12.7.06

Desenlace


El día que Zidane desvele qué le dijo Materazzi, ese día dejará de ser un héroe. La historia, si se termina aquí, es una brillante narración. Pocas veces se juntan en una obra ficticia símbolos tan claros y complejos y sorpresas tan bien traídas. Era un partido entre los héroes y los villanos. Los héroes arrastraban ya un guión demasiado previsible para lo que las apoteosis dan luego de sí. Era el triunfo del guerrero veterano, el regreso de Asterix contra los legionarios barrigudos. Hay que recordar que la selección francesa triunfó en el 98 como símbolo de la integración racial, y un poco también, todo hay que decirlo, de cierta grandeur colonial que a más de uno le levanta el mentón cuando se acuerda. Sea como fuese, ¿se le puede pedir a un héroe más atributos que los que adornaban a Zidane el día de la final? Llevar el triunfo ya escrito y musicado en la memoria colectiva no produce buena literatura. Pero que el destino se tuerza o se cumpla su lado oscuro en el último momento es la base de una buena historia.
Los villanos eran los otros. Y el villano de los villanos, ese malo segundón que siempre muere, el odiado Materazzi, juega como yo recuerdo que se jugaba al fútbol en la calle. Era frecuente que hubiera un grandón que repartía patadas a destajo y cuando hacíamos pies para elegir siempre salía el primero. Alto, feo, “ignorante”, tatuado como los marineros sin graduación, un extraño personaje detestado por representar lo que para las personas normales significa la contienda, su único papel posible.
Pero he aquí que el héroe arruina su gesta con un lance villano en el último momento. Una villanía que descarga sobre el villano sin atributos, Materazzi, que a su vez, por lo que parece, le arrojó el que ahora quizá sea el más intolerable de los insultos. Y la reacción del héroe galo fue un ataque al honor y a las buenas formas, precisamente a lo que Zidane representó hasta momentos antes del desenlace. La historia se acabó con una ofensa sin venganza, con una derrota sin redención, inesperadamente. El burdo legionario romano fue más astuto que el atormentado galo. Si lo que le dijo Materazzi fue una chorrada, como parece verosímil, el héroe se hundiría en sus zapatos. La estupidez del villano lo acabaría de rematar. Magnífico.

Lamento mucho no haber colgado en su día, al principio del Mundial, una bernardina que deseché por mala. Decía así:

Embrague

Será casualidad, pero casi cada vez que veo un vehículo estropeado en la carretera se trata de un cochazo formidable, un buga de no sé cuántos metros de eslora, y su dueño, congestionado, llama a la compañía de seguros con un teléfono de última generación. No falla. Nunca encuentro coches normales y corrientes, utilitarios sencillos y baratos. Siempre el conductor se desespera porque él no compró semejante carro para que lo dejase tirado en la cuneta. Siempre es un tipo con el cuerpo hecho a los asientos de cuero termolúdico, levemente barrigudo y con una esclava de oro en la muñeca.
Debe de ser eso que en la Fórmula 1 llaman fiabilidad. Los McLaren son tan buenos que se joden en casi todas las carreras. Algún filamento que se escobilla, un microchip que llevaba una mota de polvo. Y con el fútbol pasa lo mismo: las máquinas más perfectas son las que primero se estropean. El Mundial de fútbol lo ganará, como siempre, un equipo tosco pero con el aceite recién cambiado, un Skoda ucraniano, un viejo Tiburón, un Fiat 1500, un Golf duro y pedorrero, pero no un Jaguar ni mucho menos un Mercedes, que es, por cierto, el que le hace los motores a McLaren.
España fue a este Mundial con un coche niquelado, tuneado, con uno de esos coches que se compran sus futbolistas, que alcanzan los doscientos y se les rompe el embrague en Aranda de Duero. Los italianos, a la forza ahorcan, aparcaron el Ferrari y se subieron al motorino de toda la vida, y a base de patadas y sucesos inexplicables hacen avanzar su motor diesel peligrosamente.
Son mis favoritos, sin ninguna duda. No sé por qué la gente no disfruta de su catenaccio. ¿Qué es más bonito, meter un gol o que no te lo metan? La gente dirá lo que quiera, pero en medio de la torrija televisiva uno se identifica más con el defensa utilitario, con un Materazzi, mi héroe, injustamente expulsado el otro día, que con la alta tecnología ortopédica de las estrellas. Adoramos a quien es distinto de nosotros, aparentemente más hábil o más bello, pero en el fondo nos alivia que dentro de tanta opulencia quede algún cable fundido, y que antes de llegar a Berlín haya que pasar por Aranda de Duero. Ojo con el embrague.

29.6.06

Folletín


Aviso a bernardinos desocupados. El próximo sábado, primero de julio, colgaré el primer capítulo de Los ojos del río, el folletín que este mes de agosto, si lo acabo y me gusta y le gusta al que lo tiene que publicar, aparecerá en el consabido Diario de Teruel. El año pasado hice lo mismo con Fabricación británica, también empecé el 1 de julio y la cosa, sorprendentemente, quedó terminada a su debido tiempo. También este año el folletín irá ilustrado por Juan Carlos Navarro, que espera con el lápiz en la oreja a que le diga de qué coño va la historia. Pero la historia no va hasta que no empieza, y hasta entonces ni yo mismo sé ni quiero saber gran cosa.
Se trata más bien de bailar encadenado. Los términos tácitos del contrato estipulan que la acción suceda en Teruel, eso es todo. Yo he añadido el agua y el frío, el agua porque, cuando me lo propusieron, yo estaba muy metido en cosas de balnearios. Y el frío porque el año pasado la situé en pleno verano, y acabé derrotado por el calor. Quería presentar esta vez una pieza más refrescante.
Al contrario que el año pasado, que era un relato histórico y había que decorarlo todo con cortinas de terciopelo, este año utilizaré una documentación indirecta. El año pasado mi mesa era un baratillo de libros de historia y mapas de excursionista, poemas románticos y diccionarios de botánica. Este año leo a Galdós, sencillamente, y no porque la acción la vaya a situar en el siglo XIX (más bien tiene un toque futurista) sino porque después de leer Fortunata y Jacinta seguí con El amigo Manso, y luego con La familia de León Roch, y para mí es como no perder el contacto con lo que de veras significa una novela: mostrar un mundo que parezca real, y esconderse detrás de los cortinones siempre que sea posible.
Este año hay muchas probabilidades de que me la pegue. El punto de partida es longitudinal, me siento un poco funambulista. Pero los tres o cuatro que leéis este blog no haréis juicios severos cuando, a los dos días de empezar, el silencio lo cubra todo como con un manto de nieve.

28.6.06

Prestigio

Publicado en el suplemento taurino
que el DDTdedica a la Feria del Ángel

Hace no más de diez años el cartel de toros de estas Fiestas del Ángel habría llenado de interés a los aficionados. Esperaríamos a los Núñez de Murteira Grave, los toros hondos y badanudos que no faltaban en las mal llamadas corridas duras, o querríamos ver gotas viejas de Saltillo, de Pablorromero o de Gamero Cívico en los toros de Román Sorando. Con eso, además de los gracilianos de Santa Coloma que heredaron los Pérez Tabernero y de la egregia sangre de Miura, la feria de Teruel sería lo que algunos quisiéramos que fuese, una exhibición de encastes célebres, un poco a la francesa.
Los taurinos, que interpretan los prestigios a su manera, son conscientes del eco que siguen propagando las ganaderías históricas, las que guardan sangre brava de cuando la fiesta era el dominio de la bestia, no un circo con animales domésticos. Los toros de Román Sorando han sido mucho tiempo en Madrid sobreros de corridas complicadas, hasta que su dueña, doña Hortensia, fue al hipermercado de Juan Pedro Domecq, el exterminador de la casta vazqueña, el inventor del toro con ruedas, y fumigó cualquier vestigio no comercial de la ganadería. Y algo parecido sucedió con Murteira, que pasa por tener unos buenos (los Núñez–Núñez) y otros Juanpedros para ir tirando.
Así que, prescindiendo de que no deben de ser muy irritables unos Santa Coloma que se puedan adaptar a ciertas coreografías aflamencadas, nos queda Miura, la sangre de Cabrera, el torazo no violado por Domecq. En Sevilla volvieron a ser, el pasado mes de abril, los que siempre han sido, un cruce de Goya con las cuevas de Altamira, un toro indómito frente a un torero valiente, y los sevillanos, tan acostumbrados a los faralaes y a estar más concentrados en el silencio que en el fraude, disfrutaron más que en todo el resto de la feria. Verlos, si están bien presentados, ya es bastante, su protagonismo pone al torero donde le corresponde, desnuda su técnica y su oficio, su dominio y su valor. Sublima lo que cada día se nos pide a todos los espectadores, que nos entregamos a su causa porque la sentimos verdadera, y por eso nos emociona.

Apostasía


Las religiones en general y la Iglesia Católica en particular tienen el vicio de pensar por los demás. Su adaptación a la jerga democrática sólo ha servido para que hablen sin descanso de la inmensa mayoría de los españoles, de todas las familias españolas, de el clamor popular y otras sandeces habituales en quien sigue pensando que los demás son rapazuelos necesitados de amparo permanente y alguna que otra mentira piadosa. Incluso se arroga palabras que no le corresponden, como cuando el portavoz de los obispos dijo, antes de que el tal Blázquez corriese a desmentirlo (vaya coordinación), que iban a tratar el problema de España "en su dimensión moral", con esa soberbia tan característica de quien identifica la moral con la religión, la religión con el catolicismo y el catolicismo con el Partido Popular.
Esta forma tan sonora de actuar, esta retórica de campanario ha querido exhibir sus poderes (y multiplicarlos por setenta veces siete cuando se trate de dar cifras) en el Encuentro de las familias, en Valencia, tierra del PP pero nada más lejos de una sociedad ovejuna y consentidora. La gente, por fin, ha empezado a organizarse para pedir la apostasía, a espolsarse la identificación obligatoria, a defender los derechos de su sagrada individualidad con respecto a cualquier dios, a cualquier patria y a cualquier rey.
No sé cómo estará ahora, pero cuando fui a pedir la apostasía al Obispado de Teruel, ya ha llovido, me echaron de allí con cajas destempladas. “Eso es imposible”, dijo el cura mientras me daba con la puerta en las narices. Así que habrá que ir a la Organización de Consumidores de Usuarios y presentar la misma denuncia que cuando un banco se niega a que lo abandones y sigue cobrando comisiones por la cara. La comisión de Benedicto XVI es la España mayoritariamente bautizada, la región mayoritariamente religiosa, las familias mayoritariamente cristianas, falacias todas que sin embargo son su principal método de subsistencia.
Además, como los valencianos tienen gracia, este movimiento por la apostasía está encontrando en las camisetas un buen púlpito para el ingenio. “Yo no te espero”, dice la más conocida. Pero ayer vi una estupenda: “Rita, ¿el Papa sabe lo tuyo?”.

17.6.06

Factotum


Hace años había un tugurio en la calle de San Isidro Labrador que se llamaba Asociación Cultural Charles Bukowski. Dentro, una barra, una mesa pequeña, cuadrada, con un par de sillas de formica, y nada más. Los clientes, cuando tenían sed, se metían en la barra y cogían una cerveza. Yo lo frecuentaba poco porque en esa época me resultaba más fácil el punto de vista de Carver que el de Bukowski. Bukowski era siempre demasiado duro, impermeable a cualquier tipo de afectación. Chinaski, su personaje de siempre, era un perro en el sentido filosófico de la palabra, un κυνικός, alguien capaz de reducir cualquier comportamiento humano a su sustancia ciega y a su imagen muda. El mundo de Chinaski nace también de la provocación: “si presumes de malditismo”, parecía decir, “es aquí adonde debes llegar; el resto son pamplinas”. Lo de Carver se me hacía más cercano, más verosímil, lo comprendías y te hacías cargo. Sus historias podías transportarlas a cualquier silencio incómodo de nuestra vida; el alcohol, el paro y el suburbio parecían un decorado para interpretar las mezquindades que nos retratan. Pero Bukowski es más duro, siempre más duro. En sus libros no hay más realidad que las circunstancias, atroces, pero llevadas siempre con la altanería de quien las toma como son, de quien se toma como es. Su luz entra en sus libros como la luz pastosa despierta al que se acostó borracho.
Me pareció ver un cruce de estas dos miradas en Factotum, la película en la que Matt Dillon interpreta un Bukowski carveriano, explicado, comprendido. La mezcla de olores (habitaciones Edward Hopper, mujeres Lucien Freud, bares Tom Waits) garantiza el placer estético, pero Dillon se centra en un Bukowski algo sisífico, en la tragedia de quien ha aceptado una forma de vida sin contemplaciones. Creo que Bukowski es mucho más sarcástico, no tiene esa ternura de quien pide que lo entiendan. Eso es de Carver, pero es una opción, y Dillon la saca adelante mucho mejor que el que interpretó a Capote, por cierto. En este caso lo fácil consistía en hacer de Bukowski, y lo difícil, como hace Dillon, en dar vida a ese tipo de persona que cuando sonríe desde el otro lado de la barra no sabes si le haces gracia o es que le tira el hígado.

14.6.06

Huevo


Una gallina puso un huevo. Era un huevo muy hermoso de dos yemas, un huevo de esos que parecen tener una costura en el centro de la cáscara, como si hubiesen empalmado dos huevos pequeños. Era un señor huevo, un huevazo termolúdico, una pasada de huevo. Hubo que utilizar gomas para cerrar la huevera de cartón porque si no los huevos la reventaban.
La gallina, muy afligida, dejó el huevo con su sello de palomino en el gallinero de un paisano que, con todos los papeles en regla, lo vendió a un mayorista de huevos. El huevo viajó, primero, en la furgoneta del paisano, y luego estuvo expuesto en un gran pabellón de abastos, junto a otros dos millones de huevos, hasta que un tendero lo compró para venderlo en la huevería de la familia.
Por esta huevería pasó un joven licenciado en filosofía que se alimentaba de tortillas de patatas y vivía en un habitáculo un pelín más grande que el ponedero donde la gallina puso el huevo. El joven temía por su hígado y por su futuro. Mientras hacía cola, miraba el huevo, origen y destino de su existencia filosófica, y escuchaba la radio, donde decían que el país se hunde, que caminamos de cabeza hacia el abismo. Pero el huevo seguía fresco y perfecto, como su amor a la filosofía. Su perfección oval era brillante y las ondas agoreras no lo perturbaban. La realidad verdadera, la verdad del huevo y del tomate, la realidad de la tortilla de patatas, seguía en su sitio, y sin embargo había otra realidad virtual, incompatible con el huevo, de permanente irritación y miedo, de constantes agravios y venganzas, de intolerables ultrajes y riesgos de conflicto, un juego de palabras que cargaba el ambiente y sofocaba las lechugas. Y pensó en que la realidad retórica se había apoderado de la realidad de la huevería, pero no del huevo.
El joven pagó y se guardó los huevos. En ese momento el huevero apagó la radio, se oyó un tumulto de pasos precipitados y de tenderas que avisaban a gritos a sus vecinas de puesto. Los guardias entraron en el mercado, formaron un cordón y dejaron vía libre a un candidato sonriente, un individuo irreal, de tan visto, que había ido a estar con el pueblo y preguntar, cuando lo enfocase la televisión, el precio de los huevos.

8.6.06

Recolección


Diario de Teruel, 8/VI/2006

No sé a quién pedir recomendación para que me acrediten, como si fuese un periodista, en el Congreso de Pastoras y Pastores que se celebrará el próximo mes de septiembre. La razón es que leí con mucho interés el libro de José Luis Castán Pastores turolenses, y tengo haciendo cola el volumen colectivo que Carlos Serrano y el propio Castán editaron con el título de La trashumancia en la España mediterránea.
Ambos pueden encontrarse en el estupendo Museo de la Trashumancia de Guadalaviar, adonde fui hace poco a recolectar palabras. A veces me entretengo en una traducción en verso de las Geórgicas de Virgilio que empecé hace muchos años y que me durará toda la vida, y este verano quisiera darle un empujón al libro III, el que habla de los pastores, lleno de sabrosos tecnicismos, como cuando cuenta cómo detectar a tiempo la podagra, cómo tratar a las ovejas modorras o cómo desinfectar las parideras con gálbano quemado. ¿Cómo se llaman, por ejemplo, los bozales ferrados que guarnecen el morro a los cabritos cuando se los desteta?
Pero aún hay más palabras que recolectar. El congreso de septiembre tratará, es de suponer, de la sociología pastoril de nuestro tiempo. Una simple navegación por el mercado de empleo agropecuario arroja dos datos interesantes: en primer lugar, casi todos los que ofrecen trabajo de pastor ofrecen también contrato, como si eso no se diese por supuesto, aunque nadie habla de los días libres, algo que tampoco parece darse por supuesto; y, en segundo lugar, los que se ofrecen para trabajar como pastoras y pastores son, mayoritariamente, ciudadanos rumanos y marroquíes que siempre aportan su experiencia con el ganado, su dominio del oficio y sus ganas de trabajar.
El castellano le debe mucho a la trashumancia. La lana le dio abrigo a su expansión. El escudo de la Academia, como sugiere Juan Ramón Lodares, debería ser una oveja. Ahora en esas rutas se hablan lenguas lejanas, algunas del otro extremo de la romanización, o del otro lado del Estrecho, y el aire que atraviesan las ovejas se llenará del habla eterna del pastor, fresco ahora de palabras nuevas, de gritos y silbidos con timbres internacionales que igual sirvan para llamar al mardano que para negociar un convenio laboral en condiciones y exigir que se respete.

30.5.06

Naturaleza



Quince años después de haberlo empezado, Antonio López acaba de terminar un cuadro. En estos casos siempre me acuerdo de la anécdota que Ricardo Baroja cuenta del pintor José Stratford Gibson, que vivía en Albarracín y estuvo siete años pintando un pino. El pino iba creciendo más deprisa de lo que lo pintaba el pintor, el tiempo lo emborronaba todo, y don José vivía entre el gozo de vivir en la arcadia y la desesperación de no pintar el pino. La lentitud que le daba la vida (la gran conquista de la lentitud) se avinagraba entonces de impotencia.
Y eso que el pino era de hoja perenne, porque a Antonio López le pasó lo mismo y Víctor Erice filmó una obra maestra del cine con aquella hermosa lucha de la que sólo se sabía la derrota final. Ahí está el cuadro, abandonado a los rigores del otoño, doblado bajo el peso de los frutos, incompleto, como se quedan al final todas las vidas.
El cuadro que Antonio López ha dejado de pintar definitivamente es una vista de Madrid desde Vallecas. Conocíamos ese paisaje que empezó en 1991, y al que ahora le ha añadido, en primer plano, a la derecha, una barbacana mal lucida y un tubo a medio arrobinar. Se notan las pelladas de cemento, echadas de cualquier manera; es basta, nos rasca la vista, es la barbacana que un jubilado levantó con ladrillos sacados de la escombrera. Desde allí se ve la tierra muerta que queda de las obras, y al fondo un océano de casas iguales, de arcilla en aluvión, como casas que el tiempo hubiera dejado caer desde la ciudad, rectas, prietas, amontonadas .
Es, él mismo lo ha dicho, un paisaje duro, un paisaje de naturaleza sin más vegetación que las antenas, de modo que no sé si será naturaleza viva o naturaleza muerta. Pero todos los cuadros de Antonio López están como redimidos por la luz, como envueltos en una placenta velazqueña que los humanizase. Están pintados con piedad, que es un filtro visual que yo no sé si llevan las cámaras digitales, pero que desde luego no es instantáneo. Hace falta tiempo. Hace falta vivir con el objeto, verlo en el tiempo y redimirlo. Hace falta sentirse derrotado por el modelo que crece sin parar. Y hace falta mucha luz.

14.5.06

Apaño


Cuando es seducida nuevamente por el señorito Santa Cruz y abandonada con las mismas razones bastardas de siempre, Fortunata queda, por así decir, al cabo de la calle, y entonces aparece un personaje genial, un hombre de sesenta y nueve años que la protege y la mantiene y, como en el transcurso de su aventura se hace viejo, acaba encaminándole los pasos con sabiduría de buen padre.
Don Evaristo Feijoo es un militar retirado al que la vida le ha ido bien. Es pulcro y distinguido, discreto y bondadoso, culto y socarrón. Que un viejo de sesenta y nueve tenga una entretenida de veintipocos era, entonces y ahora, una fea cuestión moral, y sin embargo ese hombre es –de momento, porque no hay consejo que doblegue al destino– lo mejor que le ha podido pasar a Fortunata. El lector respira en estas páginas como si Galdós se hubiera propuesto un interludio amable poco antes del largo y tormentoso final, pero también respira porque la situación que se plantea tiene bastantes puntos de envidiable. Es cuando Galdós aprovecha para darnos, en boca de don Evaristo, sus opiniones sobre la institución del matrimonio, que recomiendo a quienes crean que han inventado la modernidad en materia social o sentimental.
La paz no dura mucho y al deslumbramiento del sentido común le sigue la conciencia de la vejez y esos primeros mordiscos de la muerte que los humanos nunca tomamos por lo que verdaderamente significan. Es domingo luminoso y desde mi estudio veo los tejados del “palacio sin arquitectura” donde don Evaristo tenía sus habitaciones (que por cierto es el mismo donde vivía Becky del Páramo en La flor de mi secreto). Casi me da pena, antes de darme una vuelta por el Rastro, leer las páginas finales de su actuación. Me consolaré curioseando libros con las manos en la espalda, practicando un poco para que cuando me llegue la vejez sea ya del todo capaz de vivir dentro de las novelas, no fuera. Hombre, no es que quiera yo entonces que me caiga en la cabeza una F
ortunata, quita, quita, sino tomarme la muerte y la vida como se las toma don Evaristo, nada más.

10.5.06

Asilo


Diario de Teruel, 11/V/2006

Daba un poco de vergüenza el otro día leer cómo el maestro Muneta todavía no ha conseguido local donde alojar un conservatorio que sin él, sencillamente, jamás habría existido. Y todavía daba más vergüenza comprobar cómo se retiran los fondos para rehabilitar el asilo que diseñó Pablo Monguió, el arquitecto más importante que ha tenido Teruel, porque se conoce que no pega con las vistas del viaducto.
Muneta y Monguió se juntan ahora en una metáfora deprimente. Ambos pertenecen a esa clase de ciudadanos que llegaron a Teruel desde muy lejos y se consagraron a la ciudad como medio y objeto de sus aspiraciones artísticas. Monguió hizo casas para señoritos y asilos para viejos abandonados, portadas catedralicias y escuelas de primera enseñanza. Muneta empezó enseñando solfa en los colegios, como un misionero musical, y peleando con los tipógrafos que le escribían airoso donde el musicólogo había escrito arioso. El aire modernista, historicista, goticista, yo qué sé, con que Monguió adornó nuestra vida capitalina de hace un siglo se ha ido a juntar con el hermoso edificio musical que levantó Muneta en su conservatorio portátil. Ambas construcciones, la musical y la de piedra, son también patrimonio, y las pongas donde las pongas siempre serán gozosa consecuencia de la historia de la ciudad, no un estorbo ni un trampantojo.
Yo no sé cómo figurará en el catálogo patrimonial, pero el Asilo de los Desamparados, sus hastiales recamados de ladrillo, sus ventanas que daban a las huertas, visto desde ese viaducto al que ahora le estorba, era un edificio digno y recogido, plantado en curva, cuesta abajo, a orillas de la rambla, al cabo de la vida. En materia de arte, esta ciudad ha sido puente de plata, pero también asilo reparador. A veces, las personas a las que dio cobijo, en agradecimiento, le dieron parte de aquello que nos alegra los sentidos. Monguió ganó dinero y creó con libertad, pero nuestro patrimonio ha ganado mucho más con toda su obra, incluidas esas ruinas del asilo. Y Muneta se tendrá ganado el cielo de antemano, digo yo, pero nuestra cultura le debe, más que un agradecimiento, una consideración, un respeto.

6.5.06

Novela


La otra tarde me dio por hojear un edición muy hermosa que tengo de Fortunata y Jacinta. Quería no más que oler el papel y curiosear un poco en las anotaciones a lápiz que suelo escribir en los márgenes, y que muchas veces me producen una especie de sonrojo, sobre todo si hace mucho tiempo que las hice y se nota que no fueron movidas por la perspicacia sino por la ilusión.
El resultado es que llevo ya mediada la novela y sigue sin caberme en la cabeza cómo se le ha podido colgar, junto a la catalogación oficial de obra maestra, el marbete funerario de novelón decimonónico. Es una maravilla de novela: la potencia con que navega, lo bien que tira los cabos, cómo adensa los finales, cómo juega con el hilo previsible hasta que gira en una solución completamente nueva. Incluso me sorprende, en un fresco tan desparramado, la economía de medios y la capacidad de llegar al límite de la morosidad a una velocidad siempre creciente. A veces leo frases, ritmos, formas de decir que recuerdo que alguna vez me sorprendieron, pero no en esa novela sino en alguna mucho más moderna.
Disfruto con esa difícil forma de caracterizar a los seres humanos que no sólo tiene en cuenta lo que son sino también lo que no son. Salvo Maximiliano Rubín, un caso clínico de hiperestesia, no hay valientes en esta novela. Es impresionante ver cómo se desinfla la heroína, cómo pasa por el aro el arrebato, cómo el tiempo y las visitas apagan decisiones importantes.
Siempre se ha hablado de la observación compasiva de Galdós, sobre todo cuando se quería subrayar su condición de Dickens español. Pero la verdad es que no damos más de sí: si nos han de juzgar por nuestros renuncios, pronto nos condenarán; si hurgan en lo que nos hace ser cobardes, quizá se encuentren reflejados a sí mismos. Me voy a ver qué pasa con la tía de Maxi, la de los pavos. El hilo de la familia Santa Cruz ha salido porque un señorito perdis saldó sus deudas con Torquemada. “¿Quién será el desgraciado a quien ha dado el sablazo?” Voy a ver.

5.5.06

Ciprés


El célebre ciprés de Silos es una hermosa pajarera. Sedientos de sombra, los vencejos chillan y revolotean por el claustro y se cobijan en las ramas cavernosas del “enhiesto surtidor”, una de las metáforas más feas de la historia de la literatura. Mientras el guía da unas cuantas explicaciones monótonas sobre los motivos de los capiteles, me doy cuenta de que no es posible ver el final del árbol desde el interior del claustro. Haría falta, en aquella época, salir al huerto y mirar al cielo. En el recogimiento del paseo vespertino sólo se ven los nudos de la base, ramitas que se hicieron troncos, y una espesura de ramas carnosas, una de las cuales, a unos diez metros de la zoca, se ha salido de la vertical. Es una rama descolgada, como si le hubieran roto el nervio que la mantenía tiesa y recogida en el huso que forman las otras. Es la rama caída, el tributo a Lucifer, que sí se ve desde las arcadas. Dentro de la uniforme vida contemplativa del fraile hay una ligera perturbación, la rama que se sale, algo que desgobierna el orden sagrado, o que, como en las reglas, incluidas las monásticas, lo confirma.
Un claustro es un castillo que defiende a sus moradores de los peligros del mundo. La religión ha hecho pasar por pecado lo que no era más que fuente de preocupaciones. La putada es vivir fuera, no dentro. La putada empieza en la punta del ciprés que no se ve, aquella para la que se necesita no mirar las paredes del claustro, la que causa el vértigo del cielo. Ellos se conforman con ver cómo las raíces del ciprés sobresalen por encima de la tierra como si quisieran arrancarse , como si la misma solidez y el mismo arraigo diesen la impresión de aspirar al vacío. Es entonces cuando levantas la vista y ves la rama que cuelga, y prefieres meditar sobre ella que pensar más en la punta.
Al salir de la visita, escucho mientras viajo canto gregoriano, a ver si puedo estirar un rato ese sosiego. El canto me relaja, pero en mi cabeza siguen sonando los chillidos de los vencejos, lo poco que costaría, escuchándolos cada tarde durante muchos años, saber lo que dicen cuando se recogen en el árbol. Igual tenían la entrada donde la rama caída. Vaya por Dios, en eso no me fijé.

2.5.06

Plátano

Un personaje de alguna novela de Evelyn Waugh, ahora no recuerdo cuál, llega a una mansión a cuya puerta se yergue un espléndido roble centenario, imprescindible para el conjunto señorial del edificio. El visitante se entera, sin embargo, de que la casa tiene la misma edad que el roble, es decir, que su dueño lo plantó para la posteridad, y que a su muerte, muy probablemente, el árbol todavía era un plantón huesudo y larguirucho. El dueño nunca vio el impresionante aspecto final de su obra, y lo sabía.
Me he acordado de esto con las divertidas amenazas de la baronesa Tita, que dice que se va a encadenar a los árboles del paseo del Prado “porque los plantó Carlos III”. Me gustaría ver la cadena con la que se va a encadenar la baronesa, igual es del ajuar de María Amalia de Sajonia, como poco. Al parecer, aunque ella diga que quiere atarse a un cedro, los árboles que van a ser talados son plátanos centenarios, pero no magnolios, ni siquiera olmos, y quizá el plátano sea, junto con el delicioso ailanto, el árbol que crece más deprisa, el árbol que plantan los que lo quieren ver grande y no piensan ni por asomo en que sus descendientes puedan disfrutar de un roble añoso.
Esto es muy francés. El apego a este mundo que llegó con el XVIII incluía sobreponerse a la lentitud de la naturaleza. Carlos III, como Esperanza Aguirre, era capaz de cargarse toda clase de árboles autóctonos y sustituirlos por una colección de plátanos que pronto pareciesen de toda la vida. Es lo que luego hacía el señor de Rênal, alcalde de Verrières, en Rojo y Negro. Y así, con esa moda pequeño burguesa, las plazas de media España cultivan esos pobres plátanos que no son más que un tronco gordo y un muñón, sombra fácil, botánica de cicatriz.
A la baronesa, los plátanos, vulgares como las plazas de los pueblos, le importan más bien poco. La baronesa lo que no quiere es meterse en obras, que se pone todo perdido. Los plátanos le dan la sombra histórica pero no son ninguna joya. La joya sería el roble de Waugh, un roble plantado por ella misma, para quienes, en el futuro, lo pudiesen disfrutar. El Quercus Tita, lo llamaríamos en su memoria.

DDT, 3/V/2006

26.4.06

Pozo


¿De qué sirve buscar a un muerto? ¿Qué solucionamos con saber el nombre y apellidos de quien fue fusilado y arrojado a uno de los pozos de Caudé? ¿Qué queremos compensar exhumando sus huesos, practicándoles la prueba de ADN, recogiéndolos en una lápida, en una de esas listas de nombres como las que estamos acostumbrados a ver en las iglesias y que nunca jamás hemos leído? Me llamó la atención, mientras paseaba un día por el cementerio de Teruel, una placa pequeña, clavada en el monumento a los caídos por Dios y por España, en la que una hija había escrito el nombre de su padre, que también había caído, y no por Dios precisamente, sino por la libertad de sus vecinos.
Ahora, si las subvenciones de la comisión interministerial y la voluntad de unos cuantos vecinos no decae, quizá lleguemos a tiempo de saber quiénes eran algunos de los mil y pico ciudadanos cuyo tiro de gracia fue escuchado por el pastor de una masada de Caudé. Conozco esas listas que se están elaborando. A veces no son más que un nombre, un apodo, un fragmento de fotografía, una sonrisa borrosa, esa cara de pasmo ingenuo que tienen los que sólo se hicieron una foto en su vida. Y hay huecos, muchos huecos por los que asoman los albentia ossa, los huesos blanquecinos de que habla la estremecedora imagen del historiador Cornelio Tácito: amontonados cuando resistieron, desperdigados cuando huyeron. Estos de Caudé, revueltos, olvidados, son ahora como esos vestigios molestos que aparecen cuando se inician las obras de una autopista. Mucho me temo que los vuelvan a enterrar bajo algún otro monumento colosal, pero sin nombres ni apellidos, sin esos nombres desnudos (nomina nuda tenemus) que a fin de cuentas somos todos.
Doy las gracias a la hija que clavó en el cementerio una pequeña placa con el nombre de su padre. Doy las gracias a quienes elaboran listas de nombres, recopilan datos y trabajan porque los restos de sus antepasados sean enterrados como es debido. Les doy las gracias porque ver esas lápidas me consuela y me emociona: lo uno porque siempre queda la posibilidad de que permanezca nuestra huella; lo otro, porque cualquiera de nosotros, en un momento de locura similar, podría también acabar en el fondo de algún pozo, debajo de algún polígono industrial, mudo para siempre.

DDT, 27-IV-2006

21.4.06

Río, 1


Las divisiones administrativas que no tienen en cuenta los cursos de los ríos se exponen a inacabables conflictos territoriales. En España son pocas las provincias cuyas tierras pertenecen a dos o más cuencas hidrográficas distintas. En general son rincones, cabeceras de regatos, hilillos de otro lugar: burgaleses de Medina de Pomar, abulenses de El Tiemblo, sorianos de Arcos de Jalón, alicantinos de Guardamar o manchegos de Valdeganga.
Estos casos son anecdóticos y no creo que nadie tenga mayor interés en ajustar las fronteras a las vegas. Pero hay otros más llamativos. Los del Bierzo dicen que ellos, en todo caso, son gallegos, no leoneses ni mucho menos castellanos, y basta que te digan buenos días para que lo entiendas; la verdadera razón es que son el país del Sil, del Miño, no del Duero.
El caso de Navarra, estos días muy nombrada, es más claro y más complejo. El país del Bidasoa no tiene nada que ver con la ribera del Ebro. Los de Lesaka son más vascos que las txapelas y los de Cintruénigo suenan medio mañicos. La provincia entera está, hidrológicamente hablando, partida en dos. Ni siquiera el río Irati, que también acaba en el Ebro, parece suturar las dos culturas.
Cuenca está regada por el Júcar, salvo la sierra de Tragacete, que sin embargo es nada menos que la cabecera del Tajo, lo cual ha influido en que Cuenca prefiera dejarse llevar hacia La Mancha que descender abruptamente en el Mediterráneo. En realidad sus dominios pertenecen a tres cuencas, como sucede también en la mancha seca de Albacete, aunque allí la identidad hídrica viene ya canalizada.
Y el otro caso de tres cuencas es Teruel. Aparte de los pueblos por donde mana el Tajo, el sur abastece al Turia, o sea a la confederación del Júcar; el noroeste, mediante un subafluente no muy caudaloso, el Jiloca, forma parte, técnicamente hablando, del valle del Ebro, así como las cuencas del Martín y el Matarraña, por más que estas vayan a parar a Mequinenza, es decir, a un Ebro que habla catalán. Cuando hablamos de identidades, de vínculos históricos y emocionales, pocas veces hablamos de paisajes. Cuando nos quejamos de la imposible comunicación entre los territorios, pocas veces miramos el mapa.

19.4.06

Jeringa


La televisión que mañana empieza debe de tener, por lo que ha dicho su director general, una infraestructura técnica tan potente que las imágenes no se envían sino que se inyectan. En todas las entrevistas que le he leído aparece la misma palabra: “Vamos a inyectar imágenes”, “las cabeceras de comarca inyectarán imágenes”, etc. Como en ninguno de los casos especifica dónde las van a inyectar, si en los ojos de los televidentes o en las venas de los aparatos, uno se asusta porque en otras televisiones autonómicas esas inyecciones son potentísimos anestésicos que se administran sin tasa ni conocimiento. En Telemadrid hay un presentador de informativos, algo así como el primo de la familia Adams, que sale todas las noches con una jeringa y si no estás listo con el mando te clava en la pupila un compuesto químico de propaganda y mala leche que te deja tieso hasta el día siguiente. En otras autonomías las clavaban en los corazones purulentos, aunque por regla general el jeringazo es de deportes tradicionales, coros y danzas tradicionales, oficios tradicionales y otros aspectos de la doctrina religiosa obligatoria en que se han convertido las regiones geográficas.
Pero también puede ser al revés. Serán las comarcas las que inyecten sus imágenes en el tubo del gotero del espíritu nacional. Este punto parece ser muy importante. Los políticos entrelazan mucho los dedos cuando lo explican y dicen que hay que “fomentar el sentir aragonés”, de modo que las inyecciones de imágenes no sean anestésicas sino todo lo contrario, hiperestésicas y con la yugular hinchada. En esa yugular de las emociones gregarias es donde van a inocular un cultivo de aragonesismo que si, como dicen, no le costase un duro al erario público me parecería tan legítimo como cualquier otra campaña de propaganda. Pero en las televisiones políticas tarda poco en manifestarse el virus de la megalomanía y todo acaba costando un huevo que religiosamente pagan los televidentes activos, los que se chutan patria y se intoxican porque quieren, pero también los televidentes pasivos, los que pagan con sus impuestos las intoxicaciones de los demás.

DDT, 20 de abril de 2006,
un día antes de que empiecen las emisiones
de Aragón Televisión

17.4.06

Morado


Durante la Edad Media, los reyes se vestían de rojo en señal de luto, y de blanco las reinas viudas (las reinas blancas, las llamaban). El pueblo, sin embargo, mostraba sus lutos con ropas de color morado. Pero este color también era el de las túnicas de los antiguos reyes, y esa mezcla tan característica de majestad y humildad quedó fijada, dicen, en la túnica morada que cubre el cuerpo del Nazareno.
De modo que ha habido siempre un morado laico, popular y sufrido, un morado de pasarlas moradas, y otro morado reverendo, sacral, apropiado también para la Cuaresma, el Adviento, los días de penitencia y las vigilias, además del morado regio, el morado heráldico de los que se ponen morados, que fue evolucionando del gules al púrpura, y luego al morado oscuro.
El morado laico es el de la fábula de Píramo, que se clavó un cuchillo y salió un sifonazo de sangre que tiñó las moras, los lilios amatuntos, como dice Góngora. El morado aquí es color de pasión, y no precisamente según San Mateo; más bien pasión enamorada y popular (no en vano en las clínicas de Houston, donde van en romería los famosos, el distintivo de los cardiólogos es de este mismo color).
Pero frente a la jacaranda popular hay otro tipo de pasión que es sufrimiento puro, el de hábitos y capirotes. Quién sabe por cuál de los dos modos de sufrir, el popular o el eclesiástico, el cardiaco y el litúrgico, se concibió el Pendón Morado, que sólo fue enseña de Castilla cuando para eso la rescataron, en el XIX, los Hijos de Padilla, El Empecinado entre ellos. Cuando se proclamó la II República, el hecho de que la bandera tricolor surgiera espontáneamente se suele interpretar como un intento de añadir el color de Castilla a los de Cataluña y Aragón. Yo creo que fue más bien un movimiento instantáneo, un latido popular, un resumen en color de sufrimientos y de aspiraciones, libertario y nazareno, feminista y episcopal, un tono mucho más complejo que sólo el rojo y el amarillo, más que la sangre y que la arena, más complejo aún y más hermoso.

DDT, 13 de abril de 2006

3.4.06

Despedida, 2.


Y entonces llegaron los matadores al burladero de cuadrillas y saludaron a la presidencia, y luego fueron con los sombreros cordobeses en la mano a buscar a Rafael, que estaba en la barrera. Y Rafael iba con la cabeza baja y esa inclinación del sombrero le daba sabor antiguo. Lo ayudaron a salir del callejón. Las rodillas de Rafael están deshechas, como todo el mundo sabe, y la postración engorda. Pero ahí salió Rafael. Vestía un terno oscuro, en los periódicos dicen que era gris pero yo desde mi andanada lo vi oscuro, catafalco y azabache, como le gustaba vestir. La chaqueta era larga, era casi una levita, para disimular la barriga, pero también para darle ese aire de liturgia y de respeto, esa presencia impresionante que tendrá Rafael aunque se tenga que quedar privado en una silla. Llevaba el sombrero puesto y caminaba cabizbajo, con un pañuelo en la mano, limpio y plegado, por si le desbordaba la emoción.
Y entonces se destocó, y apareció su camisa blanca y su gallarda cabeza, y aparecieron las cenizas de esos rizos que le adornaban la nuca, la seriedad quebrada, la mirada de labios prietos, el tormento interior. Rafael giró su cuerpo viejo a los tendidos, esse crují e caera, y luego hizo algo muy hermoso: con sus pies frágiles afirmó el cuerpo en la arena, como escarban los toros que ya han decidido embestir, como arrancan el apresto de las suelas los toreros antes de iniciar el paseíllo, mirando al suelo. Y Rafael empezó a caminar.
Los andares de Rafael siempre han sido raros. Camina con las rodillas hacia dentro. No es patihueco, pero sus piernas mantienen una rectitud inverosímil, hecha de difíciles torsiones. Y sin embargo es una forma de andar que mantiene los hombros erguidos. Con misterio y parsimonia, Rafael acompañaba cada paso con el pecho, cargaba la suerte al andar, como los cabales, y llevaba la cabeza baja. Y yo me dejé las manos de aplaudir, porque ese hombre me transporta a la esencia del arte, a las infinitas limitaciones humanas y al genio sobrenatural que sólo se cultiva con liturgia, aunque sea la liturgia del andar.

1.4.06

Dieta


Hay un extraño método editorial que consiste en hacer pasar por gruesos novelones aquellos relatos que tienen las doscientas páginas de toda la vida. Estrechan la caja, agrandan las letrajas, entremeten páginas en blanco y utilizan un papel de grueso cloro. El efecto es el de hacerse la ilusión de que uno está metido en uno de esos largos relatos que nos solucionan quince días de sofá y transporte público, a pesar de que a las dos tardes de lectura veloz la cosa se termine, bien o mal, pero se termine.
La última novela de Mendoza, Mauricio o las elecciones primarias, no llega, a ojo de buen cubero, a la mitad de extensión que La ciudad de los prodigios o Una comedia ligera, para mi gusto su mejor novela, y sin embargo la publicidad insiste en que es una de las gordas. Será una de esas gordas que han claudicado al mundo dietético en el que se empeñan en hacernos creer que vivimos.
En Mauricio..., a pesar de su velocidad creciente, de la gracia inagotable y de unos personajes que conservan esa tierna extravagancia que tanto nos gusta de Mendoza, no podía evitar la sensación de que su autor estaba cortándose constantemente. Sólo, ya hacia el final, en la magnífica escena de la boda, recobré placeres parecidos a la larga descripción de la mansión en ruinas que compra Onofre Bouvilla o la divertidísima escena del mago y Marichuli Mercadal. Pero todo era rápido, apuntado, deshuesado. A veces parecía un esqueleto dialogado. Espléndidamente bien escrito, pero demasiado flaco.
La manera de leerla no era esa. Uno se zambulle en el mar y de pronto se da cuenta de que es una piscina. Pronto cogí otro ritmo, el de novelas Vázquez-Montalbán como El pianista o Los mares del sur, con las que Mauricio comparte materiales históricos y sueños perdidos. Incluso las escenas de piedad me recordaban a Charo, la amiga de Carvalho, junto a la cama de un Biscúter muy enfermo.
Ahí sí me sentía más cómodo, y la novela cobraba el sentido que más placer me podía proporcionar. Ahí sí disfruté de la estupenda pareja de baile que forma el chapurreo genial de los diálogos y la guasa decimonónica de las partes narradas. Gocé del arte de narrar novelas, pero no novelones, que es lo que me habían vendido, y lo que yo esperaba.

31.3.06

Despedida, 1


Acabo de releer, con lágrimas en los ojos, la crónica que escribió el maestro Joaquín Vidal el día que Rafael de Paula, hace casi veinte años, obró aquel prodigio en la Feria de Otoño de Las Ventas con un toro de Martínez Benavides. Nunca el toreo fue tan bello, se tituló la crónica, de la que me sigo sabiendo párrafos de memoria porque se ha convertido en un mojón de mi memoria, pero también porque Vidal sigue siendo un autor al que leo con frecuencia para saber si escribo bien o mal.
Después de aquella faena, finales de los ochenta, Rafael de Paula se dedicó a rememorarla. Yo estaba estudiando en Salamanca y allí acudió el maestro, a dar una conferencia. Paula habla lento pero habla muy bien y dice cosas muy hondas. Yo quería un autógrafo porque, Vidal interpuesto, también lo había mitificado, igual que antiguamente se fundaban peñas de toreros cuyos miembros jamás los habían visto torear, pero se los habían imaginado. Y le llevé mi libro más valioso, las obras completas de Virgilio, en latín, por supuesto. Y allí estampó una firma como una serpentina sin alharacas, como una revolera de un solo trazo, firme y cabal, pero con ese sentido del empaque y de las proporciones que sólo tienen los artistas. La firma fue tan firme que cuatro páginas después, si pasas la yema del dedo, aún se adivinan las huellas. Es como si la hubiera esculpido.
Después lo he visto muchas veces torear, sobre todo en Madrid, aunque también he viajado para verlo. Y lo he escuchado, e incluso lo he leído. Incluso he visto las cenizas de su orgullo torear en condiciones patéticas, cuando ya no podía con las piernas. Siempre alargaba su carrera porque siempre ha vivido con la tortura de saber que aún no había llegado su gran momento, y porque el arte, a veces, es víctima de la disipación.
Mañana sábado, primero de abril, Las Ventas le rinde un homenaje. No piso una plaza de toros desde que se murió Joaquín Vidal y se retiró José Tomás. Durante este tiempo he pensado que no volvería, salvo que tuviera una buena razón para despedirme. He aquí la razón. Iremos a despedir a Rafael, cómo no, y de paso, en cierto modo, nos despediremos de un arte ya casi perdido que sin embargo, lo que son las cosas, me ha llegado a emocionar como ningún otro.

26.3.06

Entraña


Entre las muchas virtudes de Volver hay una rigurosamente literaria: la voz. Me refiero a que el lenguaje en sí mismo no sólo sea un personaje sino que se convierta en el espinazo de lo no narrable, en la entraña de la historia. Es algo muy poco común en nuestra novela contemporánea. Los escritores no encarnan una voz, a veces ni siquiera la suya. No hay distancia entre autor y narrador, y esa deficiencia se ha convertido a menudo en un coladero de vidas personales, intransferibles y en absoluto interesantes: detrás de la moda del testimonialismo se esconde la incapacidad de crear un personaje que hable con sus propias palabras. Por lo que a mí se me alcanza, el último que lo hizo sistemáticamente fue Pombo, sobre todo en Aparición del eterno femenino y en Telepena de Celia Celilia Villalobos. Se trata de que, además de una historia, haya alguien que la cuente, del mismo modo que al niño le importan más o menos las historias que le cuenta su madre, pero lo que sí le importa, más que nada en este mundo, es que se las siga contando.
Por eso creo que lo que más me emocionó fue el espléndido ejercicio de reconstrucción lingüística de un sentimiento que se apodera de toda la película. La gente dice cosas y escucharlas es reinterpretarlas a la luz de una frase hecha, de un acento, de un modo de preguntar. Hay una transparencia popular que siempre echaremos de menos porque siempre es la forma más breve de acercarse a lo inefable. Y Almodóvar lo sabe porque no se ha limitado a imitar el habla de las mujeres manchegas, sino porque ha usado en momentos precisos esa forma de hablar, cuando había que dotar a un hecho de significado íntimo. Qué más da quién ha matado a quién. Lo importante son las entretelas que se nos desbocan cuando alguien no sólo expresa lo que dice sino lo que le ha llevado a decirlo, aquello de sí mismo que desconoce y que nosotros adivinamos y no podemos evitar que nos afecte.
Esta forma de ironía trágica me está ocupando estos días. Antes de ir al cine estaba leyendo el Diario de un cazador, de Delibes, una magnífica novela que parte de los mismos presupuestos: la humildad –en sentido literal– de quien se amarra a una voz peculiar, la de un personaje que no es tan culto ni sabe tanto de lo que le ocurre como el propio escritor, y que sin embargo lo retrata con una grandeza que nos penetra hasta las entrañas.

22.3.06

Excepción

Entre pitos y flautas, entre ausencias y presencias, llevo unos cuantos años escribiendo en este periódico mis columnillas. Sólo en una ocasión (y fue un fallo mío al enviarla, que me equivoqué de tecla) escribí sobre la ETA, porque siempre me he rebelado contra el hecho de que fuesen más importantes las pistolas que las palabras, y porque me parecía indigno hurgar en la sangre de un congénere para sacar mi artículo adelante. Hemos vivido largos años en los que un puñado de metralla merecía toda la atención, hasta el punto de que a quienes clamaban por algún derecho no les bastaba con usar palabras en vez de cloratita, sino que debían decorarlas con métodos casi circenses para que se les prestase un poco de la atención debida. Está por estudiar la cantidad de culpa que le corresponde a la propaganda inmediata de los medios en la prolongación inútil de toda esta historia, porque desde el principio ha estado claro que la lógica de la lucha armada se ceba en nuestra incorregible propensión al horror.
Y también, por cierto, está por estudiar la de veces que en todos estos años, mientras mirábamos por encima del hombro a los manifestantes pacíficos, insistíamos en el incontrovertible argumento de que, teniendo libertad para expresarse, no había necesidad alguna de violencia. Ese argumento se alimenta con lo que está pasando en Cataluña, que, nos guste o no, no va nunca más allá de las palabras, pero se desinfla si nos tomamos este alto el fuego de ETA como un fin, como una solución. Ya dijo el escritor Bernardo Atxaga que el problema vasco tenía descripción, no solución, y a ETA no la han terminado de convencer las palabras de nadie sino una barbaridad todavía más gorda que las que ella solía cometer, una caída del caballo que no fue provocada por el fulgor de la verdad sino por el estallido de las bombas de Atocha.
Aquel único artículo que publiqué sobre la ETA se tituló Excepción porque era, en efecto, una excepción a mis queridos temas menores, y en él me limitaba a reivindicar mi derecho a no estar saturado por la propaganda del terror. Ahora la excepción es la palabra, y el optimismo, a pesar de todo, una cuestión de coherencia.

Diario de Teruel, 23/3/2006

Disfraz



¿Por qué la palabra disfraz resulta ofensiva? Si alguna vez se me ha escapado –por ejemplo al hablar de los atuendos medievales que se usan en Teruel–, he sido enmendado de inmediato: “Es un vestido, oiga, no un disfraz”, me han dicho, como si hubiera cometido una de esas imprudencias que tanto hieren el sentimiento patrio chico.
Debe de ser muy ofensiva porque de lo contrario no la habrían utilizado para zaherir últimamente. Debe de serlo porque un disfraz implica ocultación, mentira, cuando no un carácter disipado y estrambótico. Se disfrazan, en principio, los que se van de juerga y los que pretenden cambiar de identidad, y sin embargo las máscaras no son imprescindibles en un baile de disfraces, pero sí en una tragedia realista: la palabra persona designó al principio una máscara de teatro, aquella que, más que ocultar el rostro, lo reducía a un sentimiento impostado.
Todos vamos a trabajar disfrazados de lo que somos, con nuestra persona incorporada, e incluso hay quien colecciona en el mismo armario un uniforme de caballero templario, un hábito de cofrade nazareno, un traje de peñista vaquillero, un disfraz de turista dominguero y, si se tercia y lleva barba, uno de Rey Mago. Hay mujeres que se disfrazan de mandatarias bien educadas y hombres que se visten de machorros. Sus respectivos disfraces ocultan sus identidades, pero definen sus personas. Así, el disfraz de unos está en los gestos solidarios, en la compensación estética de los cadáveres que flotan en el Atlántico. Alguna de esas jóvenes ahogadas viajaría con el traje de fiesta de sus antepasados, bien guardado en su banco del cayuco, por si hubiese algún día algo que celebrar. Y el disfraz de los otros está en esa corbata fálica, brillante y poderosa, en el rostro estirado, en el llamamiento al lujo, pero sobre todo en esa media sonrisa que es la que usan los que están tomando el pelo a alguien y al mismo tiempo, de reojo, se preocupan de hacer a los conmilitones cómplices de su pesada broma. Aparte, estupefactos o atemorizados, están los que toman en serio al espantajo.

Filípica



Hace unos días, un grupo de jóvenes se reunió en Andorra y organizó unas jornadas para informar y discutir de los problemas mayores que tiene planteados la especie en general y nuestros conciudadanos en particular. No sé cuántos eran, pero quisiera creer que fueron más que los borregos que se juntaron el viernes con el solo propósito de ser más numerosos que en el pueblo de al lado. No creo que sea propio de ningún achaque cerebral el darse cuenta de que existe, y en España es abundante, un tipo de juventud que reivindica las concentraciones ovejunas mientras en el país de al lado hay jóvenes que plantan cara al Estado que los maltrata. Ni tampoco constatar que los medios de formación de masas, como diría el otro, están más atentos a los records que a los pensamientos, y hacen más propaganda de las ovejas que de los individuos de corta edad con ganas de implicarse en el mundo en el que deambulan.
Mi generación fue la siguiente a la de los jipis. Estábamos ya un poco escamados de tanto folclore amoroso, así que practicábamos un escepticismo que los viejos de entonces llamaban pasotismo. Ser un pasota era no comulgar con martingalas, pero las bebidas seguían sirviendo para acompañar la conversación, y no al revés. Después han venido unas generaciones que no creo que abstraigan mucho su comportamiento. La inmensa mayoría de los que se ilusionaron con juntarse más y dejar más mierda que en el pueblo de al lado no tenía ni la más remota idea de lo que estaba ocurriendo en Francia, y mucho menos de lo que acababa de ocurrir en Andorra. De hecho, yo pensé que se trataba de una concentración de adolescentes con ganas de marcha, hasta que escuché por la radio a hombres y mujeres de más de veinticinco años sin capacidad siquiera para disfrutar del nihilismo que pudiera haber en sus poco fluidas palabras. En sus Propósitos para cuando llegue a viejo, Johathan Swift se compromete a no ser demasiado severo con los jóvenes, sino disculpar su necedad y sus flaquezas. Ya en su época era propio de cascarrabias endilgar filípicas a la juventud modorra, error en el que no quisiera incurrir, no sea que mis desalientos sean cosa de la edad.

14.3.06

Naufragio


Me gustan las historias de rotos y descosidos, las parejas que se encontraron flotando en una riada de capitulaciones. Me gustan porque no hay mejor forma de tolerancia que la del superviviente, aquél que ha aspirado a todo y después de las inevitables decepciones, de los palos y los fracasos, encuentra el auténtico valor de su existencia en hacer la vida fácil a los otros. Esa gente sabe tomarse a los demás en serio, sean quienes sean y sientan lo que sientan; forman núcleos familiares de aluvión, basados en la compañía y el respeto, pero no exactamente –no siempre– en lo que una sociedad fanática, reprimida y cada vez más perturbada les exige, ella sabrá con qué derecho.
Estos temas son muy habituales en los libros de Paul Auster, pero pocas veces el resultado es tan brillante como en Brooklyn Follies. Aparte de su prosa clara y absorbente (cada vez más) y de su sano gusto por la peripecia, hay en este libro un bellísimo alegato a favor de la gente que hace lo que puede, que se cae y se levanta, que se equivoca y se redime, que necesita una segunda oportunidad pero también está dispuesta a concederla. Pocos idilios tan intensos como los amores imprevistos. Pocos afectos tan duraderos como los que no vienen impuestos por la ley ni por la sangre, sino por ese sentimiento tan difuso que uno llamaría solidaridad si la palabra no estuviese a estas alturas tan emputecida.
Auster ha escrito un libro político, claro. Uno tiene la impresión de que sólo con sentido del humor se puede hablar del “golpe de Estado legal” que dio Bush en Estados Unidos cuando le robó a Al Gore las elecciones y convirtió medio país en una piscifactoría de tiburones pasados de rosca que se desayunan con bilis y mean gasolina, algo inquietantemente parecido a lo que está sucediendo en España, por cierto. En medio de semejante ruido de hienas, en medio de tanto salvaje iluminado, este libro es como una cálida habitación donde nadie quiere hacerte daño. Auster escribe como si te estuviera echando una mano en mitad de una mudanza: sin pedir explicaciones, sin pedir dinero, sonriéndole a lo poco, o lo mucho, nunca se sabe, que nos quede por vivir en este mundo.

9.3.06

Botón


Lo único que sé decir en alemán es esta frase: Wovon man nich sprechen kann, darüber muβ man sweigen. Ni siquiera sé si se escribe así. Es la última frase del Tractatus de Ludwig Wittgenstein, y significa algo así como De lo que no se puede hablar, mejor es callarse. La frase me hizo gracia, y con el tiempo dio un curioso resultado. Alguna vez alguien me ha preguntado si sabía alemán, y yo, dependiendo de las circunstancias y de mis ganas de confundir, he contestado con esas palabras, suficiente para dar por zanjada la conversación sin aclarar las cosas en absoluto, una sensación similar, por cierto, a la que yo tuve cuando mis ojos transitaron por el libro de Wittgenstein.
Ayer, leyendo Brooklyn Follies, la estupenda novela de Auster, me enteré de un episodio muy significativo en la vida del filósofo. Dice que, cuando Wittgenstein creyó resueltos todos los problemas de la filosofía, decidió retirarse a las montañas de Austria y trabajar de maestro en la escuela de una aldea perdida. Su falta de paciencia con las imperfecciones de la infancia le llevó a maltratar a sus alumnos, hasta el punto de arrearles puñetazos y patadas. Tuvo que largarse del pueblo por piernas, pero muchos años después necesitó deshollinar su vida, y regresó de nuevo a la aldea y, uno por uno, fue pidiendo perdón, incluso de rodillas, a sus antiguos alumnos, ya padres de familia, muchos de ellos con hijos pequeños. No consiguió que ninguno le perdonase.
Esta anécdota creo que me ha hecho entender el Tractatus definitivamente, así como aquella otra (creo que la cuenta Quincey en Los últimos días de Kant) según la cual el filósofo de la razón pura tuvo que abandonar un día la clase precipitadamente, presa de la angustia y el desconcierto, porque a uno de sus alumnos le faltaba un botón en la chaqueta y eso generaba una asimetría que Kant no podía soportar.
Me pregunto cómo habría sido la historia del pensamiento si todos sus protagonistas hubiesen vivido en la permanente asimetría, o si los filósofos, antes de publicar un libro, hubiesen estado siempre obligados a enseñar en una aldea, sin más autoridad que su palabra. Me pregunto si Wittgenstein escribió esa frase antes o después de perder la dignidad a bofetadas.

26.2.06

Ficción


“He inventado un nuevo género: la novela de no ficción”. Truman Capote se encargó de pregonarlo y en la película se dice varias veces, como una rima del argumento. Eso no es del todo cierto, pero ha tenido tanta trascendencia que casi resulta cómodo darlo por sentado. No hace falta ponerse puntilloso ni recurrir a los antiguos. No es necesario mencionar la Anábasis de Jenofonte ni el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, ni tampoco repetir la vieja discusión entre verdad y verosimilitud.
En realidad, no hace falta irse más allá de la película. Hay una escena en la que aparece un libro que podría también haber presumido de lo mismo. Es Walden, de Henry Thoreau, una gran novela donde no hay nada que no suene a verdad. Es como si las descripciones por sí mismas, los hechos escuetos y los datos meros produjesen una música en la que se transparentan todas las verdades literarias que necesita una novela para serlo. En la película quizás está como el reverso de la misma estética: no hay en Capote la ingenuidad convencida de Thoreau, pero el empeño nació en un sitio parecido.
Está bien que aparezca Thoreau en una película sobre A sangre fría, y aún habría estado mejor que apareciese, tirada por algún rincón del decorado, otra grandiosa novela que se había publicado en 1960. No era una novela nueva. James Agee la había escrito casi veinte años antes, pero entonces había pasado desapercibida. Cuando se volvió a editar con las fotos de Walker Evans, Hablemos ahora de hombres famosos se convirtió en un clásico norteamericano.
Capote no pudo pasar por alto este libro. Pensado como un reportaje sobre la vida en el campo de algunas familias del Sur, este encargo del Gobierno Federal se fue nutriendo de un aire épico que lo eleva por encima de cualquier forma de reportaje. Agee acudió al lugar, se limitó a describir los hechos, los objetos, las personas, los trigos y las bestias, las casas viejas y los pies descalzos, y cantó a una mitología pobre donde los héroes no tienen nada que envidiar a las más sagradas figuras de la ficción.
James Agee murió en 1955, a los 46 años, antes de que fuera rescatada su obra maestra, mucho antes de que Capote escribiese A sangre fría. Thoreau, por lo menos, ha conseguido un plano en la película.

Foto de Walker Evans: http://xroads.virginia.edu/~UG97/fsa/gallery.html

Ruido

Hay dos manías en el cine norteamericano moderno que me ponen de los nervios. Una es el protagonismo del actor por encima de la historia, por más que su histrionismo haya enrunado el sentido de lo que se contaba. Especialmente penosa es la afición a los actores caracterizados, a los que pierden treinta kilos de golpe o llevan encima una arroba de maquillaje. Nos fascina su disfraz, el ser cómplices de una impostura, pero no queremos saber mucho de lo que con ella se nos trata de decir.
La otra perversión es ese método según el cual los actores no hablan, susurran, hasta extremos delirantes en los que se oyen todos los sonidos bucales y nasales y detrás de la banda sonora gástrica se intuye una vocecilla que reduce el volumen hasta lo inaudible. Oímos el sonido de la saliva cuando el actor despega los labios, escuchamos el avance pastoso de la lengua, los lametazos en el paladar; percibimos su masticación exagerada como si el bolo alimenticio estuviera dando vueltas en nuestro cerebro. Cuando alguien se besa, un ruido como de macarrones con tomate se apodera de la sala, y la saliva de las bocas anega los diálogos y humedece los pensamientos.
Padecí ambas sensaciones en Truman Capote, la película que habla sobre el tiempo que le llevó a su autor escribir A sangre fría. Me las prometía muy felices porque aquella célebre historia es un ejemplo en muchos sentidos, y uno de ellos es el cinismo mefistofélico que envuelve la figura de Capote, como si el precio de escribir una obra maestra hubiese sido su degradación moral, y en cierto modo también su ruina.
Todo esto queda debajo de una actuación a la que, a tenor del jabón que derraman las críticas, seguro que le dan un óscar, pero que a mí me empalagó con su reverberante brillantez. Es fascinante lo bien que lo hace Philip Seymour Hoffman, pero esa fascinación presupone el hecho de ver a alguien haciendo maravillosamente bien de Truman Capote, no de ver al propio Truman Capote, ni mucho menos de centrarse en la tragedia. Para eso sobraba ruido, el de la boca y, sobre todo, el ruido de la perfección.

DDT, 02/03/2006

25.2.06

Preterición


Si tuviera que establecer un primer modelo para este género de la bernardina, supongo que, aunque sólo sea por afecto personal, me quedaría con Plinio el Joven, cuyas Cartas acaban de ser publicadas en la editorial Gredos. Y ya era hora, porque la única traducción completa en castellano databa de 1891, por más que su inagotable arsenal de frases célebres haya poblado los repertorios de citas que se compran en los grandes almacenes. Era mucho más fácil hacerse con el original en latín, que publicó la editorial Coloquio, que en español (al catalán sí estaba traducido, mira).
Plinio se inspiraba en las Cartas a Ático de Cicerón, pero en todo lo que hacía Cicerón estaba siempre Cicerón con su grave voz y su potente ego, y las bernardinas son, ante todo, leves. Estas otras cartas de Plinio están llenas de anécdotas que se van tornasolando en sentencias graves o narraciones intensas, palomas que cogen vuelo y se dejan llevar unas líneas, y luego se vuelven a posar. A veces da la sensación de que Plinio hubiese querido escribir un breviario de placeres cotidianos y de frases útiles para casi todo. Ahora te describe con exquisito detalle las dependencias de una villa y sus baños termales, luego cuenta una historia ejemplar, después el pormenor de un pleito y de vez en cuando alguna anécdota de su proceloso tío, el autor de la Historia Natural.
Yo no sabría ir mucho más atrás en la arqueología del género. Comparas una buena carta de Plinio con un buen articulillo de Cunqueiro, o incluso con aquellos vuelos sin motor de César González Ruano, y el rostro los delata, no hace falta ir al ADN del estilo. El caso es que leo ahora a Plinio por una cuestión de supervivencia estética. La actualidad es a veces tan obvia y machacona que lo leve se confunde con lo frívolo. Cuando todo el mundo habla de lo mismo, entramos en una especie de estado de excepción de la realidad. Todas las bernardinas que no he colgado estos días son las que iban a nombrar los temas candentes, la rabiosa actualidad, que además de rabiosa es contagiosa, como la gripe del pollo. A ver si echo los sapos y me vuelvo a interesar por las cosas sin importancia. Plinio, por las tardes, ayuda mucho. Paciencia.

22.2.06

Peligro


El otro día me desayuné con la foto de un escritor inglés en la portada del periódico. Hace veinte años escribió un libro en el que niega la existencia del Holocausto, y el gobierno austriaco ha pedido prisión para él. Ese libro se publicó en España y algunas personas lo compraron por equivocación, entre otras cosas porque la poderosa editorial que lo tradujo no centró la propaganda en las querencias ideológicas de su autor.
Ahora lo acusan de “peligroso falsificador de la Historia”, interesante aporía. Un libro sólo es peligroso cuando, además de llegar a mucha gente, puede perturbar su sentido de la realidad. El mero hecho de mentir no es suficiente. Todos sabemos que la mentira es un método de trabajo, sobre todo político, pero nadie escribe libros de historia bajo juramento. Una mentira sólo es peligrosa cuando, merced a una propaganda hipertrofiada, llega a los tiernos cerebros de quienes esperan alguna excusa para cultivar su salvajismo. Y no se me ocurre mejor propaganda que aparecer una mañana en las portadas de los periódicos de media Europa, la verdad.
Nuestro mundo confunde la notoriedad y el interés. La semana pasada me desayuné con otro escritor, esta vez de sesudos tratados teológicos, que había publicado en una hoja parroquial que a las mujeres las apalean sus maridos porque se van de la lengua. Semejante caso clínico de confusión entre los hechos y sus causas (y los juicios cavernarios que se suelen derivar de ello) hubiera servido para arruinar la carrera intelectual de cualquier escritor, máxime si es teólogo, y además un cura, pero el asunto se aireó como fingiendo un peligro que sólo existe por el mismo hecho de haberlo aireado.
Resulta deprimente que intentemos escandalizarnos con la literatura barata y de paso condenemos al olvido la que pudiera tener, no ya algo de calidad, sino tan siquiera de interés. El resultado es que las condenas acaban convertidas en premios. El escritor inglés reeditará un libro hace tiempo descatalogado, y el cura, si te descuidas, congregará en su parroquia un puñado más de adictos al machismo. El resto de su obra no creo que se venda mucho, ni siquiera hoy.

Foto: "Con mamá y la tía Carmen", del álbum familiar que el cura que dijo eso tiene colgado en la red. Esta bernardina se publicó en DDT el 23-F del año 6.

12.2.06

Macartismo


Mientras se hace la hora de ir al cine para ver Buenas noches y buena suerte, la película de George Clooney sobre el macartismo, leo Panorama desde el puente, el drama que Arthur Miller escribió justo después de oler el aliento del senador Macarthy.
Ambas obras hablan de lo mismo: la delación, el arma fácil, la pistola sin gatillo, al alcance de todos. En el caso de Clooney, el resultado es un docudrama de factura deslumbrante, con un guión magnífico y unos actores impresionantes cuya esencia trágica está vacía: hay buenos y malos, y muchas veces uno no sabe si Clooney quiere denunciar una nueva caza de brujas o ensayar un nuevo y flatoso panegírico periodístico. Los tiempos han cambiado y esa demagogia periodística de Clooney podría resultar útil, incluso necesaria, si no es que se pervierte como una forma de subsistencia de la industria, un cupo de autocrítica no demasiado molesto para el poder que acecha.
Arthur Miller fue invitado (como su amigo Kazan, que sí aceptó) a delatar a quien quisiera, y después creó una gran tragedia porque fue a buscar en los efectos perversos de la delación. Eddie, su protagonista, es un trabajador honesto, celoso de los suyos, solidario, en cuya conciencia simple alguien pone a huevo la posibilidad de delatar, ese poder de eliminación que nace de una llamada telefónica, sin necesidad de sangre. El cuchillo que está en la mano, como en el cuento de Borges, tiene que matar. Cuando Arthur Miller se negó a delatar a nadie, pensó en aquellos que sí podrían hacerlo, incluso llevados por los buenos sentimientos. Pensó en las armas con que cuenta el cazador.
Los presuntos comunistas de entonces son ahora los presuntos terroristas. La delación sigue siendo un arma cómoda para infectar a los incautos. En España sabemos mucho de eso, claro: el secreto es el poder para las mentes flacas, obsesionadas con una miaja de protagonismo. La delación se alimenta de miedo, y es triste que sea el miedo, uno de los principales recursos naturales para la supervivencia, el que se convierta en mortífero cuando alguien esparce la posibilidad de ver en los demás lo que nos asusta de nosotros, y delatarlos.

7.2.06

Provocación II


En medio del tumulto ha surgido una provocación menor, la de Gilbert & Georges, los artistas que en 1969 se presentaron en el Lyceum de Londres con la obra Escultura que canta, ellos mismos, muy serios, moviéndose como autómatas durante varios días. Había gente que dudaba de si eran personas o artefactos, pero formaba parte del incipiente mundo del body art. Quentin Crisp triunfaba con su autobiografía, El funcionario desnudo, gran título, donde hablaba mucho de sus experiencias como modelo de una escuela de arte, y Lucien Freud ya había dado con sus descarnadas carnosidades, mucho antes de que se le apareciese el gran modelo Leight Bowery.
La propuesta de G&G tenía un punto muy especial. Vestidos con traje de funcionario, se movían con extrema parsimonia entre la gente, canturreaban lentamente, tardaban largos momentos en esbozar un leve gesto en la mirada, siempre sin perder la expresión vacía de los que no están vivos, al menos no del todo. Debía de ser muy sugerente ver a un cuerpo sin demasiada vida interpretar con minuciosidad aquellos gestos nuestros que nos pasan desapercibidos, esos ángulos ciegos del espejo, tan reveladores. Quedan sus miradas, esa estupefacción serena, esa inmóvil incredulidad, ese mirar a lo lejos, el mirar a alguien más allá del sitio desde donde nos mira, algo que, tengo que decirlo, a la gente la desconcierta mucho.
Ahora, tantos años después, un proyecto suyo ha saltado al gran público. Es un conjunto de cuadros como vidrieras góticas con decenas de crucifijos que van formando los motivos y una propuesta común, la de la sexualidad de Cristo. En el momento del estreno, algún diputado conservador los acusó de blasfemos, pero con esa pachorra con que la gente civilizada se toma las ofensas a los símbolos. Lo que no se imaginaban ellos es que su apuesta iba a coincidir con el pavoroso asunto de las caricaturas. Su provocación se queda en nada, pero su gélida estupefacción es, me temo, el único modo de observar lo que está pasando.

6.2.06

Provocación


Todos hemos bajado la voz cuando pasábamos cerca de ciertas personas, sobre todo si íbamos diciendo determinadas cosas. Todos hemos dado un codazo a quien, por insensatez o por descuido, contaba chistes malos que podían herir a quienes estuvieran escuchando sin querer, sobre todo si era notorio que esas personas se podían tomar las palabras y los símbolos bastante más a pecho que nosotros.
Más allá de los límites de la libertad de expresión y los del paroxismo religioso, más allá de los juicios, está el hecho de que lo que uno grita en su casa puede provocar un cataclismo. Yo que siempre tengo la sensación de que no me lee ni Dios, encuentro un siniestro consuelo en esa globalidad que ha hecho que una mala caricatura de un periódico menor nos haya hecho agarrarnos al asiento al resto del mundo. Los límites empiezan entonces, en esa meridiana sensatez que nace de la supervivencia. Lo principal entonces es que se calle el bocazas. “Ustedes perdonen”, decimos a quienes nos miran por encima de las cejas, “no le hagan caso, estaba bromeando, es que nuestro primo tiene un sentido del humor un poco raro, pero ustedes no hagan caso, ¿puedo invitarles a una taza de té?” Y más allá del derecho a la libre expresión de nuestro primo el bocazas están las ganas de tener la fiesta en paz de todos los demás. Y eso es todo.
Las evidencias apuntan a que un porcentaje nada despreciable de seres humanos considera sagradas cosas que a nosotros nos provocan toda clase de reflexiones estéticas. Se está exhibiendo en Londres una nueva propuesta de Gilbert & George en la que se utilizan miles de crucifijos con propósitos provocadores. Pero la provocación también tiene un límite, el de estar dirigida a quien la sepa encajar. Si algo podemos aportar es el agua sana del relativismo, la mirada profunda de G&G, pero no la bilis inflamable del bocazas. Por eso creo que se están colando todos los que desde un manido y vanidoso corporativismo definden a quien, sencillamente, metió la pata. Claro que no hay provocación sin riesgo, pero es el caso que, en esta nueva fase de la guerra, no son los autores de la provocación sus eventuales víctimas. Son otros. Es cualquiera.

27.1.06

Reglamento


Breviario de lenguaje político para negociadores:
No me se vale: expresión usada cuando uno de los negociadores (o de sus críticos) ha cometido una equivocación, desliz o metedura de pata, o bien cuando alguien le recuerda una mentira, un crimen o una estupidez dicha en un pasado remoto, por ejemplo anteayer. Con esta locución, el político invalida cualquier propuesta que no sea la suya, e incluso invalida la invalidación de la suya. Por ejemplo, si un político –es un poner- organiza una consulta popular inconstitucional, cuando alguien lo llama al orden puede decir “no me se vale”, y su fraudulenta iniciativa deja no sólo de existir sino también de haber existido.
Me mande todo: especie de órdago con el que se quiere significar que uno de los participantes, negociadores o contendientes tiene todos los privilegios del juego, y que sólo se le puede tener en cuenta si se aceptan todas sus exigencias, aunque no tenga la mayoría o sus propuestas no sean sensatas. Es propio de políticos mesiánicos, convencidos de que su labor en este mundo es enderezar caminos equivocados.
Pese: interjección que, en ocasiones, puede sustituirse por ¡Ah..., se siente!, con la que se quiere indicar que ya no hay vuelta atrás, que las palabras son más duraderas que las estatuas de bronce, como quería Horacio, y que cualquier delito cometido en cualquier lugar y en cualquier tiempo, hace décadas o siglos incluso, es suficiente para desautorizar o deslegitimar a un adversario.
Ya no te ajunto: también puede decirse ya no tajunto. Frase con la que se dan por concluidas las alianzas políticas y los apoyos parlamentarios. Se suele decir, no obstante, con la boca pequeña, en tanto que advertencia o amenaza, con acompañamiento de pucheros y pronunciamientos muy nasales. Es frecuente que quien lo proclama se rodee de correligionarios hieráticos, siempre más altos que el orador, lo que le obliga a elevar la voz y la barbilla.

20.1.06

Cerca


Cuando se publicó en España El encierro de las bestias, de Magnus Mills, en el 99, la dejé correr porque tenía todo el aspecto de ser otro caso como el de Roddy Doyle, el de La mujer que se pegaba con las puertas, es decir, el escritor anónimo que salta a las listas de ventas con una historia hiperrealista y cotidiana, y cuyas historias entrarían de inmediato en el círculo cinematográfico de Stephen Frears o, si eran muy crudas, en el espectro de Ken Loach. Uno no siempre tiene el cuerpo para conciencias.
Pero hace poco un
amigo me aseguró que me estaba perdiendo una magnífica novela. Y era verdad. Parecía una historia cercana de instaladores de cercas, obreros ingleses que trabajan como mulos y beben como cosacos. Pero pronto, con esa imperceptibilidad de las ramas que se quiebran al pasar, la cosa se enrarece. Me vino entonces al recuerdo la novela que me enganchó a Paul Auster, La música del azar, aquella zanja inacabable y absurda que se ve obligado a cavar Sachs y su joven acompañante, vigilados por unos tipos que juegan con ciudades en miniatura.
O sea, que al realismo sucio le salieron manchas grises, kafkianas, como un tumor de verdades profundas que iba emponzoñando las páginas o, más bien, la fascinación creciente con que me las bebía. Y tan sucio: menos mal que el autor nunca nombra el sentido del olfato; sus protagonistas se tapan la nariz para vivir, como si vallasen, como si electrificasen su cerebro, como si la verdad más dolorosa sólo fuese aquella que nos entra por la nariz, pero no por los ojos, y mucho menos por la conciencia.
Me parece de mal gusto copiar la gloriosa frase con que culmina la novela, pero no hablar de su efecto: la sensación de que sobrevivimos con una estrategia de tierra quemada. El pasado acaba siendo siempre un testigo incómodo. No hay mejor alivio que la huida, o la inconsciencia, como esa gente que se concentra en no pensar en nada durante un tercio de sus vidas, el que dedica a trabajar, porque sabe que si es consciente de lo que hace, si se dedica a pensar, o a juzgar, el tumor kafkiano acabará por emponzoñar las tardes y no dejarle dormir. Se le comerá la vida entera.

15.1.06

Crash


La gente está zumbada. Esa es la tesis principal que se desprende de la película Crash, que se acaba de estrenar. Tampoco es nada original: aquí en España, la misma semana de su estreno, un hombre aparcó el coche para ayudar a una niña que se le había echado encima y antes de salir le habían metido once balas en el cuerpo; un muchacho salió a discutir por un golpe en el coche sin importancia y lo cosieron a navajazos; un tipo discutió con sus compañeros de trabajo y como no le daban la razón los frió a tiros.
No, no es nada nuevo. Aparte del racismo que humea en la pantalla, de lo que habla Crash, y eso sí que es nuevo, es de ese estado de inconsciencia, alimentado por toda la agresividad que arrojan las cloacas, en el que una persona puede matar a otra sin que se entere ninguna de las dos. Nuestra imaginación ha sido cebada durante demasiados años con todo tipo de violencia gratuita como para que no estallen sus gases antes de que podamos dominarla. Hace tiempo que no respondo a las afrentas de tráfico. Hace años que no llamo la atención a ningún bárbaro incivil. Sé que esa gente desahoga su cerebro con una violencia extrema y que entre la potencia y el acto ya no está la voluntad.
De todo eso habla Crash, de una sociedad cuyos miembros no están en condiciones de responder de sus actos. Estamos locos y andamos sueltos. Nuestra propia obsesión por defendernos nos tortura y puede acabar con los demás, nuestro miedo y nuestra ira pueden no tener control y ya casi sólo admiten redenciones milagrosas.
El propio director de Crash, Paul Haggis, habla sin tapujos de lo que le debe a Short Cuts, la impresionante película de Robert Altman. Short Cuts era una obra maestra donde no dejaba de latir el genio de Raymond Carver. En Crash hay muchas veces más habilidad que poesía, pero la desolación, la vergüenza y la piedad que uno siente por el género humano es la misma en las dos películas. Lo mejor, después del trago que supone ver en qué nos estamos convirtiendo, es que ha vuelto el gran cine de los 90. Tal y como están las cosas, que le den el Óscar es una cuestión de utilidad pública.

10.1.06

Sharon


Siente que respira, sabe que respira, aunque todavía no sabe si está o no está vivo. Su bienestar, su tranquilidad sin fuerzas es un sentimiento sin sensaciones que puede corresponder a la vida o a la muerte. Ha especulado tanto sobre la muerte a lo largo de su vida, sobre la tierra prometida y sobre el más allá, que está abierto a cualquier posibilidad. Pasa mucho tiempo, o poco, no sabe, el tiempo ha perdido sus dimensiones, se ha deformado en sueños y vigilias, y en una conciencia paulatina que alterna el presente y el pasado, los deseos y las verdades.
Durante mucho tiempo, días o minutos, se prepara para tomar una decisión, algo tan sencillo como mover un dedo, o abrir los ojos. No es consciente de que no pueda moverse. Alguien, hace tiempo, le hizo daño, sintió el dolor, un pensamiento fugaz como una bengala pasó por su cerebro lastimado, el pensamiento del dolor. Pero antes de dar la orden al dedo hay que salir de esta especie de marasmo sin aroma, este lecho blando como la tierra, seco como la tierra, poderoso y destructor como la tierra.
Cree que ya ha decidido mover el dedo, pero no sabe si el dedo se ha movido o no. Se ve obligado a conjeturar sobre las condiciones de su vida. Un leve, mortecino estremecimiento le sacude al contemplar la idea de que esté vivo pero no pueda moverse, ni hablar ni oír, tan sólo vivir en la conciencia de sí mismo, huir de aquellos bosques blancos llenos de vivos y de muertos, de aplausos y de gritos, de amores y de odios. Pero no le quedan fuerzas para juzgar, ni tampoco para desesperarse, ni para estar triste, ni para temer, ni para odiar.
De pronto, como una luz blanca que anunciase la belleza de la muerte, algo del mundo penetra en la caverna. Su cuerpo se estremece por primera vez; entre los músculos inertes de la cara, una lágrima busca los ojos con lentitud geológica. Pero esa luz se condensa en la nitidez de lo que es real, y no es luz sino sonido, no es la muerte, es la vida, es él, es Mozart. Y Mozart, ¿está en la tierra, o está en el cielo?

9.1.06

Piano


En un mismo telediario escucho una detallada información sobre los fastos que acompañarán el segundo centésimo quincuagésimo aniversario de Mozart, su primer cuarto de milenio, y minutos después otra información, igual de detallada, sobre el juicio que ha ganado un vecino contra otro que tocaba el piano: ha conseguido que le pongan una multa, que lo condenen a insonorizar el piso, a no tocar nunca más en su vida, y no recuerdo ahora si también debía ingresar en prisión o quemar el piano en la estufa.
La sentencia lo condenó por ruido, era un juez muy competente que supo apreciar si el denunciado tocaba bien o mal, y si el denunciante tenía buen o mal oído. “Llevaba muchos años haciendo ruido”, sentenció ese juez, con el menosprecio más absoluto, algo así como decirle: “le condeno porque en tantos años no ha aprendido a tocar bien el piano”. O, peor, como decirle: “me da igual que su ruido proceda de una pelea o de una sonata, me es indiferente que interprete usted a Mozart o a Bustamante, porque todo lo que oigan sus vecinos será ruido y nada más que ruido”.
Lo peor de la sentencia es que niega cierta sana comprensión entre vecinos. Durante buena parte de mi juventud escuché a una vecina tocar el piano y jamás se me pasó por la cabeza juzgarlo como un latazo. Todo lo contrario, lo incorporé al sonido de la tranquilidad, o lo sustituí por otras músicas, pero jamás me quejé, y no por comprensión, sino porque me parecía bien. Me parecía magnífico que mi vecina supiese tocar el piano. No me producía más molestia que la envidia.
No existe una ley contra los vecinos con mala baba, contra los que se desfogan zancadilleando a los demás, contra los que no saben sumarse a la ilusión de un muchacho que sueña con ser músico. A ese tipo de vecinos les pones a Mozart y se lían a pedradas con el tocadiscos, pero del juez siempre esperaríamos una cierta, digamos, sensibilidad. Ahora bien: si ese u otros muchachos no consiguen dedicarse a la música por sentencias como esa, ¿la culpa de quién será: del denunciante, del juez, o del telediario?

7.1.06

Membrillo


En El sol del membrillo, la película de Víctor Erice sobre Antonio López, hay varias escenas en las que sólo se ve al pintor pintando su arbolito y sólo se oye la música de Radio Clásica que sale de un transistor. Entonces no se llamaba Radio Clásica sino Radio 2, y cada hora cesaban los violines para dar un escueto parte informativo. Una mujer de voz grave y pausada daba las noticias: ha pasado esto, ha pasado lo otro, decía, y esa mera enunciación de las barbaridades que siempre ocurren en el mundo me pareció entonces un hermoso contraste con la felicidad laboriosa del artista.
Hoy veo la escena de otro modo. Esos informativos neutros, reales, sin añadidos ni tergiversaciones, sin gritos ni urgencias, sin alarmas ni amenazas, pasaron luego a Radio–5, que es la radio que yo pongo, especialmente cuando viajo y al pasar por un valle escucho que en Cantabria hay una vaca que da no sé cuántos litros de leche, o que los canecillos de Frómista han sido objeto de un libro. Las tediosas diatribas entre políticos acaban resultando hasta graciosas, pero reducidas a lo que son, a una frase pronunciada sin histerismo, a los pleitos locales, comarcales, regionales, que son los únicos tangibles, y no siempre.
La realidad es esa. La actualidad es la vaca santanderina, esas noticias pequeñas que uno sabe arrancadas al aburrimiento cotidiano. Pero en las radios comerciales y los periódicos generalistas no hacer la información aburrida implica no hacer la realidad aburrida. Y, puesto que se modifica la realidad, la información es formativa, los titulares son editoriales, el tamaño de las noticias es artero, los datos son inventados, las premisas falsas, las atenciones desproporcionadas. La realidad es ese otro neutro soniquete de la locutora que escuchaba Antonio López, un runrún que nos hace comprender el mundo pero no nos excita, nos hace pensar pero no nos inyecta los ojos. Y eso que entonces creo que las noticias eran sobre la Guerra del Golfo, algo que por sí sólo, y aun leído como una herencia ante el notario, ya era bastante preocupante. Si Antonio López hubiera estado escuchando la radio informativa que hay ahora, ese membrillo le habría salido con las ramas electrocutadas.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.