Washington Square (1880) es solo un año anterior a El retrato de una dama, y no se hace difícil pensar que hay pasajes y personajes que Henry James desarrolló en su primer gran novelón, por ejemplo el del padre que no confía en las cualidades intelectuales de su hija pero quiere asegurarle un buen futuro, o al menos un buen marido; o el de la misma hija, apocada, aniñada, a la que las circunstancias hacen madurar de golpe; o incluso el del pretendiente sospechoso de ir buscando una dote so capa de románticas melosidades; e incluso el de la vieja casamentera, si bien por motivos muy distintos en ambas novelas. Incluso hay un pasaje de Washington Square («¿Crees que te llevaría a un nido de fiebre amarilla?», le dice el pretendiente arrepentido a la pretendida que quiere fugarse con él) que no sólo remite a la otra novela sino incluso a la continuación que escribiera en 2018 John Banville y que ya hemos comentado aquí. Sí, son parecidos, esbozos, puntos de partida, lo que no quiere decir que la primera novela sea un mero apunte de la segunda o que ambas cuenten la misma historia en diferentes tallas. En absoluto. De El retrato de una dama ya nos deshicimos en elogios, pero de Washington Square solo caba decir que es otra obra maestra.
En este caso, además, al lector acostumbrado a las sinuosidades sintácticas y las densidades conceptuales de James le sorprenderá una novella construida sobre diálogos y sin asomo de oscuridad de ningún tipo. Es más, el punto de partida es claramente teatral, lo que todavía la hace más interesante, porque James utiliza mimbres populares para crear arquetipos intemporales. De Plauto a Molière, la historia del padre avariento que no quiere casar a su hija con un cazadotes gloriosus, y de la vieja, la anus, que trata de apañar por detrás el matrimonio, es material para enredos y burlas, para que triunfe el amor y la juventud y fracase la codicia y la vejez. Y así empieza Washington Square, incluso con ese humor que hace gracia precisamente porque no la tiene. Pero lo que nos espera no tiene nada que ver con un sainete.
Es esta historia el lector no se alía con los jóvenes sino con el anciano padre: es él quien se da cuenta desde el primer momento de que el andoba que ronda a su hija solo va al olor del dinero. Hace bien, pensamos, informándose a conciencia sobre la catadura del pisaverde, un parásito que vive del esfuerzo y los ahorros de su pobre hermana, otro personaje bien interesante. El padre también demuestra sensatez cuando pone a prueba al pájaro por el sencillo método de desheredar a la hija, con el efecto casi fulminante de que al otro se le pasen las fiebres amatorias y ahueque el ala. Triunfa el sentido común y el afán paternal, pero el resultado es un triste fracaso. La hija va creciendo en voluntad, en lealtad a sus propios sentimientos, hasta el punto de enfrentarse a su padre y renunciar a cualquier prebenda. Ama con valentía, pero ama a un pelanas que no se lo merece.
A estas alturas, lo que empezaba como una simpática pieza romántica se ha oscurecido de conflicto real: el amor no está libre de la equivocación, demasiada gente vive de él, abusa de él, más aún en una época en la que la principal preocupación de un padre era colocar bien a una hija, pero también cuando ese mismo padre comenzaba a percibir el negocio marital como algo anticuado, si no rastrero, y contrario a los emergentes códigos de libertad. En la novela el padre no cede, pero su inflexible determinación tiene un precio demasiado alto.
James es un maestro en el juego de contrapesos que hacen avanzar equilibradamente una novela. La rigidez del padre, un médico que confía en la fisiognómica y el análisis de los caracteres (y no se equivoca) tiene el contrapeso de su hermana casamentera, Lavinia, inagotablemente mema, pero también de un egoísmo cruel, el de quien hace lo que sea para mantener sus fantasías románticas, aunque sea destrozar la vida de quien se supone que intenta defender. El mismo Morris, el cazadotes, tiene en su hermana, la señora Montgomery, viuda y con cinco hijos a los que mantener (además de al parásito), una contrafigura llena de matices: en ella se juntan sus deberes filiales con la necesidad de librarse del zángano de su hermano, y su amor honesto a la verdad con su sentido casi supersticioso de la traición. Lástima que su aparición sea tan breve porque es uno de esos secundarios que merecía una novela entera.
Y la muchacha, Catherine, hace lo que tienen que hacer los grandes personajes, redimirse. Empieza siendo un poco boba (da la impresión de que para James el mero hecho de enamorarse sin más motivo que la atracción es ya un síntoma de estupidez), y dedica un carácter cada vez más duro a no dar su brazo a torcer. Es el tipo de quien gustosamente renunciaría a una vida regalada con tal de vivir con su amado, pero también de quien está lo bastante ciega como para no ver al petimetre que cualquier espectador del drama ve desde antes casi de salir a escena. El padre se la lleva de viaje, la intenta convencer, trata de imponer su ascendente moral… Nada. Si toda la contumacia que Catherine emplea en seguir enamorada la invirtiera en fundar una empresa, no necesitaría la herencia de su padre para vivir como una reina.
Entre otros muchos aspectos, James también es un maestro en conseguir que los finales más lógicos sean también los más sorprendentes. El lector lee con interés uniformemente acelerado una historia que, acabe como acabe, solo puede acabar mal: Catherine no puede salirse con la suya porque el lechuguino solo va buscando la pasta, y el padre tampoco porque Catherine no va a perdonarle que ponga en fuga a su pretendiente. El resultado es un final que habría hecho (y es posible que las hiciera) las delicias de William Faulkner, una aceptación intransigente, una venganza silenciosa, si bien el único que de veras se venga es el fracaso y la decrepitud.
En este caso, además, al lector acostumbrado a las sinuosidades sintácticas y las densidades conceptuales de James le sorprenderá una novella construida sobre diálogos y sin asomo de oscuridad de ningún tipo. Es más, el punto de partida es claramente teatral, lo que todavía la hace más interesante, porque James utiliza mimbres populares para crear arquetipos intemporales. De Plauto a Molière, la historia del padre avariento que no quiere casar a su hija con un cazadotes gloriosus, y de la vieja, la anus, que trata de apañar por detrás el matrimonio, es material para enredos y burlas, para que triunfe el amor y la juventud y fracase la codicia y la vejez. Y así empieza Washington Square, incluso con ese humor que hace gracia precisamente porque no la tiene. Pero lo que nos espera no tiene nada que ver con un sainete.
Es esta historia el lector no se alía con los jóvenes sino con el anciano padre: es él quien se da cuenta desde el primer momento de que el andoba que ronda a su hija solo va al olor del dinero. Hace bien, pensamos, informándose a conciencia sobre la catadura del pisaverde, un parásito que vive del esfuerzo y los ahorros de su pobre hermana, otro personaje bien interesante. El padre también demuestra sensatez cuando pone a prueba al pájaro por el sencillo método de desheredar a la hija, con el efecto casi fulminante de que al otro se le pasen las fiebres amatorias y ahueque el ala. Triunfa el sentido común y el afán paternal, pero el resultado es un triste fracaso. La hija va creciendo en voluntad, en lealtad a sus propios sentimientos, hasta el punto de enfrentarse a su padre y renunciar a cualquier prebenda. Ama con valentía, pero ama a un pelanas que no se lo merece.
A estas alturas, lo que empezaba como una simpática pieza romántica se ha oscurecido de conflicto real: el amor no está libre de la equivocación, demasiada gente vive de él, abusa de él, más aún en una época en la que la principal preocupación de un padre era colocar bien a una hija, pero también cuando ese mismo padre comenzaba a percibir el negocio marital como algo anticuado, si no rastrero, y contrario a los emergentes códigos de libertad. En la novela el padre no cede, pero su inflexible determinación tiene un precio demasiado alto.
James es un maestro en el juego de contrapesos que hacen avanzar equilibradamente una novela. La rigidez del padre, un médico que confía en la fisiognómica y el análisis de los caracteres (y no se equivoca) tiene el contrapeso de su hermana casamentera, Lavinia, inagotablemente mema, pero también de un egoísmo cruel, el de quien hace lo que sea para mantener sus fantasías románticas, aunque sea destrozar la vida de quien se supone que intenta defender. El mismo Morris, el cazadotes, tiene en su hermana, la señora Montgomery, viuda y con cinco hijos a los que mantener (además de al parásito), una contrafigura llena de matices: en ella se juntan sus deberes filiales con la necesidad de librarse del zángano de su hermano, y su amor honesto a la verdad con su sentido casi supersticioso de la traición. Lástima que su aparición sea tan breve porque es uno de esos secundarios que merecía una novela entera.
Y la muchacha, Catherine, hace lo que tienen que hacer los grandes personajes, redimirse. Empieza siendo un poco boba (da la impresión de que para James el mero hecho de enamorarse sin más motivo que la atracción es ya un síntoma de estupidez), y dedica un carácter cada vez más duro a no dar su brazo a torcer. Es el tipo de quien gustosamente renunciaría a una vida regalada con tal de vivir con su amado, pero también de quien está lo bastante ciega como para no ver al petimetre que cualquier espectador del drama ve desde antes casi de salir a escena. El padre se la lleva de viaje, la intenta convencer, trata de imponer su ascendente moral… Nada. Si toda la contumacia que Catherine emplea en seguir enamorada la invirtiera en fundar una empresa, no necesitaría la herencia de su padre para vivir como una reina.
Entre otros muchos aspectos, James también es un maestro en conseguir que los finales más lógicos sean también los más sorprendentes. El lector lee con interés uniformemente acelerado una historia que, acabe como acabe, solo puede acabar mal: Catherine no puede salirse con la suya porque el lechuguino solo va buscando la pasta, y el padre tampoco porque Catherine no va a perdonarle que ponga en fuga a su pretendiente. El resultado es un final que habría hecho (y es posible que las hiciera) las delicias de William Faulkner, una aceptación intransigente, una venganza silenciosa, si bien el único que de veras se venga es el fracaso y la decrepitud.
Henry James, Washington Square, trad. Catalina Martínez, Alba, 2010, 266 p.