26.4.08

CONEJO DESOLLADO


Julia está estudiando en su cuarto. Mañana tienen el examen de matemáticas de la primera evaluación, y pasado mañana el de literatura. Su madre y su tía le han repetido ya cincuenta veces que el bachiller no es lo mismo que la ESO, que en la ESO puedes hacer el vago y sacar muy buenas notas, pero que en el bachiller tienes ya que ser la primera y coger carrerilla para la universidad y luego para las oposiciones a notarías. Todo el verano han estado refregándole por los morros a Pototo cuando estaban tomando el sol en la piscina de la Moratilla, mira Pototo, mira cómo sin darse cuenta ya es fiscal, mira el coche que tiene en la puerta y la vida que le espera. La tía Angelita dijo que aunque fuese a estudiar derecho la niña tenía que escoger matemáticas porque luego, si resulta que no alcanzaba para notarías, siempre podía estudiar Económicas.
Pero a Julia las matemáticas le aburren. No es que no las entienda, porque el profesor explica muy bien, pero le irritan un poco. Esa frialdad sin comas de las matemáticas, ese nulo margen para la ilusión, para que las cosas no sean como está escrito, es lo que a Julia le irrita un poco. Lleva toda la mañana del domingo sentada encima de los apuntes con el pelo recogido, mira los diagramas y las ecuaciones; repite algún problema, y cuando lo resuelve levanta la cabeza y deposita la mirada en una chincheta que hay clavada en el corcho, la que sujeta una foto de Julia monísima en Menorca junto a un perro que iba por la calle. A veces también desparrama la vista hacia la ventana que tiene a su derecha. Su cuarto da al Polígono Sur, lo que antiguamente era la Cuesta de los Gitanos, una rambla entre peñascos de cal llenos de aliagas. En las lomas de enfrente ya están parcelando las viviendas nuevas. Julia lleva viendo ese paisaje yerto, con las vías del tren allá abajo, desde que hacía los deberes de la escuela. Justo debajo de su ventana hay un túnel que pasa por debajo de la vía del tren. Es demasiado estrecho para que quepan dos coches y todos los que suben y todos los que bajan tocan el claxon cuando pasan por ahí. Una mañana de domingo que no le apetecía estudiar contó los pitidos: cuarenta y siete, y porque no era un día laborable. Forman una especie de reloj de tiempo discontinuo que sin embargo, con el paso de los años, a Julia le ayuda a perder el sentido del tiempo real.
Julia oye cerrarse la puerta de la entrada. Su instinto es volver a los ejercicios, coger el lápiz en posición de escribir, y repasar mentalmente la situación, no sea que se haya dejado abierta la novela de para por las noches, y que Julia ha estado leyendo hasta media hora antes de que pudiera venir su madre y su tía y entrar en su cuarto de sopetón. Pero el modo de cerrar la puerta la tranquiliza. Sólo así cierra la puerta su padre, con extremo cuidado, de modo que sólo se oiga el metal de la cerradura, no el retumbar de la madera. Julia sale a saludarlo. El libro está cerrado en la mesita de noche. Se titula Emma.
Bernardo va vestido de cazador y sostiene una bolsa de plástico de Mercadona en cuyo fondo se han acumulado unas gotas de líquido negro, como si viniera de comprar sepia. Julia se acerca a darle un beso y le pregunta qué lleva en la bolsa.
-Un conejo –dice Bernardo.
-¿Y eso? –dice Julia, pero antes de que su padre conteste se da cuenta de que la bolsa de Mercadona está goteando sobre la tarima flotante-. Corre -le dice-, déjalo en la cocina mientras limpio esto.
Bernardo se mete en la cocina y saca un plato de Duralex transparente. Es un plato viejo de borde lanceolado que ya solo se usa para la harina. Allí coloca Bernardo, encima de la tabla de cortar, el conejo desollado que le regaló aquel anciano ruso tan amable.
Julia mira con un poco de aprensión. El conejo no cabe en el plato y hay que ponerlo en posición fetal, sin manos y sin pies, encogido y con el cuello y parte de la cabeza destrozados y sanguinolentos, y no tiene ojos. Su piel es tan sonrosada y tan tersa que, descontando la cabeza, bien podría ser un feto. Se le marcan las costillas y al encogerse se le hunde la parte de las tripas en un gesto que es como el de meter estómago, Julia siente un leve hormigueo en el abdomen cuando se le ocurre la comparación.
Bernardo se lava las manos y sale a cambiarse. Su ropa de cazador huele a recién planchada cuando pasa por delante de su hija. Julia se queda mirando al conejo, sus muslos de atleta, el gesto de los muñones junto a la cara, como cuando los niños se protegen del frío. Pero Bernardo vuelve otra vez a la cocina con la cámara de fotos que le regaló la tía Angelita para Reyes y saca unas cuantas fotos del conejo, unas con flash y otras sin flash. Julia se ofrece.
-¿Quieres que te haga una foto con él?
-No –dice Bernardo, y añade-: ¿qué tal te ha ido?
-Bien –contesta Julia, aliviada porque la conversación no salga de lo habitual-. Las matemáticas ya me las sé –dice-. Esta tarde tengo que estudiar literatura.
-¿Conoces a Antonio López? –dice Bernardo, que ha subido un poco más la persiana de la cocina para retratar al conejo con luz natural.
-No –dice Julia -. ¿Quién es?
-Un pintor –dice Bernardo, y apaga la cámara de fotos. Luego se queda mirando el conejo y dice:- Me lo ha regalado un anciano que me encontré en el monte. Está cazado al diente, sin escopeta. Le ha quitado la piel y me lo ha dado.
Lo ha dicho en un tono neutro, de información sin segundas, puramente denotativa, como dice el de Lengua. Julia no sabe qué pensar, pero en ese momento le viene a la mente como un fogonazo su incredulidad primera. Conoce a su padre, sabe que le está tomando el pelo. Han dado tantas veces por hecho que no es capaz de acertar a una perdiz que él ahora se venga con su incomprensible guasa. A esa conducta la tía Angelita la llama ser un somordo.
-¿No lo has cazado tú? –dice Julia, y finge incredulidad lo mejor que puede, pone todo su corazón en que parezca que cree que su padre puede cazar un conejo con semejante equipo de camuflaje.
-No –contesta Bernardo-, pero a tu madre y a la tía Angelita les voy a decir que sí. De momento, lo hemos despellejado entre los dos y luego hemos tirado la piel al contenedor de San Pablo, ¿entendido?
-Bueno.
Julia piensa un momento.
-¿Y a mamá tampoco le dices la verdad?
-Tu madre no sabe mentir –dice Bernardo, mientras coloca un poco el cráneo, para que no se salga del plato.
A Julia le da un poco de pereza interpretar las palabras de su padre. Puede que sea una broma, un secreto como los de los regalos de Navidad.
-¿Me puedo meter un rato en el ordenador? –dice Julia, que quiere marcharse. Julia tiene quince años para dieciséis y su madre le tasa las horas de ordenador. Le tiene dicho que si alguna vez se la salta, y ella lo ve, se darán de baja en la conexión. Matilde, su madre, tiene miedo de que Julia pierda el tiempo.
El padre asiente con la cabeza sin apartar la mirada del conejo. Julia se mete en su cuarto y conecta la red, y teclea en Google el nombre de Antonio López. La puerta de la entrada vuelve a abrirse y a cerrarse pero desde antes ya se oían en el descansillo las voces de su madre y la tía Angelita, que vienen a comer. La voz de la tía Angelita ya dentro de la casa es como si las dimensiones cambiaran y todo lo anegase un ciclón de voces y de perfumes.
-¡Qué vergüenza!, ¡qué barbaridad!, con dos criaturas y todo. Que te lo tengo dicho, Matilde, que son todos unos perros –es lo primero que oye Julia desde su cuarto mientras mira una reproducción del Conejo desollado de Antonio López, pero la tía cambia de inmediato de conversación:- ¿Aún no se ha levantado Julita?
Julia arrastra la silla de inmediato y ya de pie mata con el ratón todas las ventanas del conejo, y sale a saludar a su tía. Su tía tiene setenta y cinco años y muy buena salud. Lleva vestidos cerrados y abrigos de visón y peinados arriba España. Utiliza un perfume que huele a iglesia. Está gorda. Julia se acerca a besarla y la tía Angelita la abraza y le dirige entre besos y arrumacos y confesiones casi al oído la siguiente alocución:
-Julita, hija mía, seguro que ya estabas otra vez con los auriculares y no nos has oído entrar. Dame un beso. ¿Has dormido bien? Tienes mala cara. Te tenías que haber venido con nosotras. Nos hemos comido una ración de sepia en el bar Pepe con Rodolfo Marqués y su sobrino Pototo. ¿Te acuerdas de Pototo, que ya es fiscal? ¿Cómo van los estudios, hija mía? Te tenías que haber venido porque hoy el sermón de don Mauricio ha sido una cosa fuera de serie, a mí se me arrasaban los ojos, qué razón tiene, hija mía, cuánta maldad y cuanta destrucción, Julia, hija mía, tú estudia mucho que esto se está poniendo feo. Tú sigue siendo siempre una mujer cabal, y no enseñes las bragas por la calle, como esas guarras que veníamos viendo ahora, ¿verdad Matilde?, con el frío que hace. Tú, hija mía, no olvides lo que has aprendido en tu casa, no hagas a un lado tu fe y tus principios, y sé una mujer valiente. Mira Soraya Sáenz de Santa María, anda, jódela, abogada del estado, que más o menos es lo mismo que fiscal.
La tía Angelita suelta la pieza y Julia deja salir la respiración largo tiempo contenida sin que nadie lo note. No le gusta el perfume de su tía. Su madre ha entrado en la cocina sin dejar el abrigo para ver si todo estaba bien. Cuando se fue por la mañana a llevar a la tía Angelita al cementerio e ir después las dos a misa a Santa Emerenciana se dejó sin fregar los platos de anoche, y le dijo a Julia: “Julia, por favor, recógeme la cocina, que si viene la tía y empieza a decir impertinencias me disgustaré”.
Julia había recogido la cocina, es lo primero que hizo, minuciosamente, cuando su madre se marchó de casa. Pero ahí estaba el conejo.
-¿Y este conejo?
Julia ha entrado detrás de su madre en la cocina porque si huía rumbo a su dormitorio corría el riesgo de que su tía la persiguiese. -Lo ha cazado papá.
-¿Y lo ha cazado ya sin piel?
-No. Le hemos quitado la piel y la hemos tirado en el contenedor de San Pablo. Qué asco.
-Ya empezamos.
Matilde se ha puesto nerviosa. Su hija Julia lo ha visto en que después de decir ya empezamos ha expulsado el aire por la nariz, no por la boca, y se ha oído. Los tacones de la tía Angelita se asoman al umbral de la cocina.
-¿Qué tenemos para comeeer? –dice la tía Angelita, en tono cantarín.
Matilde ya está poniéndose un mandil. La tía Angelita, con los brazos levantados para no mancharse, se acerca al banco de la cocina y coge una oliva. Mientras separa con los dientes la carne del hueso, dice:
-¡Uh! –dice la tía Angelita. Es un uh que Julia odia, es el uh que dice Macarena, su compañera de pupitre, que es una maruja y achina los ojos cuando escucha-. Tú, Matide –dice la tía- dirás lo que quieras pero a mí me sirven un conejo así en una carnicería y no me lo llevo. Mira qué deshechura en la cabeza, y toda esta sangre y los pelos y todo, y los huesos, míralos, que parece que los han partido con la mano. Se te clava un huesecico de esos en el esternón y te juegas el hato. Mira lo que le pasó a Luisa Sala.
-Lo he cazado yo –dice Bernardo, desde la puerta. Las tres mujeres se giran a mirarlo. Julia decide que no va a decir nada. Matilde quisiera decir algo pero no se decide. La tía está terminando de chupetear la oliva. El hueso sale pintado de carmín.
-¿Y ya lo has llevado al veterinario? –dice la tía Angelita.
-No, no me ha dado tiempo.
-Te lo digo porque el otro día me contaba Mercedes la viuda de Lorenzo Santamaría que ahora en todo eso de Alfambra y por ahí ya no se comen la caza porque han echado tanto abono que las fuentes donde beben los bichos están envenenadas con sulfato.
-Bueno, pero… -dice Matilde, que no sabe qué decir. No sabe si decir “bueno, pero por un conejo guisado no creo que nos vaya a pasar nada”, o bien “bueno, pero además ahora ya tengo en un taper toda la fritanga de la paella y solo tengo que echar el arroz”. Mariluz le dejó hecho el viernes todo en la nevera con sepia y langostinos y de todo. Tampoco es cuestión de mezclar un conejo de monte con el pescado. Finalmente dice:
-Bueno, pero de todas formas estos conejos de monte tardan en cocerse una barbaridad. Mejor lo guiso esta tarde o lo empiezo a guisar ahora mismo y nos lo comemos esta noche o mañana.
-Tiene razón la tía –dice Bernardo, que se ha puesto la chaqueta de punto estiraceada y las pantuflas de paño escocés-. Lo he traído para hacerle fotos, pero estos bichos son muy jascos. Hay que quitarles bien las vísceras y dejarlos por lo menos una semana que se vayan pudriendo un poco y se les ablanden los nervios. Luego se cuece bien para que se vaya el olor de la putrefacción y están exquisitos. Los franceses comen así. El domingo que viene os haré una receta que he visto en internet. ¿Eh, tía?
-Ah, pues mira –dice la tía, que se ha metido otra oliva en la boca-, mira qué buena idea. Oye, Matilde, esto es un chollo, tienes por la mañana un hombre que sale a cazar y por la tarde un chef francés… -dice, y abre los ojos y cierra la boca para seguir despellejando la oliva.
Matilde ha sacado ya el taper de la paella de marisco que le dejó Mari Luz y lo está echando todo en una sartén.
-¿Abro una botella de vino? –dice Matilde.
-He traído un vinillo de Alfambra estupendo.
-¿En Alfambra hay vino?
-Hay poco, pero hay, claro que hay.
Bernardo saca de la nevera una botella de plástico de litro y medio con algún girón de la etiqueta de agua sin gas que no pudieron quitar del todo. En la botella se notan los dedazos. Dentro hay un líquido como cobrizo, amistelado, avinagrado, pero no rojo.
-Ay, no, yo no, gracias, Bernardo, que enseguida se me sube a la cabeza. Mejor me pones un bitter kas sin alcohol.
-¿Y tú, Julia?
-Nada, no tengo sed. Voy a recoger un poco mi habitación –dice Julia.
Matilde arranca una tira de papel de plata con la que cubre el conejo y remete los bordes de papel bajo los lanceolos de Duralex. Mete el plato en la nevera y, antes de cerrarla, se saca una cerveza para ella.

25.4.08

INGRESANTE


Javier Marías pone como ejemplo de la aportación de un novelista a la Academia la palabra ingresante. Es solo un ejemplo, casi una broma, porque en realidad, dice el novelista, la palabra no existe. En el diccionario de la casa donde va a entrar el domingo no, desde luego, pero casi todas las páginas de Google que he encontrado con esa palabra procedían del Perú.
En todo caso es una palabra bien fea, impropia de un escritor, más aún que de un académico, sobre todo porque es una palabra sin terminar, se le notan las junturas, el apaño, no tiene entidad real, sólo suena a tecnicismo jurídico, incluso en el Perú. Ingresante es como cesante, participios de presente de verbos formados a partir de participios de perfecto, de modo que su significado viene a contradecirse, sería como decir amadante o sumisiente o hechante, un engendro paralizado por las dos fuerzas temporales de sentido contrario que tiran de él. Un sumisiente, o sometidente, es aquel que hace lo que no hace, el sujeto de su condición de objeto, una cosa sin sentido. Yo creo que sólo le sacó partido Galdós, porque su Villamil era un hombre constantemente cesado que luchaba por que la acción de cesar no se consumara del todo.
Sin embargo, si hubiese sido un poco más respetuoso con la formación natural de las palabras, a Marías le habría salido algo más interesante que ingresante. Con sólo partir del infinitivo, y no del participio, algo siempre más lógico, le habría dado ingrediente, que es exactamente lo que será Javier Marías el domingo. Un ingrediente con mucha más literatura que el estólido ingresante.
Los neologismos se hacen solos. Y si alguien lo intenta y lo consigue no es porque lo diga en las actas de la Real Academia sino por la condición fonética de lo que ha inventado y también, según alguna regla que se nos escapa, por no violentar ciertas leyes internas. El ingrediente Javier Marías es, como decía en Vidas escritas, una mezcla sazonada de afecto y guasa, una especie rítmica y sintáctica que quizá devuelva el oído a muchos académicos tenientes. El ingrediente sería ya de alta cocina si Marías se presentase con su corte, todos ataviados con los patrones que publicó en algún tomo de su editorial. Eso sí que sería exquisito, y no ese palabro, ingresante, que huele a colodión desde el pasillo.

23.4.08

SOLLAVIENTOS


Diario de Teruel, 24 de abril de 2008

El Colectivo Sollavientos abre blog en internet, una sabina enorme a cuya sombra duerme un aladro de hierro, con un manifiesto que aprovecho estas líneas para suscribir. Allí se delimita el territorio de las Tierras Altas, “que comprende el Maestrazgo y las cuencas altas de los ríos Guadalope, Mijares, Alfambra, Pancrudo y Martín y constituye una unidad geográfica, paisajística, cultural y humana”, con un sentido de la lógica que va bastante más allá de la arbitrariedad burocrática de las comarcas. Ahora que puede verse todo desde el cielo, llama la atención la homogeneidad de determinados paisajes divididos desde siempre, las líneas razonables de su geografía. Dice el Manifiesto Sollavientos que sus miembros se comprometen a trabajar por el país (en el sentido carobarojiano, antropológico del término) en todas las esferas que reflejan desarrollo, incluidas las artísticas y literarias. Con que aprendiésemos a mirar todo aquello ya tendríamos un buen principio. En más de una ocasión he comentado aquí que la belleza de todas esas tierras no ha tenido quien la peine. El verano pasado se cumplieron 25 años de Muelamujer, de Juan Antonio Usero, pauta brillante de tristes epígonos, los que identifican desde entonces la dureza del paisaje con los bajos instintos pero no llegan a manejar el sabroso idioma que manejaba Usero, más que suficiente para dar por buena su lectura. En aquella época el progresismo era tremendista, más condescendiente que solidario, pero ahora se trata de mirar sin juzgar, a favor del objeto, no para ponerlo como ejemplo de la ruina. Lo poco que estas tierras han tenido en materia literaria es un pintoresquismo irreal o esa imaginación puertourraca tan habitual entre nosotros. Pero nadie nos ha contado simplemente cómo son. Queda la tarea, un poco noventayochesca, de pintarlas, de fotografiarlas, de filmarlas, de narrarlas, de cuadrarlas en su extraordinaria dimensión estética. Se impone una exposición virtual en la Sociedad Fotográfica Turolense para celebrar el Manifiesto. Hay allí unos cuantos buenos paisajistas (Pedro Javier Pascual, recién premiado, uno de ellos) que también renuncian a las monerías turísticas para penetrar la tierra en lo que significa.

21.4.08

FOLKLORE


El jueves pasado publiqué en Diario de Teruel una bernardina sobre la Muestra de Folklore, que la semana pasada cambió de dirección, de objetivos y, a lo que se ve, también de presupuesto. Hoy lunes, en la sección de Cartas al Director, se publicó una que dice muy poco de mi capacidad para expresarme. Copio ambas piezas:

Himno
El verano pasado tuve ocasión de comprobar cómo, tras la muerte de Ramón Calvé, Marisa García y su equipo se batían el cobre para sacar adelante la Muestra de Folklore, no sólo por lo complicado que resulta montar semejante pollo sino porque me dio la sensación de que para las arcas públicas el asunto ya no era prioritario. Ahora Marisa y los suyos lo dejan y es de desear que al cabo del realojo la criatura no encoja ni se esfume y que María José Valero, su nueva directora, se encuentre con las condiciones precisas para evitarlo.
Espero que una de sus primeras decisiones sea quitar el himno que sonaba todos los años en la apertura, una cosa blanda y bienintencionada, tirando a ingenua, que hablaba de la unidad de todos los pueblos y de una sola tierra y una sola raza y yo qué me sé qué más. Lo empezaron a usar en los tiempos en que los únicos extranjeros que se veían por Teruel eran rusos que bailaban en cuclillas y sonrientes caribeñas que hacían olas con sus faldas de colores. Siempre tuve la sensación de que a la Muestra, al principio, venían los equivalentes de los Coros y Danzas de cuando Franco. En septiembre había muchos países del Este, y yo creo que la simpatía que tengo hacia todo lo eslavo nace un poco de ahí. Luego se hizo grande y en la última edición estaba entero el Mediterráneo, pero aún quedaba una de aquellas asociaciones como soviéticas que conocían mundo bailando jotas. Lo supe porque vi aparcar junto al Poli un autobús destartalado, de primeros de los setenta, y a unos jóvenes pálidos que miraban desde dentro.
Estos últimos años resultaba edificante verlos desfilar entre compatriotas afincados entre nosotros que pondrían sus matices a los buenos deseos del himno aquel. De pronto la Muestra no era un catálogo de exotismos sino los bailes regionales de nuestros vecinos invisibles. La inocencia con que está escrito ese himno acaso ya no pegue con los tiempos. Mejor que lo quiten y se lo regalen a Marisa y a todo su grupo, con una felicitación añadida por lo bien que lo hicieron, incluso por haber mantenido el himno todos estos años, por agarrarse siempre a su significado, y que lo sustituyan por una cosa neutra, sin palabras de otra época, algo que no haga sonreír a los extranjeros que lo entiendan.

Y la disgustada lectora escribió lo siguiente:

Disgusto con Castellote
Por Maite Bravo

Leo Bernardinas de Antonio Castellote. Su título Himno. Al terminar su lectura siento disgusto y rechazo. Me pongo a analizar por qué me ha dado este malestar. Es lo primero que veo escrito, sobre La Muestra de Folklore tras el anuncio público, el pasado día 14, por parte de Marisa García de dejar su organización. En el primer párrafo nos dice A. Castellote que el año paso tuvo la sensación de que para el Ayuntamiento La Muestra dejaba de ser prioritaria. (Pero por otra parte desea que la criatura no encoja). Creo que aquí está la explicación de por qué Marisa García y su equipo han abandonado algo tan entrañable para ellos. Se cerró el grifo. La nueva criatura, por muy en forma que esté Mª José Valero, nacerá raquítica.
El segundo párrafo ya es un pim pam pum dirigido a lo que A. Castellote llama Himno. Pues para mi es toda una declaración ideológica del por qué de La Muestra. Más adelante dice que la inocencia con que está escrito el himno ya no pega con nuestros tiempos. Que lo sustituyan por una cosa neutra, sin palabras de otra época. Efectivamente, estas son las dos cosas que más me han molestado (hay otras, pero las dejaré para otra ocasión).
El recorte económico para la cultura. Todo lo que no sea rentable económicamente, fuera. Andamos en tiempos mercantilizados. Qué importa la belleza, las cosas auténticas. Y la segunda cuestión es ¿quién quiere utopías? Ideales ¿para qué? ¿Compromisos? Precisamente esto es lo que hacía especial a La Muestra... la nuestra. Su idea de que el folklore puede ser un instrumento de conocimiento de otros pueblos y así aprender a ser tolerantes y a vivir en paz. En fin, como decía Walt Whitman "No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre".

No me gusta entrar en estas minipolémicas que para lo único que sirven es para resolverte el artículo del jueves, pero en este caso tengo una duda metódica. ¿Qué habría dicho Maite Bravo si llega a saber que el himno ese del que hablo lo escribí yo?

14.4.08

REY LEAR


Ayer, viendo la versión de Rey Lear que se representa en el Teatro Valle-Inclán, me acordé mucho de Héctor Grillo. En realidad supe que el actor era argentino antes de que hablase o de que se le notara el acento, cosa que sólo sucedió un par de veces, un par de palabras en dos horas y media de verbo divino. Lo supe por sus gestos, que eran los mismos que los de Héctor. Gestos de actor, de hombre que sabe que actuar no es fingir que se es otro sino, como dije a propósito de Héctor, encarnar al otro. Qué hermoso era ver un actor de ochenta años haciendo gestos de anciano que se notaba que no eran los suyos, que estaba actuando.
Hoy me entero de que, en efecto, Alfredo Alcón es argentino y tiene ochenta años, y de que por lo visto es una celebridad en su país. Ayer se comió el no va más de Shakespeare, un anciano sometido a toda clase de desgarros, de cambios de humor, de humillaciones y de revelaciones, que impera y mendiga, que piensa con ingenuidad soberbia y sufre con locura, que cae al suelo y se arrastra y sostiene finalmente unos momentos el cadáver de su hija muerta, el cuerpo de Miryam Gallego, que tampoco es moco de pavo. Rey Lear es obra muy agradecida para los personajes provectos, porque Juli Mira, el conde de Gloucester, también compuso su papel, paralelo al de Lear (los dos son padres equivocados con el amor de sus hijos), con ese patetismo suplementario que nace de ser un vasallo, alguien sin protagonismo último que confunde la bondad con no meterse en complicaciones. El soberbio y el bondadoso sufren semejante descenso a los infiernos, eso es lo que los iguala y lo que quizá los hace ser leales.
Pero alrededor de ellos pulula un enjambre de jóvenes actores que salvo en un par de casos yo creo que no dedicaron mucho tiempo a pensar en su papel, o lo pensaron por ellos demasiado. A todos les falta la otra cara de los personajes de Shakespeare. Las hijas no me gustaron mucho. La mayor es simplemente mala, no extraordinariamente fría, y eso que Carme Elías da el tipo céreo que más ayuda. Pero le pasa un poco como a Edmond, el hijo bastardo de Gloucester, Jesús Noguero, que son más malos que fríos. Edmond no siente, ni alegría siquiera. Edmond es el moderno personaje impávido, el hombre sin sentimientos, y este era, por momentos, hasta simpático. La frialdad de Gonerill, la hija mayor, y la de Edmond son el grado cero del sentir, y aquí la cosa huele a despecho, a mala idea, que es, siempre, otra forma de sentimiento. Uno se imagina un Edmond fantasmal, la representación del hielo, o a una Gonerill hiriente como una estalactita.
Y el problema continúa cuando Gonerill usurpa parte del papel de Regan, la hija mediana, que es mala pero no fría, algo que sólo se acaba notando en el color del pelo. Cristina Marcos está como cohibida, como cuidando de que no se le escapen los gestos, en vez de centrarse en la esencia trágica de su papel, la del volverse malo, no serlo. Su personaje somos cualquiera de nosotros: malos sin querer, egoístas por sentido práctico, apasionados sin remedio, y de perdidos al río. Pero Regan se pasa la obra portándose bien, y eso me imagino que será cosa del director. Por lo demás, me dio la sensación de que Cristina Marcos estaba también más pendiente de una prosodia clásica que de su complicada situación. Esta composición tan apretada es también la culpable de que Cordelia recite su papel con las manos en el regazo, como presentándose a unos desconocidos. Poca pasión en el extremo sur de esas tres hermanas que representan los tres grados del corazón. Por eso la composición de Lear, que va a lo suyo, está en una onda distinta, más libre que la del resto de los personajes, que dan a la pieza una seriedad casi forense.
Pero el caso más evidente es el de Edgar, el hijo legítimo de Gloucester. Dice Harold Bloom, con su proverbial modestia: “Edgar, recalcitrante y reprimido, es en realidad el mayor enigma, y es tan difícil de interpretar, que nunca he visto un Edgar aceptable”. Este, desde luego, tampoco: chilla en vez de subir la voz, no sabe dónde poner las manos, pero todo eso es mal tan frecuente que daría lo mismo si no fuera porque tampoco parece haber entendido el personaje. Su conversión en perro, en amor arrojado al barro del cinismo, queda en una actitud doliente de quien quiere irse a la ducha cuanto antes. Y no deja de chillar.
No, no les han dejado entrar a saco con el personaje. La prueba es ese bufón que parece un inspector de Hacienda, y que, sin embargo, como el actor es bueno, Luis Bermejo, queda de lo más convincente; o ese conde de Kent (Pedro Casablanc, espléndido en Marat-Sade), escondido todo el rato en el sombrero, encogido y servicial. Quiero decir que la parálisis estaba impuesta, pero había un margen de maniobra que no todos los actores supieron gestionar. Todos estaban sometidos al poder caprichoso del director igual que Lear quería someter a quienes le amaban, o le tenían que amar. Salvo Alfredo Alcón, claro, al que contrataron para un rey Lear, no para la versión reprimida de Gerardo Vera.

6.4.08

UN POCO DE SANGRE


Si no se ha curado del todo, piensa Bernardo, mejor no salir. El domingo pasado el podenco se acercó más de lo debido a una cerda con crías. Bernardo se mantuvo a distancia, pero los vientos le venían al perro y tampoco hubo manera de pararlo. El animal se acercó ladrando, apenas pudo esquivar la embestida del jabalí. Bernardo disparó entonces a una de las crías. Marró el tiro, pero la cerda no se cebó con el podenco, y huyó.
Después, en Alfambra, en la casa de sus padres, que ya solo sirve para guardar el perro y curar los jamones, Bernardo cosió al podenco con cuidado, una raja de seis centímetros de larga que por lo menos no había interesado las entrañas. Ya es la tercera dentellada que le tiene que coser. El perro tiene demasiada sangre, si le vienen los vientos no se sabe sujetar.
Bernardo apaga los faros del jeep junto a la puerta de la casa, en lo que durante décadas fue el final del pueblo. Ahora las casas llegan hasta más allá de la piscina y más allá de la estación en ruinas, hasta el silo, en la carretera de Teruel. Cuando Bernardo era niño esa casa era nueva. Oye ladrar al podenco tras la tapia del corral, y a cuatro o cinco perros del contorno que se despiertan. Todavía es de noche. A Bernardo le gusta salir temprano de Teruel, antes de que se haga de día, y preparar el fuego para que cuando vuelva del campo se pueda estar en la cocina.
El podenco rasca con la pata en la puerta del corral. Aunque la casa lleva muchos años deshabitada y daría lo mismo que el perro pudiera entrar, Bernardo suele cerrar mucho siempre todo, como si hubiese algo de valor o una familia errante pudiera instalarse sin su permiso. El perro está despierto y muy nervioso, caracolea entre las piernas de Bernardo mientras él comprueba si ha mermado la tolva del pienso y el agua no está helada. Dentro, en la pocilga donde duerme, encima de algunas pajas, Bernardo enfoca con la linterna y busca rastros de sangre fresca. Pero el perro parece haber cicatrizado bien. Ya sabe lo que le toca si se arranca los puntos, así que la herida está sucia de barro y de paja pero parece que no está infectada. Bernardo vuelve a rociarla con un spray cicatrizante de color violeta.
El perro está bien. Bernardo entra en la cocina para cambiarse. Nadie de su familia va nunca por allí, pero todos le regalan para su cumpleaños alguna prenda de caza que compran en el Corte Inglés cuando bajan a Valencia y de algún modo le exigen que se las ponga. Bernardo sale del jeep disfrazado de cazador, pero entra en la cocina y cambia el Barbour por un tabardo, y las botas Geox por unas chirucas corrientes, y el chaleco enguatado verde por un jersey de lana con cremallera. Bernardo prefiere pasar por el camerino antes que encontrarse a alguien del pueblo mientras caza. Si pudiera cambiar el jeep por el cuatro latas viejo que guarda en el corral, también lo cambiaría.
Bernardo conduce hasta un altozano desde donde se ven las faldas de los Montes de Camañas. El día nace despejado. El terreno avanza en pequeñas lomas, la carretera sube y baja por bancales en barbecho y oteros llenos de piedras. Hasta casi Sierra Palomera no se divisa el gran valle amarillo del Jiloca, todo está lleno de horizontes cercanos que se sobrepasan y se desdibujan. Bernardo conoce el terreno, pero prefiere dejar el jeep donde lo pueda ver. Saca al perro de la jaula rodante y la escopeta de la funda de cuero repujado, que cambia por una de loneta verde. También saca el almuerzo de una especie de neceser de Ralph Lauren y lo mete en el morral de cuero que llevaba su abuelo cuando era pastor, bastante cerca de allí, en las lindes de Camañas con Alfambra. Después comprueba que el jeep queda cerrado y echa a caminar, pronto se oye sólo el crujir de las botas sobre los rastrojos.
Bernardo no espera que la mañana se dé bien o mal. La mañana es escuchar sus pasos sobre los terrones de tierra recién labrada y los cañutos de cebada seca, caminar hasta los pinos de Camañas y allí debajo fumarse un cigarro, recorrer un par de veces una ruta paseable y si sale una perdiz o un conejo apuntar y no darle casi nunca. Bernardo empezó cazando solo porque casi nunca cazaba nada, y luego, cuando aprendió las distancias y apuntaba justo al encuentro, dejó de interesarse por el hecho de cazar, pero no por el de ir de caza. Juzga las piezas antes de dispararles. Aun así, de vez en cuando, caza una perdiz despistada, o el perro le vuela una parva de codornices ante las que lo milagroso habría sido no acertar ninguna.
El podenco suele ir a su lado, aunque a veces se adelanta y corre hasta más allá de la siguiente loma, y por unos momentos desaparece. Cuando Bernardo corona el repecho, el perro ya está allí, avanzando en círculos hasta que llegue su amo. Mientras la mañana se mantiene quieta puede soportarse el frío, pero a eso de las diez se gira un cierzo recio que desviaría los perdigones. Como no remite, y Bernardo empieza a sentir en la cara los alfilerazos de la matacabra, decide volver al pueblo cuanto antes. En vez de jornada de caza, habrá jornada de hogar. Llama al perro pero el viento también se le lleva la voz. Después de silbar en vano varias veces, Bernardo aprieta el paso hasta la siguiente loma, pero salva el repecho y el perro no aparece, ni en esa vaguada ni por las crestas blandas que se dibujan por detrás como los niños dibujan las montañas. Es posible que alguna de esas ráfagas de cierzo le haya llegado con toda la violencia del instinto y haya ido a parar otra vez al amín del jabato. Las cerdas recién paridas son muy peligrosas, aquella vez Bernardo se acercó más de lo debido, más allá de la línea del miedo, en la jurisdicción del bicho, supo el riesgo que corría pero siguió caminando, la carne de los jabatos no es jasca como la de los animales adultos.
Es inútil seguir llamando al animal con esta ventolera. Bernardo se refugia junto a una sabina petrificada, que sin embargo creció hacia el sur, no porque buscara el sol sino empujada casi cada día por el cierzo. Tampoco es bueno que camine mucho. Lo mejor sería quedarse allí hasta que el podenco regresase, con los vientos así de cruzados es fácil que el animal se desoriente. Desde la sabina se ve la masada de Palomera. Son cuatro paredes rellenas con escombros que se hunden del tejado, Bernardo tiene muchas fotos de esa masía, casi todas hechas por la tarde, cuando el sol tiñe de naranja meloso, de un tono amarillo cadmio, tostado de bermellón, los bancales que todavía guardan sin recoger rulos de paja. Lo que más le impresionó de aquella ruina la primera vez que entró fue lo grande que era la casa y lo pequeño que era todo, las ventanas diminutas para protegerse del frío, el hogar estrecho sin respiración, o los cubiles que aún no se han desmoronado del piso de arriba, que Bernardo ve desde la escalera porque piensa que las vigas podridas y el suelo de cañizo y barro ya no podrían soportar el peso de una persona. A veces ha pensado en la posibilidad de alquilar una grúa para meterse sin peligro en aquellos dormitorios diminutos que durante el invierno sólo recibían el abrigo de las cuadras, los vahos de las bestias y de las ovejas que subían por los intersticios de las tablas, el aroma del fiemo.
Bernardo aprieta el paso porque la matacabra está degenerando en ventisquero. Estamos a últimos de octubre. Hay un cobertizo en la pared oeste de la casa levantado con ladrillo y cubierto con vigas de madera reciente y tejas nuevas que no amenaza ruina. Si arrecia la tormenta, se puede refugiar allí sin que le caigan encima los cascotes. Bernardo intenta silbar pero el cierzo suena mucho más potente que su voz.
La masía está en las faldas de la sierra que flanquea el valle del Jiloca, a treinta kilómetros de Teruel, encima de uno de sus últimos montículos, por los que serpentea, de este a sur, el barranco de la Cañada Seca. La sierra dibuja un entrante, una especie de ensenada fluvial en un enorme cauce vacío que sirve como abrigo de los vientos. Está muy bien situada, pero el frío y el viento en esta época del año es igual allí que en Patagallina, en la misma cresta de la sierra.
Bernardo sube la cuesta que separa el camino de la masía. La visión de la casa se esconde y poco a poco reaparece mientras el frío y el sofoco le van cortando la piel. Nota cómo se le secan los labios y le pican y la piel es más tirante, cuando se pasa la lengua por ellos es como pasarla por una herida. Cuando sube al alto, que en realidad es una especie de era, la matacabra es una nube de humo que se arremolina y entra y sale por los muros derruidos del corral y por la puerta oscura. Pero entre el ruido de órgano de la ventisca escucha un ladrido. Bernardo asoma con cuidado la cabeza por la puerta, empieza a llover de firme y el ladrido no parece haber salido desde dentro. Vuelve a escucharse otro ladrido, que Bernardo no sabe si es ladrido o gañido, demasiado agudo, como un brote de aullido, y suena en la parte de atrás de la casa. Bernardo da la vuelta, pasa por delante del cobertizo, que está cerrado con una cadena, y se asoma por el murete del corral. Y allí ve al podenco, clavado a una hermosa perra blanca.
Los perros ya han copulado y miran en sentidos opuestos, pero llevan unidos los cuartos traseros, el tejido cavernoso que los ata no se ha desinflado aún. Pero los perros no pueden moverse coordinadamente y les está cayendo la lluvia encima, un chaparrón con litines que arañan en la cara. La perra es más alta que el podenco y eso hace que esté como encogida, como en la posición de iniciar un salto con los cuartos traseros. Parece una perra de raza, como una galga peluda de hocico largo y acarnerado, más alta y más robusta que los galgos.
Lo primero que siente Bernardo es un fastidio mezclado de temor. Esa perra tan rara es de caza sin ninguna duda y los dueños de las hembras son los que deciden cuándo las quieren montar. No debería representar ningún problema, también el podenco es de raza, pero hablamos de hombres que van armados. Están en mitad de una ventisca, en las faldas de un inmenso valle vacío, escondidos en el esqueleto de una casa. Los perros miran cada uno por su lado, aún están enganchados y miran como cuando saben que por detrás les va a venir un castigo, cuando acude el amo después de haberlos hecho parar con malos modos, con voz demasiado aguda, o demasiado bronca. Miran con ese no mirar al ser temido que se acerca. Y sin embargo el podenco lo llamaba.
Bernardo se está empapando. La gorrilla de la Caja Rural que se puso en lugar del gorro Barbour está calada y el tabardo no lleva capucha. Junto a la pared no les cae toda la lluvia, pero a veces el viento se vuelve contra ellos y la lluvia estalla contra el muro. Sabe que no hay nada que hacer, ni siquiera refugiarse en el cobertizo, y mucho menos dentro de la casa. La lluvia cambia de intensidad por momentos, es una lluvia convulsiva que arrecia con la misma frecuencia que la ventolera. Bernardo decide buscar un abrigo más eficaz y dejar solos los perros, pero entonces es la perra la que ladra, un ladrido que Bernardo no sabe si es ladrido o gañido o brote de aullido, un ladrido raro que se parece a todos los ladridos pero él no ha escuchado jamás, y también aparece, ascendiendo por la cara norte de la loma, un enorme paraguas negro que camina hacia la casa contra el viento y que tapa el torso y la cabeza de la figura pero no las piernas. Son piernas de anciano que caminan firmes pero lentas, como más atentas a no caerse que a caminar deprisa. Las piernas tienen el andar trabajoso de las caderas descoyuntadas. Bernardo no ve colgando junto al muslo la culata de la escopeta.
A pocos metros de los perros, que tirando el uno del otro se han salido hacia la era y la lluvia les está cayendo de lleno, el individuo levanta el paraguas y en efecto ve a un anciano con chaquetón de cuero negro, grandes bigotes de moco y una gorra como de marinero. De la cintura lleva colgada una liebre. Bernardo no ve asomar por ningún hombro el cañón de la escopeta. El viejo sonríe y señala a los perros y se acerca a Bernardo. Gesticula mucho pero no habla nada. Bernardo sabe por su forma de vestir y por sus gestos que es un anciano de pueblo, pero no de este pueblo. Bernardo se queda quieto al arrimo de la tapia, y el anciano hace lo posible por caminar más rápido. Llega a la altura de Bernardo y lo cubre con el paraguas y se ríe. Es una risa como todas las risas pero es una risa en otro idioma. El anciano dice ¡frío! varias veces y se ríe. Por la manera de decir ¡frío! Bernardo deduce que el anciano es eslavo. El anciano, sin dejar de reírse, con esa risa con que nos enfrentamos a la lluvia, como si fuera una tragedia divertida, se aleja de Bernardo y acude al lado de los perros, y llama desde allí a Bernardo con una palabra eslava que entre el viento suena como pishki. Bernardo acude a refugiarse en el paraguas, junto a los perros que no se han terminado de soltar. El anciano acaricia la cara de la perra, la limpia de bolisas, y Bernardo se siente un poco en la obligación de hacer lo mismo, de modo que se vuelve de espaldas al anciano por un momento y se agacha sin salirse del paraguas, y al acariciar al podenco por la barriga nota que la herida está fresca, y al mirarse ve que lleva un poco de sangre en la mano.
El anciano eslavo de largos bigotes de moco se percata. De inmediato le ofrece a Bernardo el mango del paraguas para que lo coja con la mano limpia. Se agacha y acerca sus ojos muy pequeños a la herida, con esa solicitud de las personas que no saben cómo agradar hasta que de pronto sucede algo en lo que son especialistas. Al agacharse se ha salido del paraguas, la lluvia cae sobre su espalda. Bernardo lo cubre y de la vuelta para estar los dos al mismo lado del podenco, y se agacha también un poco, y ve cómo el anciano recoge lluvia con el hueco de la mano para limpiar la sangre de la herida. De vez en cuando levanta la cabeza hacia Bernardo, parece que sonríe. Una de las veces se mete la mano en el bolsillo interior del chaquetón y saca un bote parecido al bote donde se vendía el ungüento Cañizares, de letras negras sobre fondo rojo. Es una especie de pomada marrón brillante que el viejo rebaña con un dedo y aplica en la cicatriz abierta del podenco. El perro acude a lamerse pero el olor de la pomada le repele.
El viejo se incorpora. Quiere decir algo mientras guarda la pomada pero sólo le salen gestos y risas, amén de una palabra que Bernardo identifica como pietsch. Han cedido las ventoleras. Ahora es solo lluvia fina lo que cae. La perra se inquieta y afirma en el suelo las patas traseras. El podenco no colabora, se deja incluso arrastrar y ambos salen fuera del refugio del paraguas. Bernardo y el viejo los miran porque tampoco tienen nada mejor que hacer. A unos metros, en medio de la lluvia, la perra consigue arrancarse y galopa unos metros, como si todavía le quedase viva la intención del susto, o del mismo pudor.
Entonces Bernardo indica con un gesto al viejo que ate a la perra y vayan al coche. El gesto de atar a la perra, el de llevar el volante de un coche. Juntos bajan con sus perros por la vereda. Ya en las inmediaciones del jeep, Bernardo dice Alfambra varias veces. El viejo asiente y sonríe. Pero antes de subirse al coche saca una navaja cabritera de un bolsillo del pantalón y luego descuelga el conejo que lleva en la canana. El cuchillo lo coge por el filo, como cortan el queso los pastores, y de un tajo limpio le abre la piel al conejo. Después, con señas, indica que ese conejo es para Bernardo. El viejo señala a la perra y luego el conejo y finalmente a Bernardo, y sonríe. Bernardo no sabe con qué gestos no aceptar. El viejo lo ha dado por hecho, sería un desaire, hace frío y Bernardo quiere volver a Alfambra cuanto antes. El viejo limpia la sangre en la hierba y le arranca la piel al conejo. Bernardo ve los hilos blancos de las telillas despegarse con la piel. El viejo, con el mismo cuchillo, le saca un ojo al conejo y lo sostiene para que le caigan las últimas gotas de sangre.

30.3.08

GEÓRGICAS 8


8. El calendario agrícola, vv. 204-230.

Para nosotros, estudiar los astros de Arturo,
los días de las Cabrillas y el Dragón luciente,
es tan necesario como examinar el Ponto
para los que fueron arrojados a la Patria
a través del piélago ventoso, o estudiar
las bocas del Abidos, en ostras tan productivas.
Cuando el signo de Libra reparta las horas
del día y del sueño por igual, y el mundo
haya demediado ya las luces y las sombras,
poned a trabajar los bueyes, que no desmayen,
y sembrad cebada en los bancales, labradores;
es el tiempo de enterrar la semilla del lino,
la amapola cereal, y de doblar la espalda
y echarse encima del aladro mientras la tierra
seca lo permita, y sigan las nubes quietas.
En primavera llega la siembra de las habas
y entonces también a ti, alfalfa, te acogen
surcos esponjosos, y es el turno para el mijo.
Abre el año el Toro blanco, sus cuernos dorados,
y el Perro se esconde y cede al astro que le sigue.
Pero si labras la tierra pensando tan solo
en cosechas de trigo y robusta cebada
y no más que a la espiga dedicas tu afán,
habrás de aguardar que a tus ojos se oculten
las hijas de Atlante matutinas, y su puesto
ceda la estrella cretense de ardiente corona,
antes de echar la simiente apropiada en el surco
y antes de hora fiar la esperanza del año
a unas tierras desganadas. Pues muchos la siembra
empezaron antes del ocaso de la Maya
pero las cosechas que esperaban los burlaron
con espigas vacías. Si, en cambio, te dedicas
a sembrar algarrobas o humildes habichuelas
y plantar lentejas pelusianas no desprecias,
Pastor al ponerse te dará clara señal:
comienza entonces y alarga la sementera
hasta que vaya mediada la estación del hielo.

29.3.08

TRADUCCIÓN


El protagonista de El asombroso viaje de Pomponio Flato, la novela que acaba de publicar Eduardo Mendoza, es un romano del siglo I que habla como una traducción de latín. Los que piensan que el latín y el griego son lenguas de profesores calvos o de seminaristas están perdiéndose buena parte del mejor castellano que se escribe en nuestros días. Las traducciones que desde hace treinta años viene publicando la editorial Gredos están concebidas desde un respeto a la literalidad tal que se convierten en arsenales de palabras raras y hermosas, cuando no de locuciones de añejo sabor y elegante precisión. Leer a Heródoto, por ejemplo, es un placer erudito que se lubrica con el hermoso ritmo que tal cantidad de cultas frases hechas le confieren a la prosa. Todo el mundo habla muy ceremoniosamente y abundan en suntuosas fórmulas de salutación, y el propio traductor se esfuerza tanto en ser preciso que por todas partes surgen frases involuntariamente graciosas, como si el Primo de Cervantes se hubiese puesto a escribir. La credulidad meticulosa da siempre un resultado extraordinario, siempre y cuando si tire de ironía, desde luego. En los diálogos de Platón, si el traductor se ha empeñado en traducir todas las minúsculas partículas del original griego, el resultado es un hablar lleno de incisos y puntualizaciones, y esta puntillosidad, después de las primeras páginas, es ya un bien en sí mismo, un agradable fondo musical. Uno lee ahora, por ejemplo, las traducciones de Tucídides que publicó José Alsina y queda deslumbrado de la claridad, la precisión y la capacidad de ahuecar la prosa lo suficiente para que no resulte pomposa ni pleonástica pero fluya melodiosamente. Todo eso es fundamental para dominar un idioma, parte del oficio, pero cada vez más infrecuente.
Así habla Pomponio Flato, así domina Mendoza el castellano, si bien en este caso el componente paródico introduce algunos aciertos. Por ejemplo, la suavidad y la eficacia con que va cambiando de tiempo verbal, como Tito Livio, o la oportunidad con que echa mano de los elementos paródicos de siempre, ya sea buscar nombres romanos que den risa o introducir los más populares latinajos donde mejor funcionen.
Ese lenguaje ya es un seguro. Escuchar al soldado Quadrato, que es como los de Astérix, pronunciar unas peroratas ciceronianas sin que desaparezca su bondadosa facha de mendrugo es uno de esos golpes arriesgados que si funcionan son geniales, y así es en todas las páginas de la novela. Por momentos te parece estar leyendo el cuento de Rampsinito, porque, entre bromas de traductor, Mendoza no se aparta del estilo que le sirve de referente, domina su mismo ritmo y sencillez, su economía y su capacidad de sorpresa, y esa forma de contar que convierte en ritos las conversaciones y en símbolos las meras descripciones.
Esos mismos libros traducidos abundan también en el tuétano de esta novela, que a pesar de las carcajadas sigue siendo un asunto muy serio. Somos herederos de una época remota en la que hasta los más sensatos, descreídos y civilizados eran capaces de creer en disparates. Aun en tiempos en los que ya nadie se creía que Mercurio volase con alas en los borceguíes, los mismos científicos consideraban como respetables creencias folklóricas y supersticiones descabelladas. Mendoza cita a Plinio el Viejo, su noticia de que hay unas aguas que tiñen de blanco a las vacas. Y podría haber citado aquella otra en la que dice que en un pueblo de la India tienen los pies exageradamente grandes para así poder tumbarse y, levantando las piernas, hacerse sombra con ellos. El mismo Lucrecio, a fuerza de no creer en los dioses y considerarlos mero producto del miedo de los hombres, creyó que los sentimientos son corpúsculos que flotan en el aire, simulacra que fecundan el cerebro, infecciones mentales.
Y si eso lo hacían los científicos romanos, qué paparrucha no se tragarían los pueblos oprimidos por una superstición tan atávica, metomentodo y restrictiva como la tradición judaica. Hay varios momentos en la novela en que las mismas fantasías milagrosas las cometen dioses de distintas religiones, en una época, y en un lugar, en los que la gente vivía pendiente de que seres sobrenaturales resolviesen sus preocupaciones. Mendoza da unos palos muy amables, pero muy certeros, no tanto a la condición humana de creer en fantasmas como a la de imponer esa creencia como excusa de un control severo y enfermizo. La exaltación del dolor era entonces lo único que se le permitía entrar al pensamiento. El cristianismo nació en un ambiente de lo más propicio.
Con estos mimbres, desde luego, se podía derivar a la sátira iconoclasta, pero lo más llamativo, quizá lo mejor de la novela, es que, pese a montar una comedia escatológica sobre las ruinas de la Biblia, Mendoza es respetuoso con la parte más delicada de la operación: la Sagrada Familia. Mucho más, por cierto, que con los muelles árabes premahometanos, y desde luego que con los judíos. No ha librado a ningún sagrado símbolo del cristianismo de su dosis de ironía más o menos zahiriente, pero tampoco se ha ensañado más allá de lo que nadie en su sano juicio tiene más remedio que aceptar. Forma parte del espíritu que perfuma esta novela (que no es, precisamente, el que no puede controlar Pomponio) un muy ilustrado transigir con aquello que nos parece, como mínimo, igual de absurdo que su contrario, y en cualquier caso fruto de la misma clase de ignorancia. Según las más elementales normas del escepticismo cínico, el otro es un ejemplo más de lo que somos todos.
Por primera vez en la serie bufa de Mendoza, la estructura detectivesca es lo que menos me ha interesado de la novela. La percibo como una plantilla sin mucho más interés, no sé si porque el hallazgo estilístico (la vuelta de tuerca sobre un clasicismo impostado, tan habitual en Mendoza) me resulta más gratificante que cualquier solución argumental o porque, al tratarse de una parodia, la estructura de la narración se alimenta de tópicos del propio Mendoza. El caso es que me divertía más cuanto menos dependía la lectura del transcurso de los hechos. El gozo de leer no requería formalidades narrativas, al menos el mío, hasta el punto de que la catarata de anagnórisis finales se me llegó a antojar como un desfile al caer el telón, como un recoger el encaje con nudos florales.
Yo me he reído siempre mucho con esa traducción de Heródoto que hay en Gredos, y apuesto a que Mendoza también. El castellano debería nutrirse más de esos hallazgos. Lo que a muchos les parece pompa hueca es, en realidad, una forma de traducir el mundo a la literatura. Sin embargo, insisto, a mí me habría gustado más el puro no ir a ningún sitio, el disparate argumental, o como mínimo el sencillo caos barojiano. Si una novela es de detectives, el juicio sobre la disposición de la trama es el más relevante de todos. Aquí la parodia es coartada perfecta para justificar el patch-work, la composición a base de retales.
Pero este es otro asunto. Mendoza es maestro en la descomposición (nunca mejor dicho) de géneros populares. Esta cervantina desautorización de las esencias del género (que la entrega del lector no esté amortiguada por ninguna forma de ironía) acepta sin embargo su estructura clásica. Mendoza distribuye los elementos como lo haría en una obra de teatro, o en las viñetas de un tebeo, cada cosa en su sitio. Pero hay algo que no forma parte del género detectivesco pero sí del herodoteo, la constante digresión, el perder el rumbo del argumento a fuerza de buenas historias, y eso merecería una novela más larga. Ojalá.

26.3.08

CARBURO


Diario de Teruel, 27 de marzo de 2008

Es una lástima que los catálogos de modernismo turolense no incluyan el hermoso salto de agua del Carburo, del que los vecinos no solemos ver más que una especie de tobogán de cemento podrido que desciende hasta el camino, pero que en su parte superior, oculto entre un bosque de ailantos, conserva una estructura de principios del XX verdaderamente singular. Acceder a ella no es fácil. Hay que descender por un barranco de la Muela lleno de basuras y trepar con cuidado entre los restos de unas escaleras anegados por las zarzas, hasta llegar al puente y a la maquinaria que abre las compuertas, tres grandes ruedas de hierro cuyos dientes ya se han fundido con el engranaje donde los dejaron clavados la última vez. Desde arriba se ven hilos verdes del agua que discurre todavía por la rampa, pero hay que bajar junto a un talud desmigajado para ver el hermoso bosquecillo de columnas diagonales, cada una de cuyas muchas perspectivas es una impactante composición de líneas curvas y grietas enmohecidas. Hasta los diminutos túneles de los desagües tienen bóveda de catenaria. La garita de la máquinas está sostenida por un juego de contrafuertes curvos que conservan el aire de cuento de los cimborrios modernistas, como son, en los tebeos, esos templos de aire precolombino, escondidos en la selva, cuyas ventanas parecen los ojos de una calavera por donde salen y entran las culebras. No había visto nada más interesante desde la fábrica de armas de Orbaitzeta, en Navarra, que casi es monumento nacional. Pero allí las arcadas son de medio punto, y aquí dibujan todas las posibles formas de una catenaria, probablemente por razones de estructura, de compensación de fuerzas, pero también por un prurito estético encomiable. Las perspectivas rectas, las que cruzan el edificio, componen juegos concéntricos de líneas cuya belleza contrasta con el albañal en que se pudren. Los muros de cemento siguen descarnándose, los enrejados a flor de piel están ya medio derretidos por el óxido, hay goteras permanentes que pandean la pileta, incluso las barras finas de hierro por las que pasaba el agua para cribarla de ramas están juntándose unas con otras, y el moho y el orín les crecen como si estuvieran vivas.


19.3.08

TEATRO


Diario de Teruel, 20 de marzo de 2008, Jueves Santo

Tal día como hoy, en Calanda, un personaje trágico se pasea entre ceremonias litúrgicas y cuadrillas de tambores. Es Longinos, el que le clavó en el costado a Jesús una lanza en la cruz. Al parecer, Longinos procedió a un rejonazo de gracia, como con todos los crucificados, pero en el caso de Cristo descubrió que aún estaba vivo. Longinos fue pues la última herida del Hijo de Dios, un papel de malo necesario que fue movido por estricto cumplimiento del deber, pero que acabó consagrándose con menos categoría incluso que la de un tipo tan ruin como Judas Iscariote. Longinos ni siquiera ganó unas monedas, ni siquiera fue un traidor; era un operario que iba rematando ajusticiados y de pronto le tocó rematar a Dios. Y desde entonces arrastra su ira y su culpa, su disciplina castrense y el recuerdo de su profanación, entre procesiones de niños que pasean cabezas cortadas o palomas, entre carracas y saetas que más parecen jotas elegíacas, y estandartes con la muerte dibujada. Vestido con una armadura del siglo XVI y una faldita y una capelina de color púrpura, el soldado triste vigila y amenaza, guarda el orden en duelo y se siente como se sentiría en un entierro el asesino.
Este personaje tan desairado es uno de los protagonistas de esa gran función teatral que es la Semana Santa, y también es el hilo conductor del documental que José Miguel Iranzo acaba de terminar con el título de Cajas destempladas. Todos hemos visto mucho tedioso reportaje sobre las procesiones, mucha entrevista con antiguos nazarenos, pero Cajas destempladas prescinde de cualquier explicación, de las palabras de los expertos y las citas de las enciclopedias. Iranzo muestra el fundamento teatral, ciertamente surrealista, de todo lo que allí sucede estos días, reordena la realidad para que por sí sola se explique, y lo hace con esa subyugante fluidez tan suya, con ese despojamiento irónico que a menudo se resuelve en contrastes geniales, en escenas que al juntarse vuelven a ser vistas como la primera vez, con toda su carga escénica y toda su sustancia humana. La habilidad de Iranzo para mirar las cosas y al mismo tiempo abrirlas en canal me sorprende cada día más. Siempre me habían parecido un poco traídas por los pelos las asociaciones buñuelescas entre Semana Santa y surrealismo. Es esta la primera vez que lo entiendo como si fuera lo más natural del mundo.

12.3.08

ESTADÍSTICA

Diario de Teruel, 13 de marzo de 2008

Con los resultados de las elecciones generales obtengo un placer similar al que de vez en cuando me lleva a la procelosa página del INE, a pasar la tarde investigando cuál era el nombre de mujer más común en 1957 o en qué año hubo ya más coches que bicicletas. Luego llego a conclusiones irrelevantes pero muy entretenidas.
Por ejemplo, y suponiendo que el PAR sea un partido de derechas y CHA e IU de izquierdas, se puede decir que, de los 235 pueblos de la provincia de Teruel, 86 son de izquierdas y 146 de derechas, y que hubo tres empates: Ababuj, Allepuz y Badenas. De los 15 municipios de más de 1000 habitantes con derecho a voto, el PP sólo ha ganado en Teruel y Calamocha. De los 24 pueblos de más de 700 habitantes, sólo en Castelserás (704) gana el PP, y lo hace por 4 votos. PP y PSOE alternan victorias en pueblos entre 600 y 500 habitantes, pero a partir de ahí la victoria del PP es mayor cuantos menos habitantes tienen los municipios. Estaría, pues, en 700 censados el tipo de población en el que el PP deja de ganar, hasta que llega a Calamocha y, sobre todo, a Teruel.
Se podría afinar más pero ya he perdido bastante tiempo en unos cálculos que tampoco llevan a ninguna parte: los pueblos grandes son de izquierdas y los pequeños de derechas, como toda la vida. Pero sí es curioso que en Teruel se haya reproducido, mutatis mutandis, el mismo fenómeno que en el resto del país. En los dos ámbitos hay una franja de noroeste a sudeste que corresponde al PP, y un nordeste minero y catalizante y un sudoeste serrano y sufrido que se van al PSOE. En efecto, y para mi sorpresa, la sierra de Albarracín es casi entera del PSOE, con la excepción de Orihuela del Tremedal, como era previsible; y, tanto en el país como en la provincia, la capital es patrimonio del PP. Se conoce que en las ciudades muy grandes y en los pueblos muy pequeños es donde mejor prende la estrategia del martillo pilón.
Por lo demás, siempre hay casos curiosos, coincidencias llamativas. En Almohaja, un buen ejemplo del tipo de población donde el conservadurismo está más arraigado, todo el mundo votó al PP. Otra cosa rara es que en Cañizar del Olivar ganó CHA. Y en mi barrio, y más concretamente en mi colegio electoral, el PP ha conseguido una de sus más abrumadoras victorias. Yo estoy que no me repongo.

3.3.08

CHESIL BEACH


El sábado leí con placer la crítica que Eduardo Mendoza dedicó a Chesil Beach, de Ian McEwan, y no sólo porque hablara tan bien de la novela, sino por ver de nuevo a Mendoza en El País después del mutis de la contraportada (y de su sustitución por la estomagante Almudena Grandes), aunque sobre todo por la noticia de que tiene novela nueva en el horno, no sé qué de un tal Pomponio Flato.
El caso es que Mendoza le daba con su extensión y con su nombre, además de con la larga entrevista de Ruiz Mantilla, que me dejé a mitad, una cobertura de gran acontecimiento literario sólo justificable por algo que apuntaba el propio Mendoza, la conciencia de que McEwan viene de novelas como la célebre Expiación y, aunque Mendoza no la mencionara, Sábado, una novela densamente moderna que debió de dejarlo molido. Sea como fuere, y en eso Mendoza tiene razón, Chesil Beach está escrita con la destreza y la densidad de un quinteto de cuerda de Mozart, con la sabiduría dejada estar de quien acaba de componer varias sinfonías colosales.
De Chesil Beach me gusta el alarde de claridad. “De este modo podía cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada”, dice en una ocasión el narrador, y uno comprende que la pieza entera es un ejemplo perfectamente narrado de lo que esa frase significa. La sencillez de una propuesta suele ser inversamente proporcional a sus dificultades técnicas. Un planteamiento tan transparente como este casi resulta un punto vanidoso, algo así como decirnos: mirad, mirad lo que soy capaz de hacer con esta historia tan poco original. Y lo que consigue es una historia que constantemente se autoexplica desde el punto de vista estético. La heroína, violinista de profesión, rehuye las grandes orquestas y prefiere centrarse en los quintetos de cuerda. Ella misma es el primer violín delicado de una pieza secundada por un segundo violín intempestivo, el pobre Edward, y por sendas violas (las historias de las familias) que dialogan por detrás de la melodía, secundado todo por un tenebroso violonchelo que es la anécdota, la historia, la cosa en sí. Y así va creciendo la historia, en combinaciones graduales de sus presentes violonchelos y sus violines del pasado y de una vaga esperanza de futuro, al ritmo de madres distantes y padres excesivos. Cada cual tiene su solo, sus páginas de protagonismo, en una pirámide de importancias en la que gana el triste ronroneo del violón.
Por lo demás, la única, digamos, estrategia que me disuena un poco es una que no sé cómo se llamará en términos musicales, pero que en lenguaje futbolero se denomina barrer a los centrales. McEwan barre a los centrales, esto es, las firmes expectativas del lector, y se las lleva al terreno de la tensión y el desenlace previsible. Quiere provocar en nosotros la evidencia de una tragedia, incluso su necesidad argumental. Pero luego entra por la derecha un medio sin marcar, justo la idea contraria, y nos cuela un golazo todavía más previsible y trágico de lo que imaginábamos, y que quizá por eso, por haber esperado alguna pirueta novelesca, nos sorprende y nos enardece como esas últimas dos notas que hace unos meses yo alabé hasta las babas de otro quinteto de cuerda, también de Mozart, como el que suena en la novela: esa mezcla de rúbrica erguida y luminoso lance, de rataplán brevísimo y aspiración definitiva, de broche perfecto.
Me gustan las novelas que se postulan como un ejercicio estético sin dobleces. Lo más anodino de la historia está contado con el virtuosismo habitual en la elección de los detalles, en la perfecta definición de las cosas, en la justa, exacta descripción de las texturas y los colores, hasta llegar al verdadero alarde descriptivo en los momentos culminantes, sobre todo en los momentos culminantes.
Mendoza se hacía en su crítica muchas preguntas sobre el protagonista. Yo lo veo más simple, pero hay algo universal en su actitud. La novela es, en términos pop, premoderna, de cuando nacía el rock en Inglaterra, pero esa tragedia del excesivo respeto y de la consiguiente falta de comunicación no es algo que hayamos superado. Cuanto más libres somos, más miedo tenemos a faltar el respeto, más nos avergüenza y atenaza nuestra condición animal. Hasta en eso tan eterno está bien ideada esta novela.

2.3.08

VENATORIA


No sabía yo que a lo que Fray Luis de León llamó cazar con liga se le llama ahora parany. Fray Luis le ponía pegamento al ames de Horacio, al palito que en su Beatus ille sólo sirve para sostener las redes. El parany, en efecto, es un palo untado en pegamento para que los pájaros se queden clavados hasta que de tanto emprender el vuelo se les quiebran los borceguíes. Es lo que se llama (otra vez Horacio) cazar con dolo. Su versión más popular consiste en enjaular un perdigacho hasta que se le arrimen las hembras, y entonces, escondido detrás de unos arbustos muy tupidos, el cazador las fríe a tiros. El otro día en Madrid se juntaron tantos cientos de miles de cazadores que entre ellos debían pasearse casi todas las modalidades. Estarían, se supone, los Lorenzos que nos imaginábamos en el Diario de un cazador, esa estupenda novela, gente que parece formar parte del círculo natural, y que, como les ocurre a los podencos, también se enconillan (otro catalanismo), es decir, también se cansan de cazar porque el instinto les dice que ya han matado bastante.
Junto a ellos, sin embargo, estarían los gordos que se visten de otoño en el Corte Inglés y juegan a cazar en un coto privado, sentados en una silla y con armas que servirían para matar un elefante. Estarían también los desalmados que se deshacen de los perros o los cuelgan del cuello como si les hiciesen un favor, los que los tienen seis meses atados a un tractor y los obligan a dormir sobre sus propias heces. Estarían los que necesitan la caza para medrar, para desfogar no sólo su instinto depredador sino sobre todo su voracidad bursátil. Estarían los labradores ricos, dueños de rehalas y humedales, y junto a ellos la versión moderna del secretario que también pintó Delibes. Estaría una versión hispana de lo que, de vez en cuando, significan esas marchas rurales sobre Londres de paisanos que defienden la caza del zorro, pero que en realidad pasean una Inglaterra profunda y antigua, de rancias costumbres y halconeros de Su Majestad, esa nostalgia de la bruma. Si había setecientos mil, como dijo la organización, y casi todos eran hombres, tenía que haber de todo, pero no sé por qué me da que los cazadores estilo Delibes, los cazadores de verdad, mayormente se quedaron en su casa. Ese cazador es animal solitario. No le gusta que lo apacienten.

24.2.08

NO ES PAÍS PARA VIEJOS


Lo mismo que me suele fastidiar de muchos cineastas de los 90, el exceso de referencias, de enciclopedismo visual, es algo que en el caso de los Coen llega incluso al regodeo, porque algunas de las referencias visuales de No es país para viejos remiten, precisamente, a esa estética noventera. En más de una ocasión casi estaba esperando un plano desde dentro del maletero, como en Pulp Fiction, pero a los Coen casi se les agradece tanta y tan inmediata, digamos, densidad visual. Es como si la película hubiese sido rodada entonces, y al habitual juego de retomar los géneros se uniera el de adoptar la estética de cuando se retomaban los géneros.
Lo que más disfruto de las películas de los Coen, aparte del casting (impresionantes los aldeanos, maestros de una sola secuencia, tanto el pobre hombre de la tienda como el de la camioneta llena de pollos o el que vigila la frontera, que es un cómic animado) es esa facilidad para enriquecer la trama con detalles que se valen a sí mismos y forman parte casi siempre del repertorio de lo memorable. Cualquier secuencia de la historia les sirve para montar una escena, que no es exactamente lo mismo.
En este caso practican el género thriller/rosario de la aurora, como en Fargo. Allí también nutren la trama con un coro de americanos profundos que dan una mezcla de risa y de miedo. Pero aquella era más cómica que esta. Aquí está el horror de Cormac McCarthy, la escena del niño que le vende a Bardem su camisa por un billete manchado de sangre.
Y Bardem me ha gustado mucho. Supongo que si fuera sueco también me habría gustado. Desde luego tiene un punto siniestro, un carácter de monstruo que llama la atención en medio de un catálogo de rostros profundos. A los americanos, viendo a Bardem, se les ha debido de juntar el expresionismo del personaje con la rareza del extranjero. Lo malo de la película hubiese sido descubrir que el encanto monstruoso radicaba en un comportamiento a la española que pudiera reconocerse desde aquí. Pero no es así en absoluto. Creo que sólo en una secuencia me acordé de que era Bardem, un momento en que puso cara de paleto español, no de paleto americano. Lo vi entonces metido en la peluca, lo vi fugazmente Bardem. El resto no es un personaje sino una composición; es esa, supongo, y no el tiempo que actúa, la diferencia entre un protagonista y un secundario. Pero es una composición icónica estupenda: su silueta tiene pinta de póster clásico, tan inconfundible como absorbente su cara en la película. Esos ojos de vaca buñuelesca, ese rictus un poco fruncido de quienes están permanentemente a punto de enfadarse. Y, como contraste, la risa boba, de payaso enfermo, de labios húmedos y dientes pequeños, que también son las risas de quien no ríe, las risas de quien va a dejar de reír. Y la peluca. Qué portento pop es la peluca. Un óscar a la peluca, por favor.
El decir que no era personaje no es ninguna forma de desdén porque en esa película no hay personajes en el sentido de gente que cambia su modo de proceder, que se enriquece dramáticamente. Se trata más bien de plantear una situación, es decir, cómo son las cosas con unos personajes como ellos, y no qué harían tales personajes sometidos a tales situaciones. El único al que se le ve derrumbarse es al policía, pero él está a merced del movimiento, no interviene en su destino. Son así los personajes de los tebeos. Los Coen lo practican con frecuencia, y cuanto más radicales son en esa estética, como en Muerte entre las flores, mejor les salen las películas.

20.2.08

COMBATE


Diario de Teruel, 21 de febrero de 2008

Esta noche, gran velada. Solbes vs. Pizarro, Doctor Pánfilo contra Camiseta Sudada. Lo veré, claro, en la esperanza, un poco ingenua, de que no sea una pelea de políticos sino una charla entre científicos. Lo veré como si todas las universidades del país tuviesen los vídeos a punto para estudiar mañana el debate ante sus más aplicados alumnos. De momento, ya es una vergüenza que dos personas adultas, prestigiosas y bien educadas necesiten un cronómetro y un moderador para comportarse en público como es debido. Con lo útil que sería para mucha gente ver que se puede hablar sin mentir, sin insultarse y sin gritar, y que el enfrentamiento entre dos científicos honestos es un espectáculo mucho más divertido que el jaleo bronco de sus dentelladas.
Pero esta no va a ser una velada de boxeo noble; más bien, sospecho, una sesión política de wrestling, de xondo, de lucha libre o como se quiera llamar a ese espectáculo extraño en el que dos enmascarados fingen que luchan y los espectadores hacen como que no se enteran. Yo quisiera saber, por ejemplo, cómo Pizarro justifica que la misma ideología económica que ha llevado al desastre de las hipotecas sin aval americanas defienda que uno de sus efectos es culpa de su contrincante, es decir, de quien no practica ese régimen tan descarnadamente liberal. Me sentaría esperando una nítida, pormenorizada descripción de lo que para cada cual significa, moral y económicamente, redistribuir la riqueza y proteger los intereses generales. Esperaría, en fin, aprender lo que no sé, y no encontrarme otra vez más con lo que los políticos piensan que nos merecemos: preguntas retóricas, datos amañados y acusaciones indemostrables. La salud económica española -dicen- depende sólo relativamente de sí misma, y los buenos ministros de economía se caracterizan por no dárselas de listos y no salirse del grupo que va en cabeza. De economía no sé nada, pero la retórica parda la controlo bien. En el peor de los casos, si no es posible una conversación entre caballeros, el aliciente será ver quién sigue castigando el hígado del adversario cuando el árbitro haya parado el combate, observar cuál de los dos púgiles miente mejor.

Al día siguiente...

Como, en efecto, de economía no sé nada, me limitaré a la retórica parda. A pesar de que el debate entre Solbes y Pizarro me ha parecido más interesante de lo que pensaba, he seguido echando de menos algo cuya ausencia creo que perjudicó bastante a Pizarro. Sólo cuando hablaba de la economía cruda lo veía en su salsa. Pero se notaba que lo habían forrado de datos por si acaso, y ese sometimiento al recitado le quitaba mucho interés, amén de que solía coincidir con largos periodos de repetir dos veces cada frase. En general, todo lo que le han aconsejado que diga es lo que le ha quitado interés. La gente quiere ver a alguien que domine al dedillo lo que dice. No se trata de que lo entienda, sino de que lo encuentre seguro, y, a pesar de todo, cualquiera podía entenderlos a los dos desde el principio, esa ya definitivamente inconfundible distancia que separa la social democracia del liberalismo neoconservador.
Hay un asunto en el que me parece muy feo que haya incurrido Pizarro. La chorrada esa del piso de Bermejo y la financiación de ANV. Es impropio. Ha sonado mal, como si acabara de decir un taco. La densidad ambiental de la conversación ha dejado en cueros la fragilidad de la demagogia. No necesitaba repetir eso. No necesitaba hablar más que de economía, y no colar en los momentos adecuados largas parrafadas de mensaje electoral precocinado que no tenían nada que ver con la economía. Esos cambios de densidad en el discurso implican que Pizarro ha aceptado el adiestramiento electoral, pero estoy seguro de que lo que hayan podido pescar entre ciudadanos incautos es mucho menos que la decepción que suponía ver que malgastaba el tiempo en argumentarios cuando la discusión cobraba vuelo bizantino.
A un candidato a ministro de economía no hay que decirle lo que tiene que decir. Hay que dejarlo suelto. La gente juzga impresiones, no datos. Pero los datos adquieren a veces una consistencia que determina las impresiones. Se trata de dosificación en el discurso, algo que se comprende mejor si se compara con el tono de los colores que con la certeza de las cifras.
En cuanto a los valores retóricos de la intervención de Solbes, quizá el primero sea que no ha dejado en ningún momento de hablar de economía y que ha deslizado una definición perfecta de los errores de Pizarro a propósito del valor de las estadísticas (uno de esos momentos en que Pizarro incluyó la falacia de la opinión estadística de los ciudadanos), cuando distinguió entre hard data y soft data. No deja de ser curioso que la clave del debate la hayan dicho en inglés.
Otra vez la impresión. En Solbes vemos a una especie de sabihondo don Pantuflo que es como esos contables que siempre se oponen a las ideas del hijo del jefe, que acaba de terminar la carrera. Me gusta esa asepsia, esa falta completa de pasión que pone a su discurso, sobre todo porque cuando le pone un poco, cuando el ojo se le abre un milímetro, la contundencia es muy considerable, y por otra parte siempre está pasada por años de parlamentarismo.
Una discusión es un discurso, y el orden de los argumentos sólo es estricto en quien desconfía de sí mismo. La buena improvisación es aquella que sabe aguardar al momento propicio para que los datos brillen mejor. Solbes aguardó con paciencia los dardos para contestarlos en su momento más oportuno. El de la vivienda, después de la impresentable andanada de Bermejo, fue muy significativo. Pero un buen luchador no busca golpes bajos. Confía en la consistencia de su pegada. En eso Solbes pienso que ha sido fiel a sí mismo (por otra parte, a ver quién es el guapo que le sugiere nada), pero Pizarro, que debía haber actuado también así, cometió el error de dejarse aconsejar. En economía no lo sé, pero en retórica es siempre fatal.




13.2.08

UPD


Diario de Teruel, 14 de febrero de 2008

El Manifiesto fundacional de Unión, Progreso y Democracia, el partido de Savater, Rosa Díez y Álvaro Pombo, sólo se diferencia de cualquier partido español de izquierdas en su bizarra defensa del laicismo, en materia religiosa y sobre todo identitaria, esos “santos derechos regionales” que nos separan de ser un auténtico Estado democrático. Savater (Savataire, como lo llamaba Umbral) no entiende por qué un Estado tiene que mantener apaños con ninguna confesión religiosa ni por qué consiente que en la escuela pública se imparta doctrina de cualquier creencia (incluidos el catolicismo y el ateísmo) más allá del ámbito de la antropología. Pero tampoco entiende por qué un Estado tiene que mantenerse dando de comer a esa otra religión que es el nacionalismo y que se opone frontalmente a una idea ilustrada de laicismo, afrancesada en el mejor sentido. El UPD clama por un Estado fuerte donde no medren caciquismos autonómicos, donde no se consientan mercadeos ni trifulcas sino que se haga siempre lo más conveniente para todos y en paz. Un Estado libre no permite que el cultivo del romanticismo terruñero merme los derechos de todos sus ciudadanos.
El UPD no se va a comer una rosca por varios motivos. Para la derecha, es un partido ateo con ideas económicas estalinistas; para la izquierda, está obsesionado con el mismo tema que el PP, o sea que no serán tan distintos. Le lastra la presencia de Rosa Díez, encastillada en una retórica del rencor que a la gente le mosquea, aunque tampoco empezó nada bien arropándose con Vargas Llosa ni mucho menos con Albert Boadella, el menino de Esperanza Aguirre. Los dos se fueron, pero dejaron el aroma de sus caras.
Conque ahí estamos, como en los viejos tiempos, como cuando Baroja o Unamuno ensayaban sus volatines políticos. Savater no se presenta, pero sería un placer escuchar en el Senado la voz de Álvaro Pombo, el mejor escritor español vivo. No obstante, y pese a su esplendorosa lucidez, mucho me temo que España todavía no demuestra estar preparada para un laicismo verdadero. Todavía no hemos hecho la Revolución Francesa. De momento nos conformamos con evitar el regreso de la Santa Inquisición, que no es moco de pavo.

6.2.08

ERUDICIÓN


En el lugar donde escribo, justo encima del secreter, hay un libro cuyos lomos veo cada vez que levanto la cabeza. Se trata de los dos gruesos volúmenes de Las fuentes y los temas del Polifemo de Góngora, y está escrito por Antonio Vilanova, que acaba de morir. A menudo abro ese libro porque Góngora es un vicio de por vida, uno de los pocos escritores que ha dado varias obras maestras de la crítica. Conseguí una primera edición de ese festín de Vilanova gracias a internet, y gracias también a internet se está restaurando el amor por los conocimientos prescindibles, por ese laberinto de saberes que se relacionan o se explican, o se desmienten, o se certifican; ese mundo aparte que es como un infierno placentero, un inmenso cementerio de lápidas curiosas y tesoros escondidos. Vilanova, además de erudito, ha sido un sabio hasta su muerte, sesenta años después de escribir, con veinticinco años, esa obra impresionante.
La erudición pasiva es un placer voluptuoso. Los consumidores de este tipo de literatura estamos al asalto de cualquier novedad, porque ya no abundan los humanistas entregados a la investigación de un tema muy concreto y peregrino para el que se necesitan conocimientos oceánicos. Estos eruditos abundan en los armarios cerrados de las facultades, claro está, pero muy pocos trascienden a la condición de obra maestra de la cultura, y aún menos pisan el terreno público. Cuando murió Claudio Guillén, otro navegante de altura, los periódicos dieron escueta noticia, y ahora que se muere Vilanova ni siquiera lo gradúan en la sección cultural, tan solo en la de obituarios, y no todos.
No, no abundan los sabios, y sin embargo se recurre más que antes a obras extranjeras, algunas publicadas hace varias décadas, que son el placer definitivo de quienes se enganchan a la novela histórica y cada vez son más exigentes. Las editoriales pescan estos tratados de saberes profundos porque en ellos funciona todavía mejor que en las novelas el objeto último del arte: la creación de un mundo privado. Se acaba de reeditar con éxito una vieja historia de Alejandro Magno que es un banquete para eruditos, y junto a Ken Follet se vende un voluminoso tratado sobre las cruzadas de Christopher Tyerman en el que el placer un poco borreguil de la novela se sustituye por el hecho de transportarse a la Edad Media a través de un millón de detalles. Es el punto en el que la academia confluye con la plaza, el terreno del humanismo.

2.2.08

3. CONOCIMIENTO DEL MEDIO


Wu era un chino minucioso. Casi éramos vecinos, porque él es mongol y yo siberiano, y entre Irkutsk y el lago Baikal, en la frontera con Mongolia, no hay más de cien kilómetros. Mi madre también tiene la cara redonda y los ojos rasgados, aunque yo he salido más a mi padre, que nació en San Petersburgo, cuando se llamaba Leningrado. Es posible que Wu y yo nos cayésemos bien por ser medio paisanos.
El caso es que me entretenía mirar a Wu por la meticulosidad con que lo hacía todo. Me recordaba a una de las historias disparatadas que me contó mi abuelo de pequeño, una tortura china que consistía en ir extirpando huesecillos del cuerpo sin causarle a la víctima el más mínimo dolor. Primero un metatarsiano, luego la última costilla, después parte de la rótula, así hasta que, si seguían sin confesar, les quedaba el cráneo, lo imprescindible de la caja torácica y la columna vertebral. Y nada más.
Wu hizo algo parecido con los ordenadores de la sala. Extirpaba una tarjeta gráfica y la sustituía por otra, cambiaba un puerto USB sin que nadie se enterase, y los componentes indisimulables, la pantalla y el teclado, los sacaba del almacén donde se habían abandonado los ordenadores que ya no funcionaban hasta que se los llevasen para reciclar. Era rápido en su extrema lentitud, cambiaba a toda prisa un porcentaje minúsculo del ordenador entero. A veces íbamos por la calle y Wu, que siempre andaba mirando el suelo, se agachaba a recoger un cable roto, una lata despachurrada, y se los metía en el bolsillo. En eso me recordaba a mi abuelo. Sabía clonar componentes, pero también sabía encontrarlos ya clonados. Su ilusión, según supe después, era montar una tienda de ordenadores marca Wu, los más baratos del mercado, según un proceso que incluía, a partes iguales, la ciencia informática y el reciclado de basuras.
A mí me proporcionó un ordenador y la clave de la red wifi de mis vecinos de enfrente, una residencia de ancianos. Era uno de los aparatos caseros que Wu iba montando para regalar a su inacabable lista de parientes. A ninguno les podía cobrar nada, y a mí, según me dio a entender con una sonrisa, menos aún. “Gracias”, le dije, y aunque parezca extraño tengo que decir que fue la primera palabra que crucé con Wu. “De nada”, me contestó, en perfecto castellano. Desde entonces hablamos siempre en castellano, siempre con tal grado de concisión que no echamos de menos ninguna carencia en el proceso que nos llevó a dominar el idioma.
Vivir sin hablar es fácil. Con Wu pude comprobarlo. Casi todo lo que decimos es una constatación oral de lo que ya sabemos y podríamos haber resumido en un gesto, en un dibujo, en una leve indicación. Mientras intentaban enseñarnos español, Wu dibujaba todo el rato plantas y monigotes de manga mongol, que no tienen los ojos de vaca que tienen los manga japoneses sino finas líneas que no distinguen el llanto de la risa. Pero eran muy expresivos. A mí, sin embargo, lo que más me gustaba verle dibujar era las plantas.
El instituto donde estudiábamos se llama Botánico Loscos porque Loscos fue un botánico que regaló al intituto un herbario. A Wu le encantaban. Pero le pasaba con el dibujo lo mismo que a mí con las matemáticas. Si llega a enterarse el profesor de biología, Wu se habría visto obligado a dibujar con su delicadeza china todas las hierbas secas del herbario. Wu lo habría hecho a gusto. Si a mí me relajaba verlo dibujar, a él lo sumía en una especie de estado meditativo que le ocupaba casi todo el tiempo que tenía libre, que era muy poco.
Cada cual a nuestra manera, utilizábamos el instituto para descansar. Wu porque luego tenía que trabajar en la tienda de sus tíos o clonar ordenadores para los parientes, y en mi caso porque, desde la llegada del ordenador, mi casa cambió por completo. La llegada del ordenador significó que siempre había alguien viendo un programa de televisión ruso, o una película rusa, o una radio rusa, o un foro ruso. Mi madre pintó las paredes de la casa con verde oxidado, que es un color ruso, y por dos euros compramos en la tienda de Wu unos iconos para las habitaciones. Sólo nos faltaban los libros. Se me estaban acabando los libros en ruso y no tenía estímulo suficiente para aprender a leerlos en castellano.
Pero a mí esa presencia permanente de voces rusas en mi oído me ponía de mal humor. No es que prefiriese el castellano, porque yo seguía leyendo una y otra vez mis cinco libros en ruso, sino que había descubierto el silencio, una paz interior que pronto no logré más que en las largas clases de la mañana. En mi familia nadie trabajaba con el mismo turno, de modo que la televisión estaba siempre encendida. Cuando se iba mi madre a cuidar a una anciana, llegaba mi hermana del bar. Cuando las dos volvían a marcharse, volvía mi padre de la obra, con las fuerzas justas para quitarse las botas, darse una ducha y ponerse a ver un partido de fútbol entre el Saturn Ramenskoye y el Zénit de San Petersburgo. Recuerdo ese porque ganó el Zenit uno a cero y mis padres discutieron sobre si era o no momento de sacar el vodka. En general, si se trataba de sintonizar una radio, mi madre quería la emisora de radio Canciones Rusas de Moscú, y mi padre la Radio Modern de San Petersburgo. Ella prefería la TV Cultural de Moscú, mi mi padre el SGU, que estaba lleno de telerrealidad. Mi hermana sólo veía MUZ TV, que es sólo música, y cuando se iban mis padres algún programa en castellano. Había un rato en el que me volvía a quedar a solas con mi abuelo, yo leyendo y él arreglando algún grifo, o bien nos íbamos los dos a pasear con Ruska, o me daba un paseo por Teruel hasta la biblioteca, a buscar los libros que no había, a hojear los que aún no entendía.
El ordenador, por otra parte, no trajo más que problemas. El novio de mi hermana, que se había quedado en Irkutsk, la llevaba mártir con el Skype. A las cuatro de la tarde en punto, cuando me sentaba a comer con mi madre y con mi hermana, sonaba la chicharra del Skype, y la voz del idiota de Valeri saludando con sus frases hechas. Mi hermana le decía que estábamos comiendo, que llamase después, y él entonces decía otras tantas tonterías y por fin se callaba, cuando ya íbamos por el segundo plato. Pero nada más comer volvía a llamar, y muchas noches, a las tres de la mañana, cuando mi hermana volvía del bar, volvía a sonar el puto Skype, esta vez porque mi padre había dejado el ordenador encendido para bajarse una película de Karen Shajnazarov. Mi hermana, si había llegado ya, descolgaba el Skype y decía en un susurro precipitado que en ese momento no podían hablar, cuando había vuelto a despertar a toda la casa.
Un domingo en el que todos estábamos para comer se votó en asamblea la desconexión del programa Skype. Pero quedaba la televisión, que a mí me ponía muy nervioso. Casi prefería escucharla en castellano, primero porque las películas las entendíamos mejor sin voz, siempre y cuando los actores fuesen lo bastante buenos. A todos nos costó al principio saber qué querían decir con aquellos gestos. Algunos actores utilizaban gestos universales que se entenderían en cualquier parte del planeta, pero la mayoría, bastante inexpresivos (y luego dicen de los rusos) tiraban de gestos mecánicos que no significaban nada. Parecían niños recitando un poema, cantantes que no saben dónde meter las manos. Aun así, eran imágenes, y era silencio.
Salvo por el hecho de que teníamos que salir de casa, muy pronto se reconstruyó el ambiente del piso de Irkutsk, que era igual de pequeño que este. Vivíamos en una plaza que se llama Playa de Aro, en una torre desvencijada, con fachadas de ladrillo y cenefas de cerámica local (verde y rosada) debajo de los alféizares de las ventanas. Se notaba que era el edificio más viejo del contorno. Los techos eran bajos y las puertas estaban huecas. Los marcos de las ventanas eran de hierro repintado, los suelos de plástico. Aquella torre estaba llena de eslavos. Había búlgaros y polacos, y algún que otro ucraniano. Pero rusos no había ninguno. También vivían familias rumanas y españolas. A mí me costaba mucho distinguirlas. Su lengua, al principio, me sonaba parecida, y los rasgos, muchas veces, también, de modo que muchas veces me cruzaba en el ascensor con personas con quienes habría tenido distinto trato de saber si eran nacionales o extranjeras, aunque lo más probable es que no hubiese tenido ninguno en ningún caso.
Esta torre estaba llena de pisos viejos de alquiler, pero estaba justo en medio del barrio del Ensanche, el que tenía los pisos más caros. Las viejas edificaciones de los años sesenta, que tanto me recordaban a mi barrio de Irkutsk, iban siendo poco a poco demolidas para levantar edificios más altos y modernos, con pisos llenos de sol que daban a la vega del Turia. Nosotros vivíamos en un segundo. Nuestras ventanas daban a un callejón lleno de gatos. Desde el sofá veíamos la fachada gris del Padre Piquer, una residencia para ancianos con dinero. Mi padre se enteró un día de que un anciano se había tirado de cabeza hasta la terraza que nosotros veíamos desde el salón.
Recuerdo que al principio la casa olía sólo a desinfectante, pero pronto volvió el aroma de las setas en escabeche y los pasteles de centeno, el sabor de las conservas de miel y del suero de leche. Tras unas primeras semanas de horarios descontrolados, mi abuelo tomó el mando de la cocina y yo el de las otras tareas de la casa. Mi madre se enfadaba porque no dedicaba la tarde a estudiar, aunque, según las directrices de mi abuelo, tampoco había mucho que hacer.
Para mi abuelo la vida consistía en tener algo entre manos. Daba vueltas por la casa inspeccionando las posibles tareas. Siempre había una suela rota que arreglar con asfalto de la carretera, o un cable con que empalmar un alargador. Todo lo hacía con la lentitud propia de su edad y la constancia que mostró siempre hacia las cosas pequeñas. Yo sólo me ocupaba de aquello que supusiera levantar pesos, de modo que con tender la ropa mojada y guardar los platos ya fregados, con bajar la basura y mover de sitio a mi abuelo la escalerilla con la que fregaba los cristales (cada día uno, nada más que uno) yo ya tenía bastante. Hacía más, claro, pero esta era mi tarea oficial, la que le decíamos a mi madre.
Todas las tardes nos íbamos con Ruska. Muy cerca de casa, a menos de quinientos metros, la ciudad se terminaba en unas lomas blancas llenas de matojos pardos a las que se asomaban las últimas casas del Ensanche. Estas lomas daban a un profundo cortado por donde pasaba la vía del tren. Desde arriba veíamos el sendero de piedras blancas y traviesas negras perderse más arriba de camino hacia el mar. Mi abuelo soltaba a Ruska y los dos la veíamos correr por el descampado.
Me sentía bien a su lado en un lugar que me daba pereza conocer. No es que añorase Siberia, es que me sentía bien sin conocerlo, tan solo con la idea un poco fantasiosa que me había hecho de él. Durante aquellos paseos descubrí que algunos de mis compañeros de clase se reunían por las tardes en una de las cocheras de la cuesta del Cofiero, que baja haciendo eses desde el Ensanche y va también a parar al río. Otro día vi a dos compañeras entrar en una tienda de bolsos de la Ronda, cuando el abuelo y yo volvíamos de inspeccionar el lado norte de la ciudad. Tanto los chicos del Cofiero como las chicas de la Ronda me vieron y me reconocieron. Rusca es una galga rusa espectacular desde que era un cachorrillo. A la gente le llama la atención. Primero la miraban a ella y después a mi abuelo, que a ellos debía de sonarles, con la gorra calada y el pelo largo, con los mostachos largos y las perneras del pantalón dentro de las botas, como un personaje de tebeo. Y luego, también, me miraban a mí. Uno de los chicos del Cofiero me miró y volvió a mirar al perro. Las chicas de la tienda de bolsos me reconocieron. Una de ellas era la que me hizo aquella pregunta cuando abrí en clase un libro escrito en ruso. Me reconoció y sonrió como si añadiese a lo ridículo que yo le parecía lo ridículo que era ir con un perro tan poco frecuente y con un abuelo tan raro. Creo que levantó una mano para decirme adiós. La vi levantarla pero yo aún no controlaba los gestos de los españoles. Igual podía haberme querido decir hola que haberle hecho un gesto a su amiga para que mirase aquella gente tan ridícula que pasaba por ahí.
Esa chica se llamaba Julia. Todo el mundo la llamaba Julia. Era un tipo de chica muy frecuente: de rostro más bien redondeado, moreno, como las armenias o las turcas, pero de labios más finos. Al día siguiente, según lo previsto, volvió a pasar a mi lado sin mirarme, pero al final de la clase de economía, harto de escuchar nombres de números, cuando iba a salir de la clase pasé al lado de Julia, que estaba recogiendo sus libros, y entre ellos uno que tenía en la portada el retrato de Fiodor Dostoievsky. Me quedé con la palabra muerta en la portada. Cuando llegué a casa, busqué en la red y supe que se trataba de las Memorias de la casa muerta, un libro que yo no tenía en ruso y que no sabía leer en español. Esa misma tarde, cuando volví del paseo con mi abuelo, antes de que se hiciera de noche, entré en la biblioteca y saqué el mismo libro que estaba leyendo Julia.
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