31.3.06

Despedida, 1


Acabo de releer, con lágrimas en los ojos, la crónica que escribió el maestro Joaquín Vidal el día que Rafael de Paula, hace casi veinte años, obró aquel prodigio en la Feria de Otoño de Las Ventas con un toro de Martínez Benavides. Nunca el toreo fue tan bello, se tituló la crónica, de la que me sigo sabiendo párrafos de memoria porque se ha convertido en un mojón de mi memoria, pero también porque Vidal sigue siendo un autor al que leo con frecuencia para saber si escribo bien o mal.
Después de aquella faena, finales de los ochenta, Rafael de Paula se dedicó a rememorarla. Yo estaba estudiando en Salamanca y allí acudió el maestro, a dar una conferencia. Paula habla lento pero habla muy bien y dice cosas muy hondas. Yo quería un autógrafo porque, Vidal interpuesto, también lo había mitificado, igual que antiguamente se fundaban peñas de toreros cuyos miembros jamás los habían visto torear, pero se los habían imaginado. Y le llevé mi libro más valioso, las obras completas de Virgilio, en latín, por supuesto. Y allí estampó una firma como una serpentina sin alharacas, como una revolera de un solo trazo, firme y cabal, pero con ese sentido del empaque y de las proporciones que sólo tienen los artistas. La firma fue tan firme que cuatro páginas después, si pasas la yema del dedo, aún se adivinan las huellas. Es como si la hubiera esculpido.
Después lo he visto muchas veces torear, sobre todo en Madrid, aunque también he viajado para verlo. Y lo he escuchado, e incluso lo he leído. Incluso he visto las cenizas de su orgullo torear en condiciones patéticas, cuando ya no podía con las piernas. Siempre alargaba su carrera porque siempre ha vivido con la tortura de saber que aún no había llegado su gran momento, y porque el arte, a veces, es víctima de la disipación.
Mañana sábado, primero de abril, Las Ventas le rinde un homenaje. No piso una plaza de toros desde que se murió Joaquín Vidal y se retiró José Tomás. Durante este tiempo he pensado que no volvería, salvo que tuviera una buena razón para despedirme. He aquí la razón. Iremos a despedir a Rafael, cómo no, y de paso, en cierto modo, nos despediremos de un arte ya casi perdido que sin embargo, lo que son las cosas, me ha llegado a emocionar como ningún otro.

26.3.06

Entraña


Entre las muchas virtudes de Volver hay una rigurosamente literaria: la voz. Me refiero a que el lenguaje en sí mismo no sólo sea un personaje sino que se convierta en el espinazo de lo no narrable, en la entraña de la historia. Es algo muy poco común en nuestra novela contemporánea. Los escritores no encarnan una voz, a veces ni siquiera la suya. No hay distancia entre autor y narrador, y esa deficiencia se ha convertido a menudo en un coladero de vidas personales, intransferibles y en absoluto interesantes: detrás de la moda del testimonialismo se esconde la incapacidad de crear un personaje que hable con sus propias palabras. Por lo que a mí se me alcanza, el último que lo hizo sistemáticamente fue Pombo, sobre todo en Aparición del eterno femenino y en Telepena de Celia Celilia Villalobos. Se trata de que, además de una historia, haya alguien que la cuente, del mismo modo que al niño le importan más o menos las historias que le cuenta su madre, pero lo que sí le importa, más que nada en este mundo, es que se las siga contando.
Por eso creo que lo que más me emocionó fue el espléndido ejercicio de reconstrucción lingüística de un sentimiento que se apodera de toda la película. La gente dice cosas y escucharlas es reinterpretarlas a la luz de una frase hecha, de un acento, de un modo de preguntar. Hay una transparencia popular que siempre echaremos de menos porque siempre es la forma más breve de acercarse a lo inefable. Y Almodóvar lo sabe porque no se ha limitado a imitar el habla de las mujeres manchegas, sino porque ha usado en momentos precisos esa forma de hablar, cuando había que dotar a un hecho de significado íntimo. Qué más da quién ha matado a quién. Lo importante son las entretelas que se nos desbocan cuando alguien no sólo expresa lo que dice sino lo que le ha llevado a decirlo, aquello de sí mismo que desconoce y que nosotros adivinamos y no podemos evitar que nos afecte.
Esta forma de ironía trágica me está ocupando estos días. Antes de ir al cine estaba leyendo el Diario de un cazador, de Delibes, una magnífica novela que parte de los mismos presupuestos: la humildad –en sentido literal– de quien se amarra a una voz peculiar, la de un personaje que no es tan culto ni sabe tanto de lo que le ocurre como el propio escritor, y que sin embargo lo retrata con una grandeza que nos penetra hasta las entrañas.

22.3.06

Excepción

Entre pitos y flautas, entre ausencias y presencias, llevo unos cuantos años escribiendo en este periódico mis columnillas. Sólo en una ocasión (y fue un fallo mío al enviarla, que me equivoqué de tecla) escribí sobre la ETA, porque siempre me he rebelado contra el hecho de que fuesen más importantes las pistolas que las palabras, y porque me parecía indigno hurgar en la sangre de un congénere para sacar mi artículo adelante. Hemos vivido largos años en los que un puñado de metralla merecía toda la atención, hasta el punto de que a quienes clamaban por algún derecho no les bastaba con usar palabras en vez de cloratita, sino que debían decorarlas con métodos casi circenses para que se les prestase un poco de la atención debida. Está por estudiar la cantidad de culpa que le corresponde a la propaganda inmediata de los medios en la prolongación inútil de toda esta historia, porque desde el principio ha estado claro que la lógica de la lucha armada se ceba en nuestra incorregible propensión al horror.
Y también, por cierto, está por estudiar la de veces que en todos estos años, mientras mirábamos por encima del hombro a los manifestantes pacíficos, insistíamos en el incontrovertible argumento de que, teniendo libertad para expresarse, no había necesidad alguna de violencia. Ese argumento se alimenta con lo que está pasando en Cataluña, que, nos guste o no, no va nunca más allá de las palabras, pero se desinfla si nos tomamos este alto el fuego de ETA como un fin, como una solución. Ya dijo el escritor Bernardo Atxaga que el problema vasco tenía descripción, no solución, y a ETA no la han terminado de convencer las palabras de nadie sino una barbaridad todavía más gorda que las que ella solía cometer, una caída del caballo que no fue provocada por el fulgor de la verdad sino por el estallido de las bombas de Atocha.
Aquel único artículo que publiqué sobre la ETA se tituló Excepción porque era, en efecto, una excepción a mis queridos temas menores, y en él me limitaba a reivindicar mi derecho a no estar saturado por la propaganda del terror. Ahora la excepción es la palabra, y el optimismo, a pesar de todo, una cuestión de coherencia.

Diario de Teruel, 23/3/2006

Disfraz



¿Por qué la palabra disfraz resulta ofensiva? Si alguna vez se me ha escapado –por ejemplo al hablar de los atuendos medievales que se usan en Teruel–, he sido enmendado de inmediato: “Es un vestido, oiga, no un disfraz”, me han dicho, como si hubiera cometido una de esas imprudencias que tanto hieren el sentimiento patrio chico.
Debe de ser muy ofensiva porque de lo contrario no la habrían utilizado para zaherir últimamente. Debe de serlo porque un disfraz implica ocultación, mentira, cuando no un carácter disipado y estrambótico. Se disfrazan, en principio, los que se van de juerga y los que pretenden cambiar de identidad, y sin embargo las máscaras no son imprescindibles en un baile de disfraces, pero sí en una tragedia realista: la palabra persona designó al principio una máscara de teatro, aquella que, más que ocultar el rostro, lo reducía a un sentimiento impostado.
Todos vamos a trabajar disfrazados de lo que somos, con nuestra persona incorporada, e incluso hay quien colecciona en el mismo armario un uniforme de caballero templario, un hábito de cofrade nazareno, un traje de peñista vaquillero, un disfraz de turista dominguero y, si se tercia y lleva barba, uno de Rey Mago. Hay mujeres que se disfrazan de mandatarias bien educadas y hombres que se visten de machorros. Sus respectivos disfraces ocultan sus identidades, pero definen sus personas. Así, el disfraz de unos está en los gestos solidarios, en la compensación estética de los cadáveres que flotan en el Atlántico. Alguna de esas jóvenes ahogadas viajaría con el traje de fiesta de sus antepasados, bien guardado en su banco del cayuco, por si hubiese algún día algo que celebrar. Y el disfraz de los otros está en esa corbata fálica, brillante y poderosa, en el rostro estirado, en el llamamiento al lujo, pero sobre todo en esa media sonrisa que es la que usan los que están tomando el pelo a alguien y al mismo tiempo, de reojo, se preocupan de hacer a los conmilitones cómplices de su pesada broma. Aparte, estupefactos o atemorizados, están los que toman en serio al espantajo.

Filípica



Hace unos días, un grupo de jóvenes se reunió en Andorra y organizó unas jornadas para informar y discutir de los problemas mayores que tiene planteados la especie en general y nuestros conciudadanos en particular. No sé cuántos eran, pero quisiera creer que fueron más que los borregos que se juntaron el viernes con el solo propósito de ser más numerosos que en el pueblo de al lado. No creo que sea propio de ningún achaque cerebral el darse cuenta de que existe, y en España es abundante, un tipo de juventud que reivindica las concentraciones ovejunas mientras en el país de al lado hay jóvenes que plantan cara al Estado que los maltrata. Ni tampoco constatar que los medios de formación de masas, como diría el otro, están más atentos a los records que a los pensamientos, y hacen más propaganda de las ovejas que de los individuos de corta edad con ganas de implicarse en el mundo en el que deambulan.
Mi generación fue la siguiente a la de los jipis. Estábamos ya un poco escamados de tanto folclore amoroso, así que practicábamos un escepticismo que los viejos de entonces llamaban pasotismo. Ser un pasota era no comulgar con martingalas, pero las bebidas seguían sirviendo para acompañar la conversación, y no al revés. Después han venido unas generaciones que no creo que abstraigan mucho su comportamiento. La inmensa mayoría de los que se ilusionaron con juntarse más y dejar más mierda que en el pueblo de al lado no tenía ni la más remota idea de lo que estaba ocurriendo en Francia, y mucho menos de lo que acababa de ocurrir en Andorra. De hecho, yo pensé que se trataba de una concentración de adolescentes con ganas de marcha, hasta que escuché por la radio a hombres y mujeres de más de veinticinco años sin capacidad siquiera para disfrutar del nihilismo que pudiera haber en sus poco fluidas palabras. En sus Propósitos para cuando llegue a viejo, Johathan Swift se compromete a no ser demasiado severo con los jóvenes, sino disculpar su necedad y sus flaquezas. Ya en su época era propio de cascarrabias endilgar filípicas a la juventud modorra, error en el que no quisiera incurrir, no sea que mis desalientos sean cosa de la edad.

14.3.06

Naufragio


Me gustan las historias de rotos y descosidos, las parejas que se encontraron flotando en una riada de capitulaciones. Me gustan porque no hay mejor forma de tolerancia que la del superviviente, aquél que ha aspirado a todo y después de las inevitables decepciones, de los palos y los fracasos, encuentra el auténtico valor de su existencia en hacer la vida fácil a los otros. Esa gente sabe tomarse a los demás en serio, sean quienes sean y sientan lo que sientan; forman núcleos familiares de aluvión, basados en la compañía y el respeto, pero no exactamente –no siempre– en lo que una sociedad fanática, reprimida y cada vez más perturbada les exige, ella sabrá con qué derecho.
Estos temas son muy habituales en los libros de Paul Auster, pero pocas veces el resultado es tan brillante como en Brooklyn Follies. Aparte de su prosa clara y absorbente (cada vez más) y de su sano gusto por la peripecia, hay en este libro un bellísimo alegato a favor de la gente que hace lo que puede, que se cae y se levanta, que se equivoca y se redime, que necesita una segunda oportunidad pero también está dispuesta a concederla. Pocos idilios tan intensos como los amores imprevistos. Pocos afectos tan duraderos como los que no vienen impuestos por la ley ni por la sangre, sino por ese sentimiento tan difuso que uno llamaría solidaridad si la palabra no estuviese a estas alturas tan emputecida.
Auster ha escrito un libro político, claro. Uno tiene la impresión de que sólo con sentido del humor se puede hablar del “golpe de Estado legal” que dio Bush en Estados Unidos cuando le robó a Al Gore las elecciones y convirtió medio país en una piscifactoría de tiburones pasados de rosca que se desayunan con bilis y mean gasolina, algo inquietantemente parecido a lo que está sucediendo en España, por cierto. En medio de semejante ruido de hienas, en medio de tanto salvaje iluminado, este libro es como una cálida habitación donde nadie quiere hacerte daño. Auster escribe como si te estuviera echando una mano en mitad de una mudanza: sin pedir explicaciones, sin pedir dinero, sonriéndole a lo poco, o lo mucho, nunca se sabe, que nos quede por vivir en este mundo.

9.3.06

Botón


Lo único que sé decir en alemán es esta frase: Wovon man nich sprechen kann, darüber muβ man sweigen. Ni siquiera sé si se escribe así. Es la última frase del Tractatus de Ludwig Wittgenstein, y significa algo así como De lo que no se puede hablar, mejor es callarse. La frase me hizo gracia, y con el tiempo dio un curioso resultado. Alguna vez alguien me ha preguntado si sabía alemán, y yo, dependiendo de las circunstancias y de mis ganas de confundir, he contestado con esas palabras, suficiente para dar por zanjada la conversación sin aclarar las cosas en absoluto, una sensación similar, por cierto, a la que yo tuve cuando mis ojos transitaron por el libro de Wittgenstein.
Ayer, leyendo Brooklyn Follies, la estupenda novela de Auster, me enteré de un episodio muy significativo en la vida del filósofo. Dice que, cuando Wittgenstein creyó resueltos todos los problemas de la filosofía, decidió retirarse a las montañas de Austria y trabajar de maestro en la escuela de una aldea perdida. Su falta de paciencia con las imperfecciones de la infancia le llevó a maltratar a sus alumnos, hasta el punto de arrearles puñetazos y patadas. Tuvo que largarse del pueblo por piernas, pero muchos años después necesitó deshollinar su vida, y regresó de nuevo a la aldea y, uno por uno, fue pidiendo perdón, incluso de rodillas, a sus antiguos alumnos, ya padres de familia, muchos de ellos con hijos pequeños. No consiguió que ninguno le perdonase.
Esta anécdota creo que me ha hecho entender el Tractatus definitivamente, así como aquella otra (creo que la cuenta Quincey en Los últimos días de Kant) según la cual el filósofo de la razón pura tuvo que abandonar un día la clase precipitadamente, presa de la angustia y el desconcierto, porque a uno de sus alumnos le faltaba un botón en la chaqueta y eso generaba una asimetría que Kant no podía soportar.
Me pregunto cómo habría sido la historia del pensamiento si todos sus protagonistas hubiesen vivido en la permanente asimetría, o si los filósofos, antes de publicar un libro, hubiesen estado siempre obligados a enseñar en una aldea, sin más autoridad que su palabra. Me pregunto si Wittgenstein escribió esa frase antes o después de perder la dignidad a bofetadas.

26.2.06

Ficción


“He inventado un nuevo género: la novela de no ficción”. Truman Capote se encargó de pregonarlo y en la película se dice varias veces, como una rima del argumento. Eso no es del todo cierto, pero ha tenido tanta trascendencia que casi resulta cómodo darlo por sentado. No hace falta ponerse puntilloso ni recurrir a los antiguos. No es necesario mencionar la Anábasis de Jenofonte ni el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, ni tampoco repetir la vieja discusión entre verdad y verosimilitud.
En realidad, no hace falta irse más allá de la película. Hay una escena en la que aparece un libro que podría también haber presumido de lo mismo. Es Walden, de Henry Thoreau, una gran novela donde no hay nada que no suene a verdad. Es como si las descripciones por sí mismas, los hechos escuetos y los datos meros produjesen una música en la que se transparentan todas las verdades literarias que necesita una novela para serlo. En la película quizás está como el reverso de la misma estética: no hay en Capote la ingenuidad convencida de Thoreau, pero el empeño nació en un sitio parecido.
Está bien que aparezca Thoreau en una película sobre A sangre fría, y aún habría estado mejor que apareciese, tirada por algún rincón del decorado, otra grandiosa novela que se había publicado en 1960. No era una novela nueva. James Agee la había escrito casi veinte años antes, pero entonces había pasado desapercibida. Cuando se volvió a editar con las fotos de Walker Evans, Hablemos ahora de hombres famosos se convirtió en un clásico norteamericano.
Capote no pudo pasar por alto este libro. Pensado como un reportaje sobre la vida en el campo de algunas familias del Sur, este encargo del Gobierno Federal se fue nutriendo de un aire épico que lo eleva por encima de cualquier forma de reportaje. Agee acudió al lugar, se limitó a describir los hechos, los objetos, las personas, los trigos y las bestias, las casas viejas y los pies descalzos, y cantó a una mitología pobre donde los héroes no tienen nada que envidiar a las más sagradas figuras de la ficción.
James Agee murió en 1955, a los 46 años, antes de que fuera rescatada su obra maestra, mucho antes de que Capote escribiese A sangre fría. Thoreau, por lo menos, ha conseguido un plano en la película.

Foto de Walker Evans: http://xroads.virginia.edu/~UG97/fsa/gallery.html

Ruido

Hay dos manías en el cine norteamericano moderno que me ponen de los nervios. Una es el protagonismo del actor por encima de la historia, por más que su histrionismo haya enrunado el sentido de lo que se contaba. Especialmente penosa es la afición a los actores caracterizados, a los que pierden treinta kilos de golpe o llevan encima una arroba de maquillaje. Nos fascina su disfraz, el ser cómplices de una impostura, pero no queremos saber mucho de lo que con ella se nos trata de decir.
La otra perversión es ese método según el cual los actores no hablan, susurran, hasta extremos delirantes en los que se oyen todos los sonidos bucales y nasales y detrás de la banda sonora gástrica se intuye una vocecilla que reduce el volumen hasta lo inaudible. Oímos el sonido de la saliva cuando el actor despega los labios, escuchamos el avance pastoso de la lengua, los lametazos en el paladar; percibimos su masticación exagerada como si el bolo alimenticio estuviera dando vueltas en nuestro cerebro. Cuando alguien se besa, un ruido como de macarrones con tomate se apodera de la sala, y la saliva de las bocas anega los diálogos y humedece los pensamientos.
Padecí ambas sensaciones en Truman Capote, la película que habla sobre el tiempo que le llevó a su autor escribir A sangre fría. Me las prometía muy felices porque aquella célebre historia es un ejemplo en muchos sentidos, y uno de ellos es el cinismo mefistofélico que envuelve la figura de Capote, como si el precio de escribir una obra maestra hubiese sido su degradación moral, y en cierto modo también su ruina.
Todo esto queda debajo de una actuación a la que, a tenor del jabón que derraman las críticas, seguro que le dan un óscar, pero que a mí me empalagó con su reverberante brillantez. Es fascinante lo bien que lo hace Philip Seymour Hoffman, pero esa fascinación presupone el hecho de ver a alguien haciendo maravillosamente bien de Truman Capote, no de ver al propio Truman Capote, ni mucho menos de centrarse en la tragedia. Para eso sobraba ruido, el de la boca y, sobre todo, el ruido de la perfección.

DDT, 02/03/2006

25.2.06

Preterición


Si tuviera que establecer un primer modelo para este género de la bernardina, supongo que, aunque sólo sea por afecto personal, me quedaría con Plinio el Joven, cuyas Cartas acaban de ser publicadas en la editorial Gredos. Y ya era hora, porque la única traducción completa en castellano databa de 1891, por más que su inagotable arsenal de frases célebres haya poblado los repertorios de citas que se compran en los grandes almacenes. Era mucho más fácil hacerse con el original en latín, que publicó la editorial Coloquio, que en español (al catalán sí estaba traducido, mira).
Plinio se inspiraba en las Cartas a Ático de Cicerón, pero en todo lo que hacía Cicerón estaba siempre Cicerón con su grave voz y su potente ego, y las bernardinas son, ante todo, leves. Estas otras cartas de Plinio están llenas de anécdotas que se van tornasolando en sentencias graves o narraciones intensas, palomas que cogen vuelo y se dejan llevar unas líneas, y luego se vuelven a posar. A veces da la sensación de que Plinio hubiese querido escribir un breviario de placeres cotidianos y de frases útiles para casi todo. Ahora te describe con exquisito detalle las dependencias de una villa y sus baños termales, luego cuenta una historia ejemplar, después el pormenor de un pleito y de vez en cuando alguna anécdota de su proceloso tío, el autor de la Historia Natural.
Yo no sabría ir mucho más atrás en la arqueología del género. Comparas una buena carta de Plinio con un buen articulillo de Cunqueiro, o incluso con aquellos vuelos sin motor de César González Ruano, y el rostro los delata, no hace falta ir al ADN del estilo. El caso es que leo ahora a Plinio por una cuestión de supervivencia estética. La actualidad es a veces tan obvia y machacona que lo leve se confunde con lo frívolo. Cuando todo el mundo habla de lo mismo, entramos en una especie de estado de excepción de la realidad. Todas las bernardinas que no he colgado estos días son las que iban a nombrar los temas candentes, la rabiosa actualidad, que además de rabiosa es contagiosa, como la gripe del pollo. A ver si echo los sapos y me vuelvo a interesar por las cosas sin importancia. Plinio, por las tardes, ayuda mucho. Paciencia.

22.2.06

Peligro


El otro día me desayuné con la foto de un escritor inglés en la portada del periódico. Hace veinte años escribió un libro en el que niega la existencia del Holocausto, y el gobierno austriaco ha pedido prisión para él. Ese libro se publicó en España y algunas personas lo compraron por equivocación, entre otras cosas porque la poderosa editorial que lo tradujo no centró la propaganda en las querencias ideológicas de su autor.
Ahora lo acusan de “peligroso falsificador de la Historia”, interesante aporía. Un libro sólo es peligroso cuando, además de llegar a mucha gente, puede perturbar su sentido de la realidad. El mero hecho de mentir no es suficiente. Todos sabemos que la mentira es un método de trabajo, sobre todo político, pero nadie escribe libros de historia bajo juramento. Una mentira sólo es peligrosa cuando, merced a una propaganda hipertrofiada, llega a los tiernos cerebros de quienes esperan alguna excusa para cultivar su salvajismo. Y no se me ocurre mejor propaganda que aparecer una mañana en las portadas de los periódicos de media Europa, la verdad.
Nuestro mundo confunde la notoriedad y el interés. La semana pasada me desayuné con otro escritor, esta vez de sesudos tratados teológicos, que había publicado en una hoja parroquial que a las mujeres las apalean sus maridos porque se van de la lengua. Semejante caso clínico de confusión entre los hechos y sus causas (y los juicios cavernarios que se suelen derivar de ello) hubiera servido para arruinar la carrera intelectual de cualquier escritor, máxime si es teólogo, y además un cura, pero el asunto se aireó como fingiendo un peligro que sólo existe por el mismo hecho de haberlo aireado.
Resulta deprimente que intentemos escandalizarnos con la literatura barata y de paso condenemos al olvido la que pudiera tener, no ya algo de calidad, sino tan siquiera de interés. El resultado es que las condenas acaban convertidas en premios. El escritor inglés reeditará un libro hace tiempo descatalogado, y el cura, si te descuidas, congregará en su parroquia un puñado más de adictos al machismo. El resto de su obra no creo que se venda mucho, ni siquiera hoy.

Foto: "Con mamá y la tía Carmen", del álbum familiar que el cura que dijo eso tiene colgado en la red. Esta bernardina se publicó en DDT el 23-F del año 6.

12.2.06

Macartismo


Mientras se hace la hora de ir al cine para ver Buenas noches y buena suerte, la película de George Clooney sobre el macartismo, leo Panorama desde el puente, el drama que Arthur Miller escribió justo después de oler el aliento del senador Macarthy.
Ambas obras hablan de lo mismo: la delación, el arma fácil, la pistola sin gatillo, al alcance de todos. En el caso de Clooney, el resultado es un docudrama de factura deslumbrante, con un guión magnífico y unos actores impresionantes cuya esencia trágica está vacía: hay buenos y malos, y muchas veces uno no sabe si Clooney quiere denunciar una nueva caza de brujas o ensayar un nuevo y flatoso panegírico periodístico. Los tiempos han cambiado y esa demagogia periodística de Clooney podría resultar útil, incluso necesaria, si no es que se pervierte como una forma de subsistencia de la industria, un cupo de autocrítica no demasiado molesto para el poder que acecha.
Arthur Miller fue invitado (como su amigo Kazan, que sí aceptó) a delatar a quien quisiera, y después creó una gran tragedia porque fue a buscar en los efectos perversos de la delación. Eddie, su protagonista, es un trabajador honesto, celoso de los suyos, solidario, en cuya conciencia simple alguien pone a huevo la posibilidad de delatar, ese poder de eliminación que nace de una llamada telefónica, sin necesidad de sangre. El cuchillo que está en la mano, como en el cuento de Borges, tiene que matar. Cuando Arthur Miller se negó a delatar a nadie, pensó en aquellos que sí podrían hacerlo, incluso llevados por los buenos sentimientos. Pensó en las armas con que cuenta el cazador.
Los presuntos comunistas de entonces son ahora los presuntos terroristas. La delación sigue siendo un arma cómoda para infectar a los incautos. En España sabemos mucho de eso, claro: el secreto es el poder para las mentes flacas, obsesionadas con una miaja de protagonismo. La delación se alimenta de miedo, y es triste que sea el miedo, uno de los principales recursos naturales para la supervivencia, el que se convierta en mortífero cuando alguien esparce la posibilidad de ver en los demás lo que nos asusta de nosotros, y delatarlos.

7.2.06

Provocación II


En medio del tumulto ha surgido una provocación menor, la de Gilbert & Georges, los artistas que en 1969 se presentaron en el Lyceum de Londres con la obra Escultura que canta, ellos mismos, muy serios, moviéndose como autómatas durante varios días. Había gente que dudaba de si eran personas o artefactos, pero formaba parte del incipiente mundo del body art. Quentin Crisp triunfaba con su autobiografía, El funcionario desnudo, gran título, donde hablaba mucho de sus experiencias como modelo de una escuela de arte, y Lucien Freud ya había dado con sus descarnadas carnosidades, mucho antes de que se le apareciese el gran modelo Leight Bowery.
La propuesta de G&G tenía un punto muy especial. Vestidos con traje de funcionario, se movían con extrema parsimonia entre la gente, canturreaban lentamente, tardaban largos momentos en esbozar un leve gesto en la mirada, siempre sin perder la expresión vacía de los que no están vivos, al menos no del todo. Debía de ser muy sugerente ver a un cuerpo sin demasiada vida interpretar con minuciosidad aquellos gestos nuestros que nos pasan desapercibidos, esos ángulos ciegos del espejo, tan reveladores. Quedan sus miradas, esa estupefacción serena, esa inmóvil incredulidad, ese mirar a lo lejos, el mirar a alguien más allá del sitio desde donde nos mira, algo que, tengo que decirlo, a la gente la desconcierta mucho.
Ahora, tantos años después, un proyecto suyo ha saltado al gran público. Es un conjunto de cuadros como vidrieras góticas con decenas de crucifijos que van formando los motivos y una propuesta común, la de la sexualidad de Cristo. En el momento del estreno, algún diputado conservador los acusó de blasfemos, pero con esa pachorra con que la gente civilizada se toma las ofensas a los símbolos. Lo que no se imaginaban ellos es que su apuesta iba a coincidir con el pavoroso asunto de las caricaturas. Su provocación se queda en nada, pero su gélida estupefacción es, me temo, el único modo de observar lo que está pasando.

6.2.06

Provocación


Todos hemos bajado la voz cuando pasábamos cerca de ciertas personas, sobre todo si íbamos diciendo determinadas cosas. Todos hemos dado un codazo a quien, por insensatez o por descuido, contaba chistes malos que podían herir a quienes estuvieran escuchando sin querer, sobre todo si era notorio que esas personas se podían tomar las palabras y los símbolos bastante más a pecho que nosotros.
Más allá de los límites de la libertad de expresión y los del paroxismo religioso, más allá de los juicios, está el hecho de que lo que uno grita en su casa puede provocar un cataclismo. Yo que siempre tengo la sensación de que no me lee ni Dios, encuentro un siniestro consuelo en esa globalidad que ha hecho que una mala caricatura de un periódico menor nos haya hecho agarrarnos al asiento al resto del mundo. Los límites empiezan entonces, en esa meridiana sensatez que nace de la supervivencia. Lo principal entonces es que se calle el bocazas. “Ustedes perdonen”, decimos a quienes nos miran por encima de las cejas, “no le hagan caso, estaba bromeando, es que nuestro primo tiene un sentido del humor un poco raro, pero ustedes no hagan caso, ¿puedo invitarles a una taza de té?” Y más allá del derecho a la libre expresión de nuestro primo el bocazas están las ganas de tener la fiesta en paz de todos los demás. Y eso es todo.
Las evidencias apuntan a que un porcentaje nada despreciable de seres humanos considera sagradas cosas que a nosotros nos provocan toda clase de reflexiones estéticas. Se está exhibiendo en Londres una nueva propuesta de Gilbert & George en la que se utilizan miles de crucifijos con propósitos provocadores. Pero la provocación también tiene un límite, el de estar dirigida a quien la sepa encajar. Si algo podemos aportar es el agua sana del relativismo, la mirada profunda de G&G, pero no la bilis inflamable del bocazas. Por eso creo que se están colando todos los que desde un manido y vanidoso corporativismo definden a quien, sencillamente, metió la pata. Claro que no hay provocación sin riesgo, pero es el caso que, en esta nueva fase de la guerra, no son los autores de la provocación sus eventuales víctimas. Son otros. Es cualquiera.

27.1.06

Reglamento


Breviario de lenguaje político para negociadores:
No me se vale: expresión usada cuando uno de los negociadores (o de sus críticos) ha cometido una equivocación, desliz o metedura de pata, o bien cuando alguien le recuerda una mentira, un crimen o una estupidez dicha en un pasado remoto, por ejemplo anteayer. Con esta locución, el político invalida cualquier propuesta que no sea la suya, e incluso invalida la invalidación de la suya. Por ejemplo, si un político –es un poner- organiza una consulta popular inconstitucional, cuando alguien lo llama al orden puede decir “no me se vale”, y su fraudulenta iniciativa deja no sólo de existir sino también de haber existido.
Me mande todo: especie de órdago con el que se quiere significar que uno de los participantes, negociadores o contendientes tiene todos los privilegios del juego, y que sólo se le puede tener en cuenta si se aceptan todas sus exigencias, aunque no tenga la mayoría o sus propuestas no sean sensatas. Es propio de políticos mesiánicos, convencidos de que su labor en este mundo es enderezar caminos equivocados.
Pese: interjección que, en ocasiones, puede sustituirse por ¡Ah..., se siente!, con la que se quiere indicar que ya no hay vuelta atrás, que las palabras son más duraderas que las estatuas de bronce, como quería Horacio, y que cualquier delito cometido en cualquier lugar y en cualquier tiempo, hace décadas o siglos incluso, es suficiente para desautorizar o deslegitimar a un adversario.
Ya no te ajunto: también puede decirse ya no tajunto. Frase con la que se dan por concluidas las alianzas políticas y los apoyos parlamentarios. Se suele decir, no obstante, con la boca pequeña, en tanto que advertencia o amenaza, con acompañamiento de pucheros y pronunciamientos muy nasales. Es frecuente que quien lo proclama se rodee de correligionarios hieráticos, siempre más altos que el orador, lo que le obliga a elevar la voz y la barbilla.

20.1.06

Cerca


Cuando se publicó en España El encierro de las bestias, de Magnus Mills, en el 99, la dejé correr porque tenía todo el aspecto de ser otro caso como el de Roddy Doyle, el de La mujer que se pegaba con las puertas, es decir, el escritor anónimo que salta a las listas de ventas con una historia hiperrealista y cotidiana, y cuyas historias entrarían de inmediato en el círculo cinematográfico de Stephen Frears o, si eran muy crudas, en el espectro de Ken Loach. Uno no siempre tiene el cuerpo para conciencias.
Pero hace poco un
amigo me aseguró que me estaba perdiendo una magnífica novela. Y era verdad. Parecía una historia cercana de instaladores de cercas, obreros ingleses que trabajan como mulos y beben como cosacos. Pero pronto, con esa imperceptibilidad de las ramas que se quiebran al pasar, la cosa se enrarece. Me vino entonces al recuerdo la novela que me enganchó a Paul Auster, La música del azar, aquella zanja inacabable y absurda que se ve obligado a cavar Sachs y su joven acompañante, vigilados por unos tipos que juegan con ciudades en miniatura.
O sea, que al realismo sucio le salieron manchas grises, kafkianas, como un tumor de verdades profundas que iba emponzoñando las páginas o, más bien, la fascinación creciente con que me las bebía. Y tan sucio: menos mal que el autor nunca nombra el sentido del olfato; sus protagonistas se tapan la nariz para vivir, como si vallasen, como si electrificasen su cerebro, como si la verdad más dolorosa sólo fuese aquella que nos entra por la nariz, pero no por los ojos, y mucho menos por la conciencia.
Me parece de mal gusto copiar la gloriosa frase con que culmina la novela, pero no hablar de su efecto: la sensación de que sobrevivimos con una estrategia de tierra quemada. El pasado acaba siendo siempre un testigo incómodo. No hay mejor alivio que la huida, o la inconsciencia, como esa gente que se concentra en no pensar en nada durante un tercio de sus vidas, el que dedica a trabajar, porque sabe que si es consciente de lo que hace, si se dedica a pensar, o a juzgar, el tumor kafkiano acabará por emponzoñar las tardes y no dejarle dormir. Se le comerá la vida entera.

15.1.06

Crash


La gente está zumbada. Esa es la tesis principal que se desprende de la película Crash, que se acaba de estrenar. Tampoco es nada original: aquí en España, la misma semana de su estreno, un hombre aparcó el coche para ayudar a una niña que se le había echado encima y antes de salir le habían metido once balas en el cuerpo; un muchacho salió a discutir por un golpe en el coche sin importancia y lo cosieron a navajazos; un tipo discutió con sus compañeros de trabajo y como no le daban la razón los frió a tiros.
No, no es nada nuevo. Aparte del racismo que humea en la pantalla, de lo que habla Crash, y eso sí que es nuevo, es de ese estado de inconsciencia, alimentado por toda la agresividad que arrojan las cloacas, en el que una persona puede matar a otra sin que se entere ninguna de las dos. Nuestra imaginación ha sido cebada durante demasiados años con todo tipo de violencia gratuita como para que no estallen sus gases antes de que podamos dominarla. Hace tiempo que no respondo a las afrentas de tráfico. Hace años que no llamo la atención a ningún bárbaro incivil. Sé que esa gente desahoga su cerebro con una violencia extrema y que entre la potencia y el acto ya no está la voluntad.
De todo eso habla Crash, de una sociedad cuyos miembros no están en condiciones de responder de sus actos. Estamos locos y andamos sueltos. Nuestra propia obsesión por defendernos nos tortura y puede acabar con los demás, nuestro miedo y nuestra ira pueden no tener control y ya casi sólo admiten redenciones milagrosas.
El propio director de Crash, Paul Haggis, habla sin tapujos de lo que le debe a Short Cuts, la impresionante película de Robert Altman. Short Cuts era una obra maestra donde no dejaba de latir el genio de Raymond Carver. En Crash hay muchas veces más habilidad que poesía, pero la desolación, la vergüenza y la piedad que uno siente por el género humano es la misma en las dos películas. Lo mejor, después del trago que supone ver en qué nos estamos convirtiendo, es que ha vuelto el gran cine de los 90. Tal y como están las cosas, que le den el Óscar es una cuestión de utilidad pública.

10.1.06

Sharon


Siente que respira, sabe que respira, aunque todavía no sabe si está o no está vivo. Su bienestar, su tranquilidad sin fuerzas es un sentimiento sin sensaciones que puede corresponder a la vida o a la muerte. Ha especulado tanto sobre la muerte a lo largo de su vida, sobre la tierra prometida y sobre el más allá, que está abierto a cualquier posibilidad. Pasa mucho tiempo, o poco, no sabe, el tiempo ha perdido sus dimensiones, se ha deformado en sueños y vigilias, y en una conciencia paulatina que alterna el presente y el pasado, los deseos y las verdades.
Durante mucho tiempo, días o minutos, se prepara para tomar una decisión, algo tan sencillo como mover un dedo, o abrir los ojos. No es consciente de que no pueda moverse. Alguien, hace tiempo, le hizo daño, sintió el dolor, un pensamiento fugaz como una bengala pasó por su cerebro lastimado, el pensamiento del dolor. Pero antes de dar la orden al dedo hay que salir de esta especie de marasmo sin aroma, este lecho blando como la tierra, seco como la tierra, poderoso y destructor como la tierra.
Cree que ya ha decidido mover el dedo, pero no sabe si el dedo se ha movido o no. Se ve obligado a conjeturar sobre las condiciones de su vida. Un leve, mortecino estremecimiento le sacude al contemplar la idea de que esté vivo pero no pueda moverse, ni hablar ni oír, tan sólo vivir en la conciencia de sí mismo, huir de aquellos bosques blancos llenos de vivos y de muertos, de aplausos y de gritos, de amores y de odios. Pero no le quedan fuerzas para juzgar, ni tampoco para desesperarse, ni para estar triste, ni para temer, ni para odiar.
De pronto, como una luz blanca que anunciase la belleza de la muerte, algo del mundo penetra en la caverna. Su cuerpo se estremece por primera vez; entre los músculos inertes de la cara, una lágrima busca los ojos con lentitud geológica. Pero esa luz se condensa en la nitidez de lo que es real, y no es luz sino sonido, no es la muerte, es la vida, es él, es Mozart. Y Mozart, ¿está en la tierra, o está en el cielo?

9.1.06

Piano


En un mismo telediario escucho una detallada información sobre los fastos que acompañarán el segundo centésimo quincuagésimo aniversario de Mozart, su primer cuarto de milenio, y minutos después otra información, igual de detallada, sobre el juicio que ha ganado un vecino contra otro que tocaba el piano: ha conseguido que le pongan una multa, que lo condenen a insonorizar el piso, a no tocar nunca más en su vida, y no recuerdo ahora si también debía ingresar en prisión o quemar el piano en la estufa.
La sentencia lo condenó por ruido, era un juez muy competente que supo apreciar si el denunciado tocaba bien o mal, y si el denunciante tenía buen o mal oído. “Llevaba muchos años haciendo ruido”, sentenció ese juez, con el menosprecio más absoluto, algo así como decirle: “le condeno porque en tantos años no ha aprendido a tocar bien el piano”. O, peor, como decirle: “me da igual que su ruido proceda de una pelea o de una sonata, me es indiferente que interprete usted a Mozart o a Bustamante, porque todo lo que oigan sus vecinos será ruido y nada más que ruido”.
Lo peor de la sentencia es que niega cierta sana comprensión entre vecinos. Durante buena parte de mi juventud escuché a una vecina tocar el piano y jamás se me pasó por la cabeza juzgarlo como un latazo. Todo lo contrario, lo incorporé al sonido de la tranquilidad, o lo sustituí por otras músicas, pero jamás me quejé, y no por comprensión, sino porque me parecía bien. Me parecía magnífico que mi vecina supiese tocar el piano. No me producía más molestia que la envidia.
No existe una ley contra los vecinos con mala baba, contra los que se desfogan zancadilleando a los demás, contra los que no saben sumarse a la ilusión de un muchacho que sueña con ser músico. A ese tipo de vecinos les pones a Mozart y se lían a pedradas con el tocadiscos, pero del juez siempre esperaríamos una cierta, digamos, sensibilidad. Ahora bien: si ese u otros muchachos no consiguen dedicarse a la música por sentencias como esa, ¿la culpa de quién será: del denunciante, del juez, o del telediario?

7.1.06

Membrillo


En El sol del membrillo, la película de Víctor Erice sobre Antonio López, hay varias escenas en las que sólo se ve al pintor pintando su arbolito y sólo se oye la música de Radio Clásica que sale de un transistor. Entonces no se llamaba Radio Clásica sino Radio 2, y cada hora cesaban los violines para dar un escueto parte informativo. Una mujer de voz grave y pausada daba las noticias: ha pasado esto, ha pasado lo otro, decía, y esa mera enunciación de las barbaridades que siempre ocurren en el mundo me pareció entonces un hermoso contraste con la felicidad laboriosa del artista.
Hoy veo la escena de otro modo. Esos informativos neutros, reales, sin añadidos ni tergiversaciones, sin gritos ni urgencias, sin alarmas ni amenazas, pasaron luego a Radio–5, que es la radio que yo pongo, especialmente cuando viajo y al pasar por un valle escucho que en Cantabria hay una vaca que da no sé cuántos litros de leche, o que los canecillos de Frómista han sido objeto de un libro. Las tediosas diatribas entre políticos acaban resultando hasta graciosas, pero reducidas a lo que son, a una frase pronunciada sin histerismo, a los pleitos locales, comarcales, regionales, que son los únicos tangibles, y no siempre.
La realidad es esa. La actualidad es la vaca santanderina, esas noticias pequeñas que uno sabe arrancadas al aburrimiento cotidiano. Pero en las radios comerciales y los periódicos generalistas no hacer la información aburrida implica no hacer la realidad aburrida. Y, puesto que se modifica la realidad, la información es formativa, los titulares son editoriales, el tamaño de las noticias es artero, los datos son inventados, las premisas falsas, las atenciones desproporcionadas. La realidad es ese otro neutro soniquete de la locutora que escuchaba Antonio López, un runrún que nos hace comprender el mundo pero no nos excita, nos hace pensar pero no nos inyecta los ojos. Y eso que entonces creo que las noticias eran sobre la Guerra del Golfo, algo que por sí sólo, y aun leído como una herencia ante el notario, ya era bastante preocupante. Si Antonio López hubiera estado escuchando la radio informativa que hay ahora, ese membrillo le habría salido con las ramas electrocutadas.

Paréntesis

Estas dos bernardinas fueron publicadas en el DDT los días 29 de diciembre y 5 de enero respectivamente. Son columnas arrancadas a los viajes; escritas, nunca mejor dicho, a vuela pluma.

TRÁPALA
“Si conociésemos el horror y el peso de la mentira”, advierte Montaigne, “la perseguiríamos hasta la hoguera con más justicia que a otros crímenes”. Esta parece haber sido la consigna de quienes han condenado al ostracismo perpetuo a Hwang Woo–suk, el científico surcoreano que se pasó de vueltas para estar a la altura de las expectativas generadas a raíz de sus trabajos. Llama la atención, sobre todo, que el objeto del escándalo haya sido el científico y no el comité de redacción de las prestigiosas revistas donde logró colar la bola, porque lo normal es que alguien se equivoque, o mienta, o se le vaya la olla, pero no tanto que lo consientan aquellos a quienes se les ha encomendado velar por la verdad. “Persigue el delito, compadece al delincuente”, creo que dice un tópico de la judicatura.
Pero aún son más llamativos los extremos de execración a que se ha llegado con el pobre Hwang Woo–suk. Es cierto: mintió en un asunto vital, la humanidad no puede permitirse que la ciencia mienta. El castigo debe ser ejemplar, y Hwang no volverá a publicar sus trabajos así clone al mismísimo Einstein. Comprendemos esta soberbia científica, aceptamos que en temas tan importantes la mentira debe ser un delito de lesa humanidad. Tiramos a Hwang por la ventana y ya nos creemos salvados, cuando Hwang es el último ejemplo, y no el más grave, de la inacabable lista de mentiras con que nos hemos alimentado este año que se acaba.
Nadie defenestró a Bush por descubrirse sus trápalas cruentas en Irak o el espionaje a que sometía a sus supuestos adversarios políticos. Hemos crecido con ese otro topicazo nacido del Watergate de que “el pueblo americano no perdona la mentira”. A los científicos surcoreanos no, desde luego. Pero a los políticos sí. Nixon se adelantó a su tiempo: faltaban décadas para que la mentira fuese una herramienta legal de actuación política y la verdad se circunscribiese sólo a temas relacionados con la ciencia. Acaso porque es lo único real y comprobable, y todo lo demás es falso sin remedio.

OLMO

En estos días de fuego bajo, repasando novedades, he leído la novela Los abuelos del olmo, de Cassandra del Mar, novelista argentina que reside “en un pueblo de tantos de esta olvidada geografía”, según reza la solapa. En la novela, una pareja de novios de Villa Nevada, lugar desde donde se ve la sierra Palomera y que está muy cercano a pueblos como Lidón, Camañas, Argente o Visiedo, se arroja por un abismo de tragedias amorosas cuando decide, después de casados, abandonar el pueblo e irse a vivir a Teruel. La novia dulce de la infancia rural se convierte en la nuera más mala del mundo, y el novio sensible que quería seguir pintando paisajes en su pueblo, desesperado por la crueldad de su mujer, se hace adicto a la prostitución.
A partir de aquí, y hasta un tremendo final caribeño que es el último y más curioso vástago de los Amantes de Teruel, la novela se abalanza en un relato romántico de crímenes y viajes, de desengaños y separaciones, como eran las novelas griegas de Heliodoro, esas que tanto gustaban a Cervantes. Sin embargo, con ser el ritmo siempre vivo y la trama tan voluptuosa, he disfrutado muy especialmente de toda la parte que sucede en el pueblo. Damián, el novio que deambula en un Teruel turbio y nocturno, es entonces todavía un ingenuo pintor de paisajes, y la mano de la autora retrata con una prosa magnífica unos cuadros del Campo de Visiedo que son tan reales como desapercibidos, como si una mirada lejana sirviese para delinear contornos que nos hubiesen pasado por alto. Yo el Campo de Visiedo siempre me lo imaginé como un territorio épico, los Snopes faulknerianos de Visiedo, poco menos, con ese crudo invierno geométrico y esos horizontes pedregosos y esa esencialidad un poco mística de los bancales. Pero aquí la prosa, llevada por la delicadeza, traza imágenes amables de un "paraíso privado" que transcurre, dice la autora, “en la época de la repoblación de Aragón”. Esta época tendrá su historia, y esta novela es un documento para esa historia, un curioso ejemplo de cómo se ve una misma tierra desde mundos tan lejanos.

23.12.05

Línea

Una exposición en el Cuartel del Conde Duque conmemora los diez años de la muerte de Julio Caro Baroja. En este tiempo, los carobarojianos hemos pasado de la admiración al fetichismo, y recopilamos libros de don Julio y todo aquello que esconda un dibujo, un cuaderno de campo, un cuadro festivo, un croquis a tinta china. Ahora están colgados de las paredes, como las obras de arte.
Es posible que muchos de ellos sólo sean ocios de humanista, pero la verdad es que reúnen las dos condiciones que exigimos al arte: que sea inconfundible y que trascienda. El patio emparrado de Grazalema que Caro dibujó a plumilla en 1951 guarda toda la mística de la sencillez y del detalle: todas las tejas con su línea, todas las hojas con su pequeño óvalo, todas las sombras con sus rayas prietas y todas las losas del suelo con su silueta de piedra real. Hay unos palos finos sobre los que la parra se acuesta en los que Julio Caro no pasa por alto ningún nudo, ninguna rebaba, ningún síntoma de vida.
Pero dónde está lo inconfundible. Por qué sé que esas tejas son las tejas verdaderas que pintaba don Julio, por qué siento en esos dibujos tan simples, en esas esquinas desconchadas, en esa silla de enea el sagrado respeto hacia los protagonistas que viven en la casa del pueblo. En qué línea está el cariño dibujado, qué detalle sólo sería posible visto por un espíritu libre, si todos son tan fieles a la verdad.
Todo está allí, y mi fetichismo se ha ido convirtiendo en reflexión estética. No es sólo su inmensa sabiduría ni su rigurosa independencia. Hay algo más, el rigor de la mirada limpia, la interpretación cabal de un sentimiento que si se nombra se traiciona.
En la exposición pueden verse también unos dibujos que Julio Caro hizo cuando tenía ocho años, cinco viñetas que cuentan la historia de cómo los españoles ayudaban con alimentos y dinero a unos rusos que pasaban hambre. En los carros que dibuja ese niño y en los burros, en los monigotes y en los rusos flacos y en los rusos gordos ya está la huella, y ya está la poesía. Eso también tiene algo que ver con el arte.

Silencio


La persona que murió envuelta en llamas y apaleada en un cajero de Barcelona no tenía bastante con ser mendiga ni con morir a manos de tres bestias salvajes con aspecto de seres humanos. Faltaba la puntilla. Faltaba pregonar por todas las televisiones y periódicos su nombre y apellidos, su trayectoria profesional, su carácter, su familia perdida y los motivos que la llevaron al infierno. Faltaba cebarse con el ángel caído, elogiar a todos los que la quisieron ayudar, exculpar a todos los que la abandonaron, dar una idea exacta de sus circunstancias y dejar flotando un juicio moral asqueroso, casi tanto como las alegaciones de quienes defienden en los juzgados a esas hienas con zapatillas de marca. Llegará un momento escandaloso en que alguien establezca una causalidad ética que nos recuerde que quien mal anda mal acaba, que nos insinúe que quien juega con fuego se termina quemando, y esa moralina no estará referida a las jóvenes serpientes ni a las familias que las criaron, sino a esa mujer a quien sus familiares, en un acto de buena voluntad, han dicho que un día de estos irán a enterrarla.
La intimidad se puede violar de muchas formas. Quizá la más obscena de todas sea violar la intimidad de los muertos. Todos los que vivimos en grandes ciudades hemos conocido casos de gente que traspasó la raya y deambula por un bosque calcinado sin saber cómo volver, sin saber siquiera cómo desear el regreso. Sabemos que son personas difíciles, que más allá de la frontera ya no hay escrúpulos ni componendas. El único daño que nos hacen es ensuciar el portal de un cajero y recordarnos que una gran ciudad es un lugar implacable. La noticia nos interesa para saber que por la calle hay monstruos jóvenes y perfumados, nos interesaría incluso para que los Ayuntamientos se ocupasen de estos perdedores trastornados por la velocidad de su caída, los lleven a un sitio caliente y los protejan de las serpientes. La noticia es la serpiente. Lo otro ha sucedido siempre, y lo único que podemos hacer para ser respetuosos con su dignidad perdida es no cacarearla. Las víctimas deberían tener derecho al mismo silencio al que han sido condenadas.

20.12.05

Humo


El gobierno ha escogido la mejor fecha posible para que dejemos de fumar, en mitad de las fiestas. No quiero ni pensar la de horas de conversación que se van a dedicar al asunto. De momento ya no hay reunión sin alguien que esté dejando el tabaco, y la gente te ve y se cruza de acera para darte la brasa y decirte con ojos de loco que él ha dejado de fumar y se alegra mucho de haber tomado la decisión. Yo creo que hasta se les tuerce la boca un poco y todo, se les hace un agujero en el hueco del cigarro.
Pero sí es buena fecha, porque así se aprovecha esta inercia ilusa de las fiestas, que se inauguran hoy con un azar improbable y se clausuran el seis de enero sin la más mínima verosimilitud. Muchos ya han empezado a amargarse la existencia y otros dicen sin cesar a sus familiares y amigos y compañeros de trabajo que van a empezar el día uno, frente al televisor, viendo los saltos de esquí. La gente intentará ligar en las fiestas y en los cócteles con el tema del tabaco, nunca estará el humo tan presente, nunca nos nublará tanto las entendederas.
Muchos dejarán de fumar y arrastrarán el mono en la cuesta de enero. Las facturas de la visa le vendrán como esos estremecimientos a la altura del píloro que se tienen los primeros días de abstinencia. Empezarán a cruzarse sentimientos íntimos: los conversos se afilarán los colmillos y quienes prometieron no fumar con la boca llena de uvas se levantarán cada mañana con la obligación de no traicionarse a sí mismos. La gente, acorralada, fumará en los retretes compulsivamente, hasta que su clandestinidad le dé el asco que dan las zonas de fumador de un aeropuerto, el lugar más repugnante que conozco. En secreto gastarán un pastón en cursos, libros, parches, meditaciones trascendentales y demás maneras de engañar al hambre. Y después, cuando lo dejen, se darán cuenta de que tampoco tiene ningún misterio, de que el mono físico de la nicotina es muy breve, y que lo demás consiste en decir que no. No quiero fumar, no quiero que me prohíban nada, no quiero este cigarro, no quiero este trabajo. A ver quién gana.

Familia


Esto era un niño en el día de Nochebuena. Se levantó y se puso a ver la tele. Echaban horribles cuentos de Navidad, de modo que enchufó el ordenador y pasó la mañana jugando a los marcianos. Su padre, con una sonrisa extraña, infrecuente, entró sin llamar a la puerta en su habitación y, con cara de bobo solemne, le dijo que saliesen a tirar bolas de nieve. El niño estuvo por decirle que no le apetecía tirarse bolazos con nadie, y menos con su padre, pero detrás del padre vio los ojos muy abiertos de la madre, así que el zagal apagó el ordenador y fue a entretener un poco al hombre, que como fumaba dos paquetes diarios se cansó enseguida de hacer feliz a su hijo y se volvieron a meter en casa. El padre se dedicó a fumar y el hijo a jugar a los marcianos.
La madre se pasó el día en la cocina. Cada vez que venía un invitado, la madre salía de la cocina limpiándose las manos en el delantal, daba dos besos a las visitas y decía que se le estaban quemando los langostinos y se volvía a meter en la cocina. Luego los parientes iban a por el niño. Lo apretujaban, le formulaban preguntas retóricas, le obligaban a besar mejillas peludas y oler perfumes vomitivos. El padre daba conversación a las visitas y fumaba sin parar.
El niño saludó estoicamente a toda la inmensa familia, a todo aquel gentío que de pronto inundaba la casa y las lágrimas de cristal de las lámparas temblaban con sus voces y sus carcajadas. El niño no podía meterse en el ordenador, su padre no lo habría consentido, pero sí en la cocina, donde su madre guisaba lentas comidas que necesitaban atención constante y la puerta bien cerrada. Todo era a la plancha, todo echaba un tufo tremendo, los parientes que se asomaban a coger una cerveza cerraban enseguida para que no se les pegara el pestazo a la ropa nueva.
Estuvieron juntos toda la tarde, la madre y el hijo. La madre no podía dejar los fogones y el hijo, cuando todos ya se habían bebido un vaso de vino, dijo, muy formal, muy como deberían ser todos los niños: “Perdonad, tíos, pero voy a ayudar a mamá”.

16.12.05

Máchina


Estuvimos anoche viendo a De la Guarda, una compañía de volatineros argentinos. Unos actores que parecen hinchas del Boca desesperados van corriendo por las paredes, atados por un arnés a cuerdas que cuelgan del techo. Otras veces se apiñan los actores como si se los llevara el viento, o escenifican la fácil metáfora del abismo y la pared. Los actores aporrean violentamente unos timbales, hay un vocalista de fraseo étnico y la sección de viento es también del Boca Juniors. Las luces estroboscópicas provocan bonitos efectos argentinos en el techo que son saludados por el público con oes y aplausos. Los actores, que interactúan mucho, se agarran a la gente o la escogen para subirla por los aires.
A mí me pareció una atracción de feria, francamente. Los pocos géneros eternos que tenemos no desaparecen nunca del todo, se transforman, se adaptan o se disfrazan de otros géneros. El circo de animales enfermos ya pasó a mejor vida (no obstante, por cierto, aún es legal tener aparcado en la calle a un tigre hambriento para que se coma el brazo de alguien, como en La cuarta mano, y que ha ocurrido hace bien poco en España). Sobreviven a la descomposición del circo los números que no huelen mal, y ello de un modo más orientalizado, más sinificado, como en el Circo del Sol. Esto de De la Guarda está bien para un número, es una magnífica ocurrencia muy bien hecha que da buenas ideas para todas las escenas de deus ex máchina habidas y por haber, y suena, en efecto, a ese circo intimidatorio y visceral que tanto furor hizo con La Fura del Baus.
Pero me resultó un tanto premioso, un poco pleonástico. El indudable impacto visual de la propuesta se quedaba en gags de aspecto agresivo y un fondo, creo yo, bastante pueril. Yo vi a la gente pasárselo estupendamente, aplaudiendo a rabiar y alargando los brazos para que les tocase a ellos esa interactuación que a mí me saca de mis casillas. El ambiente era de plásticos y tubos y cómics animados, muy noventa, en ese doble viaje de la estética que implica hacer un espectáculo del propio efecto, hacer un deus de la propia máchina.

13.12.05

Pombo


En El metro de platino iridiado, su mejor novela y una de las cinco o seis grandes novelas españolas del siglo XX, Álvaro Pombo creó a una heroína, María, imagen del bien, ejemplo y medida de un coro de personajes desgraciados (en el más amplio sentido de la palabra) que a su vez eran, o parecían ser, reflejos fragmentados de una sola personalidad real, débil, defectuosa, y por lo tanto, acaso, más humana que aquel maravilloso personaje. “Vuelvo porque los quiero”, dice María, en una de las escenas más emocionantes que yo haya leído jamás, cuando ha intentado huir de quienes la traicionaban pero es consciente de que al mismo tiempo la necesitan para sobrevivir.
“Me quedo porque aquí me quieren”, dice ahora, en Contra natura, su última novela, el personaje de Salazar, tan opuesto a María como puede serlo el egoísmo al desprendimiento, y al decirlo abandona a los que lo quieren, otro coro de desgraciados que, contrariamente a lo que sucedía en El metro, se ganan nuestra simpatía y nuestra compasión. Para los aficionados a Pombo, los personajes recuerdan a los de El cielo raso, un joven y dos viejos desdoblados, más incluso que a Ortega y a Quirós en Los delitos insignificantes, pero en este caso es como si Pombo hubiera querido ofrecernos una cura de crudeza, un acto casi ascético de no negar los atributos de la podredumbre. El repulsivo Salazar es una forma de ponderar a todos los demás pobres de espíritu que lo rodean como rodeaban los muchachos a Tiberio en las espeluncas de Capri. Es, en rigor, un personaje irreal (por muy verosímil que sea) que provoca realidad en los demás.
Yo no sé si su visión descarnada del deseo es una especie de purga, como a veces tiende uno a barruntar, pero da lo mismo porque su prosa sigue siendo la más original y la más brillante y mejor dicha (sobre todo dicha) de todos los escritores de su generación. Su último reto es ser sincero, despojada, dolorosa, trágicamente sincero, en ser nítido y desnudo en medio de la portentosa marejada de su escritura. Suena como a promesa, como a acto de fe. Y suena divinamente.

6.12.05

Propaganda


Una editorial cristiana, la Biblioteca Homo Legens, acaba de publicar, en formato de los de antes, con buen papel y tapas de tela, y a precio razonable, una de las novelas mayores de Dostoievski, El idiota. Su protagonista, el príncipe Mischkin, se rige por dos reglas insobornables: no juzgar a nadie y no consentir que nadie se humille. Su bondad extrema le lleva al amor por compasión, a una extraña fraternidad que no nos parece humana porque no tiene sombras. El propio Dostoievski dijo que El idiota era una especie de ensayo sobre el bien, y que quería meter la concepción inmaculada de la existencia de un hombre bueno en mitad de sentimientos demasiado humanos: ama a quien lo engaña, ampara a quien lo traiciona, pero jamás se aparta de sus normas (lo que quiere decir, sospecho yo, que tampoco sufrirá mucho). Su concepción es inmaculada porque no entran en ella las bajezas propias de los seres humanos: no hay mancha en su regla, por mucho que Dostoievski la inficione de una especie de morbosa compasión.

A Mischkin lo tengo, al mismo tiempo que por un ejemplo de moral, por el colmo del egoísmo trascendido, un poco masoquista; pero también por una actitud que sólo es posible a partir de la ausencia radical de sentimientos, que es lo que siempre me ha fascinado de él, muy en la línea del Adolphe de Benjamín Constant. Quiero decir que una cosa es el sentimiento y otra la decisión de sentir ese sentimiento, el sentimiento como ficción, como postura (como norma), aunque se crea en ella o empuje a una tragedia. Veo a Mischkin más cerca de San Manuel Bueno que de Cristo redentor, vaya.

De todas formas, tengo en la mano un libro de Steiner (Tolstói o Dostoievski), que avisa de que sin Rogochin, el personaje pecador por excelencia, Mischkin vuelve a ser un idiota. “Sin la tiniebla, ¿cómo captaríamos la naturaleza de la luz?” Sin la miseria de la existencia, ¿cómo podríamos concebirla inmaculados? A Mischkin lo admiramos pero nos parece ridículo. Nos cae bien pero no estamos dispuestos a imitarlo. No es que su inmaculada concepción de la existencia nos parezca inalcanzable, que no lo es, sino que no podemos permitir que los otros se confundan y nos tomen por idiotas.

4.12.05

Geórgica, I

Cuando llega el mal tiempo leo a Virgilio. Es una de esas aficiones que empezaron siendo estimulantes y han adquirido con los años la pátina de las costumbres. Unas veces paso la tarde traduciendo media docena de versos de las Geórgicas o de la Eneida, y elijo los fragmentos al azar, como si estuviera rellenando con hilos traducidos un gran tapiz que, al paso que voy, puede durar el resto de mi vida. Otras veces, simplemente, me tumbo y leo.
Virgilio no es el poeta tonante que se eleva sobre nuestras miradas, al que se admira como un objeto alto y luminoso pero es difícil de encajar en la cocina. Virgilio es el viaje de vuelta, la morosidad ascética de los detalles, la alta misión de contar lo mínimo, la noguera que veo desde la ventana o las vacas que mugen en el prado. Cuando huimos de otros clásicos que nos hacen sentirnos pequeños, alejados de deslumbramientos juveniles, Virgilio es un regreso a la dignidad de una existencia menuda. El libro sobre la mesa, la luz de tímidos matices, el otoño húmedo y a veces anaranjado, recién llovido, y en sus versos mezcladas antiguas traducciones infantiles, esas que uno escribía con la punta de la lengua fuera, y reflexiones maduras que me han unido a sus héroes cercanos, a su grandeza posible, pero también a su triste lucidez.
Rumio en estas tardes detalladas las quejas de Eneas a los dioses, por qué yo, por qué esta pesada carga, por qué tanto regodeo en el destino, y me uno al héroe que hace las cosas porque está mandado pero no se entrega nunca al entusiasmo. Cultivo un vínculo casi íntimo con el hombre que vive porque no hay más remedio, y pese a ser consciente de la tormenta caprichosa en que navega, lucha por que cumplir con su deber suponga un lenitivo a la tragedia esencial de perseguirlo. Eneas no es especialmente astuto, siente como a remolque, no le mueve el espíritu de un pionero sino las necesidades imperiosas del momento, y se apiada de sus enemigos muertos como se apiada de su propia negra fortuna, y en esta piedad imprescindible funda la obligación, más que de vivir, de echarse la vida a la espalda, como si fuera, en efecto, no un designio divino sino la maleta de quien va buscando casa.

Programa


Creo que fue Muñoz Molina, hace ya bastantes años, el que dijo que en España no se sabía encarecer a alguien si no era insultando a los demás. Esta semana he tenido acceso a dos interesantes ejemplos de tan bárbara costumbre, en un medio tan poco usual para la agitación política como es el programa de mano de un espectáculo. Uno era de Tres sombreros de copa, una lujosa producción que se aprovecha de la desidia de los programadores (Mihura es un fijo en selectividad) para perpetuar el hecho de que ésta sea la única pieza teatral que han leído, o visto, muchos jóvenes bachilleres. Y está bien, pero tampoco es para salir de “la caverna”, como dice, en el programa de mano, el vulgar poeta y mediano traductor Luis Alberto de Cuenca.
El otro programa es el de En un lugar de Manhattan, de Els Joglars. En un texto mal escrito, entre anacolutos, faltas de ortografía y redundancias, Albert Boadella se despacha contra “el ejército de acomplejados militantes de la modernidad escénica”, de entre los que profesa una especial tirria contra La Fura del Baus, a la que debe referirse eso de la “obsesión timadora” y de que “cualquier nulidad se atreve con los clásicos”.
Pero luego cierras el programa y empieza el espectáculo, una cosa tópica, larga, plomiza, con las bromas viejas de los vascos y los catalanes, con los chistes viejos de los argentinos y los vetustos chascarrillos sobre las feministas, lleno de empalmes y puntos muertos, de estiramientos artificiales y plomerías de oro falso, y de una irritante falta de sustancia. Todo ello, eso sí, sobre el valor seguro de sus magníficos actores, por más que Ramón Fontseré haya empezado ya a imitarse a sí mismo.
Ambos espectáculos están programados por la Comunidad de Madrid, que invierte en cultura. Bien hechos sí que estaban; pasta se gastaron, desde luego. En el de Mihura la gente se reía con más frecuencia, cuando tocaba y cuando no tocaba, como cuando la actriz protagonista, una señora de cuarenta años, hablaba de que aún era muy inocente, que aún estaba creciendo. El público, la muchachada, se partía de risa.

30.11.05

Mapa


Un lector bernardino me pasó el otro día la dirección de una página de la que quiero hacer publicidad. Por alguna razón de entre líneas descubrió mi amor a lo mínimo, al conocimiento infinitesimal, a esa escala variable que igual te permite ver el mundo como un dios que como un ratón. Es la Biblioteca Perry–Castañeda, una maravillosa colección de mapas de todos los tiempos y lugares que se multiplica ad infinitum a través de enlaces a otras páginas especializadas en cartografía.
Si con el satélite podía verle la piel a la tierra como se la vería un pájaro, con esta otra página puedo verlo como lo habría hecho un escolar de principios de siglo XX, una tarde de invierno, junto al fuego bajo. De hecho, al entrar en el Atlas de Shepherd, de 1911, el libro con el que todos hubiéramos querido ser niños, y ver aquellos mapas de tipografía primorosa, líneas de mano alzada y los colores que luego haría célebres Tintín, me arrojé al vicio de ir acariciando con la yema del dedo los caminos que llevan al desierto, las líneas divisorias de las guerras, las flechas de las batallas, las rutas de los ánsares y de la gripe, de los vientos y de los aviones, los tentáculos de las estribaciones y los filamentos de los ríos, y encontrarme siempre nombres nuevos, palabras puras, meros y hermosos nombres propios de aldeas, fuentes, peñas, tumbas y regatos.
Metería la página de Perry Castañeda en el arcón donde guardo mis mejores mapas: la colección del Instituto Geográfico Nacional, con la que siempre he deseado empapelar un dormitorio, que tiene un nombre para cada veinte metros de tierra real, o con el valiosísimo Barrington, con noventa y nueve mapas de la antigüedad grecolatina, o con los mapas de islas que uno dibujaba de pequeño, y que nunca parecían una isla porque siempre había en ellos algo de patata. Cuando viaje a ver esos lugares, pensaba entonces, me sentaré sobre una huella de mi dedo, y buscaré las fuentes de memoria, sobre un cañamazo invisible, hasta que se active en mi cerebro algún instinto raro que me permita barruntarlas.

Limbo


Es una lástima que ya no exista el limbo, ese lejano país. Se conoce que una comisión de graves teólogos ha dictaminado que se trata de una especulación tridentina sin fundamento. Me hubiera gustado estar en la rueda de prensa donde lo anunciaron: “Buenos días. El limbo no existe. Adiós.” En las tertulias teológicas que yo frecuento se comenta mucho estos días, no obstante, que lo del limbo es una buena señal, porque siempre lo ponen los más retrógrados y lo quitan los más progresistas.
Yo prefiero que lo dejen, precisamente por la misma razón por la que lo quieren quitar: porque lo consideran un pintoresco invento pagano de peligrosas raíces epicúreas. En el limbo uno no siente ni padece, está lejos de Dios pero no le duelen las articulaciones. No hay nada por lo que atormentarse, ni recuerdo que te perturbe ni deseo que te martirice. No es, desde luego, esa luminosidad abstracta del paraíso, que, por lo menos en la Divina Comedia, resulta bastante más sosa que la gusanera del infierno. Pero tampoco es el purgatorio porque allí nadie purga nada, nadie salda deudas ni le escuecen los fracasos. La gente está tan a gusto sin que le duela nada que practica unos modales exquisitos, su refinada educación levanta muros de amabilidad infranqueables, nadie sabe nada de nadie y no se conciben los abusos de confianza ni los arrebatos de sangre. En el limbo la gente no bosteza porque, por no dolerle, ni siquiera le duele el tiempo.
El limbo viene a ser que te dejen en paz, “la vida que no sabe engañar”, dice Virgilio en sus Geórgicas. De pequeño, cuando algún maestro te reprendía porque estabas en el limbo, daba la sensación de que le molestase que te lo estuvieras pasando bien dentro de ti mismo, de que exigiera estar vivo del todo para gozarlo todo y sufrirlo todo. El limbo, definitivamente, no era el sitio donde iban los niños sin bautizar, sino adonde no nos dejaban ir a los niños ya bautizados. Yo siempre me lo imaginaba en el campo, pero no por Virgilio, no todavía, sino porque aquí al limbo de los vivos lo llamaban estar en la higuera, con desprecio, como si fuese algo malo.

22.11.05

Documentación

Estaba leyendo un artículo sobre lo que ha quedado del franquismo en la sociedad española cuando escuché por la radio las declaraciones de un político: “¡España está gobernada por una tropa de indocumentados!”, dijo. No escuchaba esa expresión desde la infancia, quizá desde aquel día en que los niños, en vez de ir a la escuela, estuvimos contemplando en la televisión un cadáver con tapones de algodón en la nariz.
Qué expresión tan añeja. En un país acuartelado, la palabra tropa incluía un matiz despectivo, como de muchachos larguiruchos a los que les viene pequeño el uniforme, reclutas mal vestidos de los que se contaban esas anécdotas siniestras de la mili. Los señores mayores, cuando nos veían a los niños por la calle, decían “¡vaya tropa!”, como si fuésemos indisciplinados pero ingenuos, torpes pero sin mala intención.
La palabra indocumentado también se utilizaba mucho. El indocumentado podía ser el que no portaba documentos, pero entonces, como ahora, cuando alguien no tenía un documento en regla se decía que le faltaban los papeles. El indocumentado era otro. El indocumentado era el don nadie, el que carecía de raigambre, de apellidos, el que no tenía recomendación, el que no mandaba, alguien de extracción humilde, como se decía entonces, o no afín a la gente de orden; alguien que, en el mejor de los casos, sería un pobre diablo, un pelagatos, y en el peor podría ser incluso gente de mal vivir, aunque esto último todo el mundo se esforzaba en no aparentarlo por si acaso. Pero al indocumentado ni siquiera se le concedía el rango de individuo sospechoso, sino de simple cantamañanas que por mucho que se esforzara jamás gozaría de suficiente prestigio.
Los hombres, en los toros, se insultaban con esa palabra: “¡Es usted un indocumentado!”, y con eso no se quería decir exactamente que no supiese de toros, sino que no era quién para opinar. La gente, para insultarse, se llamaba de usted. Un indocumentado podía ir por la calle y tropezarse con un documentado que, si no se le cedía el paso, siempre echaba mano de los mismos improperios: “No sabe usted con quién está hablando”, solía decir.

19.11.05

Mentira


Hay un momento en la última película de Woody Allen, Match Point, en que uno tiene la sensación de que la pantalla se mueve, de que está presenciando una colisión estética como presenciaría un movimiento de tierras. De pronto las conversaciones de café tienen la dicción de una tragedia clásica; los personajes en cuyo punto de vista nos habíamos instalado se vuelven pobres muñecos capaces de cualquier bajeza, y aquellos de los que nos protegíamos se revelan como los únicos sensatos.
Todo sucede en torno a una escena que me dejó clavado. Un personaje acusa a otro de mentiroso. Lo acusa como se puede acusar a alguien del mayor crimen jamás imaginable, con esa desesperación que da gritar un delito gravísimo al que nadie concede mayor importancia. La palabra mentiroso se acaba en sí misma; por más que el ofendido se desgañite, nadie va por ello a la cárcel. En cierto modo, y si reducimos los argumentos con el debido cinismo, la mentira es un recurso válido, legal, si no está tipificado como lo contrario. De ahí que las discusiones de amor sean tan dramáticas, porque los crímenes de que los amantes se acusan no están recogidos en ningún código penal.
El personaje perjudicado grita, bracea, le lanza puñetazos al otro personaje, mucho más fuerte que él, que no reacciona porque en el fondo no le está haciendo ningún daño. Se limita a dejarlo que se desahogue. Entonces sientes piedad por el agresor, un personaje nervioso, en cuyo disgusto tremendo se han disuelto las fuerzas, la capacidad de castigar. Da la impresión de que el mentiroso está pagando sus culpas a precio de saldo, y él lo sabe. Y da la impresión de que el personaje ofendido es un ser incapaz de hacer daño, un ser civilizado que no concibe de ninguna manera el crimen, y que por lo tanto da la importancia debida a otros crímenes que no van más allá de la palabra. Es, de pronto, el héroe. Así que sueltas un héroe y te agarras al otro, como soltarías a Raskolnikov, el personaje de Crimen y castigo, si no tuviese fuerzas para encontrar su salvación.

17.11.05

Peine


Hace unos meses, a principios de curso, una señora dio una rueda de prensa para quejarse de que sus hijos no tuviesen plaza en el colegio Las Viñas, creo recordar, y sí la hubieran conseguido "esos que vienen de fuera". Me llamó la atención la descarnada sinceridad de la señora, nada habitual en la derecha española, pero preferí no glosar entonces sus palabras a la espera de que, como se suele decir, saliera el peine.
Pues bien, ya ha salido el peine. Y el peine, lleno de pelánganos casposos, es que la Iglesia católica exige que el Estado financie sus colegios privados con dinero público pero que les reserve el derecho de admisión. A éste lo quiero, a éste no lo quiero. ¿Deseaban los señores alguna cosita más? Es lo que, abundando en expresiones populares, se llama ser chico bien de casa mal, o presumir de tacón y pisar con el contrafuerte.
Motivos para exigir no tienen muchos, ciertamente. Leo en un periódico herético que en el año 2002 no llegó a un 35% el número de contribuyentes que querían dar su dinero a la Iglesia. Leo que en Alemania, mucho más prácticos, el que recibe el bautismo debe pagar la financiación eclesiástica, o de lo contrario pedir la apostasía. El resultado es que la Iglesia alemana está más saneada que la española, y ningún ciudadano paga creencias ajenas ni privilegios de casta. Y en Alemania se puede ser cristiano. Por poderse, en Alemania se puede hasta llegar a Papa.
Con todo, una vez que ya tenemos el peine, que ya se ha visto el pelo de la dehesa, quizá se pudiese discutir de educación. De cuáles son los recursos necesarios y la gestión más eficaz, y de cómo se trata de educar individuos, no capillas ni bolsas de marginación, y de cómo se cumplen las leyes. Y después de toda esa importante discusión que siempre andan tapando con la asignatura de marras, se podría también reflexionar sobre la exhibición moral que está dando la parte más estridente de la Iglesia católica y de su rapidez de reflejos ante la incorporación de ciudadanos extranjeros. Su instinto de protección, que es lo primero que salió en la foto, y lo que más se tardará en borrar.

9.11.05

Dandy



Leo ayer en el Diario que Umbral acudió “con la plana mayor del PP” a presentar el último premio Planeta, dios mío, y que aprovechó la circunstancias para darle otro palo a la ganadora. Los métodos modernos de promoción son terribles: un miembro del jurado dice que la novela es muy vulgar y su mentor que no tiene estilo. Ah, viejo Umbral, igual esperaban que babease unos cuantos piropos de anciano que acepta honores prepóstumos. Se sumó a Marsé, que es una forma de reivindicación baudeleriana, dar la nota siempre, como sea, hasta el final, y de paso arrojó a la ganadora a los caballos, por segunda vez en quince días. Quien no ha leído a Umbral en sus buenos tiempos no sabe interpretar en clave lírica estos bajonazos. Lo que no sé es cómo se sentiría ella.
Pero Lara, el editor, lo conoce bien. Aquel libro sobre el cadáver de Cela se vendió estupendamente. Y a Marsé también. Yo sospecho que la estrategia de mercadotecnia pasaba por ahí. Barrunto que se trataba de premiar un libro y anunciar a los cuatro vientos que es muy malo. Ponerle un título defectuoso, Pasiones romanas (si pronuncias todas las sílabas parece que estés borracho) y repetir unos cuantos tópicos que indican la catadura literaria del producto. Es, en el ámbito editorial, lo mismo que los invitados al acto practican en el político: no disfrazar los mensajes con razones, ofrecer vulgaridad, en la certeza de que hay una mayoría estadística de clientes que no necesitan más. Asistimos a declaraciones disparatadas porque siempre hay ignorantes que se las tragan, y el truco del “compre esto, que es muy malo” se enseña en las academias.
Ese libro se venderá mucho porque la gente ya sabe lo que va a leer. Otros lo comprarán para solidarizarse con la ganadora, la pobre. Otros porque a Umbral o a Marsé no les ha gustado, para que se fastidien. Pero también es verdad que sin esos invitados de lujo, el día del premio y ayer en la presentación, este libro tenía pinta de no llegar a Navidad en buenas condiciones para el consumo. Lo que me extraña es que la ganadora, la pobre, no conociese a Umbral, no esperase de él un último, altivo ramalazo de cinismo, entre las cenizas de su voz.

6.11.05

Gasolina


Domingo. La poesía de Villepin no ha solucionado nada. Sarkozy, el que echó la gasolina marca 'recaille' sobre las primeras algaradas, va ganando en las encuestas. Nadie sabe de qué demonios habló Villepin con aquella delegación de jóvenes de entre 18 y 25 años que ayer nos hizo confundirnos. Se habla, como si hubiese que apaciguar las conciencias de quienes desean un estado de excepción, de bandas organizadas, de terrorismo islamista, de delincuencia común. La gente tiene que saber que no es una protesta de gente normal sino de criminales sin escrúpulos, y pasar por alto cuál es la razón concreta que conduce a todas esas ramas del mal.
Entre estas razones, hay una que me llama la atención. Son declaraciones de un profesor de secundaria que trabaja en la zona de los disturbios. Cuenta que los vándalos queman coches porque es más bonito, y que “los daños colaterales no entran dentro de su campo de visión, es como si jugasen a la Playstation”. Pero eso tampoco nos ayuda mucho, porque, aunque sí entrasen en su campo de visión, aunque sí fuesen conscientes del daño que infligen a otros, la convicción de que no tienen nada que perder, mucho más antigua y universal, habría hecho el mismo efecto.
Quienes trabajan con adolescentes saben distinguir la mirada del muchacho que ya no tiene que dar cuentas a nadie, ni siquiera a sí mismo. Toda educación, en efecto, es coacción, es ilusión y es amenaza, es pasión pero también temor. Nuestros códigos de conducta se arraigan en el instinto, pero es necesario cultivarlos. Cuando se desarraigan, cuando ya nada importa, cuando la ilusión es nula y la pasión inútil, esa mirada es entonces repelente del temor, impermeable a las amenazas. Es en ese momento cuando enchufan la Playstation, pero también cuando están más informados.
De todas formas, el fenómeno tampoco es nuevo. Son métodos sencillos y devastadores, muy de moda últimamente, como sencillo y devastador es fomentar la sociedad de castas, es decir, aquella en la que no existe la más mínima posibilidad de cambiar de clase social.

5.11.05

Hemorragia


Recuerdo a Dominique de Villepin en la asamblea del Consejo de Seguridad en la que se intentaba frenar el delirio de Bush. Los discursos de Villepin, un hombre alto, delgado y con la nariz de punta, melenas ilustradas y frente de poeta, eran hermosas piezas de oratoria, por más que supiésemos quién era, a qué sector pertenecía. Pero ya estamos acostumbrados a no votar a nuestro candidato sino al contrario del que detestamos, del que no queremos de ningún modo.
Aun así, y comparados con los entecos discursos de nuestra ministra, una diplomática que no sabe hablar, las palabras de Villepin sonaban a música celestial. Igual que cuando, tiempo después, llamó al asunto de Melilla una hemorragia, en feliz metáfora que lo resumía todo, y que planteaba la cuestión crucial, la de si somos capaces de reducirla o tan sólo de fregar la sangre del suelo y esperar a que se callen los heridos.
Ahora Villepin trata de enfrentarse con palabras a una de las más sangrantes contradicciones morales de Occidente: llamamos terroristas a quienes emplean medios violentos en sus protestas, pero, si utilizan métodos civilizados, no les hacemos ni puto caso. Consideramos una rendición intolerable dialogar con los violentos, pero nos reímos de los pacíficos, los ignoramos.
Escribo estas líneas en sábado. Las protestas de Francia no se han cobrado aún ninguna víctima. La violencia se ha cebado en los enseres, los transportes y los inmuebles, en una especie de catarsis que se agrede a sí misma. Sarkozy enseñó el plumero llamándolos gentuza. Villepin trató de ganar tiempo con palabras, pero ni declaró el estado de sitio, como pedían los ultras, ni se agarró al ciego argumento de no tratar con quien se hace oír. Más allá de su carrera presidencial, Villepin se juega sus credenciales de poeta, y el extraordinario precedente que enseñe de una vez a la derecha europea que a bofetadas no se mantiene callada a la gente a la que previamente has condenado a la miseria. Las hemorragias internas no se friegan con lejía.

3.11.05

Gota 2


Todos los días paso por delante de una estatua de Escriche que lleva tiempo estropeada. Está en un parque del Ensanche, detrás de las piscinas, donde el antiguo meadero de los perros. Es una mujer desnuda, sentada, que eleva por encima de su cabeza un botijo vuelto del revés por cuyo pitorro cae una gota de agua, o bien un lienzo mojado cuyas últimas gotas escurre la mujer sobre sus labios. La mujer apura el botijo –o el paño– y su actitud es de esperanza en que hasta la última gota pueda saciar toda su sed, con la misma determinación con que se ducharía bajo un chorro inagotable.
La mujer es muy atractiva. Su busto es de sirena, pero sus piernas son de madre. Muslos gruesos, ásperos y descuidados, las manos en ofrenda pagana y los pies que apoyan para descansar de las durezas. Pero la imagen no puede estar más viva. Esa última gota es eterna, y ha caído durante meses en la boca de hierro de la estatua. Un reguero de óxido va corroyéndola como un regato de podredumbre que le pasa por la barbilla y por el cuello, que se ensancha entre los pechos y se encharca en un vientre cansado. Los estragos de la gota parecen una carcoma, una fruta podrida, pero hay también algo agradable y otoñal en aquel vivero de organismos devoradores, y es, desde luego, un canto a la persistencia.
Es inevitable la sensación de que las gotas acabarán por taladrar la estatua, la abrirán en canal y dejarán al aire sus entrañas de metralla. Pero eso le añade belleza, porque le añade tiempo. Muchas veces, cuando paseo a su lado, pienso en quién durará más, si ella o yo. Alguien debió de pensar lo mismo y le cortó el agua, quizá para que el orín no fuese a más. Pero en ese gesto de buena intención o de simple desidia no ha hecho más que matarla. Esa estatua, mientras no siga cayendo el agua, será solo un recuerdo de sí misma. Mientras no se siga lentamente destruyendo, no estará viva. El monumento está dedicado a los donantes de sangre. Aunque sólo sea por eso, el Ayuntamiento debería arreglar ese grifo. En invierno, con los hielos, todavía es más hermosa.

28.10.05

Paraíso

Allí, entre los muertos, también se cometen crímenes. Yo estuve a punto de cometer uno. Me recuerdo sentado en un pupitre de la biblioteca. Eran días felices. Se me pasaban las horas muertas sin leer una sola línea escrita por alguien que estuviera vivo. Un día, leyendo un poema del siglo XVII, descubrí unos detalles que no me gustaron nada y decidí hurgar un poco más en la autoría de aquellos versos. Estuve muchos meses, varios años que ahora son un recuerdo denso y uniforme, como la vida en el campo, eterna y momentánea, y completé un sesudo estudio que demostraba científicamente que estaba mal atribuido. Aquel autor no era el verdadero autor.
En aquellos años de entusiasmo y vanidad, mi hallazgo me llenó la cabeza de pájaros. Había un aspecto de mi investigación que la redondeaba como obra de arte, porque se daba la casualidad de que aquel poema es el único que nos ha dejado su falso autor. Si daba a conocer mis conclusiones, pulverizaría su figura, mataría a un muerto, o quizá lo dejase como el mero recuerdo de un farsante, papel para el que más vale estar muerto del todo. Por lo que a mí respecta, me parecía el colmo de la exquisitez haber dedicado tanta pasión y tanto esfuerzo a un asunto que no le interesaba absolutamente a nadie, como si aquel poeta sospechoso se hubiese llevado a la tumba su impostura, y yo hubiera hecho una expedición en busca de los secretos de su féretro.
Sin embargo, la publicación de aquellas investigaciones se fue retrasando en el tiempo. Yo seguí siendo el único que sabía de aquel intrusismo intolerable en el reino de los muertos famosos (hablo de una fama relativa, claro, de una fama que afecta sólo a media docena de eruditos), pero las decepciones y los años me hicieron cambiar de opinión. Decidí devolverle la vida en la muerte, no decir a nadie que aquel individuo no había hecho méritos para ser recordado, dejar los ácaros en sus sitio.
Me reconforta haber tomado esa decisión. Peor habría sido llegar a la conclusión de que aquel poeta seguía vivo entre los muertos porque yo estaba muerto entre los vivos. Preferí pensar que con mi silencio lo había devuelto al paraíso.
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