
Todo esto sería poco si el otro Iranzo, el de la cámara, sólo nos hubiera enseñado al jotero que dejaba la masada para irse de gira por Europa y rechazaba contratos en Cuba porque le estaban pariendo las ovejas. Iranzo nos enseña mucho más; literalmente, nos lo muestra, con la misma transparencia de los ojos del Pastor cuando comenta las ventajas de viajar o nos dice que el origen de la mala salud son los disgustos, y que él nunca ha pleiteado con nadie, y menos con su mujer, su querida Pascuala, a quien dedica una estremecedora, bellísima declaración de amor. No cometeré la torpeza de transcribirla de memoria, pero se me ha quedado grabada como me impresionan las personas que son serenos testigos de sus sentimientos, los contemplan, los escuchan y los siguen, pero no se los inventan ni los usan nunca para torturarse ellos ni para torturar a los demás.
Sería una verdadera lástima que sólo los joteros acudiesen a esta estupenda obra de arte de los dos iranzos. El pastor Iranzo no sólo tenía voz para cantar, sino sobre todo para hablar. Su perfección narrativa es a la literatura oral lo que sus jotas a la música popular, porque no sólo es una forma entretenidísima de contar las cosas sino también una forma natural de verlas, de gozar del entusiasmo de estar vivo y ser inmune a los manejos políticos y a las sofisticaciones culturalistas. El pastor cuida el ganado sobre el fondo de las chimeneas de la térmica de Andorra, y canta la palomica. El otro Iranzo, el de la cámara, lo sabe mirar.
