31.8.25

Principio

 Cuaderno de verano, 72

Todo empieza a ser pasado antes de que se termine. El tiempo se desplaza como el sol. Amanece más tarde, y el calor del cobertor sobre la cama invita a retrasar también el inicio del paseo. Por el camino se nota que el verano va de retirada. Aparte de algún que otro punto azul de las achicorias, ya muy pocos, y de que la alfalfa ha vuelto a crecer, se ve amarillear a los maizales junto al suelo y las puntas de los juncos están secas. Los ribazos tienen una veladura polvorienta que con el tono algo más ambarino del sol, aun a primera hora de la mañana, da la sensación de que hayan empezado fenecer. Lo más verde que se mete en el camino son las zarzas, de un dedo de gordas, con hojas prietas y carnosas y púas como espolones, y las únicas flores son las de las cañas, mensajeras del otoño, blandas y sedosas espiguillas de un color ocre agrisado y, según le dé la luz, algo violáceo, que empiezan a brotar ahora y durarán hasta casi fin de año. Son plumas que mece la brisa, por suave que sea, y apetece acercarse y dejar que me acaricien la palma de la mano. 
    Pero la primera señal inequívoca la he visto en un frondoso nogal que hay entre el río y el camino. Las hojas siguen verdes, con ese verde oscuro, como acartonado, de finales de verano, pero en medio de la copa le ha salido un corro amarillento, como una mancha de vejez, como un primer síntoma de decadencia. Incluso he pensado si no será que esa rama se ha secado, que no es que empiece a perder las hojas sino que por esa parte las va a perder para siempre, a fin de cuentas es pronto todavía para la defoliación, y cuando llega suele ser más homogénea. Tengo que ver estos días el estado de la mancha, si se agranda hacia el otoño, si permanece como una necrosis puntual. En estos finales de verano no resulta fácil distinguir la evolución natural de la muerte prematura.
Por la tarde, antes de ocultarse, el sol asoma por la fachada norte de la casa, que durante todo el verano era el único sitio que se mantenía en sombra. Esos primeros rayos ambarinos por encima de la grama nos dicen que vamos cambiando de sitio, acomodándonos al tiempo nuevo.

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