevaba el barco al rumbo y atendía al arrastre iniciado. Domingo Ventura tascaba boquilla en el espardel, oculto a los marineros de proa, visto únicamente por los engrasadores que hacían faena debajo de él.

A partir de entonces los cabos se empiezan a atar. Los dos marinos viejos, Simón y Macario, patrón sobrio y cansado y marinero excéntrico y leal, toman el timón de la novela. Al patrón le sale un pronto algo Melville, con «esa chaladura», como dice Espina, que tiene con las cailas, los tiburones que se acercan al barco cuando los marineros devuelven al mar la pesca que no les sale rentable guardar en la nevera. Los odia, y solo pierde la compostura cuando ve uno y ordena que lo rajen con el gamo, una especie de gancho. Los tiburones se aprovechan de la pesca de arrastre, que saca toneladas de pescado muerto, y en cierto modo, como un doloroso equilibrio poético, se vengan del patrón que los masacra cuando una red cargada le cae encima y lo aplasta. Sus últimas horas, atendido por Macario, amarrado a una litera mientras el barco se encara con el oleaje para no irse a pique (lo que aquí se llama hacer la capa), son las páginas más emocionantes de una novela impertérrita. Los viejos marineros aguantan atados a su destino, hasta que uno acabe en un cajón de tablas de pescado y el otro en alguna taberna sin bandera. Entonces todo es tragedia clásica y no hacen falta tecnicismos, y los pocos que se usan ya son de un idioma conocido.

Ignacio Aldecoa, Gran sol, Alfaguara, 2001 (=1957), 303 p.


6.5.26

Envidia de la seda


Los elogios de John Elliott me han hecho volver a un autor a quien no hace falta que nadie elogie para que siga leyendo lo que me falta de su portentosa obra. Pronto uno se da cuenta del provecho que Elliott sacó de este libro, pero la marca de la casa es la solidez documental de cuanto dice y el placer que proporciona su lectura. Los moriscos del reino de Granada se editó por vez primera en 1957 en el Instituto de Estudios Políticos, con láminas y mapas que no incluye, lamentablemente, la 2ª edición de Istmo, con un nuevo estudio introductorio, de 1976, que es la que yo he leído. 

Aunque el tema de los moriscos y sus penalidades era ya conocido en sus aspectos generales, lo que aportó don Julio fue un nuevo punto de vista, el antropológico. El libro se compuso en plena efervescencia de otros modos de mirar la historia como el sociológico o el económico, que habían adoptado en España historiadores de la talla de Vicens Vives o Ramón Carande. El propio Fernand Braudel, uno de los más conspicuos miembros de la Escuela de los Annales, alabó sin reservas este libro de don Julio: «obra maestra, uno de los más bellos libros de historia y de antropología cultural que conozco». Aquí Julio Caro afina cuestiones demográficas, de usos y costumbres, procedencia y trato, sobre la base de testimonios de la época, incluidos los literarios, aparte de tratar, en los últimos capítulos, el asunto de la rebelión de la Alpujarra (1568-1571) y la posterior expulsión y diáspora de los moriscos.

Para los cristianos viejos, algunos de los cuales eran musulmanes bautizados antes de la conquista de Granada, los moriscos eran apóstatas, infieles y herejes. Los distinguían por el color de la piel, el cabello o el gesto, y por actitudes como la frugalidad en el comer y la fecunda propensión a la lujuria. Pero la fama del moro no había sido tradicionalmente mala, quizá  por la brillantez cultural del reino nazarí. Tenían fama de historiadores excelentes, doctos astrólogos, buenos arquitectos, bravos guerreros y galantes caballeros. Esta imagen que conservan los romances no tenía mucho que ver con la del morisco en el siglo XVI, la de alguien inculto y cerril, mañoso en sus artesanías pero lerdo, y dirigido por jueces y santones a los que los cristianos despreciaban sin disimulo, y fue empeorando a medida que el espíritu renacentista, más tolerante, se encerró en el contrarreformismo tridentino y creció la tensión entre la nobleza, milicia incluida, y el elemento civil. Los burócratas y leguleyos y los eclesiásticos acusaban a los nobles de venderse a los moriscos, y esa tensión fraguó en la Pragmática sanción de 1567, paradigma de intransigencia que precipitó la rebelión de la Alpujarra.

La cosa venía de lejos. Ya en tiempos de Carlos V, algunas costumbres moras irritaban a los rígidos cristianos (y a algunos no cristianos les siguen irritando), y se llegó a prohibir, por ejemplo curioso, que «ningún hombre ande en hábitos de mujer», algo que no era raro en las ciudades musulmanas medievales. Pero con el tiempo las acusaciones adoptaron peor cariz, por ejemplo la de acoger a los monfís, bandoleros que se juntaban con corsarios turcos y berberiscos, todos ellos muy «gandules», término que entonces no significaba vago sino valiente. Por unas cosas o por otras, y en medio de un creciente miedo al turco, los moriscos eran objeto constante de vejaciones, y como a todo se le puede dar la vuelta, hasta sus mejores costumbres se tomaban por vicios: para un cristiano, la laboriosidad, la frugalidad y la fecundidad son virtudes, pero los moriscos no eran laboriosos sino cicateros, no frugales sino avaros, no fecundos sino libidinosos. Y esa poca estima siempre ha sido el mejor salvoconducto para los abusos.

Ya la conversión de los moriscos había sido por la fuerza y en contra de lo dispuesto por los Reyes Católicos, y eso los convirtió en sociedad semisecreta: se bautizaban y acto seguido se descristianaban, recibían un nombre cristiano y otro mahometano, y lo mismo pasaba con las bodas, que se casaban por la iglesia con un vestido y luego por sus propio rito con otro. El cumplimiento estricto de la Pragmática les prohibió vestirse como solían, pero hasta entonces la tolerancia, como suele suceder, había sido garantía de convivencia; después, la ley y sus administradores se convirtieron en enemigos del morisco, y sus instituciones en «casas de mala ventura» donde se sucedían los cohechos y los atropellos.

Hay mucha literatura sobre los moriscos, la mayor parte satírica o censoria, pero en todo ese herbazal Julio Caro ha ido escogiendo humildes flores que hablen de los individuos, de su carácter, de su forma de vida, que es la parte más interesante de este libro. Y la primera conclusión es que eran «trabajadores y sobrios»:


Con tal de que se les dejara practicar su religión y seguir con sus costumbres no pedían más. Como explotaban tierras pingües, aun dentro de su flaca condición les quedaba margen para ahorrar y enriquecerse. Este enriquecimiento era mal visto —a veces— por los villanos, cristianos viejos y pobres advenedizos, e incluso por los hidalgos de aldea, paralizados por una serie de prejuicios de casta.


Ahora bien, los moriscos tampoco bajaban la cabeza. Ayudaban a los corsarios y a los almogávares que «corrían la tierra» en sus incursiones por los pueblos de cristianos viejos. Pero sobre todo los unía la ‘asabiyyah, la solidaridad agnática, la conciencia de grupo, que entre los sarracenos es uno de sus principios aglutinantes, porque tampoco podían —ni seguramente querían— aplicarse a sí mismos principios como el de la limpieza de sangre. De hecho los moriscos granadinos eran «mezcla de árabes y sirios, bereberes, elementos indígenas y judíos antiguos, con algunas dosis variadas de sangre negra o de gente muy diversa: persas, hindúes y turcos inclusive». Sin embargo, a mediados del XVI tampoco era mucha la diferencia racial entre la población morisca y la cristiana vieja de la zona de Granada, pero también de Murcia y Almería. Contando, además, con la afluencia constante de africanos «venidos de territorios perdidos para el Islam», lo que también era fuente de inestabilidad, la sociedad morisca era un conjunto abigarrado de familias linajudas, negros humildes, santones alfaquíes, renegados… Y no eran cuatro gatos: solo en el Albaicín de Granada vivían unas 50.000 almas, y en el reino, según cálculos de Caro, algo más de 150.000 personas.

Su compromiso religioso no excluía, por ejemplo, la afición a la magia o un curioso fatalismo que a los curas cristianos los escandalizaba: «si est victurus vivet: si autem est moriturus, nihil ei proderunt medicina», y este determinismo absoluto no solo definía una forma entre despreocupada y temeraria de vivir, sino incluso de guerrear, desembarazados de una impedimenta defensiva que tampoco habría de modificar su sino… Eso no implica que no fueran estrictos en las observancias clásicas: no beber vino, no comer cerdo ni carnes sin sangrar, ni siquiera rábanos, nabos ni zanahorias, por ser comida de cerdos. A su forma de hablar, los cristianos la llamaban «algarabía», lo que para los musulmanes era un signo de pureza de estirpe, más que el de la raza, y los moriscos, mucho más que los judíos, siempre presumieron de su origen. Pero esa algarabía, con el hablar a voces y con pleonasmos que parodian luego tantos comediógrafos y que ha dejado su huella en el habla popular castellana, ofendía al cristiano viejo «de neta habla castellana pero de poca cultura, como modernamente le ofende oír vascuence, catalán o, en general, otra lengua».

Y no solo les molestaba eso. «Labávanse aunque fuesse en Diziembre», dice, en 1638, el historiador Bermúdez de Pedraza, lo que, lógicamente, fomentaba su nefanda inclinación al amor carnal: «libidinosi Arabes pinguium mulierum amore trahantur», dice Guerra de Lorca en 1586; es decir, que además les gustaban las mujeres entradas en carnes, razón por la cual ellas pasaban mucho tiempo durmiendo, bañándose y comiendo.

En todo caso era gente laboriosa. Los sederos granadinos, los tejedores, joyeros, zapateros, alarifes o albañiles, carpinteros…, tenían fama de eficientes y eran el sustento de muchas familias moriscas, y aunque las telas no podían competir con las venecianas, ni las sargas y los terciopelos con los valencianos, sin embargo el tafetán de seda era único. La misma Alpujarra se había especializado en el cultivo de la morera y del gusano de seda. Hombres y mujeres de toda condición, ricos y plebeyos, acostumbraban a llevar trajes de seda, lo que no significa que sus ocupaciones tuvieran que ver con las heroicas y galantes que nos transmiten los romances. Ellos se dedicaban «a cultivar huertos, andar con recuas, negociar con higos secos, pasas, almendras, miel, arrope, turroneras y frutas, hacer ladrillos y adobes, blanquear casas con cal, trabajar el yeso, vender aceitunas y tostones…», y solo por su oficio ya se sabía quién era morisco. Resulta llamativo comprobar que, entre los castellanos viejos, el mito cerealista fomentaba un cierto desprecio por la horticultura, como labor para gentes de baja condición. Otro asunto interesante, del que por supuesto no se ocupa aquí don Julio, es la procedencia de ese mito, y por qué ya en Roma Ceres gozaba de más predicamento que Pomona.

Toda esa industriosa paz se vino abajo con la Pragmática  de 1567, ya desde las mismas Alpujarras, donde se conoce que vivían los más fieros moriscos, y de las que Hurtado de Mendoza da una espléndida definición que don Julio, siempre sensible a la buena prosa, no duda en citar: «Montaña áspera, valles al abismo, sierras al cielo, caminos estrechos, barrancos y derrumbaderos sin salida». Fieles a su tradicion consentidora, nobles como el marqués de Mondéjar, luego tan belicoso pero hasta entonces con una cierta, digamos, tolerancia de clase, la intentaron parar, pero el cardenal Espinosa fue implacable: mejor la guerra. Bien es cierto que los moriscos se habían aprovechado de la morosidad burocrática de Felipe II para preparar la rebelión en los casi dos meses que mediaron entre la decisión de la Pragmática y su puesta en vigor, suficientes para que desde el núcleo montañoso central los moriscos se pusieran de acuerdo. Fue, en todo caso, una rebelión religiosa, restauradora de los valores de la cultura musulmana tradicional. 

Las tropas cristianas no se pararon en barras, pero los pacíficos moriscos tampoco eran mancos. Fárax Abenfárax y sus monfíes cobraron fama de crueles; Abenumeya, el autoproclamado rey de los moriscos, y el Zaguer debieron de ser algo más templados. Pero la saña era mutua: los frailes, en los sermones, excitaban la violencia y el odio a los moriscos, aun desobedeciendo al arzobispo Guerrero, que prefería proceder con algo más de transigencia. Los moriscos, por su parte, en una imagen de la que tenemos ejemplos menos remotos, azotaban y desmembraban a cuchilladas imágenes de Cristo. Los cristianos hacían cautivos y esclavos incluso entre los niños; los moriscos, sobre todo mercenarios extranjeros, recurrieron alguna vez a la práctica del empalamiento. Sus ataques se anunciaban con alaridos, lo que Cervantes, en el Quijote, llama «lelilíes», y ruidos de atabales y dulzainas, y se lanzaban armados de ballestas y arcabuces, alfanjes y espadas, chuzos y chavarinas, gorguzes y hondas de esparto, pobre armamento que les llevó a trueques como el de un cristiano a cambio de una escopeta. La rebelión pasó por encima incluso de los que no quisieron secundarla, algunos de los cuales llegaron a perder la vida.

A los moriscos les sobró brutalidad y les faltó sentido táctico, aparte de lo que Salustio llamaba la «punica fides», el carácter, la seguridad. Frente a ellos, las tropas cristianas, por ejemplo las del marqués de Mondéjar, tan contemporizador en un principio, se dedicaban sobre todo a robar, saquear y arrasar poblaciones moriscas, y si aun con todo aguantaron cerca de tres años no fue porque los cristianos quisieran alargar la guerra, sino por esa solidaridad agnática que daba ánimos a los moriscos, que por otra parte no traspasaba las fronteras, porque los moriscos valencianos, por ejemplo, no les prestaron ayuda y prefirieron, muchos, marcharse a Berbería, donde acaso los trataran mejor.

La expulsión ya había comenzado en 1568, a principios de verano, cuando se les echó del Albaicín en grupos de 1500. Todo lo que dejaron atrás, bienes y haciendas, se lo repartieron los cristianos viejos. Sin embargo, hacia 1582 bastantes moriscos estaban de vuelta en Granada y convivían con familias mudéjares que habían permanecido en sus casas. Los demás fueron dispersados por Galicia y Castilla, principalmente, y allá donde los mandaban ellos seguían viviendo a su manera y prosperando como prosperan los pobres, a base de multiplicarse, algo que suscitaba odios y envidias, no fuesen a reemplazar a la población… Teniendo en cuenta que no se les permitía ejercer oficios tradicionales sino dedicarse solo al cultivo de los campos, se tuvieron que adaptar a nuevas ocupaciones que implicaban mucha movilidad y pocos bienes inmuebles como las de arriero y trajinero, lo que, amén de reportar ganancias, favorecía la comunicación y ciertas labores de espionaje. Desde luego, y en la medida en que su necesidad de conseguir trabajo rebajaba sus ganancias, a las malas condiciones se sumaba la ira de los cristianos, convencidos de que les quitaban el trabajo. Muchos fueron reducidos a la esclavitud, y junto a negros y berberiscos se convirtieron en tipos cómicos de autos y comedias en los que se imitaba su forma de hablar. Los abigarrados laberintos de callejas que dejaron atrás, con sus fachadas sucias sin ventanas y sus interiores limpísimos bien ventilados por sus patios y sus huertos, fueron sustituidos, en buena medida, por plazas abiertas y templos descomunales, aunque algunos elementos arquitectónicos como el balcón no solo quedaron en los romances fronterizos sino en esa otra frontera entre el terrado y el tejado que es como una cicatriz que dejó su paso por el Mediterráneo. Julio Caro llama la atención de que esa tradición constructiva permaneció, precisamente, en bastantes pueblos de la Alpujarra, pero también en algunos de Cuba.

En tiempos de Felipe V los moriscos, a su modo, se habían vuelto a integrar, y su epopeya fue a partir de entonces tema de discusión, según las épocas y las ideas. Jovellanos, por ejemplo, consideraba la expulsión «cruel e impolítica», pero a Cánovas le parecía «irremediable». Julio Caro Baroja no juzga: describe lo que ocurrió con los moriscos, sus formas de vida, cómo se contaron sus conquistas y sus desgracias, examinando sine ira et studio textos fundamentales como el de Luis de Mármol Carvajal o plumas tan bien afiladas —en todos los sentidos— como la de fray Marcos de Guadalajara, con su saña sin reservas y su donoso estilo, o de clásicos como Lope, Calderón o Alemán, y por supuesto la escena de Ricote en el Quijote, tan reveladora. El lector actual, además de beneficiarse de la rigurosa honestidad del antropólogo, disfruta de la limpia prosa del escritor, que ya en los años cincuenta llamaba la atención de conductas racistas y xenófobas que el tiempo no ha eliminado. A veces las oculta la educación elemental y la vergüenza; pero otras se convierten en feroz arma política.  


Julio Caro Baroja, Los moriscos del reino de Granada, Istmo, 1976, 285 p.

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